Fleur. Mi desesperada decisión

Ariana Godoy

Fragmento

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Prólogo

En una noche fría de abril decidí terminar con mi existencia.

La vida ya no tenía sentido, carecía de motivos para seguir adelante. Para algunos estaba escogiendo el camino fácil. Pero esta no era una decisión impulsiva o una que no hubiera intentado evitar. Durante tres semanas, había luchado por encontrar una razón para continuar y, lamentablemente, nada había funcionado.

«No puedo respirar, no lo merezco».

Mi familia había sido asesinada a sangre fría, y aunque no pudiera recordar esa trágica noche, cada vez que cerraba los ojos, lo único que veía era sangre; cada vez que veía una pareja, recordaba a mis padres, y cuando escuchaba una risa infantil, recordaba a mi hermana pequeña. Ah, y las pesadillas... eran horribles. Nadie podía culparme por rendirme. Esta era mi única opción.

Mi desesperada decisión.

Las piernas me temblaban mientras me subía a la barandilla y echaba un vistazo abajo. La sensación del vacío frente a mí me hizo morderme los labios con nerviosismo.

«Está tan alto».

Por un momento, me congelé; el miedo tensaba todos mis músculos. La brisa fría revolvía mi cabello y lo empujaba a un lado. Sin embargo, esa sensación fue reemplazada por el alivio que me producía pensar que todo iba a acabar pronto. El mundo se había vuelto asfixiante para mí. Mis ojos, llenos de lágrimas, miraron al cielo. Me gustaba pensar que mi familia estaba allá arriba, esperándome; ese era mi único consuelo.

—Lo siento, mamá. Lo siento, papá. —Mi voz falló—. Lo intenté, de verdad que lo intenté —dije al aire. Unas lágrimas se deslizaron por mis mejillas. Solo tenía que dejarme caer y todo habría terminado. Respiré hondo y cerré los ojos.

—Salta. —Dejé de respirar cuando oí una voz masculina a mi lado—. ¿A qué estás esperando? —Abrí los ojos y giré la cabeza hacia donde procedía esa voz.

Había un chico con una sudadera negra apoyado en la barandilla. No podía ver su rostro porque lo ocultaba con la capucha de la sudadera, pero noté un cigarrillo en su mano derecha y vi como se lo llevaba a la boca y le daba una calada.

—Nadie va a venir a detenerte, si eso es lo que estás esperando. —En su voz no se percibía preocupación alguna; era fría e indiferente. Exhaló el humo dejándome ver sus labios por un segundo, pero inmediatamente su rostro volvió a las sombras de la capucha.

«¿Y quién eres tú?».

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1

«La locura, a veces, no es otra cosa que la razón presentada bajo diferente forma».

JOHANN WOLFGANG VON GOETHE

El sol reinaba dominante en el cielo.

Observé como una suave brisa rozaba las ramas de un alto árbol, como sus hojas caían y luego volaban con el viento, y deseé ser como esas hojas. A pesar de que había una ventana que me separaba del exterior, casi podía oler la naturaleza y sentir el viento sobre mi piel. Suspiré, descansando la barbilla en mis dos manos mientras seguía mirando por la ventana.

—Señorita Dupont.

Escuchar mi apellido me sacó de mi ensimismamiento y me di cuenta de que la profesora Harris estaba de pie a mi lado, muy cerca de mi silla, con los brazos cruzados. Una cola alta perfecta sostenía su cabello castaño; era, sin duda, una mujer muy elegante. Sus ojos color avellana destilaban molestia, no se veía contenta. Levantó una ceja y preguntó:

—¿Le parece que ese árbol es más interesante que mi clase? —En realidad sí, pero nunca lo diría en voz alta, no quería problemas.

—Le pido disculpas, señora Harris. No era mi intención faltarle al respeto de ninguna manera —contesté educadamente.

La señora Harris regresó a su escritorio, murmurando algo, molesta. A simple vista, este lugar parecía un internado común y corriente, pero no lo era. El Instituto Marshall era un psiquiátrico experimental cuyos pacientes eran en su mayoría jóvenes que sufrían algún tipo de trastorno. Las distintas plantas del edificio estaban categorizadas por niveles que separaban los trastornos ligeros de los medios y los graves.

Los pacientes del primer piso podíamos asistir a unas cuantas clases regulares y generales en un intento de evitar retrasos académicos y de brindarnos cierto aire de normalidad. También nos daba algo que hacer, algo en lo que entretenernos en este solitario y aislado lugar. Ni siquiera sabía que existían sitios así hasta que mis abuelos me propusieron que viniera aquí tres semanas atrás.

¿Por qué? Porque mis padres ya no estaban, ellos y mi hermana menor fueron asesinados a sangre fría hace dos meses. No podía recordar esa noche, todo era borroso y confuso cuando intentaba hacerlo. El asesino me drogó y me convirtió en una testigo inútil, sin recuerdos. No recordar no hacía que lo sucedido fuera menos doloroso o más fácil de superar.

Una semana después de aquella terrible noche, mis abuelos decidieron enviarme aquí. Creo que no estaban preparados para lidiar conmigo, una joven adulta de dieciocho años diagnosticada de trastorno por estrés postraumático, depresión clínica con ataques de pánico y tendencias suicidas. Temían por mi vida. Además, estaba segura de que les recordaba a mis padres. Comprendía su dolor.

—Flor —susurró una voz suave detrás de mí.

Giré la mitad de mi cuerpo hacia ella.

—Te dije que mi nombre se pronuncia Fleur, no Flor —respondí a Dana, la única amiga que había hecho hasta ahora.

—Me gusta más Flor —dijo pronunciando mal mi verdadero nombre.

—Sí, pero... —Suspiré—. Olvídalo, ¿qué quieres?

—Necesito tu ayuda... —Se pasó los dedos por su pelo rojizo—. Con mi francés. Tengo una prueba mañana. —Hizo un puchero, parpadeando, tratando de convencerme.

Dana no me había dicho las razones por las que estaba aquí, pero no era necesario. Había notado su delgada figura y había visto a las vigilantes de la puerta del baño entrar tras ella para vigilarla. Aún recordaba que mi corazón se había hundido cuando descubrí que sufría un trastorno alimenticio. Estaba siguiendo un régimen estricto de alimentación, medicación y psicoterapia. El día que llegué, ella acababa de ser transferida del segundo piso al primero, al parecer estaba mejorando y eso era un comienzo.

Sí, podía ayudarla, el francés era mi lengua materna; nací en una tranquila provincia del norte de Francia. Mi familia y yo habíamos vivido allí hasta que mi padre se enemistó con algunas personas debido a su trabajo. Era abogado y había enviado a la cárcel a algunos delincuentes, que luego decidieron vengarse y comenzar a amenazarlo.

Así que mi padre pensó que era mejor que nos mudáramos y nos vinimos a Canadá, donde viven mis abuelos. Papá compró una preciosa cabaña en las montañas, pero unos meses más tarde un asesino entró y mató a toda mi familia, menos a mí. La policía descartó que fuera un mercenario. Dijeron que se trataba de un asesino en serie que ya había matado a cuatro familias antes de la mía y que estaban haciendo todo lo posible por dar con él y arrestarlo. No sabían por qué nos había escogido, aún no habían descifrado su patrón. Dijeron que yo tenía suerte de haber sobrevivido, pero afortunada era lo último que me sentía.

—¿Flor? —La voz de Dana me sacó de mis pensamientos.

—Bien, voy a ver qué puedo hacer. Nos vemos después de la clase. —Fingí una sonrisa, había olvidado por completo cómo era sonreír de verdad.

—Señorita Dupont. —La señora Harris me llamó. Inmediatamente, la miré—. ¿Puede decirme cuál es la tercera etapa del duelo?

—Fase de negociación —respondí enseguida. Sabía que se había dado cuenta de que no estaba prestando atención y por eso me había preguntado.

—Bien. Bueno, eso es todo por hoy. Espero que tengan un gran día. Pueden salir. —Todo el mundo en el aula comenzó a recoger sus cosas—. Señorita Dupont, acérquese un momento.

Me sorprendió su petición, pero me limité a asentir y caminé hacia su escritorio.

—¿Ocurre algo, señora Harris?

—Me han informado de que no fue a su cita con el psicólogo ayer ni tampoco a la terapia grupal.

Oh..., eso.

—Con el debido respeto, señora Harris, no creo que lo necesite.

—Me temo que en estos momentos es justo lo que más necesita. Ha perdido a su familia de forma muy traumática y tenemos que asegurarnos de que sigue el tratamiento adecuado para que consiga recuperarse lo mejor posible.

—No estoy loca.

—No estoy diciendo que lo esté, pero el psicólogo y la terapia grupal pueden ayudarle.

—El psicólogo es un desconocido y ese grupo es deprimente.

—Él es un experto en su área de estudio. Solo dele una oportunidad, hágalo por su familia.

No quería seguir viendo al psicólogo. No me gustaba hablar de mis padres, era demasiado doloroso.

—No puedo.

—Fleur, no soy su enemiga, pero si sigue faltando a sus citas terapéuticas, le trasladarán al segundo piso, donde no tendrá la libertad que tiene aquí y la llevarán obligada a terapia. ¿Quiere eso?

—No —respondí con sinceridad—. De acuerdo, señora Harris. No faltaré a mi próxima cita.

No valía la pena discutir, ya no estaría aquí para mi próxima cita. «Ya me habré ido», pensé con tranquilidad.

—Bien, puede irse —dijo ella mirándome a través de sus gafas.

Salí de la clase y me dirigí hacia la derecha por un largo pasillo. Una multitud de mujeres estaba invadiendo el lugar. Este edificio era para las mujeres; para evitar que nos mezcláramos, los hombres estaban en otro lado. Ya era suficientemente complicado tener una institución llena de jóvenes recuperando su salud mental.

Nuestro uniforme consistía en unos pantalones azules de tela y una camisa del mismo color con una etiqueta en la parte izquierda del pecho con nuestro nombre y número de paciente. Sí, nuestro uniforme no era sexy ni bonito, ¿qué puedo decir? Era un psiquiátrico. A veces, me sentía como si estuviera en una prisión. Sostuve los libros contra el pecho mientras me dirigía a mi habitación. Cuando llegué a la puerta, entré y la cerré tras de mí. Descansé un instante mi cuerpo sobre ella y luego di unos pasos hasta colocarme delante del espejo.

La chica que vi en él parecía una zombi. Tenía ojeras y su piel carecía de brillo o suavidad. El cabello rubio le caía en cascadas por la espalda, hasta por debajo de los hombros, y sus ojos azul oscuro me miraron con mucha tristeza.

«¿Dónde está la chica alegre que una vez fui? Se ha ido», suspiré.

El día había pasado. Me giré y me dirigí a la cama, donde me senté a esperar la noche.

Después de unas horas, la oscuridad comenzó a inundar toda la habitación. Miré el reloj. Eran las 7.10 p. m. Salí con cuidado, mirando a ambas direcciones en el pasillo, y caminé lentamente hacia las escaleras. Sabía que la vigilante del edificio de las chicas no estaba allí porque había memorizado su rutina. Esa era la hora de cambio de guardia. Tenía cinco minutos antes de que llegara la vigilante de la noche.

El primer piso no tenía tanta seguridad como el segundo y el tercero. Las escaleras de dentro del edificio estaban altamente custodiadas a partir del segundo y del tercer piso. Pero las escaleras de emergencia, situadas en el exterior, debían permanecer libres de obstáculos y personas por ley, así que, mientras cambiaban de guardia, contaba con algunos segundos para llegar a ellas y subir hasta la azotea. Tan pronto como llegué allí, el viento echó hacia atrás mi pelo con violencia. La noche era muy fría, como de costumbre. Me ajusté la chaqueta al cuerpo, tratando de no quedarme helada.

La vista del bosque oscuro que rodeaba los edificios del psiquiátrico daba un poco de miedo; la luz de la ciudad parecía estar muy lejos. Respiré hondo, llenando mis pulmones de aire, y luego exhalé despacio. El momento había llegado.

En una noche fría de abril decidí terminar con mi existencia.

La vida ya no tenía sentido, carecía de motivos para seguir adelante. Para algunos estaba escogiendo el camino más fácil. Pero esta no era una decisión impulsiva o una que no hubiera intentado evitar. Durante tres semanas, había luchado por encontrar una razón para continuar y, lamentablemente, nada había funcionado.

«No puedo respirar, no lo merezco».

Mi familia había sido asesinada a sangre fría, y aunque no pudiera recordar esa trágica noche, cada vez que cerraba los ojos, lo único que veía era sangre; cada vez que veía una pareja, recordaba a mis padres, y cuando escuchaba una risa infantil, recordaba a mi hermana pequeña. Ah, y las pesadillas... eran horribles. Nadie podía culparme por rendirme. Esta era mi única opción.

Mi desesperada decisión.

Las piernas me temblaban mientras me subía a la barandilla y echaba un vistazo abajo. La sensación del vacío frente a mí me hizo morderme los labios con nerviosismo.

«Está tan alto».

Por un momento, me congelé; el miedo tensaba todos mis músculos. La brisa fría revolvía mi cabello y lo empujaba a un lado. Sin embargo, esa sensación fue reemplazada por el alivio que me producía pensar que todo iba a acabar pronto. El mundo se había vuelto asfixiante para mí. Mis ojos llenos de lágrimas miraron al cielo. Me gustaba pensar que mi familia estaba allá arriba, esperándome; ese era mi único consuelo.

—Lo siento, mamá. Lo siento, papá. —Me falló la voz—. Lo intenté, de verdad que lo intenté —dije al aire. Unas lágrimas se deslizaron por mis mejillas. Solo tenía que dejarme caer y todo habría terminado. Respiré hondo y cerré los ojos.

—Salta. —Dejé de respirar cuando oí una voz masculina a mi lado—. ¿A qué estás esperando? —Abrí los ojos y giré la cabeza hacia donde procedía esa voz.

Había un chico con una sudadera negra apoyado en la barandilla. No podía ver su rostro porque lo ocultaba con la capucha de la sudadera, pero noté un cigarrillo en su mano derecha y vi cómo se lo llevaba a la boca y le daba una calada.

—Nadie va a venir a detenerte, si eso es lo que estás esperando. —En su voz no se percibía preocupación alguna; era fría e indiferente. Exhaló el humo dejándome ver sus labios por un segundo, pero inmediatamente su rostro volvió a las sombras de la capucha.

—No quiero que nadie me detenga —dije mientras miraba al frente, tratando de ignorarlo.

—Tictac, tictac, date prisa y salta.

Le eché un vistazo, seguía fumando.

—¿Podrías irte? —pregunté, molesta.

—No.

—Me gustaría tener un poco de privacidad el día de mi muerte. —Lo miré una vez más, pero permaneció impasible.

—Imagina que no estoy aquí.—Exhaló el humo lentamente.

—No tendría que imaginar nada si me dejaras en paz.

—Te lo he dicho, no pienso irme. —Tiró el cigarrillo al suelo y lo apagó aplastándolo con el pie—. Deberías darte prisa.

—Vete.

—No.

Apreté los puños.

—¿Por qué no?

—Porque no quiero. —Suspiré con frustración—. ¿Quieres que te dé un empujón?

—No, quiero que te vayas.

—Date prisa.

—¡Voy a morir cuando yo lo decida, no cuando tú lo digas!

—Claro. —Giró su rostro en mi dirección y, por un segundo, pude ver un par de ojos grises fascinantes a través de la oscuridad de la capucha—. Los cobardes no entrarán en el reino de los cielos, ¿no has oído eso? —Apartó la mirada, dejándome intrigada—. Salta.

La ira me recorrió el cuerpo.

«¡Este chico va a escucharme!». Me bajé de la barandilla y me volví hacia él, pero ya no estaba; se había ido. Busqué a mi alrededor tratando de encontrarlo y no había señales de él.

—¿Señorita? —Era la vigilante, que me miraba con desaprobación a cierta distancia—. Aléjese de la barandilla, ¡ahora!

—Oh, yo...

—No puede estar aquí, está absolutamente prohibido, sobre todo para usted. —Sabía que se refería a mi diagnóstico, era hora de hacerme la tonta.

—Oh, no tenía ni idea, de verdad, lo siento, solo quería respirar un poco de aire fresco.

—Como si fuera a creerla. Váyase a su habitación, ahora.

Asentí y corrí hacia las escaleras rápidamente. Tuve la suerte de que la vigilante estuviera de buen humor esa noche; de lo contrario, podría informar a la directora del psiquiátrico y yo estaría en problemas. Lo último que quería eran informes negativos que hicieran que me trasladaran al segundo piso.

Mientras caminaba por el pasillo hacia mi habitación, recordé al chico molesto de la azotea. ¿Quién era? ¿Y qué estaba haciendo en la azotea del edificio de las chicas? Lo más sorprendente era su actitud. No había tratado de detenerme como habría hecho la gente normal. De hecho, ¡me había incitado a saltar! Mi curiosidad hizo que no dejara de hacerme preguntas sobre él.

Entré en mi habitación y cerré la puerta tras de mí. Mi plan había fracasado. La frustración de no ser libre y estar con mis padres me hizo lanzar las almohadas por todo mi cuarto. Recordé al chico que me lo impidió y una mezcla de rabia me invadió.

«¿Quién eres, encapuchado?».

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2

«El tiempo no duerme los grandes dolores, pero sí los adormece».

GEORGE SAND

El sol calentaba mi piel y me sentía muy bien. Estaba sentada sobre la hierba con la cabeza en alto; con mi madre a mi lado. Ella soltó una risita, consiguiendo captar mi atención.

—¿Qué? —pregunté, curiosa, mirándola. Su cabello rubio estaba recogido en una cola alta dejando ver sus facciones y sus ojos azules. Siempre nos comentaban lo mucho que nos parecíamos.

—Adoras el sol, ¿verdad? Eso lo has sacado de mí. —Mi madre sonrió con dulzura.

Escuché una risa y vi a Camille, mi hermana pequeña, corriendo hacia nosotras. Su cabello castaño rizado caía por encima de sus pequeños hombros, tenía un brillo en sus ojos inigualable.

—¡Mamá! ¡Tengo un girasol! ¡Mira! —Abrió las manos y mostró su nueva adquisición.

—Es hermoso, Camille. ¿Dónde lo has encontrado? —preguntó mi madre.

—Estaba allí. —Camille señaló detrás de nosotras. Sonreí de oreja a oreja, admirando a mi hermana pequeña; siempre estaba muy feliz.

De repente, el girasol comenzó a pudrirse en las manos de Camille, emitiendo un olor putrefacto. La oscuridad nos rodeó, el sol desapareció y una brisa fría rozó mi piel, provocándome escalofríos por todo el cuerpo. Me puse de pie, mirando a nuestro alrededor.

—¿Mamá? ¿Camille? —llamé, pero ya no estaban a mi lado. Sentí una presencia, una respiración caliente en la parte de atrás de mi cuello. El miedo me paralizó por un momento.

—Flor —dijo una voz áspera.

—No... —susurré débilmente, empezando a correr rápido. Tenía que huir de él, solo sabía eso.

—Corre, corre, corre. —Sonaba divertido, podía sentirlo justo detrás de mí, sin importar lo rápido que corriera. Notaba que las piernas me pesaban mucho.

—No... —repetí en un murmullo.

—No, no puedes escapar de mí, Flor.

—No...

Me tropecé y caí sobre mis manos y rodillas. Sentí un líquido caliente debajo de mí. Al levantar las manos vi que era sangre. Las lágrimas me nublaron la vista y empecé a temblar sin control.

—No... —Traté de limpiarme la sangre con mi camisa.

—Flor. —Su aliento rozó mi oreja y me di la vuelta, pero lo único que pude ver fue una sombra desenfocada.

—¡Aléjate de mí! —grité.

—Ven aquí, Flor, ven.

—No —murmuré, caminando hacia atrás hasta que mis pies tocaron algo. Me di la vuelta y me quedé paralizada. Mi madre estaba en el suelo con morados en brazos y piernas. De la herida de su pecho manaba sangre. Me tapé la boca con una mano temblorosa.—. No, mamá...

—El rojo se ve hermoso en ella, ¿no crees?

—No... —Un par de manos frías se posaron sobre mis hombros.

—Flor.

—¡No! —chillé, abriendo los ojos.

Parpadeé, tratando de reconocer dónde estaba: mi cama, estaba en mi cama. Respiraba de forma entrecortada y agitada, aún podía sentir la humedad de las lágrimas en mis mejillas.

—Ha sido solo una pesadilla —susurré llevándome las manos al pecho, tratando de calmarme—. Respira, Fleur, respira.

Las pesadillas empeoraban cada noche. Me hubiera gustado recordar la noche del asesinato, pero tal vez era mejor así, no estaba preparada para hacer frente a esas imágenes atormentadoras. Me levanté mientras respiraba hondo. Miré el reloj de la mesilla de noche: las 4.45. Siempre me despertaba a la misma hora y no era capaz de volverme a dormir.

Cogí la toalla y el jabón y salí de la habitación. La vigilante estaba durmiendo en su silla. No podía culparla. Se pasaba despierta toda la noche vigilando a niñas que trataban de fugarse, pero la envidiaba porque podía tener un sueño profundo y calmado. Pasé cerca de ella, tratando de ser lo más silenciosa posible, y me dirigí a las duchas situadas al final del largo pasillo. Agarré el pomo de la puerta y, cuando estaba a punto de abrirla, oí una risa proveniente del interior. ¿Había alguien allí? Me apoyé en la puerta, presionando el oído contra ella.

—¡Basta! ¡Nos van a pillar! —dijo la voz de una chica y luego sonaron más risas.

—La vigilante está durmiendo, ven aquí. —Me quedé helada. Era la voz de un hombre. ¿Había un chico en el edificio de las chicas? Y estaba en la ducha haciendo quién sabe qué con esa chica. Oí algunos sonidos extraños y gemidos suaves a continuación. Me recosté en la puerta, ¿qué iba a hacer? Me aparté, decidida a volver a mi habitación, pero entonces vi a la vigilante de pie, estirando los brazos.

«Esto se complica», pensé, y antes de que supiera lo que estaba haciendo, abrí la puerta de las duchas y me precipité en el interior rápidamente con los ojos cerrados. Apoyé la espalda en la puerta.

—¡¿Qué demonios?! —exclamó la voz masculina.

Permanecí con los ojos cerrados, no quería ver lo que estaban haciendo.

—Lo siento.

—¿Por qué tienes los ojos cerrados? —preguntó la chica.

Los abrí poco a poco y vi que no estaban desnudos tal y como yo esperaba. Pero la chica, una morena de grandes ojos oscuros, estaba sonrojada y muy despeinada. Sin duda había interrumpido algo.

—¿Quién es esta? —le preguntó el chico, saliendo de las sombras. Tenía unos pómulos marcados y sus labios estaban rojos, supongo que por haber estado besándose con la chica. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba sin camisa. Aparté la vista, sonrojándome.

—No sé —respondió ella, y sonaba... ¿molesta?

—Tenemos un problema —dije aclarándome la garganta.

—¿Tenemos? —preguntó la morena, levantando una ceja.

—Sí, la vigilante se ha despertado.

—¿Qué? —Se puso pálida y miró hacia el chico—. Te dije que nos iban a pillar.

Yo no quería que eso ocurriera. Después de lo de la noche anterior, me mandarían directa al segundo piso. El chico tuvo una idea:

—Voy a usar la ventana para salir y ustedes dos salgan de aquí como si acabaran de tomar una ducha.

—¡¿A las cuatro de la madrugada?! —exclamó la chica con incredulidad.

—La gente lo hace a veces, ¿sabes? —dije mostrándole la toalla y el jabón que llevaba en las manos.

—Las personas raras lo hacen —respondió ella moviendo la cabeza—. Soy Lory. —Extendió la mano hacia mí.

Iba a decir mi nombre, pero sabía que nunca lo pronunciaría correctamente.

—Flor. —Le di la mano.

—¿Qué pasa con su acento? —El chico frunció el ceño.

—Déjala en paz, Trent. —Lory me sonrió antes de concentrarse en él de nuevo—. Antes de que te vayas...

Le tiró del pelo y lo besó apasionadamente. Aparté la vista, incómoda.

Unos segundos más tarde, Trent estaba saliendo por la ventana. Nos echó un último vistazo y le lanzó un beso a Lory.

—Nos vemos mañana en la fogata —susurró y desapareció en las sombras.

—¿Fogata? —pregunté.

Lory me miró un segundo como si dudara contarme algo o no.

—Sí, es una celebración secreta, ya sabes, chicos y chicas no pueden mezclarse en esta locura de lugar, así que organizamos una fogata a medianoche una vez al mes para poder reunirnos y charlar.

Este sitio no paraba de sorprenderme. Mis abuelos me habían explicado que era un instituto experimental, pero, claramente, la seguridad no era lo suyo.

—¿Todos... los chicos y las chicas?

—No, obviamente solo algunos del primer piso que tenemos más libertad.

—Suena interesante.

—¿Quieres ir? —preguntó Lory.

Negué con la cabeza con timidez.

—No me han invitado.

—Te estoy invitando, tonta. ¿Puedo usar tu toalla? No he traído una. —Asentí y se la pasé porque igual siempre me vestía en las duchas, no me gustaba salir en toalla

Se quitó el suéter por encima de la cabeza, y fue entonces cuando vi las cicatrices de los cortes en sus muñecas. Me las quedé mirando descaradamente. Lory siguió mi mirada.

—Son muchas, ¿verdad?

—Lo siento, no quería...

—Tranquila, no tienes por qué disculparte. —Me dedicó una sonrisa—. Todos tenemos nuestra mierda en este lugar, así que tranquila.

Entonces hice la pregunta más estúpida del mundo.

—¿Estás bien?

Lory se quitó los pantalones.

—Según mi psiquiatra, estoy estable. Eso es lo más cercano a bien que puedo estar.

En ese momento caí en que nunca la había visto antes.

—No te he visto en la terapia de grupo —comenté.

—Ah, eso es porque voy pocas veces.

—Oh...

—Bien, niña curiosa, vamos a ducharnos y a salir de aquí. —Se quitó el resto de la ropa, tomó la toalla y se metió dentro de uno de los cubículos de las duchas.

Después de desvestirme, yo me metí en otro y dejé que el agua caliente cayera sobre mí, relajándome.

—Oye, Flor. —La voz de Lory resonaba entre el sonido del agua y el eco de las duchas.

—¿Sí? —respondí mientras me frotaba el jabón por todo el cuerpo.

—¿Qué haces despierta tan temprano?

—No... podía dormir.

—¿Insomnio?

—En realidad, no. Yo solo... yo... —Hice una pausa sin saber qué decir.

—¿Pesadillas vívidas?

—¿Cómo lo sabes?

—A veces, los sueños vívidos pueden ser un efecto secundario de los antidepresivos, créeme que lo sé. —Suspiró—. He probado muchos.

—¿Se irán?

—¿Eh?

—Las pesadillas, ¿se irán en algún momento?

—Depende de tu organismo, yo las tuve durante unos meses.

Después de que me pusiera mi pijama y Lory se envolviera en la toalla, me miró y me hizo un gesto para que abriera la puerta. Respiré hondo y las dos salimos y empezamos a caminar hacia nuestros dormitorios. La vigilante nos vio y se puso de pie de inmediato.

—¿Qué hacen en las duchas tan temprano? Está prohibido que salgan de sus habitaciones antes de las seis de la mañana. El horario es claro: han de permanecer en sus habitaciones desde las siete de la tarde hasta las seis de la mañana.

—Lo sentimos —dijo Lory y bajó la mirada.

—¿Y usted qué me dice? —La vigilante me señaló—. Ayer no informé de que me la encontré por la noche en la azotea, pero me temo que no puedo dejarlo pasar esta vez.

—Lo sentimos mucho —repitió Lory—. No va a suceder de nuevo.

—Tengo que informar de esto, lo siento —declaró la vigilante y se dio la vuelta para alejarse.

—¿Disfrutó de su siesta? —Al oír la pregunta, la mujer hizo una pausa, tensándose ligeramente—. Si nos delata, se preguntarán cómo pudimos llegar a las duchas sin que nos viera. ¿Cree que a la directora le gustaría saber que no nos vio pasar porque estaba durmiendo? —No quise sonar mala, pero no tenía intención alguna de ir al segundo piso.

—¿Me está chantajeando? —Ella se volvió hacia nosotras una vez más. Lory retrocedió asustada—. Ni se atreva a pensarlo siquiera. Lo negaré todo y ¿a quién cree que creerán? ¿A mí o a un par de adolescentes locas como ustedes?

—Obviamente, a usted. —La vigilante sonrió—. Pero hay cámaras en esta institución, ¿no? —Su sonrisa se desvaneció—. Me pregunto qué pasaría si se vieran obligados a revisar todas esas noches en las que ha dormido tanto.

—Ah —masculló con impotencia—. Está bien, vayan a sus habitaciones ahora antes de que alguien las vea. —Sonaba molesta, pero no me importaba.

Lory y yo caminamos rápido por el pasillo.

—Eso ha estado genial —dijo Lory sonriéndome.

—Gracias. —Me detuve frente a mi puerta—. Bueno, esta es mi habitación.

—Ha sido un placer conocerte, Flor. —Empezó a caminar de nuevo.

—Eh —la llamé en un susurro—. ¿Qué hay de la fogata?

—Pasaré a buscarte mañana por la noche; procura estar lista a las once.

—De acuerdo.

—Y, Flor...

—Dime.

—Lo que sea que intentaste anoche... —Se calló al notar mi incomodidad—. Me alegro de que la vigilante te detuviera. Buenas noches.

No esperó mi respuesta y desapareció por el pasillo. ¿Qué estaba haciendo? ¿Desde cuándo estaba yo interesada en asistir a eventos sociales? Me di cuenta de que la adrenalina que producía el riesgo de ser descubierta era lo que me estaba motivando. Desde que había llegado al psiquiátrico, había sido la paciente perfecta y me había portado tan bien que... todo había sido muy muy gris. Tal vez había llegado el momento de hacer cosas malas.

La idea de terminar con mi existencia todavía merodeaba por mi mente, pero estaba cada vez más interesada en la vida de nuevo. Quizá los antidepresivos empezaban a hacer efecto.

Unas horas más tarde, estaba en clase, apoyando la barbilla en mis manos de nuevo. Escogí la silla próxima a la ventana para poder mirar hacia afuera cada vez que quisiera. Era mi vía de escape.

—Flor —susurró Dana detrás de mí.

—¿Qué?

—No me ayudaste con mi francés ayer, tengo la prueba esta tarde.

—Lo siento, lo olvidé.

—¿Puedes explicarme al menos algunas cosas durante el almuerzo?

—Claro.

—¡Gracias! ¡Gracias! Eres un sol.

El profesor Yang siguió hablando de las diferentes religiones que existen en el mundo mientras yo observaba un árbol en el jardín.

«Los cobardes no entrarán en el reino de los cielos...».

Recordé las palabras del encapuchado de la azotea. ¿Quién era? Estaba segura de que era un paciente del centro, pero ¿qué hacía en la azotea del edificio de las chicas? Una imagen vino a mi mente: sus ojos grises y sus labios gruesos. Eso fue lo único que pude ver de él. Suspiré, tenía que dejar de pensar en ese extraño.

El resto del día estuvo marcado por la rutina habitual: más clases. Tuve un poco de diversión enseñándole francés a Dana durante el almuerzo; no era muy buena con los idiomas. Salí de mi última clase y nos dirigimos a los dormitorios. Dana me acompañó mientras me contaba cosas de su casa. Sostenía los libros contra mi pecho, prestando atención a su historia.

—Grité, pero él siguió molestándome —me decía Dana y se echó a reír.

Noté que alguien se acercaba y levanté la cabeza para mirar.

Me detuve abruptamente: un chico delgado y bien tonificado venía hacia nosotras. Llevaba el uniforme del psiquiátrico: camisa azul y pantalones a juego. Se veía en forma, con los músculos de sus brazos definidos, pero sin que fuera nada exagerado. Iba con las manos dentro de los bolsillos de los pantalones. Lo reconocí de inmediato: era él..., era el chico encapuchado.

Me pareció muy guapo: nariz afilada, pómulos perfectos y definidos, cejas gruesas y tan oscuras como el pelo desordenado que le cubría las orejas y le caía por la frente. Tenía unos ojos grises únicos y no pude evitar mirar esos labios gruesos que recordaba tan bien.

Se dirigió hacia nosotras, mirándome, con un desinterés claro en su expresión. Pasó por mi lado y juro que lo vi sonreír.

—¿Flor? ¿Hola? —La voz de Dana me trajo de nuevo a la realidad.

—¿Eh?

Dana soltó una risita.

—Ese chico te ha deslumbrado por completo —dijo sonriéndome—. Es guapo, ¿verdad?

—Él...

—Ah, es una pena que no hable.

—¿Qué? —Fruncí el ceño.

—Sí, algo le pasó y dejó de hablar. No sé toda la historia, pero sé que es el hijo de la directora del psiquiátrico y que por eso puede caminar por el edificio de las chicas, si quiere. Hace poco que está aquí.

—¿Por qué lo han internado?

—Muy buena pregunta, yo tengo mi propia teoría al respecto. Creo que sufre estrés postraumático y que por eso ha dejado de hablar. Algo malo le pasó.

—Vaya, te has vuelto toda una psicóloga.

—Gracias, gracias.

Mi mente seguía centrada en lo que Dana acababa de decir... ¿Ese chico no hablaba? Estaba segura de que me había hablado cuando lo vi en la azotea. Fue él, ¿cierto? No podía estar equivocada, esos ojos grises eran únicos.

Llegué a mi habitación aún más intrigada que antes. Me senté en la cama y me rodeé las piernas con los brazos, tirando de ellas hacia el pecho. Apoyé la barbilla en las rodillas y, lanzando un suspiro, me dejé caer sobre mis cómodas almohadas. Estaba esperando para ir a la fogata. «¿Estaría él allí? ¿Y a mí qué me importaba?». Me tapé la cabeza con una almohada, pero luego me la quité para dejar salir una bocanada de aire.

Mis ojos encontraron el techo, luché para hallar una motivación para ir, para esforzarme tan solo un poco más. La mayoría de las personas relacionan la depresión solo con la tristeza, pero es mucho más que eso. Una persona deprimida no siempre está encerrada en un cuarto llorando con las luces apagadas. A veces aquella chica que ves sonriendo en clase y hablando con todo el mundo o aquel chico tan bromista que te hace reír... portan máscaras. Pueden proyectar alegría, pero esta no es genuina.

La depresión solo se puede medir en una escala de grises; no hay blanco y negro cuando se trata de la mente humana, que es tan compleja e indescifrable. También es un error común pensar que todos manejamos la depresión de la misma forma. Nuestras mentes son únicas, nunca entenderé por qué, si podemos ver que somos diferentes físicamente, nos cuesta tanto creer que lidiamos con nuestros problemas de forma distinta.

Para mí, estar deprimida era como ver la vida a través de la niebla, sin ser capaz de sentir ni recordar por qué importa seguir aquí, preguntándome, ¿cuál es el propósito de todo esto? La vida literalmente pierde sentido y vivir cada día es una batalla constante, como si siempre te estuvieras ahogando.

Oh, y el dolor...

No existe ningún dolor físico que lo iguale. Es como un vacío en tu pecho que te consume y se lo lleva todo, toma todo de ti.

«No iré, ¿para qué?».

Cerré los ojos y recordé las pesadillas. No, no quería dormir, no quería vivir otra pesadilla, no quería escuchar esa voz, no quería ver la sangre. Me levanté. Tenía que ir, necesitaba entretenerme con algo, necesitaba ver otra cosa que no fueran estas cuatro paredes. Tal vez, al distraer mi mente, lograría espantar las pesadillas.

Decidida, esperé a Lory para ir a la fogata.

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3

«Hay heridas que nunca se ven en el cuerpo que son más profundas y dolorosas que cualquiera que sangre».

LAURELL K. HAMILTON

—¡Lory, espera! —grité mientras la seguía por los oscuros pasillos del psiquiátrico.

Ella caminaba rápido. Nos dirigíamos a la fogata, pero en ese momento estaba lamentando mi decisión. Si nos atrapaban, seríamos castigadas duramente. Pero la adrenalina fluía por mis venas y me hacía sentir bien. El reloj ya casi señalaba la medianoche.

—Date prisa —susurró Lory y siguió su camino.

Me quedé mirando su espalda mientras yo la seguía en silencio. Lory estaba muy guapa. Llevaba unos vaqueros ajustados y una camiseta blanca de manga larga. Tenía una cintura estrecha y unas caderas redondeadas. Llevaba su cabello negro recogido en una cola alta. Verla arreglada me hizo evaluar mi atuendo una vez más. Yo llevaba unos pantalones holgados, una camisa púrpura suelta y unas Converse del mismo color. Suspiré. La verdad es que yo nunca había sido de arreglarme demasiado..

—¿Flor?

—¿Eh?

—Puedes ver a la vigilante de allí. —Señaló hacia delante. Había una mujer joven sentada ante una puerta de metal—. Se encarga de la vigilancia de la puerta del patio trasero. Tenemos que distraerla.

—¿Cómo? —pregunté tratando de pensar en una manera de hacerlo.

—Toma esto. —Me dio una piedra. Fruncí el ceño.

—¿Quieres que la golpee con esto? ¿Estás loca? —le pregunté mirándola.

Lory suspiró.

—No seas tonta, lánzala al final del pasillo para que la vigilante vaya a revisar el lugar y luego corremos a la puerta.

—Ah, vale. ¿Lo hago ahora?

—No, espera hasta el amanecer. ¡Por supuesto que ahora!

—Está bien. —Miré el pasillo oscuro y apreté la piedra para luego tirarla con todas mis fuerzas hacia la pared del final del pasillo. Al escuchar el golpe, la vigilante se levantó asustada y fue a ver qué había pasado.

—¡Ahora! —me ordenó Lory, y ambas corrimos hacia la puerta, la abrimos y la cruzamos rápidamente. Tan pronto como salimos, una brisa fría acarició mis brazos haciéndome temblar un poco. Al instante, supe que debería haberme puesto una chaqueta—. ¡Sigue corriendo hasta entrar en el bosque! —dijo Lory mientras se movía hacia la oscuridad de los árboles. La seguí rápidamente, pero pronto comencé a respirar de manera pesada. Al final, llegamos al bosque y nos escondimos tras los matorrales.

—¡Uf! ¡Eso estuvo cerca! —exclamó Lory. Se recolocó la camiseta y luego se arregló un poco pelo. No dije ni una palabra, estaba tratando de recuperar el aliento—. ¿Estás bien?

La miré asintiendo con la cabeza. Entonces eché un vistazo alrededor. ¡Oh, Dios mío!, estaba muy oscuro. Apenas podía ver las siluetas de los árboles y hacía mucho frío. La oscuridad me daba miedo después de todo lo que había pasado. Tal vez no había sido la mejor idea venir aquí.

—No se ve nada... —Noté como Lory avanzaba hacia las sombras—. ¿Lory?

—Sígueme —dijo caminando a través de la oscuridad. Tragándome el miedo, la seguí.

Después de andar por un camino lleno de piedras, llegamos a un prado. Había un montón de adolescentes allí charlando. Algunos estaban sentados alrededor de una gran hoguera. Vaya, había unos doce o quince pacientes allí.

—¡Lory! —exclamó una chica muy pálida caminando hacia nosotras.

—¡Sana! —Lory le dio un fuerte abrazo—. Estás de vuelta.

—Sí, mi padre se cansó de mí otra vez. Dice que lo de mi enfermedad es puro teatro; ya sabes. —Puso los ojos en blanco y luego me miró—. ¿Quién es esta?

—Oh, es la nueva —replicó Lory.

—Hola —saludé fingiendo una sonrisa. Era muy buena en eso últimamente.

—Soy Sana.

—Fle... Flor —arreglé rápidamente.

Lory y Sana intercambiaron miradas.

—Ven, Sana —dijo entonces Lory tirando de la chica—, ¡tengo muchas cosas que contarte!

Me quedé mirando a Lory, como preguntándole: «¿Y yo?». Ella sonrió y dijo:

—Diviértete, estaré de vuelta pronto. —Y se marchó.

Así fue como comenzó el momento incómodo. Estaba de pie sola entre un monto de desconocidos. La gente está muy equivocada respecto a los psiquiátricos. Los pacientes a mi alrededor hablaban, sonreían y actuaban como personas normales. Cada uno tenía su oscuro secreto, la razón por la que estaba aquí, pero, a simple vista, esa reunión era como cualquier otra reunión a escondidas de un instituto.

Unos minutos más tarde comenzaron las miradas. Todo el mundo me estaba mirando y susurrando cosas. Vi una roca de tamaño mediano y me senté en ella. Hacía mucho frío allí, así que crucé los brazos sobre mi pecho en un intento inútil de entrar en calor.

—¡Bu! —susurró alguien por detrás y me pellizcó la cintura. Salté, nerviosa—. Hola, bicho raro. —Trent, el novio de Lory, me saludó con una amplia sonrisa.

—¿Bicho raro? Ni siquiera me conoces.

—Una vez más, ¿qué diablos le pasa a tu acento? —preguntó con el ceño fruncido.

—No hay nada malo con mi acento. —Trent levantó una ceja—. Soy francesa, ¿ok?

—Oh, eso explica muchas cosas. —Entorné los ojos y me senté en la roca de nuevo. Trent era muy guapo, pero no era mi tipo. Se veía a la legua que era un mujeriego. Suspiré; tal vez no debería estar juzgando a la gente sin conocerla—. ¿Por qué estás sola? ¿Dónde está Lory?

—No lo sé, se ha ido con una chica llamada Sana.

Trent abrió los ojos sorprendido y se puso pálido.

—¿Sana está de vuelta?

—Sí —contesté distante, mirando alrededor. Había tres chicos con capucha cerca de la hoguera, pero estaba segura de que ninguno de ellos era el que estaba buscando.

—¡Oh, Dios! —Trent exclamó sentándose a mi lado. Le eché una mirada asesina; ni siquiera había pedido permiso—. Estoy metido en un gran problema ahora.

—¿Por qué?

—Sana y yo...

—¿Eh?

—Para resumir, Sana y yo éramos algo más que amigos antes de que le dieran de alta, pero ahora estoy con Lory y ellas son amigas...

Ahora lo entendía. No tenía ni idea de por qué esta persona que acababa de conocer me estaba contando la historia de su vida, pero como no tenía nada más que hacer, le pregunté:

—¿Lory sabe que tuviste algo con Sana?

—No.

—Entiendo. ¿Y Sana sabe que ahora Lory y tú están juntos...? —Trent movió la cabeza para negar—. Oh, tienes problemas.

Trent se pasó los dedos por el cabello.

—Debería irme, ¿verdad?

—Creo que deberías hablar con ellas.

—¿Estás loca? Me matarán.

—Se van a enterar de todos modos, están hablando en este momento —le dije con sinceridad.

—Me tengo que ir —contestó, y empezó a alejarse. Era un cobarde. Negué con la cabeza y volví a mirar a los grupos de personas que estaban alrededor de la hoguera. Gracias a Dios, ya no me estaban mirando.

«¿Por qué he venido?», me pregunté al darme cuenta de que no tenía nada que hacer allí; no tenía amigos y solo conocía a Lory y a Trent. Exhalé. En primer lugar, tal vez no debería haber ido allí. Oí reírse a algunas chicas y me acordé de mi hermana pequeña. La forma en que se reía era única, siempre me acordaba de eso.

Miré hacia el suelo mientras sentía que la tristeza me invadía una vez más. La echaba de menos... Mucho. Es difícil seguir viviendo cuando estás acostumbrado a ver a tres personas cada día de tu vida y luego las pierdes de repente. Suspiré, quizá debería irme. Ese lugar no era para mí. Me puse de pie y empecé a caminar hacia el sendero que me llevaría de nuevo al patio trasero del psiquiátrico. Sentí algunas miradas sobre mí, pero no les presté atención. Iba mirando el suelo para no tropezarme con ninguna piedra cuando me estrellé contra un pecho fuerte.

—¡Ay! —exclamé dando un paso atrás mientras me masajeaba la nariz.

—¿Estás bien? —me preguntó una voz suave.

Miré hacia arriba. Había un joven rubio observándome con unos grandes ojos verdes. Se parecía mucho a Luis, el chico del que me había enamorado en la escuela de Francia. Llevaba el cabello desordenado y tenía un rostro fuerte con una barba apenas visible. Sus cejas eran finas y bonitas.

—Sí —traté de no mostrar mi sorpresa.

Me sonrió.

—Parece que acabas de ver un fantasma, ¿tan feo soy?

—No, es que... No importa. Lo siento, no estaba prestando atención.

—Está bien, ha sido culpa mía. ¿Y tú eres...?

—Flor.

—Me llamo Lucas. —Me ofreció su mano y la tomé con cuidado—. Eres nueva aquí, ¿verdad? —Asentí, cruzando los brazos sobre mi pecho—. ¿Por qué te vas tan temprano? —Metió las manos en los bolsillos de su chaqueta.

—Oh, es que... estoy cansada.

—Tu acento, ¿eres de...?

—Francia.

—Tienes que ayudarme con mi francés entonces. —Me dedicó una cálida sonrisa.

—Claro, claro..., pero ahora debo irme.

—No puedes irte —dijo, negando con la cabeza.

—¿Por qué no?

—La diversión está a punto de empezar.

—¿Qué quieres decir?

—Jugaremos a una cosa dentro de unos minutos.

—¿Jugaremos?

—Sí, todos los que estamos aquí.

—¿A qué?

—Al escondite.

—¿En serio? —Estaba confundida. Era medianoche, por el amor de Dios—. ¿No es un poco tarde para jugar al escondite?

—Sí, por eso es divertido. Tenemos nuestra propia versión del juego. Ven conmigo. —Comenzó a caminar, tirando de mi mano para que lo siguiera—. Te voy a presentar a los chicos. —Nos detuvimos frente a un grupo que conversaban muy animadamente—. ¡Hola, chicos! —Todo el mundo nos miró. Había cuatro chicos y tres chicas—. Esta es Flor. Es francesa y es nueva.

—Hola —saludé con nerviosismo agitando la mano.

—Estos son Klaus, Michael, Josh y Howard. —Lucas señaló luego a las chicas—. Y estas son Paula, María y Samantha.

La chica llamada Paula dio un paso al frente.

—¡Hola!

—Bienvenida. —Klaus saludó con una amplia sonrisa.

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