
Decidir cuál es mi comida favorita es CASI IMPOSIBLE. Podría grabar un TAG para nuestro canal de YouTube, pero… ¡el video sería eterno! Incluiría el hummus, la paella, el aguacate, las croquetas de mi abuela, la lasaña… Pero lo que no incluiría nunca, NEVER, o sea, jamás… ¡son las alcachofas churrascadas de mi madre!

—No quiero oír ni una queja de que se han quemado, ¿eh? Que la culpa es vuestra por venir tarde a cenar.

—Que sí, Mami, ¡si están buenísimas! ¡Qué hambre! —contesto hinchando los mofletes con aire para simular que están tan llenos de comida como los de un hámster.

Mis hermanos me miran sin creerse lo que digo: me conocen demasiado. La verdad es que no me gustan las alcachofas, pero acabo de llegar del futuro y tengo más hambre que Max y Charlie cuando llegan de sus aventuras gatunas por la montaña. Es que…

Repasemos:

Por eso, ahora mismo, las alcachofas carbonizadas de mi madre deberían ser THE BEST THING EVER, pero me cuesta tragarlas: se me atascan en la garganta de lo requemadas que están. GLUP.
—En fin —dice mi madre—, voy a ponerles la cena a los perros, que ya deben de estar hambrientos…
A Mateo se le cae el tenedor contra el plato y los tres damos un salto.
—¡Mami, NOOO! —gritamos a la vez.
Ella nos mira como si estuviéramos totalmente chalados… ¡y no es tan raro, pues somos los Crazy Haacks! El problema es que hay un detallito diminuto, chiquitito, casi casi sin importancia, del que no se puede enterar de ninguna de las maneras. Y es que… ¡Chop y Suey no están aquí!
Y no se trata solamente de que no estén en sus casetas… ¡es que ni siquiera están en nuestra época! Se han quedado en el futuro por nuestra culpa. Como Mami se entere, se nos cae el pelo… ¡Vamos a estar castigados tanto tiempo que veremos a nuestros perros en el futuro dentro de 300 años porque seguiremos CASTIGADOS!
—¿Y por qué no voy a darles la cena a los perros? ¡Pobrecitos! Aunque me extraña no oírlos llorar todavía pidiendo su comida. Ya es la hora…

—Es que… A ver, lo que pasa… —tartamudeo. ¡Piensa, Dani, piensa! Necesitas una excusa y la necesitas a la de ¡YA!
—Es que hemos estado jugando con ellos hace un momento y se han quedado dormidos —explica Mateo, poniendo su cara de experto de las excusas, esa que nos ha librado de tantos líos—. Sería una pena que los despertaras…
—Claro, Mami. Además, jugando les hemos dado muchas chuches, así que no tendrán hambre.
—Pero ¿qué os he dicho de las chuches a los perros? ¡De una en una! Aun así, son cachorros todavía, siempre tienen hambre —responde ella, con sospechas.
—Pues no te preocupes, Mami. En cuanto terminemos de cenar nosotros, saldremos a darles de comer. ¿Por qué no te sientas en el sofá y te relajas un poco?
En ese momento, nuestra madre activa el superradar que tiene para detectar nuestras trastadas. Sabe que hay algo que huele a chamusquina… ¡Aparte de las alcachofas, claro!

—¿Sabéis qué? La verdad es que estoy agotada. Ya que os queréis encargar vosotros, me voy arriba a darme una ducha —responde caminando hacia las escaleras para ir a su habitación.
Y justo cuando estamos a punto de hablar en plan supersecreto, se da la vuelta y nos interrumpe diciendo:
—Y ni se os ocurra dejaros las alcachofas, que os conozco.
—¡Sí, Mami! —decimos al unísono, poniendo cara de angelitos.

Esperamos hasta que la oímos cerrar la puerta de su habitación y organizamos una RSSH. O sea, ¡una Reunión SuperSecreta de Hermanos! Y esta, además de secreta, es MEGAURGENTE. ¡Necesitamos un plan para traer a los Crazy Doogs de vuelta!
—Esta es la situación —dice Mateo con la cara superseria—. Cuando viajamos al futuro para rescatar al caramelito de nata y fresa de Hugo…
—¡No la llames así! Es Hannah y punto.
—Uy, perdón, estaba intentando ser tan empalagoso como vosotros. Pero tienes razón… ¡me he quedado corto! —responde Mateo mofándose—. ¿Bomboncito relleno de praliné? ¿Delicatessen alemana? ¿Delicia crujiente de chocolate?
Me entra tanta risa que escupo un trozo de alcachofa que tenía en la boca, que va directo a pegarse en la frente de Hugo. ¡Ahora sí que no puedo parar de reírme! Mateo se está partiendo conmigo, mientras Hugo se quita la alcachofa y nos mira con odio y rencor infinito.

—¿Podemos concentrarnos? —dice—. ¡No me puedo creer que seáis tan inmaduros!
—Vaaale, ya paramos. De momento —añade Mateo, con una sonrisa malévola—. El caso es que nos llevamos a los perros al futuro y se quedaron en casa de Klaus. Y ahora, ¿qué hacemos para traerlos de nuevo?
—¿Creéis que la puerta al futuro seguirá abierta? —pregunto—. A través de ella podemos volver a casa de Klaus y traer a los perros. ¡Es lo más fácil!
—¡SÍÍÍ! ¡De vuelta al futuro! —chilla Hugo, con chispitas de emoción saliéndole de los ojos.
—Oye, que lo importante es recuperar a Chop y Suey —le regaña Mateo—, no ver a tu caramelito alemán…
—Claro, claro… —se excusa Hugo—. Pero ya de paso podemos ver si Hann… Esto… Si Klaus y Hannah han llegado sanos y salvos a casa desde Rusia. Venga, rápido. ¡A terminarse las alcachofas!
Hugo es tan animal que se mete una alcachofa entera en la boca e intenta tragársela sin masticar. Se pone más rojo que cuando Hannah le dice algo bonito, pero al final consigue deslizarla por su garganta. ¡Qué bruto es!
Al terminar la cena, metemos los platos en el lavavajillas y salimos corriendo al lavadero. ¡Ojalá la puerta siga abierta! Abro la tapa del arcón congelador de un tirón y miro dentro. ¡La luz sigue encendida! Meto un pie dentro del arcón y me preparo para saltar cuando Mateo me sujeta por los hombros.
—¡Un momento! ¿Y si la puerta fría sigue conectada al Kremlin?
Los tres nos quedamos helados y no precisamente por el frío del congelador. ¡No lo había pensado! No podemos cruzar la puerta y darnos de bruces contra Natasha y sus robots. ¡Nos harían picadillo español!
—Tienes razón, Mate, pero solo hay una forma de averiguarlo —dice Hugo—. Entramos, recorremos el túnel del tiempo y echamos un vistazo al otro lado. ¡Si hay peligro, volvemos!
Resoplo igual que en clase de History. ¡El amor lo vuelve aún más impulsivo! Entramos juntos por la puerta fría y nos apretujamos unos con otros. ¡No nos hemos acordado de abrigarnos! El túnel está igual de oscuro que antes, le tengo que decir a Klaus que instale unos leds o… ¡mejor aún!, unos focos de pasarela. Que cambien de color y que también tengan modo discoteca para grabar mis TikToks. Una gran influencer como yo no debe desaprovechar ninguna ocasión.
Por fin vemos la luz al final del túnel, lo que significa que… ¡la puerta está abierta al otro lado!
—Supongo que es buena señal que no veamos robots asesinos por aquí —murmura Mateo.

La figura de una chica se para en la puerta. ¿Natasha? Bueno, es un poco bajita…
—¡Chicos, por aquí! —grita la sombra… ¡Es la voz de Hannah!
Echamos todos a correr dando gritos de alegría. ¡Hugo se pone a la cabeza enseguida! Al llegar a la puerta, se abraza a Hannah y los dos se ponen a cuchichear. ¡Son taaan cuuute! Ojalá algún día Kevin y yo podamos estar tan acarameladitos y mimosos y nos demos besitos y… y…

—Dani, ¿me oyes? —Mateo me zarandea el brazo y me saca de mi fantasía. Kevin se esfuma de mis sueños en tres, dos, uno…
—Seguidme por aquí, meine Freunde —dice Hannah, cerrando la puerta tras nosotros—. Tenemos que contaros inmediatamente algo sobre vuestros perros.
—¿Que se quieren quedar aquí con vosotros? —pregunto—. ¡Seguro que les habéis dado salchichas alemanas! Eso es trampa, Hannah, y son nuestros perros…
—Que no, no es eso, Daniela… —responde Hannah.
—Entonces ¿qué? ¿Codillo alemán? ¿¿¿Pretzels??? ¡Así yo también me vengo a vivir aquí y no tengo que aguantar las alcachofas chuchurrías de mi madre!

Hannah niega de nuevo con la cabeza y nos lleva al salón, donde Klaus está trabajando en un… ¿experimento? Tiene a Chop y Suey metidos en jaulas encima de la mesa y los analiza con una especie de sensor.
—Pero ¿qué haces? ¡Suelta a los Crazy Doogs ahora mismo! —grita Hugo.
—¡Eso! Nos prometiste que aquí estarían como en un hotel canino de lujo. ¿Cómo te atreves a usarlos para tus investigaciones? —Estoy tan enfadada que casi no me salen las palabras. Esto es lo último que me esperaba de Klaus.
—Chicos, esperad —dice Mateo—. ¿Por qué los perros no están ladrando al vernos? ¿Qué les pasa?
Uy, pues es verdad… Ahora que lo dice, están muy raros. Caminan por la jaula dando pasos chungos, como si intentaran ponerse a dos patas. Además, al andar mueven la cabeza como palomas. De pronto, Suey me mira, abre la boca y dice…
—CRAAA.
WHAAAT? ¿Nuestra perrita acaba de graznar?
—¡Suey, mi vida! ¿Qué te pasa? —pregunto desesperada, corriendo a la jaula para abrazarme a ella—. ¡Jamás debimos olvidaros aquí, ahora sois unos perros-pollo!
Hugo también corre conmigo a la jaula, pero Mateo nos mira con cara de preocupación, manteniendo la calma. ¡Por algo
