Cuidado que hay trampa

Ana María Shua

Fragmento

Sobre trampas y tramposos

En el mundo han existido desde siempre los especialistas en engañar a los demás. No hay un solo pueblo en el que no se cuenten historias de trampas y mentiras.

El engaño suele ser una forma de supervivencia de los más débiles. En los cuentos, el león o el tigre, que tienen todo el poder y la fuerza, nunca necesitan engañar a nadie. Los tramposos suelen ser el zorro, la liebre o la tortuga. Si los personajes son humanos, nunca vamos a encontrar a un rey o un alcalde o un hombre rico dando muestras de ingenio: los que consiguen hacer caer en sus trampas a los poderosos son personas que están bajo sus órdenes. Y que, muchas veces, usan sus trucos como forma de desenmascarar la injusticia y desafiar al poder. (Atención: estamos hablando de los cuentos, que son una especie de desquite imaginario para quien los inventó. En la realidad, los poderosos también engañan con éxito.)

Por supuesto, aun en los cuentos, la mentira y el engaño no siempre se usan para el bien. Algunos de los pícaros que viajan de aquí para allá por todos los cuentos del mundo usan su inteligencia para vivir a costa de pobres inocentes, o para divertirse haciendo bromas crueles a gente indefensa.

Así como las artes marciales orientales buscan utilizar la propia fuerza del contrincante para derribarlo, buena parte de los trucos destinados a estafar al prójimo consisten en aprovecharse de sus malas intenciones para apoderarse de su dinero. La codicia, el orgullo, la vanidad, son algunos de los pecados que nos hacen caer en estas trampas de ingenio.

También hoy los estafadores siguen ocupándose de su negocio y aprovechan, por supuesto, las nuevas tecnologías para nuevos engaños. Ya hay un montón de trucos y trampas que usan Internet y el correo electrónico. El mundo cambia mucho... ¡pero la gente no!

Nasrudim y el forzudo

Cuento del Cercano Oriente

En la aldea donde vivía Nasrudim había un hombre que se jactaba de ser el más fuerte entre los fuertes. Siempre estaba molestando a sus vecinos y nadie se atrevía con él.

–¿Es cierto que tienes tanta fuerza? –le preguntó un día el sabio Nasrudim Avanti.

–Puedo levantar una piedra de doscientos kilos –dijo el forzudo– ¡y arrojarla por encima de la pared de tu patio!

–Muy bien. Entonces, te desafío. Mañana veremos quién puede más.

El forzudo se fue riéndose. Nasrudim era un hombre mayor, con un vientre abultado, que nunca se había destacado por sus condiciones físicas. Jamás podría ganarle.

Al día siguiente, Nasrudim había invitado a varios vecinos para que presenciaran la prueba.

–La prueba consiste en arrojar algo al otro lado de la pared de mi patio.

–¡Puedo levantar y tirar por el aire el más pesado de tus arcones lleno de piedras! –rió, desdeñosamente, el forzudo.

–No te preocupes, te voy a dar algo mucho más liviano. Lo que quiero que tires al otro lado de la pared es este pañuelito –dijo Nasrudim.

Y le entregó un livianísimo pañuelo de gasa. El grandote arrojó el pañuelo con todas sus fuerzas. Pero no logró hacerlo pasar al otro lado de la pared. Tal como hubiera sucedido con una pluma, o con una hoja de papel, el pañuelo se sostuvo un momento en el aire y después bajó planeando suavemente en el patio de Nasrudim.

–Ahora te voy a demostrar lo que puedo hacer yo –dijo Afanti–. No sólo puedo tirar el pañuelo fuera del muro: lo haré con una piedra al mismo tiempo.

Envolvió una piedrita en el pañuelo y lo tiró sin ninguna dificultad por encima de la pared. Había ganado la apuesta y desde entonces el forzudo, convertido

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