Tusitala, el narrador de historias
Ignacio admiraba profundamente a Stevenson. Y solía contar cómo los indígenas de la isla de Samoa habían grabado un hermoso epitafio en la tumba del escritor:
«Aquí yace Tusitala, el narrador de historias.»
Luego, Ignacio se quedaba pensativo un instante y añadía:
«Así es como me gustaría que me recordaran:
Ignacio Aldecoa, el narrador de historias.»
Y sonreía. Porque Ignacio tenía una forma risueña de decir las cosas en las que creía seriamente. Detestaba la solemnidad, rechazaba la pedantería y le gustaba pasar levemente sobre los asuntos graves: la brevedad de la existencia, la inaceptable injusticia de nacer para morir, la muerte misma.
Yo creo que podemos estar seguros, quienes le sobrevivimos, de que se ha cumplido el deseo de Ignacio Aldecoa. Porque si algo puede hacer de él un ser inolvidable, son sus historias. Ignacio era un narrador de raza. Para él, contar historias era una manera de vivir. Contarlas del modo más eficaz y con el lenguaje más bello y expresivo, la meta a la que le conducían su talento, su esfuerzo y su voluntad apasionada de perfección.
Para muchos lectores, profesores y ensayistas, Ignacio Aldecoa es conocido como un representante fundamental de la generación realista de los cincuenta. Pero esta afirmación, que puede ser acertada, no es suficiente en mi opinión, para explicar y comprender la obra literaria del escritor. Ignacio Aldecoa es una consecuencia de su tiempo, es verdad. Por razones cronológicas perteneció al grupo de escritores que eran niños en la guerra civil. El mundo que vivió en su adolescencia mostraba todos los síntomas del deterioro de un país que se recuperaba de la más aberrante de las guerras, la guerra civil.
Fiel a su época y al momento que le tocó vivir, Aldecoa escribió acerca de «las pobres gentes de España». Seres para quienes la vida es una «espera de tercera clase». Y lo hizo magistralmente. Solidario con el hombre de cualquier tiempo y cualquier lugar, la contemplación de sus contemporáneos, zarandeados por la tragedia de la posguerra, tenía que conducirle inevitablemente al que iba a ser su principal tema literario: la comprensión del dolor y el sufrimiento de los otros.
Pero en su literatura hay algo más que testimonio y denuncia. Los albañiles, los campesinos, los fogoneros, los pescadores, los desheredados, las víctimas sociales lo mismo que los verdugos, son seres complejos, a veces contradictorios, en los que el escritor ahonda y a los que retrata con trazos sabios de modo que los personajes de Aldecoa permanecen en nuestro recuerdo con sus señas de identidad bien claras, bien grabadas en nuestra conciencia.
Es importante señalar que la elección de sus temas, aun siendo voluntaria, es la consecuencia de una postura ética:
«Me gustaría pintar un mundo de color de rosa —escribe—, pero lo que me rodea es más bien gris.»
Ése era el Ignacio de los años cincuenta, el escritor de los años cincuenta, el testigo de un país que se debatía entre la tristeza y el vigoroso sentido de la vida que le impulsaba a seguir adelante.
Es el Ignacio más conocido, evocado, rememorado por todos. Pero el escritor que era Ignacio tenía otras facetas, otros matices, otras proyecciones literarias que se adivinaban desde el principio y que realizó, en parte, a pesar de su prematura muerte. Era el rebelde frente al sistema, el provocador de la burguesía que retrata en sus cuentos, el soñador de viajes y aventuras, el ser libre; una de las personas con más amplia y variada formación literaria, un esteta, un curioso insaciable que se interesaba por las vanguardias. Por ejemplo, cuando llegó a Madrid, entró en seguida en contacto con los postistas de mano de su gran amigo Carlos Edmundo de Ory. Y en la revista Postismo apareció su Carta de un joven postista.
La poesía siempre fue para él la forma literaria superior a todas las demás. Por aquella época escribía versos y editó —por cuenta de su padre, en la imprenta de un amigo— sus dos únicos libros de poesía, Todavía la vida y El libro de las algas. Eran libros de primera juventud —los publicó con veintidós y veinticuatro años respectivamente— pero estaban escritos mucho antes. Miméticos, brillantes, libros que él quería mucho y que tuvieron buena crítica. Pero Ignacio nunca los consideró el inicio de su obra, ni un camino a seguir. Decía siempre, citando a la Pardo Bazán:
«Para ser un buen prosista hay que ser antes un mal versificador.»
Porque su vocación de narrador fue evidente desde muy pronto:
«Yo aprendí a narrar escuchando las historias de mi abuela María Pedruzo —solía contar—, una vasca espléndida, que recreaba para mí episodios de las guerras carlistas que ella había vivido.»
Desde muy joven, Ignacio vivió fascinado por los ambientes bohemios del París de entreguerras que le llegaban a través de su tío Adrián, pintor posimpresionista, significativo representante de la escuela vasca que había vivido muchos años en la capital de Francia.
En la casa Aldecoa había un estudio al que se accedía desde el antiguo taller familiar de pintura, decoración y restauración, fundado por el abuelo, Laureano de Aldecoa, que procedía del caserío vizcaíno de Orozco. En aquel estudio se reunían muchos pintores: Gustavo de Maeztu, Díaz Olano, Echevarría, entre otros. Allí llevaban sus modelos, pintaban y tenían tertulias. Y allí estaba el niño Ignacio respirando, viviendo los ambientes recreados en las conversaciones de los mayores. Lector precoz, no sólo devoraba a Julio Verne, Stevenson, Jack London, sino que se asomaba a las novelas de los escritores boulevardiers que le prestaba su tío Adrián.
Ya adolescente organizó un pequeño tumulto en las respetables calles vitorianas por las que caminaba disfrazado de Oscar Wilde —chalina anudada al cuello, raya al medio, cejas afeitadas— a la hora del paseo provinciano. Hay que recordar el dominio de lo gris en los años cuarenta para calibrar la provocación que suponía cualquier intento de mostrar «lo diferente» a las gentes «de orden y desfiles» como él las calificó en alguna ocasión. Aquello constituía una transgresión intolerable en la ciudad que era entonces Vitoria, tan diametralmente opuesta a la ciudad que es hoy.
Cuando en el año 52 fuimos juntos por primera vez a París, al salir de la Estación de Austerlitz, ante mi asombro, Ignacio empezó a guiarme rumbo al hotel que era nuestra meta: el Beau Séjour, en el que se alojaba mi hermano, estudiante y buen conocedor de los paraísos del Barrio Latino. Cuando alcanzamos la Contrescarpe, yo había podido comprobar que Ignacio se sabía de memoria las calles, porque el plano de París había sido su «plano de cabecera» durante muchos años y sobre él había situado los lugares que en sus lecturas hacían referencias a la ciudad.
Al llegar a la Plaza de la Contrescarpe me dijo:
«Esta es la Plaza de la que habla Hemingway. Aquí vivió en sus primeras épocas, cuando aún no era famoso.»
Ignacio amaba sobre todas las cosas la libertad.
«No me he sentido jamás libre para expresarme y me siento coartado por la idea de la censura», declara en una entrevista en la revista Ínsula, en 1968.
Este deseo de libertad, esta carencia, esta necesidad de sacudirse los grilletes circunstanciales, los transfiere a la literatura. Es curioso observar, por ejemplo, que entre los cuentos más antiguos —algunos de los cuales aparecen hoy por vez primera en libro— hay cinco que tienen que ver con el teatro. En algunos de estos cuentos, los personajes sienten un terrible deseo de evasión de los lugares pequeños en que viven; experimentan un deseo de huir de sus limitaciones, de luchar contra la falta de horizonte. Son seres prisioneros de sus fracasos personales, que necesitan salir del anonimato aunque sea por un día (El teatro íntimo de doña Pom, Función de aficionados). En otros, son seres nómadas, vagabundos que viven duramente pero que han elegido ser libres (La farándula de la media legua, El hombrecillo que nació para actor, Los novios del ferial).
En todos ellos hay una búsqueda de la libertad, de la vida diferente a través del teatro. También es frecuente encontrar, desde estos primeros cuentos, personajes pintorescos de distintas profesiones —curanderos, marineros, artistas— que viven fuera de la norma establecida. Auténticos déclassés, outsiders voluntarios que van a aparecer a lo largo de la obra de Aldecoa. Entre ellos yo destacaría el hermosísimo Chico de Madrid, el primer cuento que me dio a leer Ignacio cuando le conocí. El niño a quien le gustaba vivir:
«... la alegría de sus cotos y el croar de las ranas, cuando panza arriba, contemplaba las estrellas en las noches de verano, luminoso y santificado por las luciérnagas y llevándole el sueño las libélulas...»
Más adelante volvemos a encontrarnos con otros seres libres, Pedro Lloros y sus amigos, a los que Ignacio dedica sus bienaventuranzas:
«Bienaventurados los vagos porque sólo son egoístas de sombra o sol, según el tiempo.»
«Bienaventurados, porque son despreciados y les importa un comino.»
(...)
«Bienaventurados porque tienen el alma sensible y se duelen de las desgracias del prójimo: de que el prójimo trabaje demasiado, de que el prójimo luche por una posición en la vida, de que el prójimo sea tonto.»
(...)
Hay también otros caminos para la libertad. Desde el principio, apunta en los cuentos de Aldecoa su atracción por la aventura y el viaje, que alcanza momentos de entusiasmo cuando el viaje se hace por mar.
Precisamente hay un cuento, Biografía de un mascarón de proa, que sólo existe en galeradas —fue prohibido por una absurda interpretación del censor de turno[1]—, que refleja plenamente el sueño viajero de Ignacio.
La vida del mascarón de proa es el resultado de muchas novelas de aventuras, libros de viajes, ensimismamientos ante el atlas.
En las tardes de invierno, grises y frías, de su infancia, Ignacio navegaba por las manchas azules de los océanos, recorría con el dedo las islas, se adentraba por los estrechos, naufragaba en playas maravillosas. Uno de los poemas de El libro de las algas habla de esas
Islas de oro, soñadas en los días
de biblioteca y de pereza cálida.
Aquel sextante, eterno y olvidado,
que un alto sol guardaba en la penumbra
de la vitrina de las cosas raras;
aquel sextante trajo vuestros nombres
sin mácula de islas remotas. Dulces
islas nunca nombradas en los mapas.
Islas de oro tan sólo, islas tan sólo
y un abismo de luz abierto al alma.
Es interesante observar cómo asocia Ignacio la libertad con el sol, con esas islas doradas en las que siempre se sintió feliz. En otra entrevista en la que le preguntaron una vez más por la libertad de expresión, declara:
«A estas alturas la libertad sería para mí una tremenda experiencia: tener un lugar en el sol[2]. No sé lo que haría teniéndola, lo que sí quiero es tenerla porque pienso que la libertad es el estado natural del escritor.»
Ignacio seguía soñando viajes y aventuras. Sobre los mapas trazaba los caminos de los exploradores míticos, las rutas de los conquistadores, los derroteros de los pescadores, de los piratas, de los aventureros sin fortuna. Y le impresionaba el riesgo calculado de los navegantes solitarios: «La aventura puede ser loca pero el aventurero no», decía Chesterton.
A lo largo de su vida Aldecoa nunca abandonó sus tentaciones aventureras. En varias ocasiones navegó en barcos de pesca. En 1956 se enroló en un barco de altura para ir a Gran Sol. Lo consiguió porque el patrón era vasco como él y aceptó llevarle. Exhibía con orgullo la cartilla de marinero que le entregaron para enrolarse. También se hizo a la mar a bordo de un ballenero en Finisterre. Y otras muchas veces emprendió navegaciones generalmente más cortas.
Aunque el viaje y la aventura le seducían en cualquier lugar que se produjesen —montaña, desierto, bosque— está claro que el mar era su pasión. El mar, que tanto tiene que ver con la libertad, estará siempre presente en su literatura. No sólo en una novela tan significativa como Gran Sol o como Parte de una historia, novela que transcurre en una isla de pescadores perdida en el Atlántico, sino en varios relatos breves y hasta en el título de uno de sus dos libros de versos, El libro de las algas, en el cual es fácil ver, casi en cada poema, el germen de una historia que más tarde narrará en prosa. Siempre el mar. Mar del peligro, mar del trabajo, mar contemplado desde la cubierta de un barco o desde la melancolía de la costa.
Ignacio Aldecoa dejó su ciudad cuando se fue a la Universidad pero el recuerdo de los años alaveses está presente en muchos de sus cuentos: El silbo de la lechuza, Lluvia de domingo, Aldecoa se burla, Patio de armas, Esperando el otoño y muchos más. Hay uno entre ellos, La humilde vida de Sebastián Zafra, en el que destaca la fervorosa recreación de las tierras dulces y suaves de la llanada que rodea Vitoria. Tierras que él exploraba en su infancia lo mismo que el niño gitano protagonista de su cuento.
Sedentarios más que nómadas, los gitanos alaveses de «bajo los puentes» eran amigos de Carmen Isasi, la madre de Ignacio. La visitaban, le vendían la parte de racionamiento que no necesitaban. Ella les daba un dinero generoso y se interesaba por la familia, les aconsejaba, los quería. Los gitanos de Vitoria están unidos a la infancia de Ignacio. Sebastián Zafra, el niño gitano, duro y vulnerable a la vez, era uno de sus personajes queridos (años más tarde, en la novela Con el viento solano, el gitano Sebastián Vázquez seguiría siendo un personaje fundamental para el escritor). Los gitanos de Aldecoa son tratados no como personajes folklóricos sino como seres humanos que viven en unas circunstancias especiales, encerrados en un medio familiar muy peculiar, con sus reglas propias y su entramado de amores y odios. Libres de las presiones de las clases estratificadas del país, pero sometidos a las normas de su propia gente. En el tratamiento de sus dos Sebastianes, Ignacio Aldecoa se adelantó, en mi opinión, a su tiempo. Estaban lejos aún los movimientos a favor de las minorías étnicas, la mitificación de los marginados, etcétera.
El final trágico de Sebastián Zafra, como consecuencia indirecta de la guerra, nos deja un sabor amargo. Pero no es único. Lo mismo que en La humilde vida de Sebastián Zafra la guerra o las consecuencias de la guerra aparecen con frecuencia en los cuentos de Ignacio Aldecoa. En Patio de armas y Las piedras del páramo hay dos versiones del conflicto igualmente estremecedoras. En el primero, un niño vive con lucidez la irrupción repentina del drama en su mundo infantil. En el otro, la brumosa percepción de la realidad, a través de unos sentidos desgastados, hace llegar a un viejo el rumor de la guerra, un rumor anestesiado por su vejez.
La guerra es la catástrofe. Y cuando la guerra termina, las víctimas supervivientes se arrastrarán por los miserables senderos de la posguerra, cercados por una prisión de muros invisibles. Es en este mundo donde se desarrolla el mayor número de cuentos de Aldecoa. Cuentos de trabajadores que viven con resignación, entregados a su destino, trabajadores que, a pesar de las circunstancias, aman su trabajo, sus herramientas.
«... Son trabajos humildes a los que, sin embargo, una dedicación entrañable confiere grandeza», escribí en una ocasión hablando de estos cuentos, Santa Olaja de Acero, El aprendiz de cobrador, Los hombres del amanecer. Cuentos de perdedores y de crueles dominadores, Caballo de pica, Seguir de pobres. Cuentos de solitarios, Muy de mañana. Cuentos de humillados y ofendidos, La urraca cruza la carretera, Quería dormir en paz...
Aldecoa los contempla a todos con una tristeza y comprensión infinitas. Es indispensable aludir a su declaración, tantas veces reproducida, en la revista Índice, en 1955:
«Ser escritor es, antes que nada, una actitud en el mundo. Yo he visto y veo continuamente cómo es la pobre gente de toda España. No adopto una actitud sentimental ni tendenciosa. Lo que me mueve es, sobre todo, el convencimiento de que hay una realidad cruda y tierna a la vez, que está inédita en nuestra novela.»
El estilo de Aldecoa se va depurando a medida que avanza en su proceso creativo; los temas se van enriqueciendo y haciendo más variados, pero, desde aquellos primeros relatos de final de los cuarenta hasta el último, de 1969, la coherencia del escritor, su postura ante la condición humana, su solidaridad con los maltratados, permanece inalterable. Sin embargo, la burla, el sarcasmo, el humor negro se abaten implacables sobre la burguesía, triunfadora y avariciosa, inhumana e intransigente, símbolo para Ignacio de los vencedores. Los cuentos de la clase media son cuentos de desamor. Fuera de juego, Los bisoñés de don Ramón, La espada encendida, frisos que van de la gélida ironía al humor más destructivo y esperpéntico.
Las historias de Ignacio brotaban por todas partes. Por donde quiera que iba, por los lugares que recorría, por los paisajes observados fugazmente o meticulosamente estudiados. Nacían los personajes, conocidos o adivinados, en múltiples ocasiones de charla, de contacto cálido y directo con hombres del campo y de la ciudad. Surgían al contemplar por un instante una actitud, un gesto, una postura que le hacían imaginar toda una historia.
Nunca olvidaré el origen de uno de mis cuentos preferidos, La despedida. Viajábamos por la Castilla profunda, en uno de aquellos trenes tristes y lentos de la posguerra. En una pequeña estación, donde el tren paraba un minuto, vimos a una pareja de viejos que se despedían sin palabras. Era un abrazo torpe, apenas un rápido y breve acercamiento. El viejo se separó y miró a la mujer un instante. Ella se secó con el dorso de la mano una lágrima. Él subió al tren y la mujer se quedó en el andén, sola, esperando a que el tren se pusiese en marcha. No volvimos a ver al viejo en ningún momento. Debió de entrar en otro departamento. Pero de esa intensa despedida nació uno de los cuentos más hermosos de Ignacio. Cada vez que lo leíamos nos hacía llorar. En aquellos años llorábamos con la literatura, porque éramos jóvenes. Y creíamos en todo lo que sentíamos.
Como dijo el que fue su profesor en Salamanca, Antonio Tovar, en un artículo en el que cuenta lo poco que aparecía por sus clases Ignacio, «sus universidades eran otras». Y tenía razón. Él, que tanto aprendió en los libros, aprendió mucho más en la vida real.
Tenía una enorme capacidad para acercarse a la gente de todo tipo y condición. Sus amigos no eran sólo escritores o intelectuales (palabra ésta que no le gustaba nada) sino seres humanos de todos los oficios, artesanos, campesinos, pescadores, toreros, boxeadores. Escribía de ellos y también de los que no tienen oficio y de los que son viejos o todavía niños. Y de las mujeres, resignadas compañeras de hombres trabajadores. Y de las prostitutas.
En aquellos tiempos sus universidades eran las tabernas. En las tabernas se encontraban las gentes, se detenían un momento a trabar conversación, discusión, amistad. Las tabernas eran los foros de los cincuenta, la válvula de escape del país.
En los cuentos de Ignacio Aldecoa hay muchas tabernas. Las tabernas «con su rumor de colmena azuzada», escribe. Tabernas-refugio, tabernas-hogar, punto de encuentro de los vecinos del barrio, a la salida del trabajo, cueva abrigada contra las inclemencias físicas y morales de la calle. Huida también, para los hombres, de las quejas familiares, de los problemas familiares. Lugar de comunicación, de desahogo, de discusión, de información y crítica. Presididas por el tabernero que suele ser gruñón y entrañable, pesetero y generoso y que se convierte, de tanto conocer las debilidades humanas, en confesor, consejero, árbitro sabio, especialista en cosas de la vida, escéptico testigo de las debilidades ajenas.
Ignacio amaba las tabernas como amó, luego, los bares de Nueva York. En Nueva York él, que no hablaba inglés, sostenía largas conversaciones con los barmen de sus bares preferidos. «Ellos lo entienden todo», decía recostado en la barra mullida. Encontraba en los bares americanos la misma cualidad de refugio, de hogar, el mismo lugar de confesión y desahogo. La diferencia entre las tabernas españolas y los bares americanos estriba en el acercamiento. El contacto entre el barman y el cliente es individual y no en grupo. Pero las diferencias son mínimas en cuanto a la función que desempeñan tabernero y barman, confidentes, amigos, observadores de la vida que fluye a su alrededor.
En cuanto al alcohol, es el remedio, la exaltación, una forma de traspasar los límites de lo real, de lo cercano real, de transgredir las normas de lo aceptado como moral.
Mundos cerrados, personajes derrotados que se esconden en las tabernas y en los bares con sus sueños aplastados, que cuentan y son escuchados y olvidan por un momento sus problemas. Con Ignacio recorrí cien tabernas madrileñas y otras tantas de otros lugares de España. Y muchos bares de Nueva York. En una taberna de Madrid, La Gabriela, descubrimos un día que queríamos casarnos. En un bar de la calle 52 de Nueva York descubrimos que estábamos viviendo el año más feliz de nuestra vida. Los dos descubrimientos eran verdad.
Cuando nos casamos, en el año 52, nos fuimos a vivir a una casa en el paseo de la Florida, la casa que aparece constantemente en mis sueños. Las ventanas de nuestro apartamento daban al río Manzanares. Al otro lado del río sólo había solares y chabolas. La casa estaba cerca de la ermita de San Antonio de la Florida, y a las tabernas cercanas, incluida Casa Ricardo que estaba al lado de nuestro portal, acudía la flor y nata de la Bombilla. Y aquella otra gente, tímida y encogida de las chabolas. Eran emigrantes de los pueblos de España, una parte de la población rural más desfavorecida, que al terminar la guerra se trasladó a Madrid buscando salir de la miseria de los pueblos y huyendo también de las venganzas, los odios, las terribles consecuencias que en los lugares pequeños sucedieron a la guerra. Al otro lado, Solar del Paraíso, Tras de la última parada, Quería dormir en paz, Hasta que llegan las doce, junto con la Balada del Manzanares, son todos cuentos que tienen que ver con aquellos años vividos cerca del río.
En aquel barrio Ignacio hizo muchos amigos, pero había uno, Paco el frutero, que tenía su puesto de venta delante de nuestra casa y con el que iba a pescar muchos domingos. Paco conocía lugares vírgenes, zonas del Manzanares y del Jarama, en los que todavía podía llenarse una buena cesta de peces.
Paco había sido capitán en la guerra, un capitán improvisado y sentimental que lloraba al recordar la acongojante consigna de Pasionaria: «Vale más morir de pie que vivir de rodillas».
A Paco le temblaba la voz cuando decía: «Unos meses más y ganamos la guerra...»
Todavía la guerra no está muy lejos —¿qué son diez años?—. Sí, esas tabernas y esos amigos eran entonces las universidades de Ignacio Aldecoa.
Y cuando vivía en el pasaje de la Alhambra, antes de casarnos, las universidades se extendían por esa zona, en la que hoy se multiplican los lugares nuevos de copas y comidas. Por entonces, frecuentábamos Casa Pedro-Vinos de Méntrida, en la calle Infantas. Y una taberna en la calle de Válgame Dios y el Bar del Circo, justo al lado del antiguo Circo donde Ignacio solía escribir por la mañana. O las tabernas de los artistas circenses. Allí estaban los vinos de Valdepeñas y los gazpachitos, tapa en verano, así como las aceitunas en invierno.
En Casa Pedro paraban chóferes de casas importantes cuyos señores eran títulos. Se me ocurre ahora que ellos a su vez estarían en Jerez tomando sus finos.
Los chóferes contaban historias increíbles de sus señores.
Y luego estaban las prostitutas de alguna casa cercana que jugaban al mus con los estudiantes y les contaban sus vidas (Faulkner dijo que la mejor universidad para un escritor era una casa de putas).
Las historias imaginadas o reales aparecían paralelas al curso de nuestra vida. 1954. Acaba de nacer nuestra hija y decidimos lanzarnos al sur. Alguien nos había hablado de un pueblecito de Málaga, poco conocido entonces, Torre del Mar. En el pueblo sólo había una fonda, la Fonda España y en ella nos instalamos. Estábamos solos. Ignacio colocó la máquina de escribir sobre una camilla y creo que nunca la volvió a tocar. Porque en el pueblo blanco, que se extendía a la orilla del mar, estaba la gente. En las mañanas soleadas de diciembre, paseábamos por la playa con Susana en su capacho y la deliciosa compañía de un niño pescador que nos guiaba a todas partes. En la taberna, al mediodía, estallaba el flamenco con cantaores que Manolo sacaba no sé de dónde, «que cantarán para ustedes si yo se lo pido».
Por la noche, era el Casino, sólo de hombres, sentados en torno a mesas camilla, con sus sombreros oscuros, la baraja, la copita de anís. Y el niño marinero a nuestro lado, siempre que no tuviera que ayudar a su padre. Ese niño inspiró a Ignacio un precioso cuento, Pedro Sánchez, entre el cielo y el mar. La máquina de escribir estuvo abandonada durante el mes que estuvimos en Torre del Mar. Pero de esa estancia en el pueblo malagueño nacieron dos cuentos completamente distintos. El del niño pescador y otro, Anthony, el inglés dicharachero (El asesino), una historia durísima de cante, copas, crímenes pasados, crítica amarga de señoritos desalmados, un tema que ya en otro cuento, Caballo de pica, había alcanzado tintes especialmente dramáticos.
En las tabernas se bebía, se vivía y se aprendía. Para hablar de libros, para discutir de libros estaban los cafés. El Gijón sobre todo y también el Abra, el Lyon y, antes que todos estos, la Granja Castilla, con Jardiel Poncela que vivía cerca, apareciendo casi a diario, iracundo y brillante.
Lo de los cafés era sentarse y empezar a charlar, apaciblemente al principio, luego a voces desaforadas. No siempre era literatura, por supuesto. Se practicaba la crítica de los ausentes y el chismorreo apasionado sobre personas públicas o cercanas. También allí se aprendía. Se intercambiaban informaciones, libros, noticias. Se navegaba por la desesperanza del presente y la vehemente esperanza del futuro.
Rodeada de libros, de nuestros libros que me acompañan siempre, me asombro de los que conseguimos reunir rebuscando en bibliotecas familiares, en librerías semiclandestinas de nuevo y tentadoras librerías de viejo.
Rememoro la búsqueda de libros, no sólo de lo último que se hacía fuera de España en aquellos años del medio siglo, sino de lo que se había hecho desde el año 36 en un mundo del que permanecíamos lejos, en un aislamiento que parecía insalvable. Repasando estos libros me siento transportada al fervor del descubrimiento, a unas sensaciones difíciles de experimentar en medio de la abundante oferta literaria que disfrutamos en este final de siglo.
Recuerdo el Santuario de Faulkner, aparecido milagrosamente en la calle Barquillo, en un almacén de Espasa-Calpe que había editado el libro antes de la guerra. Recuerdo el entusiasmo de Ignacio cuando encontró en los puestos del Sena una edición belga con ilustraciones de Magritte, de Les chants de Maldoror. En la primera página del libro dice, escrito por Ignacio: «París, 2 de septiembre, 1952, I».
Eran tesoros que había que registrar, había que dejar constancia de la fecha y el lugar del hallazgo. Como Other voices, other rooms de Capote que yo compré casualmente en la estación de Amsterdam en 1950, porque me atrajo la foto que luego fue famosa, del adolescente rubio y lánguido derrumbado en una chaise longue. También en ese libro anoté: «Amsterdam, 1950».
Al unir nuestras bibliotecas repetíamos títulos; Australes, Universales, Clásicos Españoles. Y la novela del XIX europeo. Traducciones de Conrad que Ignacio había encontrado en librerías de viejo. Nuestros libros. Los rusos de la Revolución. Los franceses malditos. Los latinoamericanos, de Mallea a Jorge Amado. La primera edición de Bestiario de Cortázar. Carpentier, Borges. Los de abajo, de Azuela. El mundo es ancho y ajeno. La colección popular del Fondo de Cultura Económica llena de títulos apasionantes. Y lo que empezaban a publicar Vargas Llosa y García Márquez. Luego estaban los libros de viajes y las obras de los conquistadores. La conquista de Nuevo México de Bernal Díaz del Castillo, uno de los libros favoritos de Ignacio. Repaso el contraste y el desorden de los estantes llenos de «favoritos». Valle-Inclán y Bajo el volcán, Quevedo y Hemingway, El mundo de Guermantes, traducción de Salinas... Viejos tesoros y tesoros nuevos. Pavese, Pratolini. La fascinación por el existencialismo. Los libros de Sartre, de Camus, de Beauvoir, intercambiados y discutidos en el café o en las cuevas de Sésamo donde un día memorable cantó Juliette Gréco...
La pasión por la lectura era inagotable. Ignacio se sentía arrastrado por muy variados rumbos. Además de la narrativa, biografía, filosofía, mucha poesía. Los tentadores libros de viajes, la novela negra, la historia del gangsterismo.
Había modas que invadían las tertulias. Descubrimientos deslumbrantes que parecían indicar el camino a seguir en literatura. Ignacio se asomaba a ellas. Pero no se dejaba influir fácilmente por lo pasajero. «La moda —decía— es lo único que pasa de moda. Su esencia es pasar.»
Nuestra vida se vio gradualmente enriquecida por un cúmulo de novedades que en los años finales de la posguerra «dura» tenían un extraordinario valor. Para nosotros los cambios se iniciaron a finales de los cincuenta. El verano del 58 nos fuimos a Ibiza, influidos por el entusiasmo de dos amigos, Rafael Azcona y Fernando de Castro, que conocían muy bien la isla.
Ibiza, en el 58, era una isla casi virgen que estrenaba aeropuerto aquel verano.
Llegados de la meseta, el Mediterráneo de las islas, el Mediterráneo clásico, nos cautivó. La higuera, la sabina, la pita, las casas blancas, el cielo azul, la gente de negro. Y el mar, el mar nuestro ya para siempre.
En Ibiza nos sentimos inmersos en la libertad. Libertad en las conductas personales. Libertad en las costumbres. Libertad respetada y aceptada con naturalidad por los isleños. Parecía que habíamos encontrado «la felicidad». Peligrosa palabra que hay que escribir siempre entre comillas.
Desde Ibiza, desde el verano esplendoroso de la isla, nos trasladamos a Nueva York con una beca. Así que el curso 1958-59 estuvo lleno de impresiones nuevas y luminosas.
Manhattan Transfer era la inevitable referencia literaria del comienzo de los cincuenta. Y luego estaba el cine, Nueva York, deslumbrante, vivo, extrañamente cercano. La fuerza de Nueva York nos atrapó. No sólo eran el Village, Central Park, Broadway, la calle 42, el Madison Square Garden. No sólo eran los lugares tantas veces entrevistos en imágenes, descritos con palabras. Eran los museos, las librerías, los teatros off Broadway, las calles. Sobre todo las calles, con su espectáculo humano cambiante, rítmico y profundamente estable a la vez. Escribo del Nueva York de los últimos cincuenta, pero esa cualidad de cambio y permanencia me sigue pareciendo característica de la ciudad. Todas las veces que he vuelto a ella, la última hace pocos meses, he encontrado la misma atmósfera que encontré en octubre del 58. Lo que ha llegado a constituir la esencia de Nueva York como capital del mundo: su capacidad de asimilar personajes de lugares muy distintos, vanguardias, ideas, gustos, sensibilidades diferentes, para dotarlas de un común denominador: la necesidad de ser libres. Y, a partes iguales, una mezcla equilibrada de escepticismo y entusiasmo, dureza y delicadeza, generosidad y avaricia. Lo brillante y lo oscuro de Nueva York.
En su Letanía de Nueva York, poema inédito escrito mucho antes de conocer la ciudad, Ignacio escribe:
Nueva York
Papa loco de los espantapájaros
que guardas el corazón de los pantanos
en tu pecho de cemento armado.
Nueva York
Taquillero de los ocasos
en que cantan los emigrados
las canciones de los rebaños.
Nueva York
Polo tercero, disecado
y tremendo bosque fálico
habitado de pobres y millonarios.
Nueva York
Es uno tan literario
etc...
En Nueva York aprendimos el significado del verbo to belong. Sentimos, averiguamos, decidimos que pertenecíamos a Nueva York.
Nos gustaba explorarlo, reconocerlo. Nos gustaban las excursiones con nuestros amigos los Costa a las playas de Long Island, las mansiones abandonadas del invierno por las que creíamos adivinar la sombra de Gatsby.
Y luego las Iglesias de Harlem donde cantaban los negros y nos hacían un hueco —año 58— en sus bancos.
Y la barbería cerca de Columbus Circle donde un día asesinaron a un conocido gángster. El bar de Jack Dempsey; el jazz de The half note; la taberna de un gallego, down town, donde comíamos alguna vez, llena de españoles exiliados; La Casa Vasca, refugio de vascoamericanos donde los jóvenes sólo hablaban euskera e inglés. Y en La Casa Vasca, la fiesta de Santa Águeda, con los coros cantando en aquel bar, aquella taberna, arrancado todo de un rincón del auténtico Euskadi. Con el cuadro de honor de los vascos muertos en la Segunda Guerra Mundial.
Los amigos americanos nos ayudaron a conocer otro Nueva York. Los Barnes, Courtie y Trina, ella una Mc Gormick de la familia del Chicago Tribune, luchadora por los derechos civiles, él un apasionado de la música, creador de un Festival importante en Colorado, nos abrieron sus salones en los que se reunían siempre personas interesantes. Allí conocimos a Gustav Regler, autor de La última cruzada, una novela sobre la guerra de España prologada por Hemingway. Regler, que acababa de entrar en Estados Unidos por primera vez después de muchos años, a pesar de estar casado con una americana, porque estaba vetado con el curioso eufemismo de «prematuramente antifascista».
La casa de Waldo Frank, la casa de Margaret Naumburg y los españoles Carles Fontseré, el extraordinario fotógrafo, y su mujer, en cuya casa conocimos a Andrés Segovia, a Dalí y Gala. Ángel Zúñiga, que nos mostró lugares insólitos de la ciudad, lugares que muchos neoyorquinos no conocían. Francisco Ayala. El grupo de Columbia, Paco García Lorca, Laura de los Ríos, Florit. El maravilloso estudio de José Guerrero.
Greta Garbo en el cruce de dos calles. Fidel Castro que la noche de fin de año había triunfado en Cuba y pocos meses después llegaba a Nueva York y lo veíamos en Washington Square con sus barbudos rodeados de niños...
Todo esto tenía que influir en la formación literaria y humana de Ignacio. Su poema anticipado refleja su intuición de la ciudad, pero el conocimiento directo le fascina por completo.
Lo mismo que a principios de los cincuenta descubrimos un París lleno de sugerencias literarias, los existencialistas, el Café Flore, ..., también Nueva York nos puso en contacto con la última literatura, los beatniks, cuyos bares y puntos de encuentro visitábamos con nuestro amigo Dale Brown, joven escritor que conocía a Kerouac y que nos desveló los lugares clave del Village.
Nueva York, como París, nos acercó al cine prohibido en España. Todavía estaba en el ambiente la Guerra Civil. Vimos documentales emocionantes, como Tierra española. Y muchos filmes nuevos que nunca habían pasado por nuestras pantallas.
Cuando regresamos a España, en mayo del 59, volvimos a Ibiza. Ibiza y Nueva York se habían convertido en dos polos de atracción fundamentales. Encontrábamos, en ambos, puntos de contacto que tenían que ver con un ambiente de libertad y un aire de universalidad evidentes.
No obstante, el reencuentro con nuestra ciudad, en otoño, fue alegre. Madrid nos atraía siempre. Allí estaban nuestros amigos, nuestro mundo personal y literario. Lo que rechazábamos era la presión política y social, más difícil de soportar después de las escapadas a la libertad.
En los años sesenta se iniciaron transformaciones importantes en la vida del país. El comienzo del turismo y la salida de los trabajadores españoles a Europa, aparte de originar una corriente de divisas, fueron responsables de un cambio progresivo en nuestra sociedad. La economía se desliza por la senda de un tímido bienestar. Los primeros coches, los primeros síntomas de confort. Es posible remontar la escasez y la tristeza derivada de la escasez. El porvenir no es tan negro, titula Ignacio un cuento publicado en 1961. Es un cuento triste pero se atisba en las actitudes de los personajes —oficinistas modestos— un leve deseo de afrontar el futuro.
«A mal tiempo buena cara», dice el protagonista que celebra su cumpleaños con una pequeña fiesta entre amigos. «Te tomas cuatro vermuts y el porvenir no es tan negro.»
Una vez más, la evasión de la realidad a través del teatro aparece en este cuento.
«Si en mi casa no hubiese sido necesario que yo entrase en una oficina, qué sé yo si a estas horas estaría por esos mundos haciendo comedias», dice el anfitrión. Y como muestra de sus habilidades hace una exhibición de imitaciones de cantantes conocidos. Pero he aquí que se produce un efecto inesperado. El niño mayor del imitador de pronto se echa a llorar. Convenientemente interrogado, el niño da la estremecedora explicación de su llanto: «Se ha marchado papá, se ha marchado papá.»
La realidad vuelve a colocar a cada personaje en su sitio. Y el cuento termina:
«Solamente unos minutos se habían marchado papá y mamá y sus amigos, pero ya estaban de regreso.»
Se puede empezar a soñar pero con precaución. La realidad, todavía deja poco margen a la ensoñación. Estamos en 1961.
Si nos detenemos a analizar por un momento los cuentos de Ignacio Aldecoa de los años sesenta observaremos que, sin abandonar aquellos en los que predomina la repercusión de «lo social» o lo político en la vida de sus personajes, hay un giro en sus narraciones: un acercamiento a los conflictos, sentimientos, problemas intemporales del ser humano. La despedida, cuento ya citado, es un ejemplo de narración en la que nos interesan los sentimientos de los protagonistas. Hay un hecho, una despedida, un viaje hacia un futuro inmediato e incierto. La despedida, la separación angustiosa, su estoica aceptación tiene que ver con lo que hay de eterno en las relaciones humanas independientemente de la situación social de los personajes.
Comparándolo con Seguir de pobres, un cuento típico de los cincuenta y creo que uno de los mejores de este libro, vemos que en él es clara la denuncia de una injusticia social, agravada por tratarse de un hombre que ha salido de la cárcel. Pero lo fundamental es la denuncia del abuso, la solidaridad entre los trabajadores, la ternura inmensa que produce el segador enfermo y solo.
Dentro de los cuentos de los sesenta hay unos cuantos que tienen en común una incursión en el misterio, en esa línea indecisa entre la realidad y la posible-imposible irrealidad.
En Hermana Candelas la espiritista ofrece el bálsamo de su poder para conjurar voces amigas y lejanas. Brumosa ella misma entre las brumas de sus poderes —«La oscuridad absorbía su figura, transformándola en sólida tiniebla»—, Hermana Candelas recibe al final del cuento una llamada muy poco misteriosa de la Telefónica reclamándole el pago de una cuenta —real— pendiente. Pero vuelve a sumergirse inmediatamente en el mundo de lo mágico:
«Le inquietó la voz de la telefonista, temida, lejana, monótona, neutra, como las de allá.»
En Dos corazones y una sombra hay un juego entre infantil y morboso de dos hermanas que viven, en una atmósfera un tanto irreal, la indudable realidad de una sombra compartida.
Y el espléndido La vuelta al mundo en el que una vieja pareja mueve las fichas del parchís sobre una camilla, a la luz de una lámpara de porcelana, acompañados por el perro que dormita y el rumor de la lluvia de una noche de noviembre, todo ello un poco espectral. Esa pareja de ancianos —actores, lo sabremos más tarde— va transformando su realidad en una sutil recreación de su vida a través de fragmentos de las obras representadas en el pasado. Hay una marcha atrás, un reconocimiento de episodios amorosos y al mismo tiempo una comprensión de las claves de la vejez, extraordinarios. El viejo recuerda:
«... las palabras de ayer que le gustaba decir. Pensó en el regusto de vivir trágicamente sin peligro y como en un sueño, de manera que todo se pudiera borrar despertando.»
Y más adelante:
«se pasó las manos por el rostro, incapaz ya de sostener un gesto, terriblemente fatigado y marchito pero donde había estado el mundo...»
En los sesenta el país parece tomar rumbos nuevos. La posibilidad de tocar con la mano una Europa que poco a poco va introduciéndose en España, las primeras revueltas serias, los documentos de protesta, refuerzan la esperanza de un porvenir si no brillante, no tan negro. Los cuentos de Ignacio acometen también temas nuevos. No significa esto que renuncie a su mundo literario, que estará siempre comprometido con el ser humano. Preguntado en una entrevista del año 68: «¿Contra qué escribirías?»
Contesta:
«Contra la injusticia. Contra lo que escribo. Pero mi temática es más amplia[3]: la brevedad de la existencia, la humanidad, la medida del hombre frente a la naturaleza.»
Los nuevos cuentos son en realidad un aspecto nuevo de su intención programática. Son también el resultado de la evolución de un creador a lo largo de los años; de la influencia del medio que le rodea cuando éste cambia y de su propia vida, sometida a su vez a transformaciones.
Verano tras verano regresábamos a Ibiza hasta aquel último, el verano del 69 en que el hombre pisó la luna.
A lo largo de la década de los sesenta Ignacio escribió, además de otros libros, varias narraciones que se desarrollan en la isla. La piel del verano, Al margen, Ave del paraíso, La noche de los grandes peces, Amadís, Un corazón humilde y fatigado. La más representativa, Ave del paraíso, es una narración larga y perfecta. La ironía, el humor, la melancolía, juegan una brillante comedia del arte en torno a unos personajes irrepetibles. Era el invierno de la isla en los primeros sesenta. El invierno de los desguaces, los derrelictos arrojados a la playa por oleajes turbulentos. Náufragos voluntarios o forzosos que los habitantes de la isla veían desfilar ante sus ojos. Grupos de jóvenes inútiles o rebeldes, los eternos vagos, las conocidas ovejas negras. Y los primeros beatniks americanos, que transportaban a la isla un paraíso desleído en humo, en alucinaciones suaves, en mentiras soñadas.
Ignacio Aldecoa partiendo de su capacidad de vivir y de convertir lo vivido en literatura construye un hermoso esperpento de una realidad ya en sí misma desorbitada. El personaje de El Rey —cínico y triste, gozador y brutal, fuerte y destruido— es uno de los personajes más auténticos, al par que insólito, de la literatura de Aldecoa. Pequeño roman à clef, Ave del Paraíso es la historia de unos seres que representan el guiñol de su vida con brillantez. El invierno disparatado e intenso termina y los títeres dejan de jugar. El Rey abandona su esperpéntica corte, rodeado de una aureola de turbia melancolía:
«Cuando yo vuelva, si vuelvo, nadie estará ya aquí. También os habréis ido.»
Dice al final del cuento. Y es cierto. Nadie estará nunca más allí, en el invierno de la isla. Cuando murió Ignacio, el Rey estaba en una cárcel de Kabul. Desde allí me escribió una carta conmovedora.
Amadís, otro de los relatos de Ibiza, inspirado en la muerte de un viejo playboy mediterráneo, es el penúltimo de los cuentos de Ignacio. El último, Un corazón humilde y fatigado, es un cuento distinto de los demás de la isla, en la más pura línea de los cuentos irrepetibles de Ignacio. Un niño enfermo del corazón, cuidado y mimado por su padre viudo, dueño de un almacén de coloniales en el puerto, oye casualmente una conversación del padre con un hombre que viene a suplicarle, respetuoso y humilde, que atestigüe cómo vio que asesinaban a su hijo en la guerra:
«Usted lo vio. No le pido más que eso. Lo demás ya no importa. Quién lo hizo, no importa. Tiene que certificar la muerte de mi hijo porque necesito que no haya desaparecido, que esté muerto.»
El descubrimiento por parte del niño «de un horizonte de tiempo donde estaban sucesos y aullidos que no formaban parte de su vida y ahora regresaban, siniestros y en bandada», crea unos momentos de terrible angustia en los que el padre trata de justificar que él no sabe nada del asunto, que él no le debe nada a aquel hombre que ha repetido insistentemente: «Tendré que volver.»
Mientras, el hombre se aleja: «... caminaba como había hablado, con lentitud y humildad, cargado de lutos antiguos.»
Parte de una historia, su última, novela, publicada dos años antes de morir, es una muestra de la evolución literaria de Ignacio en los años sesenta. Guarda cierto paralelo con los cuentos de Ibiza y es el resultado de esa evolución natural que se produce en la vida y la obra del escritor. Parte de una historia introduce un elemento literario nuevo en la obra de Aldecoa. Escrita en primera persona, el narrador es testigo de la vida en una isla de pescadores perdida en el Atlántico que se ve perturbada por la irrupción de los náufragos de un yate americano. Jóvenes desnortados, pertenecientes a un mundo contaminado por la civilización, trastornan la existencia tranquila de los escasos habitantes de la isla. Durante los días que permanecen en ella los intrusos, se suceden las juergas, las borracheras, los juegos amorosos que implican a jóvenes de la isla. Hasta que la tragedia, inesperadamente, pone fin a la fiesta. Uno de los americanos, en plena celebración del carnaval, se lanza al agua y no puede volver.
El narrador observa, cuenta, monologa. En su reflexión introspectiva hay referencias oscuras a conflictos personales, crisis, desajustes emocionales que le han llevado a la isla.
Esto es lo nuevo de Aldecoa; que, por primera vez, habla de sí mismo. Y me parece la clave para comprender lo que llamo su paso a otro momento de creación. Sin embargo, el mundo de los pescadores, hombres y mujeres que viven duramente de su oficio en una especie de república feliz, está tratado con la ternura y la comprensión de siempre. Lo mismo que las bellísimas descripciones del paisaje desértico de la isla, el viento africano, la arena que se introduce entre los dientes y las teclas de la máquina de escribir, el mar, peligroso y amigo.
Hay un ensanchamiento, un enriquecimiento en esta novela, nunca una traición ni una renuncia a su actitud ante la vida. Parte de una historia es una fábula moral y a la vez una deslumbrante iniciación al autoanálisis. Para Ignacio, como para muchos críticos y lectores entre los que me incluyo, ésta es su mejor novela.
Durante la década de los sesenta viajamos con frecuencia fuera de España. París, la Costa Azul, Varsovia, Colonia, Amsterdam... En Estados Unidos descubrimos lugares nuevos. Siempre Nueva York, pero también Chicago, Nueva Orleans, peregrinos del jazz al inolvidable Preservation Hall.
Ignacio programaba como siempre. Tenía en marcha el proyecto de una novela muy larga que se llamaría Años de crisálida y que trataría de la evolución personal e histórica de un grupo de hombres y mujeres de su generación.
«Hemos vivido inmersos en unos años de crisálida», solía decir.
Dentro del ciclo La España Inmóvil, le faltaba la última novela, la de los toros. Cuando murió estaba siguiendo la vida de los toreros que empiezan, acompañado de su gran amigo Domingo Dominguín.
«Programo para largo», dijo en una entrevista. Pero la brevedad de su vida le impidió cumplir ese programa. Se quedó sin hacer la otra «parte de la historia».
En este libro están encerrados veinte años de cuentos de Ignacio Aldecoa, «el narrador de historias». Desde 1949 a 1969. Estos cuentos son piezas de un escalofriante puzzle. Uniéndolos, la imagen resultante sería la de un país, España, y de una época, la sórdida posguerra.
La repentina desaparición de Ignacio fue un cataclismo. ¿Por qué?, me preguntó entonces mi hija, abrazándome. Todavía hoy no he sabido contestarle, no he sabido encontrar la respuesta. Veinticinco años sin Ignacio. Veinticinco años durante los cuales el tiempo me ha envuelto, zarandeado, desgastado poco a poco.
Cuando el mundo se ha ido transformando en otra cosa: muros derrumbados, nuevas políticas, nuevos descubrimientos. Cuando Franco murió. Cuando han ido desapareciendo tantos amigos. Cuando nació nuestro nieto que ya tiene quince años. Mil y una veces me he preguntado qué pensaría Ignacio, qué diría Ignacio. Desde el primer momento de su pérdida he sido consciente de hasta qué punto me alimentaba de él, necesitaba hablar, discutir, analizarlo todo con él. Al releer todos sus cuentos he recuperado una parte importante de mi vida. Un escritor no muere nunca. Ignacio, que tenía obsesión con la muerte aunque era una de las personas más gozadoras de la vida que he conocido, descubrió un día en Estados Unidos una fascinante norma que expresaba muy bien su filosofía de la existencia. Y la cumplió:
«To live fast, to die young and to leave a good looking corpse.»
JOSEFINA R. ALDECOA
Nota preliminar
La presente edición de los Cuentos Completos de Ignacio Aldecoa incluye sus primeras narraciones que no aparecen en ninguna edición anterior.
La ordenación cronológica de los cuentos de este volumen exige que las narraciones tempranas (escritas entre los veinte y los veinticuatro años) vayan las primeras. Me ha parecido interesante ofrecer la obra cuentística de Ignacio desde 1948, fecha del primer relato publicado en revista, hasta 1969, año de su muerte y fecha del último relato escrito.
Creo que los lectores y los estudiosos de esta obra podrán seguir así la evolución literaria y humana del escritor durante veinte años de su vida, que marcan, además, cambios importantes en la vida del país. Cambios que aparecen reflejados en sus cuentos.
JOSEFINA R. ALDECOA
La farándula de la media legua
Cuento clásico de cómicos, rústicos y guardias civiles
En el último pueblo en que actuaron con alguna fortuna fue en Toro. En el último pueblo que tuvieron para comer fue a tres leguas de Zamora por occidente; donde convinieron separarse, una legua más allá, junto a la caseta del peón caminero, a la entrada de Sayaguillo del Camino. Unos se volvieron a la capital para buscarse el con qué y los otros, tres hembras y cinco varones, se metieron a discutir y a gastar la calderilla en el ventorro de El Armuñés. ¡La que se armó! Ellos le echaron luego la culpa al vino, demasiado fuerte para estómagos tan alicaídos; él, El Armuñés, a que le hicieron un gasto de diez pesetas y querían darle dos. El alcalde estuvo deliberando entre si echarles del pueblo o ponerles a arreglar un camino vecinal, que estaba en condiciones harto malas. Lo pensó bien, y por pensarlo le salió mal. Porque el señor alcalde se hacía la cuenta de que si los ponía a trabajar a razón de una peseta y la comida, podrían pagarle a El Armuñés, pero corría el peligro de que se quedaran en el pueblo para siempre, y de que se abaratara la mano de obra. Total, que tampoco los echó del pueblo, por que no perdiera el de La Armuña, pero enterado de su oficio, que no era otro que el de comediantes, se sintió con ganas de desasnar a sus convillanos y les hizo la proposición, entre caritativa y semítica, de darles veinticuatro pesetas y la comida, saldada la cuenta del tabernero de pequeño, si le hacían una comiquería para el día siguiente. Y hay que decir que el día siguiente era domingo.
Por esas tierras de Dios donde no ha llegado el progreso, ni el cinematógrafo, un domingo es el día más peligroso de la semana; que si los mozos se atoñan, que si las mozas andan sueltas, que si el juego de bolos...
Los comediantes se pusieron de acuerdo; les dio por aceptar y por poner El Alcalde de Zalamea, arreglado desde luego para rústicos. Rústicos, para los ocho comediantes, era sinónimo de imbéciles. Bueno, pues se pasaron toda la noche arreglando los trapos del capitán y de don Lope; pidieron al alcalde un traje viejo de los que tenía, porque el otro Alcalde debía salir vestido conforme Dios manda. El señor alcalde les prestó su mejor terno y les dejó la vara; en fin, que hasta encontraron unas espadas enroñecidas en la sacristía de la iglesia. El señor alcalde estaba como loco; el maestro daba clase a todo el que quería escucharle explicando quién era Calderón y otras zarandajas; el mocerío andaba revuelto y el señor cura no se las tenía todas consigo: «estos cómicos, estos cómicos son enviados del diablo», se decía para su capote. El que oficiaba de administrador de aquel sucedáneo de compañía teatral, un carcamal de boca podrida por las palabrotas y por no lavarse los dientes, exigió el pago adelantado de dieciséis pesetas, es decir, las dos terceras partes del haber, según costumbre, y una ristra de chorizos morrones. Después de una colecta obligatoria se recogieron 14,75, cuatro chorizos y una hogaza. Los comediantes se dieron por satisfechos.
La mujer del primer actor, que se llamaba Juan García —el primer primer actor era de los que se habían vuelto a Zamora, pero éste era el segundo primer actor—, se empeñó en salir muy seductora; su marido, que ya estaba más que escamado, la encerró en una habitación y le explicó claramente que de aquello ni hablar; la pobre quedó molida y sin ganas de sentirse una dama fatal.
El don Lope lo iba a hacer en principio el administrador, pero como le patinaban las eses por las faltas de su boca, se quedó en simple Alcalde. Otro de los comediantes, quedó en hacer de capitán porque tenía figura, dicción y sabía escuchar. Esto de saber escuchar sobre todo; ponía tanta atención a los parlamentos de los demás que la gente se asombraba de que tuviera tanta voluntad para entender todo aquello. Había también un fulano en la compañía al que llamaban Perico el Argumento, que en sus ratos libres hacía versos, pensaba argumentos y les echaba las manos a las mozas, entre bellacón y don Juan. Era un tipo bastante antipático, se comía las uñas por placer, según él, más que por hambre. Estuvo, siendo chicuelo, en un periódico satírico de correveidile y se creía con un ingenio, un donaire y un no sé epigramático que lo hacían terrible al par que grotesco.
También formaba parte de la compañía un tal Rosendo, joven de unos dieciséis años, del que se hablaba mal y acaso con razón.
Los papeles se los repartieron juntamente con las pesetas. El administrador explicaba: para ti, tres cincuenta, un trozo grande y un chorizo; para ti, dos setenta y cinco, un trozo medio y tres cuartos de chorizo; para ti, dos pesetas, un trozo y para de contar; para ti, otras dos y un trozo. Nadie quedó conforme y empezaron a murmurar. En aquel momento entró el señor alcalde a preguntar, atolondrado y remoto, si la obra tenía que ver algo con una que escribió don José Zorrilla y que era también de arrear candela. Le contestaron que no y que se fuera al diablo, pero esto les sirvió para refrescarse la memoria y para no morir por dos cochinos reales a manos de los lugareños. El administrador dio consignas y se esfumó. Las arbitrariedades del administrador quedaron olvidadas por el momento. La compañía empezó a arreglar el atrezzo.
La mañana los cogió en el pajar. Un mocete entró a avisarles que el señor cura iba a decir la misa y que era obligatorio el ir para todos los que se encontrasen por el pueblo. Después de muchos desperezos y muchas palabrotas, consintieron en levantarse. ¡Se estaba tan bien en el pajar! Cuando salieron a la carretera, calle principal y única del pueblo, adormilados y refunfuñantes, el sol los acabó de cegar. Un sol rojo como una guindilla; un sol, que al decir de Juan García en vana retórica: sangraba como un corazón herido de amor.
Por mandato del señor alcalde, que habló en el Concejo sobre la necesidad de adquirir cultura, se echó un bando con redoble grande. A las doce y media los cómicos insinuaron al alcalde la necesidad perentoria de llenarse la andorga con algo más sustancial que el buen aire del campo. Les dieron una olla, algo podrida, regada con el vino de la tierra. A los postres, nueces descascaradas, se les regaló el cuerpo con una copita de orujo, que aparte de quemar los intestinos les ayudó a hacer la digestión. A las dos y media se tocó por segunda vez el tambor para dar comienzo al espectáculo.
El administrador se hizo con unos fondos de botellas y desapareció. Poco a poco se fue llenando la era. Las viejas llevaban unas sillas pequeñitas para sentarse; sillas de las que se usan para pelar alubias, hacer calceta y murmurar de las mozas. Las mujeres casadas unas sillas más grandes, por aquello de estar en la plenitud. Los hombres todos y las chavalas del lugar optaron por quedarse de pie pegados a las bardas circundantes.
Al tercer redoble se corrió el cortinón que tapaba la bocaza del portegado. Apareció Juan García, apareció también Perico el Argumento, un si no es borracho, y apareció Rosendo pintarrajeado y contoneándose. El público dio un alarido de placer. Aquello era teatro y lo demás filfas.
Un mozo, que estaba muy avenido con don Morapio, hizo una gracia, entre verde y aburrida, sobre la mujer de Juan García. Las mozas se escandalizaron y los hombres empezaron a bramar. Juan García, que presumía de honrado y de machote, se adelantó hacia el umbral y les rogó que se callaran porque estaba mal insultar a un artista. El mozo de cuentas le contestó: «qué artista ni ocho cuartos, tú eres de Cuenca». Las mozas se partían de gusto y los mozos empezaron a pegarse puñetazos en las tripas y a romper sillas. Algunas viejas, adivinando la tormenta, se volvieron a sus casas.
Cuando apareció el Alcalde se hizo un gran silencio, pero en cuanto comenzó a hablar el pueblo entero se puso a aplaudirle y a llamar cosas feas a don Lope, al capitán y a un soldado que salió por allí con un gorro medio frigio. El señor cura pidió un alto en la representación y exhortó a su grey a portarse como caballeros. Las dos escenas siguientes transcurrieron en el mayor silencio, pero inmediatamente después la grey se alborotó de nuevo.
Juan García, entre un carro y unos trillos, le propinó a su esposa la segunda advertencia.
De pronto aparecieron unas botas de vino y se empezó a cantar en el lado de la derecha, junto a las cuadras. De pronto, al mozo del vino se le ocurrió tirarles un huevo podrido, porque había oído decir que a los cómicos se les tira de vez en cuando porquerías. Allí comenzó la tragedia. El señor cura predicaba en desierto; el alcalde vociferaba inútilmente; el maestro repartía bofetadas entre sus discípulos. Aquello se puso insoportable. Para acabar de fastidiarlo todo, Juan García volvió a adelantarse hacia el umbral y después de pedir que se callasen les espetó un discurso en el que lo menos que les llamaba era bestias. Empezó a arder Troya. ¿Atajo de bestias?, se preguntaba el alcalde apoplético y furibundo. ¿Atajo de bestias? Vamos a endiñarles a éstos..., claro que nos hemos tragado el epíteto. Ardió Troya.
La tarde se iba acabando. Unas nubes negras y tristes se cernían sobre Sayaguillo del Camino. Lejana y tenue la cigüeña planeaba por sobre el Duero. Las encinas de la carretera tomaban tintes violetas; un vientecillo gallinero levantaba el polvo en pequeños remolinos. De la parte de Zamora un carro leonés venía triste, chirriante y cacharrero. La liebre cortó el camino en dos.
La compañía, con su director al frente, marchaba cabizbaja, apagada de voces, desgarrada, entre los bicornios de la Benemérita. El administrador ronzaba el último corrusco. El cabo Arboleya se dignó dirigirse a los pobres cómicos:
—¿Y después de arreglar esto, adónde?
Juan García, que sabía sobreponerse a las circunstancias, le respondió:
—Saldremos de bolos hacia Nava del Rey.
El civil se sonrió.
Muy alto un milano se perdía en la atardecida. El grupo se iba esfumando en la distancia; pronto se hizo pequeño y leve y, cuando aparecieron las primeras estrellas, una canción llegaba del fondo de la carretera avanzando a sílabas.
En el pueblo, el señor cura decía ya en voz alta: «estos cómicos, estos cómicos, mismamente los envía el diablo».
El alcalde le dio dos cacharrazos a su hijo mayor porque los comediantes le habían roto la vara. La luna viajaba en el incógnito de las nubes que ya casi cubrían el cielo.
(1948)
El hombrecillo que nació para actor
Cuento del que se quedó en la estacada y de los que se mofaron de ello
Eran las cuatro de la mañana. La churrería tenía algo de vagón de tercera clase. Dormía una vieja con sueño altisonante de suspiros y entrecortado de babeos. Un hombre mostraba infinidad de carnets, la faz angulosa y el pelo blandón y rubiaco, a la pareja policial que tomaba el mojapán madruguero. Tres estudiantes troneras bebían cazalla en compañía de unas pelanduscas que recortaban el canje de interjecciones. El churrero, a lo macho, se abría la camisa frente al fogón donde chirriaba la gran sartén del aceite. Olor de tren con aceitazo y dejo axilar, pegaba un tufo inolvidable.
La calle del Ave María se abría a la expedición sabatina de la gente de última hora. El nocherniego encontraba su reposo en el chocolate con churros o en el aguardiente truhán en copita breve y alta de caderas. La noche, maya de estrellas y canciones y verdeada de faroles de gas. Se dejaba oír el tacón del chuzo con que el sereno se autorizaba. Bajaban hacia la plaza dos farsantes, hombre y mujer, del brazo y entonados. La luz mortecina los atrajo como a vagas mariposas.
La pareja de los mosquetes se clareó a un rincón, como los gatos, preparada para intervenir cuando las circunstancias lo exigiesen. La vieja dormilona despotricó por sus fueros de despertada, rascándose la piojería y mostrando el Teruel de sus dientes. El churrero ni se inmutó desde su púlpito de hombre corrido y corroído. Agua de borrajas la bronca, la zaragata de un estudiante les invitó a lo que gustaran tomar. Se le antojó a la mujer un vaso de leche y al marido un anisete para quedar bien, porque los hombres deben mostrar siempre que lo son. Una de las damas se estropeó la voz de un trago y comenzó a deleitar a la reunión. Cantaba en faraona y había que exornarla de olés y de vivas familiares. Los tres estudiantes comenzaron a cantar en gabacho unas canciones menudas y como de coro. Nadie les mandó callar, pero se callaron. Aquello no era de la noche. La noche tiene su rito, más o menos torpe y exige que se cumpla. Habló el cómico y mostró su francés escolar; después el norte de las miradas se ofreció en espera del cuentacuentos.
—Aquí, mi señora y yo, somos del teatro. Una vez un estudiante de su edad, como ustedes. ¿A que no han entrado en quintas todavía? —preguntó difuminando su charla en el capricho de que afirmaran y él pudiera sentar bien su experiencia de hombre maduro.
Los estudiantes precisaron que ya las habían pasado con muy malos tragos. El cómico explicaba a continuación, ramificando la historia:
—Medicina, estudiaba. Era grandullón, un mozo guapote y quería ser actor. Ustedes no saben lo que es esto. Correr de aquí para allá, como se dice. Ahora venimos de Valencia. El género nuestro se va acabando. Mi mujer está de costurera en la compañía y yo soy del coro.
Los estudiantes comenzaron a cantar de pronto. Una de las acompañantes les estaba haciendo el tercio con el fotógrafo. Se levantó para sentarse en la otra mesa.
—¡Qué tiempos aquellos! Ustedes no habían nacido. Yo llegué a cantar Lisístrata; también canté El pollo Tejada.
Se despidieron las dos que quedaban y salieron a orearse.
—Yo he trabajado mucho en esa capital. Teníamos el hoyo lleno todos los días. Había que ver las taquillas que se hacían. Precisamente allá conocí a mi señora.
La señora intervino falseando la voz:
—Mi esposo y una servidora, que entonces era una chiquilla, nos hicimos novios. Formalizamos nuestras relaciones cuando volvimos a este Madrid de mi alma.
El sultán estudiante se desperezó en el banquito. Las gafas le hacían a sus ojos una prisión de peces abisales. Estaba mal afeitado: las crecidas patillas lo achulaban con canallería. Se sonreían de todo aquello, y el capítulo de la Comiquería les agradaba de sabores viejos. El jovencillo pidió al otro, pálido y ojeroso, una peseta para la alcancía de la cerillera.
—Cuando iba a la escuela ya me llamaban las tablas. Me acuerdo que una vez hicimos El puñal del godo. El maestro me dijo que yo era capaz de ganarme el garbanzo trabajando de actor. Y no estoy arrepentido porque, cuidándome, yo hubiera llegado a ser algo.
A la mujer del histrión le entró maternal. El estudiantillo de la cara aniñada estaba ya harto de juerga y se dormía.
—Pobrecico, tan joven. ¿Cómo lo sacan ustedes de casa...?
Se recuperó el estudiante y ronzó unas palabras. Pidió más cazalla. El de las patillas se reía burlonamente.
—Miguelito, que te va a hacer daño.
—Me cabe un litro.
—No presumas.
El hombre de la farsa pagó una ronda y siguió charlando.
—Pues sí señores, yo nací para actor, pero la vida... ya saben ustedes. Uno quiere llegar y luego se encuentra con los malos quereres. En la guerra tuve que poner un puesto de periódicos y no me iba mal. Lo dejé por esta maldita afición. Todo me lo he jugado y ya ven cómo me va.
Miguelito se quiso sacar la espina aventurando una gracia que no le gustó al actor. Éste se envolvió en la bufanda: una bufanda grande amarilla y negra que le daba cierto aire funeral. Reclamó a su mujer porque la mañana se enfriaba casi por la ventanera. Y se levantó. Cuando estaba de pie se le acercó titubeante el dipsómano de los carnets:
—¿No tendrá un cigarro?
—Un cuerno.
Y el dipsómano ensayó un pase natural. Nadie le hizo caso y se quedó navegando con cara de hastío en espera de otra oportunidad. Del mostrador salió la voz de Lucifer:
—No molestes a los señores.
Lo más extraño era que todo ese mundo cochambroso se trataba con una educación inesperada. El de los carnets pidió perdón y se retiró a un rincón.
Por la calle del Ave María, en la soledad de un amanecer blanco y sucio como la leche pasada, caminaban los tres estudiantes. Quedaban solos el dueño y el hombre de los carnets. Se iba a cerrar una hora para que descansase el churrero.
Canciones viejas y salmantinas crecían en el avance de la estudiantina. El sereno apareció como un fantasma. Les mandó callar. Los faroles de gas parecían fuegos fatuos. Miguelito temblaba y balbuceaba incoherencias. La cuesta era un calvario que había que subir. El último gato de la noche se escondió en un quicio.
Rieron los estudiantes del hombre que nació para actor. El hombre que nació para actor dormía con alto sueño de triunfos en los teatros hispanoamericanos.
Al pasar por una iglesia sorprendió a los tres estudiantes la primera boda del domingo.
(1949)
Un artista llamado Faisán
Tenía cara alargada y grave de payaso listo.
Pajareaba en el verano por las ferias del Ebro, y volvía a la ciudad con los primeros chubascos de octubre, misterioso de trapisondas y con el ojo opaco y lelo del que ha corrido mucho mundo. Desde las chiribitas a la vendimia, el artista se fichaba de feriante, y la Guardia Civil le maltrataba con su desprecio cuando, caminera y sonámbula, le pedía los papeles y le hacía alguna advertencia de ordenanza.
Era retórico para gallofear y para peinarse de caracoles, con lo que levantaba sospechas y duendes por donde pasaba. Transformaba las simples corbatas en floripondios, pasmando sus alborotos de almidones y las llevaba despreocupadamente en un cuello verde, azul, rojo, siguiendo la teoría del arco iris y los días de la semana. Camisa no usaba y se cubría las carnes con una chaqueta vieja, lustrosa y negra. El artista componía versos y zapatos, cantaba ópera y se deshacía en virguerías con un cepillo entre las manos. El artista era limpiabotas, honesto y andarín; le llamaban Faisán.
Faisán había nacido de padres titiriteros, en una covachuela de las cercas bajas de la ciudad, junto al río. En invierno se humedecían las paredes y todos los habitantes se acatarraban. A Faisán le quedaba de su infancia una gran hambre de mal mamado y una tos triste, rugosa, que no le dejaba dormir en paz ni en el campo, bajo las estrellas, ni en los catres de las pensiones, que eran para él lujos de invernada. Su industria de limpiabotas le llevaba a conocer tipos muy raros y sabía, desde luego, lo que da de sí la vida y lo mucho y lo poco que hay que trabajar para comer. La afición al arte le venía de raza, como queda dicho; su padre fue un gran alambrista, y su madre daba saltos mortales.
El artista solía salir retratado en los periódicos festivos de la ciudad; recortaba cuidadosamente las fotografías y las caricaturas y las pegaba con esmero en el interior de una maleta de madera, de la flor de su caudal. Un dejo, heredado y social, de degustador, amén de su oficio, le llevaba a las tabernas, donde los clientes le gastaban bromas harto pesadas, que, con buen criterio benedictino, soportaba hasta la exasperación de los chanceros. Faisán nunca perdía su seriedad: ni cuando salía por las calles de hombre anuncio, ni cuando se exhibió, con el rostro tiznado, en una barraca del pim-pam-pum, en el real de la feria; ni siquiera cuando en una becerrada lo sacaron de banderillero con el único y exclusivo fin de que el torillo le moliera a golpes.
Faisán era, desde luego, muy consecuente con sus aficiones: inventaba versos mientras limpiaba zapatos, si se lo pedían; cantaba ópera, si el cliente estaba de buen humor, y tiraba el cepillo al aire, para recogerlo hábilmente, siempre que necesitaba dar garbo a su trabajo. Todo lo cual le valía algunas buenas propinas, que él se apresuraba a cambiar en vino.
Una mala noche lo adobaron a palos. Parecía un viejo hidalgo, tan sereno en su desgracia, con un ojo morado, torcido y perniquebrado, pregonando sus servicios.
Cuando se le preguntaba el porqué de aquello, contestaba como sin darle importancia:
—Envidias profesionales.
El artista contaba con la animadversión de dos rufos de su oficio: Mencía y Lavoz. Lavoz era un mal bicho; fue vendedor de periódicos, y de aquí su remoquete; medio enanorro, medio jorobeta, no tenía meollo más que para hacer daño. Mencía era un gaita.
Faisán no se cansaba de repetir, entre golpe y golpe de bayeta, que Lavoz rebajaba la profesión con labores de tercería. En las polémicas que se suscitaban entre ambos, el concurso de espectadores era numeroso. Lavoz era más directo; Faisán, más elocuente. Los triunfos dialécticos de Faisán reprochando al otro sus alcahueterías y tapujos, se cantaban en bastos sobre sus espaldas en las primeras horas de la madrugada. Mencía y Lavoz, de consuno, le aplicaron el duélete dómine de sus pecados, y el artista se quedaba sin aliento para unos días. Pero ninguna de estas zurras tuvo la importancia de la referida; existían diferencias de matiz y de expresión, de instrumento y de dolor. A Faisán lo baldaron, y de tal hazaña cargaron culpas Mencía y Lavoz. Tuvo necesidad el artista de abogar por ellos delante del dueño de un café y delante también del cabo de municipales, que no se conformaba con la pobre explicación de las tinieblas, que alegaba, caritativo y ridículo. Faisán, con un ojo morado y el otro tuno, pálido, despeinado y el floripondio arrugado como la cresta de los gallos viejos, se sostenía de pie por un prodigio de dignidad. Lavoz disculpó su parte como pudo: él no había sido; la parienta le metió en la cama temprano para no gastar; él era incapaz, y sobre todo tratándose de un compañero, mucho más incapaz. Mencía se hacía el lerdo. Faisán les salvó de la cárcel.
Entre que su salud era poca y el quebranto mucho, Faisán enfermó. En el hospital de San Julián tuvo una cama.
En el hospital hacía las delicias de los enfermos y de las monjas. Contaba triquiñuelas de hambrón y ratonerías golfantes, con voz de bombo roto; contaba anécdotas de su padre y sinvergüenzadas de sus amigos, hasta que las palabras se le tornaban crepusculares, débiles, y una tos cachazuda le traía sangre a los labios y brillos extraños a los ojos. Comía poco y se desahuciaba él mismo invocando la muerte. La muerte era su digna pareja; pero una muerte vieja y fuera de uso.
Mencía y Lavoz fueron a visitar a su colega. Mencía iba de punta en blanco, con el traje de los domingos y camisa azul cerrada, sin cuello; en las manos el oficio no dejaba ver sus huellas más que en la periferia de las uñas. Lavoz llevaba un paquetito con media docena de pasteles. Habíase peinado y afeitado de barbería. El enfermo les sonrió amustiado.
—¿Cómo va la vida, compañero?
Lavoz se derretía:
—Aquí traemos esto —le alargaba los pasteles—. Hay que volver a los ruedos —animaba bronco—. Me ha preguntado don Cipriano por ti, que cuando sanes te pases por su casa, que tiene un no sé para darte.
Faisán estaba ya en el palomar. Mencía y Lavoz andaban remisos al acercarse, porque tenían un miedo atávico y sano de su tisis. El palomar era la estación de espera para el coche de la muerte; los que estaban en él —la buhardilla del hospital— abandonaban toda esperanza de salvación y de recibir visitas. Sin embargo, Faisán tuvo suerte en lo segundo.
Lavoz y Mencía se escaparon en cuanto pudieron. Faisán les vio irse, sin dejar por eso de hablarles y de darles las gracias. Ya habían cerrado la puerta de su diminuta habitación y todavía parloteaba su discurso de condenado que necesita oírse para no morir antes de tiempo de soledad, de tristeza, de mirarse las manos. Luego quedó grave, con la barbilla hundida en el pecho, los ojos como dos estanques vacíos; sin decir nada, sin transparentar nada. Y comenzó a cantar con todas sus fuerzas, energuménicamente.
El médico habíale recomendado que no se fatigara hablando. Cuando entró la monja lo encontró medio incorporado, con una sonrisa estúpida en los labios y un gran floripondio que le nacía en el pecho y se extendía por el embozo de la sábana, por la colcha; sin duda ninguna, el floripondio más hermoso de su vida, que ya era el de su muerte.
Por el ventanuco huía la primavera de la luz, y la habitación se le iba llenando de sombras, de personajes. A Faisán le parecía que toda su existencia estaba resumida allí, y no se engañaba: los arrieros navarros, los afiladores de Galicia, los amigos, los cafés, las tabernas, la Guardia Civil. Entonces volvió a echarse tranquilamente, para dialogar con ellos, para que se riesen de su floripondio, para contarles aventuras, mentiras hermosas, que cuando se dicen dan serenidad.
El buen cura del hospital llegó tarde.
Al entierro del artista asistió mucha gente; unos por tipismo ciudadano; quien, arrastrado por el espectáculo; muchos, por nada. Fue a las doce y media de la mañana. Lucía un sol espléndido. La ciudad estaba alegre, inexplicablemente alegre. Se charlaba animadamente en la comitiva, desperezándose el concurso de preocupaciones. En la presidencia del duelo, a ambos lados del capellán de San Julián, figuraban Mencía y Lavoz, los más allegados. De la familia de Faisán no se encontró ni rastro, bien porque se hubieran muerto antes, bien porque hubieran mejorado de posición, que todo es posible en la vida. Mencía y Lavoz se habían teñido los zapatos de negro y los llevaban brillantes, bailarines y propaganderos; iban muy compuestos y ensimismados.
Quedaron de a pie el cura y los tunantes, y en el coche —un viejo Renault carrozado barrocamente—, el difunto, y el conductor y su ayudante: dos rostros siniestros y encerados.
Largo se les hizo a Mencía y Lavoz el camino al cementerio, y acabaron por decirle al cura que a ellos les cumplía un vasito y que se paraban a tomarlo en una taberna que les pillaba de paso. Y nunca pilló mejor el vino a dos amigos que en aquella ocasión. Remolonearon algo en torno de los vasos, con la conciencia dando campanadas de que el abandonar a un compañero estaba mal del todo. Y después de un buen rato salieron hacia el campo santo. Para entonces ya había dicho el cura su responso, y cuatro disciplinados sepultureros bajaban el cajón con Faisán, por medio de cuerdas, hasta el fondo de una tumba cavada en húmeda tierra llena de lombrices.
Después, los cuatro sepultureros, con las manos sucias, se comieron una tortilla de patatas, un pan tremendo y se bebieron dos botellas de mostagán, porque se les pasaba la hora de almorzar. Aquellos cuatro hombres parecían gusanos gigantes nacidos de la tumba de Faisán.
Por la carretera se acercaban hacia el cementerio Mencía y Lavoz; se encontraron con el padre, que volvía a la ciudad, y les dio la noticia de la terminación del enterramiento. Mencía y Lavoz se pusieron de acuerdo en llegarse hasta un pueblecillo cercano, del que corría fama de tener los mejores y más picantes platos de callos de los contornos. Y así lo hicieron.
Cuando al atardecer regresaron, al aire de sus pecados, cantaron al pasar el cementerio unas coplas en honor del amigo, del artista llamado Faisán.
(1950)
El loro antillano
Cuento de solteronas y carcamales
Doña Frasquita acababa de cumplir los sesenta y dos. Era pomposa, rubiales, dada a las novelas radiofónicas y tenía un corazón caritativo y tiernucho. Se pintaba llamativamente, asistía a los estrenos de teatro para aplaudir como una loca, y conservaba las buenas maneras en la mesa y en el juego del julepe con sus amigas. Jugaban fuerte y apasionadamente, pero sólo las tardes de los sábados y las de los domingos. El estanco le daba su dinerillo y no tenía quebraderos de cabeza ni cocido un día sí y otro no, ni apremios del casero. Todo el mundo la quería: su peluquera se hacía lenguas de ella, sus clientes alababan su cortesía y su agradable charlar sobre el tiempo y sobre las cosas de la vida. Además, la política le importaba un rábano, porque era mujer de orden y de desfiles.
A doña Frasquita le asustó el que le regalaran un loro. Poseía una idea tópica de los loros. Estaba en la creencia de que aparte de los gritos patrióticos de los tales animalejos, el lenguaje que usaban era sucio, era —según ella— de carreteros. Por eso anduvo remisa al aceptarlo, no fuera que le saliera la criada respondona y tuviera que regalar el regalo, cosa que no se debe hacer. Pero tanto insistieron, que, por no hacer un desprecio, lo aceptó. El loro pasó a ser de doña Frasquita: y doña Frasquita, que debía tener gato, pero que tenía tortuga, depositó todo su cariño vacío de solterona en él.
El loro era antillano, verde y algo purí. Sabía bastante gramática y su programa oratorio se salía de lo normal. Los primeros días se mostró correcto y se dedicó a dar la tabarra a base de chocolate y versos. Pero en cuanto tomó confianza, acaso por no pasar por una fiera desde el principio, se salió de lo trillado y empezó a vociferar en gordo.
Doña Frasquita le decía por ejemplo: El lorito ¿quiere chocolate? Y el loro le contestaba, «¡Viva Bolívar! ¡Mueran los gachupines!» Doña Frasquita, tan española, se asustaba y, como en son de disculpa por aquel desbarrar, insistía: El lorito ¿quiere galletas? Y el loro, firme en su postura, respondía: «¡Redención del negro, redención del negro!»; y luego silbaba, y luego agitaba las alas, mitineador y revolucionario.
Las tardes de los sábados y los domingos fueron un infierno. La partida, que la componían ella y cuatro solteronas más, se complicaba a ojos vistas. Todas, con los nervios de punta, gritaban de un modo terrible por cualquier nadería, mientras el loro desde su tribuna expresaba sus particulares opiniones acerca de la colonización española. Nada respetaba el bicho, y lo famoso del caso es que nunca su lenguaje se vulgarizaba con palabras malsonantes.
Sobre las siete y media caían por allí dos carcamales con aire de donjuanes viejos. Las de la timba les solían saludar cariñosamente: hola, Manolo... ¿qué tal, don Seve? Ellos, uno detrás de otro, gazmoñeaban invariablemente: «viviendo, viviendo, que no hay nada mejor.» Doña Frasquita se apresuraba de pícara: calla, que ustedes... y dejaba la frase en suspenso guiñando un ojo. Luego añadía: y de chavalas... porque no me negarán... que yo sé... no me digan. Y volviendo a la partida: menda, pone el caballero del sable. Los otros asomaban la gaita a la mesa echando humo. El humo corría rasero un instante hasta que se levantaba en florituras. Doña Frasquita, dengosa, muequeaba: Uff, ¡qué humazo! Y los dos carcamales se reían enseñando unos dientes negros y desvencijados.
Pero aquella cordialidad desapareció por mor del loro antillano. Después de los saludos rituales nadie hablaba, puesta la atención en el juego. Don Seve quiso aventurar una gracia de las suyas y le respondieron desabridamente. Se quedó que ni de piedra porque no esperaba aquello. La misma tarde doña Frasquita riñó con su amiga Pepa, que era una mujer alta de armas tomar, un poco bisoja, un poco dada al anís, y que de joven tuvo un novio que estudiaba medicina y luego otro que pertenecía al cuerpo pericial de aduanas. Riñeron por cosa de poca monta: doña Frasquita había puesto un siete y lo retiró en seguida. Pepa se abalanzó a decirle: carta echada con el codo se levanta. La baza la ganó la dueña de la casa y la perdedora armó un catapé.
El loro silbaba como una locomotora. Gritaban todas: los carcamales, temblando, intentaban mediar. Al loro se le escapó, por primera vez en su vida, una palabrita-palabrota terminada en letra griega: luego se dedicó a funambulear por una cuerda que cortaba la galería y que a doña Frasquita le servía para poner a secar, puritana y cuidadosa, su ropa interior. Mientras cruzaba aquel Niágara de voces y de gestos violentos, canturreaba el loro un himno de independencia y guerra. Los carcamales se najaron sin ser notados y no volvieron hasta pasados quince días.
A los quince días los líos se sucedían unos tras otros; la paz estaba de emigración, las solteronas se sacaban los trapitos sucios a relucir: pero qué vas a decir tú..., y pan, pan, se soltaban una retahíla de cosas tremendas que cada una creía olvidadas. El loro, que era un verdadero agitador, repetía lo que le convenía para caldear más el ambiente y hacer la revolución. Los carcamales se ausentaron, sin plazo definido, porque a ellos les molestaba todo aquel maremágnum y porque cualquier día los ponían verdes, y se acababan prestigio y respeto.
A pesar de todos los disgustos, las solteronas volvían a casa de doña Frasquita, tal vez por recurso, tal vez porque, en el fondo, sus naturalezas les pedían gresca. Cuando se encontraban dos de ellas se dedicaban a murmurar, que es una forma de conspirar contra el orden de una casa honrada. Los chismorreos alcanzaron insospechadas cimas: ya no se paraban en las cosas de antaño o en las del momento, sino que se hacían primero cábalas y después argumentaciones en toda regla para el porvenir. De doña Frasquita y del pobre don Seve hicieron una babel de pecados. De Manolo no decían otras cosas que las que veda la vergüenza. Del loro, nada, por si salían malparadas en la aventura.
El loro se escapó un día de casa, no se sabe si por imperativos amorosos o por informarse de cuestiones sociales por la vecindad, que como la de cualquier lugar gritaba en chancletas y albornoz sucio, de ventana a ventana, de puerta a puerta. Volvió a los pocos días —y vaya la alegría que le dio a doña Frasquita— con la cabeza rota y el ojo vivo. Parecía haber estado de juerga, aunque nada contaba de su andanza. Doña Frasquita le cuidó amantísima, como una tía solterona a un sobrino descarriado, calaverón y vivales. No creemos que el loro se lo agradeciera, a pesar de que estuvo pidiendo chocolate y haciéndose el manso dos o tres días. Días que coincidieron con los sábados y domingos de sotas tomateras, y que sirvieron para que se hiciera una tregua en el apocalipsis del julepe.
Pepa, la de cara de ayuno, firmó un tratado de amistad con doña Frasquita, y los carcamales entraron, después de mucho tiempo, a saludar, sólo a saludar. La dueña estaba contenta, abundante de alegría, regalona. Sacó el Marie Brizard para festejarlo. Las solteronas se pusieron a medio aire, terciados los años sobre la frente en unos tufos, que a todas les caían, viciosos y chulones.
Se perdonaron entre ellas y confesaron, en voz alta, sus dislates. También bajaron la categoría del julepe, y acabaron jurándose amistad eterna y ayuda mutua hasta el resto de sus días. El loro pedía, con voz de tenor borracho, encantador y patriotero, un fusil para ir a luchar contra los mambises.
Pasaron quince días más. Los carcamales volvieron a la tertulia; la tertulia les saludó entusiasmada con las frases de siempre: hola, Manolo, y ¿qué tal, don Seve? Ellos variaron las contestaciones diciendo que estaban muy aburridos y algo pachuchos. Don Seve tenía un vago gesto de melancolía y el bisoñé lo llevaba mal ajustado. Manolo estaba catarroso y no podía echar humo sobre el tapete porque el médico le había prohibido fumar. Don Seve le dio un terroncito de azúcar, que se había guardado del café de la tarde, al loro, para quedar amigos y para despertar mayor simpatía en doña Frasquita.
La primavera estaba ya mediada. La galería era una maravilla de plantas caseras, de plantas humildes, que sólo necesitaban un buen riego para dar un aroma denso y, también, humilde, lleno de alegría y de deseos de que todo vaya por buenos caminos.
El loro se despertó a la primavera, tardío y huracanado. Piropeaba a las solteronas, un poco meloso de sus islas y un poco azufrado de sol. Los carcamales se presentaron sin bufanda y con el abrigo al brazo. Pero como siempre en estos casos en que la vida se hace más amable que nunca, más fondona, y toda la gente transpira beatitud, alguien llega a meter la pata —esta vez el pico—, a aguar la fiesta, a destrozar el idilio humano.
El loro se dio una pechada de vociferar contra la moral al uso y contra la tiranía celtibérica. Las solteronas volvieron a ponerse de uñas, haciendo caso omiso de sus juramentos de amistad. Aquello no podía continuar así, máxime cuando las del julepe se habían dado cuenta de que todos sus malosquereres provenían precisamente del gangueo revolucionario del avechucho. El loro, pues, pasó en el criterio de doña Frasquita a la sección de cosas liquidables.
Como nadie lo quería regalado, lo vendió, por un precio irrisorio, a una pajarería. Y como en la pajarería no se encontraba a gusto, el loro antillano organizó con otros de su raza y calaña, una fuga. Fue una noche de luna.
Fue una noche de luna; el sereno caminaba sonámbulo; los coches pasaban rápidos, alborotadores; todavía los simones tenían importancia e iban metiendo ruido de cascajo hollado. El loro y sus cómplices abandonaron sus jaulas, torciendo los barrotes a picotazos, y se largaron por el agujero del tubo de la estufa a la calle. La culpa la tuvo el chófer, que iba confuso de vino. El renault aplastó al loro antillano. Sus compañeros se acercaron para recoger de su pico el último suspiro. El loro antillano dio su postrer viva a la revolución. Ya en plena agonía, delirando, pidió una galleta María. El loro estiró la pata; los otros, asustados, se volvieron a la pajarería.
Murió como un hombre. Lo enterraron en un cajón de basura. Los chiquillos del suburbio, que lo descubrieron en un vertedero, jugaron con su cadáver hasta que se cansaron.
La tertulia de doña Frasquita, ignorando la tragedia, siguió sin líos ni zarandajas su marcha normal por los siglos de los siglos. Amén.
(1950)
Crónica de los novios del ferial[4]
Hacía calor. El sol se ahogaba en una nube de polvo y humos de churrada. El último tiovivo se montaba a trabajos forzados, por una gavilla de peones sucios de negras grasas y de malas palabras. El grito destemplado del barraquero invitando a entrar en el cementerio de los toreros y los toros célebres, juntamente con la música de pronunciamiento de sargentos del Salón de los Espejos, la música bucólica de los caballitos y la wagneriana del Tren del Infierno alborotaban los nervios y daban garrote vil allí mismo. Todos tenían las manos sudorosas y untadas.
Hacía calor. Una niñera gruesa empujaba, entre la multitud, el carrillo de la niñez. Imperturbable, blanca de encajes y de cintajos, se abría paso en el estruendo como gran comendadora de la feria. Los soldados trasudaban el rancho del mediodía y las criadas arrastraban los pies delante de ellos, contoneando las ancas y dejando el reguero de sus pruritos de elegancia tras ellas; los soldados absorbían como animales los perfumes de alcoba sin ventilación y de droguería mareante.
Hacía calor. Comenzaba ya el desfile de las cuadrillas de mozos hacia la plaza. Para ver la comitiva a ambos lados de la calle, se extendía el muestrario tembloroso de los viejecitos. Comentaban sus tiempos de fiestas grandes, diciéndose campanudamente recordando a los muertos: «Fulano era muy torero. Ji, ji. Muy torero. ¡Qué tiempos aquellos! “El Guerra”. Ji, ji. “El Guerra”, el mejor.»
La feria se quedaba con los sin dinero, los paseantes, los profesionales del asombro. Mientras, la plaza de toros se iba llenando de la alquimia española, de las gentes del sol y de la sombra, de las reacciones misteriosas y profundas de un público agridulce.
El polvo se iba reposando en el campamento feriante. Las calderas de las churrerías se enfriaban. El loco del cementerio de los muertos de cera y de las pieles infladas de borra, gargarizaba repugnante a la puerta de su establecimiento. Algún soldado probaba puntería en la bolita de corcho o en el pajarito. Los tiovivos descansaban su inútil girar, con los caballos en pasmo de galope atravesados por lucientes barras, tal que una colección de insectos monstruosos.
El Teatro Circo de la feria preparaba su función de la tarde. Una especie de sátiro piropeaba a las mujeres que divisaba desde el tabladillo. Dos cómicos le reían las groserías. La poca gente que transitaba por entre las barracas, cuando llegaba a su altura se paraba un momento, contemplándolos como a seres de una jaculatoria. Las reflexiones secretas a su costa, siempre se concretaban en las hambres que pasarían.
Este momento tranquilo de la feria era aprovechado por algunos señores curas, para enterarse llenos de curiosidad de lo que había aquel año. Pasaban conmiserativos y robustos en la fe de que aquello sí que era la vanidad de vanidades del libro sagrado. Hubo un momento en que sólo los puestos de vino tenían sus indefectibles parroquianos.
Insensiblemente, a la caída de la tarde, se fue llenando el estrecho callejón de barracas, hasta que una ola, recién vertida de la plaza de toros, lo pobló todo con sus canciones, sus comentarios y su barbarie. Los diálogos se cifraban siempre en lo extraordinario:
—Vamos a ver esto, que debe ser de aúpa.
—Vamos a ver a la gigante, a enamorarla.
—Vamos a Teruel, a armar ruido —decía el gracioso.
Y si se reían los cuadrillistas lo volvía a repetir cuatro o cinco veces, cada vez más flamenco, más consciente de que había dicho algo importante.
El teatro anunciaba por sus altavoces el principio de la función en diez minutos transformables en media hora, es decir: hasta que se llenase y no cupiese en él ni un grito más. Dos hombres de trapo, con la cara más que maquillada, evidentemente sucia de colorines, gesticulaban y hacían la pantomima de un discurso o una canción, mientras impúdicamente, al lado de ellos otro hablaba o cantaba por el micrófono.
La lista del espectáculo no era larga:
Anthony Sisters, pareja de baile clásico y moderno.
Chiquilín, caricato.
Amadei, ventrílocuo.
Dos Ribelins, bailarinas y vocalistas.
Arnoldo de Libia, recitador.
Pepa La Tiri y Manolé, «cantaora de grande y guitarrista».
Amén de los Tozudos de la Hilaridad.
En un pizarrón estaba escrita con letras torpes de primera enseñanza y con dibujos alusivos, casi macabros, casi procaces.
Cuando la gente llenó por completo el corral, cuando el alboroto y la jerga campaban y se comían churros y patatas fritas por toneladas, y los más inaguantables enfocaban el chorro maravilloso de sus botas de vino, desde la altura zaguera al patio de las sillas, dio comienzo el espectáculo. A los rataplanes de una marcha estrambótica se descorrió el primer cortinón, dejando ver otro rosa, después éste, dejando ver otro azul y por fin un telón representando la calle de Alcalá. Gran algazara. Las luces de las candilejas alumbraban el escenario, aunque aún clareaba el día, cosa que sirvió para no ver demasiado bien al homúnculo que apareció anunciante y pecador, dando grititos y componiéndose asqueroso. Se turbó el público y hubo protestas e insultos. De todos modos, al tipejo se le daba un ardite, porque no perdió la serenidad.
Una pareja salió al escenario, mientras la orquesta, mal que bien, daba la melodía de una canción popular. Bailaban lo mejor que podían. Ella tenía un vago gesto de cansancio corriéndole por el rostro, a veces se le paraba en el arco de las cejas, a veces le alargaba las comisuras de los labios. Cuando terminó el baile y saludaron, les sucedió el caricato que contó algunos chistes de pornografía más o menos confusa. Le insultaron y tuvo una buena contestación para un espontáneo frenético. Los municipales entraron a llevarse a un borracho desamparado, que acababa de vomitar sobre una señorita plácidamente divertida con su novio.
Debajo del tablado estaban los camerinos, los dos camerinos, uno para mujeres y otro para hombres: el de las señoras y el de los caballeros. La muchacha que acababa de bailar se retocaba el maquillaje, en combinación, presta a ponerse el vestido de faralaes.
Hablaba cariñosamente con su pareja, pegada al tabiquillo de madera. Estaban casados hacía muy poco: en los Sanfermines.
Le recordaba que, en los botitos, un tacón se aflojaba, que no taconeara muy fuerte no se fuera a quedar sin él y que nada más acabar había que salir pitando hacia la fonda.
La muchacha se arreglaba el vestido de lunares. Encima de sus cabezas sonaban los pasos del recitador y su voz mantecosilla y, luego, su canturreo; declamaba poesías flamencas. De vez en cuando se oía un tímido olé. Aquello no le gustaba a la gente. Entraron las Ribelins y la saludaron cariñosas. En el tabiquillo dieron unos golpes.
—Margarita, me ha dicho don Antonio que hoy cobramos.
—Me alegro, porque tengo que comprarme unas medias. Apartando la cabeza del tabiquillo se volvió hacia las Ribelins con entusiasmo.
—¡Chicas, que hoy cobramos!
—Ya era hora, aunque más vale tarde que nunca. Yo ya tenía mi escama —dijo la mayor.
Del otro lado volvía a llegar la voz:
—Margarita.
—¿Qué?
—¿Conocías al gachó de la primera fila que no te apartaba ojo?
—¡Qué cosas tienes! ¡Cómo le voy a conocer! Siempre estás igual.
Después, una pausa.
—¿Te has arreglado?
—Sí. Ahora va don Antonio. Detrás, nosotros.
De arriba venían los juegos de voces de don Antonio y en las espaldas se notaba el escalofrío del público, no visto, pero seguro detrás de las tablas, bobalicón, prieto de groserías, borracho a veces y falsamente rijoso siempre. El público de todas las ferias.
La voz detrás del tabiquillo le sonó en el oído.
—¿Qué quieres, Enrique?
—Que ya estamos listos. Vamos.
En este momento se oían fuertes aplausos a la labor que acababa de terminar don Antonio. Los Anthony se encontraron en la escalerilla. Él la enlazó por la cintura y, jugando, la levantó en la cadera, subiendo así los pocos escalones que les separaban de aquel escenario de juguete. Chiquilín les estaba anunciando prosopopéyicamente, y el mismo don Antonio estaba tirando de la cuerda para enrollar su decoración y bajar la que convenía al número.
La luz de las candilejas les deslumbró al entrar. Margarita buscó con la mirada al tipo de la primera fila del que le había hablado su marido. Sí, debía ser aquél. Acabaron el número. Bajaron el telón y sin esperar la soledad de la pensión, Margarita recibió una bofetada de su marido. No podía negar que la esperaba. Los aplausos continuaban. Se echó a correr escalerilla abajo y se metió en el camerino. Al poco rato sonó la voz de Enrique:
—¿Estás lista, chata?
Ella no contestó con ánimo de molestarle. Él volvió a repetir la pregunta y ella volvió a no contestar. Sin alterar en lo más mínimo la voz, Enrique, despacio, le dijo:
—Margarita, que voy...
Y entonces Margarita, que sabía no lo decía en broma, se decidió a responder.
Margarita le hablaba mientras se arreglaba el pelo mecánicamente.
—¿Vamos, Enrique?
—Vamos, Margarita.
La calle, el canal de barracas, se les ofrecía lleno de luz, de ruido, de multitud zaragatera. Se pararon a hablar con el de los caballitos, mientras los niños y los grandes cargaban a la redonda a un ejército invisible.
Margarita y Enrique conocían la feria, toda la feria; ellos tenían buena amistad con el dueño del Tren del Infierno, con el taquillero del diabólico Salón de los Espejos, con los churreros sudorosos, con el mangante de los dibujos, viejecillo feo y maledicente. Margarita y Enrique eran de la feria y vivían para ella. Margarita y Enrique se adivinaban en las luces, en los dibujos rupestres de los tiros al blanco, al negro, a la bolita y al pajarito. Se adivinaban en la ruleta vertical con premio de gallo viejo a su valor, en el torpedo de los forzudos, en el oleaje petrificado del carrusel.
Habían sido contratados una vez, para bailar en un teatro de verdad —como decían ellos— y tuvieron un cierto éxito, que les podía haber animado a continuar. Pero no pudieron. Se volvieron al jaleo, al barullo, al tocamerroquismo organizado, al tabladillo con fieras enfrente borrachas y amenazantes.
Margarita y Enrique se perdían camino de la fonda; tenían que volver casi inmediatamente para la segunda función en que hacían cuatro números. Iban cogidos del brazo sin hablarse. Al lado de Margarita pasó un muchacho, ella le miró un instante y entonces Enrique le apretó el brazo con fuerza repitiéndole la misma muletilla de siempre.
—¿Por qué miras a ese gachó, le conoces?
Y entonces Margarita, la novia del ferial, con un dejo de reconvención por los labios, mientras las luces lejanas de los fuegos artificiales del Ayuntamiento rompen las tinieblas del cielo haciéndolo aún más tenebroso, más infinito, le responde:
—Enrique, Enrique...
Y parece que se enciende un Fausto tras la figura del esposo joven mientras se deshace el firmamento con un cohete de nueva invención de la casa Ruiz.
(1950)
La fantasma de Treviño
Cuento regional, triste y falsificado
Treviño limita: al Norte, con el asfalto, la erre y la zeta; al Sur, con el verano, los tiros sueltos de las escopetas y las canciones obscenas; al Este, con el rumor azul de las esquilas y un sol taladrado de cuervos; al Oeste, con la primera manzana amarga y el primer sapito de San Juan.
Entre estos cuatro límites de cuento pequeño, vivió La Brígida. Vivió mendicando patatas, rastrojeando el campo y durmiendo bajo el patronazgo de la zagalada. La Brígida, en tanto fue carne mortal, llevaba los años como los piojos, con desparpajo y sin trascendencia. Siempre fue pobre y nunca honrada, por lo que le tocaba andar, ahora, de alma en pena. Fue fea sin consolación y amargaba su charla como los aranes verdes. Se rió de su sombra; ignoró su nacimiento; se bachilleró en leyes de tanto pisar el Juzgado, y se le concedió título por la mismísima razón. De joven estuvo con los gitanos y luego de querindonga de un maese Guasón, que le pegaba para divertirse contándole los cardenales.
Por tierras del Condado, andaba desde la primavera, el fantasma de La Brígida que murió ahogada en un riacho, breve de caudal y fangoso de fondo.
El fantasma de La Brígida iba por la carretera apoyándose en un báculo de avellano, con un zurrón al hombro corcovado, negro, misterioso y sucio. Andaba despacio, balbuceando los pasos. La carretera se mareaba sin un árbol. Un gavilán volaba alto. En la lontananza, la fila larga y geométrica de los chopos daba a entender el río.
La fantasma se paró, columbrando el pueblo, puro resplandor. Después, terca de paso, echó a andar, con algo de pajarraco, con algo, al mismo tiempo, de quemado muñón de árbol. A la entrada del pueblo un perro ladró alto, una gallina coja, cacareante y aspaventera, le mostró su miedo, y desapareció ratonil entre la paja del primer portegado, un chavalillo greñudo y feo.
Primero, tímidamente el vecindario, a los pocos momentos, ternes que ternes, y al cabo de unos minutos, peligrosos, rodearon al fantasma, con ánimo más que de espantarlo como ave de rapiña o fiera de contrición, de comérselo a gritos y a puñados.
Rebotó al escándalo, desde su siesta en la casa-cuartel, un guardia desabrochado y con aspecto de hombre al que van a fusilar. Se abrió paso a la autoridad, y la autoridad que conoció a la célebre Brígida se topó delante del numeroso concurso con su fantasma. El numeroso concurso atisbaba el primer gesto del civil y, como siempre, salió defraudado, porque ni se inmutó, ni se carenó de terrores, ni dio el espectáculo que se esperaba. El de la Benemérita se numeró en interrogador.
—¿Tú, por aquí? Pero, ¡si decían que habías muerto!
Un campesino le siguió tibio.
—Enterráronte no hace todavía dos meses en Ascarza, según contaron.
Y otro campesino, descendiente, sin duda, de alguno de los que hicieron la campaña de América con Cortés:
—Yo te vi con mis propios ojos, muerta en el cuérnago.
El fantasma callaba. Los vecinos comenzaron a tomar confianza; cosa muy razonable porque un fantasma acorralado y un escorpión sobre una mesa, impulsan más al juego que al temor; más, también, a la crueldad inútil que a una austera ejecución. Los vecinos se recreaban preguntándole, aunque no obtenían respuesta alguna.
—¿Tanto has pecado para andar de ese modo?
Y alguno más incisivo, le decía:
—Dinos la verdad: ¿estiraste el zancajo o tomaste distancia y te confundieron?
—Yo te vi con mis propios ojos, muerta en el cuérnago —repetía el campesino, testigo y fiscal.
—Anda, Brígida, explícanos esta molienda —interrumpió la autoridad.
Se hizo un silencio diáfano; el piar de un pajarillo chocó contra él y, como si fuera un muelle brincador, se dimensionó de eco hacia la tejavana de donde había brotado. Los campesinos abrían unos ojos tremendos de responsabilidad. Un moscardón despeñaba, entre las boinas y los pañolones, su tronada diminuta. La cuchilla de afeitar del cantar de un gallo cortó el tímpano de la masa, volviendo a aquella gente a una espera reposada y contemplativa.
El campesino que la vio muerta muleteaba con su frase para que entrara. El guardia observó con el rabillo tunante de su ojo derecho, acostumbrado a coger puntería, que el párroco se acercaba con rapidez desde la iglesia.
Apresuró el interrogatorio:
—Bueno, dinos de una vez, si sabes hablar, lo que ha pasado, que no estamos para ir de pesca.
Nada había ya que perturbara una imponente calma que el fantasma había adquirido en el entretanto.
El párroco entró por el grupo con prisa; los aldeanos se apartaban respetuosamente. Se acercó al guardia, interrogándole con la mirada. El guardia se explicó:
—Es La Brígida, señor cura, la que cuentan que murió y fue enterrada en Ascarza...
—Hum, hum...
—Aquí hay uno que la vio muerta en el cauce, y otro que está enterado de cuándo la enterraron.
El párroco se revolvió hacia el que le señalaron.
—La Brígida murió, y esta pobre mujer no sé quién será, pero no es ella. Mejor harías en ir más por la iglesia y en dejarte de fantasmas y estupideces. Cuando se os mete una cosa entre ceja y ceja lo resolvéis todo con una patochada.
El fantasma alzaba la cabeza para que bien la vieran.
—¿Vienes de La Rioja? —preguntó el párroco.
El fantasma negó con la cabeza y a renglón barbotó una serie de sonidos incoherentes.
—¿De Álava?
Nuevo cabeceo negativo.
—¿Tú conociste a La Brígida?
Asintió y al mismo tiempo mostraba las dos manos, uniéndolas y separándolas, gesticulando y balbuceando. En aquel lenguaje oral los sonidos eran a las palabras lo que en el lenguaje escrito pueden ser los palotes a una correcta caligrafía.
—¿Tenías algo que ver con ella?
Nuevo asentimiento de cabeza y nuevos sonidos y gestos misteriosos.
Un carro tirado por bueyes se acercaba cansino; el mozo conductor iba delante, la vara sobre el hombro, la boina ladeada, mascando un yerbajo y con una colilla pegada al labio inferior; de vez en vez, repetía las palabras rituales de la marcha: aidá, aidá, pinchando en los lomos de la pareja. Cuando la fantasma lo vio, se fue abriendo paso tirando de la sotana del cura, y lo llevó hasta la altura del carro. Señaló los bueyes, rojos los dos, al parecer iguales, mostró de nuevo sus manos, y emitió un sonido que, de no estar en el ajo, era imposible traducir por HERMANA.
El Espíritu Santo descendió sobre la aldea.
El sacerdote, mirándole fijamente, le dijo:
—¿Hermanas gemelas?
Movió la cabeza el fantasma y afirmó en su lenguaje párvulo:
—¡EEE MMEEE LLLAAA!
Eran las cinco de la tarde y el ganado salía a la aguada.
(1950)
El figón de la Damiana
La navaja le había entrado hasta las cachas, partiéndole las mantecas de un riñón. Quedó el mendigo pasmado sobre un banco cojo, tintando el suelo de sangre negruzca. La luz difícil del mostrador daba sombras pulposas en la rinconada. Estaba la puerta abierta y un aire dulce de serranía se colaba hacia la cocinilla profunda y acuevada. El mendigo resbaló al suelo; se le cayó la gorra y cuatro pelos retozones se le alborotaron en la corriente. Un gato tuerto asomó la pupila asombrada; se fijó en el difunto, luego en la sota de bastos y salió bufando de correveidile.
La aleluya legionaria se acercaba a tientos de pared y de botella, un poco vejancona y más loca que un rebaño. Sumaban entre los dos tantos reenganches como cuatro soldados hechos, y estaban retirados de servicio, adecentados de paga y huéspedes en La Damiana. Se florecían de canciones viejas, llenas de un romanticismo arisco y divertido. Iban piropeándose de hombres, buscándole las vueltas al farol. Parábanse en la calzada a darse un pechugón de coñac, y a renglón, lo mismo que barcos viejos, en un bandazo terrible, chocaban contra la pared. Eran, por las trazas, dos buenos camaradas.
Entraron en el figón silenciados de tres metros antes, con ánimo de pasar desapercibidos. Le habían dado soleta al dinero de casa, como le llamaban a la mensualidad de la pensión, y al pico que les sobraba. Tenían miedo de acabar la juerga en los bancos públicos, con las costillas calientes y el morro frío. La Damiana no se andaba con bromas, entre la tropa, mereciendo, que decía ella. Tenía cierto aire de ternura por aquellos dos soldados viejos y quebrados, pero a veces se le inflaba la sotabarba como a una culebra, y no se encontraba modo de hacerla entrar en razones y de explicarle lo que es la vida, porque para el caletre de ellos fatalmente tenía que ocurrir lo que ocurría. La Damiana, en estos casos, les solía mostrar sus conocimientos léxicos y, después de prepararles un sínodo en las espaldas, les obligaba a labores mecánicas durante el tiempo que procediese, además de embargarles hasta sus prendas más íntimas. El más viejo, que había llegado a cabo, se resistía, porque contaba que según las ordenanzas él estaba exento de tales servicios.
Pero no hubo nada de lo temido y esperado. Un gran silencio encapotaba el ambiente. Descubrieron al muerto y lo tomaron por un borracho vomitón. Se acercaron al mostrador titubeantes como escolares cazados en falta. El cabo, más audaz o más bebido, viendo que nada pasaba se fortaleció con un trago. El diálogo se les hinchaba de palabras gordas y bellas, palabras jamonas. Dieron la vuelta y comenzaron a hacer gestos a La Damiana, guardando, castrenses y tunantes, el coñac de su botella para las vacas flacas de sólo el pre y el vino picado. A cada frase se servían una copa y repetían, golosos, picarones y embotados.
—Salta, saltarín y agárrate al baste, camarada.
Y se cogían de donde podían para no caer al suelo.
El gato tuerto salió jorobado y bufante a darles la bienvenida. Lo espantaron y se mojó en la huida las patitas en el charco de sangre, acrecentándosele los miedos y escribiendo siniestros jeroglíficos en el entarimado.
Olieron la sangre y se miraron asustados, creyendo que habían hecho alguna barbaridad. El muerto se les alargaba en la sombra; de pronto comenzaron a andar hacia la puerta, mecánicos y hechizados. La luz se cubría de infinidad de mosquitos revoloteantes y la botella se vaciaba sobre el mostrador con un extraño glogeo de ahogo doméstico, que henchía la estancia de distintos terrores.
El cabo se arrancó en valiente y se fue hacia el muerto. Lo asió para incorporarlo y los pulmones le respondieron con el último aire. De este modo les sorprendió el teniente de policía cuando entró, en comitiva de autoridad, con un sargento, un cabo, la pareja del barrio, el sereno y La Damiana.
—¿Quién ha sido? —la voz les trajo la calma y un antiguo regusto de espectáculo en los tabernuchos africanos.
—Mi teniente —trompicaban el habla—, mi teniente, hemos llegado a la punta de ustedes.
La Damiana saltó marchosa al ruedo con un dejo varonil en las palabras:
—Éstos son El Ventura y Antón, que le dije que están a pupilo conmigo. El que ha sido se ha largao a los vagones y les va a costar su duelo el cogerlo.
—Cállese —le interrumpió, marcial y severo—; por lo pronto quedan detenidos hasta que se aclare el caso. Y a ése llévenle al Cuarto de Socorro para que vean lo que han de hacer.
La Damiana tuvo la fuerza del momento entre los dedos y la alzó a los labios. Hizo un ademán chulo y dijo:
—A ése, mi teniente, no le zurcen los médicos. Está acabao.
Se escalofrió el teniente y salió del aprieto mandando esposar a los compinches.
Y tomaron rumbo para el cuartelillo, después de cerrar el establecimiento. El gato tuerto apareció por tercera vez; olisqueó el cadáver y se entretuvo mojando los bigotes en el charco de sangre.
Entre tanto amanecía.
A los tres días el figón recobraba su tranquilidad. La Damiana servía copas a los clientes, mientras, en la cocinilla, Antón y El Ventura limpiaban platos y cantaban desacompasados. Estuvieron a punto de cerrar, pero demostraron que las broncas en aquel lugar eran cosa esporádica mientras La Damiana tuviera fuerza en los brazos y avinagrase el gesto en cuanto cualquiera se saliese del carril. El mendigo muerto y el limpiabotas agresor pasaban a la historia. La Damiana explicaba el suceso con plena naturalidad, como si aquello —¡ah!, aquello— no tuviera mayor importancia que unas bofetadas entre estudiantes.
—Se le salió la mala ralea —decía— al demonio del Fulgencio. Estaban con la baraja y el otro le iba ganando. Le mentó la madre en una sota y se armó el San Quintín. Ni me dieron tiempo. Se pusieron a mayores, antes de que se adivinase algo. Por bajo la mesa, sin decir oste ni moste, le dio de costadillo. Ya se largaba para cuando yo salté. En cuanto los dos más que estaban bebiendo se dieron cuenta, salieron de naja y me quedé con el finado y sin saber qué hacer. Luego que salí a buscar la pareja llegaron ésos —y señalaba la cocina— para estropearlo más.
En la cocina, El Ventura y Antón se emborrachaban, mientras se esmeraban en el servicio. Lo único que La Damiana no les quitaba ya era el vino, porque hombres sin vino son como caballos sin montura, muy difíciles de dominar. Ésta era la filosofía de la dueña, contraria por entero al pensar común de las gentes.
Por los papeles supieron que la Guardia Civil había detenido a un individuo llamado Fulgencio, de oficio limpiabotas, autor de la muerte de un mendigo en un figón de la capital, y que al intentar fugarse, no teniendo más remedio que hacer uso de la fuerza que su autoridad les confería, recibió el tal sujeto tres balazos en la espalda y uno en el cuello, y trasladado en grave estado a un pajar cercano, en espera de asistencia médica, dejó de existir.
Esto cerró el romance.
Antón y El Ventura salieron de compras, con el dinero justo, pero quiso la suerte que al pasar por una tabernilla cercana al mercado, entraran a tomarse unas copas y vieron una partida en toda regla, montada al amparo del tabernero. Y quiso, también la suerte, que, puestos a jugar, ganaran algunos durejos, los bastantes para ponerse a tono con la vida.
La noche se les hizo corta; roncos de cantar y de beber, de madrugada regresaron al figón. Se encontraron la puerta entornada. Entraron, y por darse el caso de que La Damiana tuviera mucho trabajo durante el día —a contar por aquel abandono— y dejara el solfeo para el siguiente, no queriendo levantarse de la cama, ellos, a la chita callando, se entretuvieron durante el resto de la noche en dar cuenta de algunas de las botellas del mostrador. El gato fiel, vigilante y adulador para quien le daba de comer, maullaba desde la cocina dando el alerta del desaguisado. Los dos vejestorios, celosos y borrachos, dieron en cazar al centinela. Le perseguían por todas partes, dándose trastazos terribles que aumentaban sus cóleras. En los escasos momentos de descanso que la caza tenía, volvían a sus trece de beberse las existencias de La Damiana. Fuertes ronquidos que llegaban por la escalera les preservaban de cualquier malentendido. La Damiana se había emborrachado.
El Ventura se desmelenaba en gestos sibilinos para acercarse al micifuz, que le dejaba llegar y, después de pasarle las uñas por las manos, huía hacia otro rincón, entre victorioso y acobardado. El Ventura y Antón, usando de las reglas militares, le asediaron de tal modo, que el gato cayó en su poder. Lo ataron y lo celebraron descorchando otra botella.
Aquella noche ahorcaron al gato. El ojo sano se le saltó de la órbita, los pelos del lomo se le erizaron y los del bigote, que mojara en sangre de mendigo, se le cayeron lacios, dándole un aspecto raro de chino mandarín.
A la mañana siguiente, La Damiana lo encontró colgado de una corbata, balanceándose, rígido, del quicio de la puerta. El Ventura y Antón dormían, abrazados, sobre el santo suelo. La Damiana no hizo nada por despertarlos; eran los dos únicos animales fieles que le quedaban, pero durante todo el resto del mes los servicios mecánicos se multiplicaron para los dos viejos ex soldados, quebrados, borrachines, sinvergüenzas, y allá en el fondo, buenos, porque La Damiana se enternecía hasta cuando les contaba las tristes y baqueteadas costillas con el hierro de atizar el fogón.
(1950)
El teatro íntimo de doña Pom
Historia de una vocación sepultada entre gentes de diversos géneros
Doña Pom fue una mujer fachendosa, estirada y del hígado; de joven pecó de muchas lecturas y de muchas rarezas. Tuvo pujos líricos y alarmó a sus padres, unos honrados comerciantes de La Habana, con estridencias políticas que a nada conducían. Después vino a España y se casó con un médico homeópata de Valladolid.
Doña Pom tenía caprichos, debilidades de mujer: encuadernar los libros de sus poetas preferidos, asistir a los estrenos como crítica objetiva, espulgar sus perros, teñirse el pelo de rubio y mantener una correspondencia epistolar, secreta y platónica con un mequetrefe de veinte años que estaba en una compañía de comedias. Doña Pom, en sus ratos libres, que no eran muchos, dada su vida social y las debilidades antes dichas, escribía, y escribía a la moda. Le habían metido en la cabeza el surrealismo a ella, tan dada a las lecturas decimonónicas; fue en su vida como si inventase el submarino, y se disparató de tal modo que no hubo manera de aguantarla.
Un día de otoño, en que llovía mansamente abandonó al bueno del homeópata y se largó a vivir una vida bohemia, llena
