Cazadores de canguros

Fragmento

EPÍLOGO I

El mate en la derecha, la pava humeante en la izquierda, don Aldo Castelucci miraba hacia el cielo de su ventana, como diciéndose: sin embargo el de hoy será un bello sábado. Pero no tenía a quién decírselo, la Cata dormía, posiblemente soñaría con su infancia perdida en un pueblo de Udine, o con el barco terrible que la trajo, o con tanto sacrificio para algo. El viejo se cebó otro. No, se dijo, hasta dormida la Cata debe pensar en la comida que preparará ese sábado. Pensará entre las vueltas: si Aldo pesca hoy no cocino. La miró y no sonrió, estaba inexpresivamente quieto, él estaba hecho a la medida de ella, se le parecía, ya casi iguales. Caminó otra vez hacia la ventana. En febrero, se dijo, la pasará mejor, será un mes que como siempre se le escapará rápido. Vendrá el Omar con su familia y la casa se llenará de ruidos, los nietos gozaban de Santa Teresita y verlos disfrutar tanto a don Aldo le hacía bien. El Omar lo acompañará a pescar, llevarían una petaca de cognac. A la nuera Santa Teresita no le gusta, se dijo, porque es una agrandada; en cuanto el Omar anduviera mejor de trabajo y los nietos fueran más grandes, se irían a Mar del Plata. Sabía entonces que si la nuera accedía a ir a Santa Teresita era porque no pagaban, ni alquiler, ni hotel, mucho menos la comida. Y porque la trataban, cabe consignarlo, como a la Paulina, que era hija, la diferencia radicaba en que para Paulina la casa sí que era específicamente un hotel. Ella hace su vida, se dijo, pero no le gustaba la vida que hacía. La misma, en realidad, que hacía en Buenos Aires, pero allá era más fácil tratar de ignorarla, estaba el trabajo, la veía poco. Aguantársela, viejo, mil veces se lo dijo, y se cebó otro. Vida puerca. Innegablemente, en febrero se divertiría más, faltaban dos días, apenas, cuidaría a los nietos en la playa, los llevaría a los juegos, haría asados para alguien y no se haría la malasangre que tanto lo perjudicaba. No hacía falta que se asomara a la otra habitación para comprender que Paulina, otra vez, como siempre, no había llegado. Miró de todas maneras, con tristeza y resignación, la cama vacía. Salió al pequeño jardín, volvió a mirar el cielo, y ansiosamente hacia la calle; se desperezó por hábito, tragó bronca y entró otra vez para cebarse el último. Se puso la campera militar, se calzó el medio mundo al hombro, la caña, el balde, y sin mayor entusiasmo salió de la casa de veraneo que construyó con sus propias manos, cuando aún tenía fuerzas y fe, la Paulina y el Omar entonces eran niños. Mientras caminaba rumbo al muelle, vio que se acercaba en dirección contraria un Taunus, gris, metalizado, y por supuesto que su presentimiento no fallaría. Ahí adentro, con dos tipos, sentada en el medio del asiento delantero, venía Paulina. Aunque el auto pasó a su lado ni la miró, le daba una extraña vergüenza mirarla, siguió su itinerario hasta escaparse definitivamente de la novela.

—Es tu viejo, ¿no? —fue Douksas.

—Sí —Paulina—. Se va a pescar. Se hizo el que no me vio. No jode. —Y de inmediato le señaló un chalet a Zalim—: Aquí nomás, Rodolfo, el de la esquina.

Zalim detuvo el Taunus. Ya habían intercambiado los teléfonos, aunque supieran que nunca se iban a llamar. En la vida del otro, cada uno sería apenas otro más, un vago recuerdo altivo, o nada. Las mujeres y los hombres mutuamente prometidos pasarían a convertirse en otro delirio circunstancial, olvidado; pero después de todo era una pena perderla. Ya también habían dejado a Katty, frente a un ostentoso edificio de la Tres; en adelante a Zalim le faltaba nada más que llevarlo al polaco, a San Clemente, después vería, aunque casi con certeza seguiría viaje hasta Buenos Aires. Tenía ganas de ver a sus hijos, aparte le correspondía porque era sábado. Algo agotada, como si pugnara por soportar sus ganas de toser, Paulina lo besó en los labios. Todavía continuaba en el centro la reina, con el polaco se habían pasado adelante después que descargaron a Katty. Paulina también besó a Douksas en los labios, después no pudo más y tosió.

—Cuidate. Mañana… —y se tomó la cabeza Douksas—. Digo, después, te veo en Babieka, caigo a eso de las doce. Y te voy a organizar la despedida que te merecés.

—Eso espero —Paulina—. Es una lástima que el señor Rivarola no pueda quedarse un día más —y demoraba la despedida, sonrió y tosió—. Besos —agregó, y salió del Taunus aunque el polaco no bajara, su enterito amarillo después de todo estaba entero. Iba descalza, llevaba los zapatos en la mano, mirándola bien al amanecer no era tan preciosa.

—Es una mina diez puntos ésta —dijo el polaco, y el turco asintió. A lo lejos, abreviado, como obstinándose en no desaparecer del cuadro, podía verse todavía al pescador.

Primera parte
Zona para cazadores

EL INVIERNO SERÁ UNA GINEBRA LENTA

Pueblo saltarín, decíamos, canguros serviciales, ebanistas, mentiras, polaco, jamás tuvimos un ebanista, vos me inculcaste el amor por las palabras, a vos más que a ninguno le debo la firme pasión por la literatura, tenías especial predilección por la palabra ebanista, éramos jóvenes, canguros espléndidos, jugosísimos, postergados, dóciles o violentos; no tendríamos ebanistas pero rebosábamos de hombres de la carne y del mercado, con manchas indelebles de sangre y olor estrictamente ácido, baranda popular; teníamos curtiembreros, buena gente la del cuero cuando trabajaba bien, con extras; barrenderos, medio flojita la orden de municipales, si les caés después del tres no les queda un peso ni para el boleto de colectivo; teníamos serenos, peones, choferes, estibadores, potentes las órdenes de los portuarios si tenían la tarjeta plástica, un flan si no, una tómbola, preferible a veces es no hacerlas, polaco. Buscábamos sobre todo a los metalúrgicos, esas eran las más bellas órdenes, de fierro, mucho más sólidas que las de los textiles, que las de la construcción ni hablar, no puede compararse, y tampoco era conveniente arriesgarse con los vigilantes, si había que colgar un policía —eso sí— se lo colgaba, podía entrar en el montón pero era una orden casi tan flojita como la de los municipales. Y ojo, polaco, con los tucumanos, tantealos, mirá que son clavadores, son porteños vocacionales, algo ladinos para pagar, parecen tiernos pero de boludos no tienen nada, son bicicleteros, vivarachos, y tratá, en lo posible, de no colgar nunca a una sirvienta, sobre todo si es soltera, en realidad hay que tener cuidado con los solteros en general, son inestables, les vas a cobrar y ya se borraron, salvo que firme el padre y tenga, claro, trabajo efectivo. También es necesario estar atento al máximo con los canguros de la construcción, en general los albañiles son changarines, los enganchás con trabajo y les vendés hasta las muestras, pero tal vez cuando vas a entregarles te vas a encontrar con que están desocupados, y te queda de clavo, perdés, ah y el mismo tino que tenés que tener con los solteros debe ser utilizado con los ancianos, por favor, a los viejos habría que asesinarlos, no se te ocurra perder el tiempo con los jubilados porque son la muerte. Los minutos son diamantes, cuidado con quién invertís el tiempo, que no te enganche con su historia patética un desocupado, nosotros no podemos tener tiempo para la lástima, te tenés que dar cuenta enseguida si el tipo no labura, si encontrás al canguro en la casa por ejemplo de inmediato le preguntás cortesmente a qué hora entra, ¿en la casa hoy?, si te enganchan con la historia te llenan de negatividad, no te dan ganas de golpear más, el tiempo es guita. Recitá a fondo con los metalúrgicos que ésos valen, los brillos solamente para los efectivos, sí, aunque sean albañiles, si es que la empresa es solvente y el canguro cobra hasta salario familiar en un lote de órdenes considerable pueden entrar perfectamente uno o dos del frigorífico, o algún independiente, con los que trabajan por su cuenta nunca se sabe, hay que tirarse, de pronto se la encajás al contado por la cabeza y a lo mejor te queda como el clavel del aire.

—Si ya las sabemos todas, turco, ¿qué nos falta? Si es por vos los dos nos vamos a morir con la maleta, deteriorándonos por la ordencita diaria. Una mañana cualquiera, vas a estar haciendo la demostración, hablando de los pinceles eléctricos, y te vas a morir. No me explico todavía por qué razón te seguís negando a que nos instalemos por nuestra cuenta. Me parece que porque no me tenés confianza, no tengo más remedio que creer eso, sos desconfiado al máximo…

—¿Cómo no voy a tenerte confianza, polaco? Cortala. Pienso simplemente que mejor es esperar un poco, para más adelante, porque… —y en realidad le costaba muchísimo convencerlo al polaco, no tenía argumentos.

—Dale, turco, te parecés a un canguro, un provinciano de esos que dicen que van a mandar hacer el cuadro ma’j adelante. Pa’ ma’j adelante, para sacarnos de encima. Al final voy a creer que tenés miedo, que no te querés jugar, que me defraudaste porque sos cagón…

—No, qué voy a tener miedo —mentía.

Sin embargo el turco, por inseguro, lo demoraba. Para Lazzatti entonces seguíamos cazando paraguayos incautos y cordiales, pagadores, blandos, cangurísimos, y algunos bolivianos duros, generalmente feos, fáciles, rigurosamente desconfiados, ¿como yo? Colgábamos matrimonios de chaqueños, sudorosos y explotados, con varias vejaciones e inundaciones encima, cazaban cantidades de correntinos naturalmente prepotentes, algo categóricos, violentos, guapos primarios que en el fondo eran tan canguros como los misioneros, como los tucumanos, los santiagueños, paraguayos o entrerrianos, si en nuestra fiesta federal, cerrada, íntima, percibíamos que los canguros saltaban con alegre furia, con rebeldía, resignación o graciosa elegancia, coqueteaban casi salvajemente a nuestro alrededor, se escondían, se ofrecían, creían que aguardaban pacientemente que ellos, los cazadores, sacásemos un palo, les pegaran, los guardáramos adentro de una bolsa, ancha, interminable, los curraran, para sobrevivir.

Una rutina la del cangureo, polaco, aquí sólo se vive cagando a la gente. Porque ya nuestras semanas juveniles se habían convertido en una sucesión monótona de cabecitas argentinos que se apellidaban Pérez, Guzmán, Medina, montones de Gómez, en todas las cuadras había Gómez, adónde no hay un Gómez, tenían pilas de López, era una aplastante seguidilla de sobres y talonarios colmados por ejemplo de Epifanías de Silva, Ubaldinos Brizuela, Urpianos Leguizamón, Robustianos Báez, Natividades de Alderete, rudos y duros Ermenegildos. Rudecindos o Anacletos que llamaban a sus matambritos decorosamente Fabián. Lorena. Carina. Gastón o Valeriana.

—¿Te fijaste? La madre Anacleta, la hija María José —fue quizás la primer observación del polaco cuando le enseñé a cazar—. Síntomas ridículos de la caudalosa inmigración interna —habrá agregado, aunque mucho entonces yo no lo entendía—. Influencias de los medios masivos de comunicación.

Los cazadores somos hombres del verano, de la primavera o del otoño. Había mañanas de invierno terribles, no teníamos siquiera la esperanza de intentar cazar, pérdidas deprimentes en tardes en las que inútilmente esperábamos, con la sensación sombría del fracaso, que cesara la lluvia; eran jornadas espantosamente largas que soportaban en cualquier cafetín despreciable, en las que florecían, estimulados por el ocio y el hastío, los proyectos, las ganas de cambiar de vida, y surgía, algo espeso, el resentimiento que los limitaba, la autocompasión voraz, la competencia permanente, y sobre todo cierto rencor transitorio pero intenso, se toleraban por necesidad.

—Te dije, infeliz, que teníamos que habernos metido por nuestra cuenta —reprochaba agriamente el polaco.

El invierno sigue siendo el enemigo fundamental del cazador. Ocurrieron semanas sin una venta, días cortos de frío cruel y de lluvia horrenda, con el correspondiente viento, barro, desamparo, insalvables obstáculos que nos derrotaban.

—El imbécil soy yo por hacerte caso —continuaba el polaco, cualquier tarde de ésas en las que surgía, espeso, el rencor, algún invierno terrible de hace varios, varios años—. Si estuviéramos ya instalados por nuestra cuenta, si ya hubiéramos formado la San Ceferino, nos hubiéramos sacrificado con todo en el verano, tendríamos por lo menos unas doscientas fichas en la calle, viviríamos de las cuotas, el invierno entonces sería algo apacible, una ginebra larga, una ginebra lenta.

Cuando tenía hambre, el polaco solía ponerse soñador, extraordinario, su fantasía era indoblegable.

—Estaríamos en el cine, turco, con dos minas, dos vendedoras nuestras. Algún día tendremos vendedoras, las intercambiaremos. O estaríamos en la oficina, ginebra y minas, lluvia en la ventana y tendríamos posibilidades hasta para la nostalgia. No tendríamos que estar mirando el cielo como ahora, como dos giles, dos canguros, deseando que pare la lluvia para ver si empaquetamos algún gil, un canguro. Y Lazzatti ahora estará durmiendo la siesta, el próximo año nosotros tenemos que dormir la siesta, que sean otros los giles que estén esperando, delirando en un café.

Con culpas, yo callaba.

—Como les decimos a los canguros: sembrar para recoger. Esforzarnos en la buena para no tener que llegar al límite cuando venga la mala. Decidite de una vez ¿qué derecho tenemos de pasarla como ahora? No, turco, cualquier cretino tiene la obligación de ser feliz, no tenemos nunca más que estar desesperados como ahora, cagados de frío, haciendo números para comernos un sándwich, teniendo ambiciones chiquititas. Mirá qué breve es nuestra ambición: que pare de llover, que vengan tres días con sol. Nunca más, turco ¿eh?, éste es nuestro último invierno de pobres, los inviernos no sirven para estar sin hembra o sin dinero. De pibes el invierno era otra cosa, era la escuela ¿te acordás?, la leche caliente, el olor al hogar, los deberes, la mirada tibia de la abuela, pero crecimos, animal, date cuenta. Y cuando sos grande la tibieza la tenés que pagar muy cara, los tipos como nosotros tenemos que sudar muchísimo para conquistarla. Así que el próximo invierno tiene que sorprendernos con mucho tiempo libre, sin ansiedades ni urgencias, como duques, sin andar mirando para arriba como si esperáramos la bendición, como si fuéramos creyentes. Vos y yo creyentes: pobre religión. Dios, aunque lo tomemos en joda, alguna vez tendrá que darnos pelota a nosotros, aunque haga la suya, flor de orden se mandó… ¡Pero siempre va a llover no para más la puta madre que los parió! Llueve carajo y no estamos en París.

Ocio ingrato, minutos pérfidos, los dos miserables miraban desde la ventana del bodegón, esquina de la 24 y la Monteverde, Florencio Varela y no París. La estación de servicio estaba desierta y con charquitos, había un perro oscuro que tampoco sabía dónde refugiarse. Yo no podía hablar, tenía rabia y hambre.

—Turco, el próximo invierno será una ginebra lenta. Si me hacés caso, será una ginebra que nos durará tres meses, hasta la primavera. Una ginebra reflexiva, serena, cordial. El próximo invierno tiene que ser como una hembra increíble, como esa cachorra lasciva que todavía nunca pudiste amar, una hembrita dulce con caricias de locura, de paz, pelo oscuro y ojos claros sólo para vos, su cuerpito tibio, las frazadas tibias, besos largos, despreocupados, las mujeres tienen que entender que lo único que queremos los vendedores es un poco de tibieza. El próximo invierno, turco, será nada más que una excusa para que nos crezca la barba.

Impunemente siguió el frío antipático, la lluvia que ya nos humillaba, no tenían un peso pero les sobraba simpatía, fuerza, rollo. Se envanecían por anticipado con la futura prosperidad, no fue fácil de soportar aquel invierno pero estaba clara y latente la esperanza de la primavera. En octubre nomás se contactaron con un pintor formidablemente triste, un artista que había claudicado y cargaba sobre su sonrisa un fracaso ancho y sólido. Mario Linares, de bigotitos burocráticos y cierta engañosa bondad; estaba casado, por fracasado, con un ropero oral, una mujerona implacable que se extasiaba con el relato de accidentes, musculosa ella y muy sensible, el polaco inmediatamente le cazó la onda y la apodó La Máquina de Decir Boludeces. Algo alerta, como sin más alternativas. Linares aceptó pintar los retratos, sucedía que el polaco culto la hacía sentir algo importante a su mujer, la elevaba, le hablaba de Vance Packard, le contaba sangrientos accidentes sobre todo trágicos, los inventaba.

—¡Hay que ayudarlas, Mario! —proclamaba La Máquina, hacía una pausa rara—: ¡Entendé que son jóvenes! —siempre exclamativa ella, era un signo de admiración que caminaba, todo corazón y sentimiento La Máquina, en la frontera de la menopausia la desdichada—. ¡Tienen toda una vida por delante! ¡son demasiado jóvenes! —y le brillaban inconmensurablemente sus ojitos que se obstinaban en encontrar siempre algo interesante, el turco toleraba sus ganas de reír mientras el polaco, casi con agresividad, le estimulaba la envidia al mostrarse feliz, vigoroso, exultante, citaba a Ingenieros, a Josué de Castro, a Packard.

La Argentina entonces era un país y existía el crédito. Linares nos pintaría y le firmaríamos documentos a noventa, ciento veinte noches. Además —entusiasmémonos, entiendan los canguros que es tal vez el verdadero inicio de la novela— mandaron confeccionar los talonarios de la Distribuidora Artística San Ceferino, finalmente se impuso el nombre del santito de moda, pese a que el turco pretendía llamar a la empresa Rudolfs Study. Y visitamos a un marquero hosco, pecoso, de inadmisible aspecto de judío y sin embargo se llamaba Iglesias, algo jorobadito el hombre y muy pragmático, también daría facilidades aunque menores, con él no valían los accidentes y le importaba un carajo nuestra juventud y Vance Packard. De manera que la infraestructura estaba, faltaban solamente los canguros, sobrevivir abnegadamente hasta que el árbol santo de la Ceferino nos diera sombra. Sin embargo, como tantos vendedores en situaciones similares, decidieron no abandonarlo a Lazzatti, y mucho menos comunicarle la idea de la independencia, eso nunca, aunque supiera que por la mente de cualquier vendedor esa idea siempre circula. Decidimos entonces multiplicarnos en la instancia trascendental, trabajar el doble pero separados, sacrificamos un poco si como manifestaba La Máquina éramos jóvenes. Por ejemplo el turco producía en la mañana en la villa de Formosa, por Bernal, para Lazzatti, y el polaco, que había descubierto el incipiente San Eduardo, en Varela, para la San Ceferino. Y acaso al otro día el turco se esmeraba en producir calidad y cantidad para la San Ceferino en tanto el polaco hacía berretadas para Lazzatti.

—Conviene concentrar muchas órdenes en una zona para nosotros, así tenemos todos los canguros juntitos —sugería el turco.

O ambos cangureaban juntos, si estaban caídos o mimosos, de mañana o de tarde, cazaban hasta el anochecer, llevaban tantos canguros en el portafolios que Lazzatti, el viejo reluciente, no podría jamás darse cuenta que le desviaban la mitad de la producción, que se quedaban con las mejores órdenes y con todas las de San Eduardo, por la concentración, sabés. Se sentían partícipes de una epopeya entre los negros, pasaban a la vida por encima, actuábamos con la convicción del que aguarda una consagración cercana, tal vez definitiva, éramos jóvenes.

Los retratos que vendía el polaco serían entregados por el turco, y viceversa. Compraron, en cierta liquidación del Once, a un paisano, alrededor de mil estampitas de colores del indiecito Ceferino Namuncurá, que obsequiarían a los canguros en los palpitantes segundos del remate; compraron también centenares de medallitas de lata dorada, con la efigie del santito patagónico, que serían regaladas en los más tensos segundos de la entrega, y compramos, por último, al por mayor, en el mismo supermercado de la fe que atiende un ruin escéptico y sefaradí de Lavalle y Azcuénaga, unos muñequitos de plástico, fosforescentes, de cuerpo entero, del santún, que se encendían al menor contacto con la luz y magnetizaban a los creyentes. Premios a la honestidad y a la moral, tales emblemas serían regalados después de cobrar la última cuota, en tanto tratarían seguramente de encajarle otra orden más, si siempre nace un hijo, polaco, los negros garchan como animales, lo único que le queda al pueblo es coger, hacen bien; si siempre muere alguien, el tiempo es un aliado del cazador. Por si no bastara, el turco, que tenía según el polaco una memoria inconcebiblemente anormal, casi enfermiza, se había aprendido la oración al santito, que estaba impresa en el reverso de la estampa. Oh, Señor, que en la árida Patagonia hicisteis brotar ese lirio de pureza Ceferino Namuncurá, pausadamente Zalim le recitaba el versito a las canguras, a veces a gran velocidad, y que alimentándolo con la Santa Eucaristía encendisteis en su corazón ardores de santidad y apostolado, y Douksas también ponía cara de ser un canguro creyente en milagros, dignaos glorificarlo en la tierra y concededme por su intercesión la gracia (aquí se pide la gracia que se desea conseguir), y llegó un momento en que a ninguno ya le causaba gracia que para vender se registrara rutinariamente la oración, lo significativo en nuestra fiesta religiosa y federal era que los canguros caían, los talonarios se gastaban. Gloria al Padre, éramos jóvenes. Padre nuestro.

Prueba el polaco intransigente, promesa del golf nacional:

—La mishiadura, Rivarola, pudrió todo. Una suerte que vos y yo nos salvemos. Una maravilla que no seamos pobres.

Toma, con parsimonia, otro trago de ginebra; sonríe lastimosamente, era el final. El calor, mientras tanto, popular y magnífico, se había apoderado por completo de San Clemente del Tuyú, pasaban recién las seis y sin embargo innumerables canguros volvían, plenos, hechos, de la playa. Excelente imagen del absurdo: un canguro cuando vuelve de la playa. La sombrilla al hombro, como el pasado; la reposera, el gorrito ridículo, la bolsa con bronceador y las palitas de los pibes. Desde el generoso ventanal abierto de Tropicana, en la punta de la Uno, Douksas y Zalim, casi imperceptiblemente, los miraban. Se trataba de una extraña colección de ejemplares cotidianos, los cuerpos de los semejantes, la curiosidad de los humanos, las patas ordinarias y coloradas, opulentas chancletas multicolores con flores de plástico. El espectáculo, en sí, no era desagradable, se percibía también una difusa alegría, brillos en ojos de niños de futuro incierto, por lo menos la gente reía e intuía con todo su derecho que era feliz. Tal vez. Rivarola, eran hasta sabios, y no querían cerciorarse en absoluto de que la vida, a pesar de unos días gratificantes de playa, era una mierda que no tenía mayor sentido. Pero que ningún canguro se alarme, no hagan caso porque el drama le correspondía exclusivamente a Rodolfo Zalim, asistía al ocaso de su proyecto individual que se le derrumbaba, sobre su cuerpo.

Minga de literatura: rondábamos precisamente el final real. Casi sin aire, perdido o desconcertado pero firme. Rodolfo Zalim estaba ante el polaco, era la única mesa ocupada de Tropicana. Tomaban ginebra, ante sus ojos el otro se le presentaba como invulnerable. Ahí nomás, a un par de cuadras de Tropicana. Douksas tenía una casa grande, que tenía escalinatas y hasta una cúpula, en ella se destacaba además del parque la impecable mano de Mabel. Tenía además, por los alrededores, salpicados entre las breves torres, cuatro o cinco departamentos de dos ambientes, eran tubos prácticos que alquilaba a otros tantos canguros que pretendían, en medio de la destrucción, veranear. Tenía también treinta y nueve años y tres hijos, y un local grande, era casi tan grande como la casa de la cúpula, era una “casa de comidas para llevar” que se llamaba Hoy cocina la Gallega, que con el próspero correr de las temporadas se transformó en un pequeño pero completísimo supermercado. En definitiva, se lo veía espléndidamente al polaco, bronceado, vibrante, sin mayores pesos que lo obstaculizaran, podía vérselo sobre todo mucho mejor que a Zalim, que venía sosteniéndose con terribles esfuerzos de su pasado. Andaba solo, sin estímulos, sin amor, casi muerto, hacía rato que los sueños lo habían abandonado y aquella fuerza perdida era otra excusa para mitificar, andaba exitoso entre la jungla pero extraordinariamente jodido, se sentía aturdido, extraño, fatal. De manera que no tiene ningún sentido narrativo ocultar la información, Rodolfo Zalim venía persiguiéndose implacablemente con el sublime balurdo de la muerte, suponía que ella estaba muy cerca, ahí nomás, aguardándolo.

Siento vergüenza de mi pasado. Aunque generalmente me jacte de él, pero es, creo, una pose: o lo evoque (la evocación está indisolublemente unida a la nostalgia), en realidad, con admiración, con —por qué no— cierta ternura. Como la mayoría de los pasados, el mío consiste en una serie inexorable de culpas: como si me costara, definitivamente, dejar de ser su prisionero. Aún me veo, en el fondo siento un poco de piedad al verme, con el maletín negro que a veces solía reemplazar por una carpeta azul y con, sobre todo, el fuego interno, con la constante aceleración.

Era un pequeño dragón. Aquel incendio impreciso, con algunas variantes, se mantuvo, pero creo que hoy está penosamente apagado, la aceleración declinó y sin embargo no logré capturar la tan ansiada serenidad (a lo mejor ella me aguarda solamente en la muerte), aunque me obstine en convertirme en un ser pausado, reflexivo, aunque me sienta, eso sí, cansado, en primer lugar de mí, del cangureo, de la vida.

En principio el cazador era Rodolfo, todavía no se le había anexado el polaco. Aclaremos: había cientos de cazadores, pero Rodolfo salía siempre solo, aunque muy probablemente los sábados, para su desventura, debía cargar con Raúl, un plomo. Su soledad incitaba a los otros a pensar que él era un hombre libre, algunos amigos oficinistas vivían envidiándome esa falsa libertad mientras yo, para ser sinceros, envidiaba a veces la tranquilidad de las prisiones.

Raúl, lo dije, era el plomo. Su compañía me resultaba ingrata, lo veía petulante, fanfa, pero en realidad lo celaba. De Raúl Lazzatti hablo, era el hijo del patrón: sentía, curiosamente, como que venía a examinarme, o que el padre lo enviaba con el expreso propósito de atenderme, de cuidarme, por si acaso algún empresario hábil como Aristía, o Castro, o los de la American Portrait, intentara robarle al valioso cazador, al productor eficiente y limpio, al vendedor de quilates, como me llamaba, para hacerme la orden. Sin embargo Rodolfo estaba particularmente cómodo con su soledad, como lo estaría siempre con ella: solo, estaban mucho más protegidas sus limitaciones, tal vez por eso esté mayormente solo, siempre que pueda, todavía, aunque sin fuego. Prefería entonces su vergüenza solitaria que sería ineludiblemente consumida por el fuego transformador, que lo convertía en una irreverencia absoluta, en un festejo, en puro recurso y creatividad: se abría, se embalaba, aplastaba entonces a todos los canguros que se interpusieran. Se reía de todo, como si convirtiera la vergüenza en venganza. Durante muchos años actuaría de la misma forma, el miedo lo convertiría con el tiempo en algo difuso, irreverente, casi en un irresponsable, en un tipo que las pone, que se juega, cualquier día.

Acompañémoslo, total esto es literatura. Rodolfo salía de su casa blanca (las viejas manchas de la casa de Domínico), generalmente de oscuro, llevaba un traje negro que también utilizaría más tarde para robar, junto a Luciano y Jesús, en la repartición innombrable, desfalco que los seguidores del narrador omnisciente ya conocen. Porque suponía que le daba suerte, solía llevar siempre encima algo virando al rojo, una corbata bordó por ejemplo, un suéter burdo y colorado, acaso un pañuelito. En cierto modo era gracioso. Si salía sin rojo o bordó, no vendía, en otros cangureos que le deparó la vida siguió fiel a esos colores, aunque con el tiempo también se incorporaría, hasta copar, el azul. Ahora, su color de la suerte es el azul: tengo que andar demasiado bien para animarme a salir a la calle sin algo azul.

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