Alos nueve años vi llorar a mi padre por primera vez. Era mi modelo, casi un dios. Jamás se había quebrado delante de mí. Exhibía musculatura en los brazos y cargaba sobre su espalda roperos, mesas y sofás de la mueblería. Superaba en fortaleza a los dos empleados que lo asistían. Parecía Sansón, aunque petiso, semicalvo y cariñoso, de grandes y melancólicos ojos negros, que escuchaba con respeto a quienes consideraba más informados (como su cuñado León) y solía despertar sonrisas durante paseos y comidas con inesperadas ocurrencias. Pero nunca había llorado.
Yo jugaba en el patio central de nuestra casa en Cruz del Eje, bajo la sombra del algarrobo sostenido por un tronco azabache de un metro y medio de diámetro; su densa copa cubría todos los techos, desde la mueblería hasta el último rincón de la lejana cocina. Papá cruzó con apuro, casi a la carrera, seguido por mamá. Se encerraron en el dormitorio, único ambiente blindado de la casa. Me acerqué a la puerta para escuchar qué decían. No polemizaban, no gritaban. Susurraban, desmadejaban un secreto. Al rato emergió papá con los ojos irritados. Hipaba, se frotaba las sienes, giraba la cabeza en busca de alguna salida. Avergonzado, me dio la espalda y corrió hacia el fondo del patio, donde había tres higueras y un gallinero. Se puso a derramar maíz sobre las cabezas de las aves mientras su mano izquierda estrujaba un pañuelo.
—¿Qué te pasa?
Evitó mirarme.
—Ya lo sabrás.
—Cuándo. Decime.
—Ya lo sabrás.
Me enteré más tarde. Le había llegado una carta en la que se describía el destino de su padre, Herman, y sus dos hermanas. Los nazis habían invadido el poblado de Iedente, en Besarabia (actual Moldavia), y arrancaron de sus viviendas a todos los judíos. Después los empujaron con insultos, golpes de culatas y ladridos de perros hacia la calle. Apenas les habían dado tiempo para proveerse de una precaria maleta o armar un bulto con ropa y comida. Debían formar en el barro y trepar a los camiones que ya tenían los motores encendidos. Los amontonaban como ganado para llevarlos a la cercana estación ferroviaria, donde esperaban otros esbirros que los hacían subir a trenes cuyo destino final eran los campos de la muerte.
Mi abuelo Herman —al que nunca vi, ni siquiera en foto— había sido creyente y cumplía las prescripciones religiosas. Estaba en la fila de los inminentes mártires, con los pies hundidos en el lodo, frente a su casa. Advirtió que había olvidado el talit (manto ritual). Pidió que le permitiesen regresar a buscarlo. Un soldado le dijo que no. Volvió a implorar. Sus hijas, aterrorizadas por la peligrosa insistencia, le aconsejaron resignarse, ya conseguiría otro. Pero Herman se sentía desamparado sin su talit. Aprovechó una distracción de los militares para correr a buscarlo. Una ráfaga de balas lo derrumbó antes de alcanzar la puerta. Salpicado de sangre, rodó hasta quedar boca abajo en el fondo de la zanja encharcada. Sus dos hijas profirieron aullidos e intentaron auxiliarlo, pero las puntas de los fusiles las mantuvieron a raya. Herman fue seguramente devorado más tarde por los hambrientos animales que merodeaban la zona. Y las dos hermanas de papá se convirtieron en el humo que producía la eficaz industria genocida.
¿Dónde estaba el Dios del que me hablaba? Más adelante leí retorcidas teorías sobre el eclipse de Dios o su transitoria ausencia. Por momentos esas racionalizaciones me complacían. O tranquilizaban. O más bien generaban una curiosidad implacable, junto a un miedo peor: que Dios no existiese. Comencé a formular preguntas agresivas a papá. Entonces, con sus temblorosas respuestas, me hizo brotar dos pimpollos: la teología y el sionismo.
En esos días avanzaba la contraofensiva soviética que se había iniciado en la Stalingrado heroica, mientras lejos, en Normandía, se desarrollaba el desembarco del Día D. Pero los nazis no aflojaban, su alienación era imbatible. Dios, si de veras existía, no ayudaba. Tío León visitaba a menudo nuestra casa con el deseo de comentar los sucesos mundiales. Llegaba en sulky y bajaba con el ejemplar de Crítica bajo el brazo, diario que dirigía el aguerrido Natalio Botana, abiertamente enfrentado al fascismo nacional e internacional.
Cada vez que aparecía el suplemento de historietas me lo regalaba con una sonrisa cómplice. Yo gozaba con los animados dibujos, que pronto empecé a reproducir con tanto fervor que hasta los hacía sobre el fino polvo que se acumulaba sobre los muebles del negocio. Con ese grosero método —muy obsesivo— aprendí a dibujar. Llegué a ganar tanta destreza que no dejaba superficie en blanco, sea en los márgenes de los diarios o cualquier papel inservible que para mis fines brindaba utilidad. Mi madre protestaba ante esa fiebre por llenar con rayas y curvas todos los espacios, como un barroco “ensuciador” compulsivo.
Cursaba quinto grado y se realizó un concurso de dibujos y pinturas en la escuela. Mi cartulina fue seleccionada para la “gran” exposición que se abrió en la Biblioteca Popular Jorge Newbery. Había pintado un amanecer fantasioso, con el gallo madrugador en el centro y un cielo cubierto de sangre, tanta, que parecía derramarse por fuera del marco. Las interpretaciones que se formularon —y escuché perplejo— eran fascinantes, pero ninguna armonizaba con la mía. El amanecer era simple ilusión. Lo central era la sangre de mis familiares asesinados en Europa. O la sangre que Dios podía ver, sin hacer lo que debía.
En la escuela tuve dos compañeros mellizos de diferente estatura y carácter, los hermanos Carrizo, que coloreaban sus cuadernos con insuperable habilidad. Los observaba durante largo rato, seducido por la contrastante garúa de su magia. Superponían colores y obtenían asombrosos matices intermedios. Entonces los empecé a imitar. Pero después de un año abandoné el color. Preferí descansar de estudios y lecturas con exigentes dibujos en blanco y negro.
Cuando se conmemoró el centenario de la muerte de San Martín dibujé al prócer de frente y medio perfil con tanta frecuencia, que asombré a mis amigos haciéndolo con los ojos vendados. No le faltaban el rulo en la frente, ni las largas patillas, ni la nariz vigorosa, ni una sonrisa suave de los labios, ni el alto cuello de su uniforme. Pronto extendí la galería de mis retratos a figuras descollantes de la historia, desde Sócrates, Pericles y Julio César, pasando luego por Maimónides y llegando a los grandes músicos y escritores del romanticismo. En esa etapa había desarrollado la técnica de la goma de borrar: agrisaba toda la hoja con lápiz y uniformaba el nublado con algodón. Afilaba la punta de la goma, como si fuera un punzón, y aclaraba las superficies sobresalientes del rostro hasta hacerlos brotar del papel. Me ilusionaba con estar utilizando la técnica de los grandes escultores renacentistas que extraían el mármol sobrante para que naciera la noble figura contenida en su interior. No sabía que algo parecido —más extremo— había inventado Rembrandt quien, del lienzo negro, lograba que nacieran sus creaciones.
Las artes plásticas eran una pasión que me sacudía con brío, mucho brío, pero que abandoné. No les di la oportunidad de convertirse en algo parecido a una profesión.
Profesión en serio, por el contrario, fue la música.
Diría que mi primera profesión. Comenzó de forma curiosa. Tenía diez años cuando me frenó un retrato de Richard Wagner en el pasillo de ingreso al conservatorio que había en la diminuta Cruz del Eje, en el noroeste de la provincia de Córdoba. Wagner exhibía su vanidoso perfil, con boina y patillas que se propagaban como el césped bajo la desafiante mandíbula. Pasaron años hasta que escuché algo importante sobre ese compositor y, también, que le picaba la urticaria antisemita.
El conservatorio era elemental, con dos pianos verticales, uno para ser golpeado por los principiantes y el otro para uso de los alumnos avanzados. Hacia ese conservatorio me llevó mamá, vencida por la insistencia de mi demanda. Nunca supe por qué esa institución, provista de una sola docente, eligió el nombre de Wagner. Sí me enteré, tiempo después, de que el retrato había sido dibujado por ella, Dora de Hernández, propietaria de la casa, los pianos y encargada de enseñar. Sólo esto último no compartía con su marido, un elegante y donjuanesco funcionario de Correos. Daba clases individuales y tenía un oído tan fino que desde la cocina en el fondo del patio, a la que iba con frecuencia para cumplir con las tareas domésticas, gritaba el nombre de la nota correcta cuando pifiaba mi ejercicio. Esa corrección a distancia, semejante a un latigazo, no me gustaba. A los pocos meses de empezar avisé a mamá, lagrimeando, que prefería no seguir porque “la señora” era demasiado exigente. Mamá contestó: entonces es buena, es buena.
Los pianos estaban en habitaciones separadas, lo cual permitía dar clase a dos estudiantes por vez, uno incipiente y el otro adelantado. En el medio había una sala de espera donde me enamoré de dos chiquillas. Aún no tenía afirmados los gustos y por eso me erotizaron al mismo tiempo una morochita llamada Miriam y una rubia llamada Elsa. A los once años de edad ciertos hechos se afirman como rocas y por eso recuerdo con tanta claridad esos momentos. Las miraba fascinado, pero cuando alzaban sus ojos hacia los míos, me apuñalaba el temor de que hubieran descubierto mi hambre. Entonces me hundía, ruborizado, culpable, en el caprichoso dibujo de las baldosas. Pese a esa contradicción, me empeñaba en llegar temprano para encontrar a una u otra, aunque tuviese que esperar una eternidad. Mi timidez cruel impidió que soltase las palabras que hervían en mi cabeza, inspiradas en las aventuras de Tom Sawyer que había leído con embeleso y repasaba en la duermevela. Ni podía exclamar ¡hola! Esa maldita vergüenza me engrilló durante décadas. ¡Cuánto sufría! ¡Cuánta felicidad me retaceó! ¡Qué imbécil fui!
El padre de Elsa regentaba una panadería con hornos ciclópeos. A veces mamá compraba un cabrito entero en la carnicería de la otra esquina, donde revoloteaban las moscas. Lo adobaba con cebollas, tomates, aceitunas y otros ingredientes sobre una gran bandeja de acero que papá llevaba en sulky a esa gran panadería para ser horneado en el fuego más poderoso de la región. Yo abandonaba cualquier otra actividad para acompañarlo porque me urgía hallar a Elsa y esperaba descubrirla tras el mostrador, aunque sólo fuese para echarle una mirada.
Por fin tuve la oportunidad de hablar con ellas en el Día de la Música, que se celebra el 22 de noviembre en homenaje a la mártir santa Cecilia. Ya tenía catorce años y me sentía muy adulto. Esa tarde se había representado en la cancha de básquet del Club Independiente el primer y único ballet que compuse en mi vida y me permitió lamer el chocolate de una efímera celebridad. El ballet se titulaba La marcha del desierto, porque se refería a una caravana que recorre las arenas nordafricanas, es sorprendida por el simún (viento sahariano que describía con elocuencia Emilio Salgari en sus novelas), luego disfruta la alegría de un oasis idílico y, por último, reanuda su ondulante marcha hacia el horizonte. Constaba de cuatro partes, duraba unos veinte minutos y fue representado por veinticinco compañeros de mi colegio. A pesar de mi esfuerzo, no logro recordar cómo se generó en el aula tanto entusiasmo cuando brotó la idea. Se afanaron en conseguir ropas orientales, una precaria carroza para el sultán, trajes de odaliscas, plumas de colores vivos quitadas a un pavo real, turbantes, lanzas oxidadas y escudos de cartón. Incluso imitaron la marcha de jinetes con camellos. Mi rol, desde los ensayos, consistía en aporrear el piano del club.
Al instrumento se le había conectado un parlante. El público que rodeó la cancha fue bastante numeroso, con profesores, compañeros de otras divisiones y muchos padres. ¡Una multitud! Me figuraba lanzado a la galaxia de los grandes autores. Me comparaba con el joven Chopin, cuya vida acababa de disfrutar en la película Canción inolvidable protagonizada por Cornel Wilde. Recibí aplausos y vivas. Sentía haberme dilatado hasta conseguir las dimensiones de un titán.
Esa noche se celebraba en el conservatorio a santa Cecilia. Concurrieron alumnos, familiares, amigos y figuras respetadas del pueblo. Me felicitaron por el éxito del ballet. ¡Me felicitaron! Tu ballet, decían. Apabullado, pensé con acierto que nunca gozaría de una dicha más intensa.
Cerca merodeaban Elsa y Miriam, que no se acercaron. ¿Se sentían rechazadas por mí? ¡Qué castigo! Las miraba implorante y, cuando sus ojos se fijaban en los míos, yo disparaba como un rayo hacia el techo o la alfombra. Me manipulaba el demonio. Luego de circular unas bandejas con bocaditos y refrescos, el esposo de doña Dora puso en marcha el tocadiscos e invitó a bailar a una mujer joven, mucho más bella que su esposa. Me impresionó la firmeza con que le apretaba el talle, introducía sus piernas entre las de ella y la hacía girar voluptuosamente en tangos, valses y milongas. Mi fiebre puberal me ilusionaba con hacer lo mismo con Miriam o Elsa: apretarles el talle fino, introducir mi rodilla entre las suyas, impresionarlas con giros inesperados y perfectos, sostener su mano derecha con mi dominante izquierda. Pero era imposible: no sabía bailar y no podía hablar a una mujer que sospechase mi deseo. El triunfo ganado por la tarde se diluía en la impotencia de esa noche.
Decidido a suicidarme, di unos sigilosos pasos hacia Elsa y comenté con los ojos puestos en la pareja: ¡Qué bien bailan! Elsa sonrió. Pero yo la dejé de inmediato, antes de que se produjese la catástrofe de su respuesta. Me dirigí al rincón donde Miriam conversaba con otras chicas. Allí pronuncié la misma exclamación seguida de idéntica fuga. No pude hacer más y mi memoria, inclemente, ha borrado lo que sucedió después. Quizás me hicieron ejecutar la música de La marcha del desierto en el piano principal, quizás me volvieron a aplaudir. Pero esos minutos fueron cubiertos por el paño sepulcral de una irremediable frustración. Yo me había reducido a la nada. De la gloria mantenida enhiesta hasta la mitad de la celebración, había caído en un pozo lleno de serpientes. Tenía ganas de componer nocturnos trágicos.
En 1949 se conmemoró el centenario de la muerte de Frederic Chopin. Tanto me había impactado la película Canción inolvidable que rogué ayuda a mi profesora para aprender algunas de sus mejores piezas. Mis padres compraron en Córdoba un álbum con treinta y dos composiciones del polaco, álbum que aún conservo bajo el taburete de mi piano como un amigo de toda la vida. En la tapa sobresalen en relieve su perfil anguloso y la fecha de su muerte: 17 de octubre de 1849. Sus gruesas hojas contienen las partituras de baladas, valses, estudios, nocturnos, mazurkas y polonesas. El 17 de octubre ya se había convertido en fiesta nacional argentina porque cuatro años antes, en 1945, una multitud de trabajadores rescató a Perón de la cárcel y fue bautizado Día de la Lealtad. En todo el país era obligatorio el feriado y celebrar actos alusivos. Pero por la noche —le concedieron a mi profesora— podía efectuar un concierto en homenaje a Chopin. Explicó a cuatro de sus alumnos, yo entre ellos, en qué consistiría. No había salón de conciertos en Cruz del Eje y a nadie se le ocurría utilizar el único cine.
Sobre el frente de su casa (el conservatorio), entre la puerta y el ventanal de la habitación que cobijaba el mejor piano, colgaría un retrato enorme de Chopin que ella dibujaría a carbonilla, como hizo con el de Wagner. La propaladora, que por las tardes ensordecía las calles del pueblo con música popular tajeada por avisos comerciales, instalaría dos parlantes junto al retrato para trasmitir, amplificada, la música del concierto. Cada uno de los cuatro mejores alumnos ejecutaría una o dos piezas. Ella completaría la secuencia con el Estudio revolucionario y la Polonesa heroica. Comentó haber trasmitido esa iniciativa al cura párroco de la iglesia que estaba al otro lado de la plaza, quien no sólo la estimuló a concretar su proyecto, sino que prometió instalar sillas frente al templo. Esa noche iba a ser inolvidable.
Entre las obras que yo tocaría, doña Dora eligió una mazurca y la enérgica Polonesa militar. Al anochecer comenzaron a llenarse la vereda, la calle y la plaza. Desde la ventana pude comprobar que a cien metros, en la vereda de la iglesia, se había sentado el párroco en persona con su acampanada sotana negra, rodeado de feligreses. Nunca hubo conciertos en ese pueblo, menos uno callejero, popular —“y peronista”, completaba el marido de mi profesora, que ya se había afiliado al partido gobernante para asegurar su jerárquica posición en el Correo.
Por suerte pasó desapercibida una irregularidad. Nos visitaba mi primito Yayo, que vivía en Buenos Aires y tenía apenas seis años de edad. Era muy travieso y mis padres lo sujetaban con ambas manos. En un descuido se liberó, se desabrochó la bragueta y orinó exactamente bajo el gran retrato de Chopin. No hubo escándalo porque el silbido del pis agregaba valor orquestal.
Mis padres y tío León formaban una ronda de mate en el patio, bajo el dilatado algarrobo, o en la cocina. León había trabajado en las colonias pioneras que se formaron a principios de siglo en la Argentina, se casó con Berta, hermana mayor de mi madre, y tuvo dos hijos, mi queridos primos mayores Samuel e Isidoro. Pocos años después Isidoro se convertiría en mi guía ideológico. Para que pudieran cursar el colegio secundario, que por entonces no existía en Cruz del Eje, mi tía y primos se mudaron a la ciudad de Córdoba. A veces regresaban por unos días. Pero con más frecuencia León viajaba a la capital.
Mis padres no pasaron por las colonias. Papá había inmigrado a la Argentina para salvarse del servicio militar, donde eran inevitables los tormentos aplicados especialmente a los judíos. En Buenos Aires vivía su única pariente, hermana de mi abuelo Herman Aguinis, asesinado en Moldavia, como ya narré. Se había casado con un encuadernador, profesión que ahora se ha convertido en una senil extravagancia. No pudieron tener hijos y recibieron a mi joven futuro padre con regocijo. Pero sólo poseían un cuarto para todo uso en el barrio de Once, un hormiguero donde abundaban conventillos parecidos entre sí, compuestos por habitaciones húmedas que daban a un patio común o al corredor conectado con la gran cocina y el baño, también común, frente al cual eran incesantes las colas.
Tal vez sorprenda, pero a un conventillo semejante fui yo mismo a vivir en Buenos Aires al iniciar mi especialización en neurocirugía, décadas después.
Esa única tía de mi papá era ortodoxa. Cuando ella y su marido encuadernador hicieron una visita a Cruz del Eje, se alojaron en nuestra casa, como se estilaba entonces. En aquellos tiempos no importaba la falta de lugar: los espacios se fabricaban de cualquier modo, en cualquier parte. Se instalaban catres en los rincones o se tendían colchones en el piso. Aún recuerdo cómo mi mamá se sintió incomodada por las exigencias de esa tía, que no aflojaba con su obediencia a la kashrut. Había que separar la vajilla destinada a la carne de la destinada a los productos lácteos. No se podían comer pollos que no hubieran sido sacrificados mediante una completa eliminación de su sangre, y otras medidas por el estilo. Mis padres, en cambio, eran respetuosos de la religión, pero no ortodoxos.
Papá había llegado al puerto de Buenos Aires con una valija de madera y una cabellera abundante. La valija fue conservada como una alhaja durante décadas y desapareció en una reciente mudanza; la cabellera se le fue cayendo mucho antes. Trabajó en una fábrica de Dock Sud como cargador de bolsas. Su salario apenas le alcanzaba para pagarse el transporte y contribuir al alquiler de sus tíos, que le habían tendido un colchón en un ángulo del pequeño y cerúleo cuarto con olor a cola de pegar, donde apenas cabían un ropero y la mesa donde se efectuaban las encuadernaciones.
Después de unos años, papá se enteró de que en Córdoba vivía una familia de apellido Krutiansky, con la que se susurraba un lejano parentesco. Ahorró para viajar en tren y se presentó ante esa familia, previas cartas de anuncio. Ahí encontró tres hijas casaderas.
El aspecto y los modales de mi futuro padre impresionaron bien. La hermana mayor, Berta, se había casado con León Míndez y ya tenía dos niños. Continuaba Rebeca, muy inteligente y provista de una fuerte personalidad; hablaba y leía ruso, rumano e ídish, y tenía algo de entrenamiento en francés y latín. Quiso seguir estudiando al llegar a Córdoba, pero las carencias económicas la obligaron a emplearse en una tienda, donde asombró por su talento para las matemáticas. A mi padre le gustó enseguida, pero ella se resistió a iniciar un noviazgo. La siguiente hermana, Paulina, la más bella, había comenzado a relacionarse con David Malamud, un seductor imprentero que había publicado algunos poemas y bailaba con elegancia tangos, valses y milongas. La tradición consideraba una ofensa grave que se casara una hermana menor antes que la precedente. Paulina, por lo tanto, debía esperar el enlace de Rebeca. Pero Rebeca, mi futura madre, tardaba en superar sus dudas. Papá, más adelante, solía hacer bromas sobre las presiones que se ejercieron sobre ella para que aceptara al candidato llegado de Buenos Aires.
El menor de los seis hermanos era muy travieso y divertido: se llamaba Abraham. Hasta casi el final de su vida solía burlarse de mi papá y, con ilustrativo gesto, exclamaba: ¡José, te encajaron a Rebeca porque había que darle paso a Paulina! Es probable que Rebeca se haya decidido más por solidaridad con su hermana que por amor a José. Ella siempre se destacó por su febril disposición a ayudar, sean hermanos, cuñados o sobrinos; y esto le duró toda la vida, hasta llegar a una ancianidad que regalaba sostén y consejo sin límites.
Arreglado el matrimonio según los usos y costumbres de entonces —pero sin la dote que los padres de la novia solían brindar por tradición a los novios, porque no había dinero y faltaba casar a Paulina y Estela, la menor—, se fijó la fecha de la boda.
El tío que alojaba a mi padre en su cuarto multiuso del ghetto porteño en el barrio de Once se esmeró en fabricar un espléndido regalo con la colección en seis tomos del Idishe Zeitung, popular cotidiano en ídish donde publicaban las mejores plumas de aquel tiempo, incluso el futuro premio Nobel Isaac Bashevis Singer. Los encuadernó en tela roja y les grabó la cubierta y el lomo en letras doradas. Durante toda nuestra estancia en Cruz del Eje yo los miraba con cariño: formaban una guardia de honor encima de un ropero, luego viajaron a Córdoba y finalmente papá me los regaló cuando construí mi casa en Río Cuarto. La colección siguió intacta en un lugar privilegiado de mi biblioteca hasta que motivos de espacio me impulsaron a donar dos tercios de todos mis libros. Hice el ofrecimiento al gobierno de la ciudad de Buenos Aires. Cuatro expertos llegaron para determinar el valor de las obras. Con pocas excepciones, aceptaron la generosa donación, que incluía los seis tomos que había encuadernado el tío de papá y estaban aureolados por un incalculable valor histórico. Más adelante me arrepentí, obviamente. Había efectuado ese regalo a una biblioteca pública argentina que, desde hace tiempo —como casi todo lo estatal—, sufre decadencia: mejor la hubiera ofrecido a una institución privada. Tomé conciencia del error cuando necesité releer páginas de un libro que integraba mi legado y, en la Biblioteca Ricardo Güiraldes, donde prometieron mimar mi donación —a la que agregué el escritorio de patas labradas y el alto sillón de mi consultorio—, dijeron que había desaparecido. ¡Desaparecido! Una maldición que en la Argentina no se limita a los seres humanos, sino también a sus obras. Realmente notable.
Años antes, siendo aún soltero, mi padre dispuso trabajar horas extras para aumentar su asmático ingreso. Una noche estalló una de las sudestadas cuya potencia evoca los tsunamis. El río de la Plata levantaba olas monstruosas. Las puertas y ventanas que no estaban bien cerradas golpeaban contra las paredes y muchas se rompían. La entrada de la fábrica se cerraba con un alto portón de dos hojas, grandes como las de los castillos. Mi padre corrió a trabarlas. Antes de poder completar su trabajo, fue golpeado en la cara. Cayó sobre la ciénaga, ensangrentado. Se paró a duras penas y consiguió apalancar las criminales hojas de chapa y madera. Se limpió como pudo y, cuando se miró en el quebrado espejo que colgaba en el baño, se asustó. Acarició su nariz, parcialmente intacta, pero le brotaba sangre de las encías. Mordió un trapo para cohibir la hemorragia. Al día siguiente el dentista del hospital no titubeó en comunicarle la gravedad del accidente. Pronto tuvo fiebre y se le instaló una piorrea. El profesional fue sacándole los dientes con un mero empujón del dedo. Lo escuché contar este episodio cuando era adolescente y sentí dolor en mi propia boca. La desesperación de papá fue extrema y sólo empezó a mitigarse —lentamente— cuando le pusieron una dentadura postiza. En aquella época no existían los implantes y era casi universal el uso de dentaduras postizas a partir de los cincuenta años. Pero papá no había cumplido los treinta.
La boda se fijó para cuando estuviese recuperado de semejante desgracia. A mi mamá le aumentó la angustia por tener que casarse con alguien que empezó a gustarle, pero ya cargaba una minusvalía. Después mamá me dijo, con pudor, que de mi padre le habían atraído sus melancólicos ojos negros y, también, sus manos poderosas.
Los padres de papá se llamaban Herman (ya conté que murió en una zanja) y Matilde. Para el casamiento, el sitial de los ausentes fue ocupado por otras dos personas con los mismos nombres: el hermano de mi abuela materna, Sheindl, también se llamaba Herman y su esposa, también Matilde. Una feliz coincidencia que hizo tintinear supersticiones. El tío Herman era alto, elegante y rico (el gran Tío, un patriarca) y Matilde era medio loca, porque exhibía veleidades de improbables relaciones con la nobleza de vaya a saber dónde. El encargado de celebrar la ceremonia interpretó como signos auspiciosos que un Herman y una Matilde locales representaran al Herman y la Matilde que permanecían en Moldavia, a miles de kilómetros, aún estaban vivos y habían aceptado por carta esa representación para el casamiento de su hijo José. Pero los signos auspiciosos se quebraron a los pocos meses, porque falleció la Matilde de Moldavia. Para honrarla, descendió sobre mi cuerpecito recién nacido el nombre de ella. No me iban a llamar Matilde, por supuesto. Y se eligió Marcos entre varias opciones que empezaban con “ma”.
Pasado un largo tiempo celebré la elección, porque Marcos fue el primer evangelista (aunque figura segundo en el Nuevo Testamento) y organizó la comunidad copta de Egipto. Marcos en hebreo es Mordejai (Mardoqueo), lúcido tío que asesoró a la reina Esther, según narra el único libro de la Biblia que jamás menciona a Dios, pero describe una salvación espectacular. Ese nombre me vinculó precozmente con los laberintos de la teología, lucubré más adelante. Y la teología pudo haberse convertido en otra de mis profesiones.
Pero ahora, en voz baja, me pregunto: ¿no la sigo ejerciendo?
Papá y mi abuelo Pinjas vaciaron trece jarras de cerveza en Cruz del Eje al enterarse por telegrama de mi nacimiento en la ciudad de Córdoba el 13 de enero de 1935 a la madrugada, en casa de mi abuela Sheindl, a unos ciento veinte kilómetros de distancia. Trece jarras porque era trece de enero. La estruendosa cervecería funcionaba en la misma casa que mis padres alquilarían tiempo después. El número trece se consideraba de buena suerte en las tradiciones populares judías. Sin embargo, prevaleció la superstición general sobre su carácter maligno, porque trece sumaban Jesús y sus apóstoles, entre los que figuraba Judas. En edificios de los Estados Unidos se saltean el piso trece. Tras deliberaciones cabalísticas de bajo vuelo, decidieron anotarme el quince de enero y, a partir de entonces, todos mis documentos repiten esa mentira.
La partera que atendió a mamá en un dormitorio poco estéril era una ineficiente comadrona. Surgieron complicaciones en el parto y luego en mi salud, cosas de las que se prefirió no hablar. Parece que bordeé la muerte. Ahora suelo bromear sobre mi irrupción en el mundo, que quizás sucedió en un mal momento. Sobre el que tampoco se quiso hablar.
Lo cierto era que mis padres ya se habían instalado en una precaria habitación de Cruz del Eje y mamá había viajado a Córdoba sólo para el parto. En Cruz del Eje residían Berta y León, dueños de un almacén elemental. Mi abuelo materno, Pinjas (Piñe en ídish, Pedro en castellano), solía viajar a esa localidad como vendedor ambulante y había formado una clientela modesta. Se alojaba en casa de mis tíos Berta y León. Le comenzó a resultar pesado seguir con sus viajes y ofreció donar su clientela al nuevo yerno. Ese y otros gestos ratificaron a mi padre que en la nueva familia —no sólo en Rebeca— prevalecía la solidaridad. Era más visible la solidaridad familiar que la divina, le dije más adelante, cuando empecé a cuestionarle su religiosidad demasiado acrítica.
Pinjas le enseñó el uso de unas tarjetas en cuya parte superior figuraban el nombre y la dirección del cliente, luego se especificaba el producto vendido y más abajo seguían las fechas y el monto de cada pago mensual. Los deudores recibían a Pinjas con afecto y a menudo le ofrecían un mate amargo, espumoso y tibio. No les molestaba que apareciera con puntualidad para reclamar la deuda, sino que estaban agradecidos por haber recibido una buena mercadería y no tener que salir de su casa para abonar la cuenta. Prevalecía otra cultura en la Argentina, con una decencia que ahora parece cuento. Quienes trabajaban al estilo de mi abuelo se llamaban cuénteniks en ídish, un neologismo que derivaba de la palabra española “cuenta”. Vendían “a cuenta”, a plazos.
Más adelante mis padres tuvieron la osadía de alquilar un salón para establecer una reducida mueblería. Habían conversado con el rico tío Herman, en Córdoba, dueño de un gran establecimiento que aceptaba venderles a bajo precio los primeros muebles. Fue un gesto de confianza que mamá, con el enhiesto sentido de la gratitud que la caracterizaba, nunca dejó de apreciar. Cuando empezaron a recibir mercaderías de otros orígenes, a quien primero pagaban era al tío Herman.
Ambos trabajaban en ese modesto salón y me llevaban en brazos desde el estrecho cuarto donde dormían, porque no se animaban a gastar en el lujo de un cochecito. Para que estuviese cómodo usaron un cajón de frutas que acolcharon con trapos y frazadas. Más adelante, al estudiar religiones, asocié el pesebre de Jesús con la cuna que fabricaron mis padres. ¿No es una pincelada teológica? A Moisés también lo acomodaron en una cesta que no habrá sido mejor que mi cajón de frutas. Los chicos de familias pudientes son excluidos de esta fabulosa experiencia primitiva.
Cruz del Eje era muy calurosa. Papá solía insultarla con la frase “Cruz del Loj”, porque en ídish loj sig
