Encantador desconocido (Siete noches 7)

Alys Marín

Fragmento

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Capítulo 1: Recompensa

He alcanzado grandes victorias en mi vida. Poseo riquezas, aunque sean de mis padres, buenos amigos y notas excelentes. Pero estoy mustio. No comprendo qué es de lo que carezco. En el amor no estoy desamparado porque conservo buenos compañeros con los que compartir algún que otro día y alguna que otra cosa. Desmoronado en la silla de mi escritorio, juego con la pluma negra, pasándola entre los dedos y echando mi cabeza atrás. El techo de mi habitación es lo menos interesante de ella. Paredes de cristal, cama enorme, suelos de piedra y colores claros. He ido modificando su estilo a lo largo de mi crecimiento como persona. Al inicio era un cuarto tan infantil, lleno de colores llamativos, que apenas queda irreconocible ahora con unos tan suaves, casi blancos. Creo que ha sido en la transición de niño a adulto que comprendí que tenía que ser más maduro, más responsable y directo.

Empujo con las puntas de mis dedos la silla, quedando apoyada sobre las patas traseras, para aplacar esta sensación desoladora de mi interior con un poco de adrenalina, dándome la sensación de que voy a caer. Por eso me desconcierto, porque nada suele perturbar mis horas de estudio, no como ahora. Escucho un ruido a mi espalda, me alarmo, perdiendo el control. Casi caigo, salvo que, por unos segundos, he conseguido recuperar el equilibrio y echo un vistazo. Un gato negro camina sobre mi cama, soltando maullidos bajos. Eso es tan lindo que me conmueve y, sin pretender asustarlo, me incorporo despacio, soltando el bolígrafo. La calefacción eléctrica mantiene la casa fresca en días calurosos como este, así que el frescor en las plantas de mis pies descalzos es agradable. Y me arrodillo a orillas del lecho y esos ojos naranjas se topan con los míos de color miel. Sus pupilas están dilatadas y no sé cómo interpretar eso porque nunca he tenido una mascota.

Es así porque mi madre es alérgica al pelaje de la mayoría de los animales, lo único que no lo es al de las personas. Si no, nos hubiera depilado hasta las cejas. Es bastante maniática. Sin embargo, es una madre excepcional. Tanteando el terreno, aunque me lleve un arañazo, alargo mi mano, posándola en la montaña de sábanas desordenadas. Soy bastante ordenado, menos hoy. La piel tostada y pecosa de mi palma es ofrecida al animal que con curiosidad se acerca. Me emociono porque, aunque algunos amigos míos tengan otras mascotas, nunca he tocado un gato. Este, con una confianza desbordante, apoya su cabeza, restregándose hasta acostarse sobre el colchón. Me aprovecho y lo acaricio, y me sorprende por la sensación. Descubro una paz extraña y que quisiera conservar para siempre. Además, siento el collar, así que, tomándome la libertad, me siento en la cama a su lado y ojeo la placa.

—Vives enfrente —me sorprendo.

Es cierto que mi padre comentó algo de que había conocido a los nuevos vecinos. También dijo algo de que eran pobres, que vivían en la ciudad de al lado y que habían ganado la lotería. Eso es tener ventura. Nunca en la vida he conseguido un premio, he tenido bastante mala suerte. En cambio, mi mejor amiga Renée tiene una fortuna casi absurda. Porque en su familia hay una seguridad sobre una especie de sensación que les trae buenaventura. Muchas veces me he burlado de ello. Soy de los que creen que obtienes lo que buscas. Como el dicho de «quien siembra tormentas, recoge tempestades». Un ronroneo y la vibración de ese cuerpo peludo me empujan fuera de mi cabeza.

—Te devolveré —le aviso, dándole una última caricia y voy a prepararme.

Me doy un vistazo veloz en el espejo de mi vestidor, comprobando un atuendo casual de pantalones de pinza negros y cortos por encima de mis rodillas, camisa de manga corta blanca y unas chanclas de cuero. Me acomodo los mechones pelirrojos para que no cubran mis diminutos ojos ni mi nariz aventada y me aplico bálsamo labial en mis labios. Listo, lo encuentro en el mismo sitio, como si fuera esta su casa. Con cuidado, lo agarro y acomodo entre mis brazos. El gato no responde de mala manera a que lo acune.

—Saldremos por el patio porque, como te vean mis padres, prenderán fuego a todo lo que ellos crean que has tocado y amo mucho mi cama —le explico como si esos ojos pudieran entenderme.

Así que atravieso la puerta corredera que da al jardín y ando por el camino de piedra, sintiendo los abrasadores rayos que me anuncian que, como pase mucho tiempo bajo ellos, comenzaré a sudar. Algo que odio. Por ello, tras echar un vistazo a la entrada de casa, cruzo la carretera hasta el hogar del animalito. Su casa es sencilla y con muchas ventanas que regalan maneras de escapar. Su fachada es azul oscuro y una gran puerta marrón que evito golpear. Es suficientemente grande para que no me oiga si lo hago, así que toco mejor el timbre. Espero unos minutos, sintiendo que me frío como unas patatas en aceite por culpa del sol de finales de verano. Me impaciento y toco de nuevo el botón, luciendo mi expresión más dura, porque de seguro tiene cámaras que me enfocan como un idiota con su gato. Un pequeño grito, amortiguado por las paredes y la distancia, me anuncia que ya se aproxima.

A un lado la puerta y por el suelo mis intentos por parecer ofendido por la tardanza. Ante mí se presenta alguien que ni en mis mejores sueños y clavo mis uñas metafóricas para no silbar al ver a un tremendo chico. No hay joven más guapo. No hay nada más atractivo que un cabello rizado y tan negro como la noche cayendo por su frente y acentuando esos ojos almendrados y celestes. Pero, todavía más, esos labios gruesos y nariz alargada con esa piel que parece porcelana. No obstante, una cara bonita si no viene acompañada de un llamativo cuerpo no es nada. Así que cuando desciendo mi mirada, analizando y adivinando qué hay bajo esas prendas de mercadillo, me emociono. Es de mi misma estatura, salvo que su cuerpo se ve más ancho de hombros. Quisiera decirle: «Entrégame tu tiempo y te daré la mejor de las vidas». Si supiera que no me va a denunciar por acoso, se lo diría simplemente para saber su respuesta.

—Tu minino ha pensado que mi cama es un buen sitio donde echarse una siesta —digo en su lugar, optando por un tono divertido.

Esa mirada celeste de expresión cansada —seguramente, por haber interrumpido su descanso, porque parece adormilado, además de sus ropas arrugadas— me indica que apenas entiende lo que digo. Pero sí se da el tiempo necesario para examinarme, aunque una que me indica que me evalúa como posible amenaza, no como he hecho yo.

—Gracias —contesta con tono amargado, arrancándomelo de los brazos y el animal se apoya en su hombro, hundiendo su cabeza bajo el mentón del joven y ronronea mientras se frota.

—¿Ya está? —pregunto, decepcionado por el hecho de que alguien con ese aspecto sea tan repelente.

—¿Qué quieres? —inquiere él, malhumorado, alzando una de esas gruesas cejas negras.

—¿No se suele dar una recompensa? —replico ante ese tono borde por el simple disfrute de seguir contemplando todo de él.

—Un gracias debe de valer —supone, manteniendo la soberbia que realza esa belleza.

—Para mí, no —discrepo, adoptando una actitud juguetona, apoyándome en el marco de la puerta con una mano.

Sé que no soy sexy ni muy atractivo. Pero suelo compensarlo con mi carisma o parla. Así que por qué

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