Cuando pasé al otro lado del muro

William Sutcliffe

Fragmento

Primera Parte

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Corremos por la pelota, hombro con hombro, nuestras mochilas golpeando de un lado a otro. Yo me pongo enfrente, pero David me agarra de la mochila y tira de mí hacia atrás, igual que un jinete frenaría un caballo.

—¡Eh! —grito—. ¡Eso es falta!

—No es verdad.

—¡Claro que sí!

—Si no hay árbitro, no.

David alcanza la pelota primero y la bloquea con el cuerpo.

—Mira esto —me dice, y da un salto en su lugar pateando con los talones en un intento de dirigir el balón hacia su cabeza. La pelota se desvía a un lado y rueda hacia la cuneta. David piensa que es buen futbolista, aunque tiene tan poca coordinación que solo sabe dónde tiene los pies cuando se los mira.

Yo encajo la pelota entre mis tobillos y salto, doblando mucho las rodillas, y luego giro sobre mí mismo. La esfera de cuero se eleva en el aire con un movimiento impecable, como si estuviera esperando mi pie, y ejecuto lo que solo puede definirse como un tiro perfecto, con un golpe justo en el lugar adecuado. El balón se aleja más rápido y más lejos de lo que esperaba.

La vida, como todo el mundo sabe, está llena de altibajos. Siempre hay que pagar un precio por la perfección.

En el preciso instante en que mi tenis toca la pelota, la carretera vacía en la que estamos jugando deja de estar vacía. Un coche de seguridad dobla la esquina, pero mi pelota ya está en el aire, y no hay nada que yo pueda hacer para detenerla.

El conductor no debe de estar prestando mucha atención, porque solo pisa el freno cuando el balón se estrella contra el parabrisas. David corre tras él. Yo también corro a recuperarlo y llego justo cuando el guardia de seguridad baja del coche.

—¿Fuiste tú? —grita.

—No —respondo mientras recojo la pelota.

—¿Crees que soy idiota?

Estoy muy, muy cerca de responder que sí. Si lo hiciera, creo que sería la cosa más divertida que hubiera dicho nunca, sobre todo porque es bastante probable que sí, que sea un poco idiota. Imagina pasarte todo el día conduciendo en círculos, patrullando en calles en las que nunca pasa nada. Incluso si eres inteligente cuando empiezas el trabajo, el cerebro no debe de tardar en ablandarse. Tiene una pistola, pero no puedes dispararle a alguien solo porque te llame idiota.

Mantengo la boca cerrada y salgo corriendo con la pelota hacia donde David me está esperando, medio escondido tras un coche estacionado. Le cuento lo que estuve a punto de decir y le parece tan gracioso que me da un puñetazo en el brazo. El puñetazo me molesta, así que se lo devuelvo y él me empuja. Yo lo agarro por la cintura y empezamos a forcejear.

Cuando el coche de seguridad pasa a nuestro lado, David está sentado sobre mi cabeza y veo al conductor llevarse el dedo a la sien, porque piensa que somos imbéciles, pero yo sé que el único imbécil aquí es él.

Luego seguimos haciendo jugadas de futbol, hasta que David intenta imitar mi tiro y la pelota se eleva, cruza la calle y pasa por encima de la parada del autobús y sobre la valla que rodea una zona de obras. No se parece a las numerosas zonas de construcción que hay a las afueras del pueblo, es una obra muy rara que hay enfrente del centro de salud, donde nunca se construye nada y nunca se ve entrar ni salir a nadie.

—¡No lo puedo creer! —dice, que es exactamente lo que pensaba que iba a decir.

—¡Es un balón nuevo!

—Se me escapó —dice. También sabía que iba a decir eso.

Está intentando no mirarme, y me doy cuenta de que está pensando en irse, así que me acerco hasta donde está y le cierro el paso.

—Tienes que ir por ella —le digo.

Miramos la valla. Es más bien un muro de madera sólida: no se ve nada a través de él y es el doble de alto que yo. En un principio estaba pintado de azul pero, con los años, se puso de color gris, como el del agua al lavar los platos, y la pintura tiene ahora ampollas ovaladas llenas de grietas. Esta zona de obras es prácticamente el único lugar de Amarias que no es nuevo. Al resto de la ciudad da la impresión de que acabaran de quitarle la envoltura de celofán.

Una zona de la valla tiene una puerta con bisagras lo bastante amplia como para que pase un camión, pero está cerrada con una gruesa cadena tan oxidada que parece chocolate oscuro. Al pensar en mi pelota perdida al otro lado de la valla, por primera vez me doy cuenta que es raro que todo el mundo considere que es una zona de obras cuando aquí no se construye nada.

—Tienes que saltar e ir por ella —repito.

—No podemos entrar ahí —protesta.

—No dije «tenemos», dije «tienes».

—No se puede.

—Tendrás que saltar la valla. Es una pelota nueva. Y es un regalo.

—Ni de broma pienso entrar ahí.

—¿Me vas a comprar una nueva?

—No lo sé. Me tengo que ir.

—Tienes que comprarme una pelota nueva o entrar ahí y sacarla.

David me mira con ojos serios, reacios. Veo en su cara que da la pelota por perdida y que lo único que quiere es librarse de mi insistencia.

—Ya voy tarde —me dice—. Mi tío viene a visitarnos.

—Tienes que ayudarme a recuperar mi pelota.

—Llego tarde. Solo es una pelota.

—Es la única que tengo.

—No es verdad.

—La única de cuero.

—No seas bebé.

—No estoy siendo un bebé.

—Bebé.

—Tú eres el bebé.

—Bebé.

—Decir «bebé, bebé, bebé» constantemente te convierte a ti en un bebé, no a mí —digo. Me avergüenza tener esta conversación, pero a veces David no me deja alternativa. Obliga a la gente a ponerse a su nivel.

—Entonces, ¿por qué no puedes dejar de lloriquear por la pelota?

—Porque quiero recuperarla.

—Porque quiero recuperarla —repite con voz de bebé.

No soy de los que suelen pegarle a la gente pero, si lo fuera, ahora sería el momento perfecto para hacerlo. Un buen puñetazo en la nariz.

La mochila le cuelga de un hombro. Si se la quito y la arrojo sobre la valla, no tendrá más remedio que saltarla para ir por ella. Lo empujo para arrebatársela, pero él es más rápido. No es que David sea muy rápido, pero yo tardé mucho. Me lee la mente y, un segundo después, está corriendo y carcajeándose con risa falsa.

David es mi mejor amigo en Amarias, aunque es insufrible. Amarias es un lugar extraño. Si viviéramos en un sitio normal, no creo que David fuera mi amigo.

—¡Me debes una pelota! —le grito.

—¡Me debes una pelota! —repite, aminorando el ritmo ahora que sabe que está fuera de mi alcance.

Lo contemplo mientras se aleja. Me molesta hasta su manera de caminar, como pato, como si usara zapatos de plomo. Cuando sea grande quiere ser piloto de combate, pero yo creo que es demasiado torpe para manejar cualquier mecanismo que supere en complejidad a una bomba de bicicleta.

Lo más frustrante de todo es que en un día o dos tendré que olvidarme del balón y hacer las paces con David. Solía tener muchos amigos entre los que elegir, pero aquí solo tengo a David. A los demás chicos de Amarias no les caigo bien, y ellos a mí tampoco. Piensan que soy un bicho raro y yo pienso lo mismo de ellos. En esta ciudad, lo raro es normal y lo normal es raro.

Miro la valla. Es inaccesible. La recorro por fuera, me mancho las yemas de los dedos de negro al tocar la tosca madera, y reviento un par de ampollas de pintura con el pulgar, hasta que llego a una esquina y giro, y me meto en un callejón. Me detengo a examinar los definidos óvalos de suciedad que coronan mis dedos y luego vuelvo a apoyarlos sobre la superficie de madera y camino por el estrecho callejón de aire frío y turbio. No tardo en toparme con un contenedor metálico. No alcanzo la parte superior ni estirando totalmente el brazo, pero si consigo trepar hasta la tapa, quizá sea el escalón que me ayude a pasar sobre la valla. Si quiero recuperar mi balón, este es el camino.

Me quito la mochila, la escondo en el hueco que hay entre el contenedor y la valla, y retrocedo unos cuantos pasos. Tomo un poco de vuelo y un salto me basta para aferrarme con bastante estabilidad al borde. Dándome impulso con una patada, engancho una pierna en la tapa y, tras una incómoda escalada que pone en contacto más partes de mi cuerpo con el contenedor de las que me gustaría, estoy arriba. Una maniobra complicada ejecutada a la perfección. La escalada no es un deporte propiamente dicho pero, si lo fuera, sería el que mejor se me daría. No sé por qué, pero en cuanto me encuentro con algo alto, me dan ganas de escalarlo.

Hay un hombre que escala rascacielos. Simplemente se para enfrente y lo hace en cuanto despega los pies del suelo, no hay quien lo pare. Cuando llega a la cima siempre lo arrestan, pero le da igual. Apostaría cualquier cosa a que hasta los policías que lo detienen desean en secreto hacerse amigos suyos. A veces, cuando estoy aburrido, miro cosas y me imagino cuáles serían los mejores puntos de agarre para las manos y los pies. Los escaladores profesionales pueden sostener todo el peso de su cuerpo con un solo dedo.

Miro a mi alrededor desde lo alto del contenedor. No hay nada que ver —solo el callejón—, pero el simple hecho de contemplar el mundo desde el doble de mi altura me agrada. Ráfagas de olores ácidos, como de pescado, ascienden desde mis pies. La tapa del contenedor se hunde con mi peso, deformándose hacia dentro con cada paso que doy. Si se rompe, me imagino perfectamente el aspecto que tendré. Lo he visto en los dibujos animados cientos de veces. El rostro furioso manchado de porquería roja y marrón, un huevo frito en un hombro, una espina de pescado en el otro, espaguetis en la cabeza. Siempre hay espaguetis. Si le añades el olor e imaginas que sucede de verdad, ya no resulta tan divertido.

Desde la tapa del contenedor no alcanzo a ver más allá de la valla, pero sí me doy cuenta de que la zona de obras se extiende hasta el Muro. Si este lugar cumple una función secreta, debe de ser una posición clave. Me doy impulso para llegar al borde dentado de la valla y, con una pierna colgando al otro lado, miro hacia la obra por primera vez. Hay una casa. Solo una casa y un jardín, pero no he visto nada parecido en mi vida.

Es como si hubieran aplanado el lugar. Como si lo hubieran aplastado. Como si le hubieran pasado por encima. Aún queda una pared intacta, inclinada a cuarenta y cinco grados, pero el resto simplemente está hecho pedazos, un revoltijo bajo la pared, nada más que una montaña de escombros. Veo que del montículo de piedra y cascajo sobresale un mantel de color rosa descolorido; cuadernos de papel sueltos y arrugados, aún cosidos pero que ya no pueden considerarse libros; un teléfono sin auricular, del que cuelga un cable que serpentea a lo lejos, como si aún estuviera esperando una llamada; un cochecito de bebé de juguete; un vestido amarillo colgando del marco medio derruido de una ventana; un reproductor de DVD partido en dos, una taza de baño con una carpetita tejida a gancho.

En mi mente resuenan dos voces. Una de ellas suena emocionada y me dice que este es el mejor escenario para vivir una aventura, el mejor lugar para escalar, el escondrijo más secreto que vaya a ver jamás. Me está pidiendo a gritos que baje de un salto y explore las ruinas. La otra me contiene. Es una voz más baja —parece como si no usara palabras— pero más fuerte y me mantiene inmóvil en lo alto de la valla. Es un sentimiento que no comprendo, tiene que ver con las cosas que se entrevén en los restos demolidos de la casa, algo relacionado con la evidente brusquedad con la que aquel lugar pasó de ser un hogar a un montón de chatarra. Parece que de los escombros emanara una frialdad inquietante. Un cierto tufo a violencia flota en el aire, como un mal olor.

Todas las casas de Amarias son iguales. Se ven casas nuevas en construcción todo el tiempo: primero, el cemento, del que sobresalen varillas metálicas que parecen un corte de pelo trasquilado, luego el tejado rojo y las ventanas y, finalmente, el revestimiento de piedra, puesto de tal manera que parece pintado. Esta es distinta. No hay concreto, solo piedras sólidas, de las de verdad.

Tengo ganas de saltar y jugar allí, y escalar, y al mismo tiempo siento la urgencia de huir y olvidar lo que acabo de ver. Tengo la sensación de que solo por estar mirando por encima de la valla, de que solo por saber lo que contiene esta supuesta obra, ya me metí en un lío.

Me agarro con fuerza al borde de la valla y trato de contemplar más de cerca el terreno. Aunque el jardín está muy descuidado, o bien desapareció bajo los escombros, desde las alturas alcanzo a imaginar un entramado de senderos y arbustos. Un enorme rosal adorna con capullos color carmesí una pared derruida. En la esquina hay seis árboles frutales que parecen milenarios, plantados en un círculo perfecto, formando lo que debió ser un claro de sombra. Los árboles están muertos, de las ramas todavía cuelgan manojos de hojas secas, pero rodean un columpio metálico que parece seguir funcionando, como si fuera el único objeto que hubiera salido intacto de la carnicería. Más allá de los frutales el terreno está vacío, plano, surcado por definidas hileras de huellas de excavadoras que se extienden justo hasta el Muro.

De repente tengo la boca seca y pastosa. Me siento como si hubiera visto por accidente a la madre de un amigo mío desnuda. Casi siento vergüenza por estar sentado aquí, contemplando la casa destrozada que es exactamente lo contrario de lo que se supone que mi ciudad debería ser, pero no puedo dejar de mirar.

Sé que escalar esas ruinas está mal, casi igual de mal que jugar futbol en un cementerio, pero no puedo dar media vuelta e irme. Necesito saber más. Necesito tocar y sentir el lugar, pasear por él, buscar pistas de qué fue lo que pasó. Y además, aún quiero recuperar mi balón.

Miro hacia abajo, entre las rodillas. La cara interior de la valla está recubierta de listones de madera y es mucho más fácil de escalar que el exterior, que es liso. Puedo entrar y salir todo lo rápido que quiera. Nadie tiene por qué saber qué he estado haciendo excepto, quizá, David. Tal vez no me crea, así que decido que mi misión puede ser la de encontrar un recuerdo que demuestre que realmente salté la valla y exploré el lugar. No me costará dar con algo bueno. Incluso desde aquí arriba, me doy cuenta de que las pertenencias que despuntan entre los escombros de la casa pertenecían a gente que no era como nosotros. Esta era una casa de gente del otro lado. El misterio no es qué les pasó, sino cómo terminaron en el lado equivocado del Muro y por qué no han limpiado ni construido en el terreno antes.

Desciendo por los tablones y me doy la vuelta para mirar la casa demolida. Dentro del recinto, tras la cerca, reina un silencio sepulcral. Podría encaramarme a la pared derruida en cuestión de segundos si quisiera, pero la atmósfera de cementerio es aún más potente aquí, en este lugar aislado del mundo exterior.

Camino junto a la valla arrastrando los pies, y me dirijo a la parte trasera de la casa, gobernado por el extraño impulso de sentarme en el columpio para ver si todavía funciona, escuchar los ruidos que hace. Un par de puertas de patio de estilo antiguo se hacen visibles, un marco de madera pintado de blanco y montones de pequeños azulejos de cristal, que tienen cada uno una esquina pintada de azul. La puerta más cercana está vencida y carcomida, pero la otra permanece intacta, aún en pie, formando el marco vacío de un umbral a ninguna parte.

Encuentro un sendero de adoquines rojos que dibuja una leve curva hasta llegar al columpio. Está cubierto de óxido, como un barco hundido. Le doy un pequeño empujón, como esperando que rechine, pero en cambio escucho un golpe procedente del extremo opuesto del jardín que me hace retroceder de un salto.

Un movimiento rápido a un lado de la casa capta mi atención, y veo que del suelo surge una pequeña polvareda. Cuando la nube se disipa, veo una placa de metal cuadrada.

Me quedo agachado e inmóvil bajo el columpio, preparado para huir y esconderme si aparece alguien.

No hay movimiento. Pasan los minutos y todo permanece quieto y en silencio. Si había alguien aquí cuando llegué, se ha ido. Veo mi balón, escondido en un surco polvoriento que hay entre dos montoncitos de piedra, sobre un trozo de tela raída que parece lo único que queda de un edredón.

Espero un poco más, para asegurarme de que estoy solo, y luego agarro mi balón y me acerco muy despacio a la placa de metal. La superficie está grasienta y estriada, y me agacho para tocarla. Aparto la mano rápidamente. El metal está caliente y brilla bajo la intensa luz del sol.

Hay huellas en la arena que me rodea y que se alejan del lugar que estoy explorando. En el recorrido de las huellas veo algo extraño: algo que no está ni polvoriento, ni viejo, ni roto. Es pequeño, pero nuevo, y todavía funciona. Un brillo tenue, apenas visible a la luz del día, surge de un extremo. Es una linterna. Una linterna que funciona y que está encendida.

La recojo, la apago y la enciendo. No puede llevar mucho tiempo aquí, porque todavía tiene pilas. Me vuelvo y miro otra vez hacia la placa metálica. El ruido, las huellas, la linterna: las tres cosas están conectadas. Bajo esa placa de metal hay algo.

Inspecciono los escombros que hay a mi alrededor para comprobar si sigo solo. Por un instante me pregunto si debería pedir ayuda. Contárselo a un adulto, quizá. Pero ¿qué podría decirle y por qué iban a creerme o a mostrarse interesados? Encontré una linterna que funciona. Algo se movió e hizo ruido. En realidad, ¿qué posibilidades existen de que llegue a contar la parte interesante de la historia antes de que me regañen y me castiguen por haber saltado la valla de una obra? Además, incluso si me creyeran y hubiera descubierto algo importante… ¿me dejarían verlo? ¿Me contarían qué es lo que sea que haya descubierto en realidad? Probablemente no.

Si quiero averiguar qué hay ahí abajo, tendré que hacerlo solo, y tendré que hacerlo rápido.

Doblo las rodillas, tiro del metal y dejo al descubierto un agujero oscuro. Tiro de nuevo, con el borde afilado y caliente clavándoseme en la piel, pero, con un buen empujón, se desliza a un lado. Suelto la placa metálica y no tardo en darme cuenta de que este no es un agujero normal. Hay una cuerda atada a un clavo de metal clavado en el suelo, justo bajo la superficie. La cuerda tiene nudos a intervalos regulares, cada tramo más o menos de la longitud de mi antebrazo. Veo cuatro nudos, y luego nada, solo un vacío negro. Por el agujero cabe una persona, pero por la irregularidad de su forma da la sensación de que lo cavaron con la mano. Esto es la entrada a algo.

Me arrodillo en el borde e ilumino con la linterna hacia abajo, con el brazo tan estirado como puedo. Bajo el débil resplandor, sigo la cuerda con la mirada hasta donde termina, en una maraña blanca colocada sobre una superficie oscura que podría ser tierra, aunque la verdad es que no estoy muy seguro.

No puedo mirar algo alto sin sentir ganas de escalarlo. Ahora estoy mirando este hueco —un hueco que no se parece a ninguno que haya visto antes— y la misma voz vuelve a animarme, a decirme que tengo que bajar, que tengo que echar un vistazo, que tengo que saber para qué sirve y adónde va.

Me hago una vaga idea de lo que podría ser esto y sé lo peligroso que puede resultar involucrarse en algo así pero, por otro lado, toparme con un misterio en mitad de esta aburridísima ciudad en la que no hay ningún lugar adonde ir ni nada que hacer es como encontrar un tesoro enterrado. No puedo dejarlo aquí y largarme así nada más.

Quizá debería evaluar los riesgos, recordar todas las advertencias que me han hecho en la vida, considerar lo que puedo perder. Sé que eso es lo que haría David si estuviera aquí conmigo, pero somos distintos, y la verdad es que tampoco quiero ser como él. Los misterios están para resolverlos, los muros para escalarlos y los escondrijos secretos para explorarlos. Así son las cosas.

Me guardo la linterna y me meto en el agujero. Mis pies no alcanzan a llegar al primer nudo, así que agarro la cuerda con las rodillas y me equilibro mientras desciendo, aferrándome con ambas manos, hasta que encuentro un nudo en el que apoyarme. Luego, me resulta más fácil bajar, nudo a nudo, hasta el suelo. Apenas empiezo a disfrutar del asunto cuando llego al final, y pienso que me gustaría que el agujero fuera más profundo.

La tierra del fondo es más blanda y más oscura que en la superficie, y la noto fresca al contacto con la palma de mi mano. Huele a humedad, como una bolsa que llevara varios días con ropa de futbol sucia dentro. Enciendo la linterna e inmediatamente me doy cuenta de que mis sospechas eran correctas. El agujero es más que un agujero: es un túnel, reforzado con trozos de madera sin pulir y delgadas láminas que parecen arrancadas de cajas de cartón. Sin embargo, en su gran mayoría, es un delgado y aparentemente infinito tubo de tierra que desaparece en la oscuridad, en dirección al Muro.

Ahora tengo que elegir. Puedo volver a subir, recoger mi pelota e irme a casa, o puedo continuar. Sé qué debo hacer. Sé qué haría cualquier chico de Amarias. Pero, tal como yo lo veo, esas son las dos mejores razones para hacer lo contrario.

Llevo viviendo en Amarias desde que tenía nueve años, y en estos cuatro últimos nunca he estado al otro lado. El Muro es más alto que la casa más alta de la ciudad. Si quisiera ver por encima, tendría que ponerme de pie sobre los hombros de un hombre que estuviera sobre otro hombre que a su vez estuviera sobre otro hombre que a su vez estuviera sobre otro hombre. Dependiendo de lo altos que fueran, quizá hiciera falta uno más. Todavía no se me ha presentado la oportunidad de probarlo.

Construyeron el Muro para evitar que la gente que vive al otro lado pusiera bombas, y todo el mundo dice que cumple su función de maravilla. La mayor parte de la gente que trabaja en las obras de Amarias es del otro lado y, si conduces hacia la ciudad, ves montones de personas que parecen venir de esos pueblos pero, aparte de eso, y aunque viven muy cerca de nosotros, da la sensación de que no estuvieran ahí. En realidad, eso no es cierto. Sabemos que están ahí porque el Muro y los puntos de control y los soldados que hay por todas partes, son un recordatorio constante. Pero es casi como si fueran invisibles.

Creía que no vería ningún pueblo más allá del Muro hasta que tuviera que hacer el servicio militar, aunque ahora, mirando a través de esta columna de aire rancio, me doy cuenta de que en cinco minutos podría estar asomando la cabeza al otro lado y viendo qué hay allá. La alternativa es esperar cinco años más, hasta el reclutamiento.

La gente se exalta cuando habla de lo que hay al otro lado, pero los adultos no pueden evitar exagerar. Siempre están intentando hacernos creer que un cigarrillo puede matarte, que cruzar la carretera es tan peligroso como hacer malabares con cuchillos, que ir en bici sin casco es prácticamente como suicidarse, pero ninguna de esas cosas resulta ser verdad. ¿Cuán peligroso podría ser en realidad atravesar el túnel y echar un vistazo? ¿Y qué tan frustrado me sentiría mañana si me limitara a subir y volviera a casa?

Puede sonar a locura, pero cuando decido hacerlo, no siento ni un poquito de miedo. Francamente, es el único camino lógico a seguir. Si tienes oportunidad de descubrir un secreto y te alejas de él sin investigar, es que te pasa algo raro.

La linterna ilumina unos cuantos metros de túnel frente a mí, pero no más. Miro hacia arriba una última vez y veo, como a través de un telescopio, un disco de cielo azul surcado por una diminuta nube.

Me agacho para gatear, y apunto con la linterna frente a mí, tratando de habituar la vista al estrecho sendero visible rodeado por una negrura densa y aterciopelada. Al principio, el modo en que los objetos se esfuman en el momento en que apartas la linterna de ellos casi parece un truco de magia. Luego pienso en lo raro que es, cuando vives en una ciudad, que puedes pasarte la vida entera sin saber lo que es la verdadera oscuridad. Amarias está iluminada constantemente por faroles naranjas, que se mantienen encendidos toda la noche, y por los proyectores de los puntos de control.

Una última preocupación aparece de repente. Me saco el teléfono del bolsillo y lo aprieto para iluminar la pantalla. Aquí, en mi agujero, solo tengo una raya de cobertura. Suelto la linterna un momento y le escribo un mensaje a mi madre: «Estoy jugando futbol con David. Vuelvo en un rato».

Sosteniendo la linterna con el puño derecho y con la otra mano apoyada sobre la tierra húmeda, empiezo a avanzar. El sonido del túnel resulta al mismo tiempo extrañamente alto e inquietantemente callado. No oigo ni un solo ruido del exterior, pero cada movimiento que hago es como si volviera amplificado desde las paredes: el roce de mi mano y la linterna contra el suelo; el arrastre de los zapatos tras de mí, el jadeo de mi propia respiración… Todo resuena a mi alrededor como un eco estático que solo se calla cuando dejo de moverme. E incluso entonces, tengo la sensación de que puedo escucharme pasar saliva y pestañear.

Del suelo parece emanar un terror que impregna mi cuerpo, como el café empapa un terrón de azúcar. Cuando la tensión me estruja el corazón y me oprime los pulmones, trato de imaginar que mi verdadero yo está en otro lado, afuera, a la luz del día, tranquilo y a salvo. Finjo que hay dos versiones de mí mismo, una en el túnel y la otra dándome ánimos desde arriba. Cuanto más lo pienso, más fácil me resulta imaginármelo, como una sección de un trozo de tierra: yo de rodillas atravesando un túnel horizontal, y luego, por encima, una capa de tierra y, arriba de esa, otro yo, imitando mis movimientos, caminando por los jardines de la casa derruida, acercándose cada vez más al Muro y, en un momento dado, atravesándolo como un fantasma y apareciendo en el lugar desconocido que hay al otro lado.

Es una idea extraña, no solo atravesar el Muro, sino los conceptos de arriba y abajo que implica todo esto. Normalmente, el mundo no es más que una piel plana sobre la que caminamos pero, a veces, recordamos que todos los lugares son más que un pedazo de tierra, porque está el aire que hay sobre ella y el suelo que hay debajo. Cada punto es en realidad una columna que va desde el magma del centro de la Tierra hacia arriba, al cielo, hasta el infinito. La gente se olvida de que cuando subes al piso de arriba, estás en realidad sobre la gente que tienes debajo. Si lo piensas un momento, de verdad empieza a dar miedo. Si los suelos y los techos estuvieran hechos de cristal, la gente se volvería loca. No lo soportaría, y todo el mundo terminaría viviendo en cabañas.

Es útil pensar en este tipo de cosas cuando estás haciendo algo que te asusta un poco, porque no tengo ni idea de cuánto tiempo llevo arrastrándome ni cuánto he avanzado cuando mi linterna ilumina un trozo de algo que parece de color gris blancuzco. Me detengo, estiro la linterna frente a mí y entrecierro los ojos para que la mancha borrosa adquiera una forma reconocible.

Un metro después encuentro la respuesta. Es un rollo de cuerda. Ya llegué al final del túnel. Estoy al otro lado.

«¡Lo conseguí!», pienso para mí, con una sonora voz militar. «Una misión osada y arriesgada ejecutada con resolución, valor y habilidad». Si creyera en las medallas, me concedería una en este preciso instante, pero de hecho las odio. A mi padre le dieron una. Mi madre la escondió en algún sitio y a mí la verdad es que no me importa dónde está.

Lo único que necesito es echar un rápido vistazo afuera. Luego, puedo volver a casa. Agarro la cuerda y doy un tirón para comprobar que está bien amarrada. Luego apago la linterna y me la meto en el bolsillo trasero. En la más absoluta oscuridad, nudo a nudo, empiezo a escalar.

La placa que cubre la abertura se tambalea con un leve toque. Es de metal, pero más delgada y más ligera que la de la entrada. O quizá esta sea la entrada. Todo depende de quién construyó el túnel y por qué.

Aparto suavemente la cubierta a un lado, dejando una abertura suficiente para sacar mi cabeza, y luego elevo los pies hasta el siguiente nudo. Lo único que tengo que hacer ahora es estirar las piernas y estaré asomando la cabeza, contemplando por primera vez el otro lado.

Aparezco en un callejón que queda entre edificios de concreto bastante dañados y con las ventanas tapiadas y el Muro, que de este lado parece irreconocible. Es del mismo tamaño, por supuesto, y del mismo concreto, pero en lugar de la superficie gris y lisa a la que estoy acostumbrado, en este lado los dos primeros metros se encuentran completamente cubiertos de grafitis: una mezcla de dibujos, eslóganes y garabatos. Ninguno está en mi idioma, así que no entiendo ni una sola palabra. Una imagen, una enorme llave antigua, se repite en una larga línea sobre el texto, veinte o treinta veces, tan alta que deben de haber tenido que usar una escalera para hacerla.

En un extremo del callejón, una reja de alambre impide el paso de lo que parece un terreno baldío o un jardín abandonado. En la dirección opuesta, mi visión se obstaculiza por un par de contenedores de basura, pero veo unos cuantos pies caminando y vislumbro un trozo de coche destartalado. Estoy en el pueblo, pero la salida (o la entrada) del túnel está pensada para que se pueda entrar y salir sin ser visto desde la calle. Giro la cabeza en todas las direcciones posibles para comprobar otra vez que nadie puede verme, luego aparto completamente la placa del túnel y me impulso para salir. En cuanto estoy afuera, empujo la cubierta de nuevo sobre la boca del túnel con los pies.

Permanezco completamente quieto, sin atreverme a mover ni un músculo. A través de un hueco entre los contenedores veo un indicio de vida cotidiana: coches, motos, peatones, gente yendo aquí y allá y haciendo las cosas que hace la gente, es decir, llevando bolsas de plástico, empujando carritos de bebé, platicando de pie o sentados. Pero, a pesar de que lo estoy viendo todo a través de una hendidura muy pequeña, percibo algo radicalmente distinto a lo que estoy acostumbrado. Quizá sea el bullicio, el ruido, la multitud; quizá sea el aspecto de la gente, o cómo caminan, cómo se hablan entre ellos o lo que llevan puesto; quizá sea lo raro que me resulta saber que la singularidad de este sitio solo está en mi cabeza, en lo poco familiar que es para mí. No son más que gente normal teniendo un día normal en lo que parece un pueblo normal, pero siento como si mi breve viaje por el túnel me hubiera transportado más lejos de casa de lo que hubiera estado nunca, y este pequeño vistazo, esta diminuta franja de visión, simplemente no basta.

Me apoyo en los contenedores y me encojo para caber por el hueco, solo lo necesario para curiosear fuera del callejón. Lleva a la calle a través de una estrecha abertura entre dos altos edificios de concreto, y las paredes están salpicadas de manchas marrones y verdes. Observo, tratando de mantenerme oculto en las sombras, mirando, escuchando y avanzando muy despacio para ampliar mi campo de visión. Sé que tengo que dar media vuelta y volver a algún lugar seguro, pero lo que veo me retiene, me obliga a seguir mirando. Este sitio emana algo que no sé cómo definir, una sensación de bullicio y vida que parece la esencia pura de lo que le falta a las silenciosas, limpias y recién construidas calles de Amarias.

Por fin llego a la esquina y me concedo un rápido vistazo en cada dirección, apenas dos fotos rápidas de este mundo que está a la vez tan cerca y tan lejos. Hileras de tiendas y puestecitos se alinean en la carretera, todo revuelto. Frente a mí, un hombre en pantalones deportivos está de pie junto a un carrito de madera en el que hay altos montones de paquetes de cigarros. Tras él hay una tienda de abarrotes, con sacos de frijoles, lentejas, garbanzos, cuscús y arroz apoyados en el suelo, y debajo cajas de berenjenas, pimientos verdes, papas, coliflores y limones. A lo lejos, una anciana con la cabeza cubierta por un pañuelo negro está sentada sobre una tarima de plástico detrás de un montón de cajas de huevos que le llegan a la cintura, pero comparte su espacio con una colección de asientos de coche, muelles, engranajes y ejes que debió de esparcir por el suelo alguien con un taller. Un poco más adelante hay más hileras de ancianos y ancianas sentados tras pequeñas pilas de verduras, mezclados con chicos más jóvenes que venden celulares y accesorios para teléfonos adornados con bisutería.

Frente al callejón hay una panadería con un gran cartel pintado a mano en el que se muestra un trozo de un pastel verde con alas que atraviesa volando un cielo color azul eléctrico. En la vitrina se ven trozos de pan ovalado, como bagels aplastados, y dulces con forma de estrella de un color amarillo brillante.

En la otra dirección hay una carnicería con tres animales enteros, casi tan grandes como yo, colgando de ganchos. Al lado, dos tipos de mediana edad sentados en un cajón de madera tras una mesa baja en la que exhiben pulseras, pinzas para el pelo y zapatos de bebé. Un poco más abajo hay puestos de fruta y dulces que impiden la entrada a un ruidoso taller en el que dos hombres, semiocultos por nubes de polvo y rodeados de montones de puertas, manipulan una rueda. Mientras miro, dos adolescentes pasan a mi lado, arrastrando un tanque enorme de gas butano. Un carrito de madera donde transportan una inestable pirámide de naranjas los sigue de cerca. El lamento fúnebre de una voz solitaria acompañada de violines llega a la calle a través de una ventana, compitiendo con el intimidante discurso que surge de los altavoces distorsionados de una radio mal sintonizada.

En la puerta contigua a la pastelería, un anciano con un gorrito blanco tejido a gancho está sentado en un asiento de plástico, bajo el estrecho umbral de una puerta, abriendo y cerrando un mechero, observándolo todo, sin demostrar interés ni aburrimiento.

Nada en sí mismo resulta particularmente extraño, pero en conjunto es la calle más impresionante que he visto en toda mi vida, seductoramente viva y extrañamente deprimente. Las aceras no están pavimentadas y el alquitrán de la carretera es antiguo, está agrietado y salpicado de charcos de agua estancada. Los edificios parecen no estar bien acabados, con cables y tuberías que sobresalen de sitios extraños. Muchos se ven a medio levantar, porque tienen varillas de acero en los techos. Casi ninguna construcción está terminada y todas las tiendas se expanden hasta la calle, como si no hubiera diferencia clara entre el interior y el exterior. Ni uno solo de los que pasan por allí parece encontrar nada de esto ni siquiera un poco raro.

Mientras contemplo esta compilación de extrañeza y normalidad, me olvido de mi intención inicial de echar un vistazo y largarme. Incluso cuando un par de personas se fijan en mí, se me quedan mirando un momento y luego se alejan, mis pies no se apresuran en dar media vuelta y regresar a casa. Entonces veo que un grupo de cuatro chicos está cruzando la calle, directo hacia mí, muy deprisa. Son más grandes que yo, y al menos uno o dos años mayores, y sus ojos parecen brillar con extra

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