«Objetos perdidos», de Carlos Zanón
Todos estamos a dos pasos de desaparecer. Álex Gual ya los ha dado. Vive en un hotel llamado Excalibur, es abogado y se le da tan bien encontrar personas como perder cosas. Naufraga entre los restos de su relación con Lola K., una pintora en horas bajas, aunque lo que de verdad lo mantiene en pie es su vínculo con Señor Paco, el hombre que se maneja entre lo más turbio de la ciudad desde su local, el Donna Summer. Cuando la muerte de un jugador de rugby australiano y la desaparición de otro británico, Andy Cox, desatan la atención mediática, Señor Paco huele el negocio y usa a Álex para vender pruebas al mejor postor. Pero mientras intenta desvanecerse entre los objetos perdidos de la ciudad, Álex se ve arrastrado a la búsqueda de Cox, a una atracción inesperada por Inés, la camarera del Donna Summer, y a la dolorosa posibilidad de perder él cosas para volver a ser alguien... A continuación, LENGUA publica las primeras páginas de «Objetos perdidos» (Salamandra, febrero de 2026), un libro que se adentra en los rincones más oscuros de Barcelona con una historia que combina sensibilidad y crudeza, llena de suspense, por la que transitan personajes complejos y extraviados, víctimas de sus decisiones y de un entorno implacable. Con su prosa directa y precisa, Zanón convierte la ciudad en un personaje más, impregnando cada página de una melancolía urbana que permanece mucho después de cerrar el libro.
Por Carlos Zanón

1
Niño Gordo duerme en Excalibur
A la gente no le gustan los Niños Gordos, ni siquiera cuando se esconden dentro de Hombres Delgados. Un Niño Gordo dentro de un Hombre Delgado nunca olvida que, en cualquier momento, puede ser descubierto. Vive ese Niño Gordo con la certeza de que hay deudas en el deseo ajeno; que todo él es una estafa: el truco del mago que no salió a tiempo del baúl, el cadáver que se agita ruidosamente, de un lado al otro, en el maletero. Los Niños Gordos se cronifican dentro de los cuerpos que habitan, como los cánceres que no mata la quimio. Nunca se deja de ser Niño Gordo. Siempre te mata el cáncer curado.
Además de Niño Gordo, Álex Gual es abogado y toma cocaína. Cada vez menos lo primero y más de lo segundo. Especialista en encontrar personas y perder cosas, Álex vive en la habitación más amplia de un hotel llamado Excalibur, que es el nombre de una espada hundida y extraviada en un lago, pero en el momento de la inauguración los dueños —viejos clientes de Álex con minutas pendientes— creyeron por error que Excalibur era un castillo o quizá un país lejano.
En el barrio de Excalibur hay pisos de protección oficial franquista, una oficina de Correos y nada que llame mucho la atención, de ahí la impresión de que la gente que anda por sus calles está solo de paso, y que, al llegar a su puerta, no le importaría seguir de largo y vivir en cualquier otro sitio. Hay tiendas de fruta con sabor a cartón, bares que cierran a cualquier hora y tarde, y hombres y perros paseándose unos a otros. También una plaza con quiosco, niños jugando por la mañana, jóvenes bebiendo y fumando el resto del día y, ya por la noche, un borracho al que le gusta demasiado ponerse a gritar.
Desde hace meses Álex no contesta llamadas. Solo a Lola y, en ocasiones, a las que vienen del despacho donde trabaja. Él sabe mejor que nadie que para desaparecer primero hay que trabajarse el olvido. Hacerlo hasta que no te recuerden. Desde hace tiempo —un año, quizá algo más— no tiene ganas ni ánimos para ver a nadie. Hasta no hace mucho se preguntaba por qué, pero ya no. Se siente viejo, cansado y adicto sin mucha más profundidad ni calado. La vida le pesa, y no ha sacado muchas más conclusiones al respecto. En ocasiones, siente que vivir ha sido un pasillo de espejos y él no ha podido llegar a copiar los gestos de alguien que sepa querer o ser querido, y ahora ya es tarde para las calcomanías. Cuando piensa en eso o en cosas parecidas, acaba lleno de una energía melancólica que lo arrastra a querer meterse cocaína hasta que se le reviente la cabeza y se caiga, doblado e inconsciente, en el suelo de Excalibur. También le da por pensar que la ventaja de vivir en un hotel es que al día siguiente te arreglan la habitación y, llegado el caso, encuentran y recogen tu cadáver del suelo. Niño Gordo no está de acuerdo con ese final de la función. Aspira a uno mejor, pero no concreta cuál.
La apatía lo retiene tardes y días enteros del fin de semana en su habitación amplia, doble, mirando nada, como si la nada fuera una hoguera. En esos ratos piensa en muchas cosas sin asidero, como si giraran en círculos a su alrededor. Cosas como que hay desaparecidos que ya son cadáveres, y otros que mueren en una vida y resucitan en otra. «Desaparecer es siempre un crimen colectivo», piensa Álex, «porque no basta con quedarte quieto y callado: los demás también deben extraviarte en su memoria». Perder cosas, en cambio, le parece fácil, arbitrario, casi un talento: algunas reaparecerán en bolsillos de otros abrigos; otras serán encontradas por nuevos dueños, como segundas oportunidades de otra vida.
Se divorció, estuvo perdido, encontró a Lola. Ella no era lo que buscaba, pero se le quedó el pie en el estribo, y ahora, en Excalibur, fantasea con que, ya desaparecidas sus ganas de vivir, aquella herida infectada empiece a cerrarse.
Suele pagar en efectivo, cuando cambia la contraseña solo añade un dos —delante o detrás— a la misma, y hace tiempo le diagnosticaron un linfoma marginal tipo T, tratado con Rituximab en el hospital de Vall d’Hebron. Lo dejó porque le sentaba fatal mezclado con cocaína y alcohol. Es un cáncer, lento como un cocodrilo, por lo que, si no se ha curado solo, es probable que el cáncer llegue tarde a matarlo.
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2
Novias de Badoo
En Badoo te buscas novias. Luego, esas novias que encuentras en Badoo son lo que son. Y mienten cuando dicen que no tienen otros novios. Esos otros novios trafican con drogas y se cortan el pelo en barberías de barrio, regentadas por chinos que han ampliado los servicios de siempre: ahora también son lugares donde se intercambia casi cualquier cosa que se pueda falsificar. Como, por ejemplo, un pasaporte.
El sonido de la puerta de una de esas barberías de barrio es inconfundible. Da información precisa sobre si entra o sale alguien, dependiendo del silencio entre tintineos, el tiempo de preguntar o quedarse. Y en esas entra Samuel y ve a Lucas recostado como se recuestan los tipos que desean cortarse el pelo en una barbería de barrio. Samuel saluda a Lucas. Para Lucas es una casualidad que ambos hayan coincidido allí. Ha venido con un pasaporte cuyo original y falsificación ya tiene dentro de un sobre, y ese sobre dentro del bolsillo de la cazadora, y, como iba bien de tiempo, ha decidido aprovechar para arreglarse el pelo. Sin esa decisión azarosa, quizá Samuel y él nunca se hubieran encontrado.
«Hola, Lucas.»
«Hola, Samuel.»
Hechos los saludos, Samuel se saca un pistolón que lleva embutido en el cinturón de sus Levi’s talla chico chupado y apunta a la cabeza de Lucas.
Samuel fue durante muchos meses lugarteniente del conocido alunicero apodado Manolito, quien, a pesar de no haber cumplido treinta años, ya acumulaba más de cien reseñas policiales, y hace cuatro meses fue arrestado por robar dos mil quinientos móviles en plena campaña navideña. Samuel tomó mal ejemplo de Manolito. Reventó máquinas de tabaco en bares y gasolineras, y ayudó en varios atracos por el Maresme con Rachid y su hermano Momo, clientes del despacho de Álex y sus socios, hace años.
Aun así, Samuel tuvo tiempo para buscar novias en Badoo, y una de ellas fue Carolina, que le fue infiel con Lucas, y ahora Lucas tiene la pistola de Samuel en la sien, quien aprieta el gatillo y dispara.
Pero el arma se encasquilla. Lucas aprovecha ese regalo divino y salta de la silla, donde hacía apenas unos minutos se sentía en la gloria. Samuel revisa la maldita pistola y vuelve a disparar; esta vez, la bala da, en cierto modo, en el blanco: la pierna izquierda de Lucas. El pistolero se asusta —gritos, sangre, alboroto— y sale de la barbería. Los barberos chinos reaparecen, tras haberse escondido en la trastienda, y tratan de ayudar al herido y de entender por qué esos críos andan todos tan locos, mientras uno de ellos hace un torniquete y otro llama al 112.
La policía llega pronto y comprueba aquel desastre: el torniquete empapado a la altura donde hace nada debía empezar un gemelo. La ambulancia aparece casi al mismo tiempo, Amílcar con Cartellà, porque en Barcelona, por calles y avenidas siempre hay cerca ambulancias, taxis y dealers disfrazados de repartidores de comida rápida.
Samuel se lo pondrá fácil a los Mossos d’Esquadra tras colgar un vídeo conduciendo por la carretera de La Roca a doscientos cuarenta kilómetros por hora. Samuel queda detenido y Lucas, cojo.
Álex Gual tiene frente a él —mesa de por medio, en su despacho de abogado— a Yasmine, anunciada como hermana de Samuel. Está maquillada, puesta hasta arriba de mejunje, nerviosa y faltona incluso cuando le pregunta cuándo saldrá Samuel, reiterándole que su hermano no ha hecho nada y que Señor Paco le manda recuerdos.
Álex descubrió hace tiempo que Yasmine no es hermana de nadie. Al menos, no de Samuel. Es solo otra novia de Badoo, y tampoco es Carolina. En breve volverá a preguntarle de quién es hermana, como si le encantara que aquellos seres del extrarradio, a quienes Niño Gordo sigue admirando en una confusa mezcla de complejo de superioridad, le engañen una y otra vez.
Aquellos cuerpos hermosos, fibrados y sexualizados, maquillados, peinados y tuneados, con fecha de desguace, pero hoy exhibidos orgullosos y paveros en locales y redes sociales. Sabedores de su precio al alza, pero radicalmente especulativo, de presente inmediato, de fin del mundo. Cuerpos de purria, carne de gimnasio de clase baja, sin lecturas ni argumentos políticos; la última línea de defensa en los barrios periféricos contra los otros habitantes de la misma ciudad alternativa: los que no necesitan piel ni cuerpos porque tienen abrigos caros y vestidos preciosos, siempre diletantes —aviones, taxis, reuniones— con bolsas discretas de tiendas extraordinarias, oliendo a lujo.
Esa guerra de venganza y sumisión entre piel barata y crujiente contra vestidos elegantes, gasas en verano y ropas que abrigan desde la ligereza en invierno, que Álex ha contemplado siempre sin poder alistarse en ningún ejército; ni antes, cuando no tenía el cuerpo, ni ahora, que tiene el dinero.
(...)
Objetos perdidos, de Carlos Zanón, sigue aquí.
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