Estatuto del amor
Conserva a tu hijo entre las paredes de la casa, donde está su hogar. Dale pan, jabón, agua, la cama de cada día. Hazle soñar si le falta capacidad para sorprenderse. Cuéntale historias que él pueda perpetuar en la memoria. Para que tu recuerdo se transforme un día en flecha de plata atravesando la noche de los tiempos.
Frota la espalda de tu mujer con la espuma del amor. Procura que la fuerza de tu impaciencia y tu descuido no hieran jamás la piel de tu compañera. Vigila con atención tu violencia. Es la parte oscura y sórdida de tu alma. La crueldad que ejerces contra tu mujer y tu hijo es un desafío a Dios, pues la rudeza mancilla tu condición de mortal y afecta al lento y difícil proceso civilizador.
No permitas que la familia crea que es una desgracia en tu vida, el peso de la desesperanza, unas cadenas de las que conviene deshacerse en nombre de un corazón indiferente, despiadado, baldío.
No expulses de tu vida a tus seres queridos. No te abandones a ese ensañamiento que, en realidad, refleja la existencia de un corazón que desconoce la utopía, el sueño, los derechos sagrados del hombre.
Que no te arrastre el yugo de tu ira, o dejarás a tu mujer y a tus hijos a merced de la suerte ingrata e indolente.
Defiende al hogar de ti mismo. De tu ferocidad, de tu pasión desenfrenada, del ansia de golpear, mutilar, maltratar, como si tan salvaje y falso ejercicio de justicia te atañera.
Evita que tu familia, despojada del hogar, lleve en su alma el estigma del infortunio, arriesgándose a perder la majestad, la autonomía, los derechos humanos que le son inalienables. Y que después de echarla a la calle, desprovista de valor, ostente en su cabeza una corona de hojalata y espinas, manchada de una sangre que no es la de Cristo, sino la derramada por tu arbitrio, tu despotismo, tu prejuicio, tu crueldad, tu cobardía inmisericorde. Gracias a los cuales la tragedia se abate sobre tu casa antes incluso del amanecer.
Acuérdate: privada del pálpito del amor, de los gestos de cariño, tu brutalidad quedará grabada a hierro y fuego en la memoria de tus seres queridos.
Tampoco dejes de invitarlos a visitar las dependencias de la casa, del jardín, de la calle, como si fueran todos ellos héroes intrépidos. Ayúdalos a celebrar la presencia humana en el mundo, a recibir de la vida las travesuras de los insurrectos, el espectáculo de los fanfarrones, las revelaciones amorosas que inauguran y renuevan nuestros sentimientos. Solo así, tan pronto se encienda la luz tenue de las farolas, regresarán al hogar sin miedo en el corazón, sin temor a sufrir innombrables humillaciones. A ese hogar que nos reconforta con el simple hecho de girar el pomo; donde las madres, los hijos y los animales domésticos desentrañan los misterios ancestrales, los enigmas del futuro.
Al fin y al cabo, una vida justa y generosa es aquella que jamás apaga las sombras de una casa. No ahuyentes así la convivencia. Procura que el rostro de tu mujer y el de tu hijo se iluminen en un instante, con solo ver la olla de alubias hirviendo al fuego, anunciando el feijão, ese plato brasileño que exalta la paz y la abundancia.
Sobre todo, no usurpes a tu familia sus privilegios naturales. No la envenenes con la amargura de tu pecho. No la amordaces con tu ira. Al contrario, asegúrale la herencia de tus gestos, de las palabras. Recuerda que, por mucho que el corazón humano se obceque en la codicia desmesurada y la ausencia de escrúpulos morales, en ti perdura el ansia del paraíso. Así se logra mantener en la familia la ilusión de ser todos hijos de Dios.
¿Qué seríamos sin aquellos que nos ofrecen la armazón del hogar?, ¿aquellos que batallan para que en nosotros subsista la soberana emoción de saber que formamos parte de una familia que se sucede a sí misma a lo largo de la peregrinación humana?
Y si en el futuro el amor a tu mujer se le agota, no hay motivo para dejar en su lugar los restos del desamor, el estigma de la maldad. Ni una pizca de carne humana merece ser golpeada por la indiferencia, la violencia o la injusticia. Por lo tanto, no abatas a tiros, a golpes, a arañazos, el cuerpo de tu mujer. Forjaste una familia en comunión con ella. Respeta, pues, el derecho que te otorgaron de reproducirte en otro ser, tu hijo. La familia es el fruto de tu humanidad esencial.
Así que no le niegues tu mirada compasiva, las lágrimas ultrajadas por una realidad que traicionó tus sueños. Quienquiera que habite el recinto sagrado de tu hogar heredará tanto tu horror como tu capacidad para maravillarte.
Aprende que el otro es tu hogar. Es tu cuerpo, tu nombre, tu otra cara. Es el envés y el revés de tus entrañas. Es el espejo de tu irrenunciable humanidad.
No esperes a descubrir la indecible gravedad de tu infamia el día en que por obra de tu violencia tu familia sea diezmada. Comprende a tiempo el gozo que sentirías si, en vez de matarla, la llevaras en el pecho mientras aún está viva.
Sumérgete en la liturgia del amor y renuncia a tu ira insensata. El amor es y siempre será tu mejor gesto en la tierra. El único capaz de proyectar luz sobre esta precaria existencia humana.
La belleza
La belleza es vertiginosa. Sacude convicciones, nos lanza a la aventura que proviene de la estética en acción. Cada cual inventa la idea de belleza que más lo favorece, que perpetúa la creencia en el talento humano.
Personalmente, la belleza, incluso la grotesca, me emociona. A veces huyo de su impacto para que no marque a hierro y fuego mi piel de ganado indefenso.
La belleza predica el misterio y es una bendición.
La tragedia
Tarantino se extralimita, pese a su gran talento. Me sirve sangre en la cuchara de la sopa, y yo vomito, me rebelo contra sus excesos. Hace mucho tiempo que evito convivir con la tragedia, con las venas abiertas. O describir el drama que desmerece mi visión del mundo y que, so pretexto de desarrollar una estética patológica, se complace en mutilar partes del cuerpo, bajo la suposición de que me deleito con el horror que el espectáculo humano disemina.
Alejo de mí la vida in extremis. Sé, con todo, que la crueldad del planeta es responsabilidad mía. No ignoro los efectos del mal esencial, pero tampoco deseo que esa exposición visceral sea un instrumento del arte. Pienso así porque soy vulnerable a los estertores procedentes de la inquisición, del tráfico de esclavos, del holocausto, de los genocidios sistemáticos, de las guerras religiosas, de la limpieza étnica, del engaño ideológico, de los sótanos de la dictadura.
El mal supera mi imaginación. Sus tentáculos escénicos y musicales confiscan mis creencias, enaltecen la ignominia, borran la imagen del pesebre donde nació Jesús. No quiero estar bajo su vigilancia. Pero me pregunto, a modo de conclusión, ¿cómo defenderme de quien entra en mi salón adornado de rosas de raro fulgor y me lanza el dardo de la traición?
Soy aldeana
Dondequiera que vaya, soy campesina. Desorganizo la vida en nombre de la tradición. Así, cuando me instalo en una pensión, reorganizo la habitación como si fuera a quedarme allí para siempre. También el alma tiende a adaptarse en su afán de acompañar al cuerpo. Quiero que mi vida gire en torno a la cama, un espacio privilegiado para saltar y danzar con quien allí esté.
Me entretengo con humildes celebraciones, con aquello que me habla del apogeo de la vida y me hace olvidar la decrepitud. Cuando me dispongo a dormir, me sumerjo en mi propio espíritu, en mis escombros. Antes dedico un momento a enaltecer algún lugar que, para mí, es profano.
En casa voy de la cocina a la sala con naturalidad. Y cuando me invitan a cenar en morada ajena, ya sea esta majestuosa o modesta, gozo de las excelencias del banquete que me ofrecen con las especias de la vida.
Me falta vocación para ser triste. Tengo la risa fácil. Sin embargo, aunque no lo parezca, también tengo una feroz vocación por la soledad, el lugar metafísico donde mejor me encuentro.
Abraham y Sara
Si observamos el territorio del Oriente Medio de hace milenios, nos enfrentamos al hombre bíblico que, tras ser expulsado del paraíso, quedó aturdido al perder su condición inmortal.
Las circunstancias sumen a este personaje bíblico en la batalla de la supervivencia. En la lucha por obtener, en medio del peligro, licencia para matar, extorsionar y hacer sufrir, privado de sosiego y abundancia.
Bajo la ley que le impone un dios punitivo, este ser humano somete su cuerpo a la extenuación a diario. Por su parte a la mujer, que también está presente, con las piernas abiertas, destrozada, le toca parir a su hijo entre dolores, sangre y heces.
El relato bíblico da inicio a una fábula que difunde el terror como medida preventiva. Para que el hombre sea consciente de que su origen está ligado a la voluntad del creador, para que no olvide el castigo que se le impuso por desobedecer al dios del paraíso, el mismo que pese a ofrecerle las exquisiteces de la tierra no vaciló en aplicar severas sanciones al mínimo desliz.
Asimismo, las teologías refuerzan la suerte humana y confirman el pacto entre Dios y Abraham, del cual surgió la Sagrada Alianza. Un diálogo que, si bien benefició a Abraham, mantuvo a Sara al margen y condenó a la mujer a un castigo histórico, como si lo mereciera.
El universo hebreo, al contrario que los artificios escénicos de los griegos, estaba ocupado por semitas pastoriles que vivían en tiendas, rechazaban el lujo y los gestos elocuentes. Al considerarse a sí mismos el pueblo elegido, aceptaron como parte del acuerdo entre Jehová y Abraham, que respondía por las doce tribus, que Dios, judío como ellos, interviniera en sus preceptos religiosos y los castigara cuando adoraran a dioses paganos.
Jehová, que velaba por su pueblo, ordenó a Abraham que liberara a los suyos de las calamidades climáticas y la amenaza del hambre, que condujera a las tribus hacia Egipto. En el Alto Nilo convivieron con las riquezas del faraón, pese a que este veneraba a dioses injustos.
El silencio de Dios daba a entender su consentimiento para que Abraham cediera a Sara a la codicia del faraón, alianza carnal gracias a la cual los semitas prosperarían. Ya desde el principio se advierte el poco aprecio que Jehová tiene por Sara. Tanto es así que ni siquiera le dirige la palabra, mientras que habla dos veces con Agar, la amante de Abraham.
Tal es la animosidad de Dios hacia aquella que omite comunicarle su inminente maternidad; antes prefiere enviar a Abraham tres ángeles con la misión de anunciarle la gravidez de una Sara incrédula, a la que Dios reprende por sonreír.
Adaptado a la memoria colectiva de Israel, Jehová convierte a Abraham, y al final a Sara, en arquetipos de su pueblo, mitos que escenifican una liturgia que refuerza el propio monoteísmo. Así como la proximidad divina deifica a Abraham y a Sara, la pareja bíblica encarna por un instante la pátina de Dios, la potestad de su expresión. Al fin y al cabo, quién sino Abraham había sido el interlocutor ideal de Dios, ayudando al Señor a conocer a los hombres y a recuperar el diálogo que otrora había existido en el paraíso con Adán y Eva.
Gracias a la incipiente intimidad con el pueblo que deambulaba por el desierto, Dios se familiarizó con estos seres que, pese a haber sido creados a su imagen y semejanza, jamás habían visto su rostro. En contrapartida, al confirmar que su relato se fundía con la trama de Dios, Abraham conquistaba el derecho a intervenir en la historia de Judea, a reescribirla, a traducir para los demás las intenciones del Señor en cuyo nombre hablaba. Y sin duda semejante atributo le daba la oportunidad de apoderarse de la palabra divina y concederle un sentido tal vez contrario al que Dios pretendía.
¿Acaso podrían culparlo por interpretar la palabra de Dios a su manera? Hasta entonces él y su pueblo habían vivido inmersos en el profundo misterio, sin obtener jamás una respuesta que guiara sus vacilaciones; perdidos en una realidad cruel que, sin embargo, parecía surgir a veces de milagros sucesivos, de la creencia de que Dios jamás los abandonaría a su suerte.
Tras cederle su mujer al faraón, Abraham se sintió un hombre nuevo. Para salvar a su gente, había actuado con corrección y había intuido que contaba con la comprensión de Dios. Sara había obedecido a su esposo sin tejer intrigas. Condicionado por la fuerza de su fe, que era un remedo de la voluntad de Jehová, Abraham acabó siendo el responsable de la manifestación del universo judeocristiano.
La complacencia de Dios lo había convencido de que se sentaba a su derecha y por tanto era digno de aspirar a aquello que estaba prohibido al ser humano. Una suerte de supremacía que acaecía a menudo a los personajes de la Biblia, a los santos poscristianos que, juzgándose por encima de los demás, se tomaron la libertad de inventarse cualquier cosa. Síndrome que padecen también los narradores, pues mientras desarrollan su obra sienten que están libres de error y de culpa. Incluida yo.
Galicia
Guardo Galicia en el hueco de la memoria. Cuando hablo de esta tierra, llevo sus leyendas en mi pecho. Ellas me alimentan. Pero no actualizo los mitos gallegos con la intención de hacerlos contemporáneos. ¿Para qué? No quiero pintarlos a la moda, con andrajos que parezcan falsos.
Los mitos no se modernizan. Después de todo, la esencia mítica de aquella tierra se extiende más allá de las aldeas que amé. Así, cuando menciono los hórreos que adornan el paisaje gallego falseo los sentimientos. Porque en casa de la abuela Isolina los llamaban «canastros». Alguien me indujo al error, pero poco importa. Es legítimo transmitir estas visiones por el mundo, aun cuando hablo de la contemporaneidad.
No tardé en indagar sobre el recorrido del inmigrante. No conocía bien sus sufrimientos e ilusiones. Solo a medias. ¿Cómo iba a entender, pues, sus secretos?
Esta cuestión aún hoy me conmueve. Me llega al corazón con una fuerza persistente. Reconozco que pongo excesivo énfasis en mi llegada a Vigo, en el momento en que, siendo todavía una niña, vi la tierra desde la cubierta del barco y todo me pareció inhóspito, frío. Las mujeres nos saludaban vestidas de negro, desde su eterno luto. Sin embargo, me bastó ver una única vez el puente medieval y la capillita a la entrada de Borela para jurar amor imperecedero a aquella tierra. Y he cumplido mi palabra hasta el día de hoy.
Suzy
Suzy Piñon nació en Teresópolis, en el Morro do Tiro. No conocí el lugar donde nació, pero debía de ser humilde. Vivía en el seno de una familia que criaba cachorros y los vendía. Nunca tuvo una cama, una vida privada, un espacio propio.
Unos amigos, Marina y Renan, la descubrieron y la llevaron a Lagoa cuando ya tenía cuatro años de vida, después de haber parido una camada. Esa maternidad me angustia, me persigue la imagen de la perra rodeada de sus cachorritos, arrancados de las tetas maternas.
Busco en su mirada huellas de la violencia que sufrió. Y no me resigno a la idea de no haber estado a su lado para protegerla, para impedir aquel acto bárbaro. Imagino que perdió la mitad de su vida cuando le quitaron a sus hijos, que yo no tengo modo de devolverle, como tampoco puedo revocar un sentimiento que nunca se extinguirá. Quisiera arrancar las espinas que tiene clavadas en el corazón.
En 2014, cuando entró en la casa de Lagoa en brazos de Marina, sentí al verla el mismo asombro que Gravetinho me despertó cuando, muchos años antes, lo recibí en la misma puerta, y él, aposentado en la alfombra de la escalera, se resistía a avanzar, pues esperaba a Elza, su madre hasta entonces, que tardaba en llegar porque subía en otro ascensor.
Me enamoré de Suzy y no quise perderla. Me resistí a devolverla a su casa de Teresópolis, como había prometido a su dueña. Pues el propósito del viaje a Río era cruzarla con Gravetinho, que, por circunstancias adversas, a pesar de varios intentos consecutivos pero infructuosos, no había conocido las delicias del amor, fuera o no fuera conyugal.
Cuando la vi allí, tan pequeña y bajita, con el pelaje castaño y corto, sus orejas largas me sorprendieron. Eran un par de auriculares que detectaban los ruidos del mundo y la ponían sobre aviso de cualquier peligro inminente. Pero debía cumplir el compromiso asumido de devolverla después de cruzarla con Gravetinho, lo cual no llegó a ocurrir porque Suzy no estaba en celo.
Marina fue hasta Teresópolis para comprarla a cualquier precio. A pesar del escaso tiempo de convivencia con ella, yo ya no podía prescindir de su presencia. La amaba, y me habría dolido sobremanera perderla.
En cualquier caso, Suzy fue muy cauta al principio, y jamás se rindió a Gravetinho, hasta entonces el señor supremo del feudo. Seguramente él sufría con aquella aparición indeseada. No veía por qué tenía que aceptar una compañera que no había pedido. ¿Acaso debía renunciar a la soledad, a la comodidad de considerar la casa solo suya, porque era una hembra destinada a proporcionarle en los días venideros un placer que jamás había conocido?
La historia es larga. Y, aunque luego convivieran durante años en la misma casa, creo que nunca se gustaron.
El verano wagneriano
El verano brasileño es inhumano, pero acepta desafueros, blasfemias, desnudez y sexo exasperado. Quienes se hallaban encerrados en una jaula se liberan dando rienda suelta al desenfreno.
Cierto verano, yo vivía con la expectativa de ir a Bayreuth el mes de agosto. Éramos una pequeña tribu, conformada por Marília Pêra, Bruno Faria y Roberto Halbouti, que se preparaba para viajar al universo inmemorial de Richard Wagner que nos acogería.
Hasta la víspera del viaje, yo consumía los días en casa escuchando el ciclo del Anillo, a la par que estudiaba el pensamiento del compositor, que aún en la actualidad dificulta la representación de sus óperas en ciertos países.
Disfruto de su música a la espera de que algún acorde insospechado o alguna frase melódica sacuda de pronto mi vida apacible y la fracture en mil pedazos, bajo los efectos de la pasión que irradia. Sobre todo cuando estoy instalada en la platea del teatro, en un asiento duro de madera, sin relleno ni brazos, que el propio autor concibió con la intención de impedir el sueño al espectador. Y cuando estoy expuesta a una partitura sublime, que derrama abundancia sobre mi cuerpo, mientras recibo el beneplácito del Valhalla.
Inmersa en la atmósfera mítica de Wagner, adquiero una nueva dimensión. Me es fácil abandonar los recintos de la literatura y convertirme en Isolda, o incluso en Brunilda. Cualquier papel sirve a mi propósito de pedir prestado a estas heroínas los pedazos esencial
