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Él, yo y la gran idea de encender París

Cherry Chic

Fragmento

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Prólogo

Hace muchos años, en una urbanización llamada Sin Mar

Observo a Charo recoger el primer premio por su brownie con chocolate y trufas, y frunzo el ceño. Papá dice que mi tarta de arándanos es mejor. Que lo sabe él y lo sabe todo el barrio.

—Le han dado el premio porque se está muriendo —dice mientras salimos del bar de Paco.

—¡Alejandro! —La voz de mi madre suena seria, pero luego se pone la mano en la boca, como hace siempre que intenta no reírse.

—Tú no te preocupes, chaval —me dice él guiñándome un ojo—. El año que viene, que ya estará bajo tierra, ganas seguro.

—Dios, eres único dando consejos —murmura mi madre en tono raro, porque no sé si está enfadada o sigue intentando aguantarse la risa.

—¿Qué...?

Ellos se adelantan discutiendo un poco sobre los consejos que deberían o no darme y yo suspiro y los sigo arrastrando los pies. No es por el premio. Me da igual el dinero que dan. Es porque siento que esto no ha sido justo. Si, como dice papá, mi postre era mejor, ¿por qué no puedo ganar? Yo no tengo la culpa de que Charo se esté muriendo.

—Eh, Óscar —miro a mi tía Julieta, que me sujeta por los hombros y deja que toda la familia se adelante. Ellos lo hacen sonriendo y felicitándome como si hubiese ganado, pero eso no es raro. Creo que me felicitarían, aunque quedara el último.

La tía Julieta mete la mano en su mochila y saca un trofeo. Frunzo el ceño y se ríe.

—¿Se lo has robado a Charo? —pregunto un poco nervioso—. Tita, te lo agradezco, pero no creo que robarle un trofeo a una señora que se está muriendo sea...

—¡No lo he robado, Óscar! —exclama ella en medio de una carcajada—. ¿Te imaginas? Tu tío se hubiese muerto de un infarto.

—¿Entonces?

—Lee la placa.

Bajo la mirada y lo hago: «Para Julieta, por no rendirse nunca».

Alzo la cabeza de inmediato y la miro con los ojos como platos.

—¿Dónde lo ganaste?

—No lo gané. Lo encargué yo misma. —La miro boquiabierto y se ríe—. Esto, pequeño, es lo que hice para recordarme que merezco lo que tengo y que, aunque no siempre gane, lo importante es que no me pienso rendir. No pienso dejar de tener sueños e intentar cumplirlos.

—¿Y por qué me lo das?

—Porque cuando seas un chef famoso y trabajes en París, como sueñas, quiero que recuerdes este día y pienses en lo que has logrado.

Me abrazo a su cuerpo con fuerza y cierro los ojos un segundo para inspirar su olor. ¡La tía Julieta siempre huele tan bien! A chuches y un poquito a locura, como dice papá, pero de la buena, de esa que se contagia y provoca sonrisas, como dice mamá.

—Te prometo que no voy a rendirme nunca —le digo.

Su sonrisa es como otro premio. Voy corriendo a casa, subo las escaleras hasta mi dormitorio y coloco el trofeo al lado de la hucha con la foto de París que me compró papá.

—Ya queda menos para estar contigo —susurro.

Luego corro hacia la barbacoa que mi familia ha hecho en mi honor, porque en Sin Mar siempre hemos sido más de celebrar los sueños que las victorias.

Hace los mismos años, en París

Ladeo la cabeza frente al escaparate en el que se encuentra el libro de mi padre con un cartel inmenso de la portada anunciando la gran presentación que acaba de llevarse a cabo.

—¿Qué crees que dirían tus personajes si se vieran aquí, papá? —pregunto. Acaba de terminar la firma, ya nos vamos a casa, pero no puedo quitarme esta pregunta de la cabeza—. Quiero decir, ¿crees que les gustaría estar aquí, donde todos pueden verlos? A mí no me gustaría vivir en un escaparate. Sería supertriste ver a todo el mundo pasar de un lado a otro sin poder moverme. Esperar que alguien entrase en esta librería y me llevase a casa. ¿No te parece algo increíblemente triste y solitario?

Mamá rodea mis hombros con sus brazos y sonríe con dulzura.

—Emma, cariño, esos personajes no existen. No tienen sentimientos de verdad.

La respuesta me provoca tantas ganas de llorar que tengo que morderme el labio con fuerza.

—Qué triste e injusto, ¿verdad?

—¿El qué, mi vida? —pregunta mi padre preocupado mientras sostiene a mi hermano Martín en brazos.

—Que los personajes de los libros no tengan sentimientos, cuando provocan tantos en las personas.

Mis padres se miran y hacen eso que tan bonito me parece; cuando hablan, pero sin hablar. Cuando mantienen una conversación solo con las miradas. Es precioso que, siendo mi padre escritor, no necesite palabras para comunicarse con mi madre.

Después de unos segundos, mi padre le pasa a Martín a mi madre y me coge en brazos, aunque protesto porque creo que ya soy muy mayor para ir en brazos.

—Yo creo que, si los personajes existieran, estarían felices de acompañar a tantas personas y provocarles todo tipo de sentimientos. Además, este libro acaba bien, así que gracias a ellos mucha gente se sentirá satisfecha al acabar de leerlo.

Pienso en ello un poco y asiento, intentando convencerme de que los personajes de papá no llorarán esta noche. Él, que me conoce, hace lo único que puede animarme ahora mismo: me lleva hacia un puesto ambulante de flores y me compra un enorme ramo de todos los colores porque recuerda al arcoíris y nada puede salir mal con un arcoíris entre brazos, según me dice papá. Yo sonrío y le doy la razón. Inspiro con fuerza para oler mi nuevo ramo mientras mis padres sonríen y me siento un poco mejor.

Entonces alzo los ojos y lo veo: París dando paso a la noche y sus luces encendiéndose para alumbrar las calles y jardines. Miro hacia atrás, a lo lejos, al escaparate de la librería alumbrado con focos amarillentos, sonrío y tiro de la mano de papá.

—¿Sabéis una cosa?

—Di, cariño —contesta mi padre.

—Creo que, en el fondo, tus personajes no estarán tan tristes. Al menos los de ese escaparate.

—¿Y eso?

—Bueno, si yo tuviera que estar encerrada en algún lugar, no se me ocurre ninguno mejor que un escaparate con vistas a París. ¿No os parece?

Ellos sonríen y reemprenden el camino hacia casa dándome la razón. Yo huelo una vez más mi ramo y sonrío, porque estoy segura de que las flores son bonitas en todas partes, pero en ningún sitio huelen como en París.

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1

Rodeo la mano temblorosa de Solange, intentando animarla un poco. Me sabe mal verla así, no solo por el hecho de que sea la gerente general de mi restaurante, sino porque es, ante todo, una amiga. Por eso, y porque es muy raro ver a Solange derrumbarse. Aguanta como nadie la presión. A veces pienso que, de no ser por ella, ya habría tenido un ataque al corazón en algún que otro momento. Es un faro irrompible en medio de una tormenta y eso siempre me ha conquistado de ella, por eso no sé cómo gestionar esta imagen.

Su pelo, que normalmente está perfectamente peinado, ahora está suelto y sucio. De hecho, me sorprende darme cuenta de que le llega un poco más abajo de la barbilla, porque siempre lo lleva recogido. Las bolsas oscuras bajo los ojos también me asombran. Eso, y percatarme de que tiene algunas manchas rojas en la piel. Y no lo digo como una crítica, todo lo contrario. Solange siempre va tan impoluta y perfectamente maquillada que no había podido ver su verdadera piel hasta que se presentó esta etapa.

Una etapa feliz, en realidad. O debería serlo, al menos. El caso es que ella dice que nunca ha querido a nadie como quiere a Adrien. Y la creo, pero estoy casi convencido de que hay algo más. Jérôme, su marido, también lo cree. Y confío en su palabra, no por nada es mi sous chef, aunque a mí me gusta más decir que es uno de mis mejores amigos.

—Necesita distraerse. Salir de casa. Pero no quiere ni oír hablar del tema —me dijo hace un par de noches—. ¿Por qué no vienes a verla? Se alegrará de hablar de trabajo.

Y aquí estoy. Aprovechando que es lunes, día que cierro el restaurante, junto con el domingo, para hacerle una visita. Durante el día he trabajado un poco en algunas recetas nuevas, he comprado algunos menesteres que me gusta supervisar personalmente y he ido al gimnasio. Estoy cansado, pero en cuanto he llegado a casa he soltado la mochila con la ropa deportiva y me he venido con tiempo suficiente para parar en uno de los restaurantes que nos hacen la competencia directa y comprarle la cena. Pensé que le animaría imaginarme comprando en Les Couleurs, porque mi amiga es un poco retorcida, pero todo lo que he obtenido ha sido una mueca y un escueto «gracias» antes de echarse a llorar porque yo huelo a limpio y ella, a leche agria. Palabras textuales.

—¿Sabes qué? Creo que es buena idea que te des una ducha —le digo después de un ratito hablando de trabajo, que es lo único que parece mantenerla estable—. Jérôme y yo nos ocupamos del bebé.

—Claro que sí, mon amour.

Sus lágrimas vuelven ante el apelativo cariñoso con que mi amigo la llama siempre. Él hace una mueca y la abraza.

—Estoy hecha un desastre.

—Todo está bien, estás preciosa —susurra él de vuelta, antes de mirarme—. La ayudo a ir al baño y vuelvo.

Asiento y observo cómo salen del salón. Ya no camina encorvada. Hace semanas que puede hacerlo bien, pues la cesárea ha cicatrizado de maravilla, al menos lo que se ve desde fuera. El problema de Solange, según parece, no es su cuerpo, sino sus emociones. Sus sentimientos. Adora a su hijo, de eso no tengo ninguna duda, pero es una mujer fría, calculadora y organizada en extremo. Imagino que estar a cargo de un bebé que no atiende a ningún patrón fijo debe estresarla. El parto fue complicado y acabó en una cesárea de urgencia que le ha dejado malos recuerdos. Las noches sin dormir. Las grietas en los pechos que, según Jérôme, están haciéndole pasar un infierno. En fin, hay muchos factores ayudando para que no consiga levantar cabeza del todo y creo que lo mejor sería que saliera a pasear, tomara aire fresco y se diera todo el tiempo del mundo, pero en el poco tiempo que llevo aquí ya me ha preguntado dos veces cuándo puede volver y si voy a dejarla llevar a Adrien consigo. Yo me río, porque los dos sabemos que esto último es complicado. Además, prefiero que coja la baja maternal completa. Que sí, que para mí es más difícil, porque hago muchos malabares, pero tengo un personal muy cualificado en el restaurante, nos apañamos y creo, de verdad, que Solange necesita tiempo para asimilar esta nueva situación.

Adrien llora y me asomo a la minicuna de inmediato, intentando calmarlo para que mi amiga no salga del baño desnuda y sin importarle lo más mínimo que yo esté aquí. Dios, casi parece que la estoy viendo.

—Chist, eh, colega, ¿qué tal si dejas de llorar para que mami pueda darse una ducha tranquila?

El niño se calla el tiempo justo de oírme. Luego, como si tuviese conocimiento suficiente, arranca a llorar de nuevo. Lo cojo en brazos con cuidado y lo pego a mi pecho mientras me mezo un poco. Sus quejas cesan y me río, orgulloso.

—No lo hago tan mal, ¿eh? —murmuro antes de ponerme a tararear una nana que mi madre cantaba a todas horas a mi hermana pequeña.

La repito cuatro veces antes de que las protestas arranquen de nuevo, así que decido dejar de lado las nanas y ponerme con algo más serio. El problema es que no hay nada adecuado para un bebé en el repertorio que me viene a la mente. Al final, ante la presión, decido tirar de clásicos y comienzo a cantar en voz baja Paris sera toujours Paris. Adrien vuelve a callarse, no sé si porque le gusta o porque tiene miedo de que no me calle nunca. Cantar no es lo mío. Tengo otros dones, pero todos alejados de esta rama.

—Te pega —dice mi amigo entrando en el salón.

Lo miro sonriendo y mezo a su hijo un poco más antes de pasárselo, casi dormido.

—Algún día me gustaría tener uno, aunque viendo a Solange no dan muchas ganas...

—No tiene nada que ver con él —dice convencido, y me siento mal de inmediato.

—No quería decir que fuera la causa, lo siento.

—No, no tienes que disculparte. —Suspira y se frota los ojos—. Estoy muy susceptible. No pensé que esto pasaría. Sinceramente, nadie te prepara para esto. Recuerdo vagamente que en las clases preparto la matrona hablaba de la depresión posparto, pero, dado el carácter de Solange, no admití siquiera la posibilidad. Era tan fuerte, decidida y segura de sí misma...

—Es.

—¿Perdón?

—Es. Aún lo es. Es verdad que parece perdida y un poco triste. No sé si puede ser depresión, pero, en cualquier caso, no creo que le vaya bien que le digas lo que era, como si ya no lo fuera a ser más.

Mi amigo guarda silencio un momento y temo haber metido la pata, pero creo que es algo que debería tener en cuenta. Si yo estuviera perdido y debatiéndome entre la tristeza y la alegría más grande del mundo, lo último que querría es que me dijeran que mis virtudes están desapareciendo. Al final, Jérôme asiente una sola vez y palmea mi brazo antes de coger a su hijo.

—Por eso eres el mejor amigo del mundo. Siempre das en el clavo.

—También soy el mejor jefe, porque voy a darte una semana de vacaciones.

—¿Qué? No puedes hacer eso. Acabo de incorporarme de mi permiso de paternidad.

—Hasta donde yo sé, soy el jefe y puedo dar vacaciones a mis empleados cuando quiera.

—Pero yo...

—Solange te necesita aquí.

—Y tú en el restaurante.

—Sí, pero puedo apañarme.

—No, lo siento, no puedo aceptar.

—Oye, Jérôme...

—No, Óscar. Ya estás lo suficiente estresado como para sumar algo más. Todo irá bien. Tendremos paciencia y fe, para empezar. Si no funciona, buscaremos ayuda. Volverá a ser ella poco a poco. Es un cambio brusco. Creo que si me viera aquí todo el día sin saber qué hacer acabaríamos mucho peor.

Eso se lo concedo, porque conozco a Solange. Acabaría dando órdenes a diestro y siniestro. Mi amigo aguantaría hasta un límite y luego empezarían las peleas. No serían fuertes, pero sí lo bastante largas como para que los dos estuvieran deseando trabajar y tomar distancia uno del otro. Así que, quizá, después de todo, es buena idea que trabaje y se distraiga en el restaurante.

—Está bien, entonces nos vemos mañana. Yo me voy ya. Estoy molido, te lo juro.

Él asiente justo cuando Solange entra. Cuando le digo que me voy se despide con un abrazo que devuelvo de inmediato, pero me sorprende, porque ella no es la persona más cariñosa del mundo. Llevamos años conociéndonos y puede que esta sea la segunda vez que nos abrazamos. La primera vez fue un cumpleaños en que la abracé tan fuerte que se pasó todo el día esquivándome. Es un tanto arisca, pero tiene un corazón de oro, una mente privilegiada y un don para la organización que ya quisiera yo incluso en mis mejores días.

No, lo mío no es organizar al máximo cada detalle. Lo mío es meterme entre fogones, sentir el sudor del fuego, poner a prueba la velocidad con los cuchillos y ver los gestos de placer en las personas que prueban lo que cocino. Lo mío es la comida, en general. Cocinar, comer bien, experimentar con ella. Buscar un nuevo y placentero nivel para el paladar.

No es algo de ahora. No recuerdo cuándo me interesé por la cocina. Literalmente no lo recuerdo porque era demasiado pequeño. Ha sido una constante y, gracias a mis padres, que me empujaron para que no perdiera la ilusión, decidí convertir el sueño en una realidad. Hoy tengo uno de los restaurantes más prestigiosos de París. No ha sido fácil. No lo es, a día de hoy. La competencia, el estrés, la presión y contratar a la gente adecuada para que se ocupe de las partes que yo no controlo tan bien, como la organización y gerencia, que es algo que dejo a Solange. Al principio, cuando no había más remedio, lo hacía casi todo yo, pero ahora puedo delegar y creo que eso ha salvado mi salud mental. Puedo dedicar más tiempo a lo que de verdad quiero, que es cocinar. Y, aun con lo bien que me lo he montado, la mayoría de los días llego a casa tan agotado que apenas puedo mantener una conversación coherente, así que supongo que es una suerte que no haya nadie esperándome en casa.

Cojo el metro y me tomo unos momentos para pensar en los inicios. Tres trabajos al mismo tiempo, dormir muy poco y pasar hambre, porque no siempre podía llegar a final de mes y no quería decirle a mis padres que me había matriculado con honores, pero no tenía donde caerme muerto, literalmente. Cuando ellos llamaban les prometía que me iba bien, que estaba encantado con la habitación en la que vivía de alquiler. No le hablaba de los gritos de mis compañeros entre sí, ni de lo difícil que era encontrar el apartamento limpio. Ni de las noches que pasé sin dormir pensando si no sería mejor volver a casa, ahorrar desde allí y luego regresar. De inmediato sabía que eso no era una opción. Si volvía a Sin Mar, mi hogar, jamás volvería a irme. Incluso ahora, que me va bien, echar de menos la casa de mis padres y la seguridad de las calles de mi urbanización es casi una constante en mi vida. En aquellos tiempos... No, no habría vuelto a salir de la seguridad y el confort que me brindaban mi casa y mi familia.

Fueron tiempos complicados, sí, pero valieron la pena. Cada mareo por culpa del hambre, cada vez que tuve que picotear como pude mientras cocinaba para otros, reprimiendo mi deseo de crear libremente. Deseando poder comprar los ingredientes necesarios para hacerlo en casa y tragándome la frustración al ver que, a final de mes, solo me podía permitir algunos alimentos básicos para mantenerme con energía. Comí tanto arroz y tanta pasta que llegó un punto en que pensé seriamente que iba a aborrecerla. Y es una lástima, porque se pueden hacer maravillas con un buen plato de pasta. Por suerte, no llegó a pasar, creo que mi amor a la comida ganó incluso cuando esta no me reportaba nada más allá de las fuerzas necesarias para respirar y mantenerme en pie un día más.

Bajo del metro y observo a la gran dama de París. Notre Dame me saluda majestuosa y bella como siempre y sonrío. Si me hubiesen dicho que viviría en esta zona... No. No lo habría creído ni en mil años, pero aquí estoy. Vinieron más noches de hambre, de apenas dormir y de palos, pero al final lo hice. Conseguí mi restaurante, aunque en un inicio no estaba aquí, claro. Estaba en las afueras, pero me hice un nombre poco a poco. Ayudó tener contactos, tampoco voy a mentir. Mi prima, Vic Corleone, influencer desde hace unos años, ahora retirada, prácticamente vivió en mi restaurante y atrajo tantos clientes que, a día de hoy, me veo incapaz de cobrarle cuando viene a verme. El padre de su chico, por cierto, también me hizo el favor de dejarse caer. Es compositor y un tatuador de renombre. Nos conocemos de veranear juntos desde que era un niño y me tiene tanto cariño como yo a él. La gente empezó a llegar, era inevitable y, aunque una parte de mí no estaba orgullosa de conseguir comensales así, la mayor parte logró convencerse de que hoy día los contactos son importantes y, lo fundamental: lo que yo hacía valía la pena. Venían por recomendaciones familiares o de amigos de mi familia, pero se quedaban porque mi comida era buena. Muy buena. Eso era lo importante. Me llevó tanto dinero y esfuerzo que acabé durmiendo en el despacho. No podía pagar un alquiler aparte. París no está hecha para los apuros económicos, eso es algo que aprendí rápido.

El negocio prosperó, conseguí un local mejor. Mucho mejor. La Isla de la Cité me esperaba. Rodeado por las aguas del río Sena, Déjà Vu se alza, no muy grande pero sí majestuoso. Orgulloso. Sangre, sudor y lágrimas, pero lo vi. Lo vi siempre en mi cabeza y en mi corazón. Tuve el nombre cuando apenas contaba con doce años. Sabía cómo sería porque no había dejado de soñarlo. Saber que por fin es una realidad hace que, todavía, a veces, se me atragante la emoción al observarlo.

Entro por la pequeña puerta trasera, que da al almacén del restaurante y a las escaleras que llevan a mi loft. En realidad, no sé si podría llamarse «loft» como tal, aunque el arquitecto se empeñara en hacerlo solo porque todo, el restaurante y la vivienda, están construidos en una antigua imprenta. La primera planta, donde vivo, mantiene las líneas industriales y la zona diáfana con una cocina grande y de muebles verde aguamarina enfrentada a una mesa grande con bancos, un sofá en un rincón, una tele y una cama de estilo japonés porque, después de dormir tanto tiempo en un colchón en el suelo, me sentía muy raro volviendo a hacerlo en un somier alto. El baño al final, cortado y lo único privado en toda la estancia. Me gusta que sea así. No me compliqué con la obra, en parte porque el dinero ya escaseaba cuando llegamos aquí arriba. El restaurante se lo llevó todo. En parte, también, porque me gusta así. El ladrillo visto le da personalidad, los ventanales antiguos y enormes me dan luz y me permiten tener plantas aromáticas apiladas en el interior, junto a los libros que también forman torretas y hacen de soporte para una lámpara, que es la única que enciendo cuando ya he comido y quiero un rato de tranquilidad antes de dormir. Mi familia dice que es un loft moderno y funcional. Mi prima, Vic, la influencer, ahora exinfluencer, se llegó a hacer fotos en el suelo tumbada mientras la luz de los ventanales entraba a raudales y me aseguró que es una maravilla. Yo no entiendo de decoración, así que solo diré que me parece perfecto tenerlo todo a mano sin tabiques de por medio. Todo a la vista de manera cómoda, un poco caótica y con mucha personalidad. Un poco como yo mismo.

Me quito la ropa que me he puesto y la dejo sobre el sofá porque ni siquiera me ha dado tiempo a ensuciarla. Me pongo un pantalón largo de pijama y, como el frío se deja notar, voy hacia la chimenea y prendo el fuego. Es uno de los pocos lujos que de verdad pagué a conciencia en el piso. La luz, junto con la de la lámpara, convierte el sitio en íntimo y silencioso. Inspiro por la nariz y pienso en lo tranquilo que me siento aquí. En la paz que puedo respirar aquí arriba, en comparación con el caos que siempre suele haber abajo.

Voy a la pila de libros que hay junto a mi cama, cojo uno y me marcho a la cocina. Pongo el agua a hervir para tomarme una infusión antes de dormir y me siento en uno de los bancos para leer un capítulo más. En esas estoy cuando el timbre del portero suena.

Frunzo el ceño de inmediato. Es raro que venga alguien a visitarme, y más a estas horas, así que me doy prisa en mirar de quién se trata, aunque lo más probable es que no sea más que una broma pesada. No tiene mucho sentido, porque hay que rodear el restaurante para entrar, pero supongo que hay gente para todo. Miro el telefonillo, agradeciendo que pusiera videocámara en su día, y me quedo con la boca abierta cuando observo de quién se trata. Aprieto el botón para abrir la puerta de inmediato, me voy a la del loft y me apoyo en el quicio de la puerta. Para cuando ella sube los escalones yo ya me he repuesto un poco, así que abro los brazos y sonrío con todas mis ganas, porque estoy feliz de verla, aunque el motivo de la visita me haga pensar en miles de cosas.

—Pero ¡qué guapo estás así, bandido! Me gusta tu pijama.

Se lanza a mis brazos con tanto ímpetu que me mueve del sitio. Me río y rodeo su cuerpo menudo con fuerza. Su pelo largo y rubio está un poco más oscuro que la última vez que lo vi, hace un par de meses. El verano siempre acentúa su rubio natural, igual que sus pecas.

—¿Cómo está mi chica? —pregunto besando su frente—. ¿Está todo bien?

—Divinamente a las dos preguntas. Quería verte, te echaba mucho de menos y como, al final, me he cogido otro año sabático, me he dicho, ¿y por qué no?

—Entiendo.

—He venido dispuesta a que pasemos juntos la noche de Halloween.

—Fue ayer, cariño.

—Bueno, es que tuve la idea un poco tarde, pero lo importante es que ya estoy aquí. —Suspira, besa mi torso y entra en casa—. ¿Tienes algo de comer? Estoy famélica.

Observo sus vaqueros rotos, sus vans raídas y su jersey navideño, pese a que estamos empezando noviembre, y sonrío. Está preciosa. Es preciosa físicamente y lo es aún más porque tiene una personalidad propia que arrasa con todo. Revuelve mis cajones, se enfada, como siempre, cuando ve que no tengo galletas envasadas en casa, y se le pasa cuando descubre el bote de cristal en el que guardo algunas caseras. La tetera silba con el agua caliente para mi infusión, pero ella lo sirve en una taza, mete el sobre de manzanilla y da un sorbo antes de soltar una maldición porque, obviamente, se ha achicharrado la lengua.

—Dios, Ósc, te juro que hubo un momento en el tren en que pensé que moriría de hambre.

—Me llamo Óscar, no Ósc. ¿Y no pensaste en comprar algo para picar?

—No tengo dinero.

—Entiendo.

—Oye, que no he venido por eso. He venido porque te echaba de menos.

—Ajá.

—Y porque voy a quedarme aquí una temporada. París es bonita siempre, pero creo que lo será aún más cuando la recorra en patinete.

—¿Cómo una temporada? —pregunto frunciendo el ceño—. ¿Aquí? ¿Conmigo?

—Pues claro que contigo. ¿Con quién más? —Da un bocado a una galleta y me sonríe—. Será genial, ya verás, como en los viejos tiempos.

—Mira, nena, no creo que...

—¿Quieres que le cuente a mamá y papá que mi hermano mayor no me quiere acoger en su casa en una fría y húmeda noche de otoño después de haber cogido un vuelo, un tren y el metro para venir a verte? Si quieres, se lo cuento, pero vas a cargarte un poquito la imagen de niño perfecto.

—No me chantajees, Valentina —le digo en tono serio.

Tan serio que se queda cortada. No está habituada a que le hable así, y me jode en el alma hacerlo, pero no voy a permitir que me toree como hace con muchos en la familia. El arrepentimiento cubre sus ojos tan rápido que me acerco a ella para poder abrazarla. Puedo aguantar con diplomacia berrinches, ataques de genio y malas palabras de casi cualquiera en mi extensa familia, pero Valentina... Ella es otra cosa. Es mi niña. Fue mi mejor regalo de pequeño y cuidarla ha sido una constante en mi vida.

—¿Me perdonas? Me he pasado.

Sonrío, la abrazo y beso su cabeza antes de hablar.

—Hay pocas cosas que yo no te perdonaría, enana...

Ella me dedica una gran sonrisa satisfecha, y yo vuelvo a reírme entre dientes. Podría intentar convencerla de que vuelva a casa, donde mis padres la esperan. O pedirle que me cuente cómo es que ha decidido coger otro año sabático, si el año pasado se aburrió como una ostra, o qué piensa hacer el tiempo que esté aquí, conmigo, que intuyo que no será una semana. Podría intentar algo de eso, pero, sinceramente, no tengo ánimos de discutir. Además, me gusta tener a mi hermana aquí. Me gusta. Es solo que es tan intensa, y yo soy tan tranquilo... Y ella es tan joven y yo tan... Bueno, no soy mayor, claro, pero los ocho años de diferencia se notan.

La cosa es que valoro mucho mi intimidad, pero cuando la veo abrir un armario y sacar varias carpetas de recetas para buscar el chocolate que, según ella, tengo oculto, sé que se avecinan días muy muy movidos.

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2

Me despierto con una pierna fuera del colchón, rozando el tatami de madera. No es habitual en mí salirme de la cama. Sin embargo, es muy habitual en Valentina echarme de ella cada vez que dormimos juntos.

—En momentos así me arrepiento muchísimo de no tener habitación de invitados —murmuro con voz pastosa mientras la empujo con suavidad—. ¿Cómo puedes abarcar tanto siendo tan poca cosa?

—La poca cosa te da una paliza cuando quieras —gruñe mientras se sienta de golpe en la cama. Es otra de sus cualidades. Un segundo está desparramada en el colchón y parece incapaz de moverse y al siguiente está despierta y alerta—. ¿Vamos al cine hoy?

—Claro, no tengo que trabajar ni nada... —digo en tono irónico.

—Eres el jefe, Ósc.

—Óscar. Tiene que resultarte incluso más complicado pronunciar Ósc, que Óscar.

Ella resopla por respuesta, se sale del colchón y se encierra en el baño. Cierro los ojos y rezo para dormir un poco más, pero cuando oigo su voz a través de la puerta, sé que su energía pronto lo llenará todo.

—Entonces ¿no vas a coger el día libre para estar conmigo?

Se asoma y se aposta en el quicio de la puerta mientras se cepilla los dientes.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte, Val? —Ella se encoge de hombros—. Exacto. No puedo coger libres todos los días que estés aquí. Si vas a quedarte, tendrás que asimilar que tengo unas rutinas que me gusta mantener. Trabajar, en realidad, es más obligación que rutina.

—No si eres el jefe y un chef de renombre mundial.

—Y por eso tengo que esforzarme más. Se supone que la gente quiere comer lo que yo preparo, aunque no lo haga solo. Una cosa es descansar algún día y otra no aparecer por mi propio restaurante.

Valentina entra en el baño de nuevo, la oigo enjuagarse la boca y, cuando sale, lo hace con el pelo enmarañado y una sonrisa perezosa.

—Solo te he pedido que vayamos al cine, pero vale, entiendo que eres un hombre ocupado. No te preocupes, me mantendré ocupada con... cosas.

—¿Cosas?

—Saldré a buscar algún skatepark. ¿Sabes de alguno nuevo desde que estuve aquí la última vez?

—Ni siquiera estoy seguro de tener claro qué es un skatepark y qué no.

—Qué vergüenza de hermano mayor —murmura mientras va a la cocina.

Elevo una ceja y me río. Valentina adora ir en tabla. En tabla en general, porque le vale tanto el skate como el surf. Adicta a los dos deportes desde niña es rarísimo verla sin una de las dos tablas bajo el brazo. Bueno, Val es adicta a cualquier deporte. Lo que, a priori, parece no casar con la Valentina juerguista y fiestera en exceso, a veces. Creo que la cosa es que mi hermana es una persona de extremos. Si hace deporte se entrega a fondo, si se va de fiesta, igual. Es muy desmedida para según qué cosas y a veces pienso que, en parte, es culpa de mis padres y también mía. La hemos consentido mucho, no me avergüenza reconocerlo, y uno de los resultados es que lo bueno lo vive con toda la intensidad y fuerza del mundo y lo malo, también. Por fortuna, tiene un ánimo envidiable y una positividad innata. Es rarísimo verla de malas o que un estado de enfado o tristeza le dure demasiado.

—¿Podemos hacer galletas nuevas hoy? ¡Casi no quedan!

—Come tostadas —le digo levantándome, por fin, de la cama—. No necesitas tanto azúcar. Practicas más deporte que la media, mejor que nadie lo sabes.

—Mañana empiezo a depurar, pero hoy todavía necesito algo que me ayude con el jet lag.

—Vienes de España, Valentina —contesto riéndome—. El vuelo dura dos horas y el horario es el mismo.

—¿Sabes, Ósc? Te quiero mucho, pero no eres una persona que me agrade demasiado por las mañanas.

Me río más fuerte y entro en el baño para darme una ducha. Cuando salgo, me enrollo una toalla en las caderas y oigo la canción de Aladdin a todo trapo. Sonrío. Valentina es una chica deportista que viste de una forma muy particular y, de antemano, no parece de esas que se enamoran de una peli de Disney. Sin embargo, Aladdin siempre ha tenido algo que la ha enganchado y creo que es porque, secretamente, desea tener una alfombra sobre la que poder volar. Otra especie de tabla para ella. Abro el armario, saco un pantalón de traje, una camisa blanca y un chaleco negro que, sinceramente, solo me pongo porque me queda bien, y vuelvo al baño para vestirme. Voy a reconocer que este loft es muy bonito, pero intimidad hay poca. Cuando vuelvo a salir agradezco el café que Valentina me ha preparado, pero al tomarlo, hago una mueca. Tiene muchos dones, mi hermana, pero hacer café no es uno de ellos.

—Tenemos que solucionar el tema de dormir —le comento—. Si vas a quedarte unos días, alguien se tiene que quedar en el sofá cama. No podemos estar en la misma cama.

—¿Por qué no?

—Porque no quiero amanecer cada mañana con medio cuerpo fuera del colchón. Y porque yo duermo en el centro. Siempre.

—¿Y qué pasa cuando traes chicas?

—No vienen muchas y no suelen dormir conmigo.

—Alguna habrá dormido...

—No te voy a explicar cómo lo ha hecho, ¿no?

Valentina suspira con un poco de dramatismo. Con mucho dramatismo, en realidad. Se encoge de hombros y da un sorbo a su café.

—Si quieres dormir en el sofá, vale.

—Eh... Eres tú quien dormirá en él.

—Sí, hombre. ¡Encima! Yo no he tomado la decisión.

—Es mi casa.

—¡Soy tu única hermana! Si ahora te cayeras por las escaleras y te murieras, la casa se quedaría para mí. Y el restaurante. Todo. —Qué cara habré puesto, que rectifica enseguida—. A ver, que no vas a morirte, pero si pasa, pues todo es mío, ¿no?

—Eh...

—Es como si fuera un poco dueña, también. No tienes mujer, ni hijos, que se sepa. Soy la heredera principal.

—Valentina... Me estás acojonando.

Ella suelta una carcajada, deja la taza en la encimera, viene hacia mí y me abraza, poniendo la barbilla en mi pecho y mirando hacia arriba. Oh, mierda. Ahora viene el numerito a lo gatito de Shrek. Los ojos brillantes, el puchero de su boca y la vocecita dulce.

—Solo digo que estoy tan feliz de que estés vivo que no me importa compartir cama.

Me debato unos instantes entre fascinarme por su forma de hilar pensamientos o bufar y decirle que tiene que dormir en el sofá cama. Punto. Al final, decido que no tiene sentido discutir desde ya. No quiero tenerla todo el día de morros, así que lo dejaré estar hasta esta noche. Beso su frente y doy un último sorbo a mi café. O lo que ella dice que es café.

—Te haré tostadas.

—Quiero galletas. ¿Bajamos a desayunar a una cafetería? ¿O me haces algo rico?

—Te hago tostadas.

Ella se separa de mí, resopla y me mira por encima del hombro.

—Para ser un chef con estrellas Michelin, y bla bla bla, eres bastante poco creativo.

—Guardo la creatividad para gente que sabe valorarla.

—Me ofendes.

—Más me ofendió a mí prepararte huevos benedictinos con salmón y verte echarle kétchup.

—Me gusta el kétchup.

—Al salmón, Valentina. Todavía me acuerdo y me duele. ¡Y a los huevos! Por Dios, ni siquiera pega. Es asqueroso.

—Que tú, que te dedicas a mezclar todo lo que pillas por la cocina, me digas que algo no pega...

—No mezclo lo que tengo por la cocina. ¿De verdad sigues pensando que me han dado las estrellas Michelin por mezclar lo primero que tengo a mano? —Ella se encoge de hombros, sonríe y, cuando hace amago de hablar, la freno—. ¿Sabes qué? No quiero saber la respuesta. Prefiero seguir en la ignorancia.

—Pues casi mejor... ¿Entonces? ¿Bajamos a desayunar? Con la tontería, se nos va la mañana.

Intento convencerla de que coma tostadas, pero no hay manera. Al final, me arrastra hasta una cafetería, se pide dos cruasanes, uno salado y otro dulce, y lo riega todo con un batido de chocolate que me empalaga solo de verlo. Yo por mi lado como tostadas y otro café. Este, del bueno.

—La gente nos mira —dice en un momento dado.

—¿Nos mira? —pregunto en respuesta.

—Sí. Nos mira mucho, y no lo entiendo.

Elevo una ceja y sonrío un poco.

—Quizá la diadema de gatito llama un poco la atención.

Ella se lleva una mano a la diadema negra con orejas de gatito que se ha puesto esta mañana. Es un complemento más, pero no hace mucho juego con el pantalón de chándal, las vans y el jersey de rayas marineras. En Valentina nada parece hacer mucho juego y, sin embargo, todo le queda de maravilla.

—Me encanta esta diadema.

—Estás preciosa.

—Pero nos miran.

—Pues que nos miren. Seguramente tengan envidia de ti por tener esa diadema y de mí por desayunar con la chica más bonita de París.

Eso la hace reír de buena gana.

—No me extraña que las tías vayan haciendo charcos a tu alrededor.

—Val...

—Por charcos me refiero a los que hacen a causa de sus bragas mojadas.

—Jesús. Esta conversación acaba aquí.

Ella se ríe a carcajadas y, cuando intento levantarme, me agarra del brazo.

—¿Qué tiene de malo que te lo diga? Mira esa chica de ahí, la morena. —Señala a una chica que hay un par de mesas a nuestra derecha—. No te ha quitado ojo desde que llegamos. Me apuesto el culo a que está pensando cómo sería arrancarte ese chaleco con los dientes.

—No es verdad.

—Lo es.

—No lo es.

—¿Te lo demuestro?

Se levanta de su silla tan rápido que apenas tengo tiempo de sisear su nombre. Mierda. Acabo de acordarme de por qué es mala idea tener a Valentina un tiempo por aquí. Impulsiva, inmadura, demasiado lanzada.

—Hola —oigo que le dice a la chica—. He visto que miras mucho a mi hermano.

—¿Es tu hermano? —pregunta mientras yo intento por todos los medios hacer que la Tierra me trague.

—Sí. Si quieres, te lo presento.

La chica sonríe de buena gana, se levanta y, cuando las dos se acercan, hago hasta lo imposible por mantener una sonrisa educada.

—Ey, Ósc, te presento a...

—Soleil.

—¡Soleil! Precioso nombre. ¿A que es precioso, Ósc?

—Precioso —murmuro, incómodo.

—Él es Ósc.

—Óscar —corrijo mientras estiro la mano en dirección a la chica.

Es preciosa, pero no me gusta que Valentina elija por mí las citas que puedo o no tener. O la gente que conozco o no, así que, aunque pueda atraerme un poco físicamente, decido dar una lección a mi hermana. Me levanto, aún con la mano de Soleil sobre la mía, me la llevo a los labios y la beso antes de inclinar un poco la cabeza.

—Si me disculpáis, llego tarde a trabajar.

La chica parece noqueada durante un instante, pero al final sonríe y se despide de mí con un gesto de la mano mientras me voy y dejo a Valentina con el marrón de deshacerse de ella. Y con la cuenta sin pagar, también, así que intuyo que, cuando volvamos a vernos, mi hermanita no va a estar de buenas.

El turno de las comidas del restaurante sale perfecto, como siempre. Hay detalles que limar e imprevistos que surgen, pero la comida estaba buena y los comensales, en general, satisfechos. Eso es todo lo que importa.

Por la tarde, estoy sentado en una de las mesas del restaurante supervisando las nuevas recetas que entrarán a formar parte de la carta con Jérôme. Deberíamos hacer esto en el pequeño despacho que hay paralelo al almacén, pero me gusta el ambiente del restaurante cuando está vacío. Normalmente abrimos para las comidas, cerramos y volvemos a abrir para las cenas, que suelen ser el plato fuerte. La tarde, por norma general, Jérôme y yo la aprovechamos para ponernos al día con el trabajo.

—Debería ponerme ya con el nuevo cuadrante, todavía tenemos el del mes pasado —me comenta mi amigo.

—Sí, vale. Yo me ocupo de esto, si te parece.

—Tú eres el jefe.

En esas estamos cuando la puerta se abre y entra una chica menuda y rubia con un señor mayor.

—Venga, no te quedes en la calle, que hace frío hoy. Vamos, no te preocupes por nada, yo me encargo.

Maldigo por haber dejado la puerta abierta. Podría echar la culpa a los trabajadores, pero seguramente la he dejado así yo al salir a revisar las macetas de la entrada.

—Perdonen, pero está cerrado —dice Jérôme.

—¡Buenas tardes! Sí, sé que se supone que está cerrado, pero, verán, Jean Pierre tiene un pequeño problema de salud. La tensión se le ha bajado y no hay en toda la calle ni un banco para sentarse. ¿Se lo pueden creer? ¿Qué está pasando con París? Ya no nos importa el descanso, solo correr, correr, correr. ¡Todo se ha vuelto correr! Menos mal que aún queda gente hospitalaria que ofrece una silla a un señor mayor con la tensión baja y muy mal color de cara, ¿verdad?

¿Eso es una orden camuflada? Jérôme me mira elevando las cejas y me encojo un poco de hombros, levantándome de inmediato. No voy a dejar a un señor enfermo en la calle. Eso sería imperdonable.

—¿Necesitas algo? —pregunto acercándome y tuteándola directamente. Supongo que el hecho de que se cuele en mi restaurante ya ha hecho saltar por los aires ciertas distancias.

—Un café, gracias. Y mi amigo quiere otro.

Escucho un carraspeo a mi espalda y me giro para mirar a mi amigo. Sí, ya, menudo morro. Aun así, ser un borde no está en mi naturaleza.

—¿Los preparas tú?

—Desde luego —accede Jérôme—. Enseguida vuelvo, hay que encender la cafetera.

—Ahora no te vayas a morir, ¿eh, Jean Pierre? Me viene fatal que te mueras justo hoy, que quería llevarte al parque a darle de comer a las palomas. Ahora dicen los políticos que no se puede dar de comer a las palomas porque cada vez vienen más y al final París estará llena de ratas voladoras. ¿Te lo puedes creer? —No sé si la pregunta es al señor mayor, o a mí, pero, en cualquier caso, cuando intento hablar, me corta, así que meto las manos en mis bolsillos y dejo que siga—. ¡Ratas voladoras! Es como si, de pronto, empezásemos a llamar a los delfines perros de mar. ¿Qué sentido tiene? ¡Ni siquiera se parecen! ¿Verdad que no, Jean Pierre? ¿Estás bien? ¿Te estás muriendo? ¿Ves algún tipo de luz? Si ves alguna luz, deberías alejarte, porque no estoy dispuesta a que te mueras hoy. Me viene fatal.

—Creo que...

—¿Sabes qué pasa? —dice ella, cortándome y quitándole la chaqueta a tirones al tal Jean Pierre—. Pasa que en esta ciudad se ha perdido el sentido romántico. ¡Y me parece imperdonable! Es la ciudad del amor, por Dios. Dar de comer a las palomas es bonito, es un gesto amable y a los niños les encanta hacerlo. A los niños y a los mayores. Bueno, a todos menos a Jean Pierre, que se ha empeñado en ponérmelo difícil, pero ya estoy acostumbrada. —Se pone a arremangar las camisas del señor y, cuando este resopla, lo mira irritada—. Pero ¿por qué te enfadas conmigo ahora? ¡Si no he dicho nada!

—¡Deja de desnudarme, muchacha! Mon Dieu, necesitas frenar un poco.

La chica, lejos de amedrentarse, se cruza de brazos y me mira con terquedad.

—¿Ves a lo que tengo que enfrentarme? Pues así cada día.

—Si no te empeñaras en sacarme de mi casa, cuando te he repetido por activa y por pasiva que no quiero pasear, ni dar de comer a las palomas, ni hacer nada, no me habría pasado esto. Solo necesito un vaso de agua y que cierres la boca un poco.

—Aquí están los cafés. —Jérôme pasa por mi lado y se acerca a ellos.

—Muchísimas gracias —dice la chica sonriéndole y cogiendo una taza—. Venga, Jean Pierre, bebe. Necesitamos que tu tensión suba. Mañana voy a llevarte al médico de nuevo, esas pastillas que te dan no funcionan. ¿O es que no las estás tomando? Espero que sí, porque me sentiría fatal si me mintieras. A tu edad, mentir, es doble pecado, ¿entiendes? Porque estás al final del camino, te puedes ir en cualquier momento y entonces, ¿qué? Llegas al cielo con una mochila de mentiras pesada y muy fea. No te dejarían entrar así, que lo sepas. Entre eso, y lo gruñón que eres, te mandarían al infierno antes de lo que dura un pestañeo. Y yo no he estado en el infierno, obviamente, pero he leído lo suficiente como para saber que es mejor irse de buenas e intentar entrar en el cielo.

—Si muriéndome consigo que te calles un poco, casi lo prefiero.

La chica abre la boca y los ojos con tanto ímpetu que, ahora sí, empiezo a temer por la vida del anciano. Él, en cambio, no se amedrenta y la mira desafiante. Miro a Jérôme con una ceja alzada y una sonrisa torcida.

—¿Está mejor? —Acorto la distancia del todo y le sonrío al abuelo, porque no quiero que ella se enfade más con él.

—Lo estaré en cuanto la cafeína me despierte. La maldita tensión lleva un par de años dándome sustillos. Siento mucho haber irrumpido en su restaurante. Yo no quería, pero... —Mira de reojo a la chica y se encoge de hombros—. Es como una maldición —murmura.

—Espero que te refieras a la tensión —comenta ella—, porque sería algo feo, feísimo, hablar así de alguien que solo quiere lo mejor para ti. ¡Y más con un desconocido! —Se gira hacia mí y, esta vez, sonríe al tiempo que estira una mano—. Encantada de conocerte, te agradezco muchísimo el café, pero necesito más azúcar.

—No sabes el azúcar que lleva.

—Seguramente no le ha puesto, eso es algo que debe elegir el cliente.

—Te he puesto un azucarillo al lado —replica mi amigo.

—Necesito más, pagaré el suplemento sin problemas.

—No te preocupes —le digo—. Jérôme, ¿puedes traerle uno más?

—Que sean tres más, Jérôme, si no es molestia. —Elevo las dos cejas, esta vez, y ella sonríe y se muerde el labio—. Tengo un ligero problema con el café y el azúcar.

—Las personas normales tomamos café con algo de azúcar —afirma el señor, interrumpiéndola—. Ella toma azúcar con algo de café.

—Tengo una muy buena razón para hacerlo, Jean Pierre, así que no te pongas gruñón también con eso, porque...

—No le gusta el café —me informa el abuelo—. ¡Lo que me lleva a preguntarme por qué demonios pide café siempre!

—Porque así compartimos cosas, viejo gruñón.

Se me escapa una pequeña risotada y, cuando ella me mira mal, procuro ponerme serio. Y no es porque dé miedo porque, por Dios, tiene la pinta de un hada enfurruñada, pero no quiero ofenderla.

Su larga melena rubia es parecida a la de Valentina en el tono, pero ella lo lleva liso y peinado. No lleva maquillaje y, si lo lleva, es muy sutil, porque sus pecas se aprecian sin problemas, y sus ojos son azules, como los míos, pero más bonitos. Brillan. Carraspeo un poco y me riño interiormente. Joder, creo que me he quedado un poco embobado y eso no es propio de mí.

—Óscar León, encantado —digo estirando mi mano.

—Emma Gallagher. Sé quién eres. He venido aquí alguna vez a comer con mi familia. —Sujeta mi mano, la aprieta y luego, para mi sorpresa, la gira, la inspecciona con sus dos manos, acariciando la palma, y sonríe—. Grandes manos, sí señor —murmura—. Tu comid

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