Índice
Portadilla
Índice
Dedicatoria
Página primera
Divorcio
El despistado (uno)
Andrómeda
Simetría bilateral
Las doce
Monovolumen
Best-sellers
La vuelta a casa
Extravío
Mosca
Lolito
La una
El despistado (dos)
La hormiga en el asfalto
Parecidos
Los signos ordinarios
Usted no sabe con quién está hablando
Leyenda
Cuento de primavera
Madrugada
Cuerpo rebelde
Cuento de hadas
Ojos
La familia soñada
El efecto iceberg (ensayo)
Metamorfosis
Virus
El castillo secreto
Las dos
Pie
El dulce olvido
Poca luz
Los días robados
Huellas
Telúrica
La cuarta salida
Revelación
Micronovela
Crisis de percepción
Viento
Las tres
Caracola
Costa da Morte
El lugar debido
Cuento de verano
Comparsas
Año Nuevo
Parte meteorológico
Las cuatro
Las cuatro y media
País de vampiros
Foto antigua
La gran catarata
Reencuentro
Relato verídico
Instalación
El trapecista
Rescatado
El final de Lázaro
Cat people
Ni colorín ni colorado
Las cinco
Cuento de otoño
Un éxito
Arturo
El bienmesabe
Falsas impresiones
El despistado (tres)
El sabor de la fama
Génesis 3
Las seis
Viajero aparente
Satánica
Señor y perro
Cuento de invierno
Golpe de Estado
Casas pintadas
Comedores de humo
La otra parte
Nicolasito
Portazgo
Posdata
La tostadora
La gran trama / El desenlace
Dedicatorias
Nota sobre las ilustraciones
Créditos
En el libro de la noche
nuestras páginas están en blanco.
CHUAN TZÚ
Página primera
Para intentar descubrirlos debo despertarme en medio de la noche. Me levanto, recorro despacio el pasillo. Nunca enciendo las lámparas, llevo en la mano una linterna pequeña. Su resplandor escaso, subrepticio, me ayuda a encontrarlos, a veces. Con el tiempo he comprendido que viven en lo oscuro como nosotros en la luz. Una noche vislumbré la figura de un hombre sentado al fondo del salón, leyendo el periódico. Otra vez la linterna me permitió atisbar el cuerpo huidizo de una mujer en el recibidor. Otra noche, al pasar ante mi cuarto de trabajo, me pareció que había un bulto sentado delante del ordenador. El tiempo pasa y ya no puedo recordar si alguno de esos habitantes de la casa en la noche ha escrito en mi ordenador los textos que ahora considero míos.

Divorcio
La mañana del día en que cumplí los cincuenta años, en el momento de afeitarme, enfrentado con mi imagen en el espejo, se me ocurrió decir feliz cumpleaños, y mi imagen me respondió vete a la mierda, imbécil, déjame en paz de una vez. Se comprenderá bien mi estupefacción, mientras mi reflejo continuaba manifestando, con nuevos insultos, una aversión incubada al parecer a lo largo de todos nuestros años de convivencia. Pensé que había sido sólo un incidente soñado, pero a partir de aquel día, al mirarme en el espejo, mi imagen no dejó de mostrarme su desagrado y su rechazo. Aquella desavenencia absurda, fantástica, que ni siquiera podía contarse, me mortificaba tanto que decidí tapar el espejo con una toalla y prescindir de él, lo que no es difícil para quien se peina sin raya, se afeita con maquinilla eléctrica y deja siempre hecho el nudo de la corbata. No obstante, a veces levantaba un pico de la toalla para saber si el fenómeno había cesado, pero en cuanto mis ojos y los suyos se encontraban, mi reflejo repetía sus invectivas y malas palabras contra mí. Han transcurrido diez años en los que he dejado de contemplar mi imagen en este espejo y he procurado no poner los ojos en ninguna superficie capaz de reflejarla. Hoy, al cumplir los sesenta, he querido saber si subsistía la aberrante repulsa, pero cuando el espejo ha quedado libre de su cobertura he podido comprobar que no refleja otra cosa que un cuarto de baño vacío. Parece que mi imagen me ha abandonado para siempre y, en lugar de entristecerme, me ha invadido una sensación gustosa de alivio.

El despistado (uno)
El avión ha aterrizado, han parado los motores, ya se apagó la señal que obligaba a usar el cinturón. Sin embargo, nadie se levanta. No comprendo cómo los demás no tienen ganas de abandonar este sitio después de haber experimentado el horroroso vuelo, los ruidos extraños, la explosión, el humo espeso, el terrible zarandeo. Me levanto yo, abro el maletero, saco mi cartera, mi abrigo. Acabo de descubrir que todos me están mirando. De repente me señalan y se echan a reír con una carcajada extraña, una carcajada que parece llena de dolor, y aquí estoy yo con la cartera en una mano y el abrigo en la otra, sin enterarme de lo que sucede.

