Nuestro último verano

Sebastián García Mouret

Fragmento

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1

—¡Buenos días, queridos oyentes! ¡Son las 10:00 de la mañana y están escuchando Música100, la única emisora donde disfrutar de cincuenta minutos sin interrupciones de…!

¡PAF!

Tras tirar todos los objetos inútiles que poblaban la mesita de noche, Marcos alcanzó a tientas su teléfono y, con un simple manotazo, los molestos gritos cesaron. Prefería ponerse la radio en vez de la alarma para empezar el día de mejor humor, pero no solía surtirle efecto.

El curso había terminado semanas atrás, pero Marcos intentaba seguir despertándose a una hora decente para no sentirse un despojo humano, ni perder el hábito de madrugar. Ahora, con el comentarista ya fuera de juego, el silencio había regresado a la habitación.

Dejó caer el brazo fuera de la cama y soltó un largo suspiro contra la almohada. Estaba agotado. Entre los sudores, los movimientos nocturnos y los mosquitos, apenas había descansado.

Zaragoza había entrado de lleno en el verano, registrando temperaturas de infarto. El calor era narcotizante por el día y bochornoso por la noche. Anulaba por completo las voluntades. Los jardines y parques se habían secado como espigas de paja, el asfalto se derretía bajo las llantas y las calles estaban desiertas. Nadie era capaz de dar dos pasos bajo aquel sol de justicia. Los centros de salud, saturados de mareos y golpes de calor, rogaban que no se saliese a la calle. Solo el aire acondicionado y los granizados de limón podían salvarte de una muerte segura, y pareciera que el cierzo y las lluvias hubiesen desertado para siempre de la cuenca del Ebro, que rozaba mínimas jamás registradas.

A sus diecisiete años, Marcos jamás había vivido algo parecido.

Y, por mucho que su cuerpo deseara seguir durmiendo, su mente ya estaba despierta y suplicaba desesperada por una ducha.

Se desperezó contra las sábanas. Si estiraba cada músculo del cuerpo, conseguía que los pies sobresaliesen de la cama. Este hecho reciente se debía a que su «estirón», aunque tardío, al fin había llegado, dejando atrás al muchacho «bajito y enclenque» para dar paso a un «chico de muy buen ver». O al menos así lo decía su santa abuela.

Poco a poco sus ojos se acostumbraron a la luz matutina, distinguiendo los escasos muebles que adornaban su habitación.

En la escala que divide los dormitorios de los adolescentes, que va desde un caótico «desorden generalizado» hasta el «impulso maníaco de la limpieza inmaculada», Marcos estaba en un término medio: le gustaba el orden, pero podía vivir con la silla llena de ropa sucia.

Lo observó todo de lado a lado convencido de que, si se concentraba lo suficiente, las cosas se ordenarían por arte de magia: los zapatos del suelo, los calcetines desparejados, las toallas usadas, los papeles del escritorio… Bueno, puede que sí que fuese algo desordenado, a fin de cuentas.

—Joer… —se quejó con aliento pastoso. Odiaba el calor.

Apartó las pegajosas sábanas de una patada y se dirigió al baño. Por el camino estiró los brazos por encima de la cabeza, chasqueó el cuello y soltó un largo bostezo. Su madre ya se había ido a trabajar. La casa estaba en silencio.

Mientras el agua de la ducha se iba calentando, Marcos se situó frente al espejo del lavabo. Juntó las palmas de las manos y se echó agua fría por la cara, buscando asearse y refrescarse a partes iguales. Repitió la acción varias veces hasta despertar del todo. Con las gélidas gotas aún resbalando por su mentón, descubrió que tenía tres nuevos granos en la frente, pero lo realmente preocupante eran las enormes ojeras instaladas en su rostro. Entre eso y la perilla lampiña que afloraba, tenía un semblante de lo más demacrado.

Todo sea dicho, el calor no era lo único que no lo dejaba dormir por las noches. Conforme se acercaba la temible fecha, la angustia se había ido apoderando de su ser: cada vez faltaba menos para saber las notas.

Cerró los ojos y respiró lentamente. Debía relajarse.

Segundo de Bachillerato había sido, de lejos, su peor experiencia vital. Había llevado su paciencia hasta el límite, culminando con los terribles exámenes de acceso a la universidad, como guinda a un pastel de miedos, nervios e inseguridades. El recuerdo de aquella semana de infarto aún le provocaba escalofríos.

Y, aun así, la espera por las notas resultaba mucho más agónica.

Para colmo, había pasado casi un mes (¡un mes!) y Zaragoza era la única ciudad de toda España que seguía sin dar los resultados. Al parecer, la aplicación online donde se tenían que subir las calificaciones estaba saturada, y los informáticos eran incapaces de solucionar el colapso.

Tecnología.

En resumen: los resultados estarían disponibles el jueves en los tablones de anuncios de los institutos. Impresos en listas y a la vista de todo el mundo. Como si fuese la época medieval y un pregonero anunciase la venida del circo en la plaza pública. Algo humillante.

En fin, ya daba igual. El jueves todo habría terminado. El… ¿jueves?

Súbitamente, el pánico se apoderó de Marcos. Su reflejo se volvió lívido y las piernas comenzaron a fallarle. Por fortuna, seguía apoyado en el lavabo.

Tuvo un mal presagio. ¿Qué día de la semana era? La temporada vacacional lo tenía del todo desubicado, pero… no podía ser jueves, ¿no? Fue corriendo a su cuarto y se puso a revolver entre el caos. ¡¿Dónde narices estaba su teléfono?! Marcos solo recordaba haber golpeado al comentarista de radio, no a su móvil. Pensó en encender el ordenador, pero no podía perder ni un segundo. Salió de la habitación, aún en calzoncillos, y, en un abrir y cerrar de ojos, atravesó corriendo el pasillo hasta llegar a la cocina.

Con el pulso a cien por hora miró el calendario que colgaba de la nevera para corroborar sus peores presagios. Allí estaba, rodeado a conciencia por su madre con un rotulador rojo y el mensaje: «DÍA DE NOTAS (10:30 h)».

—Mierda… —dijo en un susurro.

2

—¡Buenos días, queridos oyentes! ¡Son las 10:00 de la mañana y están escuchando Música100, la única emisora donde disfrutar de cincuenta minutos sin interrupciones de la mejor música del momento!

Los acordes de una canción con ritmos latinos comenzaron a sonar. Aquel sería, sin duda, uno de los hits del verano, porque no dejaban de ponerlo en todas partes. Susana estaba harta de oírlo.

—Papá, ¿te importa si apago la radio? —preguntó girando la rosca del salpicadero, sin darle tiempo a responder—. Es que me está poniendo la cabeza como un bombo.

Su padre asintió, comprensivo. Aquel no era un día como para protestar con aquellas banalidades. Era uno de los días más importantes de la vida de su hija.

—¿Estás nerviosa? —preguntó.

A modo de respuesta, Susana resopló exasperada. ¡Claro que estaba nerviosa! ¿Y qué pretendía con ese tipo de preguntas? ¡¿Tranquilizarla?!

—Tú no te preocupes —insistía—. Solo es un examen. Y, si no, siempre podrás estudiar otra cosa. Lo de dibujar puede ser tu hobby, a fin de cuentas.

Susana sabía que sus padres no confiaban en ella, aunque tratasen de disimularlo. Para ellos, el dibujo y la pintura eran entretenimientos pasajeros, aficiones. La habían animado a presentarse al examen, pero como quien anima a su hijo a hacer el casting de Operación Triunfo. Con recelo, y siempre insistiendo en que tuviera un «plan B», por si las moscas.

—Psicología también es una carrera interesante —seguía él—. Hace unos años decías que te gustaba. Y creo que podrías encajar en…

Decidida a no seguir escuchando sus consejos, pues la estaban poniendo de los nervios, se concentró en el paisaje. Refugiada tras la ventanilla del copiloto, miraba por la ventana y tamborileaba frenéticamente el pie sobre la alfombrilla.

Aquella era una cálida mañana de verano; los runners aprovechaban para correr por la sombra, los kioscos de prensa se protegían del sol con grandes toldos y los vendedores ambulantes habían cambiado los bolsos de imitación por las botellas de agua fresca. Madrid ya había comenzado a vaciarse, como siempre sucedía por aquellas cálidas fechas, y se notaba en el tráfico.

Apenas tardarían quince minutos en llegar a la Facultad de Bellas Artes.

«No —Susana trató de bloquear aquel pensamiento intrusivo—. No pienses en eso».

Apretó el botón de la ventanilla y dejó que el aire fresco (y contaminado) le golpease el rostro. Debía acallar sus inseguridades.

«Solo es un examen —pensó—. Has hecho cientos. Este es un examen más. No van a comerte».

Pero no era un examen más. Cerró los ojos y suspiró. Sabía que aquella mañana se decidiría todo su futuro. Ansiaba empezar la vida universitaria, mudarse a una residencia de estudiantes, alejarse de su asfixiante familia…

Necesitaba un poco de estabilidad.

A sus dieciocho años, Susana había cambiado más de casa que Barbie de profesión: Toulouse, Nueva York, Frankfurt, Brístol, Quebec… y ahora Madrid. Ya casi ni recordaba todos los sitios en los que habían vivido.

El mundo de la consultoría financiera, por muchos ingresos que generase, no era precisamente estable. Así, cada vez que su padre ascendía dentro de la empresa, lo trasladaban de un lugar a otro, de proyecto en proyecto, de ciudad en ciudad, y su familia lo seguía allá donde fuese.

Para su madre nunca había supuesto un problema, pues era una escritora de renombre que podía trabajar en cualquier parte. Es más: gracias a los continuos traslados había podido ambientar sus thrillers en muchas y variopintas ciudades del mundo. Y sus hermanos mellizos (Samuel y Samanta), que acababan de cumplir seis años, se mudaban sin rechistar, evidentemente.

Ella, en cambio, jamás había podido opinar en todo aquello. Una y otra vez, desde niña, se había visto obligada a cambiar de casa, de cuarto, de colegio, de profesores…, de amigos. En ocasiones incluso de idioma. Estaba harta de ser la nueva en cada clase. De tener que presentarse y conocer a gente para, al cabo de tres meses, despedirse. Ahora sabía cómo insultar en alemán, pero no conservaba muchas amistades. Apenas había un puñado de contactos en su móvil, y cada uno estaba en una zona horaria diferente.

Susana trataba de mantener el contacto con la gente a pesar de la distancia, pero siempre terminaban olvidándose de ella. No podía culparlos. Además, las redes sociales no eran su fuerte (solo se había hecho Instagram para participar en un sorteo de entradas a un concierto de Green Day). Con el paso de los años, se había resignado: hacer amigos no merecía la pena. Estaba mejor sola. ¡Y ya ni hablemos de romances! Establecer una relación de cualquier tipo era perder el tiempo. La siguiente mudanza acechaba y, con ella, las despedidas.

Sus padres, en cambio, lo veían de otra forma. Para ellos, Susana había podido conocer diferentes culturas, vivir en decenas de sitios, aprender idiomas y hacer muchísimas más amistades que el resto de las jovencitas de su edad. Toda una experiencia.

Por eso quería (necesitaba) entrar en aquella facultad. Cuando la siguiente mudanza de sus padres llegase, y se marchasen de Madrid, ella ya no los seguiría. Comenzaría una nueva vida, y se permitiría el lujo de echar raíces por primera vez.

Pero, para eso, primero tenía que aprobar el examen.

—Bueno —dijo su padre frenando junto a la acera—. Ya hemos llegado.

Ante ellos se erguía un imponente edificio de estilo industrial, con una ancha escalinata que ascendía por la enorme fachada de hormigón gris hasta las puertas acristaladas.

—Vamos allá… —suspiró Susana con la vista fija en aquellas letras de hierro que rezaban «FACULTAD DE BELLAS ARTES» sobre la entrada.

3

Marcos salió de su casa a todo correr. No había tenido tiempo de ducharse. Apenas se había hecho con unas zapatillas, una camiseta y unos vaqueros que se terminó de abrochar dando saltitos por los rellanos de su edificio.

Decidió que llegaría más rápido si iba en bicicleta, en vez de pillar el autobús, de modo que bajó hasta el trastero del garaje. Ahí estaba: su vieja bicicleta plateada. Había pertenecido a su padre, pero estaba como nueva. Marcos se había esmerado en conservarla. Era de los pocos recuerdos tangibles que le quedaban de él.

Con un par de pedaleos cruzó el garaje y salió por la puerta, calle abajo. Ni siquiera se molestó en saludar a su vecina, la viuda del coronel, que paseaba al perro de buena mañana.

—¡Marcos! Qué sorpresa. ¿Crees que podrías pasarte a limpiar esta tarde? ¿Marcos? ¿Adónde…?

La dejó con la palabra en la boca. No tenía tiempo de enzarzarse en banales conversaciones sobre el clima o la familia. Además, su ca­sa estaba impoluta. La había limpiado a fondo el día anterior. Lo que aquella señora necesitaba no era un asistente, sino alguien que le hiciese compañía.

Pero pagaba bien, y Marcos no podía hacerle ascos al dinero.

Sus ingresos ni de lejos se limitaban a lo que ganaba limpiando casas. Durante aquel último curso de instituto, Marcos había llenado sus tardes con todo tipo de trabajos, aprovechando hasta el último hueco libre para ganar algo de dinero. A saber: pasear perros por el vecindario, limpiar coches en el AutoPark, repartir propaganda por los buzones, canguro a domicilio, profesor particular de Inglés (nivel infantil)… Pero, sin duda, el trabajo que se llevaba la palma era el del zoo.

Marcos había conseguido un pequeño turno los fines de semana en el zoológico municipal de Zaragoza, como «experto en recogida de excrementos» o, como decía su jefe, el «limpia-cacas». Como trabajo no resultaba agotador, pero sí humillante y cuando menos peligroso, dado que muchas veces la limpieza se hacía con los propios animales en la jaula, para no perturbar su «ecosistema natural».

En sus pesadillas nocturnas, Marcos aún recordaba los chillidos de los babuinos.

«El trabajo dignifica», pensó, reprimiendo una amarga sonrisa. No sabía si sentirse digno o indigno, pero había sido un año de locura. Y todo ello mientras cursaba Bachillerato.

Marcos sabía muy bien qué nota media necesitaba: un 9,3 sobre 10. La que le exigía la Universidad Margarita Salas de Barcelona para entrar en Medicina, y, aunque era consciente de que apuntaba alto (era la más prestigiosa en su área), quería entrar fuese como fuese.

Pero la nota no bastaba. Necesitaría ahorrar mucho dinero si quería irse a Barcelona, de ahí que hubiese dedicado tanto tiempo a trabajos tan poco gratificantes.

Cortando el viento y sorteando farolas calle abajo, Marcos inspiró profundamente y fue soltando el aire poco a poco hasta tranquilizarse por completo. El calor resultaba sofocante, aunque, por otro lado, aquello hacía que no hubiese ni un solo peatón con el suficiente valor para salir a dar un paseo, y las calles estaban desiertas. El logo parpadeante de la farmacia lo informó de que faltaban escasos minutos para las diez y media. ¿Habría llegado ya su mejor amigo, Jake, al instituto? ¿Qué nota habría sacado? Nunca había sido un estudiante demasiado entregado, pero ¿habría aprobado?

Marcos lo dudaba.

Jake era en realidad Jacobo Gómez, pero nadie podía llamarlo por su nombre real. Renegaba de él desde que, de pequeños, la taquillera película Crepúsculo había puesto de moda a un hombre lobo descamisado, de nombre «Jacob», suscitando las burlas de todos los niños. Desde entonces, se había rebautizado como Jake, y casi nadie recordaba ya su verdadero nombre.

Marcos y Jake eran como hermanos. Habían crecido juntos desde que la memoria alcanzaba y, aunque compartían gustos y aficiones, también tenían sus diferencias. En los estudios, sobre todo: Marcos siempre había sido un buen estudiante, de los que se esforzaban y trabajaban a diario, el típico compañero al que le pedirías los apuntes; Jake, en cambio, era lo que se denomina un vagus communis, que aprobaba con notas raspadas, sin abrir ni un libro, y apenas se había dignado a pisar el aula durante aquel último año. Había cursado el Bachillerato por expreso deseo de sus padres y porque tampoco tenía ni la más remota idea de lo que quería ser «de mayor», de modo que, en lo que se decidía, dejaba que la inercia lo guiase.

¿Y qué sería de Alberto y Diego? ¿Qué notas habrían sacado?

Ellos completaban el cuadrado de aquella amistad, aunque Marcos y Jake tenían una conexión más fuerte. Como siempre sucede en los grupos de amigos.

Con dieciocho años recién cumplidos, Alberto era el mayor y también el más alto de los cuatro, de espalda ancha y hombros fuertes. Sus ojos se ocultaban tras unas gruesas gafas de pasta negras, que no eran en absoluto fruto de la moda hipster. Más bien, Alberto se había quedado miope de pasar horas y horas leyendo. Raro era no encontrárselo con una novela bajo el brazo, paseando por la calle, esperando el autobús o incluso en clase. Por supuesto, era un alumno brillante. Los sobresalientes se sucedían con tanta facilidad que ya casi ni lo entusiasmaban. Al menos sabía que no tendría ningún problema para entrar en Ingeniería Biomédica… ¡Por el amor del cielo! Nadie sabía qué diantres era aquello.

Marcos estaba convencido de que lo conseguiría.

Y por otro lado estaba Diego, el buenazo del grupo. Era un chico alegre, cariñoso, espontáneo y, sobre todo, muy risueño. De esa clase de personas que siempre responden las primeras a los mensajes, que nunca ponen pegas a ningún plan… Su pasión era el teatro y, aunque nunca había destacado en los estudios, siempre había conseguido ir aprobando. Sin embargo, meses atrás había comenzado una relación con otro chico. Como es habitual, todo al principio era precioso, pomposo y maravilloso, y no fue hasta los exámenes finales que la pareja rompió de manera dramática, con incluso terceras personas implicadas, lo cual saboteó la autoestima de Diego y supuso un tremendo bache en sus estudios.

Marcos sabía que había sido difícil, pero esperaba que hubiese logrado aprobar los exámenes de acceso.

Jake, Alberto y Diego. Sus tres mejores amigos. Pensar en ellos lo reconfortó hasta el punto de que dejó de pensar en las notas de corte, o en las universidades, o en el dinero… Habían vivido tantos buenos momentos, tantas tardes de niños, jugando a videojuegos, a las canicas y a los tazos, o riendo los chistes verdes que oían a los mayores y que apenas entendían. Pero juntos también se habían hecho adolescentes. Habían fumado, bebido, salido de fiesta… Habían vivido los primeros amores, los primeros besos y, bueno, otras primeras experiencias.

Pero ahora, aunque ninguno se atrevía a sacar el tema, la vi­da adulta se cernía sobre su amistad como un buitre, girando en círculos. ¿Qué sería de ellos cuando llegase septiembre? Resultaba duro pensar que aquel sería, con toda probabilidad, su último verano juntos.

Marcos dio un último impulso a los pedales y tomó la curva que daba a la calle de su instituto. El gran edificio de tres plantas, pintado en tonos grises y fríos, relucía bajo el sol. Desde la entrada, en las escaleras de la puerta principal, llegaba el bullicio de decenas de chavales de su edad. Se respiraba una emoción general.

Las notas ya estaban publicadas.

Entró derrapando en el parking, dejando la marca de sus ruedas en la gravilla. Aparcó la bicicleta entre las demás (rezando porque no se la robasen) y corrió a reunirse con sus compañeros, subiendo los escalones de dos en dos. Nada más cruzar por la puerta, el barullo se hizo intenso: los jóvenes gritaban emocionados, frustrados, enfadados…, todos apiñados alrededor del gran tablón de anuncios donde, colgados con chinchetas plateadas, estaban los listados con las notas.

Entonces apareció Diego.

—¡He aprobado! —gritó eufórico, abalanzándose sobre Marcos.

—Esto… ¡Qué bien! —exclamó él aún confuso por la situación, pe­ro correspondiendo a su abrazo.

—Sí, bueno: un notable bajo, pero ¡he aprobado!

Marcos sonrió. Si algo hacía único a Diego era su entusiasmo. Se alegraba por él. Al instante apareció Alberto, con sus gafas gruesas y su libro bajo el brazo.

—Un 13,9 —dijo como si nada, con su habitual tono de aburrimiento—, sobre 14, evidentemente.

—¡Felicidades! —gritó Diego, y también lo abrazó. Aquella nota era digna de Alberto, que, como siempre, se había superado a sí mismo.

—Vaya, ¡enhorabuena! —lo felicitó Marcos.

—¿Dónde estabas? —le preguntó, indiferente a su portentosa calificación—. Nos tenías preocupados.

—Te mandamos decenas de mensajes —dijo Diego—. Habíamos quedado esta mañana para venir los cuatro juntos, ¿recuerdas?

—Se me pasó, lo siento.

—Jake tampoco respondió. ¿Sabes algo de él?

Marcos negó. Los tres miraron en todas las direcciones, pero no había ni rastro de su amigo, que seguramente no querría conocer su nota.

—Bueno… ¿Y tú qué? —añadió Diego con una sonrisa—. ¿Te vas a Barcelona?

—No…, no sé. Acabo de llegar y no…

—¡Venga! —dijo cogiéndolo del brazo—. Vamos a ver tu nota.

Se introdujeron en la marabunta de estudiantes, guiados por Alberto, que era el más alto. Poco a poco se fueron colando entre la gente y, después de muchos empujones, llegaron hasta el corcho.

Los folios colgaban imperturbables.

De pronto, Marcos sintió náuseas y quiso salir corriendo. ¿Y si no conseguía su ansiado 9,3? Tendría que resignarse. Todo el esfuerzo habría sido en vano.

Viendo que su amigo no tenía la fuerza para mirar la hoja con los resultados, Alberto alargó la mano y fue deslizando el dedo mientras buscaba entre decenas de nombres.

—H… J… L… ¡M! Magda… Maika… Manuel… ¿Manuel? ¿Ese zopenco ha aprobado?

—¿¡Quieres darte prisa!? —gritó Diego desesperado.

—Ya voy, tranquilidad: Manuel... María… ¡Marcos!

Se produjeron unos instantes de expectación, entre el griterío del resto de los estudiantes.

—¿Y bien...? —le instó Diego.

Alberto se dio la vuelta, con el rostro surcado por la tristeza.

—¿¡Qué nota!? —preguntó al borde del ataque de pánico.

Alberto sonrió con picardía.

—¡13,17!

—¡Felicidades! —gritó Diego, al tiempo que se lanzaba para darle otro abrazo.

Alberto, de naturaleza más templada y emociones contenidas, le dio unas palmaditas en la espalda, orgulloso.

—Enhorabuena, amigo —dijo.

Marcos, en cambio, seguía en estado de shock, sin asimilar muy bien lo que aquello suponía.

—Te llega, ¿no? —preguntó Diego.

—Supongo… ¿Cuánto sería sobre 10? —preguntó.

Los tres amigos se miraron.

—¡Rápido, rápido! ¿Cuánto es? ¿Un 9 con algo…? ¡Me he dejado el teléfono en casa!

Diego abrió rápidamente la calculadora del móvil, al tiempo que Alberto alzaba la vista al techo y comenzaba a calcularlo mentalmente. Marcos, demasiado nervioso para pensar, aguardó el resultado.

—¡9,4! —dijeron al unísono.

El rostro del joven se iluminó: lo había conseguido.

—En concreto sería 9,41. —Alberto sintió la necesidad de puntualizarlo.

—Eh, chicos —dijo Diego—. Mirad. —Señaló un punto en ese mismo folio.

Ahí estaba. Jacobo Gómez. Su amigo Jake. Seguido de un inconfundible «2,0 SUSPENSO».

4

Susana pintaba tranquilamente, con su playlist de música heavy de fondo. Lejos de buscar melodías relajantes y caribeñas, ella prefería inspirarse con los solos de guitarra eléctrica de Iron Maiden o Kiss.

Amaba pintar y dibujar. Había comenzado a una edad temprana (aún conservaba las acuarelas del parvulario) y, desde entonces, el pincel se había convertido en su único e inseparable amigo. Era la forma de expresar sus sentimientos sin que nadie más pudiese verlos: encriptados entre los trazos del lienzo. Otros escribían diarios o componían canciones, pero ella pintaba.

Sin embargo, sobre su escritorio aún seguía la carta de rechazo que había llegado, un par de días atrás, directa desde la Facultad de Bellas Artes.

El examen había sido un completo desastre. La parte teórica no supuso un problema, pues Susana era una apasionada de leer sobre arte y visitar museos (se conocía al dedillo los estilos, los autores y las obras); pero en la parte práctica les pidieron hacer un grabado en madera, y ella no conocía ni la técnica, ni los materiales ni las herramientas. Había intentado hacerlo lo mejor posible, pero el resultado fueron tres horas perdidas y un absoluto estropicio.

No servía ni para prender una fogata.

Aquellos remilgados profesores, con sus maletines de cuero y sus chaquetas con coderas, habían suspendido el examen de acceso de Susana, rompiendo en mil pedazos sus expectativas de futuro.

No tenía «plan B». Aquella carrera había sido su obsesión desde hacía años y ahora no tenía ni idea de qué estudiar. Y lo peor era que había sido la confirmación de lo que llevaba años sospechando: su arte no valía para nada. Podía ganarse el aplauso de su abuela, incluso las alabanzas de algún desconocido por redes sociales, pero la gente de verdad, los que sabían, le habían dejado bien claro que jamás podría dedicarse a ello.

Quiso quemar la facultad el día que llegó la carta, pero, en su lugar, decidió volcar sus frustraciones con el lienzo. Ahora, con los gritos desgarradores de Aerosmith de fondo, guiaba su mano para dar las pinceladas certeras. Llevaba varios días enfrascada en un cuadro al que había bautizado como Mis ganas de vivir: era un lienzo en negro, con tonos rojizos y alguna que otra raja en la tela. Arte conceptual.

Los gritos de su madre desde la cocina, pidiéndole que bajase a desayunar, la desconcentraron. La inspiración se fue de golpe, como una voluta de humo.

Murmuró algún insulto por lo bajo. Odiaba aquella manía impuesta de tener que desayunar en familia cada día. ¿Acaso su madre no entendía que estaban de vacaciones? ¡Cuánto daño había hecho La casa de la pradera!

Posó la paleta en el caballete, metió los pinceles en el vaso de agua y fue hacia el baño. Se lavó las manos a conciencia y, aunque quedaban restos de pintura en sus uñas, se dio por satisfecha. Ni siquiera se molestó en pasarse el cepillo por el pelo, arreglarse un poco o quitarse el pijama. Susana no entendía la recompensa de dedicar tanto cuidado a una cara y un cuerpo que, a fin de cuentas, seguirían sin gustarle.

Su madre volvió a gritarle que bajara desde el piso de abajo, de modo que salió del baño, apagó la música que tanto molestaba a su familia y se dispuso a bajar las inmensas escaleras del dúplex en el que apenas llevaban viviendo un par de meses.

Al llegar abajo hizo un giro muy teatral, apoyada en la esfera del pasamanos, y entró en la cocina. La estampa era digna de fotografía. «La familia perfecta», se dijo Susana casi poniendo los ojos en blanco.

A un lado de la pequeña mesa redonda, los mellizos (Samuel y Samanta) desayunaban cereales. Los dos eran rubios y de profundos ojos azules. Ella tenía el pelo largo hasta la cintura y unas pecas muy graciosas en la nariz; él, en cambio, no tenía pecas, pero sí dos pequeños hoyuelos que aparecían a cada lado de su pícara sonrisa cada vez que hacía alguna travesura.

Su existencia era la confirmación de que, o bien Susana era adoptada, o bien ellos se habían llevado toda la belleza. Samuel estaba concentrado en separar de su bol los cereales de maíz de los de chocolate, mientras que Samanta buscaba el regalo sorpresa oculto en lo más profundo de la caja.

—Hola, renacuajos —dijo despeinándolos cariñosamente. Él le sacó la lengua, pero ella siguió concentrada en buscar el juguete.

Al lado, escondido tras un gran periódico, estaba su padre, que solo se despegaba del diario para beber de una taza de café humeante. Junto a este, su madre untaba las tostadas con mermelada de frambuesa, moviendo el cuchillo lentamente de un lado a otro.

—Buenos días —dijo sin desviar la mirada de la tostada—. ¿Has dormido bien?

—¿Cómo quieres que duerma bien con este calor? —respondió Susana sin ninguna intención de sonar impertinente. Su madre la fulminó con la mirada, pero no dijo nada.

Fue entonces, mientras se disponía a escoger una taza adecuada para el desayuno, cuando se percató de los numerosos folletos que había desparramados por la encimera. Cogió uno al azar. «Universidad Carlos III de Madrid», ponía. Lo desplegó y observó con atención las fotografías del campus, aulas y zonas verdes, donde los alumnos paseaban, descansaban o estudiaban.

Todos los panfletos eran por el estilo. ¿Universidad? Susana se temió lo peor.

—¿Qué se supone que es esto? —preguntó extrañada.

Su madre se tomó su tiempo. Hizo crujir la tostada entre los dientes y masticó poco a poco, mientras su hija esperaba atónita una respuesta.

—Un folleto —contestó sin más.

Susana reprimió las ganas de aplaudir con sarcasmo y volvió a preguntar:

—¿Quién va a ir a la universidad?

—Los mellizos, por supuesto. —Al parecer, su madre no dudaba en usar el sarcasmo. Susana no daba crédito.

—¿Nadie creyó conveniente consultarme primero?

—Por supuesto —contestó su padre desde detrás del periódico—. Cariño, ¿en qué universidad te quieres matricular?

—Oh, bien. Muy bien. Sí, sí. Maravilloso.

Tiró el folleto encima de los demás y se sentó en la silla que quedaba libre. Se cruzó de brazos esperando una respuesta más convincente.

—Ya hemos hablado de esto antes, Susana —añadió su madre en tono tajante, escudriñándola con la mirada—. Sabemos que ha sido duro para ti que no te admitiesen en Bellas Artes, y que estás frustrada, pero ¿qué pretendes?, ¿desperdiciar tu media?

Susana bufó disgustada. Había sacado buena nota en los exámenes de acceso a la universidad (no tener amigos ni vida social dejaba mucho tiempo libre para estudiar), pero, sacando su carrera soñada de la ecuación, ya no le quedaban opciones.

—No sé qué carrera...

—¿Qué hay de Psicología? —la cortó su madre—. Antes te gustaba.

—Debes comprender que, en los tiempos que corren, debes estar muy preparada para…

—Ya, ya sé… —Susana estaba aburrida de la misma cantinela de siempre—. Prepárate para el futuro, mira hacia delante, yes we can y todo eso.

—Qué niña más tozuda —suspiró su madre exasperada.

—Nadie te está obligando a nada —añadió su padre, conciliador—, pero Bellas Artes no es la única carrera del mundo, y tú madre y yo no queremos volver a oír a hablar de «años sabáticos» o «trabajar en McDonald’s»… Va siendo hora de aclararse un poco las ideas. ¿No crees?

Se produjo un silencio incómodo. Incluso los mellizos callaron. Habían tenido aquella charla decenas de veces. ¿Tan difícil era de entender? Sencillamente, Susana no sabía qué hacer con su vida.

Miró a su padre y a su madre. Cansada de la conversación, se levantó, cogió una manzana del frutero y subió a su habitación.

Una vez en su cuarto, cerró la puerta de golpe, furiosa. Se tiró en la cama y mordió la manzana, que crujió bajo sus dientes. Estaba enfadada. ¿Acaso no tenía ni voz ni voto en la decisión de su propio futuro?

Hacerse mayor era una mierda.

5

El teléfono de Marcos vibró, anunciando un nuevo mensaje. Deslizó el dedo por la pantalla, hasta dar con la conversación que tenía con sus amigos. Jake había hablado finalmente, con un mensaje claro y conciso.

Jake

A las seis en el parque.

Alberto

¿¿¿???

Vale

Diego

Qué extraño… Llevaban días sin saber nada de él y ¿de repente quería quedar?, ¿sin explicaciones? Y ¿por qué estaba tan serio? ¡Había puesto un punto! Jake nunca ponía punto. Algo debía de preocupar a su amigo. Quiso responder que acudiría a la cita sin problema, pero justo entonces llegó un correo a la bandeja de entrada que lo desconcertó. Era de la Secretaría del Zoológico Municipal de Zaragoza. ¿Por qué le seguían mandando correos? Su contrato había terminado el mes pasado.

Le reconfortó comprobar que tan solo era un texto formal, agradeciendo sus servicios. Suspiró aliviado: la perspectiva de volver a la jaula de los monos le producía sudores fríos. No obstante, Marcos no podía ignorar el hecho de que se había quedado sin trabajo. Ergo, sin sueldo. Había ahorrado sin descanso durante todo el curso, pero debía enfrentarse a la realidad: no tenía dinero suficiente para mudarse a Barcelona.

Se tumbó sobre la cama, se masajeó el puente de la nariz y suspiró, maldiciendo al zoo y a todos sus babuinos, que se habían llevado un curso entero de su vida a cambio de un mísero salario. Por no hablar de su dignidad.

Su madre ya le había dicho que trataría de ayudarlo, pero su sueldo no bastaría (matrículas, alquiler, facturas, comidas, material…), además de que tenía que mantenerse a sí misma en Zaragoza. Y, desde luego, la mísera pensión de orfandad no cubriría ni los libros de texto.

«El dinero —maldijo para sus adentros—, siempre el puto dinero».

Había barajado la posibilidad de buscarse un trabajo una vez instalado en Barcelona, pero en el fondo sabía que, si quería sacarse la carrera, más le valía centrarse en los estudios.

Estaba furioso. Había escuchado durante años el discurso de la meritocracia, ese que tanto gustaba a los mayores: «¡Esfuérzate y llegarás!», decían. Pero era mentira. A veces te esfuerzas y no llegas. Porque no tienes dinero para pagar una matrícula, y todos tus sueños se van a la mierda. Y tú te quedas como un tonto, con tus sobresalientes.

Aunque no estaba todo perdido. Tenía todo el verano por delante para seguir ahorrando, y aún le quedaba una última opción. Por mucho que le costara hacerse a la idea de volver allí.

El Camping de Loli.

6

Susana entró en casa muy acalorada. Había subestimado el calor que haría en el parque del Retiro. «Me pondré a la sombra», había pensado y, cargada con su libreta de bocetos y una paleta de acuarelas, había salido a ver si la naturaleza la inspiraba un poco. Pero, entre el calor, el estrés y la angustia, no había sido capaz de concentrarse en la pintura. ¿Cómo iba a decidir sobre su futuro si no era capaz ni de pintar?

Cargada con los bártulos y aún sin aliento, cerró la puerta de entrada con el pie y se dejó sumergir en el frescor del aire acondicionado. Dejó los utensilios en la mesa del vestíbulo y subió las escaleras. Por el pasillo se cruzó con la pequeña Samanta.

—¡Mira qué dibujo he pintado! —dijo, levantando orgullosa el folio.

—Oh… —contestó ella sin prestar demasiada atención.

—Mira —señaló el papel—, esta eres tú, este es papá, mamá, yo y Samuel.

—Samuel y yo —la corrigió revolviendo sus largos cabellos rubios—. A ver…

Susana observó el dibujo de cerca.

—¡Qué bonito…! —exclamó antes siquiera de tenerlo entre las manos. Pero algo la hizo callar. Examinó en sus dedos la pintura.

—Samanta, ¿con qué lo has pintado?

—Tranquila, no he usado las pinturas de los cuadros —contestó—. Ya sé que no me dejas.

Meses atrás, su hermana había vaciado todos los tubos de pintura de su caballete para hacer un dibujo. No había sido con mala intención, pero Susana se había puesto muy furiosa al ver el estropicio.

Suspiró aliviada.

—Entonces ¿qué has usado? —El dibujo emanaba un olor muy fuerte, estaba claro que no eran acuarelas, pero tampoco acrílico.

—Bueno, como no puedo usar las pinturas que hay en el atril —se refería al caballete, pero no la corrigió—, cogí unas que guardas en el cajón.

—¿Cajón? ¿Qué cajón? —preguntó extrañada.

—El de tu escritorio —contestó la niña.

—Yo no guardo pinturas en el escritorio, ahí solo están mis…

«No, no, no…», pensó Susana, invadida por un mal presentimiento. Corrió hacia su cuarto seguida por su hermana y, nada más entrar, sus sospechas se vieron confirmadas.

—¡No me lo puedo creer! —gritó—. ¡Los has vaciado todos!

Allí estaban, esparcidos encima de la mesa: todos sus botes de esmalte de uñas.

—Pero, pero, pero ¿¡por qué!? ¿¡Acaso no tienes tus pinturas!?

—¿Qué más te da? —le reprochó Samanta—. ¡Nunca los usas!

—¿¡Que qué más me da!?

—¿Qué son estos gritos? —dijo su madre entrando en la habitación.

—Pues que tu hija ha vaciado todos mis botes de esmalte para hacer un dibujo.

—¿Un dibujo? Oh… Qué bonito, cielo —dijo su madre acariciándole el pelo a la niña.

—¡No! ¡De bonito nada!

—¿Puedo verlo? —la ignoró su madre.

—Claro —respondió la niña mostrándole el folio—. Mira: este es papá, esta eres tú…

—¿¡Me estás escuchando!? —repitió señalando la mesa con ambos brazos.

—La culpa es tuya —le recriminó su madre—. Si no los dejases a su alcance…

—¿¡Qué!? —gritó indignada, poniendo los ojos como platos.

—Ya me has oído. Y limpia la mesa antes de que se seque la pintura.

Atónita, observó a su hermana sonreír con picardía, protegida tras las piernas de su madre.

—¿¡No vas a decirle nada!?

—¿Qué quieres que le diga? —contestó, imperturbable ante los gritos de la adolescente.

Susana, al borde de la histeria, se tiró en la cama y gritó con todas sus fuerzas contra la almohada. Su madre suspiró.

—Rápido, Samanta, ve a buscar una bayeta húmeda.

La niña desapareció por el pasillo. Su madre se acercó a la cama y se sentó junto a los pies de Susana.

—Cariño —la consoló acariciando su espalda—, sé que es difícil para ti soportar las travesuras de tus hermanos. —Tras una larga pausa, cogió aire y prosiguió—: Pero bueno, cuando vayas a la universidad ya no tendrás que preocuparte de…

—¿Cómo lo haces? —la cortó Susana, hablando contra la almohada.

—¿El qué?

—¿Cómo haces que todas las conversaciones deriven en el mismo tema?

Su madre sonrió, aunque la joven no se percató.

—Sé que no ha sido fácil asimilar lo de Bellas Artes, y que ahora no tienes las cosas claras. Es normal a tu edad, pero créeme: lo hacemos por ti. Es lo mejor para tu futuro.

—Lo sé…

Se produjo un largo silencio.

—Pero primero has de sobrevivir a tus hermanos lo que queda de verano.

—No creo que sea capaz —bromeó Susana.

—Yo tampoco —coincidió su madre—, y menos en el camping.

«Wow, wow, wow… Wow… ¿Qué?».

Susana se dio la vuelta y miró a su madre.

—¿Camping? ¿Qué camping?

—Nada… Tu padre, que estaba saturadísimo con el trabajo y me dijo que necesitaba un retiro alejado de la ciudad. Algo para desconectar, ya sabes. Y hemos pensado que sería una buena ocasión para marchar de vacaciones.

—¡Por el amor del cielo! ¿Es que nadie en esta casa me tiene en cuenta? —dijo Susana indignada—. ¿Cuánto tiempo?

—Reservaremos un bungaló, será bonito…

—¿Cuánto tiempo?

—… algo cerca de la playa, para poder relajarnos y…

—Mamá. Cuánto. Tiempo.

Su madre suspiró.

—Lo que queda de verano.

—¿¡Dos meses!? ¿¡Dos meses encerrada en un bungaló con los mellizos!? —Susana bufó y volvió a hundir la cara en la almohada—. Definitivamente no sobreviviré.

—Por eso he pensado que podrías invitar a alguna amiga.

Susana quiso reír, pero la situación era demasiado dramática. ¿Una amiga? ¡Por supuesto! Llamaría a… ¡Ah, no! Porque llevaba dieciocho años mudándose de ciudad y de colegio, y no tenía ni una miserable amiga.

—No tengo amigas —se limitó a contestar.

—¿Qué hay de Nuria?

—Nerea —la corrigió—, y no hablo con ella desde que nos mudamos de Sevilla.

—Oh… ¿Y aquella chica rubia tan maja que vino un día a casa?

Susana gruñó algo incomprensible. Ni siquiera ella se acordaba del nombre. Una chica muy «maja», en efecto, con la que había tenido que hacer un estúpido proyecto de Biología. Desde entonces no se habían dirigido la palabra, pero su madre ya creía que eran amigas del alma.

—No —dijo simplemente.

—Bueno, pues no sé —concluyó su madre—. Pero me niego a tenerte dos meses de morros encerrada en el bungaló escuchando la música esa atronadora que escuchas. —Apoyó las manos en las rodillas y se levantó de la cama—. Y haz el favor de limpiar la mesa.

Susana se giró boca arriba y suspiró. Su madre se dispuso a salir del dormitorio, pero, justo antes de cruzar la puerta, se dio la vuelta.

—¿Sabes a quién podría hacerle ilusión? —preguntó apoyada en el marco.

—¿Limpiar la mesa? —dijo Susana con sarcasmo.

—No, pasar el verano con nosotros. ¿Sabes a quién? —No esperó una respuesta—. A Hannah.

Dicho esto, salió de la habitación y cerró la puerta. Susana se quedó un rato pensativa.

Hannah Hoult. El recuerdo de la muchacha la llenó de nostalgia.

Los Hoult fueron sus vecinos durante los dos años que habían vivido en Brístol. Había sido su estancia más larga y, de hecho, todos creían que sería la definitiva. Pero, como siempre, pasado el tiempo propicio, el proyecto al que habían asignado a su padre se terminó y lo trasladaron a otra ciudad. Y, como siempre, su familia lo siguió, dejando atrás Brístol y a los Hoult.

De madre española y padre galés, Hannah era la única hija del matrimonio. Hablaba perfectamente castellano y Susana la recordaba como una chica entusiasta y divertida. Juntas habían vivido grandes momentos. Por aquel entonces solían pasar todas las tardes hablando: de chicos, de chicas, de actores famosos, de grupos de música (el heavy metal era la gran pasión de Susana), de cine (las comedias románticas de los noventa volvían loca a Hannah) y, en general, manteniendo conversaciones banales.

Hannah había sido lo más parecido a una mejor amiga para Susana. Llevaba casi un año sin verla y, a decir verdad, la echaba de menos. Echaba de menos pasar las tardes en su casa, echaba de menos ir con ella al instituto, echaba de menos ir a las tiendas de Brístol y arramblar con todos los discos indies.

Sí, la echaba de menos. Tal vez por eso, tan pronto como su madre pronunció su nombre, Susana ya estaba marcando el número, guardado en el pobre listado de contactos de su teléfono.

Primer pitido.

¿La reconocería? ¿Se acordaría de quién era? Vale que solo llevaba un año sin verla, pero habían hablado muy poco por redes sociales, y un año a esas edades podía ser un abismo.

Segundo pitido.

¿Por qué narices no respondía? Tal vez había cambiado de teléfono. Tal vez se había mudado y ya no vivía en esa dirección…

Tercer pitido.

… tal vez había reconocido el número de Susana y no quería hablar con ella. O peor, seguro que se había olvidado por completo de quién era y no tenía intención de…

—Hello?

—¿Sí? ¿Hannah? Soy Susana, tu vecina de hace un par de años que se mudó a…

No pudo acabar la frase. A través del auricular le ll

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