Índice
Portadilla
Índice
Introducción
El desafío de pensar
Un pensamiento afirmativo
Pragmatismo mal entendido
Necesidades
La educación como gobierno
Acuerdos necesarios
Ignorar el conocimiento
Singulares y plurales
Argumentar es más que opinar
La gente y el público
La necesidad de enseñar
El cuidado de las palabras
En condiciones de igualdad
Una sociedad de solitarios
«Nos viene con ideas»
Evaluación y valoración
Días de austeridad
Callar y acallar
Pertrechados con convicciones
Constancia e insistencia
Desde niños
Detalles decisivos
Las otras primaveras
Con humanidad
Nuestras relaciones de poder
Una buena conversación
Profesionales con oficio
Sencillamente mejor
El ocio imprescindible
Nuestros mayores
Temor a las relaciones
Trastornos de la mirada
Carta de ajuste
Peritos en desanimar
La vida diaria
Más que una profesión
Nos ocurre con el libro
La tarea de desdisciplinar
Nada de resignación
Signos de puntuación
Armoniosamente
Explicaciones sin comprensión
El afán de escribir
Hoy, por ejemplo
Un modo de proceder
Estacionados
Pruebas finales
Es la relación
Mientras dormimos
Más pobre, más extranjero
El detector
El valor de escuchar
Las venturas de investigar
Las inútiles
Tanto que hacer
Dígame, dígannos
Un aire común
En calma
Con cuidado
Entre amigos
Las oportunidades efectivas
Lo llamado normal
Alicientes
En la puerta de al lado
No da lo mismo
Otro tiempo
Paternalismo infecundo
Da que pensar
La sensibilidad en suspenso
A escena
Bajo sospecha
Cuerpo culto
Niños aún más cerca
Los límites de entender
Dolor físico
Otra entrega
Seguramente
En blanco
Por las orillas
Retornar sin retroceder
Hablar lo mismo
Seleccionar
En vilo
Con este libro
Descansados
Sin discurso
A las aulas
Dejar pasar el rato
Los buenos y los malos
Seres horizonte
Saber vincular
Ensimismados
El legado
Luchar por algo
Apariencias
Aforismos
Plácidamente
La rabiosa actualidad
La amabilidad por venir
Marcar derroteros
Sufrimiento
Encontrados
Muy divertido
Cosas
En común
Reposo y movimiento
Entre objetos
Sin claudicaciones
Acumular
A ratos
Con talento
Una singular recuperación
El riesgo de mirar
Insatisfacción
Lo mejorable
Una pausa
Lo inhóspito
Renacer
Sueños necesarios
Aprender en casa
Fuerza inesperada
Razón suficiente
La buena pinta
Está claro
Nuestros rincones
La destrucción
Con épica y con lírica
Otros alicientes
Universitariamente
Distinguirse
Fugas diversas
Decir poético
Entregarse
Formas de especular
No tener que ver
A solas
Inquietante
Vulnerabilidad
Más intensidad
Sobrevolar
Saber y conocer
Pulcritud
Paradójico
Difícil
Lo incomunicable
Afectados
Clases de riesgo
Vidas silenciosas
Escribir a mano
Para tiempos mejores
Simpáticamente
Iba a ser
Estar en otra cosa
Peculiares y comunes
Enredados
Pasivos
Suerte
Lo improbable
Embridar
Dignamente
Lo que no ocurre
Con sentido del humor
Todos únicos
La espera y la despedida
No es tan sencillo
Saber encontrarse
Con perspectiva
De música
El mejor y lo mejor
De uno mismo
Notas de la conversión
Sobre el autor
Créditos
Grupo Santillana
Introducción
Pensar no es un añadido más o menos exótico especialmente interesante para quienes no tienen otras ocupaciones. Es tan determinante para vivir en un horizonte de libertad y tan constitutivo que, en cierto modo, nos jugamos en ello no sólo lo que hacemos, sino quiénes somos.
Ahora bien, no cabe pensar al margen de los tiempos difíciles, complejos y convulsos en los que nos encontramos y que conforman cuanto nos llama a responder. No sólo inciden, son decisivos. Y hemos de intervenir, de participar, de transformar. Siquiera para generar condiciones de posibilidad. Cuanto en este libro se ofrece se inscribe con insistencia hasta la reiteración si fuera preciso en semejante situación. Que se persiga la sencillez no supone ignorar esta complejidad que se corresponde con la de lo que hay, con la de lo que ocurre.
Necesitamos palabras capaces de motivar, de mover, y en espacios compartidos y de comunicación. Y no es que uno escriba porque ya las posee y pretenda, sin más, transmitirlas. También se trata de ver hasta qué punto somos capaces de decir puestos en el riesgo público de llegar a pensarlo. No pocas veces falta consideración para con el lenguaje y todos hemos de velar por su cuidado, por la búsqueda de palabras ajustadas. Juntos nos sentimos convocados a esta tarea, con la convicción de que desatenderla debilita los conceptos y malversa lo que vivimos. Ella nos acompaña hasta el extremo de llamarnos a ser mesurados y ponderados, con la voluntad de hacer crecer, de impulsar, de promover y de estimular, que forman parte de la labor imprescindible de decir.
Se trata, en efecto, de hacer, pero pensar es a su vez una teoría de lo que hacemos, del mismo modo que una relación con nuestro obrar, con nuestra existencia. El libro no deja de ser la propuesta de una serie de ejercicios de pensamiento que, a la par, propician la acción. En esta dirección los textos nos inducen a dar el salto.
El cuidado y el cultivo de uno mismo, de los otros y de la ciudad otorga una dimensión social, política y pública a lo que precisamente por eso no deja de ser una labor singular, personal, insustituible e irremplazable. Y ello no se reduce a la mera entrega a lo individual o a la desconsideración para cuanto no ratifique lo que ya hacemos o pensamos. También precisamos otros planteamientos y diferentes desplazamientos. No siempre estamos satisfechos ni con lo que hacemos ni con lo que sucede.
Los textos que conforman este libro se han venido desgranando uno a uno, poco a poco, sorbo a sorbo, trago a trago, y son ocasión y vicisitud, y a ella responden. Sin embargo, no se limitan a las peripecias de la mera actualidad, aunque la tengan bien en cuenta. No se rigen por el afán inmediato de lo más noticioso, ni tratan de ser la crónica cotidiana de algo pasado. En todo caso se vinculan a los avatares de nuestra existencia y buscan responder a nuestro presente, no pocas veces borrado precisamente por la actualidad. En este sentido son textos incidentales, pero no simplemente coyunturales. Se encuentran y fecundan así como libro, donde se entrelazan internamente avanzando en espiral y dándonos fuerzas y razones para proseguir, no sólo para recordar, sino para revivir.
El salto del ángel se ofrece como aliento y compañía, como aliciente y como acicate, pero no para adoctrinar, antes al contrario para que cada quien incida en la elaboración ajustada que hace de su propia trayectoria. Entre otras razones porque todos lo necesitamos, nos necesitamos, para crecer juntos, para no dejar de recrearnos y de nacer.
Este cultivo, que es cultura y que es educación, que vertebran todo el libro, se nutre de la sensibilidad, de la sensualidad y del afecto de los conceptos. Una vez más se trata de que cada quien tome y reescriba con la fantástica posibilidad del proceder de su propia lectura, del ejercicio y de la acción de leer, aquello que configure su propio pensamiento. No hay, por tanto, una trayectoria lineal, ni un itinerario prefijado. Sólo una invitación, la de acompañar el brotar de las palabras y generar un pensamiento fecundo.
Las convicciones son más insistentes que las obsesiones y reaparecen como principios y valores que destellan una y otra vez, en diversas ocasiones. Emergen con más persistencia que cualquier estribillo y van requiriendo la necesidad de algunas decisiones, de ciertas preferencias, de una elección, de un atrevimiento, de un salto. Desde sí hacia sí mismo, o lejos quizá de quien uno ya es. Sin ensimismamiento, con entrega a cuanto ocurre, es cuestión de responder al desafío de aquello que resulta más vulnerable e insostenible para la paciencia y para la justicia.
En esta ocasión, el alcance y el sentido de las palabras del libro se sostienen en el gesto de agradecimiento y de reconocimiento a quienes con su lectura, con su comentario, con su crítica, con sus aportaciones y nuevos textos, en definitiva, con su pensamiento vivo han hecho de estos escritos algo abierto y común. Este espacio de comunicación ha confirmado la viabilidad de que comprender no se reduce a entender, ni a ratificar en todo caso lo ya dicho, pero tampoco a desconsiderar o descalificar la palabra del otro. Esta forma de oír, de escuchar, esta hospitalidad para con el decir ajeno ha propiciado que no nos encontremos ante un simple conjunto de aserciones. De este modo, los textos retornan como si nunca uno mismo hubiera sido capaz de lograrlo. La acción de la lectura los ha hecho y los hace saberse siempre en una atractiva intemperie.
El desafío de pensar
La imagen de Il Tuffatore, quien se zambulle dando un salto desde los confines del mundo supuestamente conocido, a partir de las columnas del templo de Hércules, hacia las ignotas aguas del mar abierto, a lo no ya definido, nos lanza, quizá, a otras posibilidades de vida. Las buscamos.
En la frontera de la Magna Grecia y el mundo etrusco-campano, en Paestum, en un fresco de una de las tumbas, se encuentra Il Tuffatore, el nadador que se arroja a la mar (475 a C) y nos convoca con su audacia a ensanchar los límites de lo posible. La imagen ha sido históricamente reproducida, recreada una y otra vez en las escuelas de dibujo, de bellas artes, en las academias y en los deseos de quienes precisamos algo diferente.
Il Tuffatore me acompaña como un desafío y un estímulo, en la pantalla de mi ordenador, en la pared de mi despacho o de la terraza de casa. Ha estado a la vista en mis lugares de trabajo y, si resulto convencional, reconozco que sin esta advocación pagana sería aún peor. Nos llama al reto y al coraje de vivir y de pensar, para responder, para arriesgar, para afrontar el peligro que siempre reclama otras experiencias y que hemos de evitar que nos impida la acción. El miedo es el gran elemento paralizador.
¡ATRÉVETE A SABER!
Sapere aude! Es más que una exclamación ilustrada. Es un grito que de la mano de Kant nos convoca a valernos de nuestro pensamiento, de la propia razón, para no vivir sometidos al dictado de otros, para conocer los propios límites. Y, añadamos, para sobrevivir, y aún más que eso, en un contexto de verdaderoaburrimiento ontológico, donde parece que da igual lo que pensamos, porque pensemos lo que pensemos, ocurre lo mismo. Pero es un grito a la par, Foucault nos lo recuerda, que no es una simple vociferación, es una acción de pensamiento, es un atrevernos a pensar que nos llama a preguntarnos por nosotros mismos y por nuestro propio presente.» «¿Quiénes somos en este preciso momento de la historia?».
EL SALTO DEL ÁNGEL
En el estado Bolívar, en Venezuela, se encuentra este salto donde el agua se precipita desde casi mil metros de altura, con contundencia y con elegancia. Sobrevolado por el aviador Jimmy Angel, que prácticamente clavó en él su avioneta sin perecer, recibe su nombre de esta audacia a la que corresponde con su belleza. Se conjuga así el salto de quien se arroja con los brazos abiertos en un espacio asimismo bello y peligroso, como cuando en un gesto límite, física y literalmente asfixiado, Deleuze buscó otro aire que respirar.
La articulación del «¡atrévete a saber!» con «Il Tuffatore» y con el Salto del Ángel inspiran la labor que nos llama, la del pensamiento y la creación de nuevas posibilidades de vida en un contexto que parece clausurado, inexorable, finiquitado, abocado a caminos ya trillados y cerrados. Y una tarea, la de no quedar enredados en quejas y excusas, en lamentos de brocha gorda, como único modo de respuesta, como coartada para la mera réplica de lo existente. Pero esta tarea del pensar, que ha de ser una acción conjunta, nutrida de innumerables trabajos solitarios, nos exige tener cuidado, es decir, hemos de cuidarnos, de cultivarnos. Si Gadamer insiste en que «la educación es educarse», hay mucho que hacer en este salto del Ángel. Y no precisamente solos.
Un pensamiento afirmativo
Considero atractivos a quienes se implican, se involucran, se comprometen. Y en este tiempo complejo y difícil son singularmente necesarios. Me gustan menos si consideran que hay un único modo de hacerlo y que, por tanto, ellos y sólo ellos se entregan de verdad. Expiden certificados de compromiso. Y los demás, todos nosotros supongo, somos cuitados, convencionales o, en el peor de los casos, claros colaboradores de la desastrosa situación.
Merecen nuestro reconocimiento quienes sostienen un pensamiento afirmativo. Porque, como hay «conseguidores», tampoco faltan los «impedidores»: todo está mal, no hay nada que hacer, no merece la pena, es igual, nadie vale, cualquier acción es insuficiente o, dicho de otra forma, sí hay un modo estupendo de ser, el suyo. En mi suerte, en todo caso, más bien me he encontrado con personas activas y constructivas.
Afirmativo no quiere decir resignado, ni sumiso. Afirmativo no significa carente de espíritu crítico, de valor para la impugnación. Y ni siquiera supone que siempre tengamos propuestas mejores o alternativas. Sí exige que las busquemos, que tratemos de proponerlas, incluso para replantear toda la situación. Aunque por supuesto con otro alcance, nuestro profesor Kant dice que hay cuestiones que la razón no puede apartar pero a las que tampoco puede contestar.
Hay quienes informan, argumentan, ofrecen buenas razones, buscan, dilucidan, conversan, convocan. Y la verdad es que da gusto estar con ellas, con ellos. Y escucharlos y leerlos. No se alimentan de su resentimiento ni de su envidia, que tanta actividad promueven. Esta gente me parece la más adecuada, la más idónea, la más apta. No se las sabe todas y está dispuesta a decir algo, pero también a dejarse decir. No le falta pasión, pero es sobre todo la de la coherencia y la intensidad, no la del alboroto. Su moderación no es mediocridad. Me interesa.
Recibir a quien va a hablar, incluso antes de que lo haga, resuena simbólicamente en el «sí telefónico» que tantas veces utilizamos al descolgar con un cierto aire interrogativo, para abrirnos a la palabra del otro, de los otros. Semejante sí no asiente a lo ya dicho, pues aún no ha sucedido, pero oxigena y anima a proseguir. El «¿sí, dígame?» crea las condiciones de posibilidad para que nos decidamos y nos predispone a la escucha. Aceptar al que quizá piensa diferente, a quien puede decir otras cosas y de otro modo, reconocer su palabra singular y estar dispuesto a recibirla, es ya una posición afirmativa.
Ser afirmativo implica tomar posición, pero no impide la duda, ni la incertidumbre. Supone ofrecer caminos, abrir puertas, perseguir otras condiciones. Y casi diría que serlo es un elemento clave para ser digno de especial mención. Quien piensa a favor de algo, quien es capaz de hablar bien de alguien, quien construye, quien crea, quien ofrece alternativas, es preferible a quien disfruta desautorizando, descalificando, derruyendo. Moverse contra algo o contra alguien, sin embargo, en ocasiones no deja de ser necesario, y puede hacerse como gesto de afirmación. Pero se trata de algo más.
En todo caso, limitarse a generar desaliento lo encuentro descuidado y desconsiderado. A mi juicio, esto se expresa bien en una palabra que, a decir de Cicerón, es la palabra latina que tiene más fuerza y energía: ineptus. «El hombre que no repara en lo que piden la circunstancias o que habla más de lo que debe, o que se vanagloria de sí mismo, o que no se hace cargo ni de la dignidad ni de los intereses de las personas que le rodean, en fin, que es descompuesto y descompasado en modales y palabras, es propiamente un inepto». Más bien me he encontrado otro tipo de gente, pero este pensamiento afirmativo me recuerda que uno mismo nunca está libre de alguna ineptitud. Ojalá disminuya gracias a este espacio.
Pragmatismo mal entendido
Hemos de valorar ser eficientes y eficaces, ser realistas y concretos, atender a la situación y a las circunstancias, valorar la acción, entender que la aplicación y los efectos de lo que hacemos es decisiva, pero no estará mal que no demos demasiado por supuesto en qué consiste todo eso.
Para empezar, conviene que no propugnemos que para serlo hay que dejar de lado el pensamiento, la reflexión, el análisis, las ideas, a decir de algunos una pérdida de tiempo, para ir directamente a lo que importa. «Al grano», dicen. No necesariamente se utiliza esa expresión. Más bien, otras del tipo «seamos concretos», «descendamos a la realidad», «dejémonos de palabras»... Y, desde luego, no hemos de ignorar estos avisos.
Algunos consideran que tal proceder sería garantía de fiabilidad, de no perderse en devaneos, de no refugiarse en las palabras, en definitiva, de autenticidad y de decisión. Y si a ello se añade contundencia y alguna pretendida «naturalidad» en las formas y en las expresiones, todo resulta «más verdadero».
Pues, puestos a sospechar, también sospecho de quienes dicen ir «al grano», no sea que su criterio sea siempre la rentabilidad, y no precisamente la rentabilidad social. En ocasiones, lo disfrazan de «sano sentido común» y lo demás lo consideran «sofisterías» y «ensoñaciones», según palabras de Hegel, quien estima que esos tan «naturales» van contra la razón ilustrada.
Ahora bien, presuponer que lo concreto o la realidad no tienen nada que ver con el pensamiento o con la palabra no deja de ser curioso y causa importantes disparates. Estimar que lo concreto y el concepto no tienen relación entre sí sería desastroso.
Ciertamente, es imprescindible no refugiarse en un sinfín de actividades para desatender los asuntos cotidianos, las venturas y desventuras de la vida, afrontar el hambre, la miseria, el dolor, la pobreza, el sufrimiento y la ignorancia del mundo. Es preciso combatirlos, por supuesto también mediante la cultura y la educación, con la acción que es pensamiento, con el pensamiento que es acción. En esto no ha de haber excusas. Pero, una vez más, ello exige la tarea de pensar.
El propio Hegel se pregunta: «¿Quién piensa abstractamente?». Y en definitiva nos viene a recordar que algunos estiman que si no se habla de peras o de manzanas, no se está diciendo nada concreto. Pero más bien ellas, así, aisladas, separadas, desvinculadas de todo cuanto son y significan, de su maduración, de su necesidad y de su uso, no son en verdad las frutas reales. Al margen del árbol, de la tierra, del paisaje y de cuanto pensamos y decimos, son naturaleza muerta.
Pensar es relacionar, separar y hacer dialogar, vincular, comparar, componer y descomponer, abrir, tener un horizonte de referencia amplio, singular y universal a la par. Por eso es inquietante que no falten quienes estiman que hay que dejar de lado las ideas y los conceptos e ir «a por ello». A veces prescindiendo de importantes valores.
Dejar de lado el pensamiento es violencia, violencia a la realidad, a lo concreto, es violencia sobre los demás. Hegel llama «terrorismo de la voluntad abstracta» el querer vincular, sin mediación, directamente, la voluntad con la ejecución y dice que tal modo de proceder «acaba cortando cabezas como coles». Y en otros casos esta violencia adopta una nueva forma de dejación. Acuciados por ciertas urgencias y necesidades, permitimos que sólo algunos se ocupen de pensar, como si se tratara de una distracción de tiempo libre. Y es lo que parece que desean que hagamos.
Considerar que sólo lo útil tiene sentido es ignorar la realidad. Ello no impide ser pragmático, pero no se trata de pretender serlo al margen del pensamiento. Y de la palabra. Precisamente, por pragmatismo, por eficiencia, por consideración para con la realidad y lo concreto, es imprescindible pensar y hablar mejor.
Necesidades
Insistimos en que vivimos tiempos singularmente complejos y difíciles. Y digo singularmente, porque no son precisamente fáciles para muchos, pero tampoco lo fueron para quienes nos precedieron. Quizá ello explique tanto el desconcierto general como cierta sabia o resabiada serenidad.
¿Qué necesitamos en esta situación? No nos preguntamos ahora por lo que nos apetece, ni siquiera por lo que queremos o deseamos. Estamos hablando de necesidad, de necesidades. Y en esto, también, las situaciones y los planteamientos son muy dispares. Entre las múltiples definiciones de economía que se nos ofrecen, Schumpeter viene a decir que es la ciencia que trata de casar los recursos escasos con las necesidades ilimitadas. Aunque se la ha caracterizado como ciencia sombría, me fijo en esta ocasión en la referencia a «las necesidades ilimitadas».
Bien aprendimos que muchas necesidades se pueden generar y desde luego no habrá modo alguno de afrontarlas si acabamos considerando que son imprescindibles tantas y tantas demandas que hacemos y nos hacemos. Pero no faltan quienes tienen necesidades decisivas. Y no es una redundancia. Las tienen de verdad y ello ha de ser nuestra prioridad.
Hablamos de austeridad y sin duda es necesaria en todo caso, no sólo en situaciones difíciles. En tiempos de carencia en los que ya no haya apenas nada no vendría muy al caso reivindicarla. No ha de utilizarse, sin embargo, como arma arrojadiza para reclamar de otros lo que no somos capaces de exigirnos ni de ofrecer. Y hay necesidades acuciantes, irrenunciables, decisivas.
No hemos de olvidar, a su vez, otras singulares necesidades, no menos determinantes, las del afecto y la palabra próximos, la de una mano cercana y afable, mano amiga que, se denomine de uno u otro modo, es solidaridad, la de la implicación personal y social. Y la complejidad de la situación no ha de ser una coartada para nuestra insensibilidad.
Es inquietante que en ocasiones se busque acumular tanto y que a la par se descuide la falta también radical, la de alguien cercano para poder afrontar la situación, para poder luchar, para reconocer lo que entre nuestras supuestas necesidades no es una simple obediencia a requerimientos provocados. Alguien que nos acompañe, nos desafíe y nos convoque con otra voz que pueda vincularse a lo que sentimos y precisamos. Dejar solo y aislado a quien tiene necesidad es marginarlo.
De entre las múltiples razones para acercarse a La cara interna del viento o la novela de Hero y Leandro, de Milorad Pavic[1], considerado el Borges serbio, está su modo de enlazar la historia contada por Leandro con la relatada por Hero. La página azul, mar que separa ambas narraciones, las invierte en el abrazo de su encuentro. Ello no impide un desenlace fatal. Dos inicios para recrear el mito clásico de Museo, y una misma necesidad.
No es cuestión simplemente de imaginar ni nuestro destino, ni nuestras necesidades. Es, sobre todo, imprescindible no inventarlas ni dejárnoslas crear indefinidamente. La austeridad es asimismo un elemento de salvaguarda, de elección, de preferencia. Hay diferentes modos de ser austero. Y desde luego no es cosa de dar por sabido ni siquiera lo que uno o la sociedad más necesita. Hemos de cuestionárnoslo una y otra vez. Pavic inicia su texto con lo que a Leandro le decía su padre. «Todos los futuros poseen una gran virtud: la de no ser jamás tal y como te los imaginas». Y también la de, con su desconcierto, afectar al presente.
La educación como gobierno
«SÓCRATES. Todo hombre que no conoce las cosas que están en él, no conocerá tampoco las que pertenecen a otros.
ALCIBÍADES. Eso es verdad.
SÓCRATES. No conociendo las cosas pertenecientes a los demás, no puede conocer las del Estado.
ALCIBÍADES. Es una consecuencia necesaria.
SÓCRATES. ¿Un hombre semejante puede ser alguna vez un buen hombre de Estado?
ALCIBÍADES. No.
(Platón, Alcibíades, 131 a-b)
En cierto modo, educarse es gobernarse. Cuando los clásicos grecolatinos hablan del cuidado y del cultivo de uno mismo, están convocando a un modo de educación que afecta a toda la existencia y la constituye. Es el cuidado de uno mismo y de los demás. Y ello exige criticar lo que somos, analizar históricamente los límites que se nos han establecido y examinar su franqueamiento posible. Y aquí aprendemos con Foucault. Hablamos, y con razón, de las técnicas de dominación, pero no hemos de olvidar las técnicas de constitución de uno mismo, verdaderos procedimientos para hacer que seamos los sujetos que somos. Sujetos en ocasiones bien sujetados.
Para quienes consideramos que la educación no es la simple adquisición de conocimientos y pensamos que es decisiva la transformación de los valores, con los valores, para quienes estimamos que conocimientos, competencias y valores han de ir al unísono, esa transformación exige unas determinadas formas de vida. Éstas se expresan en cada gesto, en cada acción, en cada palabra, en todo nuestro comportamiento y en nuestro deseo. Nos preguntamos, también con razón, sobre cómo aprender, pero no hemos de separar esa cuestión de la de cómo nos constituimos a nosotros mismos como sujetos, hasta llegar a ser artesanos, artífices, de la belleza y dignidad de nuestra propia vida. Se trata de cuidarnos de nuestras conductas y de nuestras relaciones con nosotros mismos y con los otros hasta procurar una auténtica recreación.
Y todo ello tiene un alcance político, que incluye el coraje de la curiosidad de pensar si seremos capaces de llegar a ser otros. Y se trata de eso, de prácticas que producen verdaderas transformaciones del sujeto. Transformaciones que lo son a su vez de la sociedad.
Si avanzamos en estas consideraciones, se ponen en cuestión muchas de nuestras ideas preestablecidas sobre lo político, lo público y lo común. Y quizá también encontramos en la propia palabra economía algo que nos ayuda a pensar en esta dirección. Como ley de la casa, nos llama al gobierno de la casa, como se gobierna un navío. Pero si ignoramos que la Economía es una ciencia social, una ciencia humana y, aunque suene redundante, vinculada a las vicisitudes, los vaivenes y las decisiones de las acciones humanas, entonces viene a ser considerada tecnocracia, que se rige y se comporta al margen de nuestras voluntades y se impone sobre ellas. Esta economía maleducada dejaría de ser gobierno para pasar a ser dominación.
No podemos, sin embargo, hablar de esto como si no nos fuera con ello, como si resultara externo e independiente de nuestras acciones. El cuidado de uno mismo, el cultivo, la cultura que ello requiere, son determinantes incluso para garantizar y legitimar nuestra relación con los demás. Pregunta Alcibíades a Sócrates sobre cómo prepararse para la acción pública. La respuesta se centra en el cuidado de sí. «Si uno no es capaz de gobernarse a sí mismo, ¿cómo a gobernar la ciudad?».
Ahora bien, educarse no es ocuparse individualmente de lo que nos afecta e ignorar a los otros, ni olvidarse de lo común, de la comunidad, de la comunicación, es sentirse vinculado a una tarea que precisa nuestra máxima implicación, una implicación de transformación.
Y aquí también se requieren nuevas formas de participación, no sólo las que toman partido, o buscan su parte, sino las de quienes se saben que forman parte de un proyecto compartido. La educación es asimismo una tarea colectiva. Sin esta convicción, lo que denominamos gobierno resulta corto de miras. Alcibíades es llamado a procurar la justicia y la sabiduría, pero para ello, se le dice, ha de «administrar y cuidar de sí y de sus asuntos, como también de la ciudad y de las cosas de la ciudad». Y esto también es economía, pero con educación.
Acuerdos necesarios
Me gustan los acuerdos. No cualesquiera, ni de cualquier modo, ni a cualquier precio. Vivir es acordar y no siempre es fácil ponerse de acuerdo, ni siquiera con uno mismo. Y, desde luego, gobernar es preferir, es elegir, es decidir, pero es determinante no olvidar que gobernar es acordar. Pues puestos a preferir, prefiero los acuerdos.
Hay antagonismos legítimos, posiciones encontradas que merecen todo el respeto, pero no es cuestión de que se anquilosen y bloqueen como losas enfrentadas. No concibo los espacios sociales, políticos y públicos sin la creación de ámbitos de diálogo, de acuerdo y de consenso, el único camino eficiente y estable. Esto no sólo es discutible, sino que es discutido. Por tanto, incluso en este debate sobre la importancia de los acuerdos es probable que no lleguemos a coincidir.
No faltan quienes piensan que acordar implicaría renunciar a las propias convicciones, a los principios, a las ideologías, que, en definitiva, sería claudicar; prácticamente una rendición. En última instancia, les preocupa coincidir, no sólo con algunos, sino incluso con alguien. Es cierto que todo acuerdo combate el inmovilismo y la inflexibilidad de quienes malentienden la coherencia considerándola una posición prefijada y cerrada. No es cuestión de imponer ni de dejarse imponer, pero es desafortunado pensar que el acuerdo ha de establecerse sin afectar lo más mínimo a la posición ya previamente adoptada. De ser así, nunca sería posible. Los demás han de estar de acuerdo, eso sí, conmigo.
Incluso para que haya acuerdos es necesario que existan previamente diferencias, disensiones y que se produzca un efectivo diálogo en el que confrontar las ideas y las posiciones. Sin embargo, abrirse a la posición de los otros no es ninguna claudicación, sino el camino para asentir en lo común. Todos hemos comprobado que hablan y actúan de modo radicalmente distinto quienes lo hacen con miras a un acuerdo y quienes bajo ningún concepto están dispuestos a adoptarlo. Es necesario argumentar, debatir, y considerar que no todo es irrefutable ni demostrable inequívocamente. Los acuerdos conllevan su incertidumbre, son radicalmente humanos, por tanto, discutibles y, en general, perfectibles. Pueden reescribirse, replantearse, aunque con miras a lograr nuevos y mejores acuerdos.
El acuerdo es el camino más consistente y sostenible, el que ha de basarse en una intervención participativa de quienes hacen suyo, de corazón, con suficiente convicción, lo acordado. En definitiva acordar viene de accordare (cor-cordis dice «corazón»). No ha de ser necesariamente una victoria para que sea eficiente, con perspectivas, y siempre exige generosidad.
En realidad, quiénes somos es resultado del acuerdo, como lo es la sociedad, la democracia, la convivencia y tantos y tantos conceptos y valores en los que nos desenvolvemos. Es adecuado cuestionarnos, replantearnos crítica, libre y valientemente, estos acuerdos de fondo, para consolidarlos, para fortalecerlos del modo más efectivo, que siempre es del lado de los ciudadanos y sus derechos.
El desdén por los acuerdos no sólo resta estabilidad y proyección a las acciones y a las políticas humanas, sino que provoca desmembración y desarticulación social. No comparto la posición de quienes eluden los acuerdos porque estiman que de lo que se trata es de ejercer con energía los dictámenes de su voluntad y hacer valer el carácter de su decisión. La intensidad, la coherencia y la flexibilidad son también signos de una energía no menor. Tal vez en esto no estemos de acuerdo, aunque podemos buscarlo.
Ignorar el conocimiento
El conocimiento es la gran posibilidad y excluir a alguien de él es la mayor de las exclusiones, la mayor fuente de desigualdades. No hay modo sensato y con perspectivas de afrontar una situación, cualquier situación, sin el debido conocimiento.
Buscamos saber. Lo necesitamos radicalmente. Lo deseamos «por naturaleza». Son cosas de Aristóteles y son cosas de todos nosotros. No nos referimos simplemente a hacer acopio de información, sino que hablamos de una actitud y de una posición que definen una forma de vida. Y, en común, en comunidad, en ciudad, social y política. Pero desear el saber o reclamarlo requiere crearlo cada día, en cada ocasión, y sostenerlo, con nuestra palabra y con nuestra acción. Platón nos diría tejerlo. Se trata de crear condiciones para una vida digna y justa. Y parecemos olvidarlo, por un procedimiento muy habitual, que es darlo por supuesto. La desconsideración para con el saber y el conocimiento es inquietante y es destructora, más aún si es un proceso global y colectivo.
Nos sorprenden los intentos de abordar situaciones de enorme complejidad que afectan a la concepción de la sociedad, a las relaciones personales, a la economía, al sistema productivo, al desarrollo y al bienestar, desde la insensibilidad para con el conocimiento, como si éste fuera un ingrediente o un aditamento, porque, se dice, hay otras prioridades. Pero es que las más urgentes, el hambre y la pobreza, la miseria y la ignorancia, por ejemplo, no se abordarán con seriedad sin su concurso. Ni el paro, ya que, con razón, tanto hablamos de ello.
Sin embargo, cuando nos referimos a la innovación o a la investigación no faltan quienes tienen una inexplicable tendencia a considerar que son lujos sobreañadidos en tiempos de crisis. Pero son decisivas para cualquier respuesta sensata. Podríamos pensar, sobre todo desde una política equivocada, que ahora es el momento de ocuparnos casi exclusivamente de los asuntos económicos y que ya vendrán posteriormente, si llega el caso, otras atenciones. Pero eso es ignorar lo que significa la economía del conocimiento, olvidar que estamos en la sociedad del conocimiento.
El conocimiento es el principal valor. En primer lugar, para el desarrollo y el crecimiento personales, pero sin duda es la fuente mayor de riqueza, en todos los sentidos. No podremos afrontar la complejidad de la situación actual obviando el conocimiento. Y con una concepción y perspectivas amplias, que incorpore en el corazón de la economía la educación, la formación y la ciencia.
Y, además, el conocimiento es clave para la empleabilidad. No hemos de olvidarlo ni siquiera en estos tiempos difíciles, difíciles incluso para quienes están bien formados. Temas decisivos como la sobrecualificación o la desvinculación de la formación con los requerimientos sociales no deben confundirnos. «A mayor formación, mayor empleabilidad». No exactamente empleo, dado que ello obedece más a la configuración del sistema productivo, que es necesario transformar, a las políticas públicas o a la potenciación del espíritu emprendedor. Pero en tal caso el conocimiento no deja de ser determinante. También para estructurar la sociedad moderna.
Suele citarse con frecuencia que Einstein afirmaba que «la ciencia es maravillosa si uno no tiene que ganarse la vida con ella». Esta alusión relativa a las penurias que comporta la entrega es asimismo su reivindicación. Pero para nosotros es a su vez una llamada para que sea reconocida y valorada. Es decisivo impulsar su generación con dimensión social.
El desarrollo y el bienestar están profundamente vinculados a la innovación y a la investigación, a la formación y a la educación. Y aún más, la ciencia ha de ser considerada como una creación humana al servicio de la libertad, la justicia y la equidad. Ello nos llama a no olvidar que el saber es un bien común y que es imprescindible no mercantilizar el conocimiento. Su excelencia es siempre una necesidad y ha de ser considerada con una visión abierta y amplia. Las llamadas ciencias exactas, técnicas, sociales, humanas... son en definitiva posibilidades determinantes de vida. Así que perder o dilapidar conocimiento es ya la mayor expresión de crisis. No digamos, ignorarlo.
Singulares y plurales
Algunas confusiones personales, sociales y políticas se sostienen en el hecho de no diferenciar lo individual de lo singular. Y suelen concretarse finalmente en algo parecido a «sálvese quien pueda», «yo a lo mío». En tal caso, el individualismo no tiene especiales dificultades para convivir con el egoísmo, incluso para identificarse con él. Disfrazado de contención en uno mismo, sin inmiscuirse en los asuntos ajenos, más bien se alimenta de una desconsideración para con lo colectivo y lo comunitario.
Con tal planteamiento, lo interesante sería casi exclusivamente la entronización del individuo y ello supondría la máxima expresión de la libertad, la libertad individual. Nada que objetar por supuesto a la reivindicación de esta libertad, si bien deberíamos detenernos en algunas consideraciones que no tratan de limitarla, sino de concretarla. Por ejemplo, conviene no desatender la posibilidad de que tengan razón quienes afirman que en verdad no seremos del todo libres hasta que no lo seamos todos.
Hegel sospecha de una noción de individuo que se reduce a proclamarse persona, lo que no está mal pero es insuficiente. En última instancia, es una declaración de derecho abstracto. Pareciendo centrarse en lo más próximo, resulta ser un himno a la indiscriminada indiferencia.
Más concreto sería ser sujeto, lo que nos situaría en el ámbito de la moralidad, lo que, de nuevo, sin estar mal, sigue siendo insuficiente. La verdadera concreción de la libertad consistiría en ser miembro activo de pleno derecho y partícipe en una comunidad, clave de la eticidad.
Así que no faltan quienes hacen proclamas sobre los derechos abstractos de las personas (no digamos el despropósito de denominarlas «personas humanas»), pero a quienes cuesta más reconocer todos sus derechos y obligaciones concretos, y tratarlos como miembros, en todos los sentidos y con todos los efectos, de una comunidad.
Esta estructura de Los Principios Fundamentales del Derecho de Hegel nos ayuda a definir que ser persona es lo específico del individuo universal abstracto, ser sujeto lo sería del particular y ser miembro activo de una comunidad es lo que nos hace ser alguien singular y concreto. Sólo se es diferente en comunidad. De lo contrario, se es indiferente.
Llegar a ser singular tiene importantes consecuencias socio-políticas. Saber que nadie vivirá mi vida, que nadie dirá mi palabra, que nadie morirá mi muerte es reconocerse en lo común, hoy tan desconsiderado. Y es comprometerse en una tarea colectiva que siente que no se agota en los intereses individuales.
Está claro que cuando la situación es más complicada hay una tendencia a refugiarnos en nuestra individualidad, y no faltan quienes lo alientan. Al abrigo de la supuesta intemperie común, se ve afectada la solidaridad, la fraternidad ilustrada, la disposición a reconocer al otro en su diferencia. Cuanto es común se pone bajo sospecha. La crisis podría resultar una buena coartada para la insensibilidad para con los otros.
Pero incluso para abordar nuestra propia situación, precisamos de los demás. No sólo es que hemos de lograrlo juntos, con ellos, es que ellos precisan de nosotros. Es que ellos son también nosotros, aunque no los consideremos «de los nuestros». La singularidad nos hace ser otros, y ello nos permite decir, «nosotros», que siendo otros, somos sin embargo conjuntamente. Hay individuos que no son nada plurales.
Si no somos capaces de una tarea común, de una búsqueda compartida, el individualismo y el egoísmo se erigen en la máxima expresión de incapacidad social y política y entonces no cabe eludir nuestra responsabilidad, mayor o menor, pero responsabilidad, la de no ser capaces de generar espacios comunes, es decir, de comunicación y de comunidad. Y según la posición que adoptamos en estos asuntos se ven concernidas nuestras opciones de vida. Tales planteamientos, supuestamente alejados de nuestra existencia cotidiana, determinan nuestros valores y nuestras convicciones, nuestras decisiones y nuestras elecciones.
Argumentar es más que opinar
Cuando alguien argumenta algo, nos toma en serio. Y se agradece. Porque argumentar es ofrecer razones que tienen en cuenta no sólo de qué se trata, sino con quién se habla. No para decir exclusivamente lo que el otro quiere oír, sino para tener presente su inteligencia y su sensibilidad.
Pero todo resulta acuciado por la prisa. No hay espacio ni tiempo, no sólo que perder sino apenas que ganar. El espacio y el tiempo parecen arrasados. Nada de demorarse. Y para colmo de despropósitos, llamamos «rodeos» a los argumentos. Importa la opinión, la posición y se desatienden las razones. En tal caso, la polémica no es la controversia entre ellas, sino el choque frontal de las posiciones. Y no está mal que se encuentren, pero esgrimiendo los argumentos. Y en el festín de los topetazos, el cuidado se considera tibieza. Para tal faena de exhibición bastan unas dosis de prejuicios, una somera información, algunos tópicos, con los correspondientes intereses, para proponer certezas supuestamente incontestables. Eso sí, y para airearlas con firmeza.
Lo que ocurre es que no pocos asuntos, muchos de especial relevancia, se desenvuelven en el terreno de lo discutible, de lo debatible, de lo que puede ser de una u otra manera y, por tanto, con alta problematicidad. Y entonces se trata de decidir para elegir lo más plausible, lo más preferible, lo más razonable. Ello defrauda a los partidarios de verdades incontestables, aquellas que incluso ya se las saben de antemano y que no buscan más que la adhesión. En tal caso no cabe una efectiva conversación.
Hay cuestiones que pueden resolverse, asuntos que pueden dilucidarse y demostrarse. La demostración se asienta sobre una serie en gran medida deductiva a partir de determinados elementos propuestos. Y conduce a una conclusión. Pero no siempre las cuestiones de la vida, personal, social y política se clausuran de ese modo. La argumentación no es una simple demostración. Busca influir por medio del discurso, busca la implicación de un auditorio, tiene que ver con la vinculación efectiva de personas y precisa de una serie de buenas razones para alcanzar, no tanto una conclusión, cuanto un espacio abierto en las que ellas reclamen, propicien y permitan una decisión, una buena decisión. Y ésta suele estar envuelta en incertidumbres, en argumentos encontrados. Y no es de extrañar que algunos consideren que tiene este componente «trágico». A lo que se añade el hecho de que no basta persuadir, hay que convencer. Y aquí no es suficiente con estar convencido, lo que ya es una conquista, hay que ser convincente. Se argumenta para alguien. Los argumentos no tratan de imponerse, se ofrecen.
Cicerón nos enseña que las grandes decisiones de la vida, «¿con quién viviré?», «¿a qué dedicaré mi vida?», «¿me empeñaré o no en esta batalla?», no se dilucidan con una demostración y precisan argumentación. Exigen decisiones, que no son soluciones, sino resoluciones.
La prisa no puede ser una coartada para el descuido o la desatención, para el atajo que margina los argumentos. Resultaría ofensivo. Sin embargo, en ocasiones, los formatos, los espacios, los escenarios que nos otorgamos para la escucha y para la palabra no parecen apropiados para la argumentación consistente, lo cual no significa necesariamente que haya de ser premiosa o cargante. La palabra se encuentra, entonces, perdida entre palabras, algo extraviada entre dichos, dimes y diretes, entre eslóganes y titulares que nos arrojamos unos a otros, unos contra otros, sin más posibilidad que impactarnos. No, desde luego, de convencernos.
Todo ello no es un argumento contra la brevedad, contra la brillantez argumentativa de quienes nos ofrecen fuerzas y razones, de quienes nos informan directa y claramente, de quienes ajustan extraordinariamente su verbo y a quienes tanto admiramos y con quienes tanto aprendemos. Pero la capacidad de conmover, de deleitar y de convencer requiere sus argumentos, no necesariamente convencionales. Su olvido propicia un enorme deterioro, personal, social y político, e impide el efectivo diálogo y la imprescindible comunicación.
La gente y el público
En ocasiones empleamos despectivamente la expresión «la gente». Parecería un signo de distinción hacerlo, una señal, en efecto, de nuestra voluntad de distinguirnos, que mostraría nuestro propio y mejor criterio, mediante el simple procedimiento de diferenciarnos de ese supuesto conglomerado. «Ya se sabe», se dice, «es que la gente...», «la gente es...», «a la gente le gusta...», «la gente no sabe que...». En última instancia, para que quede claro que nosotros que, por lo visto no nos consideramos gente, somos de otro modo.
Esta desconsideración indiferenciada y global resulta inquietante. En definitiva, tiene que ver con la puesta en cuestión de lo que significa el público. Con ello se retoman importantes debates sobre lo que quiere decir una opinión compartida, sobre lo que suponen las mayorías, sobre los índices de aceptación o de audiencia y hasta sobre el sentido y alcance de la democracia. Desde luego estos asuntos de diferente calado son, sin embargo, determinantes. Y hemos de ser, por tanto, cuidadosos. Para empezar, no hablando con ligereza de «la gente».
No se trata sólo de pensar en el público, se trata de pensar con él, desde la convicción de que el pensamiento no es un acto simplemente interior o solipsista, o meramente mental. La búsqueda del discurso verosímil, el hecho de pensar de una u otra manera con otros, hace necesario que no se considere al público como un recipiente o un receptáculo, sino como un interlocutor.
No es cuestión de identificarnos, sin más, con lo que el público ya es. Al convencer, también se crean auditorios. La palabra es asimismo voluntad de transformación. Y nada convence más que lo que es conveniente, que no es siempre lo que creemos que más nos conviene. Para Aristóteles, «es conveniente aquello que salvaguarda la ciudad». Y ésta es toda una tarea.
La permanente presencia del público en nuestra mirada, en nuestro pensamiento, no significa la reducción de la palabra a espectáculo, sino el inicio de otra implicación. Vivir por y para los ciudadanos es a la par vivir con ellos incorporados en nuestro decir, que es más que hablar. Han de ser nuestro sentido y nuestra referencia si buscamos la palabra justa. Y ello sí modifica de modo determinante nuestra mirada y nos hace cuidar lo que vivimos.
¿A quién mira Velázquez en Las Meninas? ¿A quién miran el pintor que está fuera del cuadro y el pintor que está retratado en el mismo, que a su vez representa la escena? El Velázquez del cuadro, al mirar fuera de él, viene a mirar a quienes contemplamos el cuadro, si bien busca a quien ha de pintar. El reflejo en el espejo del monarca Felipe IV y de su esposa Mariana de Austria nos sitúa en su lugar, mientras se retrata a la infanta Margarita. «En el momento en que colocan al espectador en el campo de su visión, los ojos del pintor, lo apresan, lo obligan a entrar en el cuadro, le asignan un lugar a la vez privilegiado y obligatorio», nos dice Foucault, casi al inicio de Las palabras y las cosas.
En esta dinastía de la representación, entre las satisfacciones del público que contempla la obra está la de sentirse situado en el lugar del rey y, a la par, al lado de Velázquez que, fuera del cuadro, lo crea. «Nos vemos vistos por el pintor, hechos visibles a sus ojos por la misma luz que nos hace verlo.» De este modo, el público constituye el cuadro mismo, es pueblo cultivándose, recreándose, ocupando un lugar determinante y decisivo.
Tal presencia del lector en el texto, del espectador en el cuadro, moderniza la creación. Hoy se habla también de «la lectura de edificios y de cuadros». Al incorporar a los lectores y a las lecturas como parte de una obra, no sólo escrita, el público no es un simple destinatario exterior, sino artífice y partícipe, sin el cual la obra no dice nada, no nos dice nada.
Ignorar al público, en todos los órdenes y sentidos, artísticos, sociales, políticos, reduciéndolo a una lectura clausurada, como la que se nos ofrece en una inadecuada utilización de la expresión «la gente», desvirtúa el sentido de la ciudad, de la polis, de lo conveniente y de lo convincente, de lo necesario, de lo justo. De proceder así, nos dirigiríamos a los demás, como si estuvieran de más, como si fueran un apósito, en lugar de reconocer que son parte determinante de nuestro propio decir, al menos si pretendemos decir efectivamente. No hay derecho a dirigirse al público si la palabra no proviene a su vez, en cierto sentido, también de él, si no cuenta con él. El lógos es êthos y, a la par, polis. La palabra es ciudad pública.
La necesidad de enseñar
Es imprescindible aprender. Nunca hemos de dejar de hacerlo, es tarea de toda una vida, hasta el punto de que cesar de aprender es el máximo envejecimiento, el definitivo. Pero conviene no olvidar que es decisivo enseñar, que alguien enseñe, que alguien nos enseñe.
Aprendemos de múltiples modos y maneras, pero esta variedad no significa que hayamos de desestimar la compañía, la complicidad, la proximidad de quienes nos facilitan, nos procuran, nos acercan, nos posibilitan saber. Podemos intentar engañarnos subrayando que el saber está ahí, al alcance de la mano, que basta hacerse con él, como si se tratara de una noticia o de un objeto, para ser tomado, atrapado, conquistado, consumido. Pero saber requiere toda una incorporación, una apropiación, no es una toma de posesión.
Nunca olvidamos a quien nos enseña bien lo que es verdadero y bueno. Nos inicia en una forma de relación con lo sabido, para que sea parte constitutiva de quienes somos. Es cierto, se insiste, «hay que aprender a aprender», pero no hemos de olvidar que hay que enseñar a aprender. Alguien ya dijo que enseñar es dejar aprender. Y ese dejar no es una pasividad, es una creación de posibilidades propias para cada cual, apropiadas. En realidad, ello distingue al buen profesor, al buen educador. Tener un maestro, disfrutar de la dicha de un buen maestro es un regalo de la vida y hemos de reconocerlo con agradecimiento y con sencillez. Lo hemos necesitado y lo necesitamos.
Hemos de asumir la responsabilidad de que todos tenemos algo que enseñar, que nuestra forma de vivir dice de nuestros valores y convicciones, que en ocasiones, siendo iguales, vemos insoportables en otros. Deberíamos pensarlo. También todos necesitamos que se nos enseñe. Los valores sociales dominantes impregnan un aula colectiva. Y conviene que sean constructivos y justos. No es suficiente con una tarea individual, por otra parte tan necesaria.
Enseñar no es sólo mostrar o indicar. Desde luego, también es señalar por dónde proseguir, por dónde buscar, pero exige a su vez acompañar la tarea. No basta dictar lo que ha de hacerse. Y algo decisivo, para enseñar conviene saber.
Estas consideraciones, supuestamente evidentes, son cuestionadas por quienes estiman que, o bien no son determinantes los contenidos o bien no precisan ser enseñados, ya que pueden consultarse o encontrarse con facilidad. Ciertamente, aprender no es repetirlos sin sentido y sin criterio, pero incorporarlos supone literalmente hacerlos cuerpo propio. Así se preserva el saber, un sapere, que es literalmente saborear. Y ha de haber algo que tenga un cierto sabor. Y alguien que nos ayude a probarlo.
La proliferación de formas innovadoras, de nuevas tecnologías, de procedimientos de aprendizaje, de nuevos instrumentos, escenarios, entornos y posibilidades, la fecunda remisión a las competencias y a las habilidades, no han de hacernos olvidar la extraordinaria importancia de quienes tienen más que ofrecernos, por sus conocimientos, por su experiencia, por su preparación, por su formación, por su pasión. Con sus comportamientos, no menos que con sus materiales, con su amor a lo que enseñan y, asimismo, por lo que significamos para ellos, nos contagian, lo que es determinante. El saber es, a su vez, una forma de relación con el saber. Por eso me gustan quienes no sólo saben matemáticas sino que tienen una singular y atractiva relación con ellas, que no se agota en su utilidad inmediata y que, sin embargo, nos cuida y nos cultiva.
Necesitamos seres de referencia, entornos sociales adecuados que nos convoquen y nos provoquen a ser de modo diferente, a ser en cierta medida otros, mediante el saber y el conocimiento. Considerar que es insuficiente incorporar conocimiento no significa que no sea imprescindible hacerlo. Y ello nos hace estar más contentos, que es literalmente la satisfacción de que el contenido se corresponde, se armoniza, con una determinada forma. Y cuando la forma es el automovimiento de nuestro contenido, nos formamos.
Ello explica por qué la formación ha de ser integral y permanente, por qué ejercitarse en el saber requiere que se nos enseñe. No digamos si se trata de enseñar a enseñar. La reivindicación de aprender no ha de suponer hoy el olvido de una enorme responsabilidad, la de estar dispuestos a enseñar y a que se nos enseñe. Y lo que no es tan fácil, la de ser capaces de hacerlo. La ignorancia también se cultiva y se difunde y cuando el buen conocimiento no se transmite, se genera resentimiento.
El cuidado de las palabras
«Son sólo palabras». De este modo parecemos despachar el asunto anunciando (por cierto con palabras) que ellas son secundarias. Pero no estará de más detenernos ante tanta contundencia y desatención para con su importancia.
«Sólo el ser humano, entre los animales, posee la palabra. La voz es una indicación del dolor y del placer; por eso la tienen también otros animales. En cambio, la palabra existe para manifestar lo conveniente y lo dañino, así como lo justo y lo injusto.» Aristóteles sitúa de este modo el asunto con todo su alcance. Somos seres de palabra, que necesitamos vivir en sociedad. Quien «no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino como una bestia o un dios».
La palabra no es un adorno, ni un ingrediente o complemento, ni un sustitutivo de lo que existe. Ella es real y crea realidad. Produce efectos. Las palabras hacen. Las palabras dicen. Y decir es más que hablar.
Baste esta indicación para subrayar hasta qué punto es decisivo que cuidemos nuestras palabras. No hay cuidado de uno mismo sin cuidado del lenguaje. Es sintomático y delator que no falten quienes estiman que eso no es determinante. No sólo se descuidan a sí mismos, descuidan a los otros. Su insensibilidad para el detalle de lo que dicen y cómo lo dicen suele ir acompañada en ocasiones de una gran atención por lo que se les dice o por lo que se dice de ellos.
En definitiva, si bien una buena educación no se agota en el modo de utilizar el lenguaje, ha de excluir ciertos modos de hablar. Resulta desconcertante a primera vista que Sócrates, al referirse a Teeteto, tras dudar de su aspecto y sin embargo gozar con lo que dice y cómo, afirme que «quien habla bien es una bella y excelente persona». Ello confirma que tal hablar no se reduce a la forma de expresarse, importante en todo caso, sino que requiere capacidad de argumentar y de componer el discurso. Y la manera de vivirlo. Porque, efectivamente, decimos con nuestro modo de vivir. «El verdadero ser del hombre es su obrar», señala Hegel. Éste es nuestro auténtico decir.
La verdadera mentira, lo que encierra una paradoja, no es que digamos lo contrario de lo que pensamos, es que vivamos lo contrario de lo que decimos. El buen decir, la verdadera palabra, es nuestra forma de vida. Por eso se insiste en que lo difícil es ser bello por la forma de vivir. Y por eso admiramos a quienes dicen lo que piensan, piensan lo que dicen y hacen y viven lo que piensan y dicen.
Y en esto también una palabra desajustada introduce una suerte de injusticia en el mundo, ya que el descuido desconsidera la virtud de la justicia que «consiste en la apreciación de lo justo». De nuevo, Aristóteles.
Todo ello no evita la sospecha de que la palabra es poder y puede ejercerse asimismo con poder, como poder y como dominio, como arma arrojadiza, como fuerza de silenciamiento, como arrogancia de superioridad, como una forma de expansión del saber imperante. Un adjetivo puede hacer un daño sustantivo y comportarse como una acción. Y producir efectos. De ahí la necesaria responsabilidad. Pero, en todo caso, estas consideraciones no impiden reconocer que precisamente el conocimiento y cuidado de la palabra es también un arma de libertad.
Amar las palabras, sentir su fuerza y su pasión, reconocer su capacidad de relación, lo que nos ofrecen, entregan y transmiten, es clave para una buena educación, que siempre incluye hablar, leer y escribir adecuadamente, con justeza, con justicia. El descuido y la desconsideración con las palabras, emboscados de supuesta franqueza, denotan insensibilidad e impaciencia, y destilan falsa eficacia y abrupta «sinceridad». Ello afecta de modo radical al pensamiento minucioso y detallista, sencillo, que no es una forma simple de pensamiento, sino que es un modo sutil, un modo de pensar efectivamente.
La gramática, que incluye la sintaxis, o el diccionario, que incorpora el léxico, no son normas vacías para eruditos, sino posibilidades de pensamiento, de experiencias, cauces de comunicación y de libertad, espacios para el encuentro y la creación. Y, sobre todo, nuestras declaraciones, conversaciones y manifestaciones. Constituidos como seres humanos, somos seres de palabra.
