Éramos mentirosos

E. Lockhart

Fragmento

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1

Bienvenidos a la hermosa familia Sinclair.

Aquí no tenemos delincuentes.

No tenemos adictos.

No tenemos fracasados.

Los Sinclair somos atléticos, altos y guapos. Somos demócratas adinerados. Tenemos sonrisas amplias, mentones cuadrados y un servicio agresivo cuando jugamos al tenis.

No importa que el divorcio nos desgarre los músculos del corazón y que éste a duras penas lata sin un gran esfuerzo. No importa que esté agotándose el fondo fiduciario ni que las facturas de las tarjetas de crédito queden sin pagar sobre la encimera de la cocina. No importa que haya un montón de frascos de pastillas en la mesita de noche.

No importa que uno de nosotros esté perdida y desesperadamente enamorado.

Tan

enamorado

que deben tomarse

medidas igualmente desesperadas.

Somos los Sinclair.

No nos falta de nada.

No nos equivocamos.

Vivimos, al menos en verano, en una isla privada frente a la costa de Massachusetts.

Quizá no necesitéis saber nada más.

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2

Mi nombre completo es Cadence Sinclair Eastman.

Vivo en Burlington, Vermont, con mi madre y tres perros.

Tengo casi dieciocho años.

Poseo un carnet de la biblioteca muy desgastado y poco más, aunque es cierto que vivo en una casa magnífica llena de objetos caros e inútiles.

Antes era rubia, pero ahora tengo el pelo negro.

Antes era fuerte, pero ahora soy débil.

Antes era guapa, pero ahora parezco enferma.

Es cierto que sufro migrañas desde el accidente.

Es cierto que no puedo sufrir a los idiotas.

Me gustan los juegos de palabras. ¿Lo veis? «Sufro» migrañas. No puedo «sufrir» a los idiotas. La palabra significa lo mismo que en la frase anterior, pero no exactamente.

Sufrir.

Podría decirse que significa «soportar», pero no exactamente.

Mi historia empieza antes del accidente. El mes de junio del verano en que tenía quince años, mi padre se fugó con una mujer a la que quería más que a nosotras.

Mi padre era un profesor mediocre de historia militar. En aquel entonces yo lo adoraba. Vestía chaquetas de tweed. Era delgado. Bebía té con leche. Le gustaban los juegos de mesa y me dejaba ganar, le gustaban los barcos y me enseñó a navegar en kayak, le gustaban las bicicletas, los libros y los museos de arte.

Nunca le gustaron los perros, y que dejara dormir a nuestros golden retriever en los sofás y les diera un paseo de casi cinco kilómetros todas las mañanas era una muestra de lo mucho que quería a mi madre. Tampoco le gustaron nunca mis abuelos, y que pasara todos los veranos en la casa Windemere de la isla Beechwood escribiendo artículos sobre guerras de hace mucho tiempo y sonriendo a los parientes en todas las comidas era una muestra de lo mucho que nos quería a mi madre y a mí.

Aquel mes de junio, el del verano número quince, mi padre anunció que se marchaba y se fue al cabo de dos días. Le dijo a mi madre que él no era un Sinclair y que ya no podía seguir intentando serlo. No podía sonreír, no podía mentir, no podía formar parte de aquella hermosa familia en aquellas hermosas casas.

No podía. No podía. No quería.

Ya había contratado unos camiones de mudanzas. Y también había alquilado una casa. Mi padre metió una última maleta en el asiento trasero del Mercedes (dejaba a mamá sólo con el Saab) y arrancó el motor.

Luego sacó una pistola y me disparó en el pecho. Yo estaba de pie en el césped y caí. La bala me abrió un gran agujero, y el corazón se me salió de la caja torácica y cayó rodando sobre un macizo de flores. La sangre manó rítmicamente de mi herida abierta,

después me salió por los ojos,

por los oídos,

por la boca.

Sabía a sal y a fracaso. La vergüenza roja e intensa de no ser querida empapó el césped delante de nuestra casa, los ladrillos del camino y los escalones del porche. Mi corazón convulsionaba como una trucha entre las peonías.

Mi madre me regañó. Me dijo que me tranquilizara.

«Sé normal, vamos —dijo—. Ahora mismo.»

«Porque lo eres. Porque puedes serlo.»

«No montes una escena —me dijo—. Respira e incorpórate.»

Hice lo que me pedía.

Ella era lo único que me quedaba.

Mamá y yo alzamos nuestros mentones cuadrados mientras el coche de mi padre se alejaba colina abajo. Luego entramos en casa y tiramos a la basura los regalos que nos había hecho: joyas, ropa, libros, lo que fuera. A lo largo de los días siguientes nos deshicimos del sofá y los sillones que mis padres habían comprado juntos. Tiramos la vajilla de la boda, la cubertería de plata, las fotografías.

Compramos muebles nuevos. Contratamos a un decorador. Encargamos una cubertería de Tiffany. Nos pasamos un día entero recorriendo galerías de arte y nos hicimos con cuadros para tapar los espacios vacíos de nuestras paredes.

Pedimos a los abogados del abuelo que protegieran los bienes de mi madre.

Después hicimos las maletas y nos fuimos a la isla Beechwood.

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3

Penny, Carrie y Bess son las hijas de Tipper y Harris Sinclair. Harris heredó su dinero con veintiún años, al salir de Harvard, y aumentó la fortuna haciendo negocios que nunca me molesté en comprender. Heredó casas y tierras. Tomó decisiones inteligentes sobre el mercado de valores. Se casó con Tipper y la guardó en la cocina y el jardín. La exhibía luciendo perlas y en los veleros. Ella parecía disfrutarlo.

El único fracaso del abuelo fue que nunca tuvo un hijo, pero no importa. Las hijas de la familia Sinclair eran mujeres dichosas y bronceadas. Altas, alegres y ricas, aquellas chicas eran como las princesas de un cuento de hadas. Se las conocía en todo Boston, Harvard Yard y Martha’s Vineyard por sus rebecas de cachemira y sus magníficas fiestas. Estaban hechas para ser una leyenda. Estaban hechas para príncipes y universidades de la Ivy League, para figuras de marfil y casas majestuosas.

El abuelo y Tipper querían tanto a las niñas que no podían decir a cuál de ellas querían más. Primero Carrie, luego Penny, después Bess y otra vez Carrie. Se celebraron bodas ostentosas con salmón y arpistas, luego nacieron nietos rubios y radiantes, y hubo perros rubios y graciosos. Nadie podría haberse sentido más orgulloso de sus hermosas hijas estadounidenses de lo que Tipper y Harris lo estaban, por aquel entonces.

Construyeron tres casas nuevas en su rocosa isla privada y le pusieron un nombre a cada una: Windemere para Penny, Red Gate para Carrie y Cuddledown para Bess.

Yo soy la mayor de los nietos de los Sinclair. Heredera de la isla, de la fortuna y de las expectativas.

Bueno, a lo mejor.

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4

Yo, Johnny, Mirren y Gat. Gat, Mirren, Johnny y yo.

La familia nos llama a los cuatro «los Mentirosos», y quizá nos lo merezcamos. Tenemos prácticamente la misma edad y nuestros cumpleaños son en otoño. Casi todos los veranos nos hemos metido en líos en la isla.

Gat empezó a venir a Beechwood el año en que teníamos ocho. Lo llamamos «el verano número ocho».

Antes de aquello, Mirren, Johnny y yo no éramos Mentirosos. Sólo éramos primos, y Johnny era un pesado porque no le gustaba jugar con chicas.

Johnny es dinamismo, esfuerzo y sarcasmo. En aquel entonces colgaba a nuestras Barbies del cuello o nos disparaba con pistolas hechas con piezas de Lego.

Mirren es azúcar, curiosidad y lluvia. En aquel entonces pasaba largas tardes con Taft y las gemelas chapoteando en la playa grande mientras yo dibujaba en papel cuadriculado y leía en la hamaca del porche de la casa Clairmont.

Entonces Gat vino a pasar los veranos con nosotros.

El marido de la tía Carrie la dejó cuando estaba embarazada del hermano de Johnny, Will. No sé qué pasó. La familia nunca habla de ello. En el verano número ocho, Will era un bebé y Carrie ya se había juntado con Ed.

Este tal Ed era marchante de arte y adoraba a los niños. Eso era lo único que sabíamos de él cuando Carrie anunció que iba a llevarlo a Beechwood, junto con Johnny y el bebé.

Aquel verano fueron los últimos en llegar, y casi todos nos reunimos en el muelle para ver aparecer la lancha. El abuelo me aupó para que pudiera saludar con la mano a Johnny, que llevaba un chaleco salvavidas de color naranja y gritaba desde la proa.

La abuela Tipper estaba junto a nosotros. Se volvió de espaldas al barco un momento, se introdujo la mano en el bolsillo y sacó un caramelo blanco de menta. Lo desenvolvió y me lo metió en la boca.

Cuando miró de nuevo hacia la lancha, a mi abuela le cambió el rostro. Yo entorné los ojos para ver lo que veía ella.

Carrie bajó del barco con Will en brazos. El bebé llevaba un chaleco salvavidas amarillo y la verdad es que sólo se veía una mata de pelo rubio platino que sobresalía por encima. Hubo exclamaciones al verlo. Aquel chaleco que todos habíamos llevado cuando éramos bebés. El pelo. Lo maravilloso que era que aquel pequeñín al que aún no conocíamos fuera tan claramente un Sinclair.

Johnny bajó del barco de un salto y tiró su chaleco al muelle. Lo primero que hizo fue acercarse corriendo a Mirren y darle una patada. Luego me dio otra a mí. Luego a las gemelas. Se acercó a los abuelos y se puso derecho.

—Me alegro de veros, abuela y abuelo. Tengo muchas ganas de pasar un feliz verano.

Tipper le dio un abrazo.

—Tu madre te ha dicho que dijeras eso, ¿verdad?

—Sí —contestó Johnny—. Y también tengo que decir que me alegro de volver a veros.

—Buen chico.

—¿Puedo irme ya?

Tipper le dio un beso en la mejilla pecosa.

—Vamos, vete.

Ed se acercó después de Johnny, pues se había entretenido a ayudar al personal a descargar el equipaje de la lancha. Era alto y delgado. Tenía la piel muy oscura: herencia hindú, según supimos luego. Llevaba gafas de montura negra e iba pulcramente vestido con ropa urbana: un traje de lino y camisa a rayas. Los pantalones estaban arrugados del viaje.

El abuelo me dejó en el suelo.

La boca de la abuela Tipper se convirtió en una línea recta. Luego enseñó todos los dientes y se adelantó.

—Tú debes de ser Ed. ¡Qué sorpresa tan agradable!

Él le estrechó la mano.

—¿Carrie no les dijo que veníamos?

—Por supuesto que sí.

Ed miró a nuestra blanquísima familia. Se volvió hacia Carrie.

—¿Dónde está Gat?

Lo llamaron y él salió de la embarcación quitándose el chaleco salvavidas, con la mirada gacha mientras se desabrochaba las hebillas.

—Mamá, papá —dijo Carrie—, hemos traído al sobrino de Ed para que juegue con Johnny. Éste es Gat Patil.

El abuelo alargó el brazo y le dio unas palmaditas en la cabeza a Gat.

—Hola, jovencito.

—Hola.

—Su padre ha fallecido este mismo año —explicó Carrie—. Johnny y él son muy buenos amigos. A la hermana de Ed le viene muy bien que nos lo llevemos unas semanas. Y, ¿Gat? Comerás al aire libre y nadarás, tal como hablamos. ¿Qué te parece?

Pero Gat no respondió. Estaba mirándome.

Tenía una nariz impresionante y una boca bonita. La piel de un marrón oscuro, el pelo negro y ondulado. Un cuerpo tenso por la energía que contenía. Parecía armado sobre un resorte, como si estuviera buscando algo. Era contemplación y entusiasmo. Ambición y café cargado. Podría haberme pasado la vida observándolo.

Nuestras miradas se encontraron.

Me di la vuelta y eché a correr.

Gat me siguió. Oía sus pasos detrás de mí sobre los caminos de tablas que cruzan la isla.

Seguí corriendo, y él persiguiéndome.

Johnny salió detrás de Gat. Y Mirren fue tras Johnny.

Los adultos se quedaron hablando en el muelle, formando un educado círculo en torno a Ed, embobados con el bebé. Los pequeños hicieron lo que sea que hacen los pequeños.

Nosotros cuatro dejamos de correr al llegar a la playa pequeña que queda cerca de la casa Cuddledown. Es una corta franja de arena con rocas altas a ambos lados. Nadie iba mucho por allí en aquel entonces. La playa grande tenía una arena más fina y menos algas.

Mirren se quitó los zapatos y los demás hicimos lo mismo. Tiramos piedras al agua. Existimos sin más.

Yo escribí nuestros nombres en la arena.

Cadence, Mirren, Johnny y Gat.

Gat, Johnny, Mirren y Cadence.

Aquél fue nuestro principio.

Johnny suplicó para que Gat se quedara más tiempo.

Consiguió lo que quería.

Al año siguiente suplicó para que viniera a pasar todo el verano.

Gat estuvo todo el verano.

Johnny era el primer nieto. Mis abuelos casi nunca le negaban nada.

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5

El verano número catorce, Gat y yo sacamos la lancha pequeña los dos solos. Fue justo después de desayunar. Bess hizo que Mirren jugara al tenis con las gemelas y Taft. Johnny había empezado a correr aquel año y estaba dando vueltas por el sendero del perímetro. Gat me encontró en la cocina de la casa Clairmont y me preguntó si quería sacar la lancha.

—La verdad es que no.

Yo quería volver a la cama con un libro.

—Por favor.

Gat casi nunca decía «por favor».

—Sácala tú.

—Yo no puedo pedirla —dijo—. No me parece bien.

—Pues claro que puedes pedirla.

—Sin uno de vosotros no.

Estaba siendo ridículo.

—¿Adónde quieres ir? —le pregunté.

—Sólo quiero salir de la isla. A veces no lo soporto.

Entonces no podía imaginarme qué era lo que no soportaba, pero le dije que de acuerdo. Nos hicimos a la mar con chaquetas impermeables y bañadores. Al cabo de un rato, Gat apagó el motor. Nos quedamos allí sentados comiendo pistachos y respirando aire salado. El agua centelleaba bajo la luz del sol.

—Vamos a meternos —le dije.

Gat saltó y yo fui detrás, pero el agua estaba mucho más fría que en la playa y nos cortó la respiración. El sol se ocultó tras una nube. Nos reímos con carcajadas asustadas y grité que meternos en el agua había sido una idea de lo más estúpida. ¿Cómo se nos había ocurrido? Había tiburones frente a la costa, todo el mundo lo sabía.

«¡No hables de tiburones, por Dios!» Volvimos a la lancha precipitadamente, empujándonos el uno al otro, peleándonos por ser el primero en subir por la escalerilla de la parte trasera.

Al cabo de un momento, Gat se apartó para dejarme pasar.

—No es porque seas una chica, sino porque soy una buena persona —me dijo.

—Gracias.

Le saqué la lengua.

—Pero cuando un tiburón me arranque las piernas de un mordisco, prométeme que escribirás un discurso sobre lo genial que era.

—Hecho —respondí—. Gatwick Matthew Patil fue una comida deliciosa.

Tener tanto frío nos parecía graciosísimo. No teníamos toallas. Nos acurrucamos juntos bajo una manta de lana que encontramos debajo de los asientos y nuestros hombros desnudos se tocaban. Los pies fríos, unos encima de otros.

—Es sólo para evitar la hipotermia —dijo Gat—. No creas que me pareces guapa ni nada de eso.

—Ya lo sé.

—Estás dejándome sin manta.

—Lo siento.

Una pausa.

Gat dijo:

—Sí me pareces guapa, Cady. No quería que sonara así. De hecho, ¿cuándo te has vuelto tan guapa? Es una distracción.

—Estoy como siempre.

—Este curso has cambiado. Eso está afectando mi estrategia.

—¿Tienes una estrategia?

Asintió con seriedad.

—Es lo más absurdo que he oído en mi vida. ¿Y cuál es?

—Nada atraviesa mi armadura. ¿Aún no te habías dado cuenta?

Aquello me hizo reír.

—No.

—Maldita sea. Creía que funcionaba.

Cambiamos de tema. Hablamos de llevar a los pequeños a Edgartown por la tarde a ver una película, hablamos de tiburones y de si de verdad se comían a la gente, hablamos de Plantas contra zombies.

Luego regresamos a la isla.

Poco después, Gat empezó a prestarme sus libros y a ir a buscarme a la playa pequeña a media tarde. Iba a mi encuentro cuando estaba tumbada en el césped de la casa Windemere con los perros.

Empezamos a pasear juntos por el sendero que rodea la isla, Gat delante y yo detrás. Hablábamos de libros o inventábamos mundos imaginarios. A veces acabábamos dando varias vueltas al contorno de la isla antes de aburrirnos o de que nos entrase hambre.

Junto al camino había rosas japonesas de un intenso color rosado. Despedían un aroma tenue y agradable.

Un día miré a Gat, que estaba tendido en la hamaca de la casa Clairmont con un libro, y me pareció... bueno, como si fuera mío. Como si estuviera hecho para mí.

Me puse a su lado en la hamaca sin decir nada. Le quité el bolígrafo de la mano —siempre leía con un bolígrafo— y le escribí «GAT» en el dorso de la izquierda y «CADENCE» en el dorso de la derecha.

Entonces él tomó el bolígrafo de nuevo. Escribió «GAT» en el dorso de mi mano izquierda y «CADENCE» en el de la derecha.

No estoy hablando del destino. Yo no creo en el destino, ni en las almas gemelas, ni en lo sobrenatural. Lo que quiero decir es que nos comprendíamos el uno al otro. Totalmente.

Pero sólo teníamos catorce años. Yo nunca había besado a un chico, aunque besaría a unos cuantos el curso siguiente, y por algún motivo no lo llamábamos «amor».

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6

El verano número quince llegué una semana más tarde que el resto. Papá nos había abandonado, y mamá y yo tuvimos que hacer todas aquellas compras, consultar al decorador y demás.

Johnny y Mirren fueron a esperarnos al muelle, con las mejillas sonrosadas y llenos de planes para el verano. Iban a organizar un torneo de tenis y habían marcado en un libro unas recetas para preparar helado. Iríamos a navegar, encenderíamos hogueras.

Los pequeños pululaban por allí dando gritos, como siempre. Las tías sonreían con frialdad. Tras el ajetreo de la llegada, todos fuimos a la casa Clairmont para la hora del cóctel.

Yo fui a Red Gate a buscar a Gat. Red Gate es mucho más pequeña que la casa Clairmont, pero aun así tiene cuatro dormitorios en el piso de arriba. Allí vivían Johnny, Gat y Will con la tía Carrie; además de Ed, cuando estaba allí, que no era muy a menudo.

Me acerqué a la puerta de la cocina y miré por la mosquitera. Gat no me vio. Estaba de pie junto a la encimera, vestido con vaqueros y una gastada camiseta gris. Era más ancho de hombros de lo que yo recordaba.

Desató una flor seca que colgaba boca abajo de una cinta en la ventana que había sobre el fregadero. La flor era una rosa japonesa, de color rosado y con los pétalos abiertos, probablemente de las que crecen por todo el perímetro de la isla Beechwood.

Gat. Mi Gat. Había cogido una rosa para mí de nuestro lugar de paseo favorito. La había colgado para que se secara y había esperado a que llegara a la isla para dármela.

Para entonces yo ya había besado a un par o tres de chicos sin importancia.

Había perdido a mi padre.

Había llegado a la isla desde una casa de lágrimas y falsedad,

y vi a Gat,

y vi la rosa en su mano,

y en aquel momento único, con los rayos del sol que entraban por la ventana brillando sobre él,

las manzanas en la encimera de la cocina,

el olor a madera y a mar en el aire,

sí, lo llamé «amor».

Porque era amor, y me afectó tanto que tuve que apoyarme en la puerta mosquitera que todavía nos separaba para tenerme en pie. Tenía ganas de tocarlo como si fuera un conejito, un gatito, algo tan suave y especial que los dedos no pueden dejarlo tranquilo. El universo era bueno porque Gat estaba en él. Me encantaba el agujero que llevaba en los vaqueros, la suciedad de sus pies desnudos, la costra del codo y la cicatriz que le cruzaba la ceja. Gat, mi Gat.

Mientras yo estaba allí, mirando, metió la rosa en un sobre. Buscó un bolígrafo, abriendo y cerrando los cajones de golpe, encontró uno que llevaba en el bolsillo y se puso a escribir.

No me di cuenta de que estaba anotando una dirección hasta que sacó un rollo de sellos que había en un cajón de la cocina.

Gat pegó los sellos en el sobre. Escribió el remite.

No era para mí.

Me alejé de la puerta de Red Gate antes de que me viera y bajé corriendo hasta el sendero del perímetro. Contemplé el cielo que se oscurecía, sola.

Arranqué todas las rosas de un triste arbusto y las arrojé, una tras otra, al mar embravecido.

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7

Aquella noche, Johnny me habló de la novia de Nueva York. Se llamaba Raquel. Mi primo incluso la había conocido. Él vive en Nueva York, al igual que Gat, pero en el centro con Carrie y Ed, mientras que Gat vive en la parte alta con su madre. Johnny me dijo que Raquel era bailarina de danza moderna y que vestía ropa negra.

El hermano de Mirren, Taft, me contó que Raquel había enviado un paquete de brownies caseros a Gat. Liberty y Bonnie me contaron que Gat tenía fotos de ella en el teléfono.

Gat no la mencionó en ningún momento, pero le costaba mirarme a los ojos.

Aquella primera noche lloré, me mordí los dedos y bebí vino que me llevé a escondidas de la despensa de la casa Clairmont. Me puse a dar vueltas mirando al cielo, rabiosa, hasta que las estrellas se soltaron de sus amarras, me tambaleé y vomité.

Le pegué un puñetazo a la pared de la ducha. Me limpié la vergüenza y la furia con agua muy muy fría. Luego estuve tiritando en la cama como el perro abandonado que era, con la piel temblándome sobre los huesos.

A la mañana siguiente, y todos los días a partir de entonces, actué con normalidad. Alcé bien alto mi mentón cuadrado.

Navegamos e hicimos hogueras. Gané el torneo de tenis.

Preparamos grandes cuencos de helado y nos tumbamos al sol.

Una noche, los cuatro cenamos al aire libre en la playa pequeña. Almejas al vapor, patatas y maíz dulce. Lo habían preparado los empleados. Yo no sabía cómo se llamaban.

Johnny y Mirren bajaron la comida en unas bandejas para el horno. Comimos en torno a las llamas de nuestra fogata, dejando que la mantequilla goteara en la arena. Después, Gat preparó galletas de tres pisos de chocolate y malvaviscos para todos. Le miré las manos a la luz del fuego, mientras clavaba malvaviscos en un palo largo. Allí donde una vez habíamos escrito nuestros nombres, le había dado por escribir los títulos de los libros que quería leer.

Aquella noche, en la izquierda: «EL SER Y.» En la derecha: «LA NADA.»

Yo también tenía algo escrito en las manos. Una cita que me gustaba. En la izquierda: «VIVE.» En la derecha: «EL PRESENTE.»

—¿Queréis saber en qué estoy pensando? —preguntó Gat.

—Sí —respondí.

—No —contestó Johnny.

—Me pregunto cómo podemos decir que tu abuelo es el dueño de esta isla. No desde el punto de vista legal, sino real.

—Por favor, no empieces con lo de los males de los primeros colonos —se quejó Johnny.

—No. Lo que me pregunto es: ¿cómo podemos decir que la tierra pertenece a alguien?

Con un gesto de la mano señaló la arena, el mar, el cielo.

Mirren se encogió de hombros.

—La gente compra y vende tierras continuamente.

—¿No podemos hablar de sexo o de asesinatos? —preguntó Johnny.

Gat no le hizo caso.

—Quizá la tierra no debería pertenecer a nadie. O quizá debería haber límites sobre lo que la gente puede poseer. —Se inclinó hacia delante—

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