Índice
Portadilla
Índice
Dedicatoria
NOTA DEL EDITOR
Afirmaciones
LIBRO I. 8 de octubre de 1849
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
LIBRO II. París
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
LIBRO III. Baltimore 1851
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
LIBRO IV. Fantasmas ahuyentados para siempre
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
LIBRO V. El diluvio
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
NOTA HISTÓRICA
AGRADECIMIENTOS
Notas
Sobre el autor
Créditos
A mis padres
NOTA DEL EDITOR
El misterio relacionado con la extraña muerte de Edgar Allan Poe en 1849 queda resuelto en estas páginas.
Les expongo, señoría y caballeros del jurado, la verdad, nunca contada hasta ahora, acerca de la muerte de este hombre y acerca de mi propia vida. Por más cosas que me hayan sido arrebatadas, me queda una última posesión: esta historia. En nuestra ciudad algunos siguen tratando de evitar que trascienda. Otros, aquí sentados entre ustedes, continúan considerándome un delincuente, un embustero, un paria, un asesino astuto y vil. A mí, Quentin Hobson Clark, señoría, ciudadano de Baltimore, miembro del colegio de abogados y apasionado de la lectura.
Pero esta historia no versa sobre mí. ¡Por favor, piensen en eso antes que en otra cosa! En ningún momento tuvo que ver conmigo, y yo nunca me empeñé en lo contrario. Tampoco tenía relación con mi propia trayectoria entre los de mi clase social ni con mi reputación a los ojos de los jueces de los más altos tribunales. La historia trataba de algo más grande que yo, más grande que todos nosotros; de un hombre gracias al cual la posteridad guardará memoria de nosotros aunque ustedes ya lo hubieran olvidado antes de que lo enterraran. Alguien tenía que recordarlo. No podíamos permanecer indiferentes. Yo no podía.
Todo cuanto sigue será la pura verdad. Y debo puntualizarlo porque soy el más próximo a esa verdad. O, mejor dicho, el único que, conociéndola, aún sigue con vida.
Una de las peculiaridades de la vida es que, por lo general, las historias de quienes ya no están entre los vivos son las que encierran la verdad...
Las afirmaciones que anteceden las garabateé en las páginas de mi cuaderno (la última frase está tachada, según observo, con la palabra «¡filosófico!», escrita por mí a un lado, a modo de crítica). Antes de entrar en este palacio de justicia, escribí a toda prisa esas palabras como una desesperada preparación para enfrentarme a mis difamadores, a aquellos que se propusieron arruinarme. Como soy abogado, ustedes pueden pensar que el propósito de todo esto fue ganar un cliente... Y que comparecer ante una sala de audiencia con espectadores y antiguos amigos, y con dos mujeres que acaso me amaron, no representa ningún esfuerzo para el experimentado abogado de Baltimore. No es así. Para ser abogado hay que anteponer a todo los intereses ajenos. La abogacía no prepara a un hombre para decidir qué debe ser salvado. No lo prepara para salvarse a sí mismo.
LIBRO I
8 DE OCTUBRE DE 1849
1
Recuerdo el día en que todo empezó porque aguardaba impaciente la llegada de una carta importante. También porque era el día de mi compromiso con Hattie Blum. Y, desde luego, fue el día en que lo vi a él muerto.
Los Blum eran vecinos de mi familia. Hattie era la más joven y afable de las que se consideraban las cuatro hermanas más guapas de Baltimore. Hattie y yo nos conocíamos desde la primera infancia, como a menudo se nos fue recordando en el transcurso de los años. Y cada vez que se nos decía cuánto tiempo hacía que nos conocíamos, yo interpretaba esas palabras como si dieran a entender significativamente: «Así pues, a ver si acabáis conociéndoos aún mejor.»
A pesar de esa presión, que fácilmente pudo habernos separado, ya a los once años me convertí en un pequeño marido de mi compañera de juegos o, más bien, en un rendido pretendiente suyo. Nunca hice profesión explícita de mi amor por Hattie, pero me dediqué a hacerla feliz con pequeñeces mientras ella me entretenía con su conversación. Su voz, que comunicaba algo parecido a una sensación de calma, me sonaba como un arrullo, incluso cuando éramos ya unos jóvenes adultos.
En sociedad, mi carácter es notablemente tranquilo y apacible, hasta el punto de que a menudo, y en cualquier momento, me preguntaban si acababa de despertarme. Pero en una compañía más tranquila tenía el hábito opuesto de volverme irresponsablemente locuaz e incluso prolijo en mi charla. Por esta razón saboreaba las divagaciones de la animada conversación de Hattie. Creo que yo dependía de ellas. No necesitaba atraer la atención hacia mí cuando estaba con ella; me sentía feliz y modesto y, por encima de todo, cómodo.
Ahora debería señalar, aunque me resisto a ello, que yo ignoraba que iba a pedirla en matrimonio la tarde en que empieza esta narración. Iba camino de la oficina de correos, procedente de nuestro bufete de abogados, cuando me crucé con una mujer de la buena sociedad de Baltimore, la señora Blum, tía de Hattie. Se apresuró a señalar que ir en busca del correo debía ser función de uno de mis pasantes de menos categoría y menos ocupados.
—¡Es usted muy especial, Quentin Clark! —dijo la señora Blum—. ¡Recorre las calles cuando trabaja, y cuando no trabaja pone una cara como si estuviera trabajando!
Era una genuina baltimorense, de las que no toleran a un hombre sin unos adecuados intereses comerciales, como no tolerarían a una muchacha que no fuera hermosa.
Esto era Baltimore, igual con buen tiempo que en un día como aquél, bajo una capa de niebla: un lugar dominado por el ladrillo rojo, donde las idas y venidas de la gente por las bien pavimentadas calles y por las escaleras de mármol eran apresuradas y bulliciosas, pero sin alegría. No abundaba mucho esa última en nuestra emprendedora ciudad, donde las grandes casas se elevaban por encima de un atestado puerto comercial en la bahía. El café y el azúcar llegaban a él desde Sudamérica y las islas de las Indias occidentales en grandes clípers, y los barriles de ostras y de harina para uso doméstico salían por las múltiples vías férreas que se dirigían, gracias al vapor, a Filadelfia y Washington. Por entonces nadie tenía aspecto de pobre en Baltimore, ni siquiera quienes lo eran, y el toldo de cada comercio parecía corresponder a un establecimiento de daguerrotipos dispuesto a captar aquel escenario para la posteridad.
En aquella ocasión, la señora Blum sonrió y me tomó del brazo mientras caminábamos por la calle.
—Bien, al menos todo está perfectamente dispuesto para esta noche.
—Esta noche —repliqué, tratando de recordar a qué se refería.
Peter Stuart, mi socio en el bufete de abogados, había mencionado una cena en casa de una amistad común. Yo había estado pensando tanto en la carta que esperaba y que me disponía a recoger, que me había olvidado por completo de la cita.
—¡Esta noche, claro, señora Blum! Ya lo había previsto.
—¿Sabe usted —continuó—, sabe usted, señor Clark, que ayer, sin ir más lejos, oí hablar de nuestra querida señorita Hattie en la calle del Mercado? —Aquella generación de baltimorenses seguía llamando por su antiguo nombre a la actual calle Baltimore—. ¡Sí, hablaban de la más encantadora belleza casadera de todo Baltimore!
—Podría afirmarse que es la más encantadora de todas, casadas o no.
—No es nada sensato, oh, no, de ninguna manera, que un hombre de veintisiete años permanezca soltero y... ¡no me interrumpa ahora, querido Quentin! Un joven como es debido no...
Tuve dificultad para oír lo que dijo luego a causa del creciente estrépito de dos carruajes detrás de nosotros. «Si es un coche de alquiler lo que se acerca —pensé para mí—, la montaré en él y ofreceré al cochero tarifa doble.» Pero cuando los carruajes nos adelantaron pude comprobar que se trataba de otra clase de vehículos: el que iba delante era un elegante y reluciente coche fúnebre. Los caballos iban con las cabezas gachas, como deferencia a su honrosa carga.
Nadie se volvió a mirar.
Dejando atrás a mi compañera de caminata con la promesa de verla en la reunión de aquella noche, me encontré cruzando la siguiente avenida, tomando un camino alejado de la oficina de correos. Una piara de cerdos pasó emitiendo gruñidos hoscos, y mi rodeo me llevó por la calle Greene y por Fayette, donde se encontraban detenidos el coche fúnebre y el carruaje de acompañamiento.
En un tranquilo camposanto, la ceremonia se inició y concluyó con idéntica precipitación. Observé con dificultad a través de la niebla las sombrías figuras de los asistentes. Parecía un sueño: siluetas borrosas y mi vaga sensación, como en una pesadilla, de que yo no debía estar allí. La oración del ministro sonaba amortiguada desde donde yo me encontraba, junto a la cancela. La reducida comitiva, supongo, no reclamaba mucho esfuerzo a su voz.
Se trataba del entierro más triste que había visto.
¿Era cosa del tiempo? No. ¿Los cuatro o cinco hombres asistentes, el mínimo necesario para levantar el féretro de un adulto? Quizá tampoco. La sensación de tristeza derivaba sobre todo de aquella manera brusca y ruda de dar fin a la ceremonia. Ni el entierro del más mísero de los indigentes que yo había presenciado hasta aquel día, ni los sepelios del pobre cementerio judío situado en las proximidades, habían exhibido nunca aquella indiferencia nada cristiana. No hubo ni una flor, ni una lágrima.
Luego desanduve el camino para reanudar mi itinerario original, sólo para encontrar que la oficina de correos había cerrado sus puertas. No pude saber si había una carta esperándome dentro o no, pero regresé a nuestro bufete tranquilizándome a mí mismo. No tardaría en saber más de él.
Aquella noche, en la reunión de sociedad, me encontré paseando y manteniendo una conversación privada con Hattie Blum a lo largo de los planteles de bayas que había junto a la casa, dormidos en aquella estación, pero bajo la sombra de recuerdos veraniegos de champán y fiestas de la fresa. Como siempre, yo podía hablar con comodidad con Hattie acerca de pensamientos que sólo ocasionalmente admitía ante mí mismo.
—Nuestra profesión es sumamente interesante en ocasiones —dije—. Pero creo que debería escoger los casos con otro criterio. En la antigua Roma, un abogado, ¿sabe?, nunca se comprometía a defender una causa a menos que supiera que era justa.
—Puede usted cambiar de oficio, Quentin. Después de todo, en la placa figuran su nombre y su función. Que ella esté más acorde con usted, en lugar de ser usted el que se adecue a ella.
—¿Así lo cree, señorita Hattie?
Anochecía y Hattie había adoptado un aire discreto, algo que no era propio de ella, y temí que aquello significara que yo me había mostrado insufriblemente hablador. Examiné su expresión, pero no hallé indicios de lo que motivaba su comportamiento distante.
—Usted se ha reído de mí —dijo Hattie en tono ausente, y tan bajo que casi no pude oírla.
—¿Señorita Hattie?
Levantó la vista, como excusándose.
—Sólo estaba pensando en cuando éramos niños. ¿Sabe que al principio pensé que era tonto?
—Vaya, gracias —comenté, riendo entre dientes.
—Mi padre se llevó a mi madre durante una de sus varias enfermedades, y usted vino a jugar cuando mi tía me estaba cuidando. Usted fue el único que supo hacerme sonreír hasta que mis padres regresaron, ¡porque siempre se estaba riendo de las cosas más extrañas!
Dijo aquello con ternura, mientras se levantaba el borde de la larga falda para evitar el suelo embarrado.
Más tarde, cuando estábamos dentro, quitándonos el frío de la noche, Hattie habló tranquilamente con su tía, cuyo semblante se había vuelto rígido a medida que la noche avanzaba. La tía Blum preguntó qué habría que disponer para el cumpleaños de Hattie.
—Se me echa encima, supongo —dijo Hattie—. Apenas puedo pensar en ello, lo que es muy propio de mí, tía. Pero este año...
Sus últimas palabras sonaron como un susurro triste. Durante la cena apenas tocó la comida.
Aquello no me gustó nada. Me sentí otra vez como un niño de once años, un ansioso protector de una niña que va por la calle. Hattie era una presencia en la que había podido confiar toda mi vida, de modo que cualquier incomodidad por su parte me preocupaba. Tal vez un propósito egoísta me movía a poner remedio a aquella actitud, pero de todos modos yo deseaba de veras que ella fuera feliz.
Otros asistentes a la fiesta, como Peter, mi socio de bufete, se me unieron en el intento de levantar su espíritu, y yo estudié a cada uno de ellos con ojo vigilante por si alguno había sido responsable de la melancolía de Hattie Blum.
Algo estaba reprimiendo mi papel de animador suyo: el entierro que había presenciado. No puedo explicar adecuadamente por qué, pero aquello me había arrebatado por completo la paz. Traté de evocar de nuevo la escena. El acompañamiento consistía en sólo cuatro hombres. Uno, el más alto, permanecía en pie detrás, con la mirada perdida, como si fuera el más ansioso por hallarse en otra parte. Luego, cuando salieron a la calle, me fijé en sus bocas, contraídas pero inexpresivas. Los rostros me resultaban desconocidos, pero no los había olvidado. Sólo uno de aquellos hombres se demoró, avanzando como a disgusto, como si estuviera captando mis pensamientos. Su recuerdo me quemaba y me barrenaba el cerebro; una imagen que parecía dar a entender una terrible pérdida, pero sin honor. En una palabra, aquello era un error.
Bajo esta vaga nube de distracción, mis esfuerzos se agotaron sin rescatar el ánimo de Hattie. Tan sólo pude inclinarme y expresar mis rendidas excusas junto con los demás invitados cuando Hattie y su tía Blum se contaron entre las primeras personas en abandonar la velada con cena. Me sentí complacido cuando Peter me sugirió abandonar también la reunión.
—Y bien, Quentin. ¿Qué te ha pasado? —preguntó Peter con brusquedad.
Compartíamos un carruaje alquilado que nos conducía de regreso a nuestras respectivas casas. Pensé hablarle del triste entierro, pero Peter no hubiera comprendido por qué aquello ocupaba mi mente. Ni yo mismo lo comprendía bien. Luego me di cuenta, por la gravedad de su expresión, de que se refería a algo completamente distinto.
—Peter, ¿qué quieres decir?
—Al final ¿decidiste no proponer en matrimonio a Hattie Blum? —preguntó, emitiendo un ruidoso resoplido.
—¿Proponerle? ¿Yo?
—Dentro de unas semanas va a cumplir veintitrés años —continuó Peter—. ¡Hoy día, para una chica de Baltimore eso equivale, en la práctica, a ser una solterona! ¿Es que no quieres a ese encanto de chica ni siquiera un poco?
—¿Quién podría no querer a Hattie Blum, si es un dechado de perfecciones...? Pero espera, Peter. ¿De dónde has sacado que íbamos a comprometernos esta noche? ¿Acaso yo he sugerido que ése era mi propósito?
—¿Y lo he sugerido yo? ¿No sabes tan bien como yo que hoy es el aniversario del compromiso de tus padres? ¿Es que no se te ha ocurrido ni una sola vez esta noche?
Efectivamente, ni se me había ocurrido, pero me costaba entender la extraña suposición de Peter. Me explicó que la tía Blum estaba convencida de que yo iba a aprovechar la oportunidad de aquella fiesta para hacer mi proposición, y creía que yo había dado indicios aquella misma mañana, por lo que informó a Peter y a Hattie de tal posibilidad. Yo no me había dado por enterado, y ésa era la causa principal de la misteriosa contrariedad de Hattie durante mi ramplona divagación mental. ¡Me había comportado como un miserable!
—¿Cuándo se hubiera podido presentar una oportunidad más adecuada que esta noche? —prosiguió Peter—. ¡Un aniversario tan importante para ti! ¿Cuándo? Está más claro que el sol de mediodía.
—No había caído... —balbucí, basculando entre el desafío y la turbación.
—¿Cómo no supiste ver que te estaba esperando, que era el momento de encarar tu futuro? ¿En qué estabas pensando, Quentin Clark? Bien, ya estás en tu casa. Te deseo que duermas bien. ¡La pobre Hattie es probable que esté llorando ahora mismo sobre su almohada!
—Nunca hubiera querido entristecerla —dije—. Tan sólo hubiera querido saber lo que parecían esperar de mí los demás.
Peter, ceñudo, se manifestó de acuerdo con un gruñido, como si yo finalmente hubiera reconocido el fracaso general de mi vida.
¡Desde luego que le propondría matrimonio y desde luego que nos casaríamos! La presencia de Hattie en mi vida había sido mi fortuna. Yo resplandecía siempre que la veía, y más aún cuando estaba alejado de ella y pensaba en ella. Se habían producido tan pocos cambios desde que la conocía que me parecía necio necesitar ahora una proposición.
«¿En qué estás pensando?», parecía preguntar Peter frunciendo el ceño, mientras yo cerraba la portezuela del carruaje y le daba las buenas noches.
—Esta mañana hubo un entierro —dije, decidido a tratar de redimirme con alguna explicación—. ¿Sabes? Lo vi pasar y supongo que me turbó por alguna razón que no...
Pero no, aún no podía encontrar las palabras adecuadas para expresar el efecto que aquello me había causado.
—¡Un entierro! ¡El entierro de un extraño! —exclamó Peter—. Pero ¿qué diablo tiene eso que ver contigo?
Todo, pero eso yo no lo sabía por entonces. A la mañana siguiente me puse el batín y abrí el periódico para distraerme de las ansiedades provocadas por los acontecimientos de la noche anterior. Aunque hubiera estado prevenido, no habría sido capaz de contener mi propia alarma ante lo que vi y que me hizo olvidar todas mis inquietudes. Lo que captó mi atención al instante fue un pequeño titular en una de las páginas interiores. Fallecimiento de Edgar A. Poe.
Aparté el periódico, pero luego volví a tomarlo y lo ojeé para leer algo más. Luego releí una y otra vez aquel titular: Fallecimiento de Edgar A. Poe.
... el distinguido poeta, erudito y crítico americano, a los treinta y ocho años de edad.
¡No! Creía que treinta y nueve, pero por su aspecto era como si hubiese centuplicado esa edad... Nacido en esta ciudad. ¡Otra vez no! (Todo aquello era muy discutible, aun antes de que yo supiera más del personaje.)
Entonces me fijé... en estas cuatro palabras.
Falleció en esta ciudad.
¿Esta ciudad? Aquello no era una noticia telegrafiada. Había ocurrido en Baltimore. La muerte en nuestra propia ciudad, y probablemente también el entierro. ¡Alto! Podría ser aquel mismo entierro en Greene y Fayette... ¡No! ¿Aquel ínfimo entierro, aquella ceremonia sin ceremonial, aquella inhumación en el minúsculo cementerio?
Aquel mismo día, más tarde, en el bufete, Peter aún me estaba sermoneando sobre Hattie, pero yo difícilmente podía discutir con él, absorbido como estaba por aquella noticia. Pedí confirmación al guarda del cementerio. «Pobre Poe —dijo—, sí.» Poe había muerto. Cuando corrí hacia la oficina de correos para preguntar si había llegado alguna carta, mi mente daba vueltas en torno a lo que yo, sin saberlo, había presenciado el día anterior.
Aquel formalismo frío. ¿Aquélla había sido la despedida de Baltimore al salvador literario de nuestra nación, a mi autor favorito, a mi (tal vez) amigo? Apenas pude contener el creciente sentimiento de ira dentro de mí; una ira que bloqueaba todo cuanto pudiera dirigir sensatamente mis pensamientos. Considerando retrospectivamente todo el asunto, sé que nunca quise herir a Hattie con la conmoción que aquella tarde se arrastraba por mi mente. Sí, era mi autor favorito el que había muerto cerca de mí, pero sentí mucho más que eso; algo más grande e inevitable. Quizá no puedo describir adecuadamente en dos palabras por qué aquello fue tan devastador para un hombre con juventud y vigor, con perspectivas románticas y profesionales envidiables para cualquiera en Baltimore.
Quizá fue aquel episodio. Aunque inconscientemente, yo fui uno de los últimos en presenciarlo. O entre todos los demás que pasaban por allí a toda prisa, fui el último en percibir la tierra indiferente golpeando su ataúd, como sobre los de tantos cadáveres sin nombre en el mundo.
Tenía por cliente a un hombre muerto y el Día del Juicio como la fecha para la vista de la causa.
Unas semanas después de iniciar mis fatídicas pesquisas, Peter adoptó un tono sardónico. Mi socio de bufete no era lo bastante ingenioso como para mostrarse sardónico más de tres o cuatro veces en su vida, de modo que pueden imaginar la agitación que había tras sus palabras. Peter era unos pocos años mayor que yo, pero suspiraba como un anciano, especialmente ante la mención de Edgar A. Poe.
Siendo yo adolescente, dos hechos en mi vida quedaron fijados como un destino: mi admiración por las obras literarias de Edgar Poe y, como ya han oído ustedes, mi devota adhesión a la hermosa Hattie Blum.
De muchacho, Peter se refería a Hattie y a mí como si ya estuviéramos casados, y con el criterio que tendría un hombre de negocios. Debido a su talante juicioso, aquel adolescente actuaba como si fuera mayor que sus coetáneos, e incluso que muchos padres. Cuando falleció su propio padre, mis progenitores acudieron en ayuda de la señora Stuart, la viuda, que había quedado casi desamparada a causa de las deudas, y mi padre consideró a Peter como otro hijo. Peter se mostró tan agradecido por haber sido rescatado de su calamitosa situación que adoptó cumplida y sinceramente todas las opiniones de mi padre acerca de los asuntos de este mundo, en mucha mayor medida que yo, al parecer. Desde luego se hubiera dicho que aquel extraño era el verdadero Clark, mientras que yo era un aspirante de segunda fila a llevar el nombre de la familia.
Peter compartía incluso el desagrado de mi padre hacia mis preferencias literarias. Aquel Edgar Poe, como él y mi padre tendían a decir, aquel Poe que ustedes leen con tanto interés, es peculiar más allá del gusto de cada cual. Leerlo como alivio del ennui era sólo un placer poco respetable, no más útil que echar una cabezada a media tarde. La literatura debía fortalecer el corazón, ¡y aquellas fantasías lo debilitaban!
Al principio, yo no estaba en desacuerdo. Acababa de salir de la niñez cuando tuve conocimiento de «William Wilson», un relato de Poe publicado en el Gentleman’s Magazine. Confieso que no saqué mucho provecho de él. No pude encontrar el principio ni el final, y no fui capaz de distinguir qué partes presentan razón y cuáles locura. Era como sostener una página frente a un espejo y tratar de leerla bizqueando. Mi acervo de lecturas por esa época, recuerdo, se limitaba a autores de revistas, apasionados e ingenuos, como Stephens y Embury. En las revistas no se buscaba a los genios, y yo no advertí mucho genio en el señor Poe.
Pero yo no era más que un muchacho. Mi juicio se transformó por un relato peculiar de Poe, titulado «Los crímenes de la calle Morgue». El héroe de esta historia es C. Auguste Dupin, un joven francés que desentraña con ingenio la verdad que hay detrás de los sorprendentes degüellos de dos mujeres. El cadáver de la joven es hallado en una casa de París, metida cabeza abajo en la chimenea. En cuanto a su madre, le han cortado el cuello de tal modo, que cuando la policía trata de levantar el cuerpo, la cabeza se desprende. A primera vista había objetos valiosos en las habitaciones, pero el perturbado intruso los había dejado intactos. La singularidad del crimen sumió en la más completa confusión a la policía de París, a la prensa y a los testigos; en suma, a todo el mundo. A todo el mundo excepto a C. Auguste Dupin.
Dupin comprendió.
Comprendió que la naturaleza sorprendente de las muertes era lo que las hacía fáciles de resolver, pues las diferenciaba en seguida de la confusa turbulencia de los delitos de todos los días. A la policía y a la prensa les parecía que los asesinatos no podía haberlos perpetrado ninguna persona por un motivo racional, porque no hubo tal persona. El razonamiento de Dupin siguió un método que Poe llamó raciocinación: el empleo de la imaginación para llevar a cabo un análisis, y el análisis para alcanzar las alturas de la imaginación. Mediante este método, Dupin mostró cómo un extraño orangután, al que el mal trato había provocado un insólito ataque de rabia, había escapado de su dueño y cometido aquellas horribles atrocidades.
Una persona corriente hubiera considerado los detalles imposibles, desmesurados y desprovistos de sentido. Pero en el preciso momento en que el lector expresa su incredulidad ante el curso de los acontecimientos, cada dificultad queda superada por una inatacable cadena de razonamientos. Poe despertó la curiosidad al forzar lo posible hasta su último extremo, y eso cautivaba el alma. Estos relatos donde se aplicaba la técnica de la raciocinación (con secuelas en posteriores casos de Dupin) se convirtieron en los más populares de Poe entre muchos lectores, pero en mi opinión por razones equivocadas. Estos lectores expectantes disfrutaban viendo resuelto un rompecabezas, pero su importancia radicaba en un nivel más elevado. Mi objetivo último es sólo la verdad, dijo Dupin a su ayudante. Comprendí, a través de Dupin, que la verdad era también el objeto único de Edgar A. Poe, y que precisamente esto era lo que a tantos atemorizaba y confundía a propósito de Poe. El genuino misterio no era el acertijo concreto que la mente se esfuerza por desentrañar: la mente del hombre, ése era el verdadero y perenne misterio del relato.
Y yo encontré algo nuevo para mí como lector: el reconocimiento. Poe era la independencia desafiando el control, y yo no podía dejar de leerlo. De pronto me sentí menos solo en el mundo. Quizá por eso la muerte de Poe, que a otro lector pudiera haberle preocupado un día o dos, habitaba ahora en mis pensamientos de una manera casi imposible de arrancar.
A mi padre le gustaba decir que la verdad residía en los honrados caballeros profesionales del mundo, no en los monstruosos relatos y en las historias engañosas de algún escritor de revistas. Me dijo que la mayoría de los hombres de los ejércitos del mundo, incluido él mismo, eran requeridos para desempeñar las obligaciones que la vida imponía, y aquí Industria y Empresa eran más necesarias que un Genio brillante, el cual se dejaba llevar demasiado por la torpeza de los hombres como para permitirles alcanzar verdadero éxito. Su negocio eran los embalajes, pero él daba por sentado que en ese ramo reinaba la falta de escrúpulos, y que un joven debía ser abogado, un negocio completo en sí mismo, como decía admirativamente. Peter se entusiasmó con el plan, puesto que era una iniciativa precursora, como si nos embarcáramos en el primer barco hacia California ante súbitos rumores de hallazgo de oro.
Tras obtener el título, Peter se colocó de pasante en un bufete de cierto prestigio, y mientras estuvo allí alcanzó notoriedad por su compilación de una concienzuda obra, Índice de las leyes de Maryland de 1834 a 1843. Mi padre se apresuró a financiarle su propio bufete, y quedó claro que yo debía estudiar y trabajar a las órdenes de mi amigo. Era un plan demasiado razonable para oponerle objeciones, y ni una sola vez pensé en hacerlo... al menos que ahora recuerde.
Eres afortunado —me escribió Peter cuando todavía estaba yo en la universidad—. Tendrás un buen bufete aquí, conmigo y bajo los auspicios de tu padre, y te casarás con Hattie en cuanto lo desees. Todas las jóvenes hermosas y de buena posición de la calle Baltimore te sonríen al pasar. Si yo estuviera en tu lugar, si tuviera una cara la mitad de atractiva que la tuya, Quentin Clark, ¡sabría muy bien qué hacer con el desahogo y el lujo de esta sociedad!
En el otoño de 1849, en que ustedes trabaron conocimiento conmigo unas páginas más atrás, estaba tan afianzado profesionalmente que ni me daba cuenta de ello. Peter Stuart y yo formábamos una excelente asociación. Mis padres habían muerto para entonces, como consecuencia de un accidente cuando viajaban en un carruaje en Brasil, adonde habían acudido para resolver asuntos del negocio de mi padre. La vida que yo me había organizado en su ausencia transcurría en medio de todo aquello: Hattie, Peter, los escogidos clientes que aparecían a diario en nuestras oficinas y mi mansión familiar a la sombra de viejos álamos, conocida como Glen Eliza, en honor al nombre de mi madre, Elizabeth. Todo eso marchaba satisfactoriamente, como movido por alguna maquinaria automática, silenciosa e ingeniosa. Hasta la muerte de Poe.
Por aquellos días yo tenía la debilidad, propia de un joven, de desear que los demás comprendieran todo cuanto me concernía; era la necesidad de hacer entender a los demás. Pensaba que lo conseguiría. Aún recuerdo la primera vez que le dije a Peter que deberíamos ocuparnos de proteger a Edgar A. Poe, creyendo, irracionalmente, que consideraría que se trataba de un asunto importante. Contando con la buena disposición que yo atribuía a Peter, fui a transmitir buenas noticias al señor Poe.
Mi primera carta a Edgar Poe, el 16 de marzo de 1845, trataba de una pregunta que me hice mientras leía «El cuervo», entonces un poema recién publicado y que dio lugar a algún comentario. Los versos finales dejan al cuervo posado sobre un busto de Palas «encima de la puerta de mi habitación». En estos últimos versos, la traviesa y misteriosa ave continúa obsesionando al joven del poema quizá para toda la eternidad:
Y sus ojos guardan todo el parecido con un demonio con el que sueña,
y la luz de la lámpara que alumbra sobre él proyecta su sombra en el suelo;
y mi alma, de esa sombra que yace flotando en el suelo,
no se levantará ¡nunca jamás!
Si el cuervo se posa encima de la puerta de la habitación, ¿qué luz de qué lámpara podía estar tras él, de tal manera que proyectara su sombra en el suelo? Con la impetuosidad de la juventud, escribí a Poe solicitándole una respuesta, pues yo deseaba captar cada pliegue y cada rincón del poema. Junto con la pregunta, incluí en la misma carta al señor Poe el importe de una suscripción a una nueva revista titulada The Broadway Journal, que por entonces editaba el escritor, a fin de asegurarme de que vería todo cuanto saliera de su pluma.
Después de meses sin recibir respuesta, y sin un solo número de The Broadway Journal, escribí de nuevo al señor Poe. Como el silencio persistía, dirigí una reclamación a un socio de la revista en Nueva York, e insistí en que se me devolviera el dinero de la suscripción. Un día, recibí mis tres dólares junto con una carta.
Firmada por Edgar A. Poe.
¡Qué sorprendente y edificante que aquel visionario eminente se aviniera a dirigirse personalmente a un simple lector de veintitrés años! Incluso explicaba el pequeño misterio relativo a la sombra del cuervo. «Mi idea era el brazo del candelabro fijado a la pared, mucho más arriba de la puerta y del busto, como a menudo puede verse en los palacios ingleses, e incluso en algunas de las mejores casas de Nueva York.»
¡La verdadera naturaleza de las sombras del cuervo reveladas y explicadas para mí! Poe también me agradecía mis opiniones y me animaba a enviarle más. Aclaraba que sus socios financieros en el The Broadway Journal, donde había estado trabajando, habían forzado su interrupción, colocándole a él en el dilema de que asumiera el pleno control, lo que suponía otra derrota en la lucha entre dinero y literatura. Él siempre consideró la revista como un simple complemento temporal de otros proyectos. Un día, decía, podríamos conocernos personalmente, él me confiaría sus planes literarios y solicitaría mi consejo como hombre de leyes. «Soy terriblemente ignorante —afirmaba— en materia legal.»
Entre 1845 y su muerte en octubre de 1849 escribí nueve cartas a Poe. Como contestación recibí cuatro notas corteses y sinceras de su puño y letra.
Sus comentarios más vigorosos los reservaba para sus ambiciones respecto a la revista que se proponía lanzar, The Stylus. Poe había pasado años editando revistas ajenas. Decía que su revista por fin permitiría a los hombres de genio triunfar sobre los hombres de talento; hombres que podían sentir, en lugar de hombres que podían pensar. No alabaría a ningún autor que no lo mereciera y publicaría toda la literatura en la que se unieran claridad y, lo que era más importante, verdad, una verdad no por sí misma, sino por lo novedoso de ser tal verdad. Llevaba muchos años esperando lanzar su propia revista. El verano anterior a su muerte me escribió que si la espera hasta el Día del Juicio incrementaba sus posibilidades de éxito, ¡aguardaría! Pero, añadía, esperaba sacar el primer número el próximo mes de enero.
Poe se refería con emoción a su viaje a Richmond para conseguir financiación y apoyo, y comentaba que si todo salía como esperaba, su éxito final era seguro. Necesitaba obtener fondos y suscripciones. Pero continuaba siendo señalado por los rumores de la llamada prensa profesional, que le atribuía hábitos irregulares e inmorales, insania mental, inadecuadas frivolidades románticas y excesos generalizados. Los enemigos, decía, siempre estaban dispuestos a saltar sobre él por publicar críticas honradas de sus escritos, y por haber tenido el coraje de señalar la absoluta falta de originalidad de ciertos autores consagrados como Longfellow y Lowell. Temía que la animosidad de unos hombrecillos malograra sus esfuerzos, presentándolo como un beodo, un borracho indigno que no merecía tener ninguna influencia pública.
Eso es lo que me dijo cuando le pregunté. Le pregunté abiertamente, quizá demasiado. ¿Eran ciertas esas acusaciones que yo había estado escuchando durante años? ¿Era él, Edgar A. Poe, un borracho que se había entregado a los excesos?
Su respuesta me hizo sentir que de algún modo yo podía conocer a Poe, conocer su mente y su corazón. Me escribió la respuesta sin el más leve aire ofendido ni conciencia alguna de superioridad. Me aseguraba, a mí, un desconocido y un presuntuoso, que era totalmente abstemio. Muchos lectores podrían cuestionar mi competencia para juzgar su veracidad, pero mi instinto me dictaba de manera inequívoca que las palabras de aquel hombre eran ciertas. En mi siguiente carta, le respondí que confiaba sin reservas en su palabra. Entonces, cuando ya me disponía a sellar mi respuesta, decidí ofrecerle algo mejor que aquello.
Ésta era mi oferta: perseguiría legalmente a cualquier falso acusador que se propusiera malograr sus esfuerzos para lanzar The Stylus. Con anterioridad habíamos representado los intereses de algunas publicaciones locales, lo que me aportó la experiencia adecuada. Haría mi trabajo para evitar que alguien pisoteara al genio. Ésta sería mi obligación, como la suya era asombrar al mundo de vez en cuando.
«Gracias por su promesa acerca de The Stylus —escribió Poe en su carta de contestación, que yo leí orgulloso—. Si puede ¿me ayudará? No puedo ser más explícito. Dependo implícitamente de usted.»
Fue poco antes de que Poe iniciara su gira de conferencias en Richmond. Animado por esa respuesta a mi oferta, volví a escribir vertiendo innumerables preguntas sobre su Stylus y acerca de dónde pensaba sacar el dinero. Esperé que me contestara mientras estaba de gira, y por eso visitaba la oficina de correos. Cuando el trabajo consumía mi tiempo, comprobaba las listas de cartas a la espera de ser recogidas, que regularmente el jefe de correos insertaba en los periódicos.
Había estado leyendo más que nunca la obra de Poe, en particular tras la pérdida de mis padres. Algunos consideraban de mal gusto que me dedicara a leer una literatura que con frecuencia tocaba el tema de la muerte. Pero si bien en Poe la muerte no es un asunto agradable, tampoco está prohibido. Ni constituye una fijación. La muerte es una experiencia a la que puede darse forma con la vida. La teología nos dice que los espíritus viven más allá del cuerpo, y Poe así lo cree.
Peter, desde luego, ya había rechazado explícitamente la idea de que nuestro bufete hiciera suya la causa de The Stylus.
—¡Antes me dejaría cortar la mano que malgastar tiempo aburriéndome con revistas de maldita narrativa! Antes me tiraría debajo de un ómnibus que...
Ya pueden ustedes hacerse una idea de lo que pretendía decir.
Probablemente ustedes habrán adivinado que la verdadera razón de que Peter me pusiera tales objeciones se debía a que yo no podía responder a sus preguntas acerca de una minuta. En los periódicos se informaba regularmente de que Poe no tenía un centavo y era un muerto de hambre. ¿Por qué hacernos cargo nosotros de lo que otros no querrían?, argumentaba Peter sensatamente. Yo señalé que la fuente de nuestros cobros era obvia: la nueva revista. ¡Tenía el éxito garantizado!
Lo que yo quería decirle también a Peter era: «¿No has sentido alguna vez que estás convirtiéndote en un ser vulgar por efecto de la rutina forense? Olvida las minutas. ¿No te gustaría proteger algo que sabes que es grande y que los demás tratan de profanar? ¿No te gustaría contribuir a cambiar algo, aunque eso significara cambiar tú mismo?» Esta argumentación no hubiera surtido el menor efecto en Peter. Y cuando Poe murió, Peter se sintió satisfecho de que el asunto hubiera terminado.
Pero yo no lo estaba; en el fondo, no. Cuando leía en los periódicos el panegírico de Poe con las mismas voces acerbas que lo ofendieron, mi deseo de proteger su nombre no hizo sino aumentar. Algo tenía que hacerse, y más aún que antes. Cuando vivía, al menos podía hablar para defenderse. Lo que más hondamente me indignaba era que aquellos quisquillosos gusanos de estercolero no sólo embellecían los hechos negativos concernientes a la vida de Poe, sino que se arremolinaban en torno al escenario de su muerte como mosquitas hambrientas. Ésa era la prueba última, el símbolo máximo —según su lógica— de una existencia dominada por una moral frágil. El final de Poe, por miserable y degradado, servía para confirmar la oscuridad de su vida y las imperfecciones de su producción literaria, proclive a lo morboso. Querían una lección y una advertencia, y ahora las habían encontrado. Pensad en el miserable fin de Poe, graznaba un periódico.
¡Pensad en su miserable fin!
¿No pensáis en su genio sin precedentes? ¿En su maestría literaria? ¿En cómo, en ocasiones, prendió una chispa de vida en sus lectores cuando éstos no sentían ninguna? ¡Pensad ahora en arrojar de un puntapié un cuerpo sin vida a una fosa, y en golpear la frente fría de un cadáver!
Id a visitar esa tumba en Baltimore (aconsejaba el mismo periódico) y percibid en el aire en torno a ella la pavorosa advertencia que nos transmite la vida de este hombre.
El día que leí eso, manifesté que era preciso hacer algo. Peter se echó a reír.
—No puedes entablar un proceso; ¡el hombre está ahora bajo tierra! —dijo Peter—. ¡No tendrás cliente! Déjalo descansar y descansemos nosotros.
Peter se puso a silbar. Siempre que se sentía desdichado, tenía la costumbre de silbar una tonada popular, incluso en medio de una conversación.
—Estoy cansado de que me contraten por poco dinero para decir o hacer algo distinto de lo que creo, Peter. Yo me comprometí a representar sus intereses. Una promesa, querido amigo, y no me digas que eso debería terminar cuando alguien muere...
—Probablemente hubiera aceptado tu ayuda sólo para evitar que lo siguieras fastidiando con el asunto. —Peter advirtió que sus palabras me molestaban, e insistió sobre el tema en un tono más afable pero más afilado—. ¿Es eso posible, amigo mío?
Pensé en algo que Poe había dicho en una de sus cartas en relación con The Stylus: Es el magno proyecto de mi vida, escribió. A menos que muera, lo llevaré a cabo. Poe insistía en la misma carta en que yo dejara de pagar el franqueo de respuesta en nuestra correspondencia. Firmaba así la carta: «Su amigo.»
Y por eso yo le escribí a él las mismas palabras: las dos mismas sencillas palabras, puestas con tinta y firmadas con mi nombre debajo, como si formulara un juramento. ¿Quién hubiera podido decir que yo no iba a cumplirlo?
—No —dije, respondiendo a la pregunta de Peter—. Él sabía que yo lo habría defendido.
2
La amenaza llegó un lunes por la tarde. No hubo armas de fuego, ni dagas, ni espadas, ni conatos de estrangulamiento (ni yo hubiera creído que iban dirigidos a mí). La enorme sorpresa de aquel día demostró ser más fuerte.
Mis visitas a las salas de lectura del ateneo de Baltimore se habían vuelto habituales. Cierto proceso a un prominente deudor, que comenzó por esa época, nos obligó a reunir diversos recortes de prensa para apoyar los argumentos de su defensa. En momentos de trabajo abrumador, Peter hubiera sido feliz instalando una yacija en nuestro despacho, sin permitir que entrara un rayo de luz, así que me encomendaba a mí la tarea de cubrir la escasa distancia hasta la sala de lectura para llevar a cabo las investigaciones. Allí también leí más acerca de Edgar Poe y de su muerte.
Un típico relato biográfico, que se había engrosado a medida que se extendían las noticias de la muerte, podía llevar el título de algunos de sus poemas («El cuervo» y, quizá, «Ulalume»): dónde había sido visto (en el hotel y taberna Ryan’s, que aquel día de elecciones era también colegio electoral, en las calles High y Lombard), cuándo murió (7 de octubre, domingo, en una cama de hospital), etcétera. Entonces empezaron a aparecer más artículos relacionados con Poe en los más importantes medios de Nueva York, Richmond y Filadelfia, algo más dados al sensacionalismo. Yo encontré algunas de esas menciones en la sala de lectura. ¡Menciones! ¡Y vaya menciones!
Su vida fue un lamentable fracaso. Una mente dotada que dilapidó todo su potencial. Cuyos fantásticos y afectados poemas y narraciones extrañas estaban con frecuencia viciados por su fatal y miserable trayectoria vital. Vivió como un borracho. Murió como un borracho, como una deshonra, como un canalla que calculaba en sus escritos cómo la injuria podía pasar por ejemplo moral. Muchos no deberían olvidarlo (decía una publicación de Nueva York). No merecía ser recordado. He aquí una muestra:
Edgar Allan Poe ha muerto. No hemos conocido las circunstancias de su fallecimiento. Fue repentino y, dado que ocurrió en Baltimore, cabe suponer que se disponía a regresar a Nueva York. Esta noticia habrá consternado a muchos, pero pocos se afligirán por ella.
Yo no podía asistir indiferente a cómo pisoteaban el cadáver de un hombre que brindó a nuestro mundo una visión más amplia de la que nosotros podíamos captar. Quise apartar la mirada, pero al mismo tiempo me acometió la sed de saber qué habían escrito, aunque fuera injusto (o, dadas las peculiaridades de la mente humana, cuanto más necesitaba yo verlo, y cuanto más innoble era lo que veía, ¡más parecía que iba dirigido contra mí!).
Entonces llegó aquella tarde fría, lloviznosa, cuando el cielo de mediodía era igual al de las seis de la mañana o al de las seis de la tarde. Niebla por doquier. Golpeaba como dedos en la cara y punzaba en los ojos y hasta lo profundo de la garganta.
Iba de camino, de nuevo, hacia las salas de lectura del ateneo, cuando un hombre chocó conmigo. Era más o menos de mi estatura, y probablemente de la edad que por entonces hubiera tenido mi padre. La colisión con el desconocido no habría parecido deliberada y sí desprovista de importancia, dadas las malas condiciones de visibilidad, pero el hombre hubo de retorcer el brazo de una manera poco natural para adelantar el codo y darme con él en el brazo. No fue un golpe, sino un encontronazo leve, de pasada, realmente suave en su forma de producirse. Aparté los ojos con indiferencia y esperé escuchar alguna excusa.
En lugar de eso, me llegó una advertencia.
—No es prudente entrometerse en ciertos asuntos e ir propalando ruines mentiras, señor Clark.
Me fulminó con una mirada que perforó la densa atmósfera y, antes de que yo pudiera pensar, ya había desaparecido en la niebla. Me volví a mirar atrás, como si él se hubiera dirigido a algún otro.
No, dijo «Clark». Y yo era Quentin Hobson Clark, de veintisiete años, abogado que se ocupaba principalmente de casos de hipotecas y deudas; yo era ése, y acababa de ser amenazado.
No supe qué pensar, qué hacer. En mi confusión, se me había caído el cuaderno de notas, que permanecía abierto y desordenado en el suelo. En ese momento, mientras lo recuperaba antes de que fuera pisado por un tacón cubierto de barro, me di cuenta de hasta qué punto había estado investigando sobre Poe. El nombre de Poe estaba escrito prácticamente en cada página, en cada línea a la que se dirigiera la vista. Comprendí con súbita claridad lo que había querido decir el desconocido. Se refería a Poe.
Confieso que mi respuesta me asombró. Me quedé tranquilo y dueño de mí mismo, tan calmado que Peter me hubiera estrechado la mano, orgulloso; quiero decir si aquello hubiera estado relacionado con otro asunto. Yo nunca podría ser un abogado como Peter, un hombre que sentía pasión por la declaración jurada o la causa más aburrida, especialmente por la más aburrida de todas. Aunque yo tenía una mente rápida, el talento nunca podría sobrepasar la pasión ni malograr la diversión, por mucho que hubiera memorizado las leyes de Blackstone y Coke. Pero en aquel momento yo tenía un cliente y una causa que no quería abandonar. Me sentía como el mejor abogado conocido.
Recuperé mis sentidos lo suficiente, me sumergí entre la multitud de paraguas y no tardé en identificar la espalda del hombre. Su paso se había vuelto más lento hasta convertirse en un paseo, ¡casi como si se diera una vuelta en verano! Pero quedé decepcionado, pues no era el mismo hombre. Al acortar la distancia, me di cuenta de que en medio de las nubes de niebla todo el mundo parecía aproximadamente igual al sujeto que yo buscaba, incluso las damas más lindas y los esclavos más oscuros. La bruma que se arrastraba nos ocultaba y mezclaba a todos y perturbaba el orden establecido de las calles. Creo que cada persona se esforzaba por mantener la cabeza y el paso en una imitación perfecta e indiferente de aquel hombre, de aquel fantasma.
En la esquina, un reguero de luz de gas hendía la atmósfera espesa desde la ventana medio escondida de un sótano. Provenía de las lámparas exteriores de una taberna, y pensando que aquello podía ser una antorcha para atraer alguna complicidad, corrí hasta allá abajo y me precipité en el interior. Me abrí paso entre los hombres arracimados en torno a sus bebidas, y al final de una larga hilera vi a uno desplomado sobre una mesa. Su abrigo, magnífico en otro tiempo, era exactamente el que, según vi, vestía el fantasma.
Le toqué el brazo. Levantó débilmente la cabeza y se sobresaltó al ver mi semblante preocupado.
—Una equivocación. Señor. ¡Señor! ¡Una grave equivocación por mi parte, señor! —exclamó.
Sus palabras terminaron en una confusión de borracho. Tampoco aquél era el hombre.
—El señor Watchman —me aclaró otro beodo próximo, con un simpático y sonoro susurro—. Es John Watchman. ¡Bebo a su salud, pobre tipo! Y bebo a la salud de usted, si lo desea.
—John Watchman —repetí, aunque en aquel momento ese nombre no significaba nada para mí (si lo hubiera visto en las columnas del periódico, sólo le habría prestado una atención de pasada).
Dejé unas monedas de cobre para que el hombre continuara con sus debilidades, y me apresuré a regresar arriba, a la calle, para continuar con mi pesquisa.
El verdadero culpable se me revelaba allá donde la niebla aclaraba. En un momento dado, me pareció, en mi zozobra, que todos los transeúntes estaban dándole caza, poniendo su empeño en capturarlo.
¿Ya he dicho que nuestro Fantasma tenía más o menos mi estatura? Sí, y es verdad. Pero no pretendo sugerir que se me pareciera en nada. Es más, quizá yo era el único en las calles que no presentaba una estricta semejanza con mi sujeto. Yo tenía un pelo de color indeterminado, parecido a la corteza de un árbol, que mantenía bien cuidado, y unas facciones pequeñas, regulares y rasuradas que con demasiada frecuencia los demás consideraban aniñadas. Él —este Fantasma— tenía un cuerpo de complexión diferente. Sus piernas casi doblaban las mías en longitud (aunque las mías de ningún modo tenían un tamaño reducido), de modo que por más que yo apretaba el paso, no podía acortar la distancia entre nosotros.
Mientras corría a través de los alfilerazos de la lluvia y la niebla, me poseían pensamientos frenéticos y excitables sin otro vínculo entre ellos que la emoción que me causaban, más allá de toda lógica. Choqué con un hombro, con otro, y una vez casi con todo el cuerpo de un hombre corpulento que pudo haberme aplastado contra el pavimento de ladrillo rojo de la acera. Resbalé en un rastro de suciedad y me manché el costado izquierdo de barro. Después de esto me encontré de repente solo: nadie a la vista.
Yo permanecía perfectamente tranquilo.
Habiendo perdido mi presa —o habiendo perdido él la suya—, mis ojos se fijaron ahora en un punto, como si me hubiera calado unas gafas. Allí estaba yo, a menos de veinte yardas del sitio: del reducido camposanto presbiteriano, donde las delgadas lápidas de piedra que sobresalían del suelo apenas eran más oscuras que el aire que las rodeaba. Traté de pensar si en realidad el desconocido me había encaminado hasta allí a través de medio Baltimore mientras escapaba a mi persecución. ¿O ya se había esfumado cuando emprendí su búsqueda, antes de que me aproximara a aquel lugar? El lugar donde ahora reposaba Edgar Poe, aunque no podía reposar.
Muchos años antes, mediada mi adolescencia, se produjo un incidente en un ferrocarril, que tal vez debería explicar. Yo viajaba con mis padres. Aunque se permitía el acceso al vagón de las señoras a miembros de sus familias, aquél iba ya completamente lleno y sólo pudo encontrar sitio mi madre. Yo me senté con mi padre unos pocos vagones más allá, y recorríamos el tren a intervalos regulares para visitar a mi madre en aquel compartimiento en el que no había lugar para los escupitajos y los juramentos. Después de una de esas excursiones, regresaba yo a nuestros asientos delante de mi padre —que aborrecía apartarse de mi madre si podía evitarlo— y resultó que dos caballeros ocupaban los asientos que momentos antes eran los nuestros. Les expliqué cortésmente su equivocación. Uno de ellos se puso muy furioso, y me advirtió que «tendría que pasar por encima de su cadáver» para recuperar nuestras plazas.
—Es lo que pienso hacer si no se aparta inmediatamente —repliqué.
—¿Qué acabas de decir, muchacho?
Y repetí la misma afirmación absurda con idéntico tono tranquilo.
Imagínenme como un chico más bien delgado, de quince años, de complexión podría decirse que fibrosa. En circunstancias normales yo hubiera pedido excusas al ocupante y me habría apresurado a buscar otros asientos. Pero ustedes se preguntarán por el segundo intruso de este episodio, el otro individuo que se apoderó de nuestros asientos. Por la semejanza de la parte del rostro en torno a los ojos, era el hermano del primero, y por el movimiento de la cabeza y por su mirada deduje que era un retrasado mental.
Puede que se extrañen ustedes de mi reacción. Hasta poco antes me había visto respaldado por la presencia de mi padre. Él siempre era el soberano allá donde se encontraba. ¿Saben? En aquel momento era para mí perfectamente natural asumir que también yo podía adecuar el mundo a mi forma de entender las cosas. Y por ahí me llegó, como reptando, la decepción.
Aquel villano no paró de descargar fuertes golpes en mi cara y en mi cabeza, hasta que regresó mi padre. Menos de un minuto después, mi padre y un revisor me zafaron de él y expulsaron a los dos hombres a otro vagón que se desengancharía en la siguiente estación.
—Y ahora, ¿en qué te has metido, chico? —me preguntó luego mi padre, mientras yo permanecía atravesado en nuestros asientos, con la mente confusa.
—¡Tenía que hacerlo, padre! ¡Tú no estabas allí!
—Lo has provocado. Te podían haber matado. ¿Qué te proponías demostrar, Quentin Hobson Clark?
Al evocar la borrosa imagen del hombre que me daba una lección, de pie, sobrepasándome en estatura y tranquilizándome con su serenidad, fui consciente de la diferencia que existía entre nosotros.
Ahora pensaba en la advertencia que acababa de recibir. No es prudente entrometerse... La imagen del Fantasma se había incrustado en mi mente como el demonio del tren en mi adolescencia. ¡Cómo ardía en deseos de hablar de ello! Por entonces, mi tía abuela pasaba unos días conmigo para supervisar la administración doméstica. ¿Podía hablarle a la tía Clark acerca de la amenaza?
«A ti tenían que haberte cogido de pequeño y haberte educado con esmero» o algo parecido. Era una tía abuela paterna, y aplicaba la severidad de los principios de mi padre en materia de negocios a promover, de modo más general, la sobriedad en el comportamiento. La tía Clark había escogido a mi padre como objeto de su amor por encima de todos los miembros de nuestra familia, por sus «recios pensamientos sajones». Su afecto por mi padre pareció haberse desplazado hacia mi persona, en parte acrecentándose, y velaba por mí con genuino interés.
No, no se lo dije a mi tía abuela Clark, y ella se fue de Glen Eliza poco después. (¿Podía habérselo dicho a mi padre, de haber vivido?)
Quise decírselo a Hattie Blum. Pero ¿qué hubiera pensado? A ella siempre le gustó saber de mis iniciativas personales. Sólo ella fue capaz de hablarme, tras la muerte de mis padres, en un tono y con una confianza como si comprendiera que, si bien aquéllos habían fallecido, no se correspondían en mi mente con los cuerpos que enterramos. Pero no nos habíamos visto desde el día en que se suponía íbamos a prometernos, y yo no era capaz de precisar hasta qué punto entendería mi interés por el asunto que me absorbía.
En cierto modo, las palabras del Fantasma me intrigaron tanto como me sobresaltaron. No es prudente entrometerse en ciertos asuntos e ir propalando ruines mentiras. Aunque me estaba advirtiendo de que desistiera, las crípticas palabras equivalían a un reconocimiento de que era posible entrometerse en los asuntos de Poe; en otras palabras, que tales asuntos aún podía modificarlos yo. En ese sentido, aquella advertencia me dio ánimos.
Había momentos en los que mis pensamientos se centraban en algún informe legal o en alguna otra cuestión rutinaria, pero siempre resurgía el recuerdo de aquella amenaza. Yo experimentaba unas emociones que sólo me resultaban remotamente familiares y, a decir verdad, sólo indeseadas a medias.
A mitad de una larga tarde en el despacho, me hallaba sentado contemplando la calle desde mi escritorio. Peter se encontraba cerca de mí. Estaba en plena reprimenda a un escribiente a propósito de la calidad de cierta declaración jurada, cuando dirigió la mirada hacia mí. Regresó a su perorata y luego se volvió bruscamente a mirarme de nuevo.
—¿Todo va bien, Quentin?
Yo tenía la costumbre de caer ocasionalmente en una especie de encantamiento, con la mirada fija, como encandilada, perdida en el aire sin observar nada en particular
