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¡Bienvenida al infierno más divertido!
Perdón, ¡a Tagus!
1 de enero
—El secreto para sobrevivir aquí es no confiar en nadie, ser discreta con lo que haces y tener mucho cuidado de quién te ve haciéndolo.
Ese extraño y valioso consejo salió de la boca de Artie, la chica que sería mi nueva compañera de apartamento.
Pero, para ser sincera, no le di importancia, je.
Solo podía pensar: «¡Tagus, aquí estoy finalmente!».
Era el primer día. Caminaba por la feria de bienvenida a nuevos alumnos en el parque central del campus, y yo era todo lo que debía parecer: la típica chica nueva, tonta y deslumbrada porque a mi alrededor cada cosa era fiel a las fotografías de la página web.
Los kilómetros de áreas verdes que conformaban los terrenos universitarios estaban plagados de árboles podados y moldeados de la misma forma que las vidas de los que tenían el privilegio de haber sido aceptados como alumnos. Por las calles asfaltadas circulaban bicicletas. Había carteleras en cada esquina con anuncios informativos, de eventos próximos, ¿ese era un cartel de una chica desaparecida? Y ahí, en el parque central de Tagus, punto de encuentro del primer día, abundaban las casetas de ventas de camisas, de entregas de horarios, de guías de campus y de clubes estudiantiles.
Dentro de esas casetas, los chicos y chicas tenían ese aire de «Si quisiera, mi papá me compraría esta calle, y este piso, y lo que haya debajo de este piso». Y fuera, mirando y tratando de asimilarlo todo, los estudiantes nuevos transmitían un «¡Qué emoción estar aquí, aunque no me tendré que esforzar por nada más que por mi outfit, ya que mi padre se limpia el trasero con dinero!».
—¿Estás oyendo lo que te digo? —me reprochó Artie ante mi evidente distracción.
Caminaba a mi lado. Al llegar al apartamento, yo le había pedido que me acompañara a la feria, ya que no sabía cómo moverme sola por ese laberinto universitario. Para mi sorpresa, Artie había aceptado.
—Claro —le mentí para ocultar que había estado ignorando lo que decía sobre supervivencia social—. Que tengo que seguir tus consejos o... ¿Qué es lo peor que me puede pasar?
—Depende —respondió ella mirándome con curiosidad—. ¿Cuál me dijiste que era tu apellido? ¿Es importante en algún lugar?
Sí, en la silenciosa, oscura y despoblada Ninguna Parte.
—¿Tiene que serlo? —inquirí como respuesta—, porque, según se dice, lo que aquí importa es que los estudiantes mantengan un nivel académico magistral.
Artie asintió con una risa.
—Sí, sí, eso es muy cierto, y también que de aquí salen figuras importantes —admitió—, pero sácate el folleto de Tagus de la cabeza. No todo es pasarse el año entero sola y estudiando. ¿O eres de las que prefiere estar sola?
En realidad, de las que prefería guardarse sus preferencias.
—Me adapto al entorno —me limité a decir con un encogimiento de hombros que no revelaba nada.
—Bueno, aquí hay evento tras evento, y los círculos sociales son importantes —explicó con una seriedad que delató la importancia que le daba al tema—. Con un buen apellido no tienes que esforzarte mucho en encontrar uno o en hablar con la gente, porque la gente estará dispuesta a hablar contigo en cualquier momento. Por esa razón, dime, ¿tienes algún familiar que se pueda reconocer o al menos googlear?
Sacó su móvil y esperó ansiosa a que le dijera quién de mi familia aparecía en internet. Como a mí me gustaba hacer fichas mentales de las personas, justo en ese momento lo que tenía anotado de Artie en mi cabeza era:
Aspecto: más o menos alta, cabello negro, ondulado y corto hasta la línea del cuello, estilo Marilyn Monroe. Nariz y barbilla de hada, ojos grandes y delineados, jersey y tejanos. Sus fotos en Instagram deben verse aesthetic y probablemente nunca le debe faltar alguna frase de algún libro en la descripción.
Característica destacable: chica a la que le importa demasiado la reputación social. Es decir, se esfuerza demasiado. Pero ¿le funciona? ¿Es Artie importante socialmente?
Al menos era amable.
—No, nadie de mi familia es importante —fue lo que dije.
Artie hizo un mohín de pesar.
—Qué mal, siempre es más fácil así. —Agitó la mano en un gesto despreocupado para restarle importancia—. Pero no te preocupes, por suerte has quedado conmigo. Conozco gente y te los presentaré. ¿Cuál es tu target?
Iba a decirle que no tenía ni idea de lo que me estaba preguntando, pero mis ojos ansiosos que habían estado fijándose en todo lo que ocurría junto a nosotras y en todo lo que veía mientras caminábamos se fijaron en una de las casetas de la feria. Una en específico.
Y entonces pasó.
Ellos.
Él.
Me fue imposible hablar y caminar al mismo tiempo, así que me detuve y primero me fijé en el chico que atendía la caseta. Tenía un camino de tatuajes que se iniciaba en su muñeca derecha y se perdía en su ascenso por el resto del brazo, y llevaba su cabello azabache rapado por los lados y más abundante por arriba. Era uno de esos chicos que, al entrar en un lugar, lo dominan por completo. Uno de esos chicos que parecen el endemoniado sol, porque te dan ganas de mirarlos, pero cuando lo haces te causa dolor ocular tanta energía, tanto poder, porque sí, «poder» siempre ha sido la palabra perfecta para empezar a describirlo.
Desprendía un carácter autoritario mientras discutía con el chico que lo acompañaba dentro de la caseta. No estaban montando ningún escándalo, pero yo noté que discutían porque su boca no paraba de moverse con tensión. Vi incluso el momento en el que perdió la paciencia, le arrancó al otro chico el cigarrillo que sostenía entre los labios y, furioso, lo lanzó al suelo.
Me fijé entonces en el tipo del cigarrillo. Era un poco más delgado, tenía el pelo del mismo color negro azabache que el de los tatuajes, pero lo llevaba más largo y con un corte desenfadado. Al contrario del primero, su cara era menos expresiva. Su boca era una línea seria y sus cejas espesas no indicaban nada, por lo que era muy difícil saber si la discusión le afectaba de algún modo. Su ropa era toda oscura y no parecía tener intención de dar respuesta alguna a las palabras que le estaban soltando.
En donde el otro parecía un terremoto en curso, este era la insospechada calma que precede a una catástrofe.
—¿Ya has salido del hechizo Cash? —escuché a Artie preguntarme de repente.
Salí de mi análisis con brusquedad y la miré, pestañeando. Me di cuenta de que sus ojos también apuntaban hacia los dos chicos de la caseta.
—¿Qué? —No la había entendido—. ¿Qué hechizo? ¿De qué hablas?
Ella soltó una risa de «no pasa nada».
—Te has quedado mirando a los hermanos Cash, y eso es lo que dicen que te sucede cuando los ves por primera vez —explicó divertida, muy obvia—. Te quedas atontada por un rato, no puedes apartar la mirada y piensas: «¿Son reales?». Y sí, son tan reales como que te tiemblan las piernas en este momento.
Bueno, mis piernas se habían detenido, nuestro recorrido por la feria del parque se había pausado y me había quedado como suspendida mirándolos. Había sido una... ¿mezcla de sensaciones? Sí, confusa.
—¿Hermanos Cash? —pregunté, más desconcertada.
—Lo sé, a veces es mejor hacer como que no sabes quiénes son —resopló ella.
La miré con incredulidad.
—No sé quiénes son.
Por un instante Artie no se lo creyó, pero cuando notó que me la quedé mirando a la espera de una explicación sobre ellos, pestañeó, desconcertada, e incluso emitió una risa extraña.
—¿Es en serio?
Curvé la boca hacia abajo y asentí. Sip.
—Por cómo lo dices, ahora quiero saberlo todo sobre ellos.
Me miró un instante más, medio ceñuda, intentando entender algo en mí.
—Eres rara, Jude —resopló como si fuese un buen chiste—. ¿Cómo no vas a conocerlos? Acuérdate del escándalo Cash.
—Tampoco sé qué es el escándalo Cash —admití.
A Artie le costaba creérselo y se formó un extraño momento en el que ella no supo qué decir ante mi desorientación social y yo no supe qué excusa usar. Hasta que insistí:
—Pero cuéntame, vamos, parece interesante. ¿Quiénes son esos Cash?
Oh, esa pregunta...
Esa maldita pregunta.
Artie suspiró como una maestra que debía dar explicaciones extras a su alumno nuevo porque no tenía ni idea de cómo eran las cosas en la escuela. Y empezó a contarme:
—Bueno, ¿te has fijado que siempre suele haber un grupo de personas absurdamente ricas y poderosas? Pues ellos son nuestros absurdamente ricos y poderosos. Su apellido es famoso por ser el de una larga saga de políticos reconocidos.
—¿Al estilo de los Kennedy? —Enarqué una ceja en plan jocoso.
—Un poco —asintió más seria que yo—. Su padre, Adrien Cash, es una persona muy influyente con mucha visibilidad social y un enorme poder político. Así que eso, ellos son la élite que está por encima de la élite normal.
—La élite peligrosa —me permití definir mejor.
Artie asintió e hizo un gesto con la cabeza en dirección a los dos hermanos. El de los tatuajes se pasó la mano por el cabello como para recuperar postura y luego se giró hacia el frente de la caseta, en donde unas chicas entusiasmadas se acababan de acercar a mirar. Sorprendentemente, él apoyó los brazos en el mostrador de la caseta y esbozó una sonrisa muy ancha para atenderlas. Tenía una boca grande, irónica, con comisuras maliciosas.
—Ese es Aegan, el mayor, y va a tercero de Ciencias políticas —lo identificó Artie para mí—. Es el presidente de la mayoría de las organizaciones, clubes, sociedades..., de todo; literalmente, de todo.
Pasó a señalarme con disimulo al siguiente, que seguía al fondo de la caseta como ausente, distante, quizá un poco malhumorado.
—Ese con esa cara de «no me hables, por favor» es Adrik —siguió—. Va a segundo de Ciencias empresariales. No es tan extrovertido como Aegan, sino más... ¿solitario? No lo sé, pero con él no podrías tener una conversación banal.
De forma inesperada, mientras Aegan se concentraba en las chicas, Adrik sacó de su bolsillo otro cigarrillo y se lo acercó a la boca con una lentitud perezosa. Ni siquiera prestó atención a su hermano. Miró en la dirección contraria. Y expulsó el humo; las líneas flotaron frente a su perfil, indiferentes, pero estilizadas.
—Finalmente, hay un tercero: Aleixandre —agregó Artie—. Es el menor, y va a primero de Relaciones internacionales, pero al parecer no anda por aquí. Él es más sociable. Tiene un canal en YouTube donde hace videoblogs y cosas así. Tiene dos millones de suscriptores y le gusta alardear de ello.
Para finalizar, Artie dijo en tono dramático:
—Se les conoce como los Perfectos mentirosos.
Pude haberme reído, pero habría arruinado el tono dramático de las presentaciones. Tres chicos guapos con un apodo estúpido, ¿eh? ¡No podía faltar!
—¿Por qué les llaman así? —quise saber.
—Pues porque son muy buenos en hacerte creer que les gustas y luego mandarte a la mierda —respondió abrupta.
Esperé más detalles, pero Artie se encogió de hombros. Creí detectar algo de molestia en la forma en que miró primero a Adrik y luego a Aegan, pero no quise profundizar. Apenas la conocía.
—¿Literalmente o...? —dije, al final, en un intento de que me explicara un poco más.
—Es que ellos salen con las chicas solo durante noventa días —dijo, nuevamente con cierta inquietud—. No más. Es como... una regla. Se termina el plazo, y listo, como si nunca hubiesen sentido nada por ellas.
Fruncí el ceño y la miré como si acabara de decirme que tenía tres tetas.
—¿Existe alguien que acepte eso? —pregunté, mirándola con detenimiento. Esperaba que dijera: «Claro que no, Jude, es broma. Ya quedó atrás esa era en la que había que ser tan tontas con los hombres».
Pero no recibí esa respuesta.
—Te sorprenderías... —resopló Artie, de nuevo con un encogimiento de hombros, dando a entender que allí era lo más normal—. Puedes oír a las chicas diciendo que no saldrían con ellos, pero en cuanto se les acercan, ninguna se niega, porque salir con ellos es una oportunidad que va más allá de lo romántico. Te da estatus, visibilidad. Supongo que lo entiendes, ¿no?
¿Entenderlo? ¿De verdad? Claro que no, pero me limité a asentir, precavida con mis respuestas. Después, con lentitud y con la misma expresión, volví a mirar a los hermanos. Adrik ahora miraba a Aegan, quien hablaba sin parar con las chicas y les mostraba una hoja. Ellas estaban encantadas con su, al parecer, efusiva y apasionada explicación.
Sentí ganas de coger una piedra y lanzársela a Aegan como una pequeña señal de protesta por sus costumbres, pero eso tendría consecuencias. Malas. Y no podía arruinar mi ingreso en Tagus. No tendría esa oportunidad dos veces.
—Pues no me parecen tan sorprendentes —le comenté—. Son atractivos, pero chicos guapos los hay en todas partes.
La sonrisa de Artie adquirió un aire un tanto amargo.
—Chicos guapos sí, pero que además tengan el famoso apellido Cash, no. —Me echó un vistazo curioso, entornado—. Y sí son sorprendentes. Aleixandre está en el top de influencers, Adrik representa a muchísimas organizaciones de ayuda humanitaria y animal, y Aegan sigue los pasos políticos de su padre. No hay nadie con esos niveles.
—Es que es estúpido —opiné, entre burlándome e intentando entenderlo—. Tienes que ser tonta para poner tu dignidad por debajo de tu futuro.
Artie no dijo nada por un instante. Luego pareció querer ignorar a Aegan y me miró con un nuevo ánimo.
—Sí, bueno, cada quien sabe lo que hace, ¿no? —Le restó importancia—. Lo que tienes que hacer es no opinar sobre esto. Es cosa de los Cash, y muchos los defienden.
O sea, tenía que callarme porque ellos tenían su propio club de fans.
Iba a replicar, pero de forma repentina ella mostró una sonrisa emocionada. Fue impresionante cómo todo el aire del momento cambió.
—Pasemos a un tema mejor: esta noche empiezan los eventos —me informó con entusiasmo—. El primero son los juegos, imprescindibles antes de comenzar las clases. Vas a ir, ¿no?
—¿Qué hacen en esos juegos? ¿Ponen a las chicas a pelear en barro y apuestan por ellas? —resoplé con sarcasmo.
Artie soltó una risa sonora.
—No, se pasa el rato con juegos de azar, bebidas, conociendo a los nuevos... Tal vez pilles algún club... —Me miró con ansias—. Aunque podré presentarte a unos amigos que no consideran a las chicas como ganado, y por eso no son tan populares. Puedes andar con nosotros.
No sabía cómo eran los eventos de los chicos y las chicas de Tagus, pero necesitaba saber más sobre el mundo al que acababa de entrar, y la única manera de lograrlo era mezclándome. Después de todo, no había llegado a Tagus para ser una asocial que se sentara en el comedor con la cara contra su bandeja, procurando ser lo más invisible posible. No. Yo tenía otros planes.
Eché un rápido vistazo nuevamente en dirección a Adrik. Ya no estaba. En algún instante, se había escabullido. El cigarrillo, consumido, ahora estropeaba la grama junto a la caseta. Un claro gesto rebelde, ¿eh? Aegan sí seguía allí, hablando con las chicas, y ellas continuaban encantadas. Sus miradas estaban fijas en él, como si tuvieran ante sí algo fascinante e inspirador.
Así que ese era el líder de Tagus. Por él se movía el mundo de la élite. Era la figurilla sin aspecto de santo frente a la que todos se arrodillaban. Ese era el individuo que podía destruir vidas o cambiarlas en un segundo. El espécimen catalogado como: idiota con poder.
«Pues un placer conocerte, Aegan Cash.
Soy Jude, la piedra capaz de “accidentalmente” meterse en tu zapato.»
2
¡Oh, señor todopoderoso Cash!
Los juegos eran una sagrada tradición para los alumnos de Tagus.
Se hacían en unos terrenos libres, justo detrás de la línea que dejaba de ser terreno de la universidad, ya sabes, para no romper ninguna regla de conducta, y aquello era como un casino al aire libre. Todo estaba repleto de mesas. Los árboles habían sido decorados con luces de Navidad y la música salía de un puesto de DJ. Había mucha gente. Algunos iban de un lado a otro sosteniendo vasos, botellas y cigarrillos. Otros estaban sentados, jugando a juegos de azar.
Mirara a donde mirara, había sonrisas suficientes, ojos astutos y posturas seguras de sí mismas. No había nadie mal vestido ni nadie que pareciera estar sufriendo una crisis existencial. O sufriendo por nada en absoluto. Solo chicos y chicas antinaturales, sin granitos, sin miserias, sin preocupaciones, sin defectos físicos, como si hubieran sido engendrados por dioses y ángeles calenturientos.
No lo sabía aún, pero de ángeles no tenían nada. Na-da.
Artie y yo fuimos directamente hacia una mesa donde un chico y una chica charlaban y tomaban algo. Me dije que tenía que poner mi mejor cara para socializar.
—Esta es la gente con la que me junto —los presentó Artie, ya frente a ellos.
La chica fue la primera en tenderme la mano.
—Kiana —se presentó con un apretón firme pero amigable, y agregó—: Me encanta lo que pone en tu camiseta.
El estampado de mi camiseta decía: lo que sale de tu boca es lo que eres, siempre fashionista agresiva, nunca infashionista agresiva. Además, me encantaban las camisetas que hacían sentir incómodos a los demás.
Pero el estilo de Kiana no se quedaba atrás. Llevaba trenzas vikingas, su piel era de un perfecto color caramelo, y parecía la combinación ideal de persona artística y chica con dinero: tejanos gastados pero fabulosos, suéter tejido que le caía hasta por debajo de las caderas y botas de cordones.
En mi ficha mental quedó: «Esta chica podría vender porros y al mismo tiempo liderar un ejército contra un país».
La siguiente mano me la ofreció el chico. Lucía un ligero bronceado y, aun así, se le veían muchas pecas repartidas por la nariz, pero su aspecto no era nada simple ni sencillo. Si hubiese necesitado dos palabras para describirlo, habría dicho: «Fabulosamente exagerado». Llevaba puesta una chaqueta azul eléctrico y una pajarita dorada con lentejuelas. Sus tejanos eran casual, pero la manera en la que todo se unía en él resultaba llamativa al igual que sus ojos verdes. Tenía ligeros reflejos en el cabello color miel, y el toque final lo daba la hendidura en su barbilla, sutil pero interesante.
—Dashton —se presentó con una voz muy carismática—. Pero mi familia me llama Dash porque suena menos gay.
—¿Cómo debo llamarte entonces? —le pregunté.
—Dashton —contestó con un guiño.
No pude evitar sonreírle.
Gente agradable, no iba tan mal.
Kiana empezó a llenar un vaso con el barril que había junto a la mesa.
—Vaya, Artie, has tenido suerte este año con tu compañera —comentó mientras esperaba a que el líquido llegara al borde de su vaso—. A mí me ha tocado una chica muy rara que parece tener miedo de que se le hinche la lengua si habla. La invité a venir, y solo me miró, se metió en el baño y comenzó a tirar de la cadena del retrete repetitivamente. Creepy.
Se giró otra vez y me ofreció el vaso que acababa de llenar. Negué con la cabeza, pero con algo de cortesía.
—Es cerveza alemana —aclaró Dash, claramente ofendido, al ver mi gesto.
—No me llevo bien con la cerveza —volví a rechazar.
No era del todo cierto. Me encantaba la cerveza. No aceptar una era como cometer pecado, pero era el primer día, no los conocía bien, y algo muy importante: el peor enemigo de una persona con secretos es el alcohol.
—No está adulterada, si eso es lo que te preocupa —aseguró él, y para demostrármelo le dio un largo trago al vaso. La manzana de su cuello ondeó hasta que se lo pasó todo, y lo confirmó con un eructo y una amplia sonrisa—. ¿Ves? Tan sana como todos los que estamos aquí.
Me pregunté si un sorbito sería catastrófico. Podía fingir que estaba bebiendo, ¿no?
—Déjala, Jude es diferente —salió Artie al rescate, ya con su vaso lleno—. Para empezar, no sabía quiénes eran los Cash.
Kiana y Dash me dedicaron una mirada ceñuda de «imposible». Yo tuve que confirmarlo. Entonces él resopló como si fuese demasiado absurdo.
—Pues estará mintiendo —opinó, muy seguro—. No saber quiénes son los Cash es como si no supieras quiénes son las Kardashian o algo así. Has tenido que oír sus nombres alguna vez.
Kiana suspiró con fastidio.
—Si vamos a empezar a hablar del trío endemoniado, avísenme para beber más rápido.
Dash se puso una mano junto a la boca para decir algo como si fuera un secreto.
—A Kiana no le gusta el tema —me susurró.
—No me gusta cuando se trata de hablar bien de ellos —corrigió ella, poniendo los ojos en blanco.
Interesante: a Kiana le caían mal.
—Artie dijo que todos adoran a los hermanos —mencioné, intentando recabar información.
Kiana alzó los hombros.
—Pues sí, una parte los sigue con fidelidad.
—¿Cómo decía ese artículo que sacaron sobre ellos el año pasado? —dijo Dash con cierta burla.
Kiana lo enunció con dramatismo, pintando un encabezado en el aire con ambas manos:
—Que Aegan es el futuro político, Aleixandre el futuro social y Adrik el futuro humanitario.
Dash soltó una risa. Por alguna razón, Artie no. Ella solo bebió de su vaso y miró hacia otro lado. Notar nuevamente ese gesto de inquietud hizo que ignorara el que hizo Dash al comentar:
—Yo solo creo que son el futuro de las mentiras.
Kiana le dio un codazo rápido que me impidió preguntar a qué se refería.
—Ya basta de hablar de esos engendros, ¿sí? —dijo Kiana con exigencia. Luego puso su atención en mí—: Jude, es momento de que le des un buen trago a tu cerveza, y no te puedes negar porque es la ley estudiantil que todos tenemos que cumplir para pasar la iniciación que me acabo de inventar. Vamos.
Tras la presión de sus miradas y el silencio insistente, acepté.
Y ese fue el primer error.
No.
Tal vez fue el GRAN error.
—Por la iniciación —repetí justo cuando los cuatro decidimos chocar nuestros vasos.
Fue la de iniciación, sí, pero de otra ronda más.
Apenas probé la cerveza, mis papilas gustativas gritaron como Minions: «¡Está riquísima!», y exigieron más, y bueno, tuve que darles lo que querían, por lo que una hora después ya me había bebido tres vasos. Parecían pocos, pero fueron suficientes para hacerme sentir el delicioso mareo producido por el alcohol. Si no me emborraché demasiado, fue porque me los bebí y porque fui a vaciar la vejiga más de tres veces... cofcofdetrásdeunárbolcofcof.
Para cuando me detuve a pensar en que debía parar, tuve que admitir que me lo estaba pasando bien. No había soltado nada revelador, y Kiana, Dash y Artie eran más agradables de lo que había esperado. Entendían el sarcasmo y no alardeaban de nada que tuvieran. Y no hablaban de los Cash. Estaban igual de medio ebrios que yo, así que nos reíamos a carcajadas, ¡y ni siquiera sabíamos de qué!
Me pregunté si podría llevarme bien con ellos justo como lo haría una chica normal.
Aunque no sé por qué quise creer que yo era normal.
Unos silbidos de apoyo interrumpieron de repente nuestras risas sin sentido. Había pasado una hora. En cuanto echamos un vistazo curioso, unas mesas más allá vimos que Aegan y Adrik habían llegado. Junto a un par de chicos más, estaban a punto de tomar asiento. En esa ocasión no me fijé en ellos, sino en uno de los otros dos. Uno que estaba de pie junto a la silla donde iba a sentarse Aegan y que no parecía tener intención de unirse a lo que sería el juego.
Era el tercer hermano, Aleixandre. No me preguntes cómo lo supe, solo lo supe. Tenía la pinta de ser el pequeño: un poco más delgado, con el mismo aire imponente y llamativo de sus hermanos, pero con el cabello perfectamente peinado hacia atrás y una mirada chispeante, juguetona. Su ropa marcaba una diferencia de estilo entre los otros: camiseta color turquesa con lo que yo llamaba pantalón de príncipe, es decir, pantalón caqui (porque, ¿has visto a algún miembro de la realeza o a algún príncipe de las películas de Disney sin pantalón caqui?). Ah, y los zapatos más impecables que había visto en mi vida.
Ni terremoto ni calma. Ese chico parecía ser el último nivel: la salvación.
Así que ya vistos los tres, pude distinguirlos de esta manera:
Aegan: efusividad.
Adrik: indiferencia.
Aleixandre: diversión.
—¿Qué sucede? —pregunté, curiosa.
—Seguro que van a jugar a póquer —contestó Dash, mirando hacia la mesa—. Aegan es condenadamente bueno. Cuando juega, no hay oportunidad para nadie.
—Pero había dejado de hacerlo —añadió Artie, un poco confundida— porque nadie quería jugar en una mesa en la que estuviera él.
—¿Es que no lo sabes? —le resopló Kiana—. Aegan no puede pasar más de una semana sin superar a alguien en algo, le sale urticaria.
En total, en la mesa se sentaron siete chicos, incluyendo a Adrik y a Aegan. Uno sacó un mazo de cartas y comenzaron a repartirlas como auténticos profesionales. Mientras, noté que Aleixandre se inclinó para que Aegan le dijera algo al oído. Tras eso, Aleixandre asintió e inesperadamente se alejó de allí en alguna dirección.
Hum... Raro.
—Vamos a acercarnos a mirar la partida —propuse de pronto, y como todos se me quedaron mirando, añadí—: ¿Se puede?
—Bueno, a veces alguien pierde todo el dinero y se oye cuando le hace la llamada a papi. —Dash alzó los hombros—. Es divertido.
Las chicas compartieron mirada y aceptaron. Por un momento, Artie dudó, pero terminó por aceptar. Aunque no fuimos los únicos que tuvimos esa idea. Mucha más gente terminó por arremolinarse alrededor de la mesa, y al final la partida se convirtió en un espectáculo público.
La luz en aquel sector del enorme terreno no era muy buena, pero aproveché el estar tan cerca de ellos para saciar mi curiosidad sobre los Cash. Encontré rápidamente otras diferencias:
La nariz de Adrik era recta. La nariz de Aegan tenía una ligerísima curva.
La mirada de Adrik era cautelosa, fría, difícil de descifrar. La mirada de Aegan era chispeante, astuta, burlona.
Adrik parecía estudiar los movimientos de los demás. Aegan parecía demasiado seguro de su victoria.
Adrik = enigma.
Aegan = desafío.
Bien, mi cerebro alcoholizado no daba para descripciones más ingeniosas, de modo que terminé por concentrarme en el juego. Miré en silencio, tomando tragos de mi vaso. Los participantes y los espectadores observaban las cartas y luego miraban a Aegan. No le prestaban atención a nadie más, porque ese en realidad era el entretenimiento: ver cómo Aegan hacía perder al resto, lo cual al mismo tiempo hacía que la partida fuera un chiste sin sentido. No había apuestas arriesgadas, porque todos podían perder lo que quisieran. Tampoco había tensión alguna, porque se sabía que Aegan ganaría.
Él también estaba seguro de ello. Toda su cara lo decía. Sus ojos entornados sonreían de forma burlona y en ellos brillaba una insoportable suficiencia, la molesta seguridad del éxito.
Adrik y él hicieron una apuesta moderada que el resto pudo igualar, y después hubo un poco de acción. Manos. Apuestas más grandes. Billetes. Gestos leves, pero significativos. Silencio. Algún que otro susurro.
Hasta que llegó el momento de la confrontación final.
Última mano. Última ronda. Última apuesta.
Y parecía que todo terminaría normal...
Hasta que un
