Beautiful Graves

L. J. Shen

Fragmento

Prólogo

PRIMERA PARTE

UNO

Dieciocho.

Todo empieza con un reto en la Rambla.

Con el intento despiadado de mi mejor amiga por llamar la atención de un tipo.

—Te estás suicidando, tío.

Pippa le coge el cigarrillo que tiene entre los labios y lo rompe en dos.

No llevamos ni una hora en Barcelona y ya está buscando una manera creativa de que nos maten.

—Ya está. De nada. Te acabo de salvar del cáncer.

Sacude las mechas californianas y cruza las puertas correderas de una farmacia mientras el chico se queda clavado en el sitio.

—Perdona. Se nos ha olvidado traernos sus modales. —Me quito los auriculares para hablar con el tipo de la acera.

Es la rutina habitual entre Pippa y yo. Ella prende incendios y yo los apago. Es ardiente y caótica, mientras que yo estoy tan desprovista de emociones como una estatua de hielo en una boda regia. A ella le ponen hasta las farolas, y a mí, bueno, sigo pensando que puedo ser asexual, pese a que (¿o quizá porque?) perdí la virginidad hace un par de meses.

Pippa y yo nos conocemos de toda la vida. Coincidimos el primer día de jardín de infancia y nos peleamos por un cubo de un rompecabezas (con el que me pegó en la cabeza, según cuenta la leyenda), y desde entonces hemos sido inseparables.

Yo soy la macabra, la gótica de las botas militares, mientras que ella es la Ariana Grande, luminosa y en tecnicolor.

Fuimos juntas a primaria, a secundaria, al instituto, a los mismos campamentos de verano.

Y, ahora, las dos vamos a empezar en la universidad de Berkeley.

La idea de pasar dos semanas en Barcelona ha sido de Pippa. Una última locura antes de empezar los estudios. Ella es medio española por parte de madre, y tiene una tía, Alma, que vive en Barcelona, así que tenemos casa gratis.

—Vamos a poner una norma nueva. —Me cuelgo la mochila de un hombro al pasar bajo el cartel verde reluciente de FARMACIA: 24 HORAS—. Nada de insultar a la gente de aquí. Como te metas en una pelea, pasaré de largo y haré como que no te conozco.

Es mentira. Me dejaría matar por ella. Pero preferiría no tener que hacerlo.

—Venga ya —bufa Pippa. Coge una cesta verde y va hacia la sección de higiene personal—. Tenemos dos semanas para hacer el loco antes de volver a la realidad. La universidad es una cosa seria, Lawson. Ahora es el momento de meternos en peleas callejeras. Sobre todo, con un tío bueno como ese.

Mete en la cesta champú, acondicionador, pasta de dientes y dos cepillos. Yo añado paracetamol, protector solar e hidratante corporal. No hemos querido traer en la maleta nada que pudiera estallar.

Pippa se detiene en mitad de un pasillo con un paquete de maquinillas de afeitar en la mano.

—¿Aquí venderán la píldora del día después sin receta?

—¿Por qué? ¿Estás pensando en tirarte a cualquiera a pelo?

—Oye, es simple curiosidad. No he dicho que la vaya a necesitar.

Se encoge de hombros, me agarra por la mano y me lleva al siguiente pasillo. Soy consciente de que hablamos cinco decibelios más alto que el resto de los presentes en la tienda. Y no está vacía. Hay una pareja de abuelos que hablan con la farmacéutica, una mujer embarazada que lee la etiqueta de un frasco de laxante, unos tíos con camisetas de futbolista en busca de crema para las escoceduras.

Se detiene en lo que llamamos el pasillo de la Hora Sexy. Pippa pasa una uña larga con dibujos de llamas por los diferentes productos.

—No te olvides de coger condones. —Me mordisqueo el esmalte negro de la uña. Estoy loca por salir de aquí. Quiero meterme en la ducha de su tía y lavarme las doce horas de vuelo, y luego relajarme—. Ya sabes, por si cambias de idea sobre lo de llevarte una clamidia de recuerdo.

—La clamidia es un recuerdo de mierda. —Pippa se vuelve hacia mí con una sonrisa—. Tenemos que llevarnos recuerdos de verdad. Nos vamos a hacer un tatuaje.

—Tú te vas a hacer un tatuaje —la corrijo—. Yo, no.

—¿Por qué? No es que te den miedo las agujas. —Me mira el piercing del séptum y arquea una ceja.

Lo giro hacia dentro de la nariz para que no se vea.

—Los piercings, vale. Un tatuaje es como un compromiso, y no pienso hacérmelo. Por si no te acuerdas, me niego a comprometerme con una marca de cereales.

—Estás más que comprometida con unos cereales —protesta—. Los Reese’s Puffs.

—Por mucho que me encanten los Reese’s Puffs, siempre estoy dispuesta a desayunar un cuenco de Frosted Flakes o de Apple Jacks.

—Apple Jacks. —Se estremece—. A veces pienso que no tienes remedio. Pero da igual, te vas a hacer un tatuaje. Tu madre estará superorgullosa de que te lances.

—Soportaré el dolor de su decepción.

Pero a Pippa no le falta razón. Barbara Lawson, Barbie para los amigos, se derretiría si le digo que me voy a hacer el brazo entero. Tiene tatuajes en casi toda la espalda, en las pantorrillas y en las muñecas. Con citas que significan algo para ella. «Los tatuajes son como papel pintado en una casa pintada de un color discreto», suele decir.

Mi madre nació en Liverpool, en Inglaterra, y se escapó a San Francisco a los dieciséis años. No es la típica madre. Por eso la quiero, no solo como progenitora, sino como persona.

—Ever. —Pippa da una patada en el suelo. Me llamo Everlynne, pero vamos, que la vida es breve—. Vamos.

Cruzo los índices para formar una cruz, como si fuera un vampiro.

—¡Vale, vale! —Pippa hace un gesto de desesperación antes de lanzar un paquete de condones a la cesta—. Nada de tatuajes, pero te voy a corromper. Esto es una intervención. Everlynne Bellatrix Lawson, has sido una niña muy mala. Y cuando digo mala quiero decir buena. Superbuena. De un bueno que da asco. ¡Somos de la generación Z! ¡Llevamos las metidas de pata en el ADN! ¿No? ¡Nos hemos criado con las redes sociales y las Kardashian!

—Yo meto la pata mucho sin necesidad de que nadie me meta nada —digo, aunque las dos sabemos que no es verdad.

En cuestión de rebeldía, soy militantemente aburrida.

—Dejaré correr lo de los tatuajes si me prometes que vas a utilizar uno de estos en el viaje.

Agita los condones. Yo estoy a punto de estallar en llamas de pura vergüenza. Si no lo hago es por no dejarlo todo perdido, además de la escena que estamos montando.

Se oye una risita procedente del pasillo contiguo. Tenemos público. Genial.

—No soy virgen. —Le quito los condones de la mano y los entierro en la cesta, debajo de los tampones y la pasta de dientes.

—No sé, fue con Sean Dunham, yo creo que no cuenta —se burla Pippa.

Se oye un bufido de risa, pero no veo de quién procede porque el lineal de condones se interpone entre nosotros. Es una mierda hablar en este idioma. Estés donde estés, todo el mundo sabe lo que estás diciendo.

—Oye, que lo hicimos todo.

—A cualquier cosa lo llaman todo. Y rompisteis como medio minuto más tarde —replica.

Es cierto. Alarmantemente cierto. No se lo puedo discutir.

—¿Y si no me gusta nadie? —Me cruzo de brazos.

—Nunca te gusta nadie —suspira—. No te estoy diciendo que te enamores aquí. Hazlo por placer, y ya.

La persona que hay al otro lado del lineal ya no disimula las carcajadas. Es un tío, no cabe duda. La risa es grave y ronca.

¿Estás comiendo palomitas, tío?

—Tienes que aprender a jugar en equipo, Ever. Son tus deberes para este viaje: buscar placer con un desconocido. Sin consecuencias. Sin relaciones. Echar un polvo en el extranjero y ya.

Creo de corazón que la persona al otro lado del lineal ya sabe más de lo que tiene que saber sobre mi vida sexual (o la falta de ella), así que le lanzo una mirada asesina a Pippa.

—No me pienso acostar con un desconocido.

—Vaya si lo vas a hacer.

—No.

—Entonces, vamos a hacernos ese tatuaje.

Dejo escapar un gemido, cansada de sus payasadas.

—Vale. Tatuaje. Ve a coger algo para comer, tengo que llamar por teléfono.

—¿A Barbie, para que te dé apoyo moral? No te molestes, se pondrá de mi lado y lo sabes.

Pippa se aleja como un hada, revoloteando y dejando tras ella una estela de risas.

Me saco el teléfono de la mochila y espero a que aparezca la señal de cobertura.

Llamo a mi madre. Lo coge al primer timbrazo, aunque son las a saber de la madrugada en California.

—¡Ever! —gorjea—. ¿Qué tal Barcelona?

—Llevamos aquí menos de una hora y Pippa ya ha intentado armar bronca con un tío, comprar condones y convencerme para que me haga un tatuaje.

—No me digas más: y todo eso te horroriza. —Casi veo la sonrisa en la voz de mi madre.

—Caray, es como si me conocieras.

—Bueno, bueno, nada nuevo en el mundo de Pipper.

Pippa y Ever. Me encanta que nos haya creado un nombre conjunto. Barbie Lawson es la madre más genial del mundo.

—Te echo de menos. —Me muerdo el labio inferior.

—Pues mira. —Se ríe—. Si estoy despierta es porque me ha dado por repasar tus fotos antiguas. No me puedo creer que mi bebé esté al otro lado del océano, en Europa, de viaje con una amiga.

Ugh. No voy a llorar en el pasillo de la Hora Sexy. No.

—Ni yo. En fin. Tengo que irme, mamá. Te quiero.

—Yo también. Hasta el infinito y más allá.

Corto la llamada y estoy a punto de meterme el teléfono en el bolsillo trasero.

Una sombra se cierne sobre mí y bloquea la entrada del pasillo. Alzo la vista. Es el Fumador de la calle. Pippa tiene razón, es guapo. De una manera no llamativa. Parece hecho a medida para mí, dibujado a carboncillo con trazos largos, como un personaje de manga. Es alto, delgado, con un atractivo más que convencional. Su postura se asemeja a la de un girasol marchito, con la cabeza inclinada, como si le costara oír a la gente de estatura normal. Tiene los ojos color azul oscuro y la barbilla cuadrada, y una nariz un poco larga y puntiaguda. La normalidad de la nariz hace que destaquen aún más el resto de sus rasgos impecables. Es la pincelada maestra de la naturaleza: lo hace a la vez atractivo y accesible.

—Globos de agua —se limita a decir. Tiene acento estadounidense.

—Eh…, ¿qué?

Señala la estantería de los condones. La demencial exigencia de Pippa de que utilice al menos uno.

—Llénalos y reviéntaselos sobre la cabeza.

—Eso es cruel.

—¿Cruel? No. ¿Justo? Sí.

—No pueden ser globos de agua. —Me bajo el séptum de la nariz—. Eso es hacer trampa.

Quiero que vea el piercing. No sé por qué, pero quiero que lo vea. Tal vez porque lleva unos vaqueros Levi’s descoloridos y con la pernera doblada a la altura del tobillo, y unas Chucks viejas. O porque me atrae su pelo oscuro revuelto y su camiseta con el lema «Club de los Antisociales: admisión denegada», igual que te atrae un desconocido al que ves leyendo tu libro favorito en el tren.

—No sabía que era un tema de principios morales. —Se le dibuja en la cara una sonrisa caótica. Algo se me derrite por dentro. Algo cálido y pegajoso, y me pesa en el estómago. Dios. No me extraña que Pippa esté obsesionada con los tíos. Esto es como subirse en la montaña rusa más bestia después de atiborrarse de burritos.

De pronto, noto mucho los brazos. ¿Siempre los he tenido tan largos, tan pesados, tan torpes?

—¿Nos estabas escuchando? —pregunto mientras trato de verme a través de sus ojos, con la falda escocesa y el pelo de un naranja implacable. Es el color de una hoja de otoño después de pasar por el horno, pero los pelirrojos somos menos del dos por ciento de la humanidad, así que no tengo valor para teñirme.

Levanta el brazo para mostrarme lo que lleva en la mano.

—He entrado a comprar esto.

—¿Un delineador para los labios? —Arqueo una ceja—. Te pega mucho con las pestañas postizas.

Esboza una sonrisa, que tiene un algo oscuro que me tienta a examinarla más de cerca.

—Vale. —Se encoge de hombros—. He entrado para decirle cuatro cosas a tu amiga, pero me habéis hecho gracia. Llama a la policía.

—Mira, lo siento. —Me río entre dientes—. Pippa es genial, a su manera, a veces te da ganas de taparle la boca con precinto, ya me entiendes.

—Si tú lo dices…

—Lo digo. Claro que lo digo. Y lo repito, si hace falta. Es mi mejor amiga.

Algo me dice que mi comportamiento está siendo de lo más raro, pero no quiero que la conversación termine.

—Sois muy diferentes.

—¿Por qué? ¿Por qué ella es de las populares y yo soy gótica?

—Sí —responde, sin más.

Este tío es un rebelde. Un rebelde de verdad, no como yo, con mi coqueto piercing en la nariz.

—La gente normal no es revolucionaria —sigue—. No traen nada bueno. Lo normal es lo cómodo.

—¿Hay un halago escondido por ahí, en esa frase? —Lo miro con los ojos entrecerrados.

Esboza una sonrisa y de pronto me siento muy ligera. Es como si me fuera a hinchar como un globo y volar por los aires si me sigue dedicando su adictiva atención.

—¿Quieres que lo haya?

A pesar del tono despreocupado, no creo que sea tan indiferente como quiere aparentar. El corazón se me acelera contra las costillas. Pero la esperanza lleva a las peores caídas, así que trato de examinarlo desde todos los ángulos. Puede que se haya acercado por mi atractiva y excéntrica amiga, y pronto me dejará con un colega suyo mientras la corteja. Me he pasado infinitas noches en conversaciones desganadas con diferentes tíos mientras Pippa ligaba. Por lo general no me molesta, pero esta vez, si va detrás de ella, me va a escocer.

—¿Qué estás escuchando? —dice para cambiar de tema mientras me señala los cascos que llevo sobre los hombros.

Pero lo hace justo al mismo tiempo que yo le pregunto:

—¿Estás aquí de vacaciones o…?

Los dos nos echamos a reír. Yo soy la primera en responder.

—La mejor canción jamás grabada en el mundo.

—¿«Never Gonna Give You Up», de Rick Astley? —Abre mucho los ojos en un gesto cómico.

Más risas.

—No, pero de esa década.

—Desafío aceptado. —Se frota las manos. Noto que está interesado—. A ver. —Me recorre con los ojos una vez más, muy despacio, como si llevara la respuesta escrita en la camiseta—. Apuesto por «Where Is My Mind», de los Pixies.

—No andas desencaminado. —Giro el teléfono hacia él para que vea la app de iTunes en la pantalla—. «Save a Prayer», de Duran Duran.

—Mierda. Es buena.

—Es la favorita de mi madre. —Sonrío tanto que casi me duele la cara.

—Te toca. —Levanta el teléfono, mueve el dedo por la pantalla y elige una canción—. ¿Qué está sonando en mi iTunes?

—Dame la década.

—Los noventa.

—Sigue siendo muy amplio. —Me apoyo contra la estantería de lubricantes—. Voy a pensar bien de ti y diré que no es «Smells Like Teen Spirit».

—Vaya, muchas gracias. Es británico. —Sonríe.

Frunzo el ceño y pienso.

—«Don’t Look Back in Anger», de Oasis.

—¿Es la respuesta definitiva?

Asiento, titubeante.

—Sí.

Vuelve el teléfono hacia mí y veo que he acertado. Haaala. Joder. ¿He conocido a mi versión masculina?

—¿Cómo lo has sabido? —Me mira de otra manera, como si hubiera aprobado un examen.

—Por mis poderes de deducción. La duda estaba entre Blur y Oasis, y tienes cara de ser de la banda de la clase obrera. Y por el solo de guitarra.

—No, es que es raro conocer a otra estadounidense anglófila… en España.

—Mi madre es inglesa. ¿Cuál es tu excusa?

—Ninguna. —Se encoge de hombros—. Hay gente que nace donde no debe. En la década…, en la era que no debe.

—Muy cierto —me oigo decir—. Ahora te toca a ti responder a mi pregunta.

Su rostro me fascina. Es como si nunca hubiera visto a un ser humano. Esto no es típico de mí. Por lo general, cuando conozco a alguien, cuento los minutos que faltan para decirle adiós. No es que no me gusten las personas. Algunas me caen bien y todo. Pero prefiero estar a solas con mi colección bien elegida de libros, música y mascotas. Son tres cosas que rara vez me fallan.

—No… —empieza el Fumador, pero Pippa interrumpe la conversación con dos bolsas de plástico en la mano.

—Ya está. He comprado una tonelada de chocolate, que voy a tener la regla. ¿Y tú? Desde que vamos sincronizadas es como si me…

Se corta en seco al ver al Fumador (¿cómo se llama?). Vuelvo a morirme de vergüenza. Ahora no solo conoce todo mi historial sexual, sino también detalles sobre el ciclo de mi menstruación.

—Hola… —Inclina la cabeza hacia un lado, confusa.

Él mete la mano en la bolsa de plástico, coge una chocolatina, le quita el envoltorio y se la come de un bocado.

—Hola, ladrona de cigarrillos.

Pippa está boquiabierta.

—¿Qué otras cosas te comes así?

—No quieras saberlo.

—La verdad es que sí quiero.

Le dedica una sonrisa sensual. Él la mira con esa cara de chico malo aburrido que hace que las quinceañeras compren pósters.

Yo miro hacia la nada, nerviosa por si estoy presenciando uno de esos enamoramientos épicos.

De pronto, me doy cuenta de que no quiero que Pippa me cuente cómo besa. No quiero responder con «aaah» y «oooh» y fingir que me alegro por ella cuando llegue lo inevitable y se acuesten juntos. Cuanto más los miro, más se me acumula el sudor frío sobre la piel. Hasta que ya no puedo más. El silencio. La imagen de Pippa y el Fumador besándose en un rincón oscuro de un club nocturno de Barcelona al ritmo de una lenta de los Arctic Monkeys mientras yo tengo que hablar con alguno de sus amigos. ¿Qué pasa con lo de «La gente normal no es revolucionaria»?

Pippa abre la boca, sin duda para coquetear con él, y algo se adueña de mí. La agarro por la muñeca y me la llevo a rastras. Me sigue a trompicones mientras trata de soltarse, pero a mí me impulsa el miedo.

—¿Qué haces? —protesta—. ¡Que ese tío está muy bueno! Quiero volver.

—No. —La farmacia de aire acondicionado nos escupe a la avenida flanqueada de árboles—. No voy a dejar que te calientes y que haya que organizar todo nuestro viaje para que persigas a un tío.

Por lo visto, esa es la razón de la salida repentina. Me la acabo de sacar de la manga, pero ya lo he dicho y en esta colina moriré.

—Ay, Dios, tú estás loca. ¿Por eso lo has hecho? —Se detiene cuando llegamos a la esquina de la calle y se libera de mi mano—. ¿Has pensado que le iba a entrar?

Estamos a un metro de la farmacia. Yo también me paro y miro a mi alrededor.

—O que él te iba a entrar a ti. Qué más da, es lo mismo.

—Tú eres tonta, Lawson, porque he dicho que estaba bueno, pero para ti. Parecía tu gemelo del alma. Nunca he visto nada igual. Mientras hablabais, sonreíais como un par de idiotas. Solo quería asegurarme de que le dabas tu número. Mi mejor amiga no da muestras de estar viva todos los días.

Es mi turno para quedarme sin palabras.

—¿Ha sido por eso?

Me da un golpe en el brazo con una bolsa.

—¡Sí, idiota!

—Pero os estabais mirando…

—Me estaba lanzando una mirada que decía «piérdete». —Se echa a reír—. Y sin disimulo.

Me dan ganas de vomitar. De hecho, creo que tengo un poco de vómito en la boca.

—¿Y por qué no te has largado?

—Para asegurarme de que no la cagaras.

—Ay, Pippa…

—Déjate de «ay, Pippa», vuelve ahí dentro y dale tu número.

—¿Así, sin más? —Parpadeo, paralizada en el sitio.

Me sacude por los hombros.

—Bueno, si quieres más impacto dramático, enséñale las tetas.

Corro como un ave de presa, entro como una exhalación en la farmacia, miro a derecha y a izquierda. Si el Fumador me pregunta qué hago aquí, le diré que he perdido la cartera. Recorro los pasillos. Miro hacia los cuartos de baño. Hasta en la cabina del fotomatón. El Fumador no está por ninguna parte.

El pánico me invade. ¿Y si se ha marchado? No entró a comprar un delineador labial, eso seguro. ¿Y si ya no está? ¿Y si se acabó? Nunca sabré cómo se llama. Dónde vive. Si es de Guns N’ Roses o de Nirvana (y más vale que sea de Guns N’ Roses o tendrá mucho que explicar).

—Fue detrás de vosotras —me dice el farmacéutico tras el mostrador con un fuerte acento español.

Me vuelvo hacia él.

—¿De verdad?

—Sí, corrió. —Sonríe como si pidiera perdón—. Pero tú más.

DOS

Nos pasamos una semana y media comiendo, bebiendo, visitando catedrales y el Camp Nou y Bershka. Pippa se lía con tíos en las discotecas, yo compro todo lo que se me pone a tiro y el Fumador se convierte casi en un mito, en alguien que tal vez no existiera más que en mi mente.

Cuatro días antes de volver a Estados Unidos, conseguimos un viaje barato a Gran Canaria y nos subimos al avión. Pippa no tarda en hacerse amiga de un grupo de chicas estadounidenses que van a bordo, y así es como nos encontramos en una fiesta en la playa la noche antes de tomar el vuelo de regreso.

La luna es grande y blanca. Pende sobre mi cabeza como una inmensa piruleta. La arena es parda y la noto fresca entre los dedos, muy diferente de los granos dorados de San Francisco.

Me siento ante la hoguera mientras la música retumba a través de los altavoces. Hay como cien personas en diversos estados de desnudez y ebriedad, todas bailando.

Pippa está entre ellas, no la veo. Hace veinte minutos se largó con tres chicas de Tallahassee para jugar a no sé qué juego alcohólico.

Bebo un sorbo de la botella de cerveza y pienso en el Fumador. Para ser precisos, pienso en lo brutal y aleatoria que es la vida. En esta época, lo único que me separa de él es su nombre completo. Quiero ser como Gwyneth Paltrow en Dos vidas en un instante. Quiero subirme en el tren. Quiero una segunda oportunidad. Quiero elegir lo correcto esta vez.

Veo detrás de mí una mochila de lona negra, con una libreta que sobresale. Parece abandonada. Tirada, a la espera de un nuevo dueño. Me hormiguean los dedos de las ganas de tocarla. «No hay libro que esta niña no quiera leer», suele decir mi madre cuando quiere presumir de mí, y es verdad.

Soy muy consciente de que está mal leer esto sin permiso. Pero la tentación me trepa por los brazos como si fuera hiedra.

O sea, está tirada ahí, en una playa llena de gente, y en una bolsa abierta. Si fuera algo personal, el dueño no la habría dejado de cualquier manera.

Decido concederle diez minutos al propietario antes de leerla. Si ha ido al cuarto de baño, tendrá tiempo para detenerme. Si está por aquí, significa que no le importa que nadie lea el contenido.

Pasan diez minutos, pasan quince. La cojo y la abro por una página al azar. El corazón me late a toda velocidad. Me siento como una ladrona. Parece como un diario… ¿Un trabajo de clase? Las palabras se juntan, como escritas a toda prisa.

Son las dos de la mañana y cree que va a saltar. Puede que no le quede otra cosa que saltar. Y es patético que una parte de él no quiera saltar porque tiene miedo de lo que vaya a decir su jefe cuando no se presente a trabajar mañana por la mañana.

Ese es el problema. Por eso está aquí, en el tejado. Ha trabajado tanto para ganarse la vida que se ha olvidado de vivir. Ahora, esta frase de filosofía barata que cualquiera podría estampar en una jarra lo ha llevado al borde del suicidio.

Tuvo su ocasión y la desperdició.

Habría debido correr más deprisa detrás de ella.

Y, cuando la alcanzara, la habría debido agarrar por la camiseta, aunque pareciera una locura.

Le debería haber dicho que es perfecta.

Pero no lo hizo, así que ahora tiene que saltar.

Saltar… o hacer algo. Algo aún más ambicioso. Preparar las maletas e ir a Nueva Orleans. A buscarla.

Me escuecen los ojos. Parece una historia corta, o el principio de una novela. Paso las páginas, quiero saber más, pero están en blanco.

Una mano me agarra por el hombro y me sobresalto.

—¡Nada de leer, tía!

Pippa agita los brazos, ebria. Me estremezco de alivio al ver que no es el propietario de la libreta. También siento decepción… por lo mismo.

—Ven a emborracharte, tía. Vive un poco.

Pippa me quita la libreta y la tira al suelo, me hace levantarme y me lleva bailando al grupo de gente. Un círculo de cuerpos bronceados se mueve en torno a nosotros, me atrapa. Muevo los pies a un lado, a otro, torpe, como si me hubieran cosido una piel nueva. Trato de adivinar de quién es el diario. ¿De la chica de las rastas? ¿Del tío del pecho tatuado?

La gente me aparta de Pippa. Ella baila con sus nuevos amigos, canta a gritos la letra de todas las canciones.

Me dirijo hacia el mar. En la orilla está el único tramo de arena despejado de gente. Me detengo. Miro con atención el famoso Neptuno de Melenara. Es una escultura de cuatro metros, que representa a Neptuno saliendo del mar, cerca de la costa. El agua es de un azul metálico. Centellea bajo las estrellas. Me mojo los dedos del pie. La temperatura no es demasiado baja. Podría nadar hasta la estatua. Soy buena nadadora. Mi hermano y yo nos criamos haciendo surf. Renn (su nombre quiere decir «renacido» o «el joven próspero») lo ha convertido en profesión.

Una vocecita interior me dice que soy idiota. Que meterme en aguas desconocidas en medio de la oscuridad es un error propio de gente sin experiencia. Pero la escultura está a menos de treinta metros, y tengo detrás una puñetera fiesta entera. Eso tampoco se puede obviar.

Me quito el vestido, entro en el mar y nado hacia el Neptuno a brazadas fuertes. El agua está revuelta, más fría de lo que me imaginaba. La corriente tira de mí. No me lo esperaba. Desde fuera, el mar parecía tranquilo. Una vez dentro, noto cómo me arrastra, aunque intente nadar en línea recta. Levanto la cabeza para ver a qué distancia estoy de la estatua y me doy cuenta de que me he desviado cinco metros hacia un lado.

Se me pone la carne de gallina. Estoy en apuros y lo sé.

Me doy la vuelta en redondo. En ese momento, una ola gigantesca me lanza contra una roca grande. La golpeo con los pies antes de chocar contra ella otra vez. Se me llena la boca de agua salada, trago un poco. El miedo se transforma en pánico.

«No pierdas el control. Deja que la corriente te arrastre y, luego, vuelve a calcular».

Sé que estas cosas pasan, me hablaron de ellas en los campamentos de verano. Pero, ahora que lo estoy viviendo, me invade el pánico. Empiezo a pedir ayuda a gritos.

¿Y si me ahogo? ¿Y si muero? ¿Y si nunca encuentran mi cadáver? ¿Pensará Pippa que ha sido culpa suya? ¿Su vida también quedará destrozada? ¿Por qué me importa? Es ella la que se ha empeñado en que viniéramos esta noche.

«Mamá. Mamá. Mamá».

Sería un golpe terrible para mi padre y para Renn, pero mi madre no sobreviviría.

No puedo morir. Lo asumo y empiezo a resistir, aunque sé que las probabilidades están en mi contra.

Las corrientes son fuertes, pero nado, trato de mantener la cabeza sobre el agua y ver dónde está la orilla. Otra ola me pasa por encima. Me manda unos metros más allá. Dejo que me arrastre, saco el cuello y parpadeo para mirar en la negrura que me rodea. Tardo unos segundos en darme cuenta de que la ola me ha acercado a la playa. Veo una sarta de luces doradas parpadeantes. Siento un alivio inmenso. Empiezo a nadar. Me queman los músculos, estoy tiritando, pero la adrenalina amortigua el dolor. Soy una sirena que escapa de los piratas que quieren destriparme.

Cuanto más me acerco, más noto que me crece la esperanza en el pecho. De pronto, unos brazos me agarran desde arriba. Me cogen por las axilas y tiran de mí. Me quedo inerte, un peso muerto, mientras me cogen al estilo luna de miel y me estrechan contra un pecho cálido y seco.

—¿La tienes? —pregunta una voz con acento español.

—Sí.

—¿Está…?

—No lo sé. —El acento de esta es estadounidense—. Ayúdame a llevarla a aquel árbol, vamos a ver.

Momentos más tarde, me envuelven en una manta cálida. Estoy tan agotada que no puedo abrir los ojos. Una linterna me ilumina la cara, la veo a través de los párpados. Hago una mueca.

—Para, por favor.

—¿Cuánto tiempo has estado en el agua? —pregunta Acento Español.

—Siete, ocho minutos.

Más que hablar, toso las palabras. Aún tengo los ojos cerrados. Noto los brazos que me rodean. Por lo general, rechazaría la proximidad de un desconocido, pero estos brazos tienen algo que encaja conmigo. Como si este fuera mi lugar y no otro.

—¿Has tragado agua? —pregunta Acento Español.

Me habla justo delante de la cara. Le huele el aliento cálido a tabaco de mascar y a cerveza.

—No mucha. —Escupo un poco más.

—¿Estás herida?

—Herida, no. Solo… cansada.

—Abre los ojos, abre los ojos, chica.

Consigo abrirlos. Un hombre de piel bronceada con una barba blanca, que parece de piel de cordero, me mira mientras me apunta con una linterna.

—Estoy bien —digo.

Empiezo a mover las manos, los pies, a girar el cuello. Estoy jadeante y asustada, pero bien. Solo ha sido el susto.

—No te he salvado yo. —Hace un ademán con la cabeza—. Ha sido él.

Señala con una uña llena de barro hacia la manta humana que me sostiene. Giro el cuello para ver quién es, pero el movimiento me marea.

Aunque no tanto como para no ver lo más importante.

La parte culminante del viaje.

El que me tiene en brazos es el Fumador.

Y creo que no me va a soltar.

Imagen divisoria

El Fumador me ha salvado.

Está aquí, en Gran Canaria. En la misma fiesta de la playa. Contra todo pronóstico.

Me pellizco el brazo por si estoy alucinando. Sigue aquí, y me he hecho daño. Se da cuenta y se contiene para no sonreír. Sacudo la cabeza. Puede que sea una conmoción. Pero parece tan real, tan vivo, tan cálido con sus brazos en torno a mí…

Durante unos momentos nos miramos y nada más. No hay palabras a la altura de lo que está pasando. Hemos derrotado a todas las estadísticas. Estas cosas solo pasan en las películas.

Le pongo una mano en la mejilla casi por instinto. Es una última prueba para confirmar que no se trata de una ilusión. Le noto la piel áspera, caliente. Casi me sorprende no estallar en llamas. No sé qué me pasa, pero me siento cien veces más viva que hace un minuto.

—Eres tú.

El Fumador pone la mano sobre la mía. Tiene la voz ronca, ahogada. No lo sabía. Hasta que nos hemos mirado, hace un segundo, no sabía que la del agua era yo.

—Eres tú —susurro yo también—. ¿Cómo te llamas?

El suspense me está matando. Desde el momento en que nos conocimos me ha obsesionado su nombre.

—Joe.

—Joe.

Saboreo el nombre en la boca. ¡Joe! El bueno de Joe. Un nombre tan sencillo, tan modesto. Sus padres me han fallado. ¿No se les ocurrió otra cosa? ¿No saben lo único, lo especial que es su hijo?

—Gracias por salvarme, Joe.

El español, del que me había olvidado en los últimos minutos, le da una palmada en la espalda. Se levanta, echa a andar hacia el paseo marítimo y desaparece entre una nube de gente. Miro a mi alrededor porque acabo de recordar que somos parte de un universo más grande. Estamos bajo un árbol, en una cierta intimidad. La fiesta sigue su curso. Están bailando el limbo, los veo pasar bajo la barra.

—¿Y cómo te llamas tú?

—Ever. —Le quito la mano de la cara porque me acabo de dar cuenta de que no está bien ir por ahí sobando a un desconocido—. Everlynne.

—Gracias por salvarme, Everlynne.

—Yo no te he salvado…

—Todavía. —Tiene una sonrisa pausada, burlona, peligrosa—. Pero ahora me debes una. Y yo siempre cobro mis deudas.

—Me alegro de que volvamos a vernos —le digo antes de que se me olvide—. Tengo que hacerte una pregunta importante. He estado muerta de curiosidad desde que nos vimos.

Parpadea y me mira, a la espera. Cojo aire.

—¿Guns N’ Roses o Nirvana?

Echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada.

—Pero ¿qué pregunta es esa?

—Una fácil si tienes buen gusto. —Sonrío.

—Nirvana tiene «Lithium» y «Smells Like Teen Spirit», y poco más. Guns N’ Roses son leyendas vivas.

Me lo quedo mirando. Eso es lo que pienso yo, palabra por palabra. ¿Cómo es posible que seamos tan parecidos?

—¿Qué tal lo he hecho? —Joe arquea las cejas.

—Preocupantemente bien —reconozco—. Seguro que encontraremos algunas cosas sobre música en las que discrepar, pero por ahora estamos en la misma onda.

Hay un breve silencio. Nos limitamos a disfrutar del placer de mirarnos. Tenemos la respiración acompasada, acurrucados el uno junto al otro.

—¿Qué hacías en el agua, Everlynne? Aparte de lo evidente, que es provocarme un infarto a los diecinueve años. —Joe me aparta el pelo húmedo de la cara con delicadeza.

Es un año mayor que yo. El corazón se me acelera como el de una quinceañera en su primer baile. No me importa el bajón que me está provocando la retirada de la adrenalina. Me siento feliz, esperanzada, idiota.

—Quería ver la estatua de cerca. —En ese momento, me doy cuenta de una cosa—. Sigo en sujetador y bragas, ¿no?

—Y las bragas se te transparentan —me confirma mientras aprieta los labios para no sonreír.

Cierro los ojos.

—Cuando me imaginaba desnuda en tus brazos no era exactamente así —susurro.

Se me ponen rojas las orejas. No sé de dónde me sale tanta sinceridad. Nunca digo lo que pienso, y menos a los desconocidos. Y menos todavía a un chico desconocido. Pero Joe me resulta tan familiar…

—¿Te imaginabas desnuda en mis brazos? —Arquea una ceja, inquisitivo.

—Mmm, es posible, una vez o dos.

—¿Y te pareció que la mejor manera de transmitírmelo era salir huyendo cuando nos conocimos?

No se me escapa el deje de irritación que tiene en la voz. Las brasas de lo que probablemente fue ira.

—Me pareció que le estabas entrando a Pippa. No soportaba la idea de que…, no sé, de que ligarais. Porque me gustabas. Y a mí nunca me gusta nadie. Volví a buscarte a los pocos minutos.

Sigo entre sus brazos y estamos manteniendo esta conversación, envueltos en una manta de cuadros naranjas y morados.

—¿Te pareció que le estaba entrando a «Normal»? —Parece sorprendido… y un poco petulante.

—Bueno…, sí.

—¿Y te pusiste celosa?

—Me acojo a la Quinta Enmienda.

—No estamos en Estados Unidos —señala.

Me encojo de hombros. Quiero que me diga que le gustaba yo, no Pippa.

—Yo también corrí a buscarte —añade.

Asiento.

—Me lo dijo el farmacéutico.

—Y ahora, aquí estás.

—Y ahora, aquí estás tú también.

Me incorporo y me vuelvo hacia él para verlo bien. Noto algo duro bajo el culo, en la arena, y lo saco. Es la bolsa de lona negra que he visto cerca de la hoguera hace un rato. La cojo. Me tiemblan los dedos y se me corta la respiración.

—Pues claro.

—Extraña reacción a una bolsa. —Frunce el ceño—. Me hace falta contexto.

—He leído una parte de la historia. —Le devuelvo la mochila y noto que me sonrojo—. Lo siento, no me he podido resistir. Era…

—¿Espantosa?

—… fascinante —termino al mismo tiempo.

Me mira con cierta cautela mientras se tamborilea sobre la rodilla con los largos dedos.

—Aún hay que trabajarlo, pero creo que ya tengo la estructura. Por eso he venido. A Europa. Para escribir una novela.

—¿No puedes escribir una novela en Estados Unidos?

La pregunta me sale con tono de acusación. Suena a que va a quedarse aquí una temporada, mientras que yo tengo un vuelo de regreso en menos de veinticuatro horas. Buen trabajo, destino.

—Técnicamente, sí. —Suelta la mochila a un lado—. Pero tenía que alejarme. Mi casa ha sido un lugar un poco tenso en las dos últimas décadas.

—Tienes diecinueve años —señalo.

—Buen cálculo. —Me guiña un ojo—. Tuve un comienzo un tanto duro.

Así que su familia es de esas. De las que no celebran las Navidades juntos ni se van de vacaciones... Nada que ver con la mía. Me froto la barbilla con el pulgar.

—Define eso de «comienzo duro».

—Lo haré. Cuando tengamos más tiempo y se nos acaben los temas de conversación divertidos. Esta noche, vamos a dejar fuera los problemas.

Me aparta otro mechón mojado de la frente, y es el gesto más romántico y conmovedor que nadie ha tenido conmigo. Más que cuando Sean me llevó al baile de fin de curso y luego al Ritz-Carlton. La noche en que perdí la virginidad y el escaso interés que sentía por los chicos.

—¿Vale?

—Vale.

—No se te ocurra marcharte —me advierte Joe—. Voy a buscar tu vestido. Era beis, ¿no?

Se levanta y se sacude la arena de los vaqueros. Se me mete en los ojos, pero estoy tan desconcertada que no me importa.

—¿Te habías fijado en mí? ¿Antes de lo del agua?

Se pasa los dedos por el pelo y me dedica esa sonrisa suya que hace que se estremezca el mundo.

—Cuando estabas al lado de la hoguera estuve a punto de ir a hablar contigo. Mis amigos me dijeron que no me molestara, que eran ilusiones mías. Ni confirmo ni desmiento que haya creído verte veinte veces estas dos últimas semanas. Tengo una imaginación muy activa.

Inclina la cabeza hacia un lado.

Me invade la satisfacción. A mí me ha pasado lo mismo, lo veía entre la gente.

—Luego te oí gritar en el mar, y ya no tuve dudas. Tienes una voz sexy. Deberías grabar audiolibros o algo así. No te marches —me repite, y se va a buscar mi vestido mientras yo me quedo con toda la información y el corazón acelerado.

Me regodeo en el cumplido y empleo esos momentos a solas en peinarme con los dedos el pelo revuelto y limpiarme el rímel corrido de debajo de los ojos. Va a ser difícil seducirlo con estas pintas de monstruo de los pantanos. Vuelve con mi vestido y el bolso, donde llevo el dinero y el teléfono. Deja caer ambas cosas junto a la mochila.

—Gracias —digo.

—¿Te encuentras mejor? —Se sienta a mi lado.

—Nada que ver con hace un rato.

Meto los brazos por las mangas y me visto a toda prisa. Tengo el cuerpo muy blanco y delgado, con pecas allí donde me ha tocado el sol.

—Perfecto. He visto a Normal junto a la hoguera y le he dicho que estabas bien.

—¿Y qué ha dicho ella?

—Que yo también estoy bien —me suelta con voz neutra.

Me echo a reír.

Nos ponemos al día de lo sucedido en las últimas semanas. Le hablo de Barcelona. Él me habla de Sevilla y de Madrid. Ha venido con tres amigos. Los cuatro son de Boston. Los otros van a volver a la universidad a finales de esta semana. Joe se va a quedar un poco más en España, y luego va a viajar solo por Europa para terminar su libro.

—Rumanía, Polonia, Hungría, Italia y Francia. —Va contando los países con los dedos—. Lo tengo todo planeado, incluso los hostales y las pensiones donde voy a dormir. No debería llevarme más de cuatro meses.

¿Cuatro meses? No puede estar cuatro meses en otro continente. No puede estar sin pareja y con ese atractivo intolerable durante cuatro meses. No puede seguir adelante como si no hubiera pasado nada.

Solo que sí puede,

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