A través de la lluvia

Ariana Godoy

Fragmento

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Prólogo

Llueve.

La lluvia me empapa en cuestión de segundos. La ropa se pega al cuerpo, pero esa es la menor de mis preocupaciones en este momento.

Duele.

Me duele el cuerpo, en especial la cara. Me palpita del dolor, me sale sangre de la nariz, me baja por la boca y se mezcla con la lluvia que me cae por la cara antes de deslizarse por el mentón. Tengo un ojo entrecerrado que me hace soltar un quejido cada vez que intento abrirlo.

Nunca he sido una persona violenta. Nunca he instigado una pelea, así que me parece irónico encontrarme en esta situación. Tirado en un callejón, con la espalda contra la pared, a duras penas puedo mantenerme sentado. Los pequeños cortes de la cara que me han hecho los fuertes golpes arden al contacto con el agua helada de lluvia, al igual que los nudillos, que se han roto por intentar defenderme. Hago una mueca de dolor.

He salido para familiarizarme con Raleigh y su vibrante vida nocturna, mi primera noche en la universidad. Vaya que me ha ido mal. Al salir de un pub fui asaltado y golpeado hasta que perdí el conocimiento. No entendí qué necesidad había de atacarme así, yo se lo he dado todo voluntariamente.

«Vamos, no te duermas, Apolo», me recuerdo mientras lucho por mantenerme despierto.

Me han dado muchas patadas en la cabeza y sé que necesito que me mire un médico antes de dormirme, o algo así me explicó mi hermano, que estudia Medicina desde hace años. Sin embargo, es muy difícil.

Mi vista se vuelve borrosa y trago saliva; hasta hacer algo tan simple me duele. Sé que necesito levantarme, pero cada vez que lo intento, mi cuerpo se rinde y caigo contra la pared una vez más. Gritar para pedir ayuda es inútil bajo esta lluvia, con el ruido del agua cayendo con fuerza sobre el pavimento y los botes de basura que me rodean. El frío de otoño me hace temblar y me adormece las extremidades.

Solo voy a dormirme un segundo, solo un momento hasta que pase la lluvia.

Un segundo...

Se me cierran los ojos, la cabeza me cae a un lado.

Cítrico.

El olor de un perfume cítrico me hace arrugar la nariz y me despierta un poco. Me doy cuenta de que la lluvia ya no me golpea la piel. Abro los ojos ligeramente, frente a mí hay una figura borrosa que usa su paraguas para cubrirnos a ambos.

—Ey, ey —susurra una voz femenina mientras la figura se inclina hacia mí—. ¿Puedes oírme?

Asiento porque no tengo fuerza para hablar.

—Ya he llamado al teléfono de emergencias, dicen que estarán aquí en cinco minutos y que te mantenga despierto. —Su voz es tan suave y tan tranquilizadora que solo quiero dormir un poco—. ¡Ey! —Su mano toma mi rostro golpeado y una punzada de dolor me atraviesa y me hace estremecer—. Lo siento, pero no puedes dormirte.

Mi respiración deja mis labios temblorosos entreabiertos y se vuelve visible por el frío.

—Frí-frío —tartamudeo, temblando.

—Por supuesto que tienes frío, ash. —Puedo escuchar la duda en su voz—. ¿Qué hago...? Solo aguanta un poco, ¿sí?

Débilmente, extiendo la mano hacia ella. Agarro el dobladillo de su camisa y tiro de ella hacia mí. Suelta un chillido cuando cae hacia adelante sobre sus rodillas, en medio de mis piernas extendidas sobre el pavimento.

Frío.

Levanto la otra mano y envuelvo los brazos alrededor de su cintura, la abrazo y entierro la cara en sus pechos.

—¡Oye! ¡Ey!

—Calor... —susurro. Tiemblo contra ella y le mojo la ropa.

Ella deja de intentar apartarme y suspira.

—Bien, solo te dejo porque tienes una pinta horrible y estás helado —murmura. Yo solo disfruto de su calor, de su olor, de esa mezcla de perfume cítrico con la fragancia de su piel—. Y te informo de que no dejo que los chicos me abracen en la primera cita, considérate afortunado.

No sé si está bromeando, pero solo quiero quedarme aquí. Tiene el corazón acelerado. ¿Por qué? ¿Tiene miedo?

—Oye, pero no te duermas, ¿sí? Ya puedo oír las sirenas de la ambulancia, estarás bien.

Yo también las oigo y, de pronto, también muchos pasos. Ella me aparta y se aclara la garganta. Quiero protestar, el frío me golpea de nuevo, pero de pronto varias personas están frente a mí con linternas y, desde entonces, todo se vuelve confuso.

Tumbado en una camilla, extiendo la mano hacia ella otra vez y ella la toma.

—Estarás bien —susurra, mientras me aprieta la mano con fuerza antes de soltarla.

Y solo puedo ver su silueta quedarse allí en ese callejón con su paraguas sobre ella. Me ha salvado, así que estoy seguro de que nunca la olvidaré.

Nunca olvidaré a la chica que conocí a través de la lluvia.

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UNO

APOLO

Echaba de menos salir a correr.

Tardé cuatro semanas en recuperarme por completo y en que el médico me autorizara a hacer ejercicio de nuevo. Por lo menos, la parte física ya ha sanado, la mental es otra cosa. Aún me despierto con pesadillas donde esos chicos me atacan y no paran de pegarme, sin mencionar que ahora la lluvia me pone de un humor de mierda.

Son las seis y media de la mañana cuando entro al piso, empujo la puerta para cerrarla. El pasillo de entrada se extiende frente a mí en la semioscuridad porque aún no ha amanecido. Al llegar a la amplia cocina, enciendo la luz. Un despelucado Gregory asoma la cabeza desde el pasillo de las habitaciones.

—¿Qué haces despierto a esta hora?

—He salido a correr.

—A las... —Tiene un ojo entrecerrado e intenta ver el reloj del microondas—. ¿Seis de la mañana?

—Seis y media.

—Ni siquiera mi abuelo se despertaba a esas horas para salir a correr.

—Tu abuelo no corría —le recuerdo y pongo las llaves sobre la isla de la cocina.

—Exacto.

—¿Qué haces tú despierto? —pregunto y abro la nevera para tomar una botella de agua.

—Eh...

—¡Buenos días! —Una energética chica morena con la que ya estoy familiarizado chilla con emoción al salir del pasillo y pasar por al lado de Gregory.

¿Su nombre? Kelly. Es la no-tengo-ni-puta-idea-de-qué-es de Gregory y pasa muchas noches en nuestro piso. A veces actúan como una pareja normal, a veces ni se miran cuando se ven. Siendo sincero, no lo entiendo y no soy tan entrometido como para preguntar. Lo mío es llevarme bien con Gregory, que, aunque lo conocí a través de mi hermano Ares, se convirtió en un buen amigo y ahora es mi compañero de piso.

Ha sido un alivio vivir con él durante estas primeras semanas de la universidad. No me he sentido tan solo y Gregory no me deja mucho tiempo libre para deprimirme o ponerme a echar de menos mi casa, siempre se le ocurre algo que hacer. Echo mucho de menos al abuelo, a mi hermano Artemis, a su esposa Claudia y a mis perritos. Pero sobre todo, lo que me ha sorprendido ha sido lo mucho que echo de menos a Hera, jamás pensé que podría llegar a extrañar tanto a mi sobrina.

—¿Apolo? —Kelly se para junto a mí y pasa su mano frente a mi cara—. ¿Aún estás dormido?

—Buenos días —respondo con una sonrisa amable.

Gregory bosteza y se nos une en la cocina.

—Bueno, ya que estamos despiertos, ¿desayuno?

Levanto el puño para chocarlo con el suyo. A Gregory se le da muy bien cocinar y esa es una cualidad muy poco valorada hasta que te toca mudarte solo. A mí no se me da nada bien, lo único que me queda aceptable son los postres y no se puede vivir de panecillos y pasteles todos los días.

—¿Qué os apetece hoy? ¿Desayuno continental? ¿Americano? —ofrece Gregory mientras se agacha para sacar las sartenes del cajón. Kelly aprovecha para colocarse detrás de él y agarrarlo de las caderas para hacer movimientos sexuales contra su trasero.

—¡Para! —le susurra Gregory, girándose y besándola con pasión contra la isla.

Hago una mueca y me muevo de un lado a otro mientras observo la interesante pintura de una pera que hay en la pared de la cocina. Ya debería estar acostumbrado.

Después de desayunar, me ducho y paso mucho más tiempo del necesario debajo del agua con los ojos cerrados. Bajo la cabeza, estiro los brazos y descanso las manos contra la pared frente a mí. El agua cae sobre mí y es como si en realidad no estuviera aquí. Mi cuerpo está aquí, pero mi mente se desconecta, alcanza un punto vacío donde no siento nada. La ironía se abre paso en mi vida porque he venido a estudiar Psicología en la universidad y en la primera semana sufro un suceso traumático como esa paliza. Sonrío con tristeza y cierro el grifo, me quedo quieto durante unos segundos antes de sacudir la cabeza, no solo para deshacerme del agua que tengo en el pelo, sino para traer mi mente a la realidad de nuevo.

Me seco un poco y salgo en toalla a mi habitación, el piso es inmenso y cada cuarto tiene su baño. Sin embargo, me doy cuenta de que mi ropa interior está en la secadora. Salgo a buscarla con una toalla cubriéndome de cintura para abajo y con la otra alrededor del cuello. Kelly está tumbada en el sofá del salón, jugando con su móvil. Al notarme, baja el teléfono y levanta una ceja.

—¿Escondes todo eso detrás de esa cara de niño bueno?

Hago una mueca ante la palabra «niño».

—¿Qué te hace pensar que soy un niño bueno?

—Ah, por favor, se te nota a leguas. —Se apoya en los codos para levantarse ligeramente—. Hasta diría que eres virgen.

Eso me hace reír y le doy la espalda para buscar mi ropa interior en la secadora. También para terminar la conversación, porque no sé si son imaginaciones mías o está coqueteando conmigo. Quizá sea la forma en la que sus ojos se posan en los músculos de mis brazos y abdomen, y lo último que quiero es tener problemas con Gregory. Cuando paso para regresar a la habitación, ella está sentada en el reposabrazos del sofá y me observa divertida.

—¿Te he asustado?

Me acuerdo de las palabras de Ares cuando le daba por explicarme el tipo de coqueteo que aplicaban algunas personas: «A ese tipo de coqueteo lo llamo “retador”, te confrontan y usan preguntas que siempre te llevarán a demostrarles lo contrario, a tener que probarles algo que generalmente es su objetivo». No puedo creerme que a veces las generalizaciones de ese idiota tengan sentido. Supongo que ser un exrompecorazones le dio experiencia porque eso sí, no he conocido a nadie que haya roto tantos corazones como el idiota de mi hermano. Sin embargo, nunca he sido el tipo de persona que asume algo de los demás, así que le doy el beneficio de la duda a Kelly y le sonrío.

—Para nada. —Me encojo de hombros.

Ella me devuelve la sonrisa, se pone de pie y se queda frente a mí. Presiona su puño contra mi abdomen desnudo y ladea la cabeza.

—Tienes mucho que aprender, niño bueno.

Ahí está esa palabra de nuevo. Tenso la mandíbula y envuelvo la mano alrededor de su muñeca para despegarla de mi abdomen.

—No soy un niño —le digo manteniendo la calma—, pero puedes pensar que lo soy. No tengo intención de demostrarte lo contrario.

Le suelto la muñeca y me alejo de ella para volver a mi cuarto.

Mi clase de la mañana es Orientación, así que no es muy pesada, solo nos dan consejos e indicaciones para guiarnos en nuestro comienzo universitario. El salón está repleto de estudiantes, la profesora está explicando algo sobre la cafetería y los horarios de descanso entre clases. Tengo el cuaderno abierto frente a mí y mi mano, inquieta, comienza a dibujar sobre el papel con mi lápiz. Hasta que no he terminado, no me doy cuenta de lo que he escrito: «Rain».

«Ese es su nombre».

Rain Adams es la chica que me salvó aquella noche de lluvia. Eso es lo único que tengo de ella: su nombre y que asiste a esta universidad. Esa fue toda la información que me dieron los médicos cuando desperté al día siguiente. Por lo que escuché, ella también colaboró con la policía y declaró en el caso. Aún están investigando porque no parecía un simple atraco, la policía dijo que fue un ataque demasiado violento teniendo en cuenta que entregué todo lo que llevaba encima voluntariamente.

Sin embargo, nunca he visto a Rain. Lo único que tengo es su recuerdo de esa fría noche, su voz, su silueta, ese olor a perfume cítrico, pero nada más. Y debo admitir que tengo muchas ganas de encontrarla y darle las gracias, de saber cómo es, de conocerla. He intentado buscarla en las redes sociales, pero cuando escribo «Rain», lo único que encuentro son días lluviosos. Quizá pienso demasiado en ella y puede que ella ni siquiera me recuerde.

Sonrío para mí mismo.

«Vamos, Apolo, acabas de empezar la universidad y ya te andas obsesionando con una chica».

—¿Rain? —Una voz femenina me saca de mis pensamientos y busco con la mirada la fuente de esa voz. Me encuentro con una chica de gafas y pelo ondulado en el asiento que hay a mi lado. Es guapa, sus ojos color café brillan ligeramente mientras me habla—. ¿Te gusta la lluvia?

Entiendo a qué se refiere, «rain» es lluvia en inglés, lo cual me parece muy irónico dadas las circunstancias en las que conocí a Rain. Tardo unos segundos en responderle porque nadie me ha hablado en clase hasta ahora y me pilla por sorpresa.

—En realidad, ya no me gusta la lluvia.

Ella asiente.

—Pensé que me darías el discurso de que te encanta el sonido de la lluvia, que te relaja, y que es nostálgico. —No sé qué decir y ella me sonríe para ofrecerme su mano—. Soy Érica y repito esta asignatura. —Le estrecho la mano y abro la boca para decir mi nombre, pero ella sigue—: Mucho gusto, Apolo.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Ella arquea una ceja.

—En este campus, todo el mundo sabe tu nombre, Apolo Hidalgo.

—¿De qué estás hablando?

—Has salido en las noticias de la universidad durante semanas. Siento mucho lo que te pasó, ¿estás bien? —La lástima en su semblante me resulta incómoda.

—Estoy bien —le digo y me pongo de pie. Le pido permiso a la profesora para ir al baño y salgo disparado del aula. Camino hacia el tablón de anuncios de la facultad y me encuentro con muchos artículos sobre mí ahí, con mi cara y mi nombre. Me doy cuenta de que, sí, he estado en las noticias de la universidad todo este tiempo. Rain ha tenido que verme en algún lado, así que ella sabe dónde encontrarme, sabe mi nombre, mi carrera, y, aun así, no me ha buscado. Hago una mueca al percatarme de que quizá Rain no tiene ninguna intención de encontrarse conmigo, ¿por qué la tendría? Ella me salvó, no me debe nada. Me paso la mano por la cara y me doy la vuelta.

El móvil vibra en el bolsillo de mis pantalones y lo saco para ver los mensajes de Gregory:

Cucaracha: ¡Fiesta de inauguración del piso!

Nos vemos esta noche, loseeer. Y guarda mi teléfono con otro nombre o te daré una patada en el culo.

Bufo y escribo una respuesta.

Yo: Sigue soñando, cucaracha. ¿A quién has invitado?

Cucaracha: A unos amigos de mi facultad. Tengo que presentarte en la sociedad, ponte tu mejor traje.

Acabo de llegar y Gregory ya lleva un año en esta universidad, así que ya tiene un círculo social y muchos amigos, mientras que yo solo lo tengo a él. Me he perdido las dos primeras semanas de clase mientras me recuperaba, así que la mayoría de las personas de mi carrera han hecho sus grupos, y de nuevo, me he quedado fuera. Nunca se me ha dado bien hacer amigos. En el instituto, conocí a todo el mundo a través de mis hermanos. Sus amigos terminaron siendo los míos porque yo estaba ahí. No me quejo, mis mejores amistades fueron el resultado de eso, pero nunca he tenido amigos que haya hecho por mí mismo. Supongo que ha llegado el momento de que eso cambie.

Yo: ¿A cuántas personas has invitado?

Gregory: Los números son solo figuras plasmadas en el espacio.

A veces me pregunto si todo está bien en la cabeza de Gregory. No he conseguido descifrar cómo funciona su cerebro.

Suspiro y lo llamo. Se escucha un barullo que me hace preguntarme si de verdad ha ido a clase o solo anda por ahí con sus amigos.

—¿A cuántas personas?

—¿Doce y media? —Se ríe y eso solo me hace entrecerrar los ojos.

—¿Y media?

—Una de las chicas trae a su perrita.

Eso lo hace más llevadero, me encantan los perritos.

—¿Cómo se llama la perrita?

—Cookie.

—Está bien.

Él me dice algo más y cuelga. Me doy cuenta muy tarde de que ha usado mi debilidad por los perritos para distraerme, seguro que llena el piso de gente. Supongo que será mi oportunidad para socializar.

En el camino de vuelta a la clase, el pasillo está lleno de gente. Algunos me miran con curiosidad, otros con pena. Aunque los moretones han desaparecido, aún quedan los puntos que me han tenido que dar en el lado izquierdo de la mandíbula y cerca del ojo derecho. Así que bajo la mirada y finjo revisar mi teléfono.

Cítrico...

Levanto la mirada al sentir un aroma a perfume cítrico. Me lleva de inmediato a esa noche, al frío, al dolor, a ese suave susurro entre todo:

«Estarás bien».

Cuando me giro, veo a un grupo de chicos y chicas que acaban de dejarme atrás y se han mezclado con la multitud. Me quedo mirándolos, parado en medio de todos, pero solo alcanzo a verlos alejarse.

«Basta, Apolo».

Sigo mi camino, pero mi mente vuelve a quedarse estancada en ella.

«¿Te encontraré algún día, Rain?».

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DOS

APOLO

Gregory no sabe sumar.

No hay modo alguno de que esto sean doce personas. He contado más de treinta y, si no fuera por el gran espacio de nuestro piso, de verdad, no entraría tanta gente. El grupo más grande está en el salón jugando a qué sé yo, me he entretenido con Cookie, la perrita que ha traído Tania, una de las amigas de Gregory.

—Gregory nos ha hablado mucho de ti —comenta la chica mientras yo estoy inclinado para acariciar a Cookie—. Psicología, ¿eh?

—Así es —le digo amablemente.

Tania me sonríe antes de coger en brazos a Cookie y alejarse.

Me he dado cuenta de lo poco expresivo que he sido desde que he llegado a la universidad. Tal vez sea la adaptación a toda esta nueva experiencia y el hecho de que no conozco a nadie aparte de a Gregory, o puede ser lo que me pasó con ese ataque. Pero definitivamente no estoy hablando con nadie ni pillando el ritmo de nada, la gente termina cansándose de intentar que fluya la conversación conmigo y se aleja. No los culpo. Esto de socializar sigue sin ser mi fuerte.

—¡Apolo! —La voz de Gregory que llega desde el salón me lleva a hacer una mueca—. ¡Ven! ¡Apolo!

Finjo una sonrisa y camino hacia el grupo que está en el salón. Tania se ha sentado al lado de un chico moreno que le pasa el brazo por detrás para abrazarla de lado y creo que recuerdo que, cuando me los presentaron, me dijeron que eran novios. Kelly está con otras dos chicas y hay cuatro chicos cuyos nombres no puedo recordar claramente, eso suele pasar cuando te presentan a más de treinta personas en menos de media hora.

—¡Todo el mundo al salón! —llama Gregory, y yo suspiro al llegar a su lado y enfrentar a toda esta gente. Todos van muy bien vestidos, algunos son tan bromistas y alocados como mi compañero de piso.

—Ya os he presentado a este chico. —Gregory me pasa el brazo por los hombros y me abraza de lado—. Cien por ciento recomendado. —Les guiña un ojo a las chicas—. Está soltero.

Me libero de su agarre y me sonrojo.

—Para.

—¿Qué? ¿Por qué crees que hemos hecho esta fiesta?

Mis ojos indagan entre la gente y pasan por Kelly, quien me mira, sonríe y le susurra algo al oído a otra chica. Sigo observándolos a todos y mi mirada se cruza con unos ojos oscuros muy bonitos casi escondidos dentro de una capucha roja, su pelo negro escapa de la capucha y es la única chica que no va vestida casual, sino deportiva. La sudadera roja que viste tiene la insignia de la universidad y le queda un poco grande, así que casi cubre los shorts que lleva debajo. Su rostro mantiene una expresión calmada mientras me mira directamente a los ojos y yo trago saliva con dificultad porque es preciosa. Me quedo mirándola como un bobo y ella frunce las cejas.

—¿Apolo? —La voz de Gregory me hace apartar la mirada finalmente.

—¿Ah?

—Que si quieres decir algo para que te conozcan un poco más.

—Eh... —Todos me observan y vuelvo a tragar saliva, porque no sé qué decir, no quiero avergonzarme delante de toda esta gente. Kelly se pone de pie.

—Apolo estudia Psicología, le encantan los perritos y aparta la mirada en las partes sangrientas de las películas de terror —dice Kelly y todos se ríen un poco—. Vamos, a seguir la fiesta.

—¡Buuu! Siempre arruinas mis momentos —dice mi compañero.

Gregory le enseña los pulgares hacia abajo antes de ir hacia ella. Kelly me lanza una sonrisa sencilla y siento la necesidad de agradecerle que me haya salvado de esa situación. Creo que ha sido la única que ha notado lo incómodo que estaba al tener la atención de todos. También me ha sorprendido que haya notado que miro hacia otro lado en las partes sangrientas de las películas de terror; Gregory, ella y yo vemos películas los jueves, un ritual que él se ha empeñado en mantener. Es como si ella me observara mucho más de lo que he notado, ¿por qué? Vuelvo a mirarla y Gregory la besa en la mejilla con cariño y ella me lanza una mirada rápida antes de centrarse en Gregory. Sacudo la cabeza, ella solo está tratando de ser amable conmigo, eso es todo.

Necesito aire fresco, así que salgo al balcón. Las luces de la ciudad se ven brillar en todo su esplendor desde nuestro séptimo piso. En la distancia puedo ver el campus de la universidad, mi nuevo hogar, donde me pasaré horas estudiando. Echo de menos mi casa, y aunque no queda tan lejos, no puedo estar yendo cada fin de semana, así se me hará más difícil acostumbrarme. Quienes me rodean siempre me han considerado alguien sensible y he tenido la suerte de que mis hermanos nunca me hicieran sentir mal por eso. Para nadie es un secreto que un hombre llorando al ver una escena triste de una película o en determinada situación podría ser causa de burla, por esa creencia machista de que tenemos que ser fuertes y que nuestra masculinidad se verá afectada si mostramos cualquier emoción.

Por eso y por muchas otras razones, decidí estudiar Psicología. La mente humana es compleja, aún tan inexplorada, y quiero ayudar a todas las personas que pueda. Al principio quería estudiar Veterinaria, pero cuando fui a un hospital veterinario para ver en directo cómo sería mi trabajo, salí con el corazón en pedazos. Sí, había muchos animales que se salvaban y estaban felices, pero a otros no les pasaba eso. Ese día me di cuenta de que no podría manejarlo, no podría poner a dormir para siempre a animalitos que lo necesitaban, no podría enfrentar la muerte de la mascota de alguien si algo salía mal. Me conozco muy bien y sé que, con el paso del tiempo, cada muerte me habría destrozado un poco, así que aquí estoy.

—¿Estás bien?

He estado tan absorto en mis pensamientos que no he notado que esa chica guapa de ojos negros con la que me he quedado embobado hace unos minutos ha venido al balcón.

—Sí, estoy bien.

—No parece que lo estés pasando muy bien. —Ella se acerca y se queda a mi lado, frente a la barandilla del balcón.

—No soy de fiestas —admito.

Ella sonríe.

—Pues tienes que acostumbrarte, porque Gregory... —Hace una mueca dramática—. En la universidad le dicen Party Monster.

—No me sorprende, la verdad.

Ella me tiende la mano.

—Soy Charlotte, pero mis amigos me dicen Char.

Se la estrecho.

—Mucho gusto, Char, supongo que ya sabes mi nombre. Gregory se lo ha estado diciendo a todo el mundo cada cinco segundos.

Ella me suelta la mano.

—Sí, Apolo.

Mi mirada baja a sus labios cuando dice mi nombre y trago saliva con dificultad.

—Bueno, Char, ¿cómo has terminado siendo amiga de la locura andante que es Gregory?

—¿Quién no termina siendo amigo de Gregory? —bufa—. Es una molestia, es escandaloso y no se calla ni debajo del agua, pero siempre te lo pasas bien con él y te ríes muchísimo. Es el alma de la fiesta, ya sabes.

La entiendo perfectamente. Gregory ha sido así desde el instituto. Ella vuelve su mirada a la vista de la ciudad, así que hago lo mismo antes de hablar:

—Yo soy lo opuesto a Gregory.

—Y eso está bien —responde—. Si todos fuéramos iguales, vaya mierda aburrida que sería el mundo.

Suspiro.

—No lo sé, a veces quisiera ser un poco más... extrovertido.

—Nah. —Ella me mira de nuevo—. Estás bien así.

—No me conoces.

—Es verdad, pero la primera impresión que me has dado ha sido buena.

Me giro por completo hacia ella y descanso el antebrazo sobre la barandilla.

—¿Y cuál ha sido esa impresión?

Ella también se gira para quedar frente a frente.

—Eres un chico callado y de buen corazón al que no le gusta ser el centro de atención. También he notado que tu mente parece estar tan ocupada pensando cosas que te desconectas de todo, y por eso te cuesta tanto hacer amigos. Disfrutas de estar contigo mismo en tu cabeza.

—Guau, ese es un análisis demasiado profundo, ¿no crees?

—Estoy en tercero de Psicología. Creo que, si ahora no estuviera haciendo análisis profundos, sería un fracaso.

—¿Estudias Psicología?

—¿Por qué te ves tan sorprendido?

—Pensaba que Gregory solo había invitado a gente de su facultad de Ingeniería.

—El alcance de la personalidad escandalosa de Gregory no respeta límites de facultad.

—Ya veo.

—Así que no dudes en pedirme ayuda cuando necesites algo. Primero puede ser pesado, pero estoy a tu disposición.

Me la quedo viendo y noto la madurez de sus palabras y su expresión.

—¿Por eso has salido aquí, al balcón? —le pregunto, curioso—. ¿Para analizarme?

—Eso es un mito. Que estudies Psicología o seas psicólogo no significa que estarás analizando a todo el mundo todo el tiempo, solo quiere decir que tienes una compresión más avanzada respecto al comportamiento y el razonamiento humano.

Escucharla hablar así hace que me quede embobado mirándola otra vez. Es guapa, inteligente y estudia lo mismo que yo... ¿Sería muy osado de mi parte invitarla a salir? ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que me diga que no? Bueno, podría espantarla y ella parece ser la única persona con la que he podido charlar esta noche.

«No lo arruines pensando con el pene, Apolo».

—¿Qué? —me pregunta cuando me quedo callado—. ¿Tengo algo en la cara?

—Eres muy guapa.

«Bien, Apolo, a la mierda lo de no arruinarlo, ¿eh?».

Pero ella no parece incómoda y me ofrece una gran sonrisa.

—Muchas gracias, Apolo.

—De nada —digo rápidamente.

Silencio.

Ella da un paso hacia mí y luego otro hasta que solo queda un espacio mínimo entre los dos. Ella se acerca y me da un beso en la mejilla.

—Te veré por ahí, Apolo.

Me lanza una última sonrisa y vuelve dentro del piso.

Me pongo la mano en el pecho y me doy cuenta de que se me ha acelerado el corazón un poco. Si se acerca así, ¿qué espera que le pase a mi sistema cardiovascular? Ya estoy sonando como Ares, me ha afectado pasar el verano con él y sus estudios interminables de Medicina.

Vuelvo al piso y parece que se ha desatado algo de lo que no tengo ni idea. Todos están bailando y cantando a todo pulmón una canción que no me sé. Me quedo en una esquina observándolos y mis ojos inquietos buscan a Char, pero ya no está y sin querer me quedo viendo a Kelly. Ella está bailando con sus dos amigas, se agarra el dobladillo del vestido y se lo sube a los muslos de manera sensual mientras menea las caderas. Aprieto los labios e intento mirar a otro lado, pero siempre vuelvo a verla a ella. La forma en la que baila, tan segura de sí misma y de lo sexy que es, no me deja apartar la mirada.

Se suelta el vestido y sube las manos para levantarse el pelo suelto y dejarlo caer lentamente con cada movimiento de su cuerpo. Y, entonces, se gira y sus ojos se encuentran con los míos, una sonrisa pícara invade sus labios y ahora es como si estuviera bailando para mí. Sube las manos por las caderas, la cintura y los pechos de una forma tan sexy que, por un momento, me olvido de que estamos rodeados de un montón de gente.

Ella comienza a caminar hacia mí y sacudo la cabeza, pero me ignora. No deja de bailar en ningún momento, frente a mí. Se muerde el labio y se da la vuelta para menearse ahí... Su trasero comienza a rozarme ligeramente la parte delantera de los pantalones y aprieto los puños, porque estoy disfrutando esto mucho más de lo que debería.

¿Cuándo fue la última vez que me acosté con alguien?

Ella presiona su trasero contra mí y se me corta la respiración. No tardo mucho en tener una erección después de pasar meses sin nada de acción. Tengo que parar esto. La agarro de las caderas con fuerza y la detengo, pero ella se inclina hacia atrás, sus manos me acarician el pelo, puedo ver el perfil de su cara.

—Solo estamos bailando, Apolo.

Mentirosa, ella sabe lo que está haciendo.

Clavo los dedos en sus caderas con fuerza para susurrarle al oído:

—Deja de provocarme.

Presiono la erección contra ella y la oigo jadear.

—O si no, ¿qué? —tantea—. ¿Vas a castigarme?

Sus p

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