Los Oesterheld

Fragmento

LA CASA DE BECCAR
1971

1

Como todos los sábados, Pablo Fernández Long salió de su casa, prendió un cigarrillo negro y caminó hasta la esquina. Eran las diez y media de una noche de invierno de 1971 y hacía frío. Metió la mano que le quedaba libre en el bolsillo del gamulán, cruzó la calle, rozó con el hombro la ligustrina que crecía despareja y empujó un portón de madera que nunca tenía traba. Antes de avanzar, miró hacia una de las ventanas del segundo piso. Le gustaba comprobar cuánto se parecía a la del dibujo. Del otro lado, estaba la casa del Eternauta. El punto cero de su universo, el origen de sus coordenadas.

Tocó timbre y esperó.

La parte residencial del barrio de Beccar, al norte del Gran Buenos Aires, terminaba ahí, contra la estación del ferrocarril Mitre. Unas cuadras antes, los caserones de los alemanes llegados después de la Segunda Guerra Mundial se alternaban con las quintas de gerentes de empresas extranjeras. A medida que la geografía se alejaba hacia el río, las edificaciones se volvían fastuosas. La de los Bunge y Born, dueños de la corporación más poderosa del país, era un palacio. Pero en esa frontera junto a la vía, de chalets de ladrillo pintado, los hombres no eran millonarios, aunque sí propietarios. También eran profesionales de misa dominical, rutinas laborales ordenadas, indiscutido antiperonismo y cercos podados con esmero por un jardinero. Todos menos Héctor Oesterheld.

Pablo pensó en tocar timbre de nuevo, pero entró directamente. A veces llegaba en mitad de una partida de cartas y, entre los gritos, no lo escuchaban. Estela, la mayor de las Oesterheld, lo vio en la puerta y en lugar de darle un beso, lo recibió con una pregunta:

—Pablito, ¿leíste esto?

En la mano tenía un ejemplar de la revista Cristianismo y Revolución y lo que señalaba con el dedo era un artículo que llevaba por título “Los de Garín”, por el grupo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias que había tomado esa ciudad un año antes a modo de operación fundacional. Pablo intuyó que esa vez no habría partido de Jodete o competencia de Dígalo con mímica. Y que aquello que había empezado tímidamente entre Héctor y él, comenzaba a ampliarse. En ese living cada vez más poblado —además de las cuatro Oesterheld, siempre había amigos, compañeros de facultad, de teatro o enamorados secretos— el afuera empujaba para entrar.

El artículo de Carlos Olmedo, líder de las FAR, proclamaba que a pesar de su origen como brazo armado del Che en Bolivia, reconocían al peronismo como la única fuerza social capaz de conducir a la liberación: “Es, fundamentalmente, una experiencia de nuestro pueblo y lo que nosotros hacemos ahora es descubrir que siempre habíamos estado integrados a ella”, decía Olmedo.

—Y sí. La salida es el peronismo.

Comentó Héctor en un momento de silencio. Y lo repitió, como si escucharse fuera la conclusión de un proceso de convencimiento que había empezado años antes.

A Pablo se le vino una imagen a la cabeza. Muchas veces habían jugado a compararse con animales y a Héctor siempre lo asociaban con el rinoceronte. Por esa nariz ganchuda que tan poco le gustaba, por sus ojos juntos. Pero ahora parecía adoptar otro significado: el rinoceronte carga con una gran estructura vegetariana, algo lenta y parsimoniosa, que cuando empieza a tomar velocidad, arrasa con todo y no para. Héctor, de a poco, empezaba a tomar carrera.

Del otro lado de la sala, Elsa terminó de guardar la vajilla recién lavada y apagó la luz del comedor. Había cocinado carne al horno con batatas a la crema y, como todas las noches, la habían llenado de elogios. Le reconfortaba que su talento para la cocina se tradujera en uno de los momentos familiares más placenteros del día. Ver cómo las caras se iluminaban con el primer bocado. Pero ahora, parada ahí, casi en penumbras, esa sensación de bienestar se diluía. Le costaba unir la figura de su marido a la de la persona que hablaba de peronismo.

Para ella, en cambio, no era un descubrimiento ni una liturgia ajena sino el sonido, lejano, de una marca de clase. Había visto a las masas avanzar por las calles de su barrio un 17 de octubre de 1945. Había estado ahí, como una más, en la puerta del Hospital Militar de Belgrano, en donde decenas se sumaban a la columna que seguiría hasta Plaza de Mayo, y había vuelto a su casa para contarles a sus padres que los vecinos de ese barrio de inmigrantes, que los trabajadores de las caballerizas de la zona, estaban afuera, pidiendo por Perón.

2

Mi nombre es Elsa Sánchez de Oesterheld y soy la mujer de Héctor Germán Oesterheld, famoso en el mundo por haber escrito la historieta El Eternauta. En la época trágica de este país desaparecieron a mis cuatro hijas, mi marido, mis dos yernos, otro yerno que no conocí, y dos nietitos que estaban en la panza. Diez personas desaparecidas en mi familia. Pero prefiero recordar los años en los que fui feliz.

Cuando conocí a Héctor, yo tenía 17 y él 24. Estaba en el bar del club Arquitectura de Núñez con unas amigas y ni se me hubiera ocurrido fijarme en él porque no era muy guapo, la verdad, pero él se acercó y empezó a conversar conmigo. Le decían Sócrates porque sabía de todo, con una cultura general impresionante; a mí, que me apasionaba la literatura, la música, el teatro y había fantaseado con hacer danza clásica, eso me fascinaba. Y de a poco empecé a observar todo lo que leía, todo lo que hacía, era un tipo muy original, de una familia alemana que había sido muy paqueta; él nada que ver, eso no le interesaba, tenía amigos de cualquier lado, los del club, en donde jugaba muy bien al tenis, y los de la universidad. Y eso me encantaba porque era la oportunidad de hablar con gente con quien yo no había tenido posibilidad. Yo era de una familia muy modesta, de inmigrantes españoles. Fui a un colegio del Estado, en Nuñez, y después me mudé a las Cañitas, a lo de mis abuelos, porque a mi papá en el año 30 le fue muy mal. Tuve una hermana que falleció, Estela se llamaba, a los quince años. Supuestamente fue por una hepatitis B. Para mis padres fue terrible; ella era muy linda, muy inteligente y pacífica, igual que mi mamá; yo era tremenda como mi papá, inquieta. Tenía doce años cuando se murió, y hasta los 16 tuve una vida muy triste. Yo en realidad era tremendamente alegre, una persona que exteriorizaba todo, pero volvía a casa del colegio y era muy duro. En aquel entonces fue una tía mía la que le sugirió a mamá que me mandara a un club, para socializar. Ahí en ese club cambió mi vida.

Cuando nos pusimos de novios, en mi primer cumpleaños me regaló este anillito con un brillantito, es lo único que me queda de aquella época, lo tengo siempre puesto, aunque no soy amiga de las joyas y esas cosas, y nunca las tuve porque con Héctor jamás tuvimos plata, él nunca tenía nada. Al mes de comprometernos le publicaron ese cuento, en el año 43, que se llamaba “Truila y Miltar”. Sucedió que un compañero de él de la facultad, José Santos Gollán, le pedía siempre escritos para leer. Entonces Héctor le dio este cuento y su amigo se lo dio a su padre, que era editor del diario La Prensa. ¡Y se lo publicaron! En ese tiempo él estudiaba Geología, pero tenía la carrera medio abandonada, sólo iba al cine, leía, estaba con amigos, y tenía problemas en la relación con su papá, que era un hombre muy enérgico y veía que su hijo no agarraba ningún camino. Pero parece que el amor lo impulsó a estudiar: con ese tema estuvimos cuatro años de novios. Yo no llegué a terminar la escuela secundaria porque pasé a la escuela nacional de música con el profesorado de armonía y empecé a estudiar piano porque mi hermana era muy buena pianista. En realidad yo tenía pasión por la danza, pero sabía que en mi mundo no iba a funcionar como bailarina, estaba destinada a ser la chica esquema de aquella época, y el mundo en ese entonces era muy limitado para una chica, una chica debía reunir ciertas condiciones. El padre era macanudísimo, nos queríamos mucho, teníamos una relación muy particular. Cuando nos pusimos de novios, Héctor llevó una foto mía y se la dio a la madre y le dice a su marido ¡mirá Fernando, con lo que nos vino Tito! Porque en la casa le decían Tito, yo siempre le dije Héctor. Y cuando el padre vio la foto dijo, ah no, esta foto me la quedo yo, esa chica es para mí, y la puso en su mesa de luz. Ahí se dio algo muy simpático entre los dos porque yo era muy dada y me encantó el viejo, era medio criollazo; como había trabajado en el campo toda la vida, estaba todo el tiempo con gente campesina. Tenían campos en la provincia de Buenos Aires, no sé bien dónde… Héctor vivió un tiempo en el campo, de chico, cuando la familia tuvo problemas económicos. Y en Rosario. Ellos eran dos varones y tres mujeres. Después volvieron. Parece que el padre tenía cierta simpatía por los alemanes en la guerra, nada serio, y con Héctor chocaban, porque Héctor era todo lo contrario. Conmigo, en cambio, el viejo era divino, y se tranquilizó porque vio que el hijo empezaba a encaminarse.

En el 47 nos casamos y nos fuimos de luna de miel a las Cataratas, paramos en el Viejo Hotel Cataratas, una belleza, todo de madera, se podía escuchar el ruido del agua y Héctor estaba fascinado con los bichos. Nos casamos en una iglesia a una cuadra del Hospital Militar, en Belgrano, hicimos una fiesta en la confitería Ritz, era un sacrificio muy grande de los dos lados, él era agnóstico, pero la familia era terriblemente católica, yo no, pero sí creía en lo cristiano, en la figura de Cristo. Mis hijas estaban bautizadas y tomaron la comunión más por algo familiar, por los abuelos y porque en ese tiempo se estilaba.

Héctor estaba lleno de amigos y a la vez era un tipo muy para adentro, pero yo lo entendía, le decía que la Geología no le interesaba como carrera sino que le daba la posibilidad de estar en plena naturaleza solo, porque parecía muy dado pero en realidad era un hombre que siempre buscaba la soledad. Yo era muy vivaz, activa, extrovertida, me encantaba la vida, experimentar, y nos complementábamos muy bien. Héctor se recibió, terminó su carrera, pero le quedó pendiente la tesis porque ahí ya estaba decidido a seguir escribiendo. Él siempre había escrito para chicos chiquitos, era un hobby pero al mismo tiempo soñaba con ser escritor. Después, cuando nos casamos, dejó la carrera, dejó el laboratorio del Banco Industrial en el que trabajaba, y decidió dedicarse a escribir. Antes lo hacía, pero en el banco le impedían firmar con su nombre, por eso en las obras para chicos firmaba Sánchez Puyol, Sánchez por mí y Puyol por la madre. Cuando vio que lo reclamaban de las editoriales para chicos, lo hizo su profesión y ahí entró en editorial Abril, donde le pidieron que hiciera una revista que se llamó Gatito y para mí fue lo más lindo que se hizo en la Argentina para chicos, la dibujaba Cses, de origen húngaro. Y después le pidieron que escribiera historietas. El que hacía los guiones en ese momento era Alberto Ongaro. Era del grupo de los italianos contratados por Abril, entre ellos estaban Hugo Pratt, Memo Letteri, Ivo Pavone, Faustinelli. Ongaro mismo le dijo a Héctor que ocupara su lugar: “Vos podés adaptarte, hacer cualquier cosa”. Héctor hizo dos o tres historietas que le aprobaron enseguida y se dio cuenta de que tenía posibilidades. Y también de que los chicos del secundario no leían libros y todavía no había televisión. “El chico común con una familia sin acceso a libros no tiene acceso a nada, entonces las historietas tienen que ser algo bien hecho, para que aprenda historia, ciencia, geografía, y estimule su imaginación”, decía. Empezó con Bull Rockett y el Sargento Kirk, yo que no leo las historias de aviones y de cowboys me divertía como loca, claro que era un tipo cultísimo, leía varios idiomas, alemán, inglés, francés, era científico y todo eso le daba la posibilidad de escribir sobre cualquier tema. Yo empecé a ayudarlo a trabajar, aprendí dactilografía, vivimos los primeros años en un departamentito en Belgrano, hasta que quedé embarazada de la segunda. Al principio ninguno de los dos quería tener hijos enseguida y viajamos un poco por el país. Él estaba acostumbrado porque lo había hecho como geólogo de YPF, en donde también trabajó. Incluso ni bien nos casamos le habían ofrecido un puesto en San Juan pero él dijo que no, porque la vida de geólogo es horrible, yo tendría que haber vivido sola en la ciudad a los 22 años mientras él venía una vez por semana quién sabe de dónde. Ahí empezó con los cuentos para chicos, antes de ser padre. Y después, cuando dijimos de tener hijos, yo no quedaba embarazada. Fui al médico y me dijo que no pasaba nada raro, que esperara, que la salud reproductiva mía era una maravilla. Y quedé. No tuve nunca un problema, todos los partos naturales. Estela nació en el 52, Diana en el 53, Beatriz en el 55 y Marina en el 57. Cuando quedé embarazada de la segunda, nos mudamos al chalecito de Beccar, que tenía tres habitaciones y es el que aparece en El Eternauta. Necesitábamos más espacio, y nos gustó el barrio, el verde, que tuviera jardín. Sabíamos que íbamos a tener más hijos. Yo siempre quise tener cuatro. El varón no vino pero a mí no me preocupaba, me encantaban las nenas. Él estaba encantado, más que un padre era un abuelo. En Beccar nos decían la familia Conejín. La gente no entendía que estuviéramos todos en la casa todo el tiempo. Ahí había mucha gente extranjera que te encontrabas en la verdulería y se preguntaban qué hace este hombre, de qué vive, parecía que vivía de rentas. Lo veían en el jardín plantando flores con las cuatro nenas y llamaba la atención: ¿en dónde había un padre en esa época que estuviera todo el tiempo con los chicos?, sólo un loco, un escritor como él. Cambiaba pañales, hacía mamaderas, para él era una distracción, y cuando veía que sus hijas lo reconocían y se reían, se volvía loco. Él les daba a leer los cuentos. Papu, le decían, ¿hiciste algo nuevo? ¿Terminaste este? Estaban todo el tiempo en las piernas de él. Era un padrazo. Tenía un escritorio y tuvo que donarlo para que durmieran Beatriz y Marina y pasó a trabajar en el living a la no che, en la mesa, hasta las cinco de la mañana. Después se tiraba a dormir en el sillón, o se levantaba a la madrugada, si tenía que entregar un trabajo. En esa casa estaba lleno de chicos y vecinos, primero para jugar con las nenas, y después bueno, después cambió. Yo me ocupaba de la casa, de las nenas y él de los dibujantes, que también venían. Las chicas fueron creciendo en un núcleo de artistas, ellas dibujaban, escribían, cantaban, vivían en un mundo idílico. La política existía pero nosotros estábamos al margen. Después empezó a venir a casa un sociólogo, un chico que se llamaba Pablo Fernández Long, y ahí mi marido ya hablaba de otras cosas.

3

En 1966, Pablo tenía 21 años y en el living de Beccar los únicos que trasnochaban eran Héctor y él. En ese entonces Héctor andaba por los 47 pero Pablo le decía Viejo: su pelo canoso, su andar algo encorvado y los anteojos invitaban al apodo. Bebían ginebra y hablaban del desembarco en Normandía, de la Guerra de Vietnam, de geología, de alguna novela que estuvieran leyendo, algún estreno en el cine, del existencialismo francés, de quesos. Podían sentirse como dos amigos, pero también como un padre y un hijo. Pablo lo había conocido a Héctor después de un paso fallido por el seminario salesiano de Bernal, el mismo por el que había pasado Haroldo Conti. Al poco tiempo de ingresar, el Concilio Vaticano Segundo cambió las reglas de juego. Pablo y sus compañeros decidieron que saldrían a trabajar a las villas y los barrios pobres. Eso bastó para que el sector conservador y dominante de la Iglesia local los echara. El último verano de sotana, Pablo fue conminado a realizar trabajos pastorales en el colegio Don Bosco de San Isidro. En pleno enero, con treinta grados de calor, su único estímulo era una pila de ejemplares arrumbados de la revista Hora Cero. Se los devoró sin saber que el autor, y dueño de la editorial que acababa de cerrar, vivía a cincuenta metros de su casa.

Lo supo unos meses después cuando en el kiosco de diarios de la estación de Beccar vio cómo el protagonista de una de sus historietas preferidas, se materializaba frente a él: tenía la cara del corresponsal de guerra. Sólo le faltaba el birrete.

—Disculpemé, pero usted es idéntico a Ernie Pike.

Héctor sonrió y le dijo que sí, que era él. No sólo porque lo había creado, sino porque su ilustrador, Hugo Pratt, lo había dibujado a imagen y semejanza.

—Yo le dije en broma que hiciera a alguien apuesto como yo y el tano me devolvió el favor.

También le dijo que Ernie Pike había existido, se llamaba Ernie Pyle, era un periodista norteamericano, y había sido corresponsal durante la Segunda Guerra.

—¿Vos sos Fernández Long? Yo trabajé en el Banco de Crédito cuando tu papá era gerente, mandale saludos.

Pero Pablo no se quería despedir, quería que ese hombre le siguiera hablando, y le pidió que lo invitara a la casa. Héctor accedió. Estaba acostumbrado a que los chicos le tocaran el timbre para saber cómo seguían las historietas.

—Ojo que yo no soy tan chico.

A partir de ese momento, quedó inaugurado el ritual de visitarlo cada sábado. Con el tiempo, además de las hijas de Héctor, también se convirtieron en presencias permanentes el hermano menor de Pablo, Miguel, y su mejor amigo, Eduardo Hurst. A ellos se sumarían los compañeros de facultad de Estela y de teatro de Diana. Ahora los trilobites también se mezclaban con los discos de los Beatles y de Serrat, con los partidos de Jodete o de Go —juego que el padre de Pablo había introducido en la Argentina—, con Cristianismo y Revolución.

En medio de todo eso, de a poco volvía a sonar —en los diarios, en las discusiones, hasta en los discursos del mismo presidente de facto, Agustín Lanusse— ese nombre silenciado a la fuerza que, en lugar de alejarse como un eco, se acercaba con más intensidad: Juan Domingo Perón.

4

La avioneta era un Cessna 172 alquilado, un monomotor de ala alta con capacidad para cuatro personas. Adelante estaba sentado Héctor. Atrás, Estela y Diana. El piloto era Pablo, con sólo 15 horas de vuelo y una misión: ir desde Don Torcuato, al norte de la provincia de Buenos Aires, hasta Rosario. Los 255 kilómetros podían ser recorridos únicamente de día: un principiante como él no tenía permiso para vuelo nocturno. La idea había surgido la noche anterior. Elsa servía el postre y una de sus hijas preguntó qué era de la vida de los De la Riestra, esos primos por lado paterno que siempre prometían visitar. Deberíamos ir a verlos, sugirió Elsa. ¿Y si vamos en avioneta?, propuso Pablo. Esa noche, Elsa le había enseñado a Pablo a hacer fondue de queso y la ceremonia de transmisión de su arte culinario había disuelto, por un momento, la tensión que existía entre ellos. Hasta que Pablo hizo la propuesta, Héctor se entusiasmó al instante, sus hijas mayores se montaron al plan y Elsa contuvo su impulso protector. Nada de lo que les dijera iba a hacerlos cambiar de idea.

El día era diáfano. Desde el cielo, el contraste entre el verde y el marrón dorado del Paraná convertía al Delta en un paisaje hiperrealista. Hector pasaba los dedos por los relojes, observaba los controles, decía palabras como “flaps”. Sabía perfectamente cómo se componía un tablero. Tantas veces había escrito sobre aviones. Tantas veces les había dado vida a sus pilotos, sentado en la mesa del comedor. Ahora él estaba ahí. La aventura empezaba a ser real.

Se hizo más real cuando el pequeño Cessna tocó tierra. Primero lo hizo con sus dos ruedas traseras. Pero al bajar la de adelante, la nariz se sacudió, rabiosa. El avión parecía desarmarse.

—¿Es normal? —preguntó Héctor con más sorpresa que miedo.

—Totalmente normal, está todo bajo control —le respondió Pablo con el estómago apretado, consciente de que algo le pasaba a la rueda de adelante y que tenía que aplicar algún protocolo de emergencia: sólo quedaba darle motor al aparato, como si fueran a despegar pero sin levantar vuelo, para que el peso apenas recayera en esa rueda, hasta que el movimiento cesara. Y lo hizo.

Una vez en tierra, el incidente se diluyó. Pero mientras Héctor, Estela y Diana se ponían al día con sus familiares rosarinos, Pablo no podía dejar de pensar lo que le había dicho el mecánico del aeropuerto.

—Está floja la rótula, pero no la podemos arreglar acá, así que despegá del mismo modo que aterrizaste.

Elsa me va a matar, pensaba Pablo. Le estrello al marido, a sus hijas. Igual también me estrello yo, eso es un consuelo. Apenas había probado el almuerzo. Lo único que lo calmaba era la actitud de Héctor. Cuando le contó lo que pasaba, el Viejo le sonrió.

—Ahora sí que vamos a tener algo para contar.

A la vuelta, Pablo no tuvo en cuenta un detalle: él no podía volar sin luz natural. Mientras sobrevolaban Don Torcuato, la torre de control no lo autorizaba a descender. Hasta que logró convencerlos de que todavía quedaba un poco de luz natural. De todos modos te vamos a prender los reflectores, le respondieron. Y así apareció, de pronto, la pista iluminada como en una película. El avioncito rengo tocó tierra, corcoveando.

Esa noche en Beccar la anécdota cobró dimensiones épicas. El Cessna era un avión de guerra y la pista, Pearl Harbor. Héctor lo amplificaba todo, como lo hacía muchas veces en las entrevistas, como lo hubiera hecho para alguno de sus personajes. Pero ahora el personaje empezaba a ser él.

Bull Rockett fue el primer gran éxito de Héctor como guionista y también el descubrimiento de una estructura narrativa que potenció en El Eternauta y que después decodificó en términos ideológicos. El héroe nunca puede ser solitario, el héroe tiene que ser en grupo. Era comienzos de 1952 y César Civita, dueño de editorial Abril, le pidió que creara un piloto de pruebas. Cuando, ya convertido en el referente de la historieta argentina, le preguntaran por Bull Rockett, Héctor iba a repetir una respuesta varias veces ensayada. Le gustaba otorgarles a sus creaciones un origen casual que después viraba hacia una construcción mítica. También le gustaba camuflar su vanidad en historias de autor inicialmente incomprendido y luego, calurosamente elogiado. Entonces, contaba que como el personaje le parecía un poco limitado para el argumento, lo convirtió en un sabio, un técnico nuclear con conocimientos de todo tipo. Y que cuando se lo mostró a Civita, el italiano se lo rebotó porque no era lo que él había pedido. Sin embargo, la magia del personaje empezó a operar, como siempre sucedía con los personajes rechazados según el relato de Héctor, y a los pocos días Civita salió a los gritos de su oficina diciendo que Bull Rockett le encantaba. Junto con este personaje —a quien Paul Campani dibujó, desde Italia, a imagen y semejanza de Burt Lancaster—, aparecieron sus compañeros de aventura: el periodista deportivo que oficiaba de narrador, Bob Gordon; el supermecánico, Pic, y su madre, Mamá Pigmy. A pesar de que el piloto de pruebas todavía conservaba las características de un héroe clásico, lo colectivo le daba una dimensión más humana frente al público, lejos del estereotipo maniqueo al que las historietas norteamericanas lo tenían acostumbrado.

Héctor empezó a trabajar en la editorial Abril en 1947, cuando ya colaboraba con Códex, otro sello importante, fundado en 1944, de revistas infantiles, escolares y divulgación científica, y que recién en 1950 se ampliaría hacia la historieta. En un principio, decía Héctor, la escritura era sólo un hobby. Se acababa de recibir, después de ocho años de una carrera errática —con varios aplazos, períodos inactivos y otros en los que intentaba compatibilizar los exámenes con sus funciones como becario alumno en YPF o como corrector en La Prensa—, y finalmente había conseguido un empleo formal y bien remunerado en el laboratorio de minería del Banco de Crédito Industrial, en Núñez. Eso le permitió casarse el 23 de junio de 1947, exactamente un mes antes de cumplir los 28.

A pesar de la distancia, existía una conexión entre la geología y la literatura. Se trataba de José Santos Gollán, el mismo amigo que había intercedido ante su padre, editor cultural de La Prensa, para que a Héctor le publicaran aquel primer cuento. Compañeros de secundaria en el Nacional Manuel Belgrano, empezaron juntos la facultad y en 1938 compartieron la comisión directiva del centro de estudiantes del doctorado en Ciencias Naturales. Más centrado en la vida académica que en la agitación política que caracterizó a los estudiantes herederos de la reforma universitaria, el centro de estudiantes publicaba una revista con artículos y novedades en el rubro y organizaba reuniones por cuestiones académicas. En 1947, José Santos Gollán, futuro biólogo, publicó Pájaros sudamericanos, un libro con ilustraciones de Axel Amuchástegui editado por Códex. Héctor le siguió los pasos en el rubro divulgación: ese mismo año publicó Nidos de pájaros y Animales industriosos, también por Códex y con el mismo ilustrador.

Los inicios de Héctor en Abril también tendrían su versión de fracaso redimido. Contaba que un amigo le había pedido que hiciera unos textos para un libro sobre la vida en el fondo del mar y que la experiencia había sido desastrosa: los textos no funcionaron. Pero, una vez más, su pluma incomprendida iba a encontrar un lugar en el tiempo. Diez días después lo llamarían de Abril para decirle que habían releído sus textos y que les parecían originales.

Pero recibiría otra versión quien se cruzara con Boris Spivacow. Según él, Héctor se le acercó en la calle y le dijo que trabajaba en un banco, que era geólogo pero que escribía cuentos para chicos y que quería que le tomaran una prueba. Spivacow estaba preparando una colección de divulgación científica para chicos llamada “Hoy y Mañana” y le había encargado a la hija de José Ingenieros, Delia, el libro sobre la vida en el fondo del mar. Como el texto no lo había convencido, decidió probarlo a Héctor. Cuando leyó la nueva entrega, se dio cuenta de que había encontrado una buena pluma. A partir de ahí, Héctor se convirtió en uno de los principales autores de textos infantiles de Abril, junto con Nora Smolensky, Ruth Varsavsky, Beatriz Ferro y, en algunas ocasiones, María Elena Walsh y el propio Spivacow.

Spivacow —uno de los grandes nombres de la tradición editorial local, creador de Eudeba y del Centro Editor de América Latina— había sido parte de la génesis de Abril. Hijo de judíos rusos revolucionarios que habían emigrado antes de 1917, ponía anuncios en el diario La Nación en los que se ofrecía como profesor de castellano. A comienzos de la Segunda Guerra, la mayoría de sus alumnos eran alemanes e italianos judíos que huían de la persecución racial, entre ellos César Civita, Alberto Levi y Pablo Terni, a quienes les daba clase en el Hotel Nogaró. Entre las lecciones, los italianos le comentaban que planeaban poner una editorial para chicos y le preguntaban cuestiones técnicas y legales que no entendían. De los tres, Civita era quien tenía experiencia en el tema. En Italia, había trabajado con el célebre editor Arnoldo Mondadori como responsable de Topolino, la publicación infantil que reproducía los personajes de Disney, de los que Civita conservaba las licencias. Además, la Guerra Civil Española había truncado la importación de libros y la industria editorial local había empezado su proceso de sustitución de importaciones, de la mano de exiliados españoles, con sellos como Emecé, Sudamericana y Losada. Finalmente, los tres italianos decidieron fundar una editorial y eligieron el nombre de un listado que el propio Spivacow les había escrito, en el que figuraba la palabra abril. “Es sinónimo de juventud”, les dijo.

Al poco tiempo Spivacow fue nombrado director general de publicaciones infantiles de la editorial y creó, entre tantas otras cosas, una de las colecciones que tuvo más repercusión en esa época: Gatito.

Spivacow había estudiado Matemáticas en la Facultad de Ciencias Exactas, era descontracturado para vestirse y para hablar, muy irónico, sabía idiomas, leía con voracidad y se declaraba comunista. Rasgos que facilitaban la afinidad con Héctor, a quien le llevaba cuatro años. Fueron buenos amigos hasta que Spivacow se molestó con Héctor y se distanciaron. Nunca dijo por qué. Muchísimos años después, cuando le pidieran que mencionara alguna característi ca de Oesterheld, diría dos: que escribía extraordinariamente bien y que era muy vanidoso. Casi tan vanidoso como Hugo Pratt, al que le gustaba llegar a la editorial cantando baladas galesas para conquistar a las chicas.

Hacia 1951 y para revitalizar la sección historieta de la editorial que hasta ese momento se nutría de material extranjero, Civita contrató al llamado “Grupo de Venecia”, integrado por el guionista Alberto Ongaro y los dibujantes Paul Campani, Fernando Carcupino, Ivo Pavone, Bellavitis, Rinaldo D’Ami, Dino Battaglia y Pratt. Antifacistas, en la Italia de posguerra habían creado la revista Asso di Picche, reinventando la historieta moderna en ese país. En la pluma de Ongaro, la psicología de los personajes empezaba a ser más compleja.

Pero como Spivacow, a cargo de las ediciones, tenía la idea de elevar la historieta a género literario con buenos escritores y sólo contaba con Ongaro como guionista, les ofreció trabajo a algunos autores locales. Ninguno de ellos se entusiasmó, excepto un Conrado Nalé Roxlo a punto de jubilarse que veía la oportunidad de tener un buen retiro como empleado de Abril. Eso sí, lo haría con seudónimo para no rifar su prestigio literario. Fue ahí cuando Spivacow pensó en uno de los hombres más talentosos y prolíficos de la editorial: Oesterheld.

Héctor nunca había leído historietas en su vida. Al menos eso decía. De chico había devorado a Verne, a Salgari, a Stevenson, a Defoe. De adolescente a Melville, a Conrad, a O’Henry, a Jacobs. Ahora leía a Borges, a Quiroga y muchos policiales norteamericanos. También veía cine y se deslumbraba con John Ford, Elia Kazan o Howard Hawks. Sus intereses eran voraces y múltiples. Pero de historieta, nada. Se lo comentó a Ongaro, a quien solía ver fuera del trabajo porque vivían a dos estaciones de distancia, y el italiano le dijo que se animara, que con su pluma y su cultura general, podía escribir de lo que se le ocurriera.

El 31 de octubre de 1951 se publicó Cargamento Negro en la revista Cinemisterio de editorial Abril con ilustraciones de Eugenio Zoppi. Los protagonistas se llamaban Alan y Crazy y eran dos agentes ingleses en Egipto. Fue la primera historieta que Héctor escribió en su vida. Por esos días, Elsa le avisó que, finalmente, estaba embarazada.

5

19 de enero de 1961

Querido y queridísimo papito:

hoy, (esta mañana) comenzó a llover, eran mas o menos las 8, pero paro enseguida. A pesar de esa lluvia después hacia un calor de morirse.

primero fuimos con mamita a la carniceria, después a la verdulería y después a San Isidro a comprar una tela o que se yo que era lo que querian forrar con ella.

fuimos tambien a comprarle sapatillas a Beatriz y a Marina y unas ebillitas para Marina pero no encontraron por supuesto tambien habia que hacer una compra mas pero esa compra era gratis, era “mirar vidrieras” entre “charlas y carcajadas” y entre “hay que bonito es esto y que hermozo es aquello”, en fin así se divertían mamita y abuelita que se habia quedado a dormir.

Yo como rara vez estaba con ganas de irme a casa por una razón.

La razón era de que esta mañana antes de salir mamita nos prometió bañarnos en la pileta de nosotros.

Como vez el tiempo es bastante loco.

El otro día no me acuerdo muy bien cuando era pero la cosa era que mamita nos leyó tu carta y nos emos reido muchisimo con los “excuse me, sir” pero hay algo que nos preocupa que es: “El desayuno tuyo” vos decias que mamita te hacia comer mucho pero hay balgame Dios con todo eso ya estabamos diciendo que hay no podés jugar al “tennis” con nadie asi que cuando vuelvas no vas a poder pasar por las puertas.

Papito querido yo te quiero mas que nunca, y así te mando muchos besitos. Tu hijita,

Estelita (9 años)

6

Cuando salieron del cine Gran Rex no dijeron nada. Caminaron por la avenida Corrientes, callados. Hacía calor. Estela se movía con ese modo particular, como si flotara, mientras se le balanceaba la botamanga del pantalón. Nicky la miraba de reojo. Nicky se llamaba Sergio Bronstein y la había conocido en el curso de ingreso a Filosofía y Letras. Le gustaba su pelo negro, larguísimo, con raya al medio. Le gustaba su manera de reírse, y de hablar poco; le gustaba que no fuera estridente pero que su presencia le anudara el estómago. También lo intimidaba. Pasaban mucho tiempo juntos y para los demás hacían una hermosa pareja. Para Estela, eran mejores amigos.

Ahora acababan de ver Sacco y Vanzetti y se habían quedado mudos. Estela llevaba en la mano el programa que le habían dado en el cine. Sobre la foto de Gian Maria Volonté y Riccardo Cucciolla caracterizados como los anarquistas asesinados, se leía: “La injusticia que conmovió al mundo”. Sonaba a eslogan pero a ellos los había atravesado. Tenían 20 años y sentían que ahí afuera estaba lleno de señales que alertaban que el mundo era un lugar planificadamente injusto.

Cuando no andaban por la facultad, en el cine o en algún café, estaban en la casa de Beccar. A Nicky, que había crecido en una familia judía acomodada, de izquierda y antiperonista, no le importaba la hora y media de viaje que lo separaba de su piso elegante de Barrio Norte ni volverse a las tres de la mañana, en colectivo, muerto de frío. En una de esas ocasiones, mientras estudiaban en la mesa del comedor, apareció Héctor. Si aparecía Héctor después de cenar, era para jugar, a lo que fuera. Y Estela era la primera en seguirle la arenga. La noche anterior había sido el Jodete. El paisaje nocturno había reunido, una vez más, a un montón de amigos a la espera de que Héctor dijera “ob-vio”, diferenciando de manera exagerada la “b” con la “v” cada vez que tiraba una carta que le impedía jugar al otro. Era tramposo y solía tener a alguna de sus hijas como cómplice de sus trucos. Eso podía causar batallas de todos contra todos, discusiones irrisorias o enojos temporales que terminaban con él, sentado en el sillón, riéndose por lo bajo y negando cualquier cargo.

Pero esa noche no fueron las cartas sino Dígalo con mímica. Cuando le tocó el turno, Héctor salió corriendo. Primero fue a la cocina y después subió por las escaleras a su cuarto. Todos se quedaron en el living, esperándolo.

—¡Dale, Pa!, ¿qué hacés?

Le gritó Estela al ver que tardaba demasiado. Cuando bajó, llevaba sobre su ropa un camisón blanco, enorme, de Elsa; en la cabeza se había puesto un collar que hacía de corona, y en la mano agitaba una espumadera. Comenzó a salticar por el living travestido de hada madrina. Nadie adivinó de qué película se trataba. Entre las lágrimas que le saltaban de risa, Nicky la vio a Elsa que se asomaba por la escalera. Y se preguntó por qué no estaba en ese living. Por qué miraba la escena desde afuera.

7

Querido Papito:

Yo te adoro con toda mi alma.

Al ver que salio el avion casi me pongo a llorar hay papito como te quiero cuando llego la carta tuya nos leyo mamita ala noche y mamita se puso a llorar y Estelita y yo nos pusimos a yorar tambien.

Papito querido yo te adoro con todo mi corazon. El primer día que nos bañamos querian benir todos los chicos del barrio a bañarse en la pileta.

Todos los domingos bamos a misa reso por bos y cuando tomo la ostia le pido a Dios que tengas un buen beraneo y que no se caiga el avion.

Papito querido cuando boy a nadar siempre yevo tu toaya.

Tambien me siento en tu lugar.

Papito yo no se como me pude separar de ti.

Yo quiero que me traigas muchas cosas lindas.

Papito bos sos mi corazon.

Tanto te quiero que por el abrazo tan grande me saco los brazos.

Diana (8 años)

8

Estela era un sueño, la dulzura, la tranquilidad, tenía unos ojos que dejaba loca a la gente. Nadaba y buceaba cosas que le tiraban al fondo de la pileta en el Club Suizo de Tigre. Tenía mucho del padre, era una chica muy sensible, muy alegre, siempre con una sonrisa. No era coqueta, era muy linda, y se pusiera lo que se pusiera le quedaba bien. Mi madre cosía y les hacía la ropa a las chicas. Estela vivía con una idea romántica de la vida, pero los chicos se enamoraban de ella y ella no. Ah, y cantaba: tenía una voz, era una cosa impresionante. Estábamos arriba y mi marido en ese entonces tenía el estudio ahí. Ella estaba cantando y había un tipo de canal Nueve con mi marido que lo venía a entrevistar a él y dice, perdoname, pero ¿quién canta? Ah, mi hija. ¿Tu hija? ¿Y cuántos años tiene esta chica con esa voz? Y ella estaría en segundo año del Northlands y cantaba en francés. En ese año, creo que el 65, ellas no querían más ir al Northlands. Además yo dije basta, me cansé de colegios carísimos, porque mi marido se había fundido con la editorial, no teníamos un peso, y era una locura pagar eso. Él había insistido en un momento con mandarlas ahí, estaba convencido de que lo mejor que les podía dar era una buena educación y, especialmente, idiomas. A él le gustaba la cultura europea y el colegio era inglés. Iba gente paqueta pero también muchos hijos de profesionales; aunque es cierto que ellas vivieron hasta ese momento en una campana de cristal, entre el colegio y la vida de club. Cuando se dejó todo eso ellas ingresan en la adolescencia a un medio popular donde empiezan a entender el mundo de la gente común. A las más grandes las cambiamos al Nacional de San Isidro y a las más chicas al Cardenal Spínola. Ya estaban con las ideas nuevas las chicas y al San Isidro lo hicieron mixto, y ahí Estelita me dijo que nunca más quería estar en un lugar que fuera de mujeres solas. Y los muchachos, encantados, no había ninguno que no se volviera loco con ella.

En cambio Diana, Diana, ¡el carácter que tenía! Todas eran muy femeninas menos Diana, que era volcánica. Una extraordinaria escritora, netamente literaria, era escribir y escribir y leía en una forma voraz. Bueno, todas leían mucho, pero en Diana había una ansiedad y voracidad por saber que a mí me preocupaba un poco porque se angustiaba. Yo tengo todas sus composiciones y los tests del primario que son sorprendentes, esas composiciones de “La Vaca”, “el 9 de Julio”, “el 25 de Mayo”, siempre tenían algo sorprendente. En una palabra, sobresalía. A los 12 años se fue a trabajar. Al lado de casa había una señora alemana que era un encanto y que estaba como voluntaria en el hospital de San Isidro, y ella le dijo que quería ir también a cuidar nenes. Después cuando ya estaba en el Colegio Nacional, en segundo año, se iba de San Isidro al Hospital de Niños, en Capital, en tren. Y ahí cuidaba chiquitos, bebés, estaba loca por los bebés. Después volvió a San Isidro y se dedicó a poner vacunas de manera voluntaria, ella estaba en primera fila cuando llamaban gente, los sábados a las siete de la mañana estaba en la puerta del hospital. Un día, tendría 14 años, hacía un frío de morirse y entra a casa hecha una furia y dice: Acá, mirá todas las estufas que tenemos, mami, ¿cuántas estufas hay? Creo que tres o cuatro, pero no se usan, le dije. ¿Entonces me las puedo llevar al hospital que la gente se congela? Y se fue al hospital con las estufas cargadas en el auto del padre. Era impetuosa, y así como tenía tanta energía para hacer cosas, sufría horrores las frustraciones.

9

Entiendo tan bien lo que te pasa. Y por eso te voy a explicar algunas cosas. Me encanta que me dejaras esta carta en mi cama. Que volcaras en el papel todos tus sentimientos. Sé lo difícil que te resulta explicarte con palabras. A mí me pasa exactamente lo mismo. Por eso querida mía, te suplico que siempre, y para siempre, hagamos lo mismo. Cuando quieras confiarme algo, escribime. Yo te contestaré de la misma manera. Y verás que fácil nos resultará a las dos comunicarnos, sentirnos unidas, indisolubles, con un vínculo que sobrepasa todo lo real, un vínculo que será nuestro, sólo nuestro, porque nadie más que nosotras dos sabría comprenderlo, y que nos hará fuertes, nos dará seguridad, nos hará sentir apoyadas la una en la otra, seremos una sola, hijita mía, y nos sentiremos orgullosas de éste secreto nuestro.

(…) Nunca te preocupes porque alguna maestra estúpida te compare con Estelita. Ella es también maravillosa, gracias a Dios todas lo son, pero de otra manera. No se las puede comparar. Es como si pretendiéramos elegir entre la luna y el sol. Los dos son maravillosos, y necesitamos de los dos. Ustedes son lo mismo: maravillosamente diferentes y cada una con valores propios. Y así tiene que ser siempre, cada una con su propia personalidad. Estelita es plácida, equilibrada, tranquila, dulce. Y vos sos alegre, impetuosa, temperamental, y sentimental y honda y con un corazón que debe ser una estrella de tanto que ilumina. Porque me das tanta felicidad, tanta dulzura en el alma que me hace tener otra vez confianza en la vida y me siento la mamá más feliz del mundo.

Bendito sea este aplazo que nos sirvió para abrirnos, para confiarnos, para ser amigas el resto de la vida. Y de paso para que tomes conciencia de tu propia responsabilidad y te esfuerces un poquito más y no vuelva a ocurrir una tontería como ésta. Mami estaba un poquito triste, pero ahora ya no me importa nada. Solo estoy contenta y te tengo una confianza como nunca me tuve yo misma y sé que no me equivoco. Sos la mejor hija del mundo, mi Dani, no cambies en nada, te quiero así, única, tal cuál sos.

10

Diana entró en la habitación y el portazo retumbó en el pasillo del hotel de Tucumán donde se alojaban las egresadas del Cardenal Spínola. Su amiga Peri la esperaba sentada en la cama, recién terminaba de bañarse y aún tenía los ojos llorosos.

—Todo está mejor, aunque ya sabemos quién es quién en este grupo.

Le dijo. Así de categórica era Diana a sus 17 años. Así de categórica sería siempre. La discusión con sus compañeras había estallado unas horas antes, ese mediodía de octubre de 1971, cuando una de las chicas dijo que no sería apropiado comer junto a los choferes y guías porque no pertenecían a la “misma clase”. Pese a que consideraba frivolidades muchos de los comentarios de sus amigas —como lo canchera que estaba María Esther Lovero, lo bárbaro que le quedaba el pelo corto a Raúl Padovani y lo buenmocísimo que estaba el rubio nuevo que había ingresado al programa de televisión Música en Libertad, el boom juvenil del momento—, trataba de aceptarlas porque, a fin de cuentas, las quería. Pero esta vez no pudo dejar pasar lo que escuchaba y dio pelea a favor de los choferes. Se sumaron voces y algún que otro llanto. Gran parte del grupo acordaba con la postura separatista, hasta se escuchó a otra decir que por el mismo motivo no saludaba al carnicero de su barrio.

La tensión, que iba a diluirse a medida que pasaran los días, la empujó a Diana a concretar lo que había imaginado antes de empezar el viaje: salir a caminar por la ciudad y sentarse en las plazas a conversar con la gente sin estar sujeta a los mandatos cronometrados de las excursiones. Ahora, cada vez que podía, se abría del grupo; casi siempre junto a Peri, a veces también se sumaba Titi Cafiero —hija del dirigente peronista Antonio Cafiero— y alguna otra compañera. La ciudad aún latía al pulso del Tucumanazo, la histórica manifestación obrero-estudiantil que a fines del año anterior se había levantado en repudio del cierre de los ingenios azucareros y de la situación económica y social de la provincia. Eso las conmovía.

Con Peri se habían conocido en el tercer año del Cardenal Spínola. Atrás había quedado el Northlands, uno de los tres colegios más caros y elitistas de la Argentina, donde se formaban las esposas de la clase dirigente. Diana pasaba a primer año cuando sus padres la cambiaron al Nacional San Isidro, una buena escuela pública. Pero al tiempo, Elsa prefirió enviarla al Cardenal Spínola, donde cursaban sus hermanas más chicas. De mujeres solas, en sus aulas se estudiaba, no se debatía.

A Peri la cautivaba el desparpajo y buen humor que Diana solía contagiar con una carcajada un poco grave. La veía llegar al colegio a la mañana temprano algo dormida, con el uniforme correctamente acomodado y el cabello largo y ondulado medio recogido y dos mechones sueltos como tirabuzones enmarcando su rostro, y se preguntaba cómo hacía para desaliñarse en cuestión de segundos. Diana no buscaba llamar la atención, simplemente la atraía. Su escritura era clave en ese despliegue: les dejaba notitas a sus compañeras en las que era capaz de destacar lo esencial de cada una. “¡Quiero recorrer el mundo sin otro idioma que mi lápiz!”, apuntó en la tapa dura de su cuaderno, repleto de pensamientos garabateados con su letra indescifrable, como la frase de Santa Teresa de Jesús: “Vivir se debe la vida de tal suerte que viva quedo en la muerte”.

Si bien el acercamiento con Peri fue paulatino, hubo un día en que se hermanaron. Diana cumplía 16 años el 15 de octubre de 1969. Estaban en clase, sentadas bajo la eventual cercanía dispuesta por las monjas que cada mes cambiaban a las alumnas de lugar para evitar cualquier tipo de indisciplina, y Peri le pasó por debajo del banco una cartita en la que la saludaba por su cumpleaños y agradecía haberla conocido. Diana la leyó y le agradeció con una sonrisa. Apreciaba ese tipo de regalos. Eran gestos usuales en el universo moldeado en su casa y, en especial, reflejos del vínculo que Héctor mantenía con sus hijas cuando estaba de viaje. En sus cartas, él solía protagonizar historias insólitas y graciosas —como la visita a un zoológico para niños en el que vivían anguilas eléctricas en cuya cola el cuidador enchufaba el velador y se sentaba a leer el diario— con otras igual de amables pero con un tono más exigente, para que sus hijas se esforzaran en el estudio. Una de sus pocas exigencias era esa: que fueran buenas alumnas. El 16 de abril de 1961, Héctor le escribía a una Diana de 8 años desde Londres:

Vi pasar una fila de nenas de uniforme, eran de un colegio como el Northlands, todas con boina y corbata rojas, muy coquetas con sus blazers marrones y muy contentas y llenas de risa, cada una iba comiendo un gran chocolate. Me paré a mirarlas, era una gloria verlas, y en eso vi a mi lado a una negrita, de la misma edad que ellas, que también las miraba. Era una negrita pobre, con un tapado muy viejo, con una piel en el cuello toda pelada.

Pasaron las nenas, y la negrita se quedó mirándolas, y vi que tenía una lágrima.

—¿Querés un chocolate? —le pregunté. Te compro uno.

—No. No tengo hambre —me contestó— , y se fue corriendo.

Pobre negrita triste que nunca podrá ir a un colegio así, que nunca podrá ir con su boina y su corbata colorada y su blazer, lo más coqueta y riéndose con las demás nenas.

El Cardenal Spínola funcionaba como una isla pese a que muchas alumnas pertenecían a familias vinculadas con el universo político del país. En general, Diana sabía cuándo y dónde expresar sus ideas, y en el colegio lo hacía como al pasar, en conversaciones informales durante el recreo, lejos de la mirada de algunas profesoras que solían considerar “románticas” sus opiniones. Así, alfajor en mano, podía batallar por causas como juntar dinero para una profesora recién separada o hablarles a sus compañeras sobre los principios de una nueva sociedad teorizados por Marx o Mao Tse-tung y de la revolución como el camino apropiado para conseguirlos. Le intrigaba, especialmente, el modo de adaptar esas teorías a la realidad argentina: ¿cómo sería la revolución en esta parte del mundo? También decía que anhelaba despojarse del instinto de posesión para aspirar a una sociedad dispuesta a buscar el bienestar colectivo por encima del individual. En tiempos en los que El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, de Engels, era de lectura obligatoria, Diana hasta defendía que los hijos no fuesen necesariamente criados por sus madres biológicas, sino por las madres de la colectividad. Era 1971 y reproducía las inquietudes que se discutían en el living de su casa o en los grupos de lectura de la parroquia Nuestra Señora de Lourdes en Beccar. En su cabeza retumbaba una frase que le había oído a Héctor, y que también quedó grabada en la memoria de su amiga Peri: “El socialismo en la Argentina es calvo”. Un modo elegante de decir que no existía.

11

Cuando Beatriz, Miguel y Eduardo entraron en la casa de Beccar, apenas podían disimular la excitación. Era tarde y Héctor estaba sentado a la mesa del comedor, garabateando unos apuntes. Beatriz se acercó para darle un beso. Después subió corriendo a saludar a su madre. Ya vuelvo, dijo, pero los tres hombres de la sala sabían que el ya vuelvo podía prolongarse un buen rato. Beatriz tenía 15 años y mantenía la regla de decirle a su madre qué había hecho y dónde había estado, aunque eso, ahora, implicara mentirle. A diferencia de Estela, que era más independiente y minimizaba los reclamos de Elsa, y de Diana, que la enfrentaba, Beatriz prefería contenerla. Podía entender que su madre se preocupara, podía entender que su madre tuviera otros planes para ella.

Héctor miró a los dos chicos sentados en el sillón y les preguntó cómo les había ido. Miguel y Eduardo le contaron con detalles: habían estado en una proyección clandestina de La hora de los hornos —el documental prohibido de Pino Solanas y Octavio Getino— en una casa antigua en algún barrio de la Capital. Eduardo y Miguel tenían un año más que Beatriz y entre toda esa gente que apenas pasaba de los 25 años, trataban de parecer adultos. Se sentaron en el piso y una chica, con jean acampanado y chaleco, anunció que iban a pasar directamente la segunda parte del documental, “Acto para la liberación”, que incluía una crónica del surgimiento del peronismo y de los años de resistencia. Era probable que cayera la policía y ese tramo de la película les parecía el más importante. Había algo excitante en el ronroneo del proyector, en la figura de Evita que aparecía en la pantalla, en la fritura de las voces que rugían en la Plaza de Mayo. Los tres miraban, fascinados, imágenes prohibidas.

Hasta que la chica de los pantalones acampanados se paró.

—Está viniendo la policía, vamos a tener que salir por ahí.

Dijo con voz calma. Miguel y Eduardo tomaron de la mano a Beatriz, salieron a un patio, treparon una pequeña medianera y escaparon por el techo de la casa vecina. Unos días antes, el 17 septiembre de 1971, un exagerado operativo de seguridad había rodeado la Facultad de Ingeniería para secuestrar la película e impedir que se viera. Ahora ellos habían desafiado los manotazos de la censura y caminaban por la calle abrazados, como tres amigos que acaban de salir del cine.

No era la primera vez que iban a alguna reunión semiclandestina ni que participaban de un acto político. Los tres funcionaban como una pequeña usina que absorbía y procesaba todo lo que sucedía a su alrededor. De un modo algo caótico, podían ir a una charla de revolucionarios peruanos y salir hablando del marxismo de Mariátegui o participar de un acto relámpago de agrupaciones peronistas universitarias, como aquel de Facultad de Farmacia en el que vieron cómo un estudiante rompía con una masa la vidriera de una concesionaria Fiat en apoyo a la lucha de los trabajadores de Sitrac-Sitram, uno de los gremios que había protagonizado el Cordobazo. Empezaban a experimentar la adrenalina de la violencia liberadora en el cuerpo.

También funcionaban como un trío de amor difuso en el que Miguel y Eduardo, que eran como hermanos, estaban enamorados de Beatriz. Les gustaba incluso cuando discutía, y solía discutirles todo, especialmente a Miguel: tenía argumentos y había leído tanto como ellos. Desde Alicia en el país de las maravillas hasta El diario del Che en Bolivia y el Segundo Sexo de Simone de Beauvoir. A Miguel le gustaba esa vehemencia, le gustaba cómo sus rasgos tan delicados se acentuaban cuando se le plantaba frente a una idea. Le gustaba eso, entre tantas otras cosas, pero todavía no se animaba a decírselo.

La primera vez que Miguel habló con Beatriz había sido un par de años antes, sentados en el piso, mientras comían un soufflé de choclo que Elsa les había subido a la habitación. Él, el más chico de la familia, había acompañado a sus padres Hilario y Nidia Fernández Long. Unas semanas antes, había sido a la inversa: Elsa y Héctor habían ido a cenar a su casa. La mamá de Miguel tenía especial aprecio por Elsa.

Por ese entonces, otros chicos de la cuadra también habían descubierto el paraíso a pocos metros de distancia: los hermanos Quique y Marcelo Manrique, hijos de un español que, como Héctor, había trabajado en el Banco de Crédito Industrial cuando Fernández Long era gerente. Marcelo estaba enamorado de Diana —con quien tendría un pequeño romance— y se había entusiasmado con la idea de ser el único varón entre cuatro mujeres. A veces se aparecía solo y si su hermano y su amigo Pepo tocaban el timbre, les indicaba a las chicas que dijeran que no estaba y corría a esconderse. El artilugio solía desmoronarse porque los otros dos se quedaban igual y al cabo de unas horas, tenía que salir del escondite con la cabeza gacha. Pepo también era del barrio y su apellido no pasaba desapercibido: era uno de los siete hijos de Jorge Rojas Silveyra, el brigadier que se había levantado contra Perón en 1952 y que había sido repuesto en la Fuerza Aérea en 1955 por orden de Aramburu. Si bien el vínculo con Héctor y Elsa no iba más allá del de cualquier vecino —y si se cruzaban en alguna reunión, Héctor no se mostraba muy conversador: le costaba disimular que no tenía ninguna afinidad con ellos— los Rojas Silveyra eran muy cercanos a los Fernández Long porque eran consuegros: una Fernández Long estaba casada con un Rojas Silveyra.

Una tarde de principios de septiembre de 1971, Miguel y Pablo entraron en lo de Rojas Silveyra y escucharon que el hombre le pedía a su mujer que guardara los dólares para el viaje.

—Jorge, un poco de discreción que están los chicos acá —le reprochó ella—. Al fin de cuentas ellos están del otro lado en todo este asunto.

Rojas Silveyra se rio. Flamante embajador en España, estaba a punto de volar a Madrid para encontrarse con Perón. Lanusse, de quien era amigo personal, lo había elegido para que negociara la devolución del cadáver de Evita.

Hasta aquella cena del soufflé en la habitación de Beatriz, Miguel escuchaba hablar de las Oesterheld a través de Pablo, que además de pasar las noches del fin de semana en el chalet vecino, a veces iba al cine con Estela y Diana. A Miguel, la que más le llamaba la atención era Diana, que caminaba de un modo muy enérgico, casi siempre delante de las otras, liderando al grupo. Beatriz, en cambio, era menuda, no muy alta y, a pesar de su belleza idílica, de su pelo lacio, oscuro, que le cubría casi toda la espalda, la nariz respingada y los ojos de pestañas largas, podía pasar inadvertida. Esa noche, entre bocado y bocado, Miguel se preguntaba de dónde habían salido estas chicas que en pocos minutos ya lo trataban como uno más y hablaban con total desprejuicio, que lo rodeaban y le hacían escuchar canciones de Joan Báez y le preguntaban si en verdad creía en dios.

Al día siguiente, lo primero que hizo Miguel fue contarle a Eduardo que había estado en lo de las Oesterheld. Y le habló, en especial, de Beatriz.

Miguel y Eduardo Hurst —a quien los Fernández Long apodaron “el Burro” por su manera de reírse, sin saber que le estaban dando, también, su nombre de guerra— se habían conocido en el Santa Isabel, un colegio de curas no demasiado estricto al que iban los hijos de las familias de buen pasar de zona norte. Eduardo se le acercó el primer día, después de que el chico rudo de la clase le diera la bienvenida a Miguel con una paliza. A partir de ahí formaron una dupla en la que Eduardo era el simpático, componedor y atractivo —el chico ideal para las madres—, y Miguel el arisco, visceral y de pensamientos extremos, que seducía más con su oratoria que con su aspecto.

Miguel no entendía por qué para su padre —que había sido decano de la Facultad de Ingeniería, que se reconocía como un intelectual humanista y democrático, que había renunciado a su cargo de rector de la UBA después de la Noche de los Bastones Largos—, Perón era una mala palabra. Y no se decían malas palabras en su casa. Para él, durante ese tiempo, Perón no había sido otra cosa que una figura lejana a la que veneraban la señora que lavaba la ropa en su casa y el jardinero, y a quien se sentía vinculado sólo por una fecha fortuita y emblemática: había nacido un 17 de octubre. Hasta que salió en el diario la noticia de que un grupo que se hacía llamar Montoneros había asesinado a Aramburu. Ese día, escuchó cómo festejaba, a pocas cuadras de su casa, la gente de las villas Sauce y Uruguay, que serían su geografía cotidiana un par de años después, y tuvo una sensación casi física: sintió ganas de alegrarse él también. A la noche, cuando salió a tomar algo con Eduardo y dos chicas a las que pretendían seducir, no pudieron hablar de otra cosa. Hasta los chistes eran sobre Aramburu. “Parece que lo iban a encontrar detrás de un vino Uvita”. “¿Por qué?” “Porque es un vino muy bien custodiado”, decían y se reían del eslogan del vino popular del momento. Las chicas se aburrieron muchísimo. Ellos terminaron eufóricos.

—Mirá lo que hicieron estos pibes, mirá lo que se puede hacer.

Se decían una y otra vez. Para Eduardo, en cambio, Perón no era una figura ajena pero sí igual de contradictoria. En medio de un entorno de familias conservadoras de San Isidro, que habían celebrado, y en algunos casos participado, de la llamada Revolución Libertadora que había depuesto a Perón, la suya era peronista. La librería Hurst Hermanos, que funcionaba en el frente de su casa y era atendida por Miguel, el mayor de los seis, solía ser la antesala de reuniones del Movimiento Revolucionario Peronista, la estructura semiclandestina que se había creado en 1964 para reorganizar el movimiento con independencia de la burocracia sindical. Algunos militantes del MRP se sumarían luego a las filas de Montoneros. No sería el caso de Miguel Hurst. Para 1971, militaba en el Movimiento Humanista Estudiantil de Filosofía y Letras —pata universitaria del MRP— y era uno de los fundadores de la revista Envido, una publicación de pensamiento político y ciencias sociales que abordaba el peronismo desde la izquierda a través de las lecturas de sus revisionistas populares, como Arturo Jauretche y Hernández Arregui.

Miguel Hurst y Héctor se conocían por la librería. A veces, las conversaciones que empezaban entre libros seguían unos días después en la casa de Beccar. Fue en una de esas visitas que Miguel Hurst le propuso a Héctor hacer una historieta con contenido político, a tono con lo que se discutía en la revista Envido. El año anterior, Héctor había escrito La Batalla de Chacabuco y ese año, Güemes, el guerrillero, como parte de la colección “Epopeyas argentinas” que prometía narrar la historia tal como había sido (“con la gente común, los soldados y los hombres y las mujeres del pueblo, sufriendo y luchando junto a los grandes constructores de la nacionalidad”), pero que no prosperó más allá del segundo número. La idea de Envido lo entusiasmó, aunque no pudo concretarse.

12

Estela tomó una revista que estaba sobre la mesa del comedor y se detuvo a observar la tapa. Había una mujer dibujada en mini short, botas, panza al aire, un trago en la mano y pose sugestiva a lo chica James Bond. Los colores eran estridentes. A un costado, un recuadro anunciaba Ernie Pike en Vietnam. Había algo contradictorio en la composición de esa tapa. Sin dudas la chica sexy no venía a ilustrar al corresponsal de guerra que había inventado su padre y que ahora se metía en la guerra de la que leían todos los días en el diario, sino que daba cuenta de cierto pastiche editorial que intentaba recuperar la atención de un género en decadencia. La revista se llamaba Top maxi historietas y era publicada por Cielosur, en tiempos en los que el único sello que lograba sostener tiradas considerables era Columba, a fuerza de historietas estandarizadas. El propio César Spadari, director de Top, haría el contacto para que Héctor entrara a trabajar en Columba al año siguiente, en 1972: cada vez que lo recibía a Héctor con el guión de Ernie Pike en Vietnam en la mano, desesperado por sumar colaboraciones, se preguntaba cómo podía ser que alguien con su talento, que había estado al frente de una de las mejores revistas de historietas como Hora Cero, se encontrara en esa situación laboral tan precaria.

—Ahora lo metí en Vietnam, ¿viste?

Le dijo Héctor a su hija mientras le mostraba un número anterior, el primero, de julio de 1971, en el que Pike volvía a escena con un texto de presentación: “La Segunda Guerra Mundial me sigue tan viva en el recuerdo como el primer día, y si el mundo estuviera en paz seguiría escribiendo como antes, sobre Normandía, o Tarawa, o El Alamein. Pero cañones y fusiles siguen su diálogo letal: hoy la guerra se llama Vietnam. Imposible seguir recordando la guerra vieja cuando el presente arde al rojo vivo. Por eso esta nueva etapa de mi carrera periodística, enteramente dedicada a la guerra que hoy, en este mismo momento en que me estás leyendo, lector, está desgarrando el cuerpo tan lleno de vida de un muchacho como tú”. Junto al texto, había una foto del propio Héctor personificado como el corresponsal de guerra.

La última vez que Héctor le había dado vida a aquel personaje había sido diez años antes en Frontera, su propia editorial, cuando por unos segundos el cielo pareció estar a los pies de la historieta. Ernie Pike nació en el primer número de Hora Cero, en mayo de 1957. Para dibujar la historieta, Pratt se documentó con una serie de fotos de guerra que había robado de un baúl de Il Gazettino di Venezia

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