Despierta

Fragmento

Nota de autora

Escribir un libro en medio de una pandemia —única en la historia de la humanidad contemporánea— no fue fácil.

Hacerlo atravesada por la escritura de mis dos libros anteriores, que todavía palpitan en el corazón de quienes los leyeron con la misma intensidad que en el mío, tampoco lo fue.

Tan es así que, antes de decidirme a firmar el contrato con esta nueva editorial que me acobija, le dije a Florencia: Siento mucha presión.

Presión por salir con mi tercer libro en medio de este caos, pero sobre todo presión por darle al lector un libro distinto.

Un libro compañía. De esos que no soltás ni cuando vas al baño. Un libro que llevás en el asiento del acompañante del auto, en la cartera o en la mochila. Ese que cae abatido sobre tu pecho cuando te vas a dormir, por el agobio de haber sido leído con todo el cuerpo.

Un libro que ponga todo en suspenso, que te abstraiga del mundo exterior por un buen rato y permita que te sumerjas atentamente en otro universo desde el momento en que toques la primera página.

Porque eso es lo que pretendo.

Ese es mi deseo.

Que entren acá desde la primera palabra hasta la última.

Que entren.

Que sean parte.

Que lo vivan.

Que se dejen sentir y atravesar por las palabras que lo recorren.

Imagino que cada uno tiene a su lado mate, un café, un té o su vaso de vino. El exquisito silencio acompañado por una luz tenue que venga del reflejo del sol o del cielo anunciando una tormenta.

Una luz que no violente la mirada y que tenga el solo propósito de alumbrar este otro espacio que tienen en sus manos.

Y también imagino arena.

O pasto.

O sillón.

O seguramente cama.

Lo que cada uno necesite para saber que va a ingresar a un mundo distinto pero también propio.

El mundo de las emociones nos pertenece a todos. Y estoy segura de que en cada relato van a poder viajar al interior de sus propios recuerdos. O, quizá, de que comenzarán a permitirse darle lugar a un presente que está golpeando la puerta hace rato y al que no se animan a abrirle.

Yo era una de esas.

Con mucho miedo de vivir las emociones. Entonces terminaba todas las historias de mi vida antes de darles la posibilidad de que sean ellas mismas las que terminaran conmigo. Era como una forma sutil de dejar la puerta entreabierta, creyendo que así me iban a doler menos los portazos.

Recuerdo que hace muchos años le dije a Hernán que tenía miedo de los cachetazos que me pudiera dar la vida, porque nunca había recibido uno.

Nunca me pasó nada malo, fueron exactamente las palabras que pronuncié.

Y realmente tengo miedo, porque no sé si voy a tener los recursos para hacerles frente a las guerras cuando me toque pelearlas.

Casi con la potencia de una profecía autocumplida, así fue.

No estaba exagerando.

Me estaba adelantando.

Un día que recuerdo perfectamente, la vida me agarró con las dos manos, me zamarreó y me tiró en lugares que nunca antes había pisado.

Desde ese día, no me dio tregua.

Dicen que cuando te cae una ficha, te caen todas juntas. El famoso efecto dominó.

Una a una.

Cachetada tras cachetada.

Con el tiempo, y con mucha entrega, aprendí lecciones que quedaron grabadas a fuego en mi piel.

Hice trabajo de hormiga, entendiendo que la única forma de transmutar el dolor en algo positivo era atravesarlo.

Juro que si hay algo que tuve en ese viaje que aún no se termina fue aceptación. Jamás pregunté por qué.

Sabía perfectamente que esa pregunta era inconducente.

No me iba a llevar nunca a ninguna solución. Y, de hecho, creo que nunca busqué soluciones.

Por algún motivo, ese día y todos los que vinieron sentí que lo que estaba viviendo era la vida y no un espejismo.

La vida.

Sentí que alguien, que tiene nombre y apellido, al menos en mi historia, me abrió la puerta de una patada, prendió la luz de mi habitación, y no me dio tiempo a reaccionar.

Sin ninguna decisión de mi parte, lo único que pude hacer fue despertarme.

Una catarata de emociones nuevas, sentimientos, sensaciones, miedos, angustias, preguntas, inseguridades empezó a caer sobre mí como una tormenta vuelta inundación.

No tenía cómo contenerla.

No sabía cómo deshacerme de todo eso.

De hecho, no tenía idea de la violencia que tiene el agua una vez que rompe las paredes de tu casa. Y cuando digo agua, me refiero a la potencia de los afectos que florecen por cada suceso que se impone en tu vida.

Como en toda inundación, tuve que resignarme a dejarlos entrar.

Uno por uno, sin que yo pudiera ofrecer resistencia alguna, fueron atravesando todas las capas de mi piel.

Y allí se quedaron.

Y con ellos aprendí a convivir.

Los conozco.

Los nombro.

Sé lo que buscan.

Sé lo que quieren.

Sé cómo huelen. Cómo se sienten. Cómo laten dentro de mí.

A ninguno lo rechazo. La puerta siempre está abierta y los dejo pasar.

Los miro a los ojos, los escucho, y me dejo sentir.

Antes la pasaba mejor. A todos nos gusta dormir y que nadie nos moleste.

Sin embargo, cuando miré con atención, lamenté mucho no haber despertado antes.

Tiempo después entendí que la diferencia entre vivir despierta o vivir dormida se llama libertad.

Pero no fue así.

Desperté cuando muchas cosas ya estaban hechas.

Sí, claro, por mí. Siempre se trata de uno. Hechas por mí.

Y sin embargo, hoy, un poco más sabia, más adulta, más consciente, sé que desperté cuando pude despertar. Es cierto que ya no tengo la posibilidad de despojarme de todas las consecuencias de aquellas decisiones; de hecho, quedaron inscriptas en mi cuerpo, marcadas en cada paso que doy, en mis vísceras, guardadas en todo mi ser. Y gracias a todos esos pasos que di (que hoy, con otra mirada, los evalúo como errores) sé que están ahí por alguna razón.

Por eso las quiero.

Porque son mi aprendizaje: la posibilidad infinita de dar vuelta gran parte de mi paso por este mundo. Y eso ya está sucediendo hace rato.

Soy yo. Quién lo hubiera dicho. Soy yo la única que puede hacerlo.

Todavía falta, siempre falta, pero cada vez estoy más cerca de pegar el salto, y no al vacío.

Todo lo que vino después de aquel día fue un viaje hacia la verdad que la vida me fue develando.

Sé quién soy.

Sé lo que quiero.

Y sé el nombre de lo que me está pasando.

Recién ahora puedo empezar a gestionar mis pasos en libertad.

Con plena conciencia.

Despierta. Bien despierta.

Encontré el camino en mí.

En mis poemas.

En mis relatos.

En mis reflexiones.

En todos ellos se percibe la conciencia absoluta, el registro emocional de los sucesos de la vida, de las historias mías y también de las que escucho puestas en lo más puro que la vida me ofrece: las palabras.

Palabras.

Tener registro de lo que nos pasa es tener registro de lo que sentimos. Y para eso hay que tener valor. Mirar hacia adentro y asumir lo que nos pasa.

Todo lo que queremos, sentimos y deseamos ser.

Y también, y sobre todo, aquello que no queremos más.

Dejarlo salir. Aceptarlo. Darle voz.

Nombrarlas. No juzgarlas.

Todos nosotros somos un conglomerado de personalidades conviviendo dentro de un solo cuerpo. Tenemos matices, muchos matices de sentimientos que vale la pena tocar.

Por eso, en cada relato predomina una emoción diferente. Y muchas veces no sé ni quién es la dueña de esa voz, ni siquiera la conozco hasta que la hago letras y es recién entonces cuando puedo conocer esa otra parte mía que estaba apretada en mi interior asfixiándome.

Y, como estoy compartiendo vida en cada uno de ellos, es imposible que quien se anime a entrar no se haga carne. No se identifique. No se mire en el espejo de un alma ajena que finalmente va a terminar sintiendo como propia.

Los espero adentro de este viaje.

Que cada uno se acomode ahí adonde sienta que pertenece.

Déjense llevar. Lo otro vendrá después.

Ahora, solo los invito a despertar.

1
Wendy

Soy Wendy sentada en el sillón de mi casa, mirando por la ventana de mi cuarto, esperando que Peter Pan me venga a buscar para llevarme a volar.

Hace años que lo estoy esperando. Desde el día en que me prometieron la historia que todavía nadie cumplió. Pero yo sigo fiel a la espera, porque así me comprometí y también porque la esperanza es lo único que me mantiene viva.

En todo este tiempo lo único que hice fue confundirme al personaje de la película porque tengo necesidades afectivas. Cualquiera que reuniera algunas de las características que el príncipe de mi cuento simulara tener pasaba la prueba. Y es así como me enamoro de cualquiera.

Carencias afectivas.

Mi infancia fue bastante complicada, por una razón muy pequeña pero que me abrió el corazón en cuatro pedazos. Desde ese día intento que alguien pueda venir a pegármelo.

Busco. Tengo expectativas. Le pido al universo. A veces prendo velas.

Es muy sencillo. No quiero detenerme demasiado a explicar complejidades.

Ya no importa demasiado. Hice todos los deberes y trabajé muchísimo con mi interior para poder saldar las cuentas del dolor y del reproche que alguna vez tuve.

Y lo logré, con mucho esfuerzo y entrega lo logré. Pero la cicatriz parece que de vez en cuando vuelve a un estadio anterior, y la veo sangrando otra vez.

Mi mamá no me miraba.

Y con esto quiero decir que me miraba pero no me veía.

Ella fue una madre muy presente, pero de esas presencias ausentes.

Recuerdo que su ritual diario consistía en sentarse en el sillón que estaba pegado a la ventana del living que daba a la vereda, prender su cigarrillo, apagar las luces, y ahí se quedaba estancada durante horas. Quizás era solo un rato, y no es mi intención ser mentirosa. Pero la edad que yo tenía para ese entonces lo decodificaba como días, meses, años.

No recuerdo qué pasaba con el resto de mi familia mientras ella se sentaba a mirar un punto fijo sin conciencia del mundo que la rodeaba.

Ese punto debería tener algún significado que yo no sabía, porque el tiempo que le dedicaba era demasiado.

De ese tema no se hablaba jamás, y no porque yo no quisiera, sino porque ella lo desmentía cada vez que alguien le sugería que trasladara su tristeza a otro lado.

Hoy se lo recuerdo, pero ella dice que invento. Y de mi hermana dice que es una desagradecida. Que no sabe de dónde sacamos esas barbaridades. Que no puede entender quién nos llenó la cabeza. Nos acusa de tener mala memoria.

Nos discute mucho a las dos: insiste con que su salud mental nunca flaqueó. Y entonces, mientras dice esto, la depresión baja la guardia y exhibe una fortaleza animal pocas veces vista.

Mi hermana revienta en llanto de la bronca que le genera la situación. Y yo me fui acostumbrando a no escuchar cuando cuenta historias que no son ciertas.

Yo tengo pruebas de lo que digo: el nombre de todas mis cicatrices.

Y con eso me alcanza para no tener que ponerme a pelear.

Pero más allá de la discusión, la verdad es como la cuento. Ella no estaba. Y yo tampoco estaba para ella.

Cuando digo que no me miraba, no es una metáfora. Es literal.

Me recuerdo a mí misma de manera muy vívida. Siempre haciendo lo mismo, como una manera de llamar su atención. Mal logrado mi juego, porque nunca se inmutó.

Yo le dejaba una carta donde le decía que había decidido irme de esta casa porque sentía que no me querían. Con pinturitas de colores le contaba que había llenado una valija con algunos trapos y muñecas, y que para cuando ella leyera esas letras yo ya no iba a estar ahí. Le decía que la quería un montón, pero que necesitaba buscar la felicidad.

Y para alcanzar la felicidad, en ese momento, me habría alcanzado con que me tocara.

Que me abrazara.

Que me contara un cuento.

Que me mirara. Yo quería que me mirara.

¿Tan difícil podía ser eso, mamá?

Apoyaba la carta en la mesa de la cocina a la hora que se iba a sentar en su sillón. Mamá solía prender su cigarrillo con el fuego de la hornalla, así que sabía que la mesa de la cocina era un paso obligado.

Dejaba la carta, me iba a mi cuarto y, cuando la escuchaba levantarse de su cama, me escondía en el placard.

Nunca supe qué pasaba durante ese tiempo. Porque cada tanto mi niñez espiaba por la puerta y ella ya estaba sentada en su sillón.

El llamado a la cena me obligaba a salir del escondite, y qué ocurría con esas cartas que nunca se leían siempre fue mi gran preocupación.

Los años pasaron y la vida siguió su curso, pero la intriga nunca me abandonó.

Por temor, jamás quise preguntar.

Hace un tiempo mamá se mudó de nuestra casa. Ayudamos un poco a separar las cosas típicas de la mudanza, y a mí me tocó organizar los cajones de la cocina.

Recuerdo mucho esos cajones porque mamá escondía algunos dólares que mi tío le mandaba de regalo desde Estados Unidos. En el medio tenían como una abertura chiquita pero lo bastante grande como para meter la mano y poner sus ahorros ahí. Lo recuerdo perfecto porque lo descubrí una noche mientras ella dormía, y yo, que siempre tuve insomnio, me dedicaba a ordenar los cubiertos de forma prolijita. Entonces, en medio de la mudanza, recordé ese escondite y, con una sonrisa pícara, miré para los dos costados y metí la mano.

No estaban sus dólares.

Estaban todas mis cartas.

Leídas. Dobladas y guardadas en un cajón de cubiertos de una cocina inmunda.

No hubo magia, no había trucos.

Ella las leía, y sin embargo nunca eligió abandonar a su depresión para ir a buscarme a mí.

Siempre le digo a mi hermana que tengo mucho miedo de heredar ese fantasma de mamá. Y ella me dice que no me equivoque, que no nos parecemos en nada. Que yo soy una buscadora. Que tengo un montón de amigas.

Y de sueños. Y de esperanza. Y también de vida por delante.

Que yo no soy mamá. A pesar de mis emociones. De mis ausencias. De mis soledades.

Vos no sos mamá, por favor. No podés comparar.

Le creo a mi hermana. Confío ciegamente en ella. Pero lloro la resaca de un temor que todavía no puedo silenciar.

Le creo. Claro que le creo.

Solo que a veces me pregunto…

Qué hago acá sentada en este sillón.

Mirando por esta ventana.

Esperando que Peter Pan me venga a salvar.

Y tengo miedo.

Mucho miedo.

2
Un día

Sé perfectamente que estás mal.

Puedo agarrar tu enorme cuerpo con la palma de mi mano.

Conozco el dolor que sentís cada vez que querés volver y ya no tenés ni siquiera la libertad para llamar. Entiendo que ese lugar se terminó. Conozco a la perfección cómo duelen los domingos. Y sin embargo también sé de la soledad que sentís en cada encuentro con tus amigos, en el que estás sin querer estar.

Puedo recordar lo que es vivir con ansiedad en las tripas y querer arrancártela a mordiscones. Nada ni nadie es capaz de asesinar ese monstruo que vive en tu cuerpo.

Sí, claro que lo sé.

Todos estuvimos ahí alguna vez.

Por eso entiendo que, mientras duele, no hay consuelo en ninguna palabra que puedan decirte para aliviar tu tristeza.

Ya sé. Ya lo sé.

Pero necesito que confíes si te digo que un día ya no te va a quemar el pecho. Que es cierto que esa marca te queda y probablemente nunca se vaya. No te quiero mentir: te muestro las mías.

Pero el dolor tiene un lenguaje propio.

Es harina de otro costal.

Encuentra la salida.

Conoce otros rumbos.

Pierde la intensidad.

Un día la tristeza ya agobiada deja lugar a la tranquilidad. No vas a ser consciente del tiempo que estuviste detenido en la nada. Focalizando en el color gris de las nubes de una tormenta que nunca empieza pero que tampoco acaba.

Pero creeme que detrás de esa niebla está el sol. Y solo lo ve quien espera lo inevitable. Porque sí. Porque ya va a sanar. Y mientras eso suceda mi consejo es que lo hables.

Que llores lo que necesites.

Que duermas lo que te pida tu angustia.

Que nunca reprimas tus emociones, porque lo peor que puede pasarte es que mueran ahogadas dentro de vos.

Que cortes el cordón umbilical con la esperanza.

Que si te lo digo es porque a mí también el duelo me quitó la sonrisa. Sé que es tremendo ver cómo nadie se da cuenta de que es en tu silencio donde más grita tu alma. Pero acá me ves un tanto más fuerte. Y eso es porque siempre seguí, estoicamente.

Seguí.

Respeté mis penas y sus tiempos.

Me di mi lugar.

Entonces un día, y doy fe de que nunca vas a saber cómo ni cuándo, las ganas te vuelven a golpear la puerta otra vez.

Sí, claro. Las de vivir, te digo.

Las de vivir.

Tranquilo, mi amor.

Tranquilo.

Que un día de estos

volvés

a reír

otra vez.

Te lo prometo.

3
Pena

Cada tanto pienso en escribirte y decirte que pude.

Que por fin pegué el salto que no me animaba a dar y me quemaba la cabeza noche por medio. Imagino la alegría de compartir mi crecimiento con vos y se me dibuja una sonrisa en la cara.

Mi alma manifestando su felicidad por el simple hecho de que vos lo sepas.

Que vibres conmigo.

Que festejemos juntos.

Que celebremos mi logro que, desde ahora, es de los dos.

Y entonces acá estoy. Intentando no marcar el número del desinterés para ser testigo de algo que yo sé mucho antes que vos.

Si te hubiera importado, me habrías preguntado.

Si hubieras querido saber, me habrías llamado.

Si hubieras tenido la copa de vino a la espera de ser levantada junto a la mía, no me habrías soltado la mano.

Hay despedidas que son abandonos. Y yo entiendo perfectamente que, cuando las cosas no funcionan como uno espera, irse es avanzar. Seguir, en muchos casos, implica dejar atrás. Por supuesto que lo entiendo y pienso lo mismo que vos.

Pero ¿abandonar? ¿No regresar nunca más? ¿Desentenderse y tirar a la nada el afecto que nos unía?

Hay gente que celebra ir descartando vínculos porque les dijeron que eso es evolucionar. Y yo intento aprender de todas las cosas, pero si hay algo en lo que no puedo encontrar una lección, es en el abandono.

Disculpame, pero no la encuentro.

Sí veo la vida diciéndome a gritos que todo eso que tuvimos fue una fantasía mía. Pero ¿aprender de eso?

¿Agradecer que nunca te haya importado mi corazón?

¿Pasé de año emocional ahora que sé que hay gente que te quiere solo por un rato?

No. No de todo se aprende.

A veces solo se acepta sin chistar.

Se acepta.

Y si querés acepto que ya no te importe como en ese pasado ahora muerto y clausurado.

Y si querés tampoco te reclamo tu ausencia.

Ni te pido explicaciones.

Ni te pido que seas vos quien me consuele por el daño que me provocaste.

Muda me quedo, si te sirve.

Casi muerta.

Todo lo que haga falta.

Pero ¿agradecer el suceso y soltar?

¿Aprender de algo que mi esencia repudia?

No.

Esa es la única trampa en la que no voy a ceder.

A mí me da mucha pena la gente que se codea con el desamor.

Muchísima pena me da.

Y no voy a detenerme a buscar el lado positivo de un horror emocional.

No puedo agradecer.

No puedo aprender.

No puedo arrepentirme de haber dado amor a cambio de abandono.

No quiero.

Mucha pena me da.

Pero por vos te lo digo.

Te lo juro que es por vos.

4
La potencia de tu mano

Sos el alma que me vuelve al cuerpo cada vez que estoy a punto de caer al abismo.

Imagino que vas a venir y entonces tacho las horas con la misma ansiedad que esperaba poder abrir los regalos en la Noche de Reyes.

Te extraño y entonces, cuando hago memoria, me doy cuenta de que el tiempo puede pasar pero tu recuerdo está intacto, grabado a fuego.

Entiendo que todo sigue dentro de mí cuando me doy el permiso inevitable de pensarte otra vez. Si supieras lo que te extraño, no me lo creerías. Me dirías que me calle.

Callate, Lorena. No inventes.

Estás presente en mí cada vez que abro la puerta de cualquier casa y me choco con la realidad, que me muestra que en ningún lugar estás.

Me falta tu abrazo cada vez que la cama ya no me contiene.

Tu risa.

La potencia de tu mano.

El hueco de tu pecho donde anidaba mi amor, mi deseo, y me acostaba a descansar.

La complicidad de no reclamarnos nada y disfrutar de los espacios que cada uno necesitaba.

Perdoname.

Tuve miedo y hui.

Arruiné todo por temor a que ese todo algún día me arruinara a mí.

Y me fui.

Perdoname.

No sé vos, pero yo nunca sentí que te perdía, porque nos despegamos tan rápido que no llegué a vestirme de negro ni una sola vez.

Y, sin embargo, ayer volvimos a hablar.

En ese mismo instante me di cuenta de que hace meses que no me río.

Meses deambulando por espacios que no me pertenecían.

Mirando a la nada, buscando mis nuevos deseos.

Meses vacíos.

Hasta ayer.

Todo siempre nos vuelve al mismo lugar en el que dejamos. Vos entendés lo que te digo porque otras tantas huidas fueron tuyas. Todas tuyas.

Y acá estamos otra vez, de manera inevitable.

Bajando la cabeza frente a las órdenes del destino.

Somos una historia mal contada.

Mal parida.

Mal llevada.

Mal terminada.

De esas historias reales.

Eternas.

Sentidas.

De las que nunca empiezan para evitar que un día se acaben.

5
Lo inconcluso

Lo inconcluso perturba. Es una mosca haciendo ruido insistentemente en el silencio de la noche. Es algo que nos saca de foco. Nos aleja de nuestra misión personal, quedando a la espera de la oportunidad de poder cerrar la historia que solo permanece abierta en nuestra fantasía.

Y uno pierde tiempo.

Y gasta fichas de angustia.

Y todos los días amanece con la ansiedad de una respuesta de un otro que carga con una pregunta impuesta.

Lo inconcluso se defiende del vacío y busca su resolución en la fantasía. Ese mundo paralelo donde todo se vuelve posible.

Nadie se anima a la resignación de la pérdida, porque soltar las expectativas no se siente como un cierre. Al contrario, muchas veces nos golpea como un fracaso.

Lo inconcluso quiere vivir.

Demanda contar su historia.

Saber que llegó al final del camino porque no funcionó, pero no porque no se lo permitieron.

Lo inconcluso huele a vacío.

Duele en el pecho.

Tiene forma de un agujero que no se puede tapar mientras exista un “no” como respuesta: no se aceptan los “no” como un cierre.

El ego necesita entender: que le aclaren, que alguien le explique.

Es la trampa del dolor enquistado.

Es Penélope esperando a su muerto por más que le digan que no va a regresar.

Es involución emocional.

Por eso, aceptar lo inconcluso como tal resulta un reto, un desafío.

Muchas veces retirarse también aplica como final. Es que no todas las batallas pueden ser jugadas y, sobre todo, esas en las que no hay rivales disponibles. En ese momento hay que despertar. Sacar la bandera blanca y terminar para encontrar la paz.

No hay batalla.

No hay otro.

Es uno mismo frente a un espejo no queriendo asumir que para seguir es necesario dejar ir lo que el otro no quiere que suceda. Y esto no se llama injusticia, se llama realidad.

Y lo siento mucho yo también. Pero si del otro lado no hay deseo, no hay historia que vaya a ser vivida: hay una puerta cerrada.

Aceptarlo es cortar las cadenas que uno mismo se puso, limpiarse las manos, levantar la cabeza y prepararse para seguir la vida con un capricho no cumplido. Con un deseo apagado pero con miles esperando en la fila a ser encendidos.

Renunciar, muchas veces, es avanzar.

Entonces habrá que entender que, de vez en cuando, lo único que permanece inconcluso cuando del otro lado ya dijeron que no quieren, que simplemente no nos quieren, es la propia existencia.

Nuestra propia vida.

Y es en eso donde hay que ponerse a trabajar.

6
Ese

Cuando ese recuerdo doloroso se transmuta en tu refugio más lindo, cuando deja de ser algo que te encuentra para ser algo que uno mismo busca, ahí, donde entrás sin miedo, despacito, sin hacer ruido, cada vez que necesitás estar en paz… Ese, creo yo, es el final de tu duelo.

7
Cambios

Hay cambios que no son cambios. Son atajos para despistar al miedo que late dentro de esa decisión que no te animás a tomar. A simple vista parece que uno hizo su trabajo, pero en el fond

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos