CAPÍTULO UNO
El pelo envaselinado delata que está muerto.
También la chaqueta de cuero, amplia y desgastada, aunque no tanto como las patillas. Y la manera en que mueve la cabeza incesantemente adelante y atrás al tiempo que abre y cierra el Zippo siguiendo el ritmo. Parece que forma parte de los bailarines de acompañamiento de West Side Story.
No obstante, tengo ojo para estas cosas. Sé en lo que hay que fijarse, porque me he topado con casi cualquier tipo de aparición y espectro que te puedas imaginar. El muchacho que pide aventón ronda por un tramo de carretera lleno de curvas de Carolina del Norte, con vallas de madera sin pintar y una gran extensión de nada a ambos lados. Los conductores desprevenidos paran seguramente para escapar del aburrimiento, suponiendo que se trata de un estudiante que lee demasiado a Kerouac.
—Mi chica, me está esperando —dice con entusiasmo, como si fuera a verla en el mismo instante en que pasemos la próxima colina. Golpea el tablero con el encendedor, dos veces, y echo una ojeada para asegurarme de que no haya dejado ningún rasguño en el panel. El coche no es mío. Y tuve que trabajar ocho semanas cortando el césped del señor Dean, el coronel del ejército retirado que vive al final de la cuadra, solo para poder pedírselo prestado. Tiene la espalda más recta que jamás he visto en un hombre de setenta años. Y, si hubiera tenido más tiempo, habría pasado todo el verano escuchando historias interesantes sobre Vietnam. En cambio, he tenido que limpiar arbustos y preparar un terreno de tres por dos para plantar rosales mientras él me observaba con mirada hosca, asegurándose de que su pequeño estaría seguro en manos de un muchacho de diecisiete años vestido con una vieja camiseta de los Rolling Stones y los guantes de jardinería de su madre.
Si soy sincero, sabiendo para lo que iba a utilizar el coche, me sentía un poco culpable. Es un Camaro Rally Sport de 1969 color azul oscuro, nuevecito, que funciona como la seda y ruge en las curvas. No puedo creer que me lo haya prestado, con trabajo de jardinería o sin él. Pero gracias a Dios lo hizo porque, si no, hubiera estado perdido. Era algo que atraería al chico del aventón —algo por lo que valía la pena arrastrarse fuera de la tumba—.
—Debe de ser muy guapa —digo sin mucho interés.
—Sí, hombre, lo es —responde él, y por centésima vez desde que se montó hace ocho kilómetros, me pregunto cómo es posible no darse cuenta a estas alturas de que está muerto. Parece salido de una película de James Dean. Y, además, está el olor, no a podrido sino a mohoso, que flota a su alrededor como una niebla. ¿Cómo es posible confundirlo con alguien vivo? ¿Cómo pueden llevarlo en el coche durante los dieciséis kilómetros que hay hasta el puente de Lowren, donde inevitablemente agarra el volante y precipita coche y conductor hacia el río? Lo más seguro es que se sientan intimidados por su vestimenta y su voz, y por el olor a huesos, ese olor que las víctimas parecen reconocer aunque probablemente nunca lo hayan percibido. Pero, para entonces, es siempre demasiado tarde. Tomaron la decisión de llevar a un muchacho que pide aventón y no están dispuestos a echarse atrás empujados por el terror. Racionalizan sus miedos para desecharlos. La gente no debería hacer eso.
En el asiento del copiloto, el chico sigue hablando con voz distraída de la chica que lo espera en casa, una tal Lisa, de que tiene el pelo rubio más brillante y los labios rojos más hermosos que ha visto nunca, y de que se van a escapar y a casarse tan pronto como regrese pidiendo aventón desde Florida. Estuvo trabajando allí parte del verano con su tío, en una concesionaria de coches: era la mejor oportunidad de ahorrar para la boda, aunque eso implicara permanecer separados durante meses.
—Debe de haber sido duro, estar tanto tiempo fuera de casa —digo yo, y mi voz transmite cierta pena—. Pero estoy seguro de que se alegrará de verte.
—Sí, hombre. De eso es de lo que estoy hablando. Tengo todo lo que necesitamos en el bolsillo de mi chaqueta. Nos casaremos y nos mudaremos a la costa. Tengo un colega allí, Robby. Nos podemos quedar con él hasta que yo consiga un trabajo en algo relacionado con coches.
—Claro —digo yo. El rostro del chico, iluminado por la luna y el resplandor de los faros del coche, muestra una expresión tristemente optimista. Por supuesto, nunca vio a Robby, ni tampoco se encontró con su novia Lisa. Porque en el verano de 1970, tres kilómetros antes del puente, se subió a un coche, probablemente muy parecido a este, y le contó a quienquiera que fuera conduciendo que llevaba en el bolsillo de la chamarra algo que le permitiría empezar una vida.
Los lugareños cuentan que le dieron una buena paliza y luego lo arrastraron entre los árboles, donde lo apuñalaron un par de veces y lo degollaron. Empujaron el cuerpo por un terraplén y lo tiraron a un afluente del río. Allí lo encontró un granjero casi seis meses después, cubierto de enredaderas y con la mandíbula desencajada por la sorpresa, como si no se creyera todavía que estuviera atrapado en aquel lugar.
Y aún ignora que se ha quedado atrapado aquí. Ninguno de ellos parece saberlo. Ahora mismo, el chico del aventón está silbando y meneando la cabeza al ritmo de una música inexistente. Probablemente siga escuchando lo que sea que estuvieran emitiendo por la radio la noche que lo mataron.
Es simpático. Un tipo con el que resulta agradable viajar. Pero cuando lleguemos a ese puente, se enojará tanto y se volverá tan violento como cualquiera que puedas imaginar. Se afirma que su fantasma, apodado con muy poca originalidad el Chico del aventón del Condado 12, ha matado al menos a una docena de personas y herido a otras ocho. Pero, realmente no puedo culparlo. Nunca logró regresar a casa para ver a su novia, y ahora no quiere que nadie más lo consiga.
Pasamos el kilómetro 23 —el puente está a menos de dos minutos de distancia—. He recorrido esta carretera casi cada noche desde que nos mudamos aquí con la esperanza de iluminar su pulgar con los faros de mi coche, pero sin suerte. Hasta que me senté al volante de este Rally Sport. Así que he pasado medio verano en esta maldita carretera, con un maldito cuchillo escondido bajo la pierna. Odio cuando es así, como Condado 12 una excursión de pesca horriblemente larga. Pero no me doy por vencido. Siempre acaban apareciendo.
Levanto un poco el pie del acelerador.
—¿Pasa algo, amigo? —pregunta.
Yo niego con la cabeza.
—Es solo que el coche no es mío, y no tengo dinero para arreglarlo en caso de que decidas intentar sacarme del puente.
El muchacho se ríe, solo que de manera un poco exagerada para resultar natural.
—Creo que has estado bebiendo o algo así, hombre. Tal vez deberías dejarme aquí.
Me doy cuenta demasiado tarde de que no debería haber dicho eso. No puedo permitir que se marche. Solo faltaría que se bajara del coche y desapareciera. Voy a tener que matarlo con el coche en marcha o habrá que empezar de nuevo, y dudo que el señor Dean esté dispuesto a prestarme el Camaro muchas noches más. Además, me mudo a Thunder Bay en tres días.
También me preocupa tener que obligar a este pobre bastardo a pasar una vez más por todo esto, sin embargo este pensamiento es fugaz. Él ya está muerto.
Intento mantener el velocímetro por encima de ochenta kilómetros por hora —demasiado deprisa para que considere la opción de saltar, aunque con los fantasmas nunca se sabe—. Tendré que actuar deprisa.
Cuando bajo la mano para sacar el cuchillo de debajo de la pierna, veo la silueta del puente a la luz de la luna. En ese preciso instante, el muchacho agarra el volante y lo gira violentamente hacia la izquierda. Trato de arrastrarlo de nuevo hacia la derecha y piso a fondo el freno. Escucho el chirrido de los neumáticos sobre el asfalto y por el rabillo del ojo veo que la cara del chico ha desaparecido. Se acabó el tipo amable, el pelo envaselinado y la sonrisa ilusionada. Se ha convertido en una máscara de piel podrida y agujeros negros y vacíos, con dientes como piedras sin brillo. Parece que está sonriendo, aunque tal vez sea solo el efecto de sus labios despellejándose.
Mientras el coche derrapa y yo trato de detenerlo, no veo instantes de mi vida pasando por delante de mis ojos. ¿Qué sería lo que vería? Un resumen de fantasmas asesinados. En vez de eso, me llegan imágenes rápidas y ordenadas de mi cadáver: una con el volante incrustado en el pecho, otra sin cabeza y con el resto del cuerpo colgando a través de la ventanilla rota.
Un árbol surge de la nada, en dirección hacia la puerta del conductor. No tengo tiempo de maldecir, solo de girar bruscamente el volante y pisar el acelerador, y el árbol queda atrás. Lo que no quiero es llegar al puente. El coche se ha salido de la carretera, pero el puente no tiene banqueta. Es estrecho, de madera y viejo.
—No es tan malo estar muerto —me dice el chico, arañándome el brazo y tratando de arrancar mis manos del volante.
—¿Y qué me dices del olor? —pregunto entre dientes. Todo este tiempo he mantenido agarrada la empuñadura del cuchillo, pero no me preguntes cómo. Tengo la sensación de que los huesos de mi muñeca se van a romper en diez segundos y estoy fuera de mi asiento, apoyado sobre la palanca de velocidades. Empujo la palanca con la cadera para dejar el coche en punto muerto (tal vez debería haberlo hecho antes) y saco el cuchillo con rapidez.
Lo que sucede a continuación me sorprende: la cara del muchacho se vuelve a cubrir de piel y sus ojos recobran el color verde. Es solo un muchacho mirando mi cuchillo. Recupero el control del coche y piso con todas mis fuerzas el freno.
Al parar, la sacudida le hace parpadear. Me mira.
—Trabajé todo el verano para conseguir este dinero —dice en voz baja—. Mi novia me matará si lo pierdo.
El corazón me golpea el pecho tras el esfuerzo por controlar los bandazos del coche. No quiero decir nada. Solo quiero acabar con esto. Pero escucho mi propia voz tranquilizándolo:
—Tu novia te perdonará. Te lo prometo —siento el cuchillo, el áthame de mi padre, ligero en la mano.
—No quiero volver a hacer esto —susurra el muchacho.
—Esta será la última vez —le aseguro y, entonces, deslizo la hoja por su garganta, abriendo una enorme línea negra. El autoestopista se lleva los dedos al cuello, tratando de unir de nuevo la piel, pero algo oscuro y espeso como el petróleo sale de la herida y lo cubre, fluyendo hacia abajo sobre su chamarra de época, y también hacia arriba, sobre la cara, los ojos y el pelo. Curiosamente, no parece que esté manchando la tapicería del coche. El chico no grita mientras se consume, aunque tal vez no pueda: tiene la garganta rajada y el líquido negro le ha llegado a la boca. En menos de un minuto ha desaparecido, sin dejar ni rastro.
Paso la mano por el asiento. Está seco. Luego salgo del coche y lo reviso lo mejor que puedo en la oscuridad en busca de arañazos. Los neumáticos humean y se han desgastado. Puedo oír cómo rechinan los dientes del señor Dean. Me voy de la ciudad en tres días y tendré que dedicar al menos uno a montar un juego nuevo de Goodyear. Pensándolo bien, tal vez no debería devolverle el coche hasta que las ruedas nuevas estén puestas.
CAPÍTULO DOS
Es más de medianoche cuando estaciono el Rally Sport en el camino de acceso a nuestra casa. Lo más seguro es que el señor Dean siga levantado, dada su natural condición nerviosa y su costumbre de atiborrarse de café negro, y que haya contemplado cómo conducía con cuidado calle abajo. Pero no espera que le devuelva el coche hasta mañana por la mañana. Si me levanto suficientemente temprano, podré llevarlo al taller y sustituir los neumáticos antes de que advierta cualquier diferencia.
La luz de los faros atraviesa el jardín e ilumina la fachada de la casa y, entonces, veo dos puntitos verdes: son los ojos del gato de mi madre. Cuando llego a la puerta principal, ha desaparecido de la ventana. Irá a decirle que llegué a casa. Tybalt, ese es su nombre. Es un bicho rebelde que no me muestra demasiado cariño, aunque yo a él tampoco. Tiene la extraña costumbre de arrancarse el pelo de la cola e ir dejando pequeñas bolas negras por toda la casa. Pero a mi madre le gusta tener un gato alrededor. Como la mayoría de los niños, puede ver y escuchar a los muertos. Una habilidad útil cuando se vive con nosotros.
Entro a casa, me quito los zapatos y subo los escalones de dos en dos. Me muero por darme un regaderazo —quiero quitarme esta sensación mohosa y putrefacta de la muñeca y el hombro—. También quiero echarle un vistazo al áthame de mi padre y lavar los restos negros que puedan haber quedado en la hoja.
Al final de las escaleras, tropiezo con una caja y exclamo demasiado alto: «¡Mierda!». Debería tener más cuidado. Mi vida es un laberinto de cajas de embalar. Mi madre y yo somos empacadores profesionales y no perdemos el tiempo con las cajas desechadas por las tiendas de alimentos o de licores. Disponemos de cajas reforzadas de gran resistencia y calidad con etiquetas permanentes. Incluso en la oscuridad, puedo ver que me acabo de pegar contra los utensilios de cocina.
Entro de puntitas en el baño y saco el cuchillo de la mochila de cuero. Después de acabar con el chico del aventón, lo envolví en una tela de terciopelo negro, pero sin demasiado cuidado. Tenía prisa. No quería seguir en la carretera, ni en ningún lugar próximo al puente. Ver cómo se desintegraba el muchacho no me produjo miedo, los he visto peores, pero es el tipo de cosa a la que no te acostumbras.
—¿Cas?
Levanto la vista hacia el espejo y veo el reflejo somnoliento de mi madre, con el gato negro en los brazos. Coloco el áthame en la repisa del lavabo.
—Hola, mamá. Siento haberte despertado.
—Sabes que me gusta estar levantada cuando llegas. Deberías despertarme siempre para que pueda dormir tranquila.
No le digo lo tonta que suena esa frase; simplemente abro la llave y empiezo a enjuagar el cuchillo bajo el agua fría.
—Deja que lo haga yo —dice, tocándome la muñeca. Luego, por supuesto, me la agarra, porque ve los golpes que están empezando a amoratarse a lo largo de mi antebrazo.
Imagino que dirá algo típico de madre, o que cacareará como una gallina asustada durante unos minutos e irá a la cocina en busca de hielo y una toalla húmeda, aunque estos moretones no son ni mucho menos las peores señales con las que he llegado a casa. Pero esta vez no lo hace. Tal vez porque es tarde y está cansada. O tal vez porque después de tres años está empezando por fin a entender que no voy a dejarlo.
—Dámelo —dice suavemente y yo lo hago, porque ya quité la mayor parte de la grasa negra. Toma el cuchillo y se marcha. Sé que hará lo mismo de siempre: hervir la hoja y luego clavarlo en una gran jarra con sal, donde permanecerá bajo la luz de la luna durante tres días. Cuando lo saque de ahí, lo limpiará con aceite esencial de canela y dirá que ha quedado como nuevo.
Solía hacer el mismo ritual para mi padre. Cuando él regresaba a casa después de matar algo que ya estaba muerto, ella lo besaba en la mejilla y se llevaba el áthame con la misma tranquilidad con la que cualquier otra esposa recogería un maletín. Mi padre y yo solíamos mirar el cuchillo clavado en la jarra de sal, con los brazos cruzados sobre el pecho, transmitiéndonos el uno al otro lo ridículo que nos parecía aquello. Siempre lo consideré un ejercicio de fantasía. Como si fuera Excálibur en la roca.
Pero mi padre la dejaba hacerlo. Sabía en lo que se estaba metiendo cuando la conoció y se casó con ella, una bonita joven seguidora de la Wicca, una religión pagana moderna, con el pelo castaño rojizo y una guirnalda de flores blancas alrededor del cuello. Él se presentó también como wiccano, por falta de una denominación mejor, aunque mi padre no era realmente seguidor de nada.
Simplemente le encantaban las leyendas. Le atraían las buenas historias, los relatos sobre el mundo que lo hacían parecer mejor de lo que era en realidad. Se volvió un fanático de la mitología griega, que es de donde procede mi nombre.
Tuvieron que llegar a un acuerdo a este respecto, porque mi madre adoraba a Shakespeare, así que acabé llamándome Teseo Casio. Teseo por el rey que mató al Minotauro y Casio por el fracasado teniente de Otelo. Creo que suena verdaderamente estúpido. Teseo Casio Lowood. Pero todos me llaman Cas. Supongo que debería estar contento —a mi padre le encantaba también la mitología nórdica, así que podría haber acabado llamándome Thor, lo que habría sido básicamente insoportable—.
Suspiro y miro hacia el espejo. No tengo manchas en la cara, ni en la camisa gris, igual que tampoco las había en la tapicería del Rally Sport (gracias a Dios). Tengo un aspecto ridículo. Voy vestido con pantalón y camisa como si fuera a una cita importante, que es para lo que le dije al señor Dean que necesitaba el coche. Cuando salí de casa llevaba el pelo peinado hacia atrás y con un poco de gel, pero después del forcejeo, me cae sobre la frente en oscuros mechones.
—Deberías darte prisa y meterte en la cama, cariño. Es tarde y todavía no hemos terminado de empacar todo.
Mi madre ha terminado con el cuchillo. Se arrastra de nuevo hasta la puerta y el gato negro gira en torno a sus tobillos, como un pez aburrido alrededor de un castillo de plástico.
—Lo único que quiero es darme un baño —digo yo. Ella suspira y se marcha.
—Lo atrapaste, ¿verdad? —dice por encima del hombro, casi como si se le ocurriera de repente.
—Sí. Lo atrapé.
Sonríe. Su boca parece triste y nostálgica.
—Estuvo cerca esta vez. Pensaste que habrías acabado con él antes de finales de julio. Y estamos en agosto.
—Ha sido una presa complicada —contesto, mientras saco una toalla del estante. Me da la sensación de que no va a añadir nada más, pero se detiene y se vuelve.
—¿Te habrías quedado, si no lo hubieras atrapado? ¿La habrías obligado a ella a regresar?
Pienso unos segundos, como una pausa natural en la conversación, porque conozco la respuesta antes de que ella termine de formular la pregunta.
—No.
Mientras mi madre se aleja, lanzo la bomba.
—Oye, ¿me prestas dinero para un juego nuevo de neumáticos?
—Teseo Casio —se queja, y yo respondo con una mueca. Su suspiro cansado me indica que podré ir al taller por la mañana.
Nuestro destino es Thunder Bay, en Ontario. Voy allí para matar a Anna. Anna Korlov. Anna vestida de sangre.
—Esta te tiene preocupado, ¿no es así Cas? —dice mi madre, sentada al volante de la camioneta de U-Haul. No dejo de insistir en que deberíamos comprarnos nuestro propio vehículo de mudanzas, en vez de alquilarlo. Dios sabe que nos mudamos demasiado a menudo siguiendo a los fantasmas.
—¿Por qué dices eso? —pregunto, y ella señala mi mano con la cabeza. No me había percatado de que estaba tamborileando con los dedos sobre la mochila de cuero, que es donde guardo el áthame de mi padre. Me concentro en seguir haciéndolo. Continúo golpeteando la mochila como si no sucediera nada, como si mi madre estuviera analizando en exceso la situación y sacando sus propias conclusiones.
—Mamá, maté a Peter Carver cuando tenía catorce años —digo yo—. Llevo haciendo esto desde entonces. Ya nada me sorprende.
Su rostro se tensa.
—No fue exactamente así. Tú no mataste a Peter Carver. Peter Carver te atacó y además, ya estaba muerto.
Me sorprende la habilidad que tiene mi madre para cambiar algo simplemente utilizando las palabras adecuadas. Si a su tienda de ocultismo le fuera mal alguna vez, tendría un buen futuro como creadora de eslóganes.
Dice que Peter Carver me atacó. Así es, me atacó, pero después de colarme en la casa abandonada de la familia Carver. Fue mi primer trabajo y afirmar que lo hice sin el permiso de mi madre sería quedarse corto. Lo hice a pesar de los gritos de protesta de mi madre y tuve que forzar la ventana de mi habitación para salir de casa. Pero lo conseguí. Me llevé el cuchillo de mi padre y me colé en aquella casa. Esperé hasta las dos de la madrugada en la habitación donde Peter Carver le disparó a su esposa con una pistola del calibre 44 y luego se ahorcó con su propio cinturón en el ropero. Esperé en la misma habitación donde su fantasma asesinó a un agente inmobiliario que intentaba vender la casa pasados dos años del asesinato, y a un perito un año después.
Al pensar de nuevo en aquel día, recuerdo que me temblaban las manos y tenía el estómago revuelto. Recuerdo la desesperación antes de hacer lo que se suponía que debía hacer, igual que hacía mi padre. Cuando finalmente aparecieron los fantasmas (sí, fantasmas, en plural —resultó que Peter y su esposa se habían reconciliado y habían encontrado un interés común en el asesinato—), creo que estuve a punto de desmayarme. Uno salió del ropero con el cuello tan amoratado y doblado que parecía estar de perfil, y el otro apareció en el suelo como el líquido en un anuncio de papel de cocina. Me enorgullece decir que ella apenas se levantó de los tablones. Instintivamente, la apuñalé y la mandé de nuevo al suelo antes de que pudiera hacer ningún movimiento. Carver se encaró conmigo mientras yo trataba de arrancar el cuchillo de la tabla manchada que solía ser su esposa. Estuvo a punto de lanzarme por la ventana antes de que lograra gatear hasta el áthame, maullando como un gatito. Clavárselo fue casi un accidente. Podría decirse que el cuchillo se precipitó hacia él cuando enrolló el extremo de la cuerda en torno a mi cuello y empezó a darme vueltas. Nunca le conté a mi madre esta parte.
—Mamá, tú sabes demasiado para afirmar eso —digo yo—. Son otros los que piensan que no se puede matar lo que ya está muerto —quiero añadir que mi padre también lo sabía, pero me callo. No le gusta hablar de él y, además, sé que no es la misma desde que mi padre murió. Está un poco ausente; algo falta en sus sonrisas, como un punto borroso o un lente desenfocado. Una parte de ella se marchó con él, dondequiera que fuera. No es que no me quiera, pero creo que nunca se imaginó criando un hijo ella sola. Se suponía que su familia debía formar un círculo. Ahora nos movemos de un lado a otro como una fotografía de la que hubieran recortado la imagen de mi padre.
—Acabaré en un abrir y cerrar de ojos —digo, chasqueando los dedos y cambiando de tema—. Tal vez ni siquiera termine el curso en Thunder Bay.
Ella se inclina sobre el volante y sacude la cabeza.
—Deberías pensar en quedarte más tiempo. Escuché que es un lugar agradable.
Pongo los ojos en blanco. Ella lo sabe bien; nuestra vida no es tranquila. No es como la vida de los demás, con apegos y rutinas. Nosotros somos un circo ambulante. Y no puede achacárselo al asesinato de mi padre, ya que también viajábamos mucho con él, aunque decididamente no tanto. Por esa razón trabaja de la manera que lo hace, leyendo el tarot y limpiando auras por teléfono, además de vender material de ocultismo a través de Internet. Mi madre es una bruja nómada y se gana la vida increíblemente bien con ello. Incluso sin los fondos de inversión de mi padre, probablemente podríamos vivir bien.
Ahora mismo estamos conduciendo hacia el norte por una carretera que serpentea a orillas del lago Superior. Me alegro de haber salido de Carolina del Norte y de haber dejado atrás el té helado y un acento y una hospitalidad que no me gustaban. En la carretera me siento libre, cuando estoy de camino de un lugar a otro, y hasta que no ponga el pie en Thunder Bay no sentiré que he regresado al trabajo. Por el momento, puedo disfrutar de los pinares y las capas de roca sedimentaria que hay junto a la carretera y que rezuman agua subterránea como si no pararan de llorar. El lago Superior tiene un azul y un verde muy intensos y la claridad que atraviesa las ventanillas me obliga a entrecerrar los ojos tras las gafas de sol.
—¿Qué piensas hacer con la universidad?
—Mamá —me quejo. De repente, la frustración se desborda. Mi madre está interpretando su número de las dos mitades: la mitad que acepta lo que soy y la que insiste en que sea un chico normal. Me pregunto si lo haría también con mi padre. No creo.
—Cas —se queja ella a su vez—. Los superhéroes también van a la universidad.
—Yo no soy un superhéroe —respondo. Me parece una etiqueta horrible, egocéntrica y que no me va. Yo no me paseo por ahí con un traje de lycra, ni recibo elogios ni llaves de ciudades después de hacer lo que hago. Yo trabajo en la oscuridad, matando lo que debería haber permanecido muerto. Si la gente supiera a lo que me dedico, probablemente intentarían detenerme. Los muy idiotas se pondrían del lado de Casper y entonces tendría que matar primero a Casper y luego a ellos, después de que Casper les hubiera arrancado la garganta de un mordisco. No soy un superhéroe. En todo caso, Rorschach de los Watchmen. Soy el Grendel de Beowulf. Soy el superviviente de Silent Hill.
—Si quisieras seguir con esto durante la carrera, hay un montón de ciudades que podrían mantenerte ocupado cuatro años —mi madre se desvía hacia una gasolinera, la última del lado estadounidense—. ¿Qué te parece Birmingham? Ese lugar está tan encantado que podrías cazar dos fantasmas al mes y seguramente todavía te quedarían suficientes para hacer un máster.
—Sí, pero entonces tendría que ir a la universidad en la jodida Birmingham —respondo, y ella me atraviesa con la mirada. Susurro una disculpa. Tal vez sea la madre más liberal del mundo al dejar que su hijo adolescente deambule por la noche cazando restos mortales de asesinos, pero aun así no le gusta escuchar palabrotas saliendo de mi boca.
Se acerca a las bombas surtidoras y respira hondo.
—Lo has vengado más de cinco veces, ¿sabes?
Antes de que yo pueda añadir que no es así, sale del vehículo y cierra la puerta.
CAPÍTULO TRES
El paisaje cambió rápidamente una vez que cruzamos hacia Canadá, y ahora estoy viendo a través de la ventanilla kilómetros de colinas cubiertas de bosque. Mi madre me explica que es algo llamado bosque boreal. Últimamente, desde que empezamos a movernos más a menudo de un lado para otro, ha desarrollado el hábito de investigar con profundidad sobre cada lugar nuevo en el que vivimos. Ella afirma que saber en qué sitios quiere comer y las cosas que quiere hacer cuando lleguemos le da la sensación de estar de vacaciones. Yo creo que le hace sentir como si estuviera en casa.
Mi madre ha dejado salir a Tybalt de su jaula y él se ha encaramado a su hombro y le ha enroscado el rabo alrededor del cuello. A mí no me dedica ni una mirada. Es medio siamés y tiene ese rasgo característico de su raza de elegir a una persona a la que adorar y de ignorar por completo al resto. No es que me importe. Me gusta cuando me bufa y me lanza zarpazos, aunque lo único para lo que sirve es para ver fantasmas antes que yo.
Mi madre está mirando las nubes, tarareando algo que no termina de ser una canción. Muestra la misma sonrisa que el gato.
—¿A qué se debe ese buen humor? —pregunto—. ¿Es que no tienes todavía el trasero dormido?
—Hace horas que no lo siento —responde ella—, pero me da la sensación de que Thunder Bay me va a gustar. Y por el aspecto de esas nubes, voy a disfrutarlo durante algún tiempo.
Yo miro hacia el cielo. Las nubes son enormes y perfectamente blancas. Permanecen completamente inmóviles en el cielo a medida que avanzamos hacia ellas. Las observo sin parpadear hasta que los ojos se me resecan. No se mueven ni cambian en absoluto.
—Conducir hacia nubes inmóviles —murmura—. Las cosas van a llevar más tiempo del que supones.
Quiero decirle que eso es solo una superstición, que el hecho de que las nubes no se muevan no significa nada y, además, si las miras suficiente tiempo tienen que moverse —pero eso me convertiría en un hipócrita, después de permitirle que limpie mi cuchillo en sal bajo la luz de la luna—.
