CAPÍTULO 1
Tepito, México
VALENTINA
—En cuanto termine de cortarte las puntas podrás irte.
Mi tía recoge con delicadeza mi larga melena morena y le pasa el peine en toda su longitud. Hace pinza en los extremos con los dedos y agita las tijeras.
—Me fío de ti, tía.
Sin embargo, miro sus manos con ansiedad a través del espejo y, justo antes de que empiece a cortar, le indico a toda prisa:
—Pero no más de dos o tres centímetros, ¿eh? Solo las puntas.
Mi tía suelta una carcajada y le lanza una mirada divertida a mi abuela, que nos observa cómodamente sentada en el sofá.
—Cada vez que hago esto, tengo la impresión de que esta niña cree que voy a hacerle una desgracia.
Mi abuela me mira con aire travieso mientras se recoloca el poncho multicolor que cubre sus hombros. Tras tomar un sorbo de café responde con voz suave:
—Muéstrate indulgente con ella, después de todo te está confiando su bien más preciado.
Aunque a Abuelita mi reacción le resulte cómica, me niego a tener que contemplar un corte de pelo horrible ante el espejo todas las mañanas.
Tía Carmen apoya una mano en mi hombro para reconfortarme y me guiña un ojo. Sabe que me pongo de los nervios por nada. Desde hace cinco años dejo mi melena en sus manos, y jamás me ha decepcionado. A pesar de lo cual siento una leve opresión en el pecho cada vez que oigo el ruido de las tijeras cortándome las puntas.
Dirijo la mirada hacia el crucifijo que mi abuela colgó en la pared. Está flanqueado por un cuadro que reproduce una fuente con fruta y una foto mía de cuando era una quinceañera. Recientemente, otras instantáneas se han sumado a las paredes. Paloma, mi prima, me regaló una cámara de fotos de ocasión el día de mi decimoséptimo cumpleaños. Desde entonces, de eso ya hace dos años, capturo las instantáneas de vida que comparto con ella, con tía Carmen, con mi abuela y con nuestros vecinos.
—¿Dónde está Paloma? —pregunta Abuelita.
—Trabajando —responde mi tía sin inmutarse.
Me alisa el pelo con la palma de la mano y examina el resultado antes de acortar un mechón rebelde.
—Acabará muerta si sigue trabajando tanto —comenta mi abuela con un suspiro.
—Ha tenido mucha suerte de encontrar ese empleo —protesta Carmen—. Yo también la echo de menos y me inquieto cuando no está aquí. Pero necesitamos el dinero. Los cursos en la universidad no son precisamente gratis, por si no lo recuerdas.
Percibo cierto matiz de amargura en su voz y bajo la vista al instante. Ella añade:
—Y eso también va por ti, Valentina. Has de llevar mucho cuidado cuando estés ahí fuera. Tepito no perdona, lo sabes muy bien.
La inquietud le deforma las facciones.
—Lo sé, tía. Siempre procuro ser prudente.
Suspira con dulzura, como si sus propias palabras no bastaran para tranquilizarla. Mientras sigue cortándome las puntas, yo sé que está pensando en Fernando, mi tío, y en Rafel, mi primo. A ambos nos los arrebató la violencia que reina en nuestras calles. Basta con estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.
—Lo que pasa es que…
Le tiembla la voz. Inspira profundamente para contener un sollozo.
—Precisamente… En fin, cada vez que os veo salir, a Paloma y a ti, me angustio. Ya lo sabéis, no paro de rezar por vosotras, para que no os pase nada.
De eso no me cabe la menor duda, somos la única familia que le queda a tía Carmen.
—No la agobies —tercia mi abuela—. Valentina es fuerte, como tú. Se las apañará.
Mi tía deja de cortarme el pelo por un instante, indecisa.
—Llevaré cuidado, tía —murmuro con la esperanza de tranquilizarla.
Sé que, por desgracia, mis palabras nunca serán suficientes. No dejará de tener miedo mientras todas sigamos en Tepito. Por eso Paloma y yo hacemos todo lo posible para labrarnos un futuro mejor.
Nos criaron al mismo tiempo, siempre hemos estado juntas. Paloma nunca ha estado sin Valentina, y Valentina nunca ha estado sin Paloma. Nuestros días han transcurrido jugando en las calles de Tepito y durante las noches hemos compartido nuestros secretos. Sinceramente, no me imagino la vida sin ella. ¡Por eso me gusta tanto que tía Carmen y ella vivan justo enfrente de mi casa!
Desde que consiguió ese trabajo de camarera en un bar, cada vez pasamos menos tiempo juntas. La verdad es que yo también ando muy ocupada con mis estudios y mi trabajo a media jornada en un restaurante de comida rápida. Apenas nos vemos durante la clase de Español de la universidad, en la que ambas coincidimos. Reconozco que esta separación se me hace un poco dura. La verdad es que la echo tanto de menos…
—¡Ya está! He terminado.
Aterrizo de nuevo en cuanto noto los dedos de mi tía deslizándose por mis mechones morenos, que ahora lucen lisos y brillantes.
—¡Gracias, tía! ¿Has visto, Abuelita? Parece que no me haya cortado nada —exclamo maravillada mostrándole mi larga cabellera.
Mientras mi abuela se troncha de risa leyendo el periódico, mi tía me toma el rostro entre sus manos y me deposita unos cuantos besos en las mejillas, en la nariz y en la frente.
—Vale —le digo entre risas, tratando de zafarme de ella—, tengo que irme, en serio. ¡Besos, Abuelita! ¡Besos, tía!
Les estampo un beso en la frente a cada una —siguiendo un ritual que practico desde que era muy pequeña— y me dirijo a la puerta de entrada. Me pongo los zapatos, cojo mi rímel y me aplico un último toque.
—Decididamente —exclama mi abuela riéndose y sacudiendo la cabeza—, esta niña no puede negar que es de la familia. Carmen, ¿te acuerdas de cuando tu hermana y tú os maquillabais a mis espaldas? ¡Nos volvíais locos a tu padre y a mí!
Aunque mi pasión por la belleza nació con Paloma, me encanta decirme a mí misma que procede un poco de mi madre… Y Abuelita sabe que adoro que nos compare a ambas. Perdí a mis padres cuando tenía tres años, y todo cuanto me queda de ellos son algunos recuerdos dispersos y estos retazos de información que mi abuela me proporciona de vez en cuando.
Tras dedicarle una última sonrisa a mi familia, cojo mi bolso de cuero negro, algo abultado a causa del uniforme de trabajo, y salgo del apartamento.
Mientras avanzo por la acera, dedico unos instantes a observar mi barrio. Vivimos atrapados en estos estrechos callejones, entre casuchas deterioradas que dan fe de que vivimos en la pobreza. Los edificios no son muy altos, pero albergan a numerosas familias. Sobrevivimos hacinados en pequeñas habitaciones, a la espera de que la vida nos ofrezca mejores oportunidades. La pintura se desconcha en las fachadas de vivos colores, ahora abarrotadas de grafitis. Aquí, lentamente, los cárteles están empezando a reescribir las leyes delante de nuestras narices, y ya estoy viendo caer a jóvenes con los que crecí.
Me detengo frente al mercado y casi choco con el señor Suárez, uno de mis vecinos. Regenta el Malu, el pequeño colmado del barrio donde habíamos trabajado Paloma y yo cuando éramos más jóvenes. A modo de salario nos regalaba un montón de caramelos. ¡Y a nosotras nos parecía la mar de bien!
—¡Valentina! A ver si miras por dónde vas, que ni te he visto —exclama.
—Lo siento, señor Suárez. Iba pensando en mis cosas.
Refunfuña algo contra los jóvenes bajo su frondoso bigote y me hace reír. ¡Adoro al señor Suárez! Paloma y yo incluso hicimos de celestinas entre Abuelita y él, pero sin éxito. Enseguida comprendimos que ella jamás podría olvidar a mi abuelo, su primer amor.
—Vas de camino al trabajo, ¿no?
—Sí, tengo que llegar a la parada de autobús. Ya se me está haciendo tarde.
El señor Suárez abre mucho los ojos y casi me empuja para que no me entretenga.
—¡Pues entonces date prisa, hijita! Y, sobre todo, ten mucho cuidado —me aconseja.
Le sonrío y me apresuro a llegar a la parada, sorteando los desechos que se amontonan aquí y allá. Tras subir por los pelos al desvencijado autobús, constato que las calles de Tepito han cambiado mucho. Lo que ya era de por sí un barrio pobre se ha convertido en un lugar de miseria y de miedo.
Un lugar del que quiero huir.

Cuando empujo la puerta del restaurante veo que no hay muchos clientes. La velada promete ser tranquila.
Arrastro los pies hacia la recepción y saludo a Perla, que está tras la caja registradora, haciendo globos con su chicle. Me responde con un movimiento de cabeza y se acomoda el pequeño micrófono delante de la boca. Dejo atrás la barra, camino de los vestuarios, y me fijo en que está hablando por teléfono con su chico. Sabe que no puede hacerlo, pero, cuando Enzo, el encargado, no está, se permite más de una licencia. Me gustaría tener su audacia.
—No te molestes en mirar el plan del día —me anuncia—, Enzo nos ha pedido que hagamos inventario.
—No lo estarás diciendo en serio, ¿no? ¿Cuándo ha dicho eso?
—Hace diez minutos, a todo el grupo.
—Se encoge de hombros con gesto resuelto, me da la espalda y reemprende la conversación con su noviete. Contrariada, empujo la puerta de los vestuarios y descubro que, efectivamente, han rehecho el plan de trabajo.
Maldita sea… ¡No creo que termine hasta pasada la medianoche! Aunque ¿de qué me extraño? ¡Seguro que Enzo ha aprovechado que tenía que salir para pasarnos el marrón y escaquearse!

Echo un vistazo al reloj: ya es más de la una de la madrugada y justo acabo de cambiarme en el vestuario. No es habitual acabar tan tarde, salvo las noches de inventario. ¡Al menos estaré tranquila hasta el año que viene! En cuanto me pongo la chaqueta, siento el cansancio de la jornada. Trato de ignorar el olor a fritura en mi ropa y de olvidar la actitud desagradable de ciertos clientes. Este trabajo me pesa, pero por el momento tengo que seguir sufriéndolo. Alguien tiene que hacer frente a nuestras necesidades. Abuelita ya no está en condiciones de trabajar por su dolor de espalda, aunque hace lo que puede para ayudarme. Desde hace unos meses borda unos pequeños ponchos para los vecinos. El señor Suárez le ha instalado un expositor en la entrada de su colmado. No es suficiente, pero nos aporta algunos pesos más.
Pronto todo cambiará. Estoy totalmente decidida a dejar esta ciudad en la que me siento prisionera. Tengo muy claro cuál es mi objetivo: obtener un diploma de arquitecta y marcharme a Estados Unidos con mi abuela, mi tía y mi prima.
Así tendremos una vida mejor.
En cuanto acabo de cambiarme, arrastro los pies hasta el reloj de fichar y me voy del local tras despedirme con la mano de Perla, que va al encuentro de su chico en el aparcamiento.
Una fresca brisa me acaricia el rostro mientras me dirijo a la estación de autobuses. Espero con desesperación el momento en que me zambulliré en mi cama. Paloma también debe de haber acabado su turno. Nunca he podido ir a verla porque nuestros horarios resultan incompatibles, pero esta noche, precisamente, he decidido desviarme… Sé que trabaja en el barrio de Roma Norte, en Casa Ramba. ¡Y así por fin tendré ocasión de satisfacer mi curiosidad!
Sin pensármelo dos veces, subo al autobús que pasa por el sur de México y ocupo la plaza que está detrás del conductor. Siento un malestar corriéndome bajo la piel, pues hay dos hombres sentados al final del autobús que hablan muy alto y parecen estar muy borrachos. Tanto que no me prestan atención. Todo va bien, pero permanezco alerta, como todas las noches.
Mecida por el balanceo del vehículo, apoyo la cabeza en el cristal que hay a mi izquierda.
Espiro lentamente. Quizá tendría que haber regresado a casa tranquilamente y pasar por casa de Paloma mañana por la mañana. No sé por qué me ha dado por ahí…
Mientras trago saliva, me digo a mí misma que en esta ciudad nadie está a salvo. Entre los ajustes de cuentas de los cárteles y las distintas modalidades de narcotráfico que incitan a los más jóvenes a optar por el dinero fácil, nunca ha sido sencillo sobrevivir en Tepito.
Actualmente la ciudad está bajo el control del cártel de los Rivera, pero el de los Cruz está ganando terreno…
CAPÍTULO 2
Rubén
VALENTINA
En el barrio de Roma Norte abundan los restaurantes, bares y terrazas llenos de animación. Las luces de los últimos establecimientos abiertos iluminan la calle a mi paso. Cruzo los brazos sobre el pecho para mantener mi chaqueta bien pegada al cuerpo y miro el reloj.
Son casi las dos de la madrugada.
Es tarde… Demasiado tarde. A esta hora la ciudad se queda desierta, silenciosa y oscura.
—¡Señorita! —me interpela una voz masculina desde la otra acera.
El corazón me da un vuelco. ¡Mierda!
Un grupo de hombres, ocupados en fumar y jugar a las cartas en el banco de la parada de autobús, me observa con atención. Aprieto los labios, tratando de mitigar el temblor que me sacude por dentro. No parece que yo les interese especialmente, están pendientes de la carretera. Por su actitud, diría que se trata de vigías, que avisan a los traficantes en caso de que pase un coche de la policía.
Evito su mirada y no les respondo.
—¡Señorita!
¡Ay, Dios! Vale, solo tengo que girar a la izquierda en el próximo cruce. Aprieto el paso, pero en ese instante un coche gira delante de mí, y los hombres silban para dar la alerta. Ignoro qué puede haberlos inducido a pensar que el conductor —un individuo con camisa de flores que está mordisqueando un palillo— es un poli, ¡pero aprovecharé que ha llamado su atención!
Sin pensarlo dos veces, giro rápidamente la esquina, casi sin aliento por las prisas, y enseguida distingo el cartel de casa ramba en neón rojo iluminando la calle con una luz cruda. Una música bailable escapa del local cuando una chica empuja la puerta. Tiene pinta de haber bebido más de la cuenta y va cogida del brazo de un hombre que sin duda le dobla la edad.
Me detengo frente a ellos, con los ojos muy abiertos.
—¿Puedo ayudarte en algo?
Me giro en dirección a la voz grave que acaba de interpelarme. Sentado en un taburete, un fornido portero de discoteca tiene las manos apoyadas en los muslos y me mira con aire escéptico. Me da la impresión de que el traje le viene más bien pequeño, pero no creo que este sea el momento más oportuno para hacérselo notar.
—Hummm…, sí, buenas noches —respondo visiblemente nerviosa—. ¿Está Paloma?
—¿Y tú eres…?
—Su prima, Valentina. Ella suele acabar su turno sobre esta hora.
Para mi gran sorpresa, me parece notar que se le suavizan las facciones. Extiende el brazo y empuja la puerta de entrada tras de sí. Con un gesto de la barbilla me invita a pasar al interior.
En cuanto doy el primer paso ya veo por dónde van los tiros. La luz roja, la música que me hace vibrar el corazón y las chicas que bailan sensualmente en medio de la pista me indican con toda certeza que acabo de adentrarme en un mundo desconocido.
Casa Ramba no es un bar, sino un club nocturno.
Frunzo el ceño a medida que voy recabando nuevos datos. Hay demasiado alcohol, pero eso no es lo que más preguntas me suscita. Cerca de mí, una chica con los pechos al descubierto, acompañada de su grupo de amigos, forma una línea de polvo blanco con su tarjeta de crédito sobre una mesa de cristal mientras los demás la observan. A continuación, sacan un billete, lo enrollan, esnifan el producto y se dejan caer en el sofá sin parar de reír.
Un pánico sordo me revuelve el estómago. «¿Paloma, aún sigues aquí?».
Intercepto a una camarera que pasa por mi lado y la agarro del brazo, con lo cual me gano una mirada asesina por su parte. Sinceramente, comprendo que haya reaccionado de ese modo, pero es que no tenía otra opción.
—¿Sabes dónde puedo encontrar a Paloma? —vocifero tratando de hacerme oír por encima de la ensordecedora música.
La camarera señala la planta superior con el dedo, se libera de mi presa y sigue su camino en dirección al bar.
Alzo la vista y descubro un espacio privado desde donde la gente, sentada en cómodos taburetes, disfruta de una vista privilegiada de la pista de baile.
Me dirijo temblando hacia la escalera de caracol semioculta que está cerca de la entrada, pero mi avance se ve interrumpido de inmediato por otro gorila que se me planta delante e interpone una mano entre ambos, obligándome a detenerme.
Lo único que se me ocurre decir es:
—Estoy con Paloma. —Me escruta con la mirada durante unos interminables segundos y finalmente tensa los labios en una especie de sonrisa malsana y me deja pasar, sin decir una sola palabra.
Aunque su actitud me sorprende, no tengo la menor intención de perder el tiempo haciéndole preguntas. Enfilo los primeros escalones y al instante me atrapa una espesa humareda acompañada de un fuerte olor a tabaco. Unas bailarinas, prácticamente desnudas, pasan entre un grupo de hombres que discuten al tiempo que deslizan las manos por los cuerpos de ellas. Así es como logro identificar sus tatuajes: escorpiones negros.
Esos tíos pertenecen al cártel de los Cruz.
Paseo la mirada de unos rostros a otros. Algunos beben y consumen drogas, mientras que otros están pendientes de las bailarinas, que se contonean para complacerlos.
¿Paloma será una de esas chicas? Sin embargo, ella nos dijo que trabajaba aquí solo de camarera. Nos lo juró, a mi tía Carmen, a Abuelita y a mí.
Las miradas de los presentes empiezan a reparar en mi presencia. Rezo para no sorprender a Paloma en una postura obscena, pero el corazón se me hiela en cuanto reconozco una melena rubia, teñida por mi tía, en el último sofá. Aun sin luz sé a quién pertenece esa mancha de nacimiento en la parte inferior de la espalda.
Es Paloma.
Sentada en el regazo de un hombre de pelo castaño rojizo, mi prima baila apretando sensualmente las caderas contra él, al ritmo de la música. El hombre desliza las manos por su cuerpo y la invita a desprenderse de los últimos retazos de tela que aún cubren apenas sus partes más íntimas. Cuando él inclina la cabeza para besarle el cuello, clava sus ojos negros en los míos.
Un desagradable estremecimiento recorre mi espalda. Lo sé por el modo en que me mira, y sobre todo por la rabia que hay en su mirada.
A pesar de todo, mis temblorosas piernas aciertan a dar los pocos pasos que me separan de la pareja. Extiendo la mano y la poso con suavidad en el hombro de mi prima:
—Pa… Paloma…
En cuanto se gira, puedo ver cómo se le descompone el rostro. Su cara pasa de una expresión de placer que le sonroja las mejillas a una expresión de pánico que le hace abrir los ojos de par en par.
—¿Valentina? —exclama mientras se sube el sujetador—. Pero… ¿qué estás haciendo aquí?
Se vuelve hacia el hombre, que frunce el ceño.
Mi prima hace un gesto torpe con la mano, como si quisiera explicarme lo que pasa pero no encontrase las palabras. Se aparta un poco del hombre de pelo rojizo, y me percato de que ella está dudando entre levantarse o no. No sabría explicar lo que siento al verla tan sumisa. Me noto un leve dolor en el estómago y una opresión en el pecho. Una mezcla de traición y miedo…
—¿Qué estás haciendo tú aquí? ¿Qué estás haciendo? —le pregunto, desesperada.
—¡Te aseguro que no es lo que crees!
Por fin decide incorporarse y se sube el uniforme de trabajo hasta los hombros para ocultar sus atributos. Cruzo una mirada furiosa con el hombre, que parece tan perplejo como yo ante la actitud de mi prima, que finalmente se libera de su abrazo.
—¿Quién es esa de ahí, puta? —inquiere señalándome con la barbilla.
—Rubén, es…
¿Rubén? Un destello de certeza me hiela la sangre en cuanto me fijo en el escorpión tatuado con tinta negra que asoma tras su nuca.
¡Joder!
—Vamos, puedes largarte, Paloma, ya he acabado contigo.
—¿Lo dices en serio? —balbucea ella, casi decepcionada—. Rubén, espera, solo necesito unos minutos…
—¡Ya me estás tocando los cojones! —le espeta él al tiempo que se levanta—. ¿Acaso crees que tengo tiempo para esto? Venga, vete a tu casa y no vuelvas más.
Es tan alto que nos vemos obligadas a alzar la cabeza, y eso le confiere un aura aún más amenazante cuando nos indica la salida con un gesto brusco.
—Lo siento mucho, Rubén. No digas eso…
Arqueo las cejas, consternada. Paloma parece realmente compungida por la actitud de él, como si para ella fuera más que un mero cliente. Sin embargo, ante el inflexible silencio de Rubén, no insiste. Baja la vista, recupera su bolsito y me empuja precipitadamente a través del pasillo de la planta privada.
Yo quisiera decir algo, pero no es el momento, no mientras ese hombre frío observa cómo nos vamos con su negra mirada, no mientras pasamos por delante de los sofás donde retozan unos criminales, a cuál más peligroso, no mientras los gorilas nos escrutan frunciendo el ceño, no mientras Paloma tiembla de miedo y aprieta el paso para que ambas salgamos del local cuanto antes.
La fresca brisa del exterior sobre la piel me produce el efecto de una bofetada. Ahora estamos solas, en medio de un silencio tenso, por fin libres de aquella música ensordecedora que me ha provocado un terrible dolor de cabeza. O quizá es por el hecho de haber visto a mi prima restregándose medio desnuda contra un psicópata violento. Aquí, en este momento, solo deseo una cosa: verter sobre ella toda mi incomprensión.
Sin embargo, mi instinto de supervivencia se impone y opto por huir de este lugar cuanto antes.
—¿Dónde tienes aparcado el coche? —le pregunto.
—Justo enfrente de la cabina telefónica.
Ella se limita a fulminarme con la mirada y me da la espalda con total frialdad al tiempo que acaba de abrocharse su uniforme de «camarera». Mientras sus altos tacones contra la acera resuenan en la calle, observo que el grupo de vigías ya no se encuentra en la parada de autobús. A pesar de lo cual, la noche sigue pareciéndome igual de amenazante.
Al cabo de unos minutos llegamos a su coche —mejor dicho, al de tía Carmen—, y Paloma abre las puertas con un movimiento rápido. En cuanto entramos, enciende la radio local y la música crepita en el habitáculo. Con este gesto me da a entender que no quiere hablarme.
¿Acaso tía Carmen y ella han contraído más deudas de las que le han referido a Abuelita? ¿Acaso Paloma piensa ayudar a su familia mezclándose con uno de los cárteles más peligrosos de México? ¿Acaso Rubén la ha amenazado?
Tras quince minutos de incómodo silencio, ya no puedo seguir conteniéndome. Trato de serenarme por todos los medios, pues no quiero subirme por las paredes sin antes conocer toda la historia, pero corto la música con un gesto seco.
—¿Puedes explicármelo?
Paloma se muerde los carrillos y se esfuerza en no mirarme.
—Paloma, si crees que vas a librarte de…
—No es nada de lo que piensas —me interrumpe con brusquedad.
Espero un instante, pero ella no añade nada más, sometiendo mi paciencia a una dura prueba.
—¿Y qué debo pensar, entonces? Me gustaría que me lo explicases, porque ando totalmente perdida.
Suspira y se masajea la frente.
—Tú no podrías entenderlo, eres demasiado… En fin, ya sabes.
¿Yo soy demasiado…? Arrugo la frente, y ella suelta el aire con fuerza, como si hablar conmigo fuera la peor prueba de su vida.
—A lo mejor, si te tomaras la molestia de explicármelo, puede que lo comprendiera —le replico con un matiz de agravio en la voz.
—¡Ya vale, déjalo! Sé perfectamente qué piensas de mí en este momento. Escucha, la velada de hoy ya ha sido lo bastante difícil, lo último que deseo en este momento es tener que soportar tus recriminaciones.
—Pero yo no te estoy juzgando, solo quiero entenderlo. Rubén es un miembro del cártel de los Cruz, ¿no es así? ¡He reconocido los tatuajes del escorpión, Paloma! ¿Por qué nos has mentido?
—¡Lo quiero! ¿Vale?
El corazón me da un vuelco.
—Estoy enamorada de él —insiste—. Y no veía el modo de confesarte algo así, cuando tú y yo sabemos que no soportas a esa gente.
—Enamorada —mascullo con la voz ahogada por la confusión. Una oleada de escalofríos me atenaza el estómago—. ¿A quién dices que amas? ¿A quién? ¿A Rubén? ¡Imposible!
Me quedo atónita durante unos interminables minutos. Los ojos color avellana de Paloma se desplazan alternativamente de mi rostro a la carretera, pero soy incapaz de reaccionar. Me ha dejado muda.
—Paloma… Queremos huir de toda esta miseria, ¿no es así? —respondo al fin, señalando la carretera cubierta de escombros—. Acabar el puñetero máster de Arquitectura con las mejores notas y emigrar a Estados Unidos. Ese era el plan, ¿lo recuerdas? Incluso me dijiste que… Tú me dijiste que, cuando estuviéramos instaladas allí, adoptarías un perrito. Es lo que siempre dijimos que haríamos, ¿no?
Ella no responde. Un velo de tristeza cubre su rostro; aprieta los dientes. Mis palabras la han dejado tocada, estoy segura, pero hay algo que le impide sumarse a ese sueño que ambas teníamos.
—Queremos huir de la droga. Queremos huir de Tepito y de sus hombres violentos, ¿no es así? Entonces ¿por qué mezclarse con las movidas de los cárteles?
Paloma reacciona por fin. Aparta los ojos del camino y por un instante sus iris van al encuentro de los míos. Pero lo que veo contrasta de forma brutal con la imagen de ella que conservo en mi mente. Desenfadada. Siempre dispuesta a reír, a hacer travesuras o a asistir a una fiesta organizada por cualquier estudiante con el que había hecho amistad ese mismo día. Ni siquiera tía Carmen era capaz de retenerla. Siempre había pensado que la alegría de vivir de mi prima era inagotable, pese a todas las responsabilidades que había tenido que asumir desde su adolescencia. Al igual que yo, ella lleva trabajando desde los catorce años y desempeña más tareas que cualquier otro estudiante de nuestra edad.
Pero hoy vislumbro en ella otra clase de madurez que nunca me imaginé. No es la Paloma despreocupada que conocía. Al verla sentada en las piernas de ese tal Rubén, he tenido la sensación de que se había dejado vencer por las despiadadas calles de Tepito. El mensaje es claro: nunca saldremos de este infierno. Así pues, estando así las cosas, ¿por qué no bailar con el diablo si ese es el único modo de atravesar las llamas?
—Escucha, Valentina —empieza a decir lentamente—, ha sucedido sin más. Escapa a mi control. Sabía que esto te enfurecería, y, sí, te lo he ocultado. Como ya habrás visto, Rubén no es…
—Por lo que más quieras. No me digas que te has enamorado de ese psicópata. Ni se te ocurra decir algo así, te lo suplico.
—Valentina…
—No, no digas nada. No digas nada —repito en un susurro mientras apoyo el brazo en mi puerta y le doy la espalda.
Durante el resto del trayecto reina un pesado silencio. Se me ha hecho un nudo en la garganta y empiezo a sentirme culpable. Puede que haya sido un poco demasiado dura, solo eso. Pero de algo estoy segura: él no la quiere en absoluto.
Cuando llegamos delante de mi edificio, me cuelgo el bolso del hombro a toda prisa, pero, justo antes de cerrar la puerta, me inclino y miro a mi prima.
—No debemos abandonar los estudios. Dentro de dos años podremos cursar nuestro máster en Estados Unidos. Con nuestras notas podremos ir adonde queramos, y tú lo sabes. No les diré nada de tu trabajo a la tía ni a Abuelita, pero ese tal Rubén destruirá tu vida. ¡Puedes creerme!
Y, tras pronunciar estas últimas palabras, cierro la puerta del coche.
CAPÍTULO 3
Sofía
VALENTINA
Golpeo nerviosamente la mesa con la punta del boli sin apartar en ningún momento la vista de la puerta de la clase. Cada vez que entra un alumno, espero ver a Paloma.
De nuevo nada.
La clase está a punto de empezar. Tengo la sensación de que cada vez me cuesta más respirar, la preocupación me oprime el pecho. Desde nuestro altercado a propósito de Rubén, la semana pasada, prácticamente no hemos vuelto a hablar. Entre nosotras reina la frialdad, y, aunque yo ya no esté furiosa, me siento totalmente perdida sin ella.
Desbloqueo el teléfono y le echo un nuevo vistazo a nuestro chat. Toda la hilera de mensajes que le he dejado sigue sin respuesta. No da señales de vida desde ayer por la tarde.
Estoy cada vez más nerviosa. Suspiro de nuevo y trato de contener las oleadas de paranoia que inundan mis pensamientos. ¿Y si Rubén le ha hecho daño? ¿Y si ella ha visto cosas que el cártel de los Cruz no quería que descubriera? No debí gritarle la última vez que discutimos… ¡Joder, Paloma, respóndeme!
Tecleo un sexto mensaje:
Paloma, estoy preocupada. ¡Respóndeme, por favor!
El cerebro me va a explotar. Necesito salir de aquí. Presa del pánico, empiezo a guardar mis cosas precipitadamente en la mochila. Noto cómo se me quedan mirando, pero soy incapaz de permanecer sentada durante dos horas de monólogo sobre urbanismo.
—¿Valentina? ¿Tú eres Valentina?
Levanto la cabeza de inmediato y me topo con los ojos grises, hinchados y ensombrecidos por unas profundas ojeras de una estudiante con la que creo haberme cruzado alguna vez. Desliza una mano temblorosa por su larga melena morena. ¿Estará a punto de echarse a llorar?
—Hummm…, sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarte? —le pregunto desconcertada.
—¿Puedes salir diez minutos? Quisiera hablar contigo.
No espera mi respuesta; da media vuelta y sale disparada hacia el pasillo. Acabo de guardar mi cuaderno en la mochila, cojo la chaqueta y salgo tras ella, un poco confusa.
Cuando se detiene delante de la fuente, aún me parece más desamparada. Incluso observo cómo se enjuga una lágrima que se desliza por su rostro.
—Hummm…
No logro recordar su nombre.
—Dime, ¿qué sucede? —le susurro mientras poso una mano en su brazo para confortarla.
No creo que surta efecto, pero ¿qué hacer cuando alguien a quien prácticamente no conoces de nada se echa a llorar en tu hombro?
—Creo… creo que conoces a Sofía. Vais a la misma clase.
¿Cómo le digo que apenas he hecho amigos en esta escuela? No es que tenga problemas con mis compañeros y compañeras, a veces charlo y como con algunas chicas de mi clase, como Sofía, sin ir más lejos, pero la mayor parte del tiempo tengo tendencia a aislarme o a estar exclusivamente con Paloma.
—Sí, a veces coincidimos. Si la estás buscando, hoy no la he visto. Lo
