La Argentina ansiolítica

Valeria Shapira

Fragmento

PRÓLOGO

“Antes lucha, ahora circo.

Antes pan, ahora clonazepán”.

ANDRÉS CALAMARO, Clonazepán y circo

Observo la pastillita que inspiró estas páginas.

Es pequeña, rugosa, redonda. Con sólo ingerirla y dejarla correr por su sangre cualquier ser humano podría experimentar cambios profundos en su estado de ánimo. Maravilla de la ciencia que cada vez consumen más los argentinos, y lugar común en las charlas de sobremesa de la clase media de este país, acostumbrada a bromear, nombrándola, cuando algo falla: “Hoy no tomé la pastilla”.

Algunos investigadores afirman que la introducción de los psicofármacos ha sido un acontecimiento comparable con el descubrimiento de los antibióticos, en tanto llegaron para revertir cuadros que afectan a miles de personas. El universo médico cambió desde que, en la década del 70, los psicofármacos que hoy se utilizan para combatir la angustia cotidiana llegaron masivamente a los consultorios y las farmacias. Si bien en Egipto o en Babilonia ya se administraban sustancias para combatir males psiquiátricos o psicológicos, sólo en el siglo XX se produjo una verdadera revolución, con la aparición de moléculas que les cambiaron la vida a muchos, dejando atrás metodologías más cruentas y menos efectivas contra males como la depresión o la ansiedad.

De hecho, un siglo atrás, nadie imaginaba que una sola pastilla fuera capaz de calmar la ansiedad, combatir el insomnio, relajar los músculos y detener convulsiones. O que, en la estantería de cualquier farmacia, pudiera hallarse un remedio que hiciera despertar cerebros dormidos por la depresión.

Con miradas más críticas, algunos ven a las pastillas como un engranaje fundamental dentro de la maquinaria comercial que manejan las compañías farmacéuticas. Dicen que, utilizando rótulos como “pánico”, “ataque de pánico” o “fobia social”, basados en un discurso técnico y de manual, esa maquinaria funciona haciéndonos creer que la tristeza “normal” —ya descripta por científicos como Sigmund Freud— es una anormalidad que es necesario corregir.

En 2004, la Agencia Británica de Medio Ambiente anunció que un antidepresivo que en los 90 fue bautizado como “la droga de la felicidad” le estaba quitando el sueño: en los hogares británicos, en entregas gratuitas y sin receta, el agua para consumo doméstico contenía cantidades crecientes de Prozac1.

Once mil kilómetros al sur de Londres, en algo nos parecemos: la Argentina integra la lista de los diez primeros países en consumo de psicotrópicos y estupefacientes a nivel mundial2 (aclaremos: aquí también se incluyen moléculas contra otros males, que van desde la esquizofrenia hasta la epilepsia), y es el único país de América latina donde el psicofármaco es la primera droga más consumida después del cigarrillo y el alcohol3.

En los últimos tiempos, y también a escala planetaria, las modalidades de este consumo han adquirido matices diferentes. Por un lado, los psicofármacos se emplean para tratar patologías diagnosticadas y concretas. Por otro, mientras un tercio de la población mundial no tiene acceso regular ni a estos ni a otros medicamentos, algunos psicofármacos se han convertido en drogas sociales, a las que los americanos llaman lifestyle drugs4, y que son consumidas sin control médico por sectores más pudientes, que las utilizan para sostener un estilo de vida que exige mantenerse al límite del rendimiento, sin angustia y sin claudicaciones. Actualmente, algunos llegan a hablar de “consumo recreativo”, y el concepto de medicalización de la vida cotidiana ya circula por el mundo como un sello de época.

En nuestro país, los trabajos científicos focalizados en estas cuestiones resultan difíciles de hallar. Sin embargo, un panorama sobre lo que está ocurriendo con el consumo de estos medicamentos se puede encontrar en los consultorios, las guardias, las charlas de café o las farmacias.

Los testimonios que aparecen en este libro (los nombre de los entrevistados fueron cambiados, para preservar su identidad) corresponden al grupo de argentinos que salen (o salieron) cada mañana con sus pastillas en el bolsillo, llevándolas entre sus pertenencias con la misma naturalidad que las llaves o la agenda de teléfonos útiles. Fueron recogidos en entrevistas formales y también en largas charlas informales en los sitios más insólitos, a lo largo de dos años de trabajo.

Están quienes las toman a cualquier hora y en cualquier lugar y aseguran que en sus vidas existe un antes y un después del psicotrópico. Quienes piensan que ya no podrán sostenerse sin sus pastillas a cuestas. Y quienes las consideran una herramienta pasajera, un salvavidas para llegar a la orilla. Todos ellos, de algún modo, eximen razones que consideran válidas para su contacto cercano con los medicamentos: desde el mal de amores o la soledad hasta la inestabilidad laboral o la crisis que nos aprieta.

También están quienes, apartados de las pastillas, eligen otras vías para lidiar con sus angustias, entre las que se incluyen las psicoterapias y el psicoanálisis, además de medicinas complementarias y disciplinas milenarias, o libros de autoayuda.

Sentado en su lounge chair modelo Charles Eames, un psicoanalista formado e

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