Índice
Cubierta
Portadilla
Índice
Dedicatoria
Entre rosas
Primera Parte
Capítulo 1: Annawadi
Capítulo 2: Asha
Capítulo 3: Sunil
Capítulo 4: Manju
Segunda Parte
Capítulo 5: Casa fantasma
Capítulo 6: El agujero al que llamaba ventana
Capítulo 7: La crisis
Capítulo 8: El maestro
Tercera Parte
Capítulo 9: Efecto brillo
Capítulo 10: Cotorras, se capturan y se venden
Capítulo 11: Dormir como es debido
Cuarta Parte
Capítulo 12: Nueve noches de baile
Capítulo 13: Algo que brille
Capítulo 14: El juicio
Capítulo 15: Hielo
Capítulo 16: Blanco y negro
Capítulo 17: Una escuela, un hospital y un campo de críquet
Nota de la autora
Agradecimientos
Notas
Sobre la autora
Créditos
Grupo Santillana
Para los dos Suniles
y lo que me enseñaron acerca de no rendirse
ENTRE ROSAS
Bombay, 17 de julio de 2008
Se acercaba la medianoche. La mujer coja tenía quemaduras graves y la policía de Bombay iba a venir a buscar a Abdul y a su padre. En una chabola junto al aeropuerto internacional los padres de Abdul llegaron a una decisión con una economía verbal impropia de ellos. El padre, un hombre enfermo, esperaría dentro de la choza alfombrada de basura y con techumbre de hojalata donde vivía la familia de once. Cuando lo arrestaran no opondría resistencia. Abdul, el sostén económico de la familia, era quien tenía que escapar.
Como de costumbre nadie le había pedido a Abdul su opinión sobre este plan. Estaba petrificado por el pánico. Tenía 16 años, o quizá 19…; sus padres eran un desastre para las fechas. Alá, en su impenetrable sabiduría, lo había hecho pequeño y asustadizo. Un cobarde, así se refería Abdul a sí mismo. No sabía nada de cómo esquivar a la policía. Prácticamente de lo único que entendía era de basura. Casi todas las horas que había estado despierto de todos los años que podía recordar las había pasado comprando y vendiendo a los recicladores lo que los más ricos tiraban a la basura.
Ahora era consciente de la necesidad de desaparecer, pero, más allá de eso, la imaginación le flaqueaba. Echó a correr, pero después volvió a casa. El único escondite que se le ocurría era entre su basura.
Entreabrió la puerta de la chabola familiar y miró fuera. Su hogar estaba más o menos en el centro de una hilera de casas construidas a mano y encajonadas y el cobertizo asimétrico donde almacenaba su basura estaba justo al lado. Llegar hasta él sin ser visto privaría a sus vecinos de la satisfacción de entregarlo a la policía.
No le gustó la luna, sin embargo. Llena y estúpidamente brillante, iluminando el descampado frente a su casa. Al otro lado del mismo estaban las chabolas de otras dos docenas de familias y Abdul se temió no ser el único que espiaba oculto detrás de una puerta de contrachapado. Algunas personas del asentamiento querían ver enferma a su familia debido a viejos resentimientos entre hindúes y musulmanes. Otras les eran hostiles por la más moderna de las razones: la envidia económica. A base de trabajar con basura, una ocupación que muchos indios encontraban despreciable, Abdul había logrado mantener a su familia por encima del nivel de subsistencia.
Al menos el descampado estaba en silencio, aunque era un silencio inquietante. Una suerte de playa de un amplio lago de aguas residuales que señalaba el límite este del poblado, la mayoría de las noches el lugar era un auténtico caos: gente discutiendo, cocinando, coqueteando, lavándose, cuidando cabras, jugando al críquet, esperando turno para coger agua en una fuente comunal, haciendo cola a la puerta de un pequeño burdel o durmiendo la mona del licor de mala muerte que vendían dos chozas más abajo de la de Abdul. Las tensiones que bullían en los chamizos atestados repartidos por estrechos callejones tenían en este lugar, el maidan, la única vía de escape. Pero después de la pelea y de que la mujer conocida como la Coja resultara quemada, la gente se había retirado a sus chabolas.
Ahora, entre jabalíes, búfalos y la colección habitual de borrachos tumbados boca abajo, parecía haber una única presencia alerta: un niño nepalí menudo y de aspecto anodino. Estaba sentado, abrazándose las rodillas con los brazos, en el resplandor tachonado de azul del lago de residuos, en cuyas aguas se reflejaba el letrero de neón de un hotel de lujo. A Abdul no le importó que el niño nepalí lo viera esconderse. Aquel chico, Adarsh, no era ningún soplón de la policía, simplemente le gustaba andar por ahí hasta tarde y evitar así a su madre y sus broncas nocturnas.
No iba a encontrar un momento más seguro que aquél. Abdul salió disparado hacia el cobertizo de la basura y cerró la puerta detrás de él.
Dentro estaba oscuro como el carbón, las ratas campaban a sus anchas y, sin embargo, qué alivio. Su almacén —poco más de diez metros cuadrados—, con pilas hasta el techo de las cosas de este mundo que Abdul sí sabía manejar. Botellas vacías de agua y de whisky, periódicos mohosos, aplicadores de tampones usados, fajos de papel de aluminio, esqueletos de paraguas víctimas del monzón, cordones de zapatos rotos, bastoncillos de algodón amarillentos, cintas de casete enredadas, estuches de plástico rotos que en otro tiempo habían contenido Barbies de imitación. En algún lugar de la oscuridad había una Berbee o quizá incluso una Barblie, mutilada a resultas de algún experimento a los que los niños con muchos juguetes parecían someter a aquellos que ya no les gustaban. Con los años Abdul se había convertido en un experto en minimizar las distracciones. Todas las muñecas de ese tipo las colocaba en la pila de basura con los pechos hacia abajo.
Evita problemas. Ése era el principio por el que se regía Abdul Hakim Husain, una idea defendida con tal convencimiento que parecía impresa en su apariencia física. Tenía ojos y mejillas hundidas, un cuerpo encorvado por el esfuerzo y musculoso, del tipo que reclamaba menos espacio del que en justicia le correspondía cuando se abría paso por los callejones atestados de gente del asentamiento. Casi todo en él parecía batirse en retirada, salvo las orejas, prominentes, y el pelo, que se le rizaba hacia arriba como el de una chica cada vez que se enjugaba el sudor de la frente.
Tener una presencia evasiva, anodina era algo útil en Annawadi, la fosa séptica en la que vivía. Allí, entre los prósperos barrios residenciales de la capital financiera de India, tres mil personas se habían amontonado en o encima de trescientas treinta y cinco chabolas. Era un continuo ir y venir de inmigrantes de todo el país, hindúes en su mayoría, de todas las castas y subcastas. Sus vecinos encarnaban creencias y culturas tan diversas que Abdul, uno más de las tres docenas de musulmanes de la barriada, ni siquiera aspiraba a entender. Se limitaba a aceptar que Annawadi era un terreno minado, sembrado de contradicciones, nuevas y viejas, con las que estaba decidido a no tropezar. Porque Annawadi también era un lugar inmejorable en el que ganarse la vida con la basura que generan los seres humanos.
Abdul y sus vecinos habían ocupado terrenos que pertenecían a las Autoridades Aeroportuarias de India. Tan sólo una carretera flanqueada por cocoteros separaba el asentamiento de la entrada a la terminal internacional. Dirigidos a la clientela del aeropuerto y rodeando Annawadi había cinco lujosos hoteles: cuatro megalitos ornamentados y marmóreos y un Hyatt, esbelto y de cristal azul, desde cuyos pisos superiores Annawadi y otros asentamientos similares parecían aldeas dejadas caer al azar en los huecos entre elegantes moderneces.
—Todo a nuestro alrededor son rosas y nosotros somos el estiércol que hay entre medias —así lo había descrito el hermano pequeño de Abdul.
En el nuevo siglo, conforme la economía india crecía a mayor ritmo que la de cualquier otro país con excepción de China, los bloques rosa de apartamentos y torres acristaladas de oficinas habían surgido por doquier en las inmediaciones del aeropuerto internacional. Una gran corporación se llamaba, simplemente, «Más». Más grúas para levantar más edificios, el más alto de los cuales interfería con el aterrizaje de cada vez más aviones. Era una carrera de obstáculos tóxica, impulsada por la búsqueda de prosperidad que desde la ciudad dejaba caer puñados de oportunidades en los asentamientos de chabolas.
Cada mañana miles de recolectores de basura se desplegaban por la zona del aeropuerto en busca de excesos susceptibles de ser vendidos, unos pocos kilos de las toneladas de basura que Bombay expele diariamente. Estos traperos se lanzaban a la caza de cajetillas de cigarrillos arrugados lanzados desde la ventanilla de coches con cristales tintados. Dragaban alcantarillas y asaltaban contenedores en busca de botellas vacías de agua y cerveza. Cada noche recorrían la carretera que lleva al asentamiento con sacos de arpillera llenos de basura a la espalda, como una procesión de papás noeles desdentados y trabajando a comisión.
Abdul los esperaba junto a su oxidada balanza. En la jerarquía del negocio de desperdicios de la infraciudad, este joven estaba un escalón por encima de los traperos, era un comerciante que tasaba y compraba lo que éstos encontraban. Sus beneficios venían de vender la basura a granel a pequeñas plantas de reciclaje situadas a pocos kilómetros de allí.
La madre de Abdul era la regateadora de la familia, siempre dispuesta a bañar de insultos a cualquier recolector que pidiera demasiado dinero por su basura. Abdul en cambio era de verbo parco y agarrotado. Donde realmente destacaba era en la clasificación, el proceso crucial y penosísimo de dividir la basura adquirida en una de las sesenta categorías posibles: papel, plástico, metal, etcétera, para después venderla.
—De todas formas, nunca tuviste cabeza para los estudios —le había dicho hacía poco su padre. Abdul no estaba seguro de haber ido lo suficiente al colegio como para saber una cosa así. Cuando era más pequeño se había sentado en un aula donde nunca ocurría gran cosa. Después de aquello sólo trabajo. Un trabajo que generaba tanta porquería que los mocos se le volvían negros. Un trabajo más aburrido que sucio. Un trabajo que, según sus cálculos, seguiría haciendo toda su vida. La mayoría de los días este panorama le pesaba tanto como una condena. Aquella noche, mientras se escondía de la policía, le resultaba reconfortante.
El olor a quemada de la Coja era más leve dentro del cobertizo, donde tenía que competir con la peste de la basura y con el sudor producto del miedo que impregnaba las ropas de Abdul. Se desnudó y escondió los pantalones y la camisa detrás de una precaria pila de periódicos cerca de la puerta.
Lo mejor que se le había ocurrido era trepar la montaña de basura de casi dos metros de alto y después esconderse dentro, pegado a la pared trasera, lo más lejos posible de la entrada. Era ágil y a la luz del día era capaz de escalar aquel montículo en ceñido equilibrio en sólo quince segundos. Pero un paso en falso en la oscuridad causaría un alud de botellas y latas que retransmitiría su paradero a todo volumen, puesto que las paredes comunes que separaban unas chozas de otras eran delgadas.
A la derecha de Abdul se oían, cosa insólita, leves ronquidos, algo de lo más desconcertante. Los emitía un primo lacónico recién llegado de una aldea rural que probablemente había pensado que en la ciudad quemaban mujeres todos los días. Abdul se desplazó hacia la izquierda y palpó en la oscuridad en busca de un montón de bolsas de poliuretano. Aquellas bolsas eran auténticos imanes para la porquería. Odiaba clasificarlas, pero recordaba haberlas arrojado sobre una pila de cartones mojados; amortiguarían el ruido de la escalada.
Encontró las bolsas y las cajas aplastadas junto a la pared lateral, la que separaba el cobertizo de su casa. Tomó impulso, subió y esperó. El cartón se comprimió, las ratas cambiaron de sitio, pero nada metálico cayó al suelo. Ahora podía usar la pared lateral para conservar el equilibrio mientras decidía cuál sería su siguiente paso.
Alguien arrastraba los pies al otro lado de la pared. Su padre, seguramente. Estaría ya en pijama, la camisa de poliéster que le quedaba grande de hombros y probablemente mirándose la palma de la mano llena de tabaco. El hombre llevaba toda la noche jugueteando con el tabaco, trazando círculos con el dedo, luego triángulos, otra vez círculos. Era lo que hacía cada vez que no sabía lo que estaba haciendo.
Unos cuantos pasos más, algún que otro tintineo inoportuno y Abdul se encontraba ya junto a la pared del fondo. Se tumbó. Ahora se arrepentía de no llevar pantalones. Mosquitos. Los bordes de un recipiente de plástico rígido se le clavaban en los muslos.
El persistente olor a quemado en el aire era amargo, más a queroseno y a sandalia derretida que a carne humana. De haberlo percibido mientras caminaba entre las chabolas, a Abdul no le habría dado especial asco. Aquello era olor a rosas comparado con la comida en descomposición de los hoteles que se vertía cada noche en Annawadi y que era el sustento de trescientos cerdos rebozados en mierda. Lo que le ponía el estómago del revés era saber qué y de quién era el olor.
Abdul conocía a la Coja desde el día, ocho años atrás, en que su familia llegó a Annawadi. No le había quedado otro remedio, pues tan sólo una sábana separaba las dos cabañas. Incluso entonces su olor le había perturbado. A pesar de su pobreza aquella mujer lograba de alguna manera perfumarse. A la madre de Abdul, que olía a leche materna y a cebollas fritas, le parecía mal.
En los días de la sábana, como ahora, Abdul creía que su madre, Zehrunisa, tenía la razón en casi todo. Era tierna y cálida con sus hijos y su único gran defecto, en opinión de Abdul, su hijo mayor, era el lenguaje que empleaba cuando estaba regateando. Aunque decir tacos era algo habitual cuando se negociaba con basura, tenía la impresión de que su madre se recreaba un tanto en la norma.
—Macarra estúpido con cerebro de mosquito —decía simulando estar escandalizada—.¿Te crees que sin tus latas mis hijos se van a quedar sin comer? ¡Debería bajarte los pantalones y cortarte lo poco que tienes ahí dentro!
Esto, de boca de una mujer que había sido criada en una aldea perdida para llevar una vida devota y oculta bajo un burka.
Abdul se consideraba a sí mismo «anticuado, en un 90 por ciento» y no dudaba en criticar a su madre:
—¿Qué diría tu padre si te oyera maldecir en la calle?
—Diría de todo —respondió Zehrunisa—, pero él fue quien me casó con un hombre enfermo. Si me hubiera quedado tranquilamente en casa, como hizo mi madre, todos estos niños se habrían muerto de hambre.
Abdul no se atrevía a nombrar en voz alta el gran defecto de su padre, Karam Husain: demasiado enfermo para clasificar basura, pero no lo bastante como para mantenerse alejado de su esposa. La secta salafí en la que había sido criado se oponía al control de natalidad y, de los diez niños que Zehrunisa había alumbrado, habían sobrevivido nueve.
Con cada nuevo embarazo Zehrunisa se consolaba pensando que estaba produciendo mano de obra para el futuro. Sin embargo Abdul era la del presente, y la llegada de un nuevo hermano o hermana siempre era para él motivo de inquietud. Cometía errores, pagaba de más a los traperos por sacos de desperdicios sin valor.
—Tranquilízate —le había dicho su padre—. Usa la nariz, la boca, los oídos y no sólo la balanza.
Golpea el metal con un clavo, así sabrás de qué está hecho. Muerde el plástico para identificar su composición. Si es duro, pártelo en dos y huélelo. Si huele a fresco, es que está hecho de poliuretano de buena calidad.
Abdul había aprendido. Llegó un año en que tuvieron suficiente para comer. Al siguiente la casa se asemejaba un poco más a un hogar. Sustituyeron la sábana por un panel divisorio hecho de trozos de aluminio y, más tarde, levantaron una pared de ladrillos desechados, lo que convirtió su chabola en la morada más sólida de las de su hilera. Cada vez que pensaba en el tabique de ladrillo lo invadían sentimientos dispares. Orgullo, miedo de que la calidad de los ladrillos fuera tan mala que la pared fuera a desmoronarse, alivio sensorial. Ahora había una barrera de casi ocho centímetros entre él y la Coja, quien, mientras su marido salía a clasificar basura, se dedicaba a recibir a sus amantes.
En los últimos meses Abdul sólo la oía cuando pasaba renqueando con sus muletas de camino al mercado o a la letrina comunal. Las muletas de la Coja daban la impresión de ser demasiado cortas, porque cuando caminaba lo hacía sacando el culo, agitándolo de una manera que hacía reír a la gente. El carmín era otro motivo de hilaridad. ¿Se pinta la cara para pasarse el día acurrucada en ese agujero de mierda? Unos días llevaba los labios naranja, otros rojo amoratado, como si se hubiera subido al ciruelo que estaba junto al hotel Leela y se lo hubiera comido entero.
El verdadero nombre de la Coja era Sita. Tenía la piel clara, lo que por lo general es una ventaja, pero la pierna raquítica había depreciado su valor como novia. Sus padres hindúes habían aceptado la única oferta de matrimonio que habían recibido, de un musulmán, pobre, feo y muy trabajador. Viejo, «medio muerto, pero quién más la va a querer», tal y como había dicho su madre con el ceño fruncido en una ocasión. El improbable marido la había rebautizado Fatima y de su intempestivo apareamiento habían nacido tres niñas escuálidas. La más enfermiza se había ahogado en un barreño, en casa. Fatima no pareció sentir su pérdida, lo que dio que hablar a la gente. Pasados unos pocos días salió de su choza meneando las caderas como siempre y mirando fijamente a los hombres con sus ojos insolentes y jaspeados de destellos dorados.
En los últimos tiempos en Annawadi había demasiadas ansias, o al menos eso le parecía a Abdul. Conforme India empezaba a prosperar, las viejas ideas sobre aceptar la vida que le viene a uno asignada por su casta o por sus deidades estaban dando paso a una creencia en la reinvención terrena. Los habitantes de Annawadi hablaban ahora como si tal cosa de una vida mejor, como si la buena fortuna fuera un primo que llegaba de visita el domingo, como si el futuro se presentara distinto de algún modo del pasado.
Mirchi, el hermano de Abdul, no tenía intención de trabajar separando basura. Se imaginaba vestido con un uniforme almidonado y presentándose todos los días a trabajar en un hotel de lujo. Había oído hablar de camareros que se pasaban el día clavando mondadientes en trozos de queso o alineando cuchillos y tenedores en una mesa. Quería un trabajo de esa clase, limpio.
—Espera y verás —le había espetado una vez a su madre—. ¡Voy a tener un cuarto de baño tan grande como esta chabola!
El sueño de Raja Kamble, el enfermizo limpiador de retretes que vivía en el callejón detrás del de Abdul, era renacer desde el punto de vista médico. Una válvula nueva que le arreglara el corazón y le permitiera sobrevivir para terminar de criar a sus hijos. Meena, de 15 años, cuya choza estaba doblando la esquina, ansiaba la libertad y la aventura que había visto en las telenovelas, en lugar de un matrimonio concertado y la sumisión doméstica. Sunil, un trapero raquítico de 12 años, quería comer lo suficiente para empezar a crecer. La ambición de Asha, una mujer de armas tomar que vivía junto a las letrinas, tenía un carácter distinto. Soñaba con ser la primera mujer jefa del asentamiento y hacer su entrada en la clase media a lomos de la inexorable corrupción. Su hija adolescente, Manju, consideraba su propio objetivo más noble: convertirse en la primera licenciada universitaria de Annawadi.
La más ridícula de estos soñadores era la Coja. Todo el mundo pensaba así. Su principal interés era el sexo extramatrimonial, pero no la movía sólo el afán de ganar dinero. De haber sido así, sus vecinos lo habrían entendido. Pero es que la Coja también buscaba trascender el infortunio que le había ganado su apodo. Quería ser respetada y considerada atractiva. Para los vecinos de Annawadi tales deseos eran impropios de una lisiada.
Lo que quería Abdul era esto: una esposa que desconociera palabras como chuloputa o tu puta madre, a la que no le importara demasiado cómo oliera y, con el tiempo, un hogar en alguna parte, cualquiera, que no fuera Annawadi. Al igual que la mayoría de los habitantes del asentamiento, del mundo en realidad, estaba convencido de que sus aspiraciones estaban en consonancia con sus capacidades.
La policía estaba en Annawadi, cruzando el maidan en dirección a su casa. Tenía que ser la policía. Ningún habitante de la barriada hablaba con tal seguridad.
La familia de Abdul conocía a muchos de los agentes de la comisaría local, lo suficiente para temerlos a todos. Cuando se enteraban de que alguna familia del poblado estaba ganando dinero, la visitaban cada día con el fin de extorsionarla. El peor de todos había sido el agente Pawar, quien había maltratado a la pobre Deepa, una niña sin hogar que vendía flores junto al Hyatt. Pero la mayoría de ellos de buena gana se sonarían las narices con tu último trozo de pan.
Abdul había estado preparándose para el momento en que los agentes cruzaran el umbral de su casa familiar, para el ruido de niños gritando, de recipientes de acero inoxidable vueltos del revés con violencia. Pero los dos agentes se mostraron de lo más tranquilos, amistosos incluso, mientras les hacían partícipes de los hechos más relevantes. La Coja había sobrevivido y había formulado una acusación desde su cama en el hospital, a saber, que Abdul, su hermana mayor y su padre la habían p
