El vuelo del halcón
Una historia de un autor anónimo cuenta que, hace cientos de decenas de años, un rey recibió un regalo especial: dos pequeños halcones. Sin saber qué hacer, se los dio al maestro de cetrería para que los entrenara y así esperar a que esas aves se transformasen en rapaces.
Pasados unos meses, el maestro le informó al rey que uno de los halcones no tenía problema alguno, pero que al otro no sabía qué le sucedía: no se había movido de la rama donde lo dejó desde el día en que había llegado. El rey hizo todo aquello que tuvo a su alcance: llamó a curanderos, sanadores, magos, pero nadie pudo hacerlo volar.
Después de varios intentos, un día, el monarca decidió comunicar a su pueblo que ofrecería una recompensa a la persona que lograse que el halcón volara. A la mañana siguiente, vio al ave volando ágilmente por los jardines. El rey les pidió a los miembros de su corte: “Traedme al autor de este milagro”. Entonces se presentó un humilde campesino. El monarca le preguntó: “¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo conseguiste? ¿Eres acaso un mago?”. Un poco intimidado, el campesino le contestó: “Fue fácil, mi señor, sólo corté la rama y el halcón voló, se dio cuenta de que tenía alas y se largó a volar”.
Esta fábula termina con una moraleja particular: “Los líderes son como los halcones, no vuelan en bandadas, los encuentras cada tanto y volando alto”. Cuando Sergio Massa se dio cuenta de que debía saltar de esa rama, logró su vuelo propio.
Y el vuelo del halcón podría ser el origen de este libro en el cual yo soy un testigo. En el periodismo, uno siempre termina siendo eso: un testigo. Un observador de momentos históricos, situaciones límite, escenarios clandestinos y circunstancias únicas. Todo queda en la retina, en la memoria. Uno elige qué contar. Intenta ser un vehículo de transporte de algunos de esos momentos. Conocer, estar y vivir la cocina de la política, que a veces es un privilegio, y otras veces un molesto lugar. En nueve años de profesión vi protagonistas que se desarmaron hasta casi la desaparición, probables presidentes que no llegaron ni siquiera a una candidatura, ganadores derrotados, triunfos aplastantes, trampas, lealtades, traiciones y más. Todo eso.
A Sergio Massa lo conocí en 2009. Él era jefe de Gabinete y yo periodista del diario Perfil. Un año después, me reuní con él para un libro que estaba escribiendo sobre el ex presidente Néstor Kirchner y que nunca fue publicado. Desde esa reunión en la intendencia de Tigre, un viernes a la tarde, el vínculo y el diálogo se fueron haciendo más asiduos. Aún hoy, para muchos, Massa sigue siendo una incógnita. Me resultaba muy difícil poder traducir en palabras el Massa que yo conozco con el que leía en mis notas, escuchaba en entrevistas o miraba por la televisión, y del cual veía cómo iba desplegando su vuelo.
Una tarde de 2012, le escribí un mensaje de texto proponiéndole escribir un libro sobre él. Creía que lo que había en el Massa de detrás de escena era tan rico como lo que se mostraba. Con sus sombras y luces, con sus aciertos y desaciertos, sentía que todo eso debía ser contado de alguna manera. Cuando uno logra una relación continua con un político, el trabajo a veces se complica porque da por sentadas cosas que no lo son. Si había algo que yo no quería, era entrevistarlo. Ciertas indefiniciones y ambigüedades del Massa público me incomodaban. Me acuerdo de que, cada vez que le pedía una entrevista, su respuesta era cantada: “Dale, pero no hablamos de política”. ¿Cómo era posible eso?
Un día, después de confirmar su candidatura a diputado nacional, lo alenté para que me permitiera concretar esa ya vieja idea de 2012. No me interesaba relatar su vida en forma cronológica, ni detenerme en detalles de su vida privada o familiar, quería contar una biografía política que tuviera como principal característica su voz. Su palabra. Si eso estaba, yo creía que el libro podía tener algo diferenciador. Así fue; llevé a estas páginas experiencias de más de dos años de contacto directo, coberturas y diez hor
