PRÓLOGO
A los veinte años de su primera publicación, Pido la paz y la palabra se ha convertido en uno de los escasos títulos míticos de la poesía española contemporánea. Las razones son en buena parte estrictamente literarias (la calidad del libro se impone a todo tipo de lectores, desde el especialista al neófito), pero intervienen también otros elementos que convierten al libro en representante característico de toda una época de la literatura que se ha escrito en nuestro país desde la posguerra.
Blas de Otero iniciaba, con este libro, una aventura literaria personalísima, uniendo, bajo el poderoso puño de todo auténtico poeta, dos elementos que habían andado separados hasta entonces o que cuando se habían unido lo habían hecho forzada y no-artísticamente. Por un lado la paz, es decir, el derecho humano a la vida, la conciencia cívica, el derecho a la libertad y a la justicia; por otro, la palabra, arma que el poeta tiene a su alcance, y a la vez herramienta de trabajo, vehículo que ha de servirle para alcanzar su meta. En definitiva, se trata de reivindicar la tradición del bardo, el poeta de los antiguos celtas, quienes, por dirigirse a su pueblo y hacerle pensar, chocaron frecuentemente con el poder establecido, hasta el punto de que, ya en el siglo IX, se dictaron leyes que regularon el oficio. Leyes que no han hecho sino progresar en su perfeccionamiento desde entonces.
Y es que, al igual que hicieran los bardos primero y más tarde los trovadores provenzales, Blas de Otero no se limita a celebrar las hazañas y proezas de los guerreros de su pueblo, o a cantar el rocío de las rosas en el límpido amanecer. Su palabra es transmisora de las ideas del pueblo, palabra que toma de la cultura popular, nombra sus ciudades, utiliza sus giros, universaliza sus sentimientos, sus angustias, sus esperanzas. Al rey inglés Eduardo I se le atribuye la dudosa hazaña de haber hecho colgar a todos los bardos galeses, por considerarlos promotores de sedición. Hoy día, tales cosas ya no pasan. Simplemente, «no dejan ver lo que escribo, porque escribo lo que veo». Las ciencias adelantan que es una barbaridad.
Hemos querido iniciar esta nueva serie de nuestra colección precisamente con este libro. Y hemos puesto en ello un especial empeño. Primero, porque marcábamos con él una cota de calidad de la que no quisiéramos apearnos. Y, segundo, porque Pido la paz y la palabra es, para nosotros, la poesía. Así, con minúscula y sin apellidos.
JOSÉ BATLLÓ
