Cuentos del libro de la noche

José María Merino

Fragmento



Índice

 

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Página primera

Divorcio

El despistado (uno)

Andrómeda

Simetría bilateral

Las doce

Monovolumen

Best-sellers

La vuelta a casa

Extravío

Mosca

Lolito

La una

El despistado (dos)

La hormiga en el asfalto

Parecidos

Los signos ordinarios

Usted no sabe con quién está hablando

Leyenda

Cuento de primavera

Madrugada

Cuerpo rebelde

Cuento de hadas

Ojos

La familia soñada

El efecto iceberg (ensayo)

Metamorfosis

Virus

El castillo secreto

Las dos

Pie

El dulce olvido

Poca luz

Los días robados

Huellas

Telúrica

La cuarta salida

Revelación

Micronovela

Crisis de percepción

Viento

Las tres

Caracola

Costa da Morte

El lugar debido

Cuento de verano

Comparsas

Año Nuevo

Parte meteorológico

Las cuatro

Las cuatro y media

País de vampiros

Foto antigua

La gran catarata

Reencuentro

Relato verídico

Instalación

El trapecista

Rescatado

El final de Lázaro

Cat people

Ni colorín ni colorado

Las cinco

Cuento de otoño

Un éxito

Arturo

El bienmesabe

Falsas impresiones

El despistado (tres)

El sabor de la fama

Génesis 3

Las seis

Viajero aparente

Satánica

Señor y perro

Cuento de invierno

Golpe de Estado

Casas pintadas

Comedores de humo

La otra parte

Nicolasito

Portazgo

Posdata

La tostadora

La gran trama / El desenlace

Dedicatorias

Nota sobre las ilustraciones

Créditos

En el libro de la noche

nuestras páginas están en blanco.

CHUAN TZÚ

Pagina primera

Página primera

Para intentar descubrirlos debo despertarme en medio de la noche. Me levanto, recorro despacio el pasillo. Nunca enciendo las lámparas, llevo en la mano una linterna pequeña. Su resplandor escaso, subrepticio, me ayuda a encontrarlos, a veces. Con el tiempo he comprendido que viven en lo oscuro como nosotros en la luz. Una noche vislumbré la figura de un hombre sentado al fondo del salón, leyendo el periódico. Otra vez la linterna me permitió atisbar el cuerpo huidizo de una mujer en el recibidor. Otra noche, al pasar ante mi cuarto de trabajo, me pareció que había un bulto sentado delante del ordenador. El tiempo pasa y ya no puedo recordar si alguno de esos habitantes de la casa en la noche ha escrito en mi ordenador los textos que ahora considero míos.

Divorcio

Divorcio

La mañana del día en que cumplí los cincuenta años, en el momento de afeitarme, enfrentado con mi imagen en el espejo, se me ocurrió decir feliz cumpleaños, y mi imagen me respondió vete a la mierda, imbécil, déjame en paz de una vez. Se comprenderá bien mi estupefacción, mientras mi reflejo continuaba manifestando, con nuevos insultos, una aversión incubada al parecer a lo largo de todos nuestros años de convivencia. Pensé que había sido sólo un incidente soñado, pero a partir de aquel día, al mirarme en el espejo, mi imagen no dejó de mostrarme su desagrado y su rechazo. Aquella desavenencia absurda, fantástica, que ni siquiera podía contarse, me mortificaba tanto que decidí tapar el espejo con una toalla y prescindir de él, lo que no es difícil para quien se peina sin raya, se afeita con maquinilla eléctrica y deja siempre hecho el nudo de la corbata. No obstante, a veces levantaba un pico de la toalla para saber si el fenómeno había cesado, pero en cuanto mis ojos y los suyos se encontraban, mi reflejo repetía sus invectivas y malas palabras contra mí. Han transcurrido diez años en los que he dejado de contemplar mi imagen en este espejo y he procurado no poner los ojos en ninguna superficie capaz de reflejarla. Hoy, al cumplir los sesenta, he querido saber si subsistía la aberrante repulsa, pero cuando el espejo ha quedado libre de su cobertura he podido comprobar que no refleja otra cosa que un cuarto de baño vacío. Parece que mi imagen me ha abandonado para siempre y, en lugar de entristecerme, me ha invadido una sensación gustosa de alivio.

El despistado uno

El despistado (uno)

El avión ha aterrizado, han parado los motores, ya se apagó la señal que obligaba a usar el cinturón. Sin embargo, nadie se levanta. No comprendo cómo los demás no tienen ganas de abandonar este sitio después de haber experimentado el horroroso vuelo, los ruidos extraños, la explosión, el humo espeso, el terrible zarandeo. Me levanto yo, abro el maletero, saco mi cartera, mi abrigo. Acabo de descubrir que todos me están mirando. De repente me señalan y se echan a reír con una carcajada extraña, una carcajada que parece llena de dolor, y aquí estoy yo con la cartera en una mano y el abrigo en la otra, sin enterarme de lo que sucede.

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