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Pegado con celo en una papelera dentro del Popeyes Louisiana Kitchen, en la esquina de Parkside Avenue con Flatbush Avenue.
SE BUSCA COMPAÑERE PARA PISO DE 3 HABS., 6.ª PL. 700 $/MES. IMPRESCIN. QUEER Y TRANS FRIENDLY. SIN MIEDO AL FUEGO NI A LOS PERROS. LIBRAS NO, YA TENEMOS UNO. LLAMA A NIKO.
—¿Puedo tocarte?
Eso es lo primero que le dice el tío de los tatuajes cuando August se acomoda en el desgastado cojín central de un sofá de piel marrón: un modelo pelado de segunda mano que ha visto de manera recurrente durante los últimos cuatro años y medio de carrera. De esos en los que te hundes, enterrada en libros de texto, o en los que te sientas mientras bebes una Coca-Cola desbravada sin hablar con nadie en una fiesta. El epítome del sofá que recoges en la calle a los veintitantos.
Casi todos los muebles del piso son tan viejos como ese sofá de segunda mano, desparejados y recogidos de la calle. Pero cuando el Chico de los Tatuajes (Niko, el anuncio decía que se llamaba Niko) se sienta enfrente de ella, lo hace en una silla Eames sorprendentemente sofisticada.
El sitio es así: una mezcla de cosas familiares y no tan familiares. Pequeño y abarrotado, con unos ofensivos tonos verdes y amarillos en las paredes. Las plantas cuelgan de casi todas las superficies, extienden sus brazos por encima de las estanterías, con un ligero olor a tierra. Las ventanas no se abren bien, tienen los marcos pegados por la pintura seca típicos de los apartamentos viejos de Nueva Orleans, pero aquí los cristales están medio cubiertos por dibujos, a través de los cuales se filtra la luz del atardecer, apagada y cerosa.
Hay una escultura casi de tamaño natural de Judy Garland hecha con piezas de bicicleta y nubes de azúcar en un rincón. No se reconoce que es Judy, salvo por el cartel en el que pone: hola, me llamo judy garland.
Niko mira a August, con la mano extendida, borroso tras el vapor de la infusión. Viste rollo motero, negro sobre negro, tiene el pelo tan rapado por los laterales que se le ve la piel de un marrón claro, y una mandíbula fuerte, con un único brillante en una oreja. Los tatuajes se le desparraman por los brazos y le lamen la garganta por debajo de la camisa abrochada hasta arriba. Tiene la voz ligeramente rasposa, como si estuviera saliendo de un resfriado, y lleva un palillo en la comisura de los labios.
Vale, Danny Zuko, cálmate.
—Eh, perdona. —August se lo queda mirando, sorprendida por la pregunta—. ¿Qué dices?
—No pienses nada raro —contesta él. El tatuaje que lleva en la palma es una rueda de ouija. En los nudillos pone luna llena. Por Dios—. Solo quiero notar tus vibraciones. A veces el contacto físico ayuda.
—¿Qué? ¿Eres…?
—Vidente, sí —dice Niko como si tal cosa. El palillo se desliza por la línea blanca de sus dientes cuando esboza una sonrisa ancha y cautivadora—. Es una forma de decirlo. Clarividente, hechicero, brujo, lo que quieras.
Dios mío, claro. Era imposible que un alquiler de setecientos dólares al mes por una habitación en Brooklyn no tuviera trampa, y la trampa es la estatua de Judy Garland de nubes de azúcar y este Springsteen de pacotilla que seguro que está a punto de decirle que tiene el aura del revés y retorcida, como unas medias baratas.
Sin embargo, no tiene adónde ir y hay un Popeyes en la planta baja del edificio. August Landry no confía en la gente, pero sí en el pollo frito.
Deja que Niko le toque la mano.
—Fría —dice en tono neutro, como si acabara de sacar la cabeza por la ventana para comprobar el tiempo. Da golpecitos con dos dedos en las almohadillas de las manos de August, en el reverso de los nudillos, y se reclina—. Ah. Ah, bueno, vale. Esto es interesante.
August parpadea.
—¿Qué?
Se saca el palillo de la boca y lo deja en el baúl de viaje que hay entre los dos, junto a un cuenco de bolas de chicle. Pone cara de estreñimiento.
—¿Te gustan las azucenas? —pregunta—. Sí, compraremos unas azucenas para el día en que te mudes. ¿Te va bien el jueves? A Myla le hará falta un poco de tiempo para sacar sus cosas. Tiene muchos huesos.
—Eh… ¿a qué te refieres? ¿En el cuerpo?
—No, huesos de rana. Diminutos. Difíciles de coger. Tendrá que usar unas pinzas. —Debe de percatarse de la expresión de August—. Ah, es escultora. Es para una obra de arte. La habitación en la que vivirás es la suya. No te preocupes, la limpiaré con salvia.
—Bueno, no me dan miedo los… ¿espíritus de rana?
¿Acaso sí debería sentir miedo de los espíritus de rana? Quizá esa tal Myla sea una asesina ritual de ranas.
—Niko, deja de hablarle a la gente de los espíritus de rana —dice una voz desde el pasillo. Una guapa chica negra con la cara redonda y simpática y unas pestañas kilométricas se apoya en el marco de la puerta. Lleva unas gafas de bucear enterradas entre los rizos morenos. Sonríe al ver a August—. Hola, soy Myla.
—Y yo August.
—Hemos encontrado a nuestra chica —dice Niko—. Le gustan las azucenas.
August aborrece cuando la gente como él hace cosas así. Acertar por casualidad. Sí que le gustan las azucenas. Tiene metida en la cabeza una página entera de Wikipedia sobre esas flores: Lilium candidum. Pueden alcanzar los dos metros de altura. Estudiada con diligencia desde la ventana del apartamento de dos habitaciones en el que vivía con su madre.
No hay manera de que Niko lo sepa… Imposible, no lo sabe. Igual que hace con los que te leen la palma bajo las sombrillas de playa en Jackson Square cuando está en su ciudad, August contiene la respiración y pasa de largo.
—Entonces, ¿ya está? —pregunta—. ¿Me dais la habitación? Eh, ni siquiera me has hecho preguntas.
Niko apoya la cabeza en la mano.
—¿A qué hora naciste?
—Pues no lo sé. —Entonces se acuerda del anuncio y añade—: Creo que soy Virgo, por si sirve de algo.
—Ay, sí, definitivamente una virgo.
August logra mantener la cara inexpresiva.
—¿Eres… vidente profesional? O sea, ¿la gente te paga?
—Lo hace a tiempo parcial —contesta Myla. Entra flotando en la habitación, con suma elegancia para llevar un soplete en la mano, y lo deja en la silla que hay junto a Niko. La masa de chicle que masca explica el cuenco de bolas de colores—. También es un camarero pésimo a tiempo parcial.
—No lo hago tan mal.
—No, qué va —dice Myla, y le planta un beso en la mejilla. En voz baja le dice a August de manera teatral—: Pensaba que una paloma solo era un pájaro.
Mientras discuten sobre las habilidades de Niko como camarero, August manga un chicle del cuenco y lo tira al suelo para comprobar una hipótesis. Tal como sospechaba, rueda por toda la cocina y llega al pasillo.
Carraspea.
—Entonces, sois…
—Estamos juntos, sí —dice Myla—. Cuatro años. Estaba bien tener habitaciones separadas, pero los dos andamos bastante pelados, así que voy a instalarme en la suya.
—¿Y el tercer compañero de piso es…?
—Wes. Su cuarto es el del final del pasillo —dice Myla—. Es un ave nocturna.
—Los hizo él —dice Niko mientras señala los dibujos de las ventanas—. Es tatuador.
—Vale —dice August—. Entonces, ¿son dos mil ochocientos dólares en total? ¿Setecientos cada uno?
—Sí.
—Y en el anuncio ponía algo sobre… ¿el fuego?
Myla aprieta con cariño el soplete.
—Bueno, fuego controlado.
—¿Y los perros?
—Wes tiene uno —interviene Niko—. Un caniche que se llama Noodles.
—¿Noodles, como los fideos?
—Sí, aunque suele llevar el mismo horario que Wes. Es un fantasma en la noche.
—¿Algo más que deba saber?
Myla y Niko se miran a los ojos.
—Unas tres veces al día la nevera hace un ruido raro, como si un esqueleto intentase comerse una bolsa de monedas. Pero estamos bastante seguros de que no le pasa nada —dice Niko.
—Una de las baldosas de la cocina está suelta, así que le vamos dando patadas por el suelo cuando se sale del todo —añade Myla.
—El tío que vive en nuestro rellano es drag queen y a veces practica los números en plena noche, así que, si de repente oyes a Patti LaBelle, ya sabes por qué.
—El agua caliente tarda veinte minutos en salir, pero pueden ser diez si eres amable con la ducha.
—No está embrujada, pero tampoco está del todo libre de hechizos…
Myla explota un globo de chicle.
—Y ya está.
August traga saliva.
—Vale.
Sopesa sus opciones, se fija en que Niko desliza los dedos en el bolsillo del mono manchado de pintura de Myla y se pregunta qué ha visto cuando le ha tocado la palma de la mano, o qué pensaba que había visto. No, perdón, qué «fingió» haber visto.
Y ¿quiere vivir con una pareja? ¿Una pareja formada por un falso vidente que parece salido de la banda de teloneros de los Arctic Monkeys y una medio pirómana con una habitación llena de ranas muertas? No.
Pero el semestre de primavera del Brooklyn College empieza en una semana y no puede permitirse tener que encontrar piso y trabajo, las dos cosas, una vez que arranquen las clases.
Resulta que, para ser una chica que lleva siempre una navaja encima porque prefiere ser cualquier cosa menos poco precavida, August no planificó muy bien su llegada a Nueva York.
—¿Vale? —dice Myla—. ¿«Vale» qué?
—Vale —repite August—. Me quedo.
Al fin y al cabo, August estaba dispuesta a decir que sí a este piso a toda costa, porque se crio en uno más pequeño y más feo, y lleno de cosas aún más raras.
—¡Parece bonito! —exclama su madre un día por FaceTime, apoyada en el alféizar de la ventana.
—Solo lo dices porque este tiene el suelo de madera y no la pesadilla de moqueta que había en el tugurio de Idlewild.
—¡Aquel sitio no estaba tan mal! —dice su madre, enterrada en una caja llena de archivadores. Las gafas medio rotas se le resbalan por la nariz y se las sube con la punta de un rotulador fosforito, dejando una raya amarilla—. Allí vivimos nueve años magníficos. Una moqueta puede ocultar infinidad de pecados.
August pone los ojos en blanco y empuja una caja por la habitación. El apartamento de Idlewild era un cuchitril de dos habitaciones a media hora del centro de Nueva Orleans, el tipo de construcción de las afueras de la década de los setenta que ni siquiera tiene el encanto o la personalidad de estar en la ciudad.
Todavía se acuerda de la moqueta que se veía en los diminutos huecos libres entre la carrera de obstáculos que formaban las altas pilas de revistas viejas y las cajas de informes en equilibrio precario. El reto de 2000: edición madre soltera. Tenía un inolvidable tono beis sucio, igual que las paredes, en los espacios que no estaban tapados por mapas y corchos y páginas arrancadas de los listines telefónicos y…
Sí, este sitio no está tan mal.
—¿Has hablado hoy con el detective Primeaux? —pregunta August.
Es el primer viernes del mes, así que ya conoce la respuesta.
—Sí, nada nuevo —contesta su madre—. Ya ni siquiera intenta fingir que va a volver a abrir los archivos del caso. Qué vergüenza, maldita sea.
August empuja otra caja hacia un rincón diferente, esta vez junto al radiador que emite calor para paliar el frío helador de enero. Más cerca de la ventana ve mejor a su madre, con ese pelo castaño claro que comparten erizado alrededor de la cara. Por debajo, la misma cara redonda y esos enormes ojos verdes oscuros, grandes como los de un recién nacido, los mismos que tiene August, las mismas manos angulosas mientras hurga entre los papeles. Su madre parece agotada. Siempre tiene aspecto agotado.
—Bah —dice August—. Es un mierdoso.
—Sí, es un mierdoso —coincide su madre, y asiente con seriedad—. ¿Qué tal tus compañeros de piso?
—Bien. A ver, un poco raros. Uno asegura que es vidente. Pero no creo que sean, eh, asesinos.
Su madre dice «Ajá» casi sin escucharla.
—Recuerda las reglas. Número uno…
—Nosotras contra el mundo.
—Y número dos…
—Si van a matarte, asegúrate de que tienes su ADN debajo de las uñas.
—Esa es mi chica —dice su madre—. Oye, mira, tengo que dejarte, acabo de abrir un envío de informes públicos y estaré ocupada todo el fin de semana. Cuídate, ¿eh? Y llámame mañana.
En cuanto cuelgan, el silencio de la habitación es insoportable.
Si la vida de August fuera una película, la banda sonora serían los ruiditos de su madre, el tiqui, tiqui del teclado o un murmullo bajo mientras busca un documento. Incluso cuando August dejó de ayudarla con el caso, cuando se marchó de casa y la oía sobre todo por teléfono, esa rutina era una constante. A tres mil kilómetros de distancia, es como si alguien hubiese cortado por fin el cordón.
Tienen muchas cosas en común: carnets de la biblioteca al límite de préstamos, soltería perpetua, afinidad por la salsa Crystal Hot, conocimiento enciclopédico del protocolo de la policía para las personas desaparecidas. Pero ¿cuál es la gran diferencia entre August y su madre? Suzette Landry acumula objetos como si se avecinara el invierno nuclear, mientras que August pone todo su empeño en poseer poquísimas cosas.
Tiene cinco cajas. Cinco cajas de cartón enteras para resumir su vida a los veintitrés. Vive como si huyera del FBI. Lo normal.
Desliza la última a un rincón vacío para que no queden todas juntas.
En el fondo del bolso, junto al monedero y los pósits y una batería de móvil de recambio, está la navaja plegable. La empuñadura tiene forma de pez, con una pegatina de color rosa descolorido con forma de corazón que colocó cuando tenía siete años (más o menos cuando aprendió a utilizarla). Después de abrir las cajas con un cúter, agrupa las cosas en pequeños montoncitos ordenados.
Junto al radiador: dos pares de botas, otros tres pares de calcetines. Seis camisas, dos jerséis, tres vaqueros, dos faldas. Unas Vans blancas (esas son muy especiales, un capricho que se dio el año pasado, animada por la adrenalina y los palitos de mozzarella del Applebee’s, después de salir del armario con su madre).
Junto a la pared con la grieta en medio: el único libro físico que tiene (una novela de misterio antigua) al lado de la tablet en la que almacena sus otros centenares de libros. Quizá sean miles. No está segura. Le estresa pensar en poseer tal cantidad de lo que sea.
En el rincón que huele a salvia y quizá, levemente, a las cien ranas que le han asegurado que murieron por causas naturales, una foto enmarcada de una lavandería de Chartres, un mechero Bic y una vela que lo acompaña. Pliega la navaja, la deja con los demás objetos y coloca un cartel mental encima en el que pone efectos personales.
Mientras sacude el colchón hinchable, oye a alguien que está desencajando del marco la puerta del piso, a lo que sigue un violento torbellino de patas, como si alguien hubiese soltado a una tarántula gigante por el pasillo. Algo choca contra una pared y, entonces, lo que solo puede describirse como una nube de hollín salida de El viaje de Chihiro entra atropelladamente en la habitación de August.
—¡Noodles! —exclama Niko y de pronto aparece en el vano de la puerta.
Lleva una correa colgando de la mano y una expresión de disculpa en sus facciones angulosas.
—Pensaba que habías dicho que era como un fantasma en la noche —comenta August.
Noodles olfatea sus calcetines moviendo la cola sin parar, hasta que se da cuenta de que hay una persona nueva y se lanza sobre ella.
—Y lo es —dice Niko con una mueca de dolor—. O sea, más o menos. A veces, me siento mal y me lo llevo a la tienda en la que trabajo de día. Supongo que no mencionamos su… eh… —Noodles aprovecha ese momento para plantar las patas en los hombros de August e intentar meterle la lengua en la boca a la fuerza—… personalidad.
Myla aparece detrás de Niko, con un skate bajo el brazo.
—¡Ah, ya has conocido a Noodles!
—Sí, sí —dice August—. De manera íntima.
—¿Necesitas ayuda con el resto de tus cosas?
August parpadea.
—No hay nada más.
—No hay… ¿nada más? —repite Myla—. ¿Ahí está todo?
—Sí.
—No tienes, eh… —Myla la mira de pronto como si acabara de percatarse de que en realidad no sabían nada de ella antes de aceptar que colocara sus verduras junto a las de ellos en la nevera. Es una mirada que la propia August se dedica a menudo en el espejo—. No tienes muebles.
—Digamos que soy minimalista —contesta August.
Si se lo propusiera, podría reducir las cinco cajas a cuatro. Tal vez podría dedicar el fin de semana a eso.
—Ay, ojalá pudiera parecerme más a ti. Cualquier día, Niko empieza a tirar mis trastos por la ventana mientras duermo. —Myla sonríe, tranquilizada al ver que, en realidad, August no está en el Programa de Protección de Testigos—. Bueno, total, íbamos a salir a cenar crepes. ¿Te apuntas?
August preferiría que Niko la tirase a ella por la ventana antes que compartir crepes con gente a la que apenas conoce.
—No me llega el dinero para cenar fuera —contesta—. Todavía no tengo trabajo.
—¿Crees que vamos a dejarte pagar? Es una cena de bienvenida —dice Myla.
—Ah —dice August.
Qué… generosos. Una luz de alarma se enciende en algún punto del cerebro de August. Su guía práctica mental para entablar amistad es un panfleto de dos páginas en el que pone: NO.
—La Crepería Las Crepes de Billy —dice Myla—. Es una institución del barrio de Flatbush.
—Abierta desde 1976 —añade Niko con alegría.
August arquea una ceja.
—¿Cuarenta y cuatro años y nadie se ha animado a cambiarle el nombre?
—Es parte de su encanto —dice Myla—. Es como… nuestro hogar. Eres del sur, ¿verdad? Te gustará. No es nada pretencioso.
Se quedan ahí como pasmarotes, mirándose unos a otros. Un duelo de crepes.
August preferiría quedarse en la seguridad de la desangelada habitación disfrutando de una cena ideal de galletas Pop-Tarts para recrearse en la tristeza y darle una tregua silenciosa a su mente. Pero mira a Niko y se da cuenta de que, aunque fingiera cuando le tocó la mano, sí vio algo en ella. Y eso es más de lo que cualquiera haya hecho por August desde hace mucho tiempo.
Ay.
—Vale —dice, y se pone de pie.
La sonrisa de Myla ilumina su rostro como la luz de las estrellas.
Diez minutos después, August está embutida en un cubículo del rincón en la crepería Las Crepes de Billy, donde todos los camareros parecen conocer a Niko y a Myla por su nombre. Les sirve un hombre negro con barba y una sonrisa ancha, que lleva un cartelito descolorido para el nombre en el que pone winfield prendido con un imperdible a la camiseta de Las Crepes de Billy. Ni siquiera les pregunta a Niko y Mula qué van a pedir: se limita a llevarles un tazón de café y un refresco de color rosa.
Ahora entiende a qué se referían con lo del estatus legendario de Las Crepes de Billy. Tiene un aire neoyorquino muy particular, algo parecido a un cuadro de Edward Hopper o a la cafetería de la serie Seinfeld, pero con muchos más condimentos. Está en una esquina, con ventanales enormes que dan a la calle por ambos lados, mesas de formica llenas de marcas y taburetes de vinilo rojo que los camareros apartan de las zonas más abarrotadas haciéndolos rodar entre crujidos. Hay una barra de las antiguas que cubre toda una pared, fotos antiguas y recortes de noticias del equipo de béisbol de los Mets que van del techo al suelo.
Además, desprende un olor muy potente, un atentado olfativo sin adulterar que August puede notar que va calando dentro de su ser.
—El caso es que el padre de Wes se las regaló —dice Myla para explicar el origen del conjunto de sillas Eames que pululan por su apartamento—. Un regalo de «bravo por cumplir con las expectativas familiares» que le hicieron cuando empezó a estudiar arquitectura en Pratt.
—Pensaba que era tatuador…
—Sí, sí —dice Niko—. Dejó la carrera después de un semestre. Digamos que… eh, tuvo un colapso mental.
—Se pasó catorce horas sentado en la salida de incendios en calzoncillos, y tuvieron que llamar a los bomberos —añade Myla.
—Solo por el incendio provocado —apunta Niko.
—Por Dios —dice August—. ¿Cómo lo conocisteis?
Myla le sube una manga a Niko por encima del codo, para dejar al descubierto una Virgen María extrañamente sexi que le envuelve el antebrazo.
—Lo hizo él. A mitad de precio, porque estaba aprendiendo.
—Uau. —Los dedos de August juguetean con la carta pringosa; se muere de ganas de apuntarlo todo. Su instinto menos encantador cuando conoce a alguien nuevo: tomar notas—. De la arquitectura a los tatuajes. Menudo cambio de tercio.
—Entre una cosa y otra pasó una temporada decorando tartas, aunque no te lo creas —dice Myla—. A veces, cuando tiene un buen día, llegas a casa y todo huele a vainilla, y ha dejado una docena de magdalenas en la encimera antes de largarse.
—Ese angelito contiene multitudes —observa Niko.
Myla se ríe y se dirige de nuevo a August.
—Bueno, ¿y qué te ha traído a Nueva York?
August odia esa pregunta. Es inabarcable. ¿Qué fuerza podría poseer a alguien como August, una chica de las afueras con un préstamo para los estudios del tamaño de una piscina olímpica y las habilidades sociales de una lata de Pringles, a mudarse a Nueva York sin amigos ni un plan concreto?
Lo cierto es que, cuando te pasas la vida entera sola, atrae muchísimo la idea de mudarte a un lugar lo bastante grande para perderte, donde estar sola parece una elección.
—Siempre había tenido ganas de probarlo —contesta August en lugar de decir eso—. Nueva York es… No sé, probé en un par de ciudades. Fui a la Universidad de Nueva Orleans, luego a la de Memphis, pero me resultaban… demasiado pequeñas, supongo. Quería un sitio más grande. Así que pedí traslado de expediente al Brooklyn College.
Niko la mira con serenidad mientras da sorbos al café. August cree que es bastante inofensivo, pero no le gusta la forma en que la mira, como si supiese cosas.
—No eran un reto suficiente —comenta Niko. Otra observación acertada—. Querías un rompecabezas más difícil.
August cruza los brazos.
—Eh… por ahí van los tiros.
Winfield aparece con la comida.
—Oye, ¿dónde está Marty? —le pregunta Myla—. Siempre hace este turno.
—Se largó —dice Winfield, y deposita el frasco de sirope en la mesa.
—No…
—Volvió a Nebraska.
—Qué chungo.
—Pues sí.
—Eso significa —dice Myla inclinándose por encima de él— que buscáis refuerzos.
—Sí, ¿por qué? ¿Conoces a alguien?
—¿No te he presentado a August?
Hace un gesto teatral para señalar a su nueva compañera de piso, como si fuese una vocal en La rueda de la fortuna.
Winfield se fija en August y ella se queda de piedra, con el frasco que tiene en la mano todavía goteando salsa picante sobre las patatas a lo pobre.
—¿Has trabajado alguna vez de camarera?
—Yo…
—Miles de veces —suelta Myla—. Nació con un delantal puesto.
Winfield mira a August entrecerrando los ojos; se nota que duda.
—Tendrás que hacer una solicitud. La decisión depende de Lucie.
Señala con la barbilla hacia la barra, donde una joven blanca de aspecto serio con el pelo de un rojo muy poco natural y un perfilador de ojos exagerado mira con atención la caja registradora. Si es a esa a la que tiene que engañar August, lo más probable es que acabe con una uña postiza en la yugular.
—Lucie me adora —dice Myla.
—Eso no es cierto.
—Me adora tanto como adora a todos los demás.
—Pues no está el listón muy alto.
—Dile que yo respondo por August.
—En realidad, yo… —intenta intervenir August, pero Myla da un golpe con el pie en el suelo.
Lleva botas militares: imposible no enterarse.
El caso es que a August le da la impresión de que no es la típica cafetería al uso. Hay algo reluciente y llamativo que rodea como un halo, cálido y seductor, a los destartalados cubículos y a los camareros que zigzaguean entre mesa y mesa. Un ayudante de camarero pasa casi rozándolos con un cubo lleno de platos y una taza se le resbala del montón. Winfield alarga el brazo sin mirar hacia su espalda y la atrapa al vuelo.
Es algo cercano a la magia.
A August no le va la magia.
—Vamos, Win —dice Myla mientras Winfield deposita con cuidado la taza en el cubo—. ¿Hace cuánto que somos tus clientes fijos de los jueves? ¿Tres años? No te traería a alguien que no estuviera hecho para el puesto.
Winfield pone cara de exasperación, pero sonríe.
—Voy a buscar un formulario.
—No he servido una mesa en mi vida —dice August mientras regresan al apartamento.
—Te irá bien —dice Myla—. Niko, dile que le irá bien.
—No soy un cajero automático que lea la mente cuando a ti se te antoja.
—Bah, pero la semana pasada sí lo hiciste, cuando yo quería tailandés pero notaste que la albahaca «nos daba mala energía»…
August oye sus voces como si fueran un partido de tenis y los tres pares de pisadas sobre la acera. Empieza a anochecer y la ciudad adquiere un tono anaranjado pardo que le recuerda a la noche en Nueva Orleans, algo lo bastante familiar para hacerle pensar que quizá… quizá tenga alguna oportunidad.
Al llegar al rellano de su planta, Myla abre la puerta y se quitan los zapatos para dejarlos apilados.
Niko señala el fregadero.
—Bienvenidas al hogar.
Y August se percata por primera vez de lo que hay junto al grifo: azucenas, frescas, puestas en una jarra.
«Hogar».
Bueno. Es el «hogar» de ellos, no el de August. Las fotos infantiles que hay en la nevera son las de ellos, suyos son los olores a pintura, hollín y lavanda impregnados en las alfombras llenas de parches, de ellos es la rutina de ir a cenar crepes, establecida años antes de que August llegase siquiera a Nueva York. Pero aun así es bonito contemplarlo. Un bodegón reconfortante del que puede disfrutar desde el otro extremo de la habitación.
August ha vivido en una docena de habitaciones sin saber cómo convertir el espacio en un hogar, cómo expandirse para llenarlo como Niko, Myla o Wes con sus dibujos en las ventanas. En realidad, no sabe qué implicaría empezar a hacerlo ahora. Ha pasado veintitrés años deambulando de aquí para allá, tocando ladrillo tras ladrillo, sin sentir ni una sola vez un tirón permanente.
Puede que sea una bobada, pero quizá… Quizá podría ser aquí. Quizá una asignatura nueva. Quizá un empleo nuevo. Quizá un entorno que la aceptara como parte del grupo.
Quizá una persona, se atreve a pensar. No puede imaginarse quién.
August huele a crepes.
Es que el olor no se va, da igual cuántas veces se duche y cuánto dinero se gaste en la lavandería abierta veinticuatro horas. Apenas lleva una semana trabajando en Las Crepes de Billy y las grasientas patatas a lo pobre ya se han unido a ella a nivel molecular.
Desde luego, hoy tampoco se va a ir el mal olor, no después de un turno de locos con el tiempo justo de subir a casa, cambiarse de camisa, meterla por debajo de una falda y volver a bajar a toda velocidad. Incluso el abrigo le huele a beicon. Es el sueño húmedo andante de los colgados de las tres de la mañana y de los camioneros de largo recorrido, una combinación de crep y salchicha ondeando al viento. Por lo menos ha logrado mangar un café jumbo.
Primer día de clase. Primer día en la universidad nueva. Primer día de una asignatura nueva.
No es inglés (su asignatura troncal) ni historia (la segunda). Es una especie de psicología (su tercera optativa), pero a grandes rasgos es lo mismo que todo lo que ha hecho desde hace cuatro años y medio: otra «a ver si esta sí», porque ya ha arañado suficientes créditos y préstamos para los estudios, porque no está segura de qué va a hacer si no está endeudada hasta las cejas hasta el día de su muerte.
Es sociología.
Las clases del lunes por la mañana empiezan a las ocho y media y ya ha memorizado la ruta más rápida. Bajar andando hasta la estación de Parkside Avenue, coger la línea Q en dirección Coney Island, bajarse en Avenue H, caminar dos manzanas. Visualiza los recuadros con letras del metro. Se le da fatal el trato con la gente, pero obligará a esta ciudad a ser su amiga, maldita sea.
August está tan concentrada con las líneas del metro que se despliegan en su cabeza que no se fija en una placa de hielo.
Se le resbala el tacón de la bota y aterriza en el suelo de rodillas, se rompe las medias, apoya una mano en la calzada y con la otra agarra fuerte el café contra el pecho. La tapa del vaso de cartón se sale y el café le salpica toda la parte delantera de la camisa.
—¡Me cago en la…! —masculla cuando la mochila abierta se le desparrama en la acera.
Impotente, ve cómo una mujer con una parka da una patada sin querer a su móvil, que cae en una alcantarilla.
Y, en fin. August no llora.
No lloró cuando se marchó de Belle Chasse ni de Nueva Orleans ni de Memphis. No llora cuando se pelea con su madre ni llora cuando la echa de menos, y tampoco llora cuando no la echa nada de menos. No ha llorado ni una vez desde que llegó a Nueva York. Pero le sale sangre y está empapada de café caliente y lleva dos días sin dormir y no puede pensar en una sola persona a mil kilómetros a la redonda a la que le importe una mierda, y le arde tanto la garganta que no puede evitar pensar: «Dios, por favor, delante de toda esta gente no».
Podría saltarse las clases. Arrastrar el cuerpo otra vez por los seis tramos de escaleras, ovillarse en su colchón hinchable de tamaño doble y volver a intentarlo al día siguiente. Podría hacerlo, sí. Pero no se ha recorrido el país para dejar que una rodilla pelada y un sujetador empapado de café se le rían en la cara. Como diría su madre: «No montes un drama».
Así que se lo traga. Recoge sus cosas. Se sube la mochila al hombro. Se tapa bien con el abrigo.
Va a coger ese metro de marras.
La estación de Parkside Avenue está a nivel de la calle (grandes columnas rojas, baldosas de mosaico, hiedra que trepa por las fachadas posteriores de los edificios que tapan las vías) y August tiene que empujar cuatro veces hasta que consigue pasar por el torniquete de entrada. Encuentra su andén justo cuando llega el metro de la línea Q y se ve arrastrada por hombros y codos hacia un vagón con unos cuantos asientos libres, qué suerte. Se deja caer en uno.
Vale.
Durante los siguientes diez minutos, sabe con exactitud dónde está y adónde se dirige. Lo único que tiene que hacer es dejarse llevar.
Suelta el aire poco a poco. Lentamente, vuelve a inspirar.
Por Dios, este vagón apesta.
No piensa llorar (¡no piensa llorar!), pero entonces una sombra tapa las luces fluorescentes, nota el calor de la energía estática cuando alguien se planta de pie delante de ella, intimidándola con su cuerpo y su atención.
Lo último que necesita es que algún pervertido la acose. A lo mejor si se echa a llorar, si se derrumba como si tuviera un ataque de nervios, al estilo de Wes cuando colgó los estudios en el Pratt, la dejan en paz. Palpa la navaja a través de la tela del abrigo.
Levanta la mirada, esperando ver a algún tipo desaliñado que encaje con las piernas largas y los vaqueros rotos que tiene delante, pero en lugar de eso…
En lugar de eso.
Piernas Largas es… una chica.
De la edad de August, quizá un poco mayor, con unos pómulos y una mandíbula arrebatadores y la piel morena dorada. Tiene el pelo moreno, corto y despeinado, apartado de la frente, y levanta una ceja mientras mira a August. Lleva una camiseta blanca metida por dentro de los vaqueros rotos y una cazadora de cuero que se nota que le encanta sobre los hombros, tan natural que parece que nació con ella puesta. Su atisbo de sonrisa parece digno del principio de una larga historia que August les contaría a sus amigos mientras se echan unos tragos, si tuviera amigos.
—Puaj —dice la chica mientras señala la camisa de August, donde la mancha de café ha calado y se ha extendido. Es la última razón posible por la que August querría que ella le mirase las tetas.
La tía más buena que August ha visto en su vida acaba de repasarla con la mirada y ha dicho: «Puaj».
Antes de que pueda pensar cómo responder, la chica se descuelga la mochila y August la mira como una boba mientras desenrolla una bufanda roja y empuja hacia abajo un paquete de chicles y unos auriculares que parecen vintage para que no se caigan.
August no puede creer que haya pensado que esa modelo de cazadoras de motero era un pervertido del metro. No puede creer que un ángel del metro butch la haya visto llorando con las tetas manchadas de café.
—Toma —le dice la chica, y le pasa la bufanda—. Parece que vas a algún sitio importante, ¿no? —Señala vagamente la garganta de August—. Quédatela.
August no puede despegar la mirada de esa chica, allí de pie como la guitarrista de una banda de punk solo de mujeres llamada A August Va a Darle un Aneurisma.
—Eh… ay, no. No puedo quedarme tu bufanda.
La chica se encoge de hombros.
—Ya pillaré otra.
—Pero hace frío.
—Sí —dice, y su sonrisa se convierte en algo indescifrable, un hoyuelo aparece en una de sus mejillas. August siente ganas de morir en ese hoyuelo—. Pero no salgo mucho.
August se la queda mirando.
—Oye —le dice el ángel del metro—, puedes cogerla o puedo dejarla en el asiento de al lado para que la absorba para siempre el ecosistema del metro.
Tiene una mirada brillante, divertida y cariñosa, los ojos castaños de una calidez infinita, y August no sabe cómo podría hacer algo que no fuese lo que le manda esa chica.
La lana está tejida con un punto suelto y suave, y cuando las yemas de los dedos de August la rozan, nota el crepitar de la electricidad estática. Da un respingo y la chica se ríe en voz baja.
—¿Te han dicho alguna vez que hueles a crepes?
El tren se sumerge en un túnel y tiembla sobre las vías, y la chica dice «Uaaa» en voz baja mientras se agarra de la anilla que queda por encima de la cabeza de August. Lo último que ve August es el corte ligeramente torcido de su mandíbula y un fogonazo de piel donde la camisa se le sale del pantalón, justo antes de que se apaguen los fluorescentes.
El apagón solo dura un par de segundos, pero cuando vuelve la luz, la chica ya no está.
2
¿Qué pasa con la línea Q?
Por Andrew Gould y Natasha Brown
29 de diciembre de 2019
Los neoyorquinos ya saben que no pueden esperar la perfección o la puntualidad de nuestro sistema de metro. Pero esta semana ha aparecido un factor nuevo en el errático servicio de la línea Q: varios fallos eléctricos la han dejado a oscuras, han trastocado los paneles informativos y ocasionado el parón de numerosos convoyes.
El lunes, la Autoridad de Transporte de Manhattan alertó a los usuarios de que en la línea Q podía haber hasta una hora de retraso en ambas direcciones, mientras investigaban el origen de los fallos en el suministro eléctrico. El servicio volvió a la normalidad esa tarde, pero han llegado más quejas sobre parones repentinos.
[En la foto aparecen varias personas en la línea Q en dirección Brooklyn sobre el puente de Manhattan. En primer plano, una mujer chino-estadounidense de veintitantos años con el pelo corto y una cazadora de cuero frunce el ceño mientras mira un fluorescente que parpadea].
Jane Su, residente en Brooklyn, va y vuelve de Manhattan en la línea Q a diario.
Tyler Martin, para The New York Times
—He decidido que voy a untar las pelotas del detective Primeaux en mantequilla de cacahuete y lo voy a tirar al lago Portchartrain —dice la madre de August—. Dejaré que los peces lo castren por mí.
—Esa es nueva —comenta August, y se acurruca detrás de un carro de platos sucios, el único punto dentro de Las Crepes de Billy en el que su móvil tiene algo más que una anémica línea de cobertura. Su cara está a dos dedos de la tortilla Denver a medio comer de algún cliente. La vida en Nueva York es tremendamente glamurosa—. ¿Qué ha hecho esta vez?
—Le dijo a la recepcionista que filtrase mis llamadas.
—¿Te lo han dicho así?
—A ver, no hizo falta. Lo sé.
August se muerde la parte interior del carrillo.
—Vaya, es un mierdoso.
—Pues sí —corrobora su madre. August oye cómo forcejea con los cinco candados de la puerta de su casa. Acaba de volver del trabajo—. En fin, ¿qué tal te ha ido el primer día de clase?
—Igual que siempre. Un puñado de gente que ya se conoce y yo, la extra en una peli de instituto.
—Bah, seguro que son unos plastas.
—Seguro…
August visualiza a su madre encogiéndose de hombros.
—¿Recuerdas cuando robaste aquel vídeo de Un gran amor de casa de los vecinos?
A su pesar, August se ríe.
—Te cabreaste un montón conmigo.
—Y, además, te la grabaste. Tenías siete años y averiguaste cómo piratear una película. ¿Cuántas veces te pillé viéndola en plena noche?
—Como un millón.
—Siempre llorabas a mares con aquella canción de Peter Gabriel. Hija, tienes un corazón muy tierno. Al principio me daba miedo que te hicieran daño, pero me sorprendiste. Con el tiempo supiste ponerte una coraza. Eres como yo… No necesitas a nadie. Que no se te olvide.
—Sí. —Durante medio segundo bochornoso, la mente de August vaga hasta el metro y ve a la chica de la cazadora de cuero. Traga saliva—. Sí, tienes razón. Me las apañaré.
Aparta el teléfono de la cara para ver qué hora es. Mierda. Casi se le ha acabado el descanso.
Tuvo suerte de que la contrataran, pero no tanta como para que se le dé bien ser camarera. Quizá fuese demasiado convincente cuando Lucie, la encargada, llamó al número de referencia falso y contactó con la segunda línea telefónica de August. Resultado: directa al ruedo, sin formación, aprendiendo sobre la marcha.
—¿Y dónde está el beicon? —pregunta el tipo de la mesa diecinueve cuando August deja su plato en la mesa.
Es uno de los habituales que le indicó Winfield el primer día: un bombero jubilado que va a desayunar allí a diario desde hace veinte años. Por lo menos, le gusta tanto el Billy que no le importa que el servicio sea pésimo.
—Ay, mierda, lo siento —se disculpa August—. Perdón por decir «mierda».
—Se te ha olvidado esto —dice una voz detrás de August, con un fuerte acento checo.
Lucie se abalanza con un acompañamiento de beicon salido de la nada y pilla a August del brazo para llevarla a la cocina.
—Gracias —dice August, y hace una mueca cuando las uñas se le clavan en el codo—. ¿Cómo lo has sabido?
—Yo lo sé todo —contesta Lucie. Su reluciente coleta pelirroja se bambolea bajo las mugrientas luces del local. Suelta a August al llegar a la barra y vuelve con su sándwich de huevo frito y el borrador de los turnos de la semana siguiente—. Que no se te olvide.
—Perdón —dice August—. Eres mi chaleco salvavidas. Mi salvadora de productos porcinos.
Lucie hace una mueca que la convierte en un ave de presa con perfilador de ojos líquido.
—A ti te gustan las bromas. A mí no.
—Lo siento.
—Tampoco me gustan las disculpas.
August se traga otro «lo siento» y se vuelve hacia la caja registradora, intentando recordar cómo se añadía un pedido urgente. A ver, ya se le ha olvidado el acompañamiento de patatas de la mesa diecisiete y…
—¡Jerry! —grita Lucie por la ventana que da a la cocina—. ¡Ración de patatas a lo pobre, ya!
—¡Que te den, Lucie!
Ella responde con un grito en checo.
—¡Ya sabes que no sé qué significa eso!
—Cuidado —advierte Winfield mientras pasa con una montaña en cada mano, arándanos en la izquierda, nueces pacanas en la derecha. Las trenzas se le mueven cuando inclina la cabeza hacia la cocina. Entonces dice—: Acaba de llamarte adefesio, Jerry.
Jerry, el cocinero de crepes más viejo del mundo, suelta una sonora carcajada y echa unas cuantas patatas laminadas en la plancha. August ha descubierto que Lucie tiene una vista sobrehumana y la costumbre de vigilar cómo trabajan sus empleados desde la caja registradora que hay en un extremo de la barra. Sería irritante, de no ser porque le ha salvado el culo dos veces en cinco minutos.
—Siempre se te olvida algo —dice Lucie, y da golpecitos con las uñas postizas sobre la carpeta—. ¿Comes?
August piensa en las últimas seis horas de su turno. ¿Se tiró medio plato de crepes encima? Sí. ¿Se comió alguna?
—Eh… no.
—Por eso se te olvidan tantas cosas. Porque no comes.
Lucie frunce el ceño mirando a August, como una madre decepcionada, aunque es imposible que tenga más de veintinueve años.
—¡Jerry! —chilla Lucie.
—¡Qué!
—¡El Especial Su!
—¡Ya te lo he hecho!
—¡Para August!
—¿Quién?
—La chica nueva.
—Ah —contesta, y casca dos huevos encima de la plancha—. Vale.
August retuerce la punta del delantal entre los dedos y se traga un «gracias» antes de que Lucie la estrangule.
—¿Qué es un Especial Su?
—Confía en mí —dice Lucie con impaciencia—. ¿Puedes doblar el turno el viernes?
Resulta que el Especial Su es un plato que no está en la carta: beicon, jarabe de arce, salsa picante y un huevo frito chorreante entre dos tostadas al estilo Texas. Y quizá sea Jerry, su bigote de morsa que sugiere una sabiduría insondable y su acento que confirma siete décadas de ajustar el reloj biológico según la luz de la Atlantic Avenue con la Cuarta Avenida, o tal vez sea Lucie, la primera persona con la que trabaja que se acuerda del nombre de August y se preocupa de si vive o muere, o tal vez Las Crepes de Billy sea mágico… pero el caso es que es el mejor bocadillo que August ha comido en su vida.
Ya es casi la una de la madrugada cuando August sale de la cafetería y se dirige a casa por calles abarrotadas y alegres de tono anaranjado y marrón barro. Cambia un dólar arrugado de las propinas por una naranja en la bodega de la esquina: esta semana va a mantener el escorbuto a raya.
Hinca las uñas en la piel dura y empieza a pelarla mientras el cerebro le proporciona los datos con diligencia: los adultos humanos necesitan entre sesenta y cinco y noventa miligramos de vitamina C al día. Una naranja contiene cincuenta y uno. No va a librarse del escorbuto solo con eso, pero casi.
Piensa en la clase magistral de esa mañana y en que tiene que procurarse un escritorio barato donde sea, en qué historia debe de esconder Lucie. Piensa en la chica guapa de la línea Q a la que vio ayer. August se ha puesto la bufanda roja esta noche, bien enroscada, cálida y suave, como una promesa alrededor del cuello.
No es que haya pensado mucho en la Chica del Metro; es solo que estaría dispuesta a doblar el turno cinco veces seguidas si gracias a eso pudiera volver a verla.
Cuando pasa por debajo del resplandor rosado de un cartel de neón es cuando se da cuenta de dónde está: en Flatbush, enfrente de la oficina para cambiar cheques. Ahí es donde dijo Niko que estaba la tienda esotérica donde trabaja.
Está embutida entre una tienda de empeños y una peluquería, con unas letras medio levantadas en la puerta, en la que se lee miss ivy. Niko dice que la dueña es una mujer argentina menopáusica que fuma como una carretera llamada Ivy. La tienda no parece gran cosa, solo tiene una puerta gris industrial manchada de grasa encastrada en una fachada anodina, del estilo de las que se usarían para grabar una escena de Ley y orden. La única pista de lo que hay al otro lado de la única ventana del local es el cartel de neón que indica se lee la mente, rodeado de hatillos de hierbas aromáticas que cuelgan y unos, ay, eso son dientes…
A August le han dado manía esos sitios desde que tiene uso de razón.
Bueno, casi.
Hubo una vez, allá por la época en que mangó Un gran amor, en la que August arrastró a su madre a una tienda de espiritismo diminuta en el Barrio Francés de Nueva Orleans, que tenía pañuelos por encima de todas las lámparas, para que la luz se difuminara por toda la sala como si fuese el atardecer. Recuerda que dejó la navaja de bolsillo que había heredado entre las velas y observó admirada cómo la persona que había enfrente de la mesa le leía las cartas a su madre. Se pasó casi toda su infancia en colegios religiosos, pero esa fue la primera y última vez en la que de verdad creyó en algo.
—Ha perdido a alguien muy importante para usted —le dijo la vidente a su madre, pero eso era fácil de adivinar.
Entonces le anunció que estaba muerto y Suzette Landry decidió que no irían a ningún otro vidente de la ciudad, porque los videntes eran unos embusteros. Y luego llegó el temporal y durante mucho tiempo no hubo videntes a los que acudir.
Así pues, August dejó de creer. Se aferró a los hechos puros y duros. La única escéptica en una ciudad llena de fantasmas. Le iba como anillo al dedo.
Sacude la cabeza y vuelve a la realidad, dobla la esquina y llega a su calle de su casa. La naranja: liquidada. El escorbuto: a raya, de momento.
Cuando lleva tres tramos de escaleras subidos, piensa que es irónico (casi poético) que viva con un vidente. Un «brujo», como había dicho él. Un tío especialmente observador con un extraño encanto que emana seguridad y una cantidad sospechosa de velas. Se pregunta qué piensa Myla, si cree en sus poderes. A juzgar por la lista de series de Netflix y su colección de productos de la serie Dune, Myla es una auténtica friki de la ciencia ficción. Quizá también le vaya ese rollo.
Hasta que mete la mano en el bolso al llegar a la puerta, no se da cuenta de que no tiene las llaves.
—Mierda.
Prueba a llamar con los nudillos: nada. Podría mandar un mensaje al grupo para ver si hay alguien despierto… si no se le hubiera muerto el móvil antes de que acabara el turno.
Bueno, August supone que no le queda otra opción.
Agarra la navaja, saca la hoja y forcejea para meterla en la cerradura. No ha hecho esto desde que tenía quince años y no pudo entrar en casa porque su madre había perdido la noción del tiempo en la biblioteca una vez más, pero hay cosas que no se olvidan. Con la lengua aplastada entre los dientes, sigue moviendo la navaja hasta que el pestillo hace un clic y cede.
Al final resulta que sí hay alguien en casa, pululando por el pasillo con tapones en los oídos y una bolsa de herramientas a sus pies. Hay un hatillo de salvia quemando en la encimera de la cocina. August cuelga la cazadora y el delantal junto a la puerta y se plantea apagar el ramillete (ya han tenido un incendio esta semana) cuando la persona del pasillo levanta la cabeza y suelta un chillido.
—Ay —dice August cuando el tipo se quita un tapón del oído. Salta a la vista que no es ni Niko ni Myla, así que…—, debes de ser Wes. Soy August. Eh, ahora vivo aquí.
Wes es bajo y compacto, un tío de piel aceitunada con las muñecas huesudas y unos tobillos que salen de unos pantalones de chándal grises. También lleva un jersey de franela gigante remangado cinco veces. Todas sus facciones son pequeñas y delicadas, extrañamente angelicales a pesar de que, cuando relaja la cara, le queda el ceño marcado. Igual que August, lleva las gafas casi en mitad de la nariz y entrecierra los ojos para mirarla a través de los cristales.
—Hola —saluda.
—Me alegro de conocerte por fin —contesta August.
Le da la sensación de que Wes tiene ganas de salir corriendo. Le suena.
—Sí.
—¿Noche libre?
—Ajá.
August nunca había conocido a alguien peor que ella a la hora de dar una primera impresión… hasta ahora.
—Eh, perfecto —dice August—. Me voy a la cama. —Echa un vistazo a las hierbas aromáticas que se están achicharrando en la encimera—. ¿Apago eso?
Wes retoma lo que estaba haciendo: al parecer, hurgar en los goznes de la puerta del dormitorio de August.
—Mi ex ha venido a verme. Niko ha dicho que el piso estaba lleno de energía de «fraternidad»? Ya se apagará solo. Los rollos de Niko siempre son así.
—Claro —dice August—. Eh, ¿qué… haces?
Wes no responde, sino que gira el pomo y mueve la puerta hacia delante y hacia atrás. Silencio. Cuando August se mudó, chirriaba. Le ha arreglado los goznes.
Wes atrapa a Noodles con un brazo y agarra la bolsa de herramientas con la otra mano antes de desaparecer por el pasillo.
—Gracias —dice August a su espalda.
El chico encoge los hombros hasta las orejas, como si nada le incomodase más que el hecho de que le agradezcan un gesto amable.
—Esa navaja mola —gruñe antes de cerrar la puerta de la habitación.
El viernes por la mañana August se pone a temblar, con una mano en la ducha, mientras le suplica que se caliente. Fuera están a dos grados bajo cero. Si se ha de duchar con agua fría, va a dejarla libre pero ya.
Mira el teléfono: en veinticinco minutos tiene que estar en el andén para pillar el metro e ir a clase. No tiene tiempo de responder a los mensajes de su madre sobre sus irritantes compañeros de trabajo en la biblioteca. En lugar de escribir, le manda una retahíla de emojis empáticos.
¿Qué dijo Myla? ¿Veinte minutos para que se calentara el agua, pero diez si eras amable con la ducha? Lleva doce.
—Por favor —dice August dirigiéndose a
