1
Noemí es nombre de perro salchicha. De postre empalagoso, de hotelito rutero, de marca de tapas para empanadas, de mercería que vende lanas y broderie. Noemí no es nombre de mujer, Noemí es el título de una novela rosa o de un modelo de sandalia berreta. Nunca había visto a un hombre enamorado de una Noemí, ni a una heroína de cine con ese nombre. De haber nacido Noemíes, muchas actrices de Hollywood no habrían llegado a ser estrellas. Noemí Garbo, por ejemplo: horrible. Noemí Hayworth, horrible. Noemí de Mónaco, Noemí Emperatriz, Noemí de Troya, todos horribles. Noemí arruina todo.
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La primera vez que Boris notó lo feo que era el nombre de su mujer fue hace tres años, un domingo por la tarde, cuando la escuchó hablando por teléfono con una amiga.
—Aló. ¿Mónica? Noemí habla. Noemí, la de pintura, la amiga de Dorita. Sí, esa Noemí. ¿Cómo estás?
Hasta entonces, a pesar de que habían estado casados por treinta años, nunca se había detenido a pensar en lo ridículo que era. Noemí Crespi de Rueda. Noemí. Ordinario, anticuado, barrial. No es que el suyo fuera el nombre más elegante del mundo, era cierto, pero al menos era neutral. Era igualmente verosímil decir que el zar Boris III de Bulgaria había sido derrotado por Austria en la guerra de los Balcanes, como que Boris, el portero, se tiraba a dormir la siesta en vez de arreglar el calefón del 3ºC. Noemí, en cambio, solo se adecuaba a la segunda opción. Y, para ser sinceros, el apellido tampoco ayudaba: Noemí era el nombre más feo del mundo, pero con “Crespi” y “de Rueda” atrás se ponía peor.
Sin embargo, lo del nombre habría sido una anécdota si un par de meses más tarde a esa molestia no se le hubiera sumado la voz. De un día para el otro, en vez de escuchar las palabras suaves de su mujer, Boris empezó a oír un graznido de gallina clueca. No importaba qué estuviera diciendo, bastaba con que Noemí pronunciara la “i”, inventara onomatopeyas o sustituyera expresiones adultas por diminutivos para que Boris sintiera una puntada en la cabeza.
—Boris, ¿tenés paquetitos de pañuelos en el maletín clarito? ¿Te fijás? Si no tenés, pasamos por el mercadito de abajo a comprar...
Paquetito. Clarito. Mercadito. Todo con “i”. Todo finito. Y todo con esa voz de corneta.
Por esa época, casi sin darse cuenta, Boris también empezó a hablarle cada vez menos. Había algo de las conversaciones largas que lo agobiaba y prefería desalentar la conversación con monosílabos. “Sí, Noemí”. “No, Noemí”. “Como vos quieras, Noemí”. Ella protestaba y decía que estaba hermético, que se estaba poniendo viejo. Él no discutía, la dejaba hablar. Incluso trató de empezar a dormir la siesta los fines de semana a la hora del mate, pero Noemí no lo dejó. Le molestaba verlo dormir de día, aunque no se lo dijera.
Tres meses más tarde, la situación volvió a empeorar, y al hartazgo de la voz y del nombre se le sumaron nuevas molestias. De repente, empezó a ponerlo nervioso todo lo que hacía su mujer. El tiempo que perdía en doblar las servilletas, la forma remolona de chupar un caramelo, su burocracia para anudar las bolsitas de residuos, su manía de secar los cubiertos uno por uno, la forma cuadrada de sus bombachas, el olor de sus cremas, su modo de preguntar si había dejado la heladera abierta, la ceremonia de clasificación de ropa al lado de la tabla de planchar, y sus charlas telefónicas con Dorita los domingos después de la iglesia. Desde que llegaba del trabajo hasta que la saludaba para volver a irse al día siguiente, todo lo que hacía su mujer transformaba la jornada en una serie encadenada de padecimientos rutinarios y monocordes que alargaban el día como si estuviera filmado en cámara lenta.
De lunes a viernes, por ejemplo, Boris llegaba de trabajar siempre a la misma hora, se limpiaba los zapatos en el felpudo exterior, oía maullar a Panchita, la gata de Noemí, abría la puerta, dejaba el saco en el perchero, se desplomaba sobre el sofá y prendía el televisor. Mientras caminaba, la gata lo seguía, enroscándose en sus piernas como una cinta. Boris odiaba a Panchita con todas sus fuerzas; le daba asco su pelo descolorido, su saliva viscosa, espesa, con olor a viejo. No la tocaba ni siquiera en una emergencia: si la gata se escapaba y se trepaba a la medianera, la bajaba pegándole con un repasador o llamaba a Noemí para que se encargara ella.
En ese momento, alertada por los maullidos, Noemí preguntaba desde la cocina si era él quien había abierto la puerta. Todos los días, sin excepción, aunque fuesen la misma hora y los mismos ruidos, Noemí le hacía la misma pregunta: “¿Boris? ¿Sos vos?”. Y, como no tenían hijos, no esperaban invitados y la puerta siempre estaba cerrada con llave, la respuesta se replicaba, día tras día, como si estuviera grabada en un contestador.
—Sí, Noemí, soy yo. ¿Quién va a ser?
—Ah... Preparate que ya va a estar la cena.
Para vengarse —o solo para ganar unos minutos frente al televisor—, Boris tardaba años en sentarse a comer. Cuando Noemí lo llamaba, siempre estaba mirando un partido de fútbol y la hacía esperar hasta que terminara el primer tiempo.
—Pero se va a enfriar la sopa.
—Mejor. Vos cocinás muy caliente —respondía él, agobiado por la insistencia.
Visto de lejos, parecía un ritual guionado. Ella avisaba que la sopa se enfriaba, él hacía señas para pedirle que esperara, ella hacía ruido con los cubiertos, él chistaba para que se callara, ella se enojaba, y recién cuando terminaba la jugada, él se sentaba a comer en silencio. Recién entonces Noemí le servía sopa en el plato hasta que él levantaba la mano como un inspector de tránsito para avisarle que era suficiente, ella bajaba el cucharón, y por fin cenaban, apenas interrumpidos por la luz lejana e intermitente del televisor.
—Dicen que ahora se puede dejar de fumar con una pastilla. ¿Viste? Lo dijeron en la tele, en el canal de la salud. No se puede creer. Una pastilla y listo, dejás de fumar para siempre. Increíble, con lo que sufrí yo por tu cigarrillo —decía ella, mientras él tomaba la sopa en silencio y contaba los minutos hasta el postre, que engullía veloz como un depredador.
Más tarde, mientras Noemí levantaba los platos, Boris se encerraba en el baño. A veces se quedaba leyendo una revista, otras veces se masturbaba mirando a la mujer de pelo rubio que había en la etiqueta del botellón de shampoo. Noemí era tan puntillosa con los platos que a veces él llegaba a leerse una revista entera o a masturbarse dos veces antes de que ella secara los cubiertos. Tardaba más de una hora entera en levantar la mesa, lavar, guardar y ordenar. Tenía la compulsión de trasvasar de táper en táper la comida que sobraba a medida que la iban consumiendo. En un fin de semana una misma ensalada podía mudarse del bowl original a una fuente pequeña, de una fuente pequeña a una compotera, y de una compotera a un moldecito individual con la excusa de hacer lugar en la heladera.
Recién a las once de la noche, cuando Boris ya se había tomado un whisky y estaba en la cama mirando televisión, Noemí le daba de comer a la gata —la podía escuchar hablándole con voz de nena mientras le ponía el alimento balanceado y agua fresca—, apagaba las luces de toda la casa, e iba al baño a encremarse y a lavarse los dientes. Desde el cuarto se escuchaba el trabajo del cepillo contra su pulcra y obsesa dentadura, y se olía esa leche rosada de olor dulzón que usaba para sacarse el maquillaje.
—¿Estás despierto? —preguntaba Noemí, ansiosa por contarle que la gata había tratado de tomar agua de la pileta de la cocina mientras lavaba los platos. Pero Boris nunca estaba despierto, se dormía como un reloj, un rato después de digerir la cena.
Ese instante inauguraba, para Boris, el mejor momento del día: un descanso que unía dos felicidades: dormir y darle la espalda a su mujer. Pero esas horas apenas alcanzaban para reponerse de esa rutina y dejar atrás el fastidio acumulado en tantos años de convivencia, y a las siete y media de la mañana, inevitable como la muerte, toda la rutina empezaba de nuevo. Sonaba el despertador, Noemí se levantaba, ponía la cafetera, y lo llamaba para que se despertase. Booooo-ris, son las ocho. Booooo-ris, ocho y cinco. ¡Boris! Ocho y diez. Yo no te despierto más, arreglátelas vos. Arriba, Boris. ¡Siempre lo mismo! ¡Son y veinte y seguís ahí! ¡Vas a llegar tarrrrdísimo! Boris, y veintisiete por amor de Dios. Y Boris se duchaba, se cambiaba, y desayunaban juntos unas tostadas interminables, un café con leche mitad y mitad, y un jugo de naranja exprimido. Diez minutos después, él se iba a la oficina y trabajaba hasta el mediodía o hasta que ella lo llamaba para preguntarle en dónde había dejado una de sus medias. Siempre tenía algo para contar que jamás era digno de ser contado. Es el cumpleaños de tu prima Silvia, llamala. ¿Probaste la nueva manteca que compré? Hoy me levanté y se había roto una sillita del jardín. Te olvidaste el pañuelo en casa. ¿Te quedan frutas secas para el whisky? ¿Sabés lo que hizo la gata hoy?
El resto del día permanecían separados. Mientras él era jefe del área contable en una empresa de seguros, ella hacía algunos cursos y se encargaba de las cosas de la casa u organizaba alguna cena con Dorita y su marido, Néstor, que, además de ser amigo de Boris, trabajaba en la misma empresa.
Previsiblemente, esas horas no resultaban suficientes para darle aire a la relación. Las ocho de la noche llegaban puntuales y todo volvía a empezar. Boris se limpiaba los zapatos en el felpudo, oía el maullido de la gata, giraba la llave en la cerradura, dejaba el abrigo en el perchero y se iba directo hacia la tele, que lo miraba, fría y ociosa, desde un rincón del comedor. Después venía la sopa de verduras, la señal de tránsito, el ritual del baño, la conversación idiota, la luz apagada y la sonrisa de utilería. Todos los días del mes. Todos los meses del año.
Todos, menos ese día.
Ese jueves, Boris se despertó a la hora de siempre y tardó los mismos quince minutos para bañarse. Usó la ropa que Noemí le había dejado preparada, y también, como todos los días, se sentó en su silla a esperar el desayuno mientras hojeaba el diario. Una vez más, como cada mañana, leyó los chistes primero y después la sección deportiva y los policiales, mientras esperaba el café y tomaba la tableta de magnesio que Noemí le dejaba al lado del jugo de naranja. Hizo todo igual que siempre, hasta que, por primera vez en días, notó algo diferente sobre la mesa. A las tazas con dibujitos y a los cubiertos con mango azul se les había sumado algo nuevo. Las servilletas azules, que siempre estaban dobladas en ocho del lado derecho del individual, esta vez estaban enrolladas adentro de un anillo de cerámica de textura irregular, con un relieve redondo y extraño, en el que Boris fijó su mirada.
—¿Te gustan? Son nuevos —preguntó Noemí, con la taza de café en la mano.
—¿Qué son?
—Son servilleteros. Tienen un perrito —dijo Noemí y señaló un bulto difuso en la cerámica—. ¿Lo ves? Ahí está el hocico… Y las orejitas agarran la servilleta.
—¿Pero para qué sirven?
—Para nada... Para cambiar —dijo Noemí y se encogió de hombros.
Boris miró el perrito, anonadado. En general, cuando Noemí hacía algo exasperante, trataba de pensar en otra cosa, distraerse. A veces la miraba hablar y hablar y hablar hasta que no escuchaba lo que estaba diciendo. Otras veces cantaba para adentro. Ese día, sin embargo, ningún truco funcionó. Estaba harto, empachado de Noemí. Ya no era la voz, ni su olor, ni las mañas. Solo de ver su nombre escrito con letra enrulada en la agenda de teléfonos del living le generaba una bronca que lo atravesaba como un alarido.
—No voy a desayunar —dijo Boris y se levantó de la mesa.
—¿Te sentís bien?
Boris no contestó. Caminó derecho, sin mirar atrás, y se encerró en el dormitorio.
—¡Boris! ¿Estás bien? —repitió Noemí varias veces desde el living.
Boris la escuchaba, pero seguía en silencio. No solo no estaba preocupado, sino que se relamía escuchando los gritos angustiosos de su mujer. Se la podía imaginar, estirando el cuello como una jirafa, repitiendo una y otra vez que iba a llegar tarde al trabajo, con la torpe intención de disimular que quería controlar lo que estaba haciendo ahí adentro.
—¿Boris? —dijo Noemí, en voz baja, mientras golpeaba la puerta—. ¿Estás bien?
Noemí giró el picaporte del dormitorio y espió. Boris estaba sobre la cama, tratando de cerrar una valija llena de trajes y calzoncillos que rebasaba, desprolija, como una explosión.
—¿Te vas a Montevideo? —preguntó Noemí, con la voz entrecortada.
Boris levantó las cejas, extrañado, y dijo que no. Noemí no tenía los brazos en jarra ni el ceño fruncido. Sus brazos colgaban a ambos lados de su cuerpo, flojos, y sus ojos estaban llenos de miedo. Su voz sonaba normal, por primera vez en mucho tiempo.
♦
Ese jueves, ni bien abandonó a su mujer, Boris caminó hasta el quiosco y pidió un paquete de cigarrillos negros. Hacía décadas que fantaseaba con volver a fumar. Lo había imaginado al menos una vez por día, después de cenar, durante casi treinta años seguidos. Cada vez que había visto un comercial de cigarrillos en el televisor había imaginado el olor y el gusto de ese tabaco de forma tan dedicada que había llegado a creer que podía fumar con el pensamiento. Sabía que el primer cigarrillo después de tanto tiempo iba a ser inolvidable, pero este, además de ser el único en mucho tiempo, era el cigarrillo inaugural de su vida de soltero. A pesar de que el sol calentaba implacable el cemento y de que hacía cinco minutos había hecho llorar a su mujer, sentado en un cantero del barrio y con su cigarrillo, esa mañana Boris Rueda, de cincuenta y nueve años, casado y sin hijos, de profesión contador, fanático del whisky y el fútbol televisado, por fin se sintió como había querido sentirse durante toda la vida: libre.
2
Néstor abrió la puerta del departamentito, señaló el living como lo hacen con los premios las secretarias de la tele. Boris sonrió y pateó la valija hacia adentro. Había escuchado millones de anécdotas sobre el famoso departamentito de soltero, pero nunca lo había visto en vivo y en directo. Sabía que Néstor lo usaba para llevar mujeres y por eso se lo había imaginado como esos viejos bulines espejados típicos de las películas de Alberto Olmedo, pero hasta ese día solo lo conocía por medio de las aventuras que su amigo contaba en la oficina.
—¿Y eso? —preguntó Néstor, señalando una caja enorme color marrón que había quedado en el pasillo.
—Uh, me olvidé.
Boris fue a buscarla, pero, como era demasiado pesada, Néstor tuvo que salir y ayudarlo.
—¿Qué te trajiste acá adentro? ¿Un muerto?
Boris sonrió otra vez.
—Un televisor.
—¿Te lo trajiste de tu casa, anormal de mierda? Podrías haber esperado unos días...
—No, no. Lo compré.
—¿Cuándo?
—Hace una semana —mintió, para no confesar que había ido a comprarlo una hora después de dejar a su mujer.
—Menos mal, pensé que lo habías comprado hoy.
Boris se dejó caer en el sillón, agotado. Néstor dio una vueltita por la habitación.
—¿Y? ¿Qué tal?
—¿Qué cosa?
—¡El departamento!
—Está bueno —le dijo Boris, mientras lo recorría con la vista.
El departamento era el típico monoambiente de soltero. Treinta metros cuadrados de living más una cocina y un balconcito. No había luces ni espejos en el techo, aunque la soltería se manifestaba en la suciedad escondida y el pésimo gusto de la decoración. El famoso bar que Néstor había descripto en todas sus anécdotas no era otra cosa que una mesa de caña y vidrio con aire a remisería, y la tan mencionada “cama del amor” apenas era un sommier redondo y torpe, de aspecto casero, que desdibujaba su perfecta circunferencia debajo de unas sábanas cuadradas llenas de dibujitos.
—Le tengo que mandar a hacer las sábanas redondas —aclaró Néstor.
—Parece un vestido...
—Bueno, el señor ahora es decorador de interiores. Son unos meses, hasta que te acomodes y alquiles algo vos, no te vas a morir por un par de sábanas mal puestas. Tiene todas las comodidades: aire, heladera, microondas...
Boris miró un potus raquítico que decoraba la mesa del teléfono. “Todas las comodidades” eran un sofá de cuerina berreta, un aire acondicionado empotrado en la pared y un juego de comedor bastante ordinario que empeoraba con el centro de mesa.
—¿Y esto? —preguntó Boris, risueño, y señaló un plato de madera pintada, aunque sabía bien lo que era.
Cuatro años antes, Dorita había convencido a Noemí de hacer un taller de pintura decorativa y su casa se había transformado en un jardín de flores de témpera chueca. Fueron solo seis meses, pero, desde el día que empezaron hasta el día que se pelearon con la profesora y decidieron abandonar el curso, no hubo adorno o utensilio doméstico que no cayera en las manos artistas de Noemí. Por el plato que ahora tenía en la mano, Néstor había sufrido los arranques artísticos de su esposa de la misma manera.
—Me lo dio Dorita para la oficina. Pero no puedo llevar eso. No le vayas a decir —le aclaró Néstor temeroso.
—¿Cuándo le voy a decir?
Néstor arqueó las cejas, con desconcierto. Inmediatamente sacó su llavero, separó algunas llaves y se las dio a su amigo.
—Esta es la de abajo, esta la de arriba y esta la del lavadero.
—¿El lavadero?
—Está arriba, en la terraza o en el entrepiso, no sé, nunca lo usé. ¿Querés que vayamos a ver?
—No, está bien. Me quiero tirar a dormir.
—¿Ahora?
—¿Qué tiene?
—Nada, vos siempre te despertás tan temprano, qué sé yo.
Boris no dormía la siesta desde hacía veinticinco años. Salvo cuando estaba enfermo, Noemí nunca lo había dejado dormir más allá de las once de la mañana ni antes de la medianoche. Apenas notaba que Boris tenía intenciones de quedarse remoloneando en la cama, empezaba a sobrevolarlo como un gavilán por el dormitorio. ¿Me llamaste? Oí una voz. ¿Vas a seguir durmiendo? Mirá que son las diez... ¿Querés seguir durmiendo?¿Me escuchás? ¿Vas a comer? ¿Te despierto en veinte minutos otra vez? No te hace bien dormir tanto, vamos a dar una vuelta.
—Yo me voy a la oficina. Si venís al mediodía, buscame en el bar.
—No creo, voy a comer algo por acá.
—En la cocina hay unos volantes de una pizzería y, si no, acá a la vuelta tenés un supermercado y, a cinco, el McDonald’s que está abierto toda la noche.
Boris se despidió de su amigo, le volvió a agradecer, prendió un cigarrillo y se recostó en la cama redonda. El techo estaba lleno de grietas y las almohadas eran finitas y de mala calidad. Terminó el cigarrillo, se acurrucó, y trató de conciliar el sueño, pero no pudo. Los ojos le ardían y a pesar de que se sentía cansado no podía relajarse.
Insomne, fue hasta la cocina a buscar algo para tomar. La heladera no estaba mejor que el resto del departamento: había un vino abierto, una caja con bordes de pizza viejos que se retorcían como ramas secas y una bandeja con chaw-mien sepultado bajo una capa de salsa de soja coa
