Camino a renacer

Anabella Franco

Fragmento

Corporativa

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Penguin Random House

Para todas las lectoras que pidieron

esta historia cada día durante años.

Gracias por amar a estos personajes tanto como yo.

Para las que recién los conocen.

Ojalá que se sumen a las «Juli Lovers».

Y en especial para las mujeres y los hombres

que luchan por lo justo.

Para los que se abrazan y se aman

a pesar de los impedimentos del destino.

#AnabellaEntregáAJulián

Aquí lo tienen.

1

Julián se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz y empezó a leer.

Todo comenzó con una mentira. ¿Qué son los libros, sino mentiras tan buenas que acabamos creyendo que todo lo que nos cuentan pasa de verdad?

Estaba sentada en el escritorio que habían colocado los dueños de la librería, firmando ejemplares de mi novela recién publicada. Me parecía que el tiempo pasaba muy rápido, pero había estado ahí más de una hora. Una firma, una foto, otra firma, otra foto, y así muchas más. Las risas y conversaciones se sucedían como el agua que corre por un manantial, y lo más gracioso de todo fue que me preguntaban si lo que contaba en el libro me había pasado de verdad. Yo me mordía la lengua, porque habíamos usado como eslogan publicitario la mentira de que tal vez la historia era real. ¡Ojalá!

—Me gustó mucho tu libro —me dijo una mujer con una sonrisa enorme—. ¿Para cuándo el próximo?

Yo me reí porque no acababa de parir el primero que ya me pedían el segundo, y estaba segura de que alguna me pediría el tercero. Pero las lectoras me hacían muy feliz, así que disfrutaba de sus preguntas.

—Ojalá haya un próximo libro. Muchas gracias por querer leer más de mí —respondí. A decir verdad, no tenía idea de si podría publicar otro. «Depende de las ventas», me había dicho la editora.

Jamás imaginé lo que sucedería después, y eso que las escritoras imaginamos todo el tiempo, incluso cosas que para cualquier persona cuerda parecerían locuras. Quizás estoy un poco loca, todos los artistas lo estamos. Lo importante es que, como dice el refrán, mi realidad superó la ficción.

Terminé de firmar el libro de la lectora que me pedía el segundo, y ella me preguntó si nos podíamos sacar una foto. Aunque nunca me gusta cómo salgo en las fotos, le dije que sí, como había hecho con las demás personas. Entonces ella le ofreció la cámara a un hombre.

¡Dios mío, qué hombre! No eran su pelo negro ni sus ojos marrones lo que lo hacía especial; eso se ve a diario. Era la energía que lo desbordaba. No era un carilindo de televisión, pero me pareció el hombre más atractivo que había visto nunca. Tenía unos cuantos años más que yo, la mirada más intensa del mundo y un porte seductor que me dejó muda. Estaba vestido con un traje negro y una camisa blanca. Llevaba una corbata con arabescos grises y dos pulseritas. ¿Dos pulseritas? Eran las cualidades de mi personaje. ¡Era mi Fabián!

Pero Fabián no existía. ¿Cómo podía pensar que se había materializado en ese desconocido? Sin dudas no era más que una coincidencia. Pero su energía, su contextura física y esas pulseritas… Hasta llevaba el mismo anillo que Fabián en el anular derecho, ese de garabatos mexicanos que a mí, en mi imaginación, me había deslumbrado cientos de veces, como el sol cuando brilla en las espadas de los libros que leo.

Apoyó el ejemplar sobre el escritorio, delante de mi cara de tonta, y se quedó mirándome. Uno, dos, tres segundos… Hasta que estiró una mano, me atrapó la nuca, se inclinó y me dio un beso.

Su lengua se introdujo entre mis dientes apretados y acarició la mía, arrebatándome el aliento. Su mano se movía contra mi cabeza y masajeaba mi cuero cabelludo, imitando los movimientos que sus labios hacían sobre los míos. No podía pensar. Fue el beso más caliente e irracional de mi vida.

Cuando se apartó, sus ojos parecían de fuego. Las personas nos aplaudían, sin dudas pensaban que ese hombre era Fabián, porque habíamos dicho que el personaje de la novela tal vez existía. ¡Pero era mentira!

—Yo no te autoricé para que hicieras pública nuestra historia —protestó él con voz tierna.

Y yo me quedé en ascuas, con el ceño fruncido. ¿De qué hablaba ese desconocido? Acababa de cruzarme con alguien más loco que yo. Teníamos que salir de la librería y correr a un manicomio. Al menos podríamos compartir la celda.

La risa de Julián hizo que Natalia se diera vuelta.

—¿Te gustó? —indagó, ansiosa, desde la silla del escritorio. Él seguía riendo, apoyado en el respaldo de la cama, con las piernas estiradas sobre el acolchado.

—¿De verdad vas a escribir esto? —preguntó, agitando el papel.

—¿Es demasiado malo? —se preocupó ella.

—Es divertido. Pero ¿te parece que puede pasar, que es verosímil? Le diste una vuelta de tuerca a nuestra historia. Por lo que entiendo, resulta que la escritora, que era el personaje principal de tu primera novela, había escrito un libro sobre sí misma y les hizo creer a todos que quizás era autobiográfico, pero es mentira. Ahora se encuentra con su personaje en la vida real, y no lo puede creer, porque pensó que no existía, aunque la gente creyó lo contrario. No es que quiera desalentarte, tenés que escribir lo que sientas. Pero ¿no te parece muy difícil? Es una idea complicada.

Natalia abandonó el escritorio dejando la computadora encendida y se acostó boca abajo, entre las piernas de Julián.

—Ya sé que es complicada, pero ¿por qué no podría pasar? Es ficción.

—Si con tu libro anterior muchos supieron que yo era Fabián, ahora van a creer que no existo. Aunque prefiero pasar desapercibido, no quiero que me piensen como una estrategia publicitaria.

Parecía triste de transformarse en una mera maniobra, y Natalia sintió mucha ternura.

—Es la idea, porque no quiero compartirte con nadie —contestó, tratando de reanimarlo.

Julián dejó el papel a un lado y se cruzó de brazos.

—¿Me parece a mí o estás jugando? —preguntó.

—Por supuesto. Soy escritora, y los escritores jugamos.

—¿Y cómo pensás resolverlo? Me refiero a que, como lector, mi primera hipótesis es que la escritora se está imaginando toda la situación. La segunda, que el lector es un loco que compró su libro, se enamoró de ella por la foto de la solapa y se hace pasar por Fabián, el personaje. En ese caso, no me gusta que aparezca y la bese de improviso. Hay dos posibilidades: él está loco o ella está loca, y eso tiene consecuencias.

—O simplemente es el personaje hecho carne y hueso, sin demasiadas vueltas —respondió Natalia, alzando una ceja y con tono de misterio. Rio, tentada por la expresión de desconcierto de Julián—. Todavía no tengo idea de cómo voy a resolverlo —confesó—. No importa cómo sigue, ya se me ocurrirá algo. Sabés que armo escenas sueltas y después veo si encajan. Por ahora me salió eso, me divertí escribiéndolo y te lo mostré. ¿No te gusta ir leyendo una obra mientras el autor la está construyendo?

—Me fascina —respondió él, acariciándole el cuello. Bajó un bretel de la musculosa celeste de Natalia, y la tirita cayó por debajo de su hombro. Lo acarició con un dedo—. Si querés, te puedo ayudar con la inspiración para más escenas de esas que dejaron a todo el mundo con ganas.

—¿Con ganas de qué? —bromeó Natalia, deslizándose hacia adelante hasta que sus pechos rozaron la entrepierna de Julián.

—No sé, de esas cosas que te gusta contar a vos.

Ella se mordió el labio y sonrió.

—¿Y a vos te dejaron con ganas? —indagó.

—¡Uff! —exclamó Julián, con una mirada expresiva. Natalia rio.

—Un día me retaste por decirte «¡uff!». No deberías hacer lo que no te gusta que te hagan: no le podés decir «¡uff!» a una mujer que se muere por vos y dejarla así… sin nada.

Él bajó la cabeza y le rodeó las mejillas con las manos. Su aliento suave y exquisito jugó a hacerle cosquillas en los labios a Natalia.

—¿Quién te dijo que te voy a dejar sin nada? —susurró, y la besó.

Natalia buscó el borde de su remera, una con el logo de Los Ramones que él le había prestado la primera vez que ella se había quedado a dormir en su casa. La levantó y le besó el abdomen. Amaba su piel un poco más oscura que la de ella, sus manos fuertes y expertas, su manera de acariciarla. Que entrecerrara los ojos cada vez que la deseaba, que le susurrara que la amaba y que su alma resplandeciera tanto como la de ella cuando de sus labios también escapaban esas mágicas palabras. Adoraba su manera de tratarla, su creatividad en la intimidad, cada fantasía que él le despertaba aunque no se lo propusiera.

Mientras le desabrochaba el pantalón, recordó la primera vez que lo había visto en un bar. Había escrito su primera novela basándose en lo que imaginaba de ese hombre que la había atrapado sin remedio, y luego, en su relación.

La diferencia de edad había sido el primer obstáculo. Julián le llevaba casi veinte años, y el prejuicio social había aparecido enseguida. Pensar en ello la hacía sentir excitada. Le gustaba respetar las normas tanto como romperlas.

Por otra parte, cuando habían comenzado a salir, no sabían que ella era la profesora de la hija de quince años de Julián, y eso también trajo problemas. Finalmente, después de muchas vueltas, los dos vencieron sus temores y se atrevieron a enfrentar al mundo. Lo que sentían era más fuerte que las imposiciones sociales, y habían descubierto que el camino al placer era mucho más que bienestar sexual. Implicaba amor y lealtad. Implicaba sentir que eran más poderosos cuando estaban juntos.

—¿En qué pensás? —le preguntó Julián mientras enredaba los dedos en su largo pelo castaño.

—En la gente, en nosotros, en cuánto me gusta lo que me estás haciendo —respondió ella.

Julián le quitó la musculosa, y Natalia hizo lo mismo con su remera. Cerró los ojos y sonrió cuando él comenzó a acariciarle los pechos y le besó la línea entre ellos. Echó la cabeza atrás, entonces la boca de Julián se apoderó de su cuello de nuevo. Ella comenzó a moverse sobre sus piernas, respirando como si estuviera sufriendo. Lo deseaba tanto que así era.

—Me encanta que me hagas eso —murmuró, acariciándole la espalda.

—A mí me encanta que te pongas así para mí… por mí —respondió Julián sobre la piel sensible detrás de su oreja.

Natalia se arrodilló para quitarse el resto de la ropa. Mientras tanto, él le desprendió el corpiño y deslizó los breteles por sus brazos. Se deshizo de la prenda arrojándola a un costado. Los pechos de Natalia, pequeños y pálidos, fueron para Julián una tentación irresistible. Los saboreó con lujuria, los veneró con su lengua mientras ella se movía sobre su miembro hasta que, de pronto, se internó en su cuerpo.

Comenzó a moverse, aferrada al respaldo de la cama. Era consciente de cuánto le gustaba a Julián que ella tomara las riendas, y eso la excitaba. No le demandó mucho tiempo llegar al final. Acabó entre besos, caricias y susurros del hombre que la amaba, y después descansó la frente sobre su hombro.

Él no le dio tiempo a pensar. La abrazó por la cintura y la recostó de espaldas. Natalia enredó las piernas en su cadera, y Julián volvió a penetrarla, incapaz de contenerse un segundo más.

—Amo tus ojos —balbuceó Natalia, agitada—. Amo tus ojos cuando me miran de esta manera, cuando me tocan, cuando me besan.

—Quiero que lo hagas de nuevo —murmuró él, mucho más directo. Su voz, poderosa por naturaleza, sonaba todavía más intensa.

Quería verla llegar al orgasmo una vez más. Si podía conducirla de nuevo al punto máximo de placer, entonces Natalia entendería por qué sus ojos la miraban de esa manera.

Volvió a besarle los pechos, el cuello, la boca roja y húmeda de pasión y deseo.

—Te amo —le dijo. Sentía que su alma explotaba cada vez que hacía el amor con ella, y no le alcanzaban los actos para demostrárselo.

La sintió temblar debajo de él, sacudida otra vez por las sensaciones que los unían más allá del acto físico. Llevaban casi un año juntos. Un año desde que se habían encontrado y habían elegido iniciar una relación que, si bien sabían que sería difícil, también valdría la pena.

Pensando en lo bien que se sentía estar con Natalia, Julián liberó sus instintos, salvajes y a la vez humanos, agradecido de que ella existiera.

La satisfacción los dejó exhaustos. Él apoyó la frente en el hombro de ella, y Natalia le tocó el pelo. Lo besó repetidas veces mientras Julián le acariciaba las mejillas tratando de reunir fuerzas para abandonar su cuerpo. Finalmente, se tendió de costado, y Natalia giró para abrazarlo. Julián pasó un brazo por debajo de su cuello.

—Me hiciste olvidar de lo que iba a escribir —bromeó ella.

Un sonido gutural escapó de la garganta de él cuando rio.

—Por el contrario, la idea era inspirarte —replicó—. ¿Y cómo le vas a poner?

—¿A la novela?

—A tu nuevo protagonista.

—Mmm… Pensé en llamarlo Adrián.

—¿Y a ella?

—Iba a seguir siendo Nadia.

—No me gusta, no quiero que Nadia esté con otro —objetó Julián, apartándole el pelo de la frente para besarla—. Adrián ya no sería yo, y Nadia tiene que ser la novia de Fabián, es decir, mi novia.

Natalia rio y lo abrazó más fuerte.

Un rato después, un poco adormecida, sintió que él la cubría con la sábana.

—Hace calor… —murmuró, acomodando una pierna. Estaban a fines de enero, y el sol de la hora de la siesta golpeaba con fuerza en la ventana.

—El aire acondicionado está encendido, y si te quedaras dormida, con el tiempo sentirías frío —le explicó él. Terminó de cubrirla y volvió a recostarse para abrazarla—. Nati —continuó.

—Mmm…

—¿Ya le contaste a tu mamá que vamos a vivir juntos?

Natalia se espabiló de golpe.

—Todavía no —confesó, temerosa de que él se molestara creyendo que dilataba el asunto—. Ya sabés cómo es ella, tengo que encontrar el momento adecuado para que la noticia le caiga lo mejor posible.

—No te estoy presionando —contestó Julián, sorprendido al notar su preocupación—. Te lo preguntaba porque se me ocurrió una idea mejor. —Natalia se sostuvo sobre un codo para mirarlo, y él le apartó con ternura un mechón de pelo que le cubría el ojo—. Estaba pensando que quizás podríamos ir de vacaciones juntos.

Natalia frunció los labios, apenada; creía que el viaje que ella le había propuesto al publicar su primera novela era una idea que se concretaría a largo plazo.

—Para eso falta mucho —replicó—. ¿Sabés lo que van a tardar en pagarme las regalías del libro para irnos a la Polinesia, como había soñado? Y no creo que llegue tan lejos; no se gana mucho con una primera publicación. Igual, con que algún día lleguemos al Caribe, me voy a sentir satisfecha.

—No me refería a que vos me invitaras —aclaró Julián, riendo. No entendía cómo ella pensaba que él permitiría que gastara todo su dinero para pagar un viaje—. Quería invitarte yo. Hace mucho que no me voy de vacaciones, y aunque tampoco llego a la Polinesia, ni siquiera al Caribe, se me ocurrió que podríamos ir a Búzios, Brasil. ¿Te gustaría?

Los labios de Natalia se abrieron como si todavía estuviera tratando de respirar durante el sexo. ¡Un viaje! No podía creerlo. Se sintió tan agradecida y feliz que le dieron ganas de empezar a preparar la valija en ese preciso momento.

—¿Cuándo? —preguntó, con los ojos brillando de excitación.

—Estuve averiguando, y puedo conseguir dos lugares para la salida de la semana que viene. Es un viaje de diez días.

El entusiasmo de Natalia se esfumó de golpe, dando paso a la desilusión.

—No puedo —respondió—. Abarcaría la reunión de personal de principio de año del colegio.

—¿Y todos se presentan? —indagó Julián.

—No, algunos no. Pero yo nunca falto. Yo jamás…

Ella nunca hacía nada fuera de lugar. Aunque en el fondo era rebelde, no era intrépida, y no le gustaba dar que hablar. Lo meditó un instante, y llegó a la conclusión de que en ese último tiempo había descubierto que no todas las normas eran justas. Quizás no estaba mal ser un poco irresponsable con el trabajo y empezar a ser más responsable consigo misma. Había comprobado que no estaba mal soñar.

Volvió a sonreír como por arte de magia.

—Puedo faltar por esta vez —resolvió—. Voy a avisarle a la directora que no puedo ir, y que me descuente el día. Después de todo, volvería justo para la primera mesa de examen, y aunque yo me pierda la reunión, los chicos no perderían clases.

Se sintió tan entusiasmada con su determinación que dejó escapar un grito. Julián rio mientras la observaba extasiado; adoraba hacerla feliz.

—¡Me encanta! ¡Gracias! —exclamó ella, y lo abrazó.

No quería perderse ese viaje por nada del mundo, y nada la detendría.

2

Un McDonald’s no era el lugar preferido de Julián para llevar a sus hijos, pero Tomás siempre insistía con la cajita feliz, y él accedía a comprársela una vez por mes. Era una desgracia. Nunca quedaba del juguete que quería, y tenía que convencerlo para que se conformara con otro. Ya no sabía qué argumentos inventar en defensa de personajes que a veces ni siquiera conocía.

—¿Te vas por mucho tiempo? —preguntó Camila, con el sorbete cerca de la boca.

—Diez días —respondió él. Hacía años que no se iba de vacaciones, y era la primera vez que se iría sin sus hijos. Temía que lo tomaran a mal.

—¿Me vas a traer algo? —indagó Tomás, investigando el personaje que le habían dado en la cajita.

—Sí, por supuesto.

—Quiero Garotos —solicitó Camila.

Julián permaneció un momento en silencio; no podía creer que su hija no estuviera haciendo un berrinche porque él se iría sin ella. Para colmo, con su nueva pareja, y como si eso fuera poco, su profesora de Literatura.

La actitud de Camila lo hizo sentir todavía más culpable.

—Les prometo que la próxima vez… —musitó.

—Está bien, papá —lo interrumpió ella con una sonrisa—. Solo no te olvides de traerme los Garotos.

—No… —murmuró Julián, todavía sin poder creer que el anuncio le hubiera caído tan bien a su hija. ¿Tomaría de la misma manera que Natalia y él hubieran decidido convivir? Preocupado porque todavía sentía culpa, intentó relegarla dando un giro a la conversación—. ¿Cómo les fue con la tía Mara en la costa?

—¡Bien! —exclamó Tomás con alegría—. El tío Sergio se compró una bicicleta para andar en la arena, y cuando se hacía tarde y ya no había gente en la playa, íbamos a dar una vuelta. ¡Está re buena la bicicleta!

—Mamá nos tiró con su hermana porque se fue de vacaciones con el tipo ese —murmuró Camila apurando las palabras.

Un silencio lapidario los envolvió por un instante.

—No le digas «el tipo ese». La gente tiene nombre —protestó Julián, relegando que su hija se refería a la nueva pareja de su ex mujer y que, a juzgar por cómo se comportaba Sabrina en ese último tiempo, seguro «el tipo» era un sujeto arrogante y soberbio. No le gustaba que sus hijos se rodearan de esa clase de personas, pero tampoco podía meterse en la vida de su ex esposa—. Además, su madre no los tiró. —Hizo un gesto disimulado con la cabeza señalando a Tomás. Camila comprendió que no debía decir esas cosas delante de su hermano y guardó silencio—. Tampoco pienses que yo…

—No pienso que vos nos estés tirando —aclaró ella, entendiendo su intención.

—Gracias. Y tu mamá tampoco —aseguró él, aunque era consciente de que quizás estuviera mintiendo. Sabrina, a veces, se comportaba de manera inexplicable.

Después del almuerzo los llevó a casa. Tomás se despidió de él con un abrazo. Hasta hacía unos meses, Camila solía esquivar sus demostraciones de afecto, pero al parecer esa etapa había terminado. No podía pretender que se colgara de él como cuando era una niña, pero al menos le dio un beso y le sonrió antes de darse la vuelta para dirigirse a la puerta.

—¡Ah, papá! —exclamó ella cuando él ya se estaba volviendo al auto—. ¿Me comprás otra saga de libros? Ya terminé la que me habías regalado.

Julián se quedó boquiabierto. Con lo que le había costado que su hija disfrutara de un libro, no había dudas de que le compraría todos los que le pidiera.

—Sí, claro —respondió, apresurado—. ¿Cuál querés?

—En el foro de literatura se la pasan recomendando Los juegos del hambre.

—¿Estás en un foro de literatura?

—¿Con quién querías que comentara Hush, hush? No podía conversarlo solo con vos.

Por un instante pensó que alguien le había arrebatado a su hija. Tal vez un espíritu la había poseído por la noche o había intercambiado el cuerpo con otra persona. O, quizás, Camila de verdad estaba definiendo sus intereses y su carácter. Estaba madurando.

Él le prometió que le conseguiría los libros y volvieron a despedirse con una sonrisa. Subió al auto y espió el asiento de atrás: el juguete de la cajita feliz estaba tirado en el suelo. Miró la ventanilla con intención de llamar a su hijo para que se lo llevara, pero la puerta de la que solía ser su casa ya se había cerrado. Tomás siempre olvidaba los juguetes a los dos minutos de que se los había comprado, y él se lamentaba por lo caros que le habían salido. Terminaba regalándoselos a su hermana Claudia para su hijo, que era un poco más chico.

Esa mañana se había reunido con sus amigos en el bar como todos los viernes y también les había contado de sus vacaciones. Estaba entusiasmado, necesitaba un descanso. Solo le quedaba organizar el trabajo en la fábrica para asegurarse de que todo marchara bien mientras no estuviera en Buenos Aires.

Cuando llegó allí, eran las dos de la tarde. Su hermana se le aproximó abrazando carpetas y lo detuvo antes de que él pudiera entrar en la oficina. Por su expresión de sufrimiento, supo que algo había pasado.

—Me quiero morir. Nos cayó la AFIP —dijo.

Julián apretó los dientes; la sigla casi le provocó un infarto. Entre la hamburguesa y la maldición que representaba un control tributario, sintió náuseas.

—¿Llamaste a Medina? —preguntó. Si podía delegar el problema en su contador, sería feliz.

—Sí, pero no estaba. Pude contactar a la hija. Me dijo que empecemos nosotros y que cuando pueda le va a pedir al padre que venga. Sospecho que no va a venir, Juli. Es viernes y son las dos de la tarde, debe estar en la pileta. Me contó que iba para la rehabilitación del nieto y que…

—Está bien, no te preocupes —la interrumpió Julián, apoyando una mano sobre su hombro. Cuando Claudia se ponía nerviosa, hablaba sin parar, y quería que se tranquilizara—. ¿Cuántos agentes son?

—Dos.

—Bueno. Decile a Melisa que nos alcance tres cafés y alfajores. Dos de ellos, envenenados, por favor. —Claudia dio un respingo, sus ojos se abrieron de forma desmesurada. Julián rio—. ¡Es broma! Dame eso —dijo, y le quitó las carpetas.

Por fin, Claudia rio, sintiéndose una tonta. Julián le sonrió aunque su estómago continuara revuelto y se adentró en la oficina como si se sintiera seguro y autosuficiente.

—Buenas tardes —dijo—. Soy Julián Aráoz, el presidente de la fábrica.

Los agentes, que en ese momento revisaban archivos de contaduría, se levantaron para estrecharle la mano. Julián les dio un apretón firme y rápido, y se sentó a la par de ellos. Apoyó las carpetas que le había entregado Claudia en el escritorio y suspiró con resignación en la espera de los primeros latigazos.

—La facturación entre marzo y junio de 2013 no es congruente con nuestros registros de egresos, por eso le solicitamos a la mujer que nos recibió los papeles de trabajo, las facturas confeccionadas y las facturas recibidas. Además, vamos a necesitar las órdenes de pedido, las órdenes de pago, las órdenes de compra, los remitos y los resúmenes bancarios, como para empezar. Es su hermana, ¿no? —indagó uno de los inspectores, señalando la puerta.

Julián apretó los labios.

—Sí, es mi hermana —contestó, e intentó fingir estar relajado con otra sonrisa—. Mi contador no está disponible en este momento. Espero que sepan disculpar si a mí me toma un poco más encontrar algunos documentos.

Julián sabía que esos datos jamás coincidirían. De ser así, su fábrica y todas las demás PYMES del país ya se habrían fundido por la altísima presión impositiva. Prefería evadir el pago de impuestos por algunos ingresos antes que tener un solo empleado en negro. Jamás privaría a alguien de aportes y de una obra social. Sin embargo, a diferencia de muchos otros empresarios que conocía, a él nunca le gustaba afrontar la única solución que existía para esos problemas. Odiaba las coimas, en especial, tener que ofrecerlas. Estaba tan nervioso que temía que le temblaran los dedos mientras buscaba los documentos en la carpeta.

Después de dos golpes a la puerta, Melisa, su secretaria, entró cargando una bandeja. La dejó sobre el escritorio y echó una mirada compasiva a su jefe. Julián le sonrió de manera cordial y le dio las gracias. Ella se retiró con el deseo de palmearle la espalda y decirle «mi más sentido pésame».

Había soñado con Julián mucho tiempo. Antes, cuando creía que estaba enamorada de él, lo imaginaba como su pareja, cuidándola como lo hacía aunque ella solo fuera su secretaria, y sentía que desbordaba de fantasías. Si algo la había privado de insinuarle sus intenciones era la diferencia de edad, ya que ella era mucho más joven que él. Cuando se había enterado de que su jefe estaba saliendo con una mujer diecinueve años menor, lo intentó. Por supuesto, Julián estaba enamorado de su novia y le dijo que no. Todavía se avergonzaba frente a él cuando se acordaba de lo bochornosa que había sido esa situación.

Salió cabizbaja, con el rostro contraído. Por ir enfrascada en sus pensamientos, no se dio cuenta de que Fabrizio, el hermano menor de Julián, se acercaba, y chocó con él.

Fabrizio la tomó del codo para que se estabilizara, y sin querer ella alzó la cabeza. No quería que nadie la viera contrariada, pero no pudo ocultar que algo le sucedía.

—¿Estás bien? —le preguntó Fabrizio.

Su personalidad despreocupada, su cuerpo atlético y su rostro de modelo solían captar la atención de muchas chicas. Tenía éxito, y aunque siempre le había atraído Melisa, disfrutaba de las demás mientras ella solo pareciera interesada en su hermano.

—Sí —mintió la secretaria—. No entres a la oficina: tu hermano está con agentes de la AFIP y parece que tiene para rato.

—Uh, ¿en serio? Entonces me voy; cuando termine va a quedar insoportable, y si le cuento lo que pasó, me va a asesinar.

—¿Por qué decís que te va a matar? ¿Qué pasó?

Fabrizio se pasó una mano por el pelo.

—Me chocaron y me abollaron la puerta de la camioneta.

—¡¿Cómo que chocaste?! —bramó Claudia a su espalda. Él se dio la vuelta, y Melisa escapó antes de que se la agarraran con ella.

—¡Me chocaron! —objetó él.

—¡A mí no me vengas con ese cuento! —replicó Claudia—. ¡Pobre Julián! No termina con un problema que vos le traés otro. Andate. Andate y no le digas nada. Hoy el horno no está para bollos.

Fabrizio ni respiró. Salió corriendo, como su hermana le había pedido. A pesar de todo estaba contento; con el asunto del choque, al menos había terminado su turno más temprano.

Claudia fue al estacionamiento y revisó la camioneta. El choque estaba en la puerta delantera del lado derecho, saltaba a la vista que Fabrizio había tenido la culpa y que el seguro no cubriría el gasto. Además, quedaban cajas de alfajores en la cajuela y remitos sin entregar al comprador. Todo evidenciaba que no había cumplido con la totalidad del reparto. Había mejorado su actitud en el último tiempo, pero todavía le costaba ser responsable.

Mientras tanto, en la oficina, Julián buscaba la manera de ofrecer una solución alternativa al tema de los impuestos.

—Mmm… no —murmuró el agente—. Definitivamente los datos no coinciden. Nos va a tener que llevar a recorrer el depósito.

Julián respiró profundo, tratando de apaciguar los nervios, y dejó escapar la pregunta decisiva.

—¿Hay algo que podamos hacer al respecto, que nos ahorre tiempo a todos?

El inspector lo miró. Él le sostuvo la mirada aunque temblara por dentro.

—Retirate, por favor, que tengo que arreglar algo con el señor —ordenó el inspector a su ayudante, que en ese momento revisaba carpetas en el escritorio de Claudia. El chico salió—. Por ciento ochenta mil se lo arreglamos. O también puede pagar el impuesto, la multa y los intereses.

Julián sonrió. Ciento ochenta mil pesos. Era mejor desperdiciar ese dinero en dos corruptos antes que la multa y los intereses o, peor, ir a la quiebra y dejar a la gente sin trabajo por pagar impuestos excesivos.

—¿Más café? —preguntó.

Para cuando se despidió de los inspectores en la puerta de la fábrica, había perdido ciento ochenta mil pesos y ganado más dolor de estómago.

De regreso a su oficina, encontró a su hermana hablando por teléfono escondida en las inmediaciones de una máquina.

—La necesito para el lunes, Oscar. Te lo pido por favor, no quiero que mi hermano tenga otro disgusto con este tema. —Le tocó el hombro, y ella se dio la vuelta. Su expresión suspensa le indicó que el hermano al que pretendía ocultar alguna información era él—. Perdoname, acaba de llegar gente. Después te llamo. —Cortó y miró a Julián, procurando inventar alguna excusa de último momento—. Yo… Pasa que… —murmuró.

—Claudita, sé cuando intentás mentir desde que sos una nena. ¿Qué pasa?

Claudia se encorvó, frustrada.

—Fabrizio chocó con la camioneta.

—¡¿Qué?!

—Por eso no quería que te enteraras, sabía que te ibas a sentir defraudado.

—¡No puede ser! ¿Él está bien?

—Sí, estaba como si nada. Igual no fue mucho, solo se abolló la puerta. Es del lado derecho, el seguro se va a lavar las manos. No te preocupes, yo me encargo. ¿Cómo te fue con los inspectores?

—Ciento ochenta mil pesos.

La respuesta fue todo lo que Claudia necesitaba.

—¡Qué hijos de puta! —exclamó, boquiabierta—. Cada vez se cotizan mejor.

—Es la inflación —bromeó Julián, esforzándose para distenderse—. Hay que ver cuánto nos sale el chiste de la camioneta.

—No pienses en eso, te dije que yo me ocupo. Estaba hablando con el chapista, voy a tratar de convencerlo de que haga el arreglo el fin de semana, así tenemos la camioneta lista para el lunes. Vos relajate, que te tenés que ir de viaje. No desistas de eso.

—No desisto —respondió Julián. Claudia fue la primera persona a la que le contó de su viaje después de que Natalia hubiera aceptado—. Quería adelantar trabajo, pero me voy a casa.

—Hacés bien. Que descanses.

Él le dio las gracias y se despidieron.

Cuando llegó a su departamento, solo pudo internarse en el baño a vomitar y después se fue a la cama.

Una hora después, sonó el teléfono. Era Natalia.

—Quería contarte que ya le avisé a la directora que no voy a ir a la reunión de personal —expuso ella—. Me dijo que era mi obligación asistir y que por mi antigüedad no tengo todavía cuarenta días de vacaciones, pero no me interesa. Yo nunca falto, ni siquiera cuando estoy enferma.

—Lo sé.

—¿Estás bien? Tenés la voz rara. ¿Estás arreglando alguna máquina?

—No, estoy en la cama.

—¿En la cama tan temprano? ¿Qué pasa?

—Llevé a los chicos a comer hamburguesas, hicieron una inspección en la fábrica y mi hermano chocó con la camioneta. Terminé descompuesto. ¿Podés creer que hasta hace cinco años podía comer un caballo y no me pasaba nada? ¿O será que las hamburguesas de ahora son peores que las de antes?

—¿Tu hermano chocó? ¿Está bien? —preguntó Natalia. Por el tono de voz de Julián, intuía que sí.

—Sí, está bien.

—¿Por qué no me llamaste si te sentías mal? Voy a tu casa.

—No hace falta, Nati, no te preocupes. Solo quiero dormir.

—Dejame que vaya. Soy una inútil cuidando enfermos, pero por lo menos te hago compañía.

—¡No estoy enfermo! —exclamó él, riendo—. En serio, no te preocupes. Prepará la valija y soñá con el viaje. Te llamo mañana.

Natalia cortó, miró el teléfono como si Julián se escondiera allí dentro y escribió un nuevo renglón de su novela.

Ese hombre era lo que siempre había esperado. Solo él y mi personaje encendían mi deseo.

3

—¿La va a cuidar? —interrogó Liliana, viendo a Julián cargar la valija de su hija en el auto.

Natalia se interpuso en su camino.

—Ya no tengo quince años, mamá —le recordó al tiempo que se aproximaba a su mejilla para besarla.

Julián, bastante más comprensivo, cerró el baúl y se volvió hacia Liliana con una sonrisa pacífica.

—Quédese tranquila, la cuido con mi vida —aseguró.

Natalia puso los ojos en blanco y prefirió ocultarse en el vehículo antes de que los pómulos se le tiñeran de rojo. Julián y Liliana se saludaron, y él se internó en el coche. La mujer le golpeó la ventanilla antes de que encendiera el motor. Julián la bajó mientras Natalia negaba con la cabeza.

—¿Me van a llamar cuando lleguen? —preguntó Liliana.

—Claro que sí —contestó él tomándole la mano—. No se preocupe. Todo va a estar bien.

Liliana sonrió, satisfecha, y se despidió de ellos agitando una mano. Antes de alejarse, Julián hizo sonar la bocina. Ni bien doblaron la esquina, Natalia rio, giró hacia él y le besó el hombro cubierto por la camisa.

—Te merecés el Premio Nobel a la Paciencia —bromeó.

—Es lógico que tenga miedo, sos su única hija —replicó él.

Habituada a la compasión que Julián sentía por su madre, Natalia prefirió guardar en secreto todo lo que Liliana le había dicho en cuanto ella le había comunicado que se iría de viaje. Las frases que más recordaba eran: «me dejás sola», «yo también merezco vacaciones y no me voy a ninguna parte» y «acá me quedo, a cuidarte el gato». Ese gato que solo le prestaba atención cuando quería comer o salir de juerga.

Claudia los esperaba en la puerta del edificio de Julián para llevarlos al aeropuerto. Cambiaron la valija de Natalia a su automóvil, Julián guardó el suyo en el garaje y luego reapareció cargando su equipaje. Claudia los llevó a Ezeiza.

Hicieron el check in, despacharon las valijas y acudieron al control de seguridad y migraciones. Después, se sentaron a esperar en la sala de embarque.

—Creo que, mejor, los voy a llamar Pablo y Marianela —comentó Natalia.

Julián, que estaba sentado a su lado con un brazo sobre el respaldo de su asiento, la miró. Sabía que se refería a su novela.

—¿Por qué? —interrogó—. Esos son los personajes del libro Marianela, de Benito Pérez Galdós.

Natalia sonrió.

—A vos no te puedo mentir —respondió—. Muy pocos se van a dar cuenta, pero les voy a poner esos nombres porque, metafóricamente, se van a parecer a los personajes de Galdós. Quiero cambiar toda la novela. Prefiero que ella no sea atractiva. Él, en cambio, va a ser muy lindo, pero lo más lejano a un héroe romántico en su personalidad. Aun así, quiero que sea irresistible, ese tipo de tontos que querés comer a besos.

—¿Y Fabián, el personaje que ella creó? —interrogó Julián—. ¿Le vas a cambiar el nombre a él también?

—Sí, por supuesto —respondió Natalia con seguridad—. Es mejor alejar este libro de mi primera novela. De hecho ella ya no va a ser escritora, estaba pensando en una artista plástica que hizo una escultura de alguien imaginario. A ese nuevo Fabián podemos llamarlo… Mmm… Rafael, como el pintor.

—Me gusta —admitió Julián—. Un triángulo amoroso entre Marianela, la artista; Rafael, el hombre perfecto en todo sentido, pero de ficción; y Pablo, un hombre real y, por eso mismo, imperfecto. Podría relacionarse con el modo en que interpretamos la realidad, qué peso tiene en nosotros la imaginación y por qué vamos a optar: la imperfección del mundo real o la idealización del arte. Como Quijotes modernos.

Natalia rio.

—Tranquilo: es romance, no filosofía —bromeó.

—Pero es tu romance, y hay mucho más que eso —objetó él—. Yo creo que hacés que la gente piense y sienta, y con el miedo que tenemos hoy a reflexionar y a sentir, eso es muy bueno.

Natalia demostró su orgullo en una sonrisa.

—Gracias —contestó, y se recostó en su pecho.

Sentada allí, con la perspectiva de llegar a un lugar paradisíaco, por un instante se sintió en un sueño. Sin embargo, su humor cambió de golpe cuando olvidó lo bien que lo estaba pasando y sintió culpa. Hacía años que su madre no se iba de viaje, desde que ella tenía tres años y habían ido a Brasil con su padre. Le dio lástima, porque ni siquiera en vacaciones Liliana dejaba de trabajar. Y aunque en su interior sabía que su madre debía ser más generosa con ella y alegrarse porque su vida fuera distinta, a veces se olvidaba de eso. Como en una cadena, recordó que la directora del colegio la había llamado irresponsable cuando le había comunicado que se ausentaría de la reunión de personal, y el malestar creció.

De pronto, comenzó a sentirse molesta. No entendía por qué, para los demás, acababa siendo irresponsable y malagradecida, sin importar lo que hiciera para demostrarles lo contrario. Jamás obtenía una felicitación ni buenos deseos, solo exigencias y reclamos. Lo más angustiante era reconocer que, a pesar de ello, su inconsciente se empeñaba en hacerla sentir culpable.

Que se vayan al infierno, pensó, y apoyó una mano sobre el abdomen de Julián para abrazarlo. Siempre era reconfortante sentir que, aunque el mundo estuviera en su contra, había alguien con quien podía contar. Un hombre en el que podía confiar y que la protegería de todo sin coartar su libertad. Alguien que la hacía brillar. Eso le daba fuerzas y la llenaba de un amor profundo y sincero que necesitaba expresar.

Volvió a sentirse entusiasmada cuando los llamaron para abordar. Como nunca había viajado en avión, a medida que se acercaban a la zona de abordaje, se le aceleró el corazón. La curiosidad y la excitación la invadieron por partes iguales en cuanto se sentó en la butaca y observó lo que había alrededor. Investigó el monitor donde se podían elegir películas y música, la revista y el folleto con indicaciones de seguridad en portugués y en inglés. Le había tocado la ventanilla, así que su ansiedad creció al pensar que podría ver la ciudad desde la altura.

Julián disfrutó de la expresión de Natalia en cuanto el avión comenzó a carretear. Ella se respaldó y contempló cómo abandonaban tierra. A varios metros, las calles se transformaban en líneas y los edificios, en puntos cada vez más pequeños, hasta que solo se avistaron cuadrados en todas las gamas del verde y el marrón.

Cuando al fin se dio la vuelta, descubrió que Julián la miraba con una sonrisa. Sus ojos brillaban de ternura, y su respiración era pausada y profunda.

—¡Me encanta! —le hizo saber ella.

—A mí también —respondió Julián. Se refería a que le encantaba admirarla a ella. Natalia lo sabía, porque amaba admirarlo también.

Llegaron a Río de Janeiro en el horario estipulado. En el aeropuerto los esperaba el traslado a Búzios.

El hotel resultó ser una posada frente al mar. Era tan hermosa que Natalia se quedó pasmada al verla.

—Cuando dijiste que no llegabas al Caribe… —susurró, mirando a Julián.

—Los lugares que puedo alcanzar, me gusta alcanzarlos bien —le hizo saber él.

Natalia se mordió el labio. ¿Quién necesitaba del Caribe, si se sentía en el paraíso solo con abrazar a Julián?

La suite se hallaba en el primer piso y tenía un balcón que daba al mar. Las paredes pintadas de un color almendrado brindaban un efecto cálido al cuarto, acrecentado por los rayos del sol que se filtraban hasta la cama. El respaldo de hierro negro combinaba con las lámparas y contrastaba con los almohadones marrones y rojos que se hallaban sobre el acolchado beige. Los largos y opacos cortinados al tono estaban abiertos, y a través del ventanal se avistaba un sillón de paja blanca y una mesita de madera del mismo color. Detrás de ese sitio que se parecía a un cuadro impresionista, el inmenso mar turquesa y las colinas verdes convertían el paisaje en un sueño.

Era mucho más de lo que Natalia esperaba, no necesitaba nada fuera de esa fantasía hecha realidad. O eso creyó, hasta que Julián la abrazó por la espalda y apoyó el mentón sobre su hombro. Entonces comprendió que le hacía falta su cariño, y respondió apoyando las manos en sus antebrazos. Tantas veces había añorado disfrutar de un lugar maravilloso, acompañada de la persona correcta, que todavía le costaba creer que su sueño se había cumplido.

Giró en brazos de Julián y le rodeó el cuello.

—Me muero por ir a la playa —comentó, sonriendo—. Amo el mar.

—Ya lo sé, Sirenita —respondió él, alzándola contra su pecho. La llevó hasta la cama y la sentó en la orilla.

—No puedo ser una sirena. Ellas cantan bien, y yo, en cambio, canto muy mal.

—No te hace falta cantar bien para tenerme hechizado —contestó Julián, y le dio un beso. Natalia volvió a rodearle el cuello con los brazos, riendo—. ¿Querés ir a la playa? —Ella asintió en silencio—. Entonces vamos.

Natalia se entusiasmó tanto con la idea de bañarse en el mar que terminó de ponerse su bikini nueva antes de que Julián terminara con su traje de baño. Mientras lo esperaba, se anudó un pareo en la cadera, tomó dos toallas y el bolso de playa, y se recogió el pelo. Ni bien percibió que Julián había acabado con los preparativos, lo tomó de la mano para salir.

—Esperá —le pidió él—. Primero deberíamos llamar a tu mamá.

—¡No! —exclamó Natalia—. Olvidate de mi mamá. Te va a tener en el teléfono hasta la madrugada.

Julián no le hizo caso. Llamó a Liliana, y en cinco minutos había cortado. Natalia se mordió el labio; no se cansaba de admirar el modo en que él se las ingeniaba para hacer siempre lo correcto. Ese pensamiento la llevó a abrazarlo.

La playa los esperaba, interminable, a escasos metros de la posada. Faltaba poco para que atardeciera, pero el mar todavía no había crecido, y en la arena blanca descansaban algunos bañistas. En la orilla casi no había niños; todos estaban en el mar. El ambiente era sereno y se podía apreciar el sonido de las olas. A lo lejos, sonaban una canción en portugués y algunas risas.

Natalia admiró la maravilla que estaba ante sus ojos y sonrió, feliz de hallarse allí. Se avergonzó de su piel pálida y de sus senos pequeños cuando una mujer muy hermosa pasó frente a ella, entonces se levantó el pareo.

—¿No querías ir al agua? —le preguntó Julián. Se había dado cuenta de que ella se sentía incómoda y quería reanimarla. Como percibió que Natalia dudaba, la enfrentó y puso las manos sobre sus hombros—. ¿Por qué te tapás, si sos hermosa? —indagó, y fue bajando las manos para apartar la fina tela de color salmón despacio.

Seducida por la caricia, Natalia olvidó que hacía un instante la avergonzaba su cuerpo. Miró a Julián y sintió que un centenar de luciérnagas revoloteaban en su vientre. Podía desearlo hasta límites que nunca había imaginado.

Cruzaron la playa de la mano y se metieron en el mar. El agua era tibia y transparente. Aun cuando le llegó a la cadera, Natalia miró hacia abajo y descubrió que todavía podía verse los pies. A unos metros, unos chicos jugaban con una enorme pelota de colores y una mujer llevaba a nadar a su pequeño con flotadores.

Julián sorprendió a Natalia rodeándole la cara con las manos y dándole un beso. Ella rio contra su boca y se dejó atrapar por su mirada intensa y seductora. En ese momento, la enorme pelota de colores se les aproximó, y Julián la hizo rebotar estirando un brazo para que no la golpeara en la cabeza.

Desculpe —le dijo un chico en portugués.

—No hay problema —respondió Julián, y volvió a mirar a Natalia—. ¿Sabés nadar?

—No. Pero prefiero ahogarme antes que seguir rodeados de tanta gente —respondió ella, y le tomó la mano para avanzar un poco más.

Cuando se cansaron de estar en el agua, se sentaron en la playa y contemplaron el atardecer. Natalia se envolvió en una toalla celeste y se recostó sobre el pecho de Julián mientras él le quitaba los rastros de arena de la piel. Era una tarea interminable, pero le servía como excusa para acariciarla.

Natalia suspiró, adormecida, y sonrió sin darse cuenta. Sabía que en ese instante el alma de Julián se hallaba tan satisfecha y encendida como la de ella.

Aunque terminaron agotados, se fueron de la playa recién cuando caía el sol.

4

Después de ducharse, se cambiaron para ir a cenar afuera. Dieron una vuelta por el centro de calles empedradas, deteniéndose en algunos locales comerciales. Natalia se probó un sombrero blanco, y Julián le tomó una foto que puso como fondo en su celular.

Para cenar, entraron a un restaurante cerca de la playa.

—Parece que los platos son para compartir —comentó Julián, y alzó la mirada—. ¿Querés ordenar vos?

Natalia cerró el menú y lo dejó sobre la mesa. Nunca daba importancia a lo que ordenaran y, además, no tenía ganas de adivinar palabras en portugués.

Comprendiendo la respuesta silenciosa de ella, Julián eligió una variedad de pescado propia de la zona para los dos. Conocía los gustos de su pareja: el pescado tenía que ser suave y el vino, blanco dulce.

Después de cenar, dieron una vuelta por la calle aledaña a la playa y regresaron a la posada.

Mientras Natalia se quitaba las sandalias, Julián se recostó con el celular en la mano.

—Nati, voy a hablar con Cami, necesito saber cómo están mis hijos —le avisó.

Natalia se sentó a su lado y se apoyaron en el respaldo mientras él leía algunos mensajes y ella observaba las fotos que había tomado esa tarde.

Espero que hayan llegado sin problemas y que lo estén pasando bien, había escrito Claudia.

Julián, ¿por qué Natalia no responde el teléfono?, preguntaba Liliana.

—Me escribió tu mamá —le informó él.

—Sí, a mí también —replicó Natalia—. No le respondas. Yo me ocupo.

—No te enojes.

—¿No querías hablar con Camila? Hacelo. Yo me ocupo de mi mamá.

Abrió el chat, ignoró los mensajes previos de Liliana, e inició una conversación con ella.

Natalia.

Julián te avisó que estábamos bien cuando llegamos. ¿Es necesario que volvamos a comunicarnos?

Liliana.

¿Por qué no respondías? Me hacés preocupar.

Natalia.

Estoy de vacaciones y no llevo el teléfono encima. No escribas, mucho menos a Julián. Si me pasa algo, te vas a enterar de alguna manera.

Liliana.

¡Ay, Natalia! ¡No me digas eso! Yo no quiero que te pase nada.

Natalia.

No me va a pasar nada, y a vos tampoco. Dejame tranquila.

Liliana.

Estoy con mucho dolor de cintura. Me dijo una vecina que a una amiga de ella también le dolía y resultó que tenía cáncer de útero.

Asqueada de la manipulación, Natalia apagó el teléfono con irritación. Se había puesto de mal humor. Por suerte, Julián parecía estar a gusto con Camila, ya que sonreía.

—¿Todo bien? —le preguntó Natalia.

—Muy bien. Pero Cami estaba con sus amigas y no tenía ganas de conversar. Apenas alcancé a preguntarle por Tomás. ¿Qué tal vos con tu mamá?

Natalia se encogió de hombros.

—Apagué el teléfono, quizás eso te sirva como respuesta. ¡Si pudiera apagarle la ansiedad a ella!

Julián rio.

—No podés cambiarla, solo cambiar vos: tomar de manera diferente lo que tu mamá haga o diga.

—Parece que lo hiciera a propósito —masculló Natalia—. Con vos es la mujer perfecta, pero a mí me vuelve loca.

—Lo sé. Tomalo con calma. Ya se le pasará. —Natalia guardó silencio, pensando que Julián no tenía idea de cuán insistente podía ser su madre—. ¿Le contaste a tu papá que te ibas de vacaciones? —siguió interrogando él. Natalia negó con la cabeza—. ¿Le contaste de mí, aunque sea?

—¿Necesitás que le cuente?

—Quiero que hagas lo que sientas. Pero supongo que continuarás visitándolo algunas veces por año cuando vivamos juntos, y va a ser difícil ocultarle sin mentir. Además, no entiendo por qué lo harías.

—No le hablé de vos. Él puede ser muy duro a veces, y no quiero escuchar lo que me pueda decir.

Julián calló, aceptando la decisión de Natalia. No le gustaba que la relación con su padre fuera tan distante y tensa, pero no podía juzgarla. Conocía parte de su pasado por su primer libro, donde había contado veladamente su propia vida, y esperaba que algún día Daniel Escalante pudiera brindarle el cariño que Natalia necesitaba, así como él intentaba hacer con sus hijos.

Como quería que Natalia volviera a relajarse, dejó el celular sobre la mesa de luz y la abrazó por la cintura. Le dio un beso en la mejilla, otro en el hombro y un tercero sobre un pecho. Eso la hizo reír.

—¿Te gusta? —le preguntó Julián, besándole el cuello. Ella rio de nuevo—. ¿Jugamos un poco?

—¿Cuál es el juego? —interrogó Natalia, aunque presentía que ya estaba participando.

—Vos me decís una letra y yo te beso un lugar que empiece con ella. A ver si adivino tus pensamientos.

La risa de Natalia fue tan genuina que Julián se sintió complacido solo con eso.

—Me gusta —dijo ella, acomodando las almohadas donde se respaldaba—. A ver… Mmm… B.

—¡Demasiado fácil! —exclamó él, y le dio un beso en el brazo.

—¡¿Cómo sabías que no era la boca?! —exclamó ella, sorprendida.

—Porque nunca sos tan obvia y te gusta ir despacio.

Natalia se mordió el labio a la vez que sonreía. No podía creer que Julián la conociera tanto.

—S —dijo.

Julián dudó un momento, pero enseguida se le ocurrió una parte del cuerpo y le besó la sien. Natalia lo retuvo sujetando el cuello de su remera.

—No podrías jugar a esto con alguien que tuviera graves errores de ortografía —bromeó.

—Por eso solo lo juego con vos —contestó él.

—B —repitió ella, y él la besó en la boca—. M —Le besó el mentón—. P.

Julián le bajó el escote del vestido y le besó un pecho. Natalia le atrapó la cara con las manos para que él la mirara a los ojos.

—Perdist

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