Las nieves del tiempo

Fragmento

III

¿Cómo había pasado de ser un fracaso consumado a este éxito en ciernes? No tuvo tiempo de darse grandes respuestas porque llegó la comitiva a buscarlo para ir a cenar. Pero alcanzó a decirse: “Tal vez todo sea cuestión de escenario: en Buenos Aires, ciudad infinita, soy un don nadie. En este paraje perdido de la mano de Dios, como el cuñado del jefe Abraracúrcix, soy el hombre más importante del pueblito”.

En cualquier caso, lo llevaron a comer como a un gran señor: guiso de ciervo, regado con estimulantes vinos patagónicos. Ya borracho, Borgovo declaró: “La próxima vez que se les enferme un invitado, así sea un pintor, o un cirujano, no duden en convocarme. Yo reemplazo al que sea”.

Una de las ancianas le preguntó si valía también para el lugar dejado por su difunto marido. Borgovo se tomó un chopp de cerveza artesanal sin respirar antes de contestar a voz en cuello: “¡Por supuesto!”. Y todos estallaron en carcajadas. Inmediatamente preguntó Borgovo quién había sido el “imbécil” del escritor que los había dejado plantados. La misma anciana viuda apuntó: “Se dice el pecado, no el pecador”.

“Además, de verdad que está enfermo”, reafirmó otro de los comensales, un sesentón que parecía haber vivido sentado.

Borgovo escorchó intentando arrebatarles si era novelista, cuentista, poeta. Pero los organizadores no daban el brazo a torcer. Protegerían a su invitado defraudador incluso bajo tortura. “A este que les hizo el cuento del tío, no voy porque tengo gota, lo defienden como a un mártir. A mí, que vine al instante, seguro que en cuanto me doy vuelta me llaman arrastrado, mercachifle, pordiosero”.

Llegó a su cama en el hotel de la mejor manera: sin saber cómo. Durmió con una profundidad que no recordaba haber sentido alguna vez. Cuando despertó, se sentía bien. La nieve todavía estaba allí, del otro lado de la ventana. Ni siquiera extrañaba a Malena.

Desayunó tostadas de pan casero negro con dulces del bosque. La mujer que se los sirvió tenía una cara de más de cincuenta años y manos de cerca de setenta. Entonces Borgovo reparó en que todas las personas que había cruzado hasta entonces, excepto el periodista radial, superaban los cincuenta años. “Es un pueblo de viejos”, pensó Borgovo, “me ven como a un pibe”. Repitió para sí mismo: “Es un capítulo de La dimensión desconocida”.

Sólo después de desayunar, con esa pesadez que deja la primera comida de la mañana, y al asomarse la resaca de la borrachera, Borgovo reflexionó acerca de que el viaje le estaba ocultando que su vida no había cambiado. Al regresar a Buenos Aires, la ausencia de Malena le rompería el corazón. Evidentemente, tenía a otro. Era lógico: podía aspirar a cualquiera más exitoso, más entusiasta, incluso más joven que él y que ella misma.

Pero el viaje sí estaba cumpliendo su función de fuga y olvido. ¿Qué más podía pedir? Esa noche, en la sala de cultura municipal, también biblioteca y cine, la concurrencia le confirmó su repentino e inexplicable éxito. Cerca de mil personas se congregaron para escucharlo. La jarra de agua, a su derecha, provenía de un manantial.

Borgovo comenzó, al revés de como se suelen organizar estos eventos, invitando al público a hacer preguntas, aclarando que si ninguna surgía había tomado la precaución de preparar una breve exposición. Daba por hecho que nadie le preguntaría nada. Pero para su gran sorpresa pudo salvarse de brindar su archisabido y atrofiado discurso.

Las primeras preguntas partieron de la propia comitiva organizadora, y fueron específicamente sobre su nueva novela. Envalentonado por el hielo roto, el resto del público se sumó al convite con preguntas más generales: inspiración, tiempo de trabajo, el rol del escritor en el mundo contemporáneo.

Borgovo respondió con una alegría desconocida. Los asistentes ya no pertenecían exclusivamente a tal o cual grupo etario. Ni siquiera eran todos de Las Nieves. Los organizadores le habían comentado, poco antes de comenzar, que atraídos por la conferencia acudían habitantes de los pueblos vecinos: Lomitas, Pachecales, Almacenes, Puntas Blancas.

La cantidad de gente, el entusiasmo de los presentes, el calor de la sala, resultaron una droga euforizante para Borgovo. Parecía un adolescente inspirado y sabio dirigiéndose por primera vez a un público cautivo de su talento. La gente aplaudía cada una de sus réplicas, se reía de sus chistes y acompañaba con un silencio pensante sus reflexiones. “Cuando termino, me asesinan en un ritual”, pensó Borgovo en una pausa. “Se trata de una tribu que se come a los visitantes luego de engordarlos de vanidad.”

Pero lo que ocurrió cuando acabó la charla fue que se le acercó una joven de inusual belleza. Inmediatamente llamaban la atención sus pechos. Sólo después permitían aquellos dos relieves, más poderosos que cualquiera de los que rodeaban la comarca, dirigirse al rostro, al que sólo un misterio interesante impedía alcanzar una simetría perfecta. Por el sitio donde se hallaban, la metáfora para aquellos rasgos caía fatalmente en Heidi; pero no se terminaba de admirar el resplandor de su inocencia, fresco, virginal, nuevo, cuando se descubría en el abrir sensual de las fosas nasales, en algo inesperado de los lóbulos de las orejas, en el apenas relumbrar oscuro de unas casi imposibles ojeras, en el grosor puro de los labios, las huellas de una perversidad, sólo incipiente, que convocaba pasiones.

“Así se les ocurrió matarme”, se dijo Borgovo antes de que la chica le extendiera su novela y le pidiera el autógrafo. Cuando ella le pidió “para Natacha”, Borgovo recordó haber escuchado ese nombre. Pero no pudo precisar dónde mientras duró el diálogo: ella le preguntó si volvería a dar una charla, hasta cuándo se quedaba, si dictaba algún tipo de curso.

Sólo por la noche, antes de dormir, reapareció el nombre con su respuesta: el periodista que lo entrevistara el día anterior le había pedido que lo agregara junto al suyo en la dedicatoria.

IV

Al despertar, no sabía qué debía hacer. No era muy distinto de sus despertares en la Capital; pero en un terreno extraño, rodeado de nieve, en una habitación señorial, el desconcierto se duplicaba. Repentinamente se sintió tan solo que llamó a Malena. ¿Por qué hacía eso? Ni siquiera había desayunado. Quizás precisamente ese era el motivo: el cerebro no funcionaba bien antes del primer café.

—Qué suerte que me llamás —dijo Malena—. Estuve intentando comunicarme con vos desde que cortamos anteayer.

—Me fue muy bien en la charla —informó Borgovo, sin saber qué decir.

—Me alegro —replicó Malena—. Creo que deberíamos hablar. ¿Cuándo volvés?

—Supongo que salgo hoy a la noche. En ese caso, llegaría a Buenos Aires mañana al mediodía.

—¿Me llamás cuando llegues? —pidió Malena.

—Dalo por hecho —confirmó Borgovo, sorprendido por su propia expresión.

“Dalo por hecho”, se repitió, frente al espejo, burlándose de sí mismo. Todavía no  le habían informado a qué hora salía su micro de regreso. Pero esas eran sus últimas horas de gloria. Malena lo esperaba para decirle en la cara que se acostaba con otro. Buenos Aires lo esperaba para recordarle que era un fracaso. Nada ni nadie más lo esperaba. “Acabemos con la farsa”, se dijo en silencio. “Finita la comedia”, pronunció, intentando una imitación de Marcelo Mastroianni. “Pastacciuta es la premisa”, improvisó. Afortunadamente para su dignidad, sonó el teléfono de la habitación. “Es Malena”, pensó Borgovo, “quedó el teléfono del hotel marcado en su celular. Llama para decirme que no puede esperar: me tiene que contar ya mismo con quién se acuesta y por qué. Me lo tengo merecido: ¿por qué llamo a alguien que me dice por teléfono que ya no me quiere? Me lo advirtió”.

Pero era el conserje, para avisarle que lo aguardaban en el hall. Bajó pensando en si lo despacharían de inmediato o le ofrecerían primero un almuerzo. No sería mala cosa atiborrarse de carne ovina, vino patagónico y viajar borracho como una cuba, durmiendo como un eremita. Pero lo aguardaban, con cara de pocos amigos, el sesentón que lo había acompañado a cenar y un cincuentón al que creía haber visto en algún lado, seguramente durante la conferencia.

El cincuentón le extendió la mano y Borgovo se la estrechó.

Era fría como la de un vampiro.

—Su conferencia fue extraordinaria —comentó el cincuentón.

Chapeau —acotó el sesentón, llevándose una mano a la cabeza.

—Perdone, no me presenté —siguió el cincuentón—. Mi nombre es Antonio Careles y soy el intendente de Las Nieves. El señor es Benicio Lapacho, mi asistente en temas culturales.

Borgovo comprendió que la cara de pocos amigos obedecía a la timidez, no a un percance desafortunado.

—Le decíamos —siguió el intendente— que su conferencia de ayer fue magistral. Algunas personas lloraron, otras se rieron. A todas les interesó. Mucha gente, de Las Nieves y de pueblos vecinos, nos preguntó si usted regresaría. Y con Benicio pensamos: “¿Para qué preguntar si regresa, si todavía no se fue?”. La cuestión es que deseamos imprimirle a Las Nieves una dirección cultural. El turismo es una bendición, pero achancha. Coteje que la mayoría de nosotros somos descendientes de inmigrantes daneses, grandes lectores, que huyeron buscando precisamente libertad de expresión, elegir sus propios libros. ¿Le parece que debemos abandonar esa herencia? Tenemos que ser algo más que casas de té. No le podemos hacer grandes ofertas. El pueblo es chico. Pero, por supuesto, le pagaríamos un sueldo mensual. Podría utilizar esta misma habitación de hotel, si le apetece, hasta que le encontremos un lugar mejor…

—Pero este lugar es inmejorable —se le escapó a Borgovo.

—Me refiero a algo más privado —explicó el intendente—. Nuestro proyecto con usted sería de seis meses a un año… y le aseguro que pasarse ese tiempo en un hotel, por confortable que sea, puede llegar a ser cansador.

“Será porque no conocés el sucucho en el que paso mis días”, pensó Borgovo.

—Las comidas y los viáticos, incluyendo viajes mensuales a Buenos Aires, correrían por nuestra cuenta —cerró el intendente. Le extendió un sobre cerrado y agregó—: En este sobre está nuestra oferta salarial, piénselo tranquilo y me contesta por sí o por no. O lo que usted quiera contestarme. ¿Pasamos a buscarlo a la noche, le parece? Siempre y cuando no prefiera marcharse ya mismo. En ese caso, no tiene más que decírmelo y le reservamos un lugar en el primer micro.

—No. No. No hace falta —aclaró Borgovo—. Perfectamente lo puedo pensar hasta hoy a la noche. Pero, desde ya, muchas gracias. Me siento muy honrado.

Borgovo guardó el sobre en el bolsillo trasero de su pantalón de gimnasia —el que usaba para moverse por la mañana, de entrecasa— y se despidió de ambos. El sesentón agitó la cabeza, su único gesto, aparte de haber dicho: “Chapeau”.

“Todas esas expresiones del teatro”, pensó Borgovo, “Chapeau, Merd… Una peor que otra”.

Abrió el sobre en la intimidad de su habitación. La oferta era irrechazable. Malena, Buenos Aires, el resto del mundo, deberían aguardarlo entre seis meses y un año. Se miró al espejo y gritó de alegría. Pero de inmediato se recordó: “No me explicó cuál sería exactamente mi trabajo”. En Capital, una situación de esa naturaleza, contar con una oferta pero no saber para qué, lo hubiera descuajeringado de ansiedad. Pero en Las Nieves, acompañado de aquel silencio amable, en el hotel, bien comido y bebido, halagado, casi no lo preocupaba. Ya le aclararían. En el peor de los casos, si el trabajo era cargar bolsas en el puerto lacustre, podía decir que no. Todavía no había aceptado.

Leyó sumergiéndose en la lectura y almorzó despreocupadamente. Miró películas en la televisión por cable y durmió sin esfuerzo.

Cuando pasaron a buscarlo por la noche —el sesentón, la bibliotecaria anciana, el intendente—, Borgovo procuró disimular su aceptación inmediata para que no lo tomaran por un desesperado.

En la cena, después de dos copas de vino, comenzó:

—Respecto de la propuesta laboral…

—Imagino que no me pedirá aumento antes de empezar —se mofó el intendente.

Benicio y la anciana le festejaron el chiste.

—No, no —se atajó Borgovo, a medias entre entender que era un chiste y la inercia de ser diplomático—. Quería decirle que acepto. Ni se me ocurrió regatear. Sólo sugerir que acordemos este mutuo compromiso por tres meses. Después nos fijamos si está saliendo bien. No porque yo vaya a pedir aumento, ni más de lo que me ofrecen, sino porque tal vez aparezca alguna urgencia en Buenos Aires, o ustedes descubran que soy un fraude.

Ahora fue el intendente quien se rió; la anciana y Benicio lo secundaron.

—Sabíamos desde antes de cenar que ya había aceptado —comentó el intendente.

—¿Cómo? —preguntó Borgovo, recibiendo de manos del mozo su trucha a la crema de almendras.

—No llamó para pedir el pasaje —explicó la anciana.

Borgovo asintió.

Cuando ya no le quedaban más alcaparras en el plato, Borgovo comentó:

—Por último, pero no menos importante: ¿en qué consistiría mi trabajo?

Todos se rieron porque, aunque no era un chiste, la pregunta resultaba absurdamente extemporánea.

—Bueno —dijo el intendente, risueño—, en algún momento tenía que aparecer el tema…

Y estallaron de nuevo en risas. El intendente le cedió el turno a Benicio, que habló como un funcionario atildado:

—Se trataría de brindar al menos una conferencia semanal. También podemos entenderlo como taller literario. Pero no es obligatorio. Una ponencia sobre algún escritor, sea argentino o de otro país. Apreciaríamos también que se tratara de algún danés. Incluso Andersen...

El traje del emperador es uno de mis cuentos favoritos —interrumpió Borgovo.

Benicio asintió con una sonrisa, y continuó:

—Nos gustaría que cada tanto publicara algo en el periódico local, y también en el regional, que se le pagaría aparte. Si algún habitante de Las Nieves escribe, seriamente, me refiero, también nos interesaría pagarle un extra para que usted revise su trabajo. El básico serían las conferencias semanales, pero a lo que aspiramos es a un acompañamiento completo de las actividades culturales más relevantes de Las Nieves, hasta donde no se sienta abrumado.

—Nada de lo que me ha dicho me abruma —replicó gentilmente Borgovo, aunque la sola idea de “revisar” un libro en sentido docente le cortaba el apetito.

Antes de los postres, la anciana y Benicio se retiraron, entrelazados por el brazo. Si eran una pareja, calificaban como extraña.

—Se hacen mutua compañía —aclaró el intendente—. Belinda tiene por lo menos setenta años. Benicio roza los sesenta, aunque parece un poco más. Ella enviudó hace como diez años. Él nunca tuvo pareja estable…

Ahí detuvo el intendente su entrada de la enciclopedia dedicada a las parejas extrañas de Las Nieves; pero retomó:

—Y algo de eso le quería hablar… Por supuesto, cualquier pareja, la persona que usted quiera que lo acompañe, será bienvenida. En el hotel, en su futuro hogar, incluyendo las comidas y sus mismos beneficios; como cualquier cónyuge. Ahora bien, si usted permanece en Las Nieves solo, tengo que advertirle que no hay muchas mujeres de su edad disponibles. No hay muchas mujeres disponibles, en rigor. Hay un sitio, detrás de las montañas, donde los hombres solucionan sus asuntos. Es un lugar impecable, y con todo lo que un hombre puede necesitar. Pero me siento obligado a decirle…

El intendente tomó otro poco de vino para poder seguir.

—…que en un pueblo chico como el nuestro, las historias de amor fuera del matrimonio terminan mal. Desastrosamente, para ser más precisos. No quiero que usted acepte este compromiso sin estar advertido al respecto. Yo soy casado, tengo dos hijos, ya grandes, que viven en la Capital. Gracias a Dios, nunca he sufrido ningún problema sentimental. Mi esposa sabe perfectamente que cada tanto visito el sitio más allá de las montañas. No tengo por qué aclarárselo. Lo que ella no quiere o no puede, allá lo tengo. Punto. Ella no necesita más que mi presencia. Pero somos pocos los que podemos afirmar algo así. Casi le diría que los pocos que quedamos vivimos en Las Nieves. Si usted piensa que puede arreglárselas sin… por decirlo de algún modo… alterar el ecosistema, firme con ganas. Pero si abriga dudas, lo que le estoy ofreciendo no vale nada.

Borgovo lo miró fijo, admirado de la sinceridad del intendente.

—Es impecable su razonamiento —respondió Borgovo, ayudado por el vino—. Y necesario. Reduzcamos el plazo de tres meses a una semana. En una semana le respondo si me quedo los seis meses. En caso de que me retire, me pagan por conferencia, o encuentro, o lo que ustedes quieran que haga. ¿Qué le parece?

El intendente, como en el primer encuentro en el hall, le extendió la mano. El mozo les preguntó si querían una copita de licor artesanal.


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