
Era una tarde cálida del mes de septiembre. Acababa de comenzar el curso, y por mucho que el profesor Pepperoni se empeñara en darnos clase de mates, yo solo podía pensar en las supermegavacaciones que había pasado con mis abuelos en la playa de Valencia comiendo paellita, saltando las olas del mar en gayumbos y viendo ir y venir barcos mientras escuchaba las fabulosas historias de tesoros y sirenas que contaban los marineros en el puerto.
¡Las vacaciones!, suspiré con nostalgia. ¿Por qué tenían que acabarse?
—Tengo un carro con trescientas veintisiete rosquillas —dictó don Pepperoni, devolviéndome al mundo real—. Si mi abuelo me da doscientas siete, pero mi primo me quita ciento veinticinco, ¿qué ocurre?

—¡Que su primo tiene un morro que se lo pisa! ¡Juas, juas, juas! —gritó Boti, carcajeándose. Y, claro, todos los de la clase nos reímos con él.
—¡Muy mal, señor Botticelli! —exclamó, furioso, el profesor mientras se erizaban sus bigotes—. Me parece que usted y sus compañeros no se han dado cuenta de que ya han empezado las clases y de que hay que ponerse muy serio y aburrido para aprender. ¡Pero yo les voy a ayudar! —exclamó en un tono irónico que no me gustó ni un pelín—. ¡Saquen sus cuadernos, porque voy a dictar cien problemas para entregar mañana!
—¡Noooo! —gritamos todos—. ¡Pa’ mañana no!
Pues pa’ mañana sí. Ya te digo. Al tío de los bigotes le dieron igual nuestras súplicas. ¡Cien problemas de mates! Uf. Desde luego, esa no era la mejor forma de volver de unas vacaciones…
—¡Un bozal, Boti, había que haberte puesto un bozal! —le dijo Miguel Ángel, enfadado, mientras caminábamos cabizbajos con Lisa, Chiara y Rafa rumbo a mi taller para hacer los deberes.
—¡Pues no haberte reído, tío listo! —contestó, chulito, Boti.
Y tenía razón. Miguel Ángel fue el que mejor se lo pasó con la broma. Incluso se le salió un moco de la risa, que fue a parar al ojo izquierdo de don Pepperoni. Igual por eso se enfadó tanto…
Ñiiic, ñaaac, sonó la gigantesca llave de hierro al entrar en la cerradura de mi taller; ese lugar mágico que he llenado de inventos, cuadros, pájaros y un enorme observatorio astronómico en el que me refugio para ver el mundo como a mí me gusta.
Mis amigos y yo sacamos de mal rollito los cuadernos de la mochila y los pusimos sobre la mesa. Jo. Era flipante pasar las hojas y ver aquella montaña de operaciones por resolver.
—¡Esto es peor que cuando nos atacaron los ogros vomitadores! —exclamó Rafa.
—¡Y más espantoso que cuando nos quería devorar la momia Malitosis! —añadió Miguel Ángel.
—Bua; no lo acabaremos en una sola noche —concluyó Chiara con gesto de patata mustia.
—Chicos —añadió Lisa con su media sonrisa—, yo pienso que los planteamientos de los problemas los tenemos que hacer nosotros solos para aprender, pero… quizá «alguien» podría darnos una ayudita inventando uno de sus aparatejos para resolver las operaciones, ¿no, Leo?
¡Szzzoooooom! Pude escuchar el chasquido de los cuellos de todos mis amigos girando sus cabezas como suricatos hacia mí. No había que ser el tío más listo del mundo para saber que ME ESTABAN PIDIENDO UNO DE MIS INVENTOS.
—¡Eso! —añadió Rafa—. Un aparato que sume, reste, multiplique y divida él solito.
—¡Y que nos haga tortilla francesa! —añadió Boti.
—Bueno, lo de la tortilla lo veo difícil —contesté—, pero lo de fabricar una máquina que calcule mecánicamente… ¡¡Me mola!!
—¡Bien! —gritaron mis amigos.
Mi mente se puso a funcionar a toda velocidad. Tracé un plano en mi cabeza y busqué entre las mil y una piezas que guardo en el taller los elementos que necesitaba: una caja, engranajes, muelles, compartimientos para las unidades, las decenas, las centenas, un bocata de chorizo… Y en un rato y medio, ¡tachán!
—¡Señoras y señores —anuncié—, tengo el honor de presentarles la calculavincidora! —y les mostré una caja dorada con pequeñas ruletas y ventanas donde aparecían un montón de números.
—¡Venga ya, chaval! —soltó, incrédulo, Miguel Ángel—. ¿En serio quieres que me crea que esta caja de galletas puede hacer operaciones?
—Prueba —contesté, chulito.
—A ver, pon siete por nueve.
Riiis, rasss, moví los discos adecuados y, al instante, en una pequeña ventana apareció la solución: sesenta y tres.
—¡Tío, lo has clavao! —exclamó Rafa, encantado.
—¡Leo, es la caña! —gritaron, abrazándome, mis amigos.
—He de reconocerlo —me dijo Miguel Ángel, poniendo su mano sobre mi hombro en plan solemne—: Lo has conseguido. Tienes mi respeto. Recuérdame que te regale un cromo chupao, una pelota de mármol o algo…
Y justo cuando nos disponíamos a usar la calculavincidora, ocurrió algo inesperado: mi pequeño pájaro Spaghetto se coló por la ventana entreabierta, aterrado.

—¡Leo, corre! ¡Ella tiene un mensaje para ti, pero la quieren matar! —me pajareó Spaghetto, ya que
