Puerta de Hierro

Fragmento

PRÓLOGO

Se cumplen setenta años de un acontecimiento que marcó la vida de millones de argentinos: el 17 de octubre de 1945, nacimiento de un movimiento que meses más tarde llevaría al coronel Juan Domingo Perón a la Presidencia de la Nación, tras las elecciones del 24 de febrero de 1946. Luego, en cada festividad, “El 17” sería el Día de la Lealtad, y al día siguiente no se laburaba porque era “San Perón”.

Para muchos, los acontecimientos de esa jornada representaron “el subsuelo de la Patria sublevado”, como lo denominó Raúl Scalabrini Ortiz. Poéticamente era una forma de decir que esos miles de argentinos que llegaron a la Capital Federal desde el interior y los suburbios —y se adueñaron de la Plaza de Mayo esperando que Perón apareciera y les hablara— “eran los hombres que están solos y esperan” e “iniciaban sus tareas de reivindicación”, porque “el espíritu de la tierra estaba presente como nunca creí verlo”.

Para otros, en las horas del miércoles 17 de octubre se observó el “aluvión zoológico”1 que invadió lugares infrecuentes, y hasta hubo quienes cometieron la insolencia de refrescarse los pies en las fuentes de la histórica plaza para mitigar la larga caminata. Así me lo recuerda cuando puede mi amigo el “Gallego” Héctor Alonso, en ese momento un niño que fue llevado por su padre a “rescatar” a Perón.

Perón había sido detenido el 12 de octubre, tras ser despojado de todos sus cargos, debido a fuertes presiones militares, especialmente de la importante guarnición Campo de Mayo que comandaba el general Eduardo Ávalos. Fue conducido a la isla Martín García, la misma en la que había estado el presidente Hipólito Yrigoyen (1930) y en la que sería confinado años más tarde Arturo Frondizi (1962). Inmediatamente la Argentina se paralizó, en medio de los debates internos de las fuerzas militares y de la oposición. Unos exigían que el gobierno fuera presidido por la Corte Suprema de Justicia. Otros pedían un gobierno integrado por figuras “relevantes” que condujeran al país a un proceso electoral. Mientras, una gran mayoría observaba en silencio.

El 17 a la madrugada, como resultado de una argucia, Perón fue removido de la prisión e internado en el Hospital Militar Central mientras las primeras columnas obreras se dirigían a la Plaza de Mayo en medio de una huelga general. La Argentina no tenía gobierno.

Sin mayor discusión, el 17 representó la despedida de “algo” que ya parecía no tener cabida; un tiempo nuevo nacía en ese momento. Sin embargo, como observaría Bonifacio del Carril muchos años más tarde: “Los políticos opositores no comprendían nada lo que estaba pasando”.2

El pasado estaba contenido en el listado de nombres ilustres que Juan Álvarez, el Procurador General de la Nación, llevó a la Casa de Gobierno para integrar un gabinete ministerial. Una salida de emergencia para horas de alta complejidad. Entre otros, allí figuraban Jorge Figueroa Alcorta (Justicia e Instrucción Pública), Isidoro Ruiz Moreno (Relaciones Exteriores), mi tío abuelo Alberto Hueyo (Hacienda), Tomás Amadeo (Agricultura) y el propio Álvarez, que se anotó para la cartera de Interior. La idea, sugerida por el dirigente radical Amadeo Sabattini, y concretada por Álvarez, llegó alrededor de las 20.30 cuando ya la plaza había sido ocupada y los gritos de reclamo por el “coronel” dificultaban las conversaciones en el interior de la Casa Rosada. El listado apenas fue observado porque los acontecimientos habían superado todas las alquimias políticas. Cerca de la medianoche, Perón salió al balcón de la Casa de Gobierno para hablar con la gente. Con sus palabras se despedía de la vida militar y anunciaba que se presentaría como candidato a las elecciones presidenciales del año siguiente. La primera luz roja la prendió la Embajada de los Estados Unidos cuando, con la firma de su Encargado de Negocios, John Moors Cabot, hizo saber a Washington, el 18 de octubre, que “a menos que la oposición reaccione rápidamente, el apoyo popular a Perón crecerá como una bola de nieve permitiéndole competir electoralmente, como candidato del pueblo, con mejores posibilidades de las que se le asignaban hasta ahora”.

Como observé, los candidatos a ministros pertenecían ya a otro tiempo. Para muchos de los que se iban no era un secreto que con Perón llegaban momentos de penurias personales. Sin embargo, entre los hombres del listado que llevó Álvarez al caer la noche del 17 de octubre y otros hombres afines que habían tratado reservadamente con el coronel unos meses antes, había vasos comunicantes. No existían secretos sobre lo que vendría.

La noche del 12 de diciembre de 1944, cuando faltaban cuatro días para que la Alemania nazi desatara la desesperada ofensiva de las Ardenas, cuyo fracaso produjo el derrumbe de su frente occidental y la apertura de la ruta a Berlín, Juan Domingo Perón participó de una cena con miembros del ancien régime que deseaban escuchar y confrontar sus ideas. Era la figura central del gobierno de facto que presidía el general Edelmiro Julián Farrell e intentaba aquietar pasiones y sumar materia gris a su proyecto personal. Ese día Perón tenía cuarenta y nueve años y desempeñaba tres cargos: vicepresidente, ministro de Trabajo y secretario de Trabajo.

El encuentro se realizó en la casa del empresario Mauro Herlitzka (ligado con la compañía eléctrica Chade) y contó con la asistencia de José María Cantilo (ministro de Relaciones Exteriores de Roberto M. Ortiz y embajador en Roma y Montevideo), Santiago Bacqué (abogado de empresas), Alfredo Hirsch (directivo principal de la empresa Bunge y Born), Manuel Ordóñez (abogado de La Prensa, profesor universitario y fundador de la Democracia Cristiana), Augusto Rodríguez Larreta (ex periodista de La Nación, abogado y profesor universitario) y Rodolfo Moltedo (abogado y hacendado). El coronel Perón llegó acompañado de José Figuerola, un español, ex miembro del gobierno de Miguel Primo de Rivera, que llegaría a convertirse en 1946 en el Secretario Técnico de la Presidencia de la Nación.

En la oportunidad, Perón intentó complacer a los comensales afirmando que el gobierno en el que se desempeñaba había frenado la acción subversiva del comunismo en el gremialismo. Al dueño de casa le aconsejó: “La situación era grave. Por eso les digo a quienes se quejan de algunas medidas del Gobierno, que les resultan onerosas, que es mejor resignarse a entregar una parte de lo que se tiene, que no perderlo todo”. En otro momento el doctor Ordóñez le dijo que los obreros podían darse vuelta y caer en brazos del comunismo, ante lo que Perón se exaltó: “Esas son dialécticas... ¡Pura dialéctica! Está perfectamente probado que cuando a los obreros se les da lo que piden se ponen a favor del gobierno; se hacen conservadores. Yo estoy muy tranquilo sobre el porvenir de nuestros sindicatos. Nosotros velaremos por ellos”.

“En cuanto a mi posición política personal —afirmó Perón, mirando a Rodríguez Larreta—, no ha de ser mala porque me combaten los comunistas y los nacionalistas. Debo estar en un buen término. No soy ni nazi, ni fascista, ni comunista”.

Rodríguez Larreta: “Lo que le falta es ser demócrata, y estaríamos todos de acuerdo”.

Perón: “¿Ser demócrata? ¿Pero entonces usted no lee los diarios?”.

Rodríguez Larreta: “Lo que usted quiere preguntar es si yo leo sus discursos, que constituyen la única expresión libre contenida en los diarios. Sí, coronel, los leo. Pero en ninguno he visto una verdadera profesión de fe democrática”.

El resultado de la reunión fue un fiasco. Lo expresó Moltedo sin medias tintas: “Hemos llegado a esta reunión con gran preocupación y con una esperanza. Veníamos preocupados por la suerte de nuestro país, que se presenta tan sombría. Traíamos la esperanza de que el señor coronel acogiera la expresión de nuestro anhelo, compartido por la inmensa mayoría de los argentinos, de un pronto retorno a la normalidad constitucional. Nos vamos con la misma preocupación que traíamos, con una profunda angustia y ya sin esperanzas”.3

Junto con la partida de los veteranos, el nuevo proceso político y social sumió en la neblina a los miembros de la otra generación, una “joven guardia” que se preparaba para ejercer la función pública. Salvo excepciones, muchos se refugiaron en cuarteles de invierno, sus asuntos personales, el exilio, el temor y su aliado: el silencio. Mi padre, un dirigente del Partido Demócrata, fue una de las excepciones y eso le costó muy caro. La cárcel y las flaquezas económicas propias de un opositor a un gobierno que envolvía todas las actividades del país.

Este libro no comprende la historia de las presidencias de Juan Domingo Perón, pero Perón es su principal figura. Trata sus años de exilio. En gran medida ya relaté esos años en mis libros Volver a matar (1971-1973), La trama de Madrid (19

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