La tierra del fuego

Sylvia Iparraguirre

Fragmento

Primer pliego

[Lobos, 1865]

Hoy, en medio de esta nada, sucedió un hecho extraordinario. Tan de tarde en tarde la llanura rompe su monotonía interminable que cuando el punto vacilante en el horizonte creció y fue un jinete, y cuando pudo deducirse que su dirección era la de estas pobres casas, ya la impaciencia nos mandaba esperarlo. Si es que puede llamarse impaciencia el mirar silencioso y obstinado clavado en el horizonte. Cierto que era un hecho inusual, pero su verdadera dimensión, la dimensión que horas después cobraría para mí, no podía siquiera sospecharla cuando desde mi casa, apartada una legua de las otras, lo veía venir, recto, hacia nosotros. Digo nosotros pensando en el puñado de vecinos dispersos que forma lo que llamamos el caserío de Lobos. A unas doscientas varas lo vi cambiar el rumbo hacia el oeste; pude distinguir su perfil y el pelo alazán del caballo. Era mediodía. Ya en el almacén, me dijeron, el hombre preguntó por mí. Le acercaron algo de comer y de tomar mientras mandaban a buscarme.

Una carta a mi nombre en el correo del sur que pocas veces, por no decir ninguna, se desvía hasta aquí. El peoncito que me mandaron agregó, sin bajarse del caballo, lo que le habían dicho que dijera: que sólo en mano me sería entregada.

Observé al hombre antes de entrar. Parecía locuaz. Traía noticias de la guerra con el Paraguay que imaginé a medias ciertas a medias inventadas, relato que los presentes asimilaban sin pronunciar palabra pero llenándole cada tanto el vaso de ginebra, como una indirecta señal de que les gustaba oír. Pronto notaron mi presencia. El hombre se puso de pie y se limpió la boca con el revés de la mano:

—¿Usted es el mayor inglés?

Antes de que pudiera contestar, el hombre viejo, arrinconado como siempre en el fondo del almacén, dijo:

—No. El mayor era el padre, el gringo. Éste es el amigo Guevara, nomás.

El apellido inglés de mi padre —Mallory— había terminado siendo, en la pronunciación común argentina, primero máyori, y después, curiosamente, mayor, un grado del ejército, pero no dije nada.

La gente de aquí es parca y desconoce la curiosidad; sin embargo, para mis vecinos iletrados, la carta —todo el gesto del hombre, un tanto solemne, de buscar en la alforja y extraer estos papeles amarillentos, sobados y sellados; de mirarme como si debiera constatar un vínculo entre mi cara y lo que me daba, o como si por mi misma inexpresividad, supongo, desconfiara de que fuera yo el destinatario—, la entrega de la carta tuvo algo misterioso. Los presentes miraron el pliego lacrado con desconfianza analfabeta, como se mira un objeto capaz de desencadenar acontecimientos imprevisibles.

Ahora puedo asegurar que la carta, el hombre que apareció y desapareció en la llanura y lo que acabo de relatar comienzan, para ellos, a pasar insensiblemente al olvido. Aquí, en Lobos, la monotonía de los días es como un río poderoso y lento que desgasta los hechos hasta reducirlos a una piedra pulida, más tarde a un grano de arena, después a nada. Para mí, sin embargo, se cumplió el designio sospechado por mis vecinos, y la carta operó, en efecto, un cambio imprevisible. Como prueba de esa mutación señalo un hecho por completo ajeno al orden natural de mis días y que sucede ahora bajo mis ojos, sobre esta mesa: el acto o la determinación de escribir.

Cuando el mensajero se marchó y fue tragado nuevamente por la llanura, volví a mi casa al galope, rompí los sellos y los lacres y leí las palabras escritas del otro lado del océano. Leí y volví a leer la carta, una y otra vez. A la tarde, alcé la pipa y el tabaco y dejé la casa. Caminé metiéndome en la llanura donde lo que manda es la comba del cielo, que lo aplasta a uno. Arriba, el cielo de un azul purísimo; abajo, la llanura como un círculo plano. Mi perro Ayax es mi único testigo. El viento barre la tierra seca. Una bandada de biguás corta el aire en lo alto. Volví y me encerré en la casa. Leí otra vez lo que ahora traduzco: ... siendo usted un testigo privilegiado y directo de los hechos, desearíamos que realizara una noticia completa de aquel viaje y del posterior destino del desdichado indígena que participó liderando la matanza por la que ha sido juzgado en las Islas.

La carta generaba en mí un malestar creciente. ¿Cuál era la versión requerida del “desdichado indígena”, de aquel hombre llamado Jemmy Button por los ingleses pero cuyo verdadero nombre, su nombre yámana, casi nadie supo? ¿El indio de galera y pómulos relucientes bajo la galera, vestido de levita, especie de cochero achaparrado y grotesco, un Button sumiso y sonriente echando monedas al aire sobre los mugrientos adoquines de Londres? ¿O el salvaje del Cabo de Hornos, desnudo bajo la llovizna helada, con su cuerpo pestilente de grasa de foca, la crencha informe y la cara embadurnada de negro? O, por fin, el hombre avejentado y sereno que volví a ver años después en el banco de los acusados, en el juicio en las Islas, cuyos ojos impávidos en las hundidas cuencas miraron por última vez a los blancos, a los hombres venidos del este. Había sido sí un curioso destino el de Jemmy Button desde que el Capitán lo tomó como rehén a cambio de unos botones de nácar, pero no había habido “posterior destino” para el “desdichado indígena”.

Pero sobre todo o antes que nada, la carta me planteaba otras preguntas. ¿Cómo habían dado conmigo?, y, aceptando el hecho de que habían sabido cómo encontrarme, ¿por qué la carta había demorado casi seis meses en llegar cuando lo natural hubiera sido, a lo sumo, dos? No había sido violada; era yo el primero en conocer su contenido. Descartada esta posibilidad, imaginé el itinerario: Liverpool o Plymouth, el Cabo Verde, posiblemente las Azores, el Brasil, el puerto de Montevideo, Buenos Aires. En algún punto de la previsible ruta había intervenido el azar. El azar y la monotonía son las dos constantes del océano. El saco de correspondencia habría quedado olvidado debajo de mercaderías de entrega más urgente; o lo habrían desembarcado en medio de la confusión de algún puerto anterior; o, lo más probable, lo que definitivamente había ocurrido era otra cosa: la llegada sin contratiempos a Buenos Aires, única seña además de mi nombre consignada en el papel, donde había quedado olvidada durante meses. Era más que posible, muy de estas tierras cuya indolencia entra, como los ríos y los árboles, en el orden natural de las cosas, que después de semejante viaje por mar la carta permaneciera durante meses a sólo unas cuantas leguas de su destinatario final.

En descargo de mis compatriotas debo decir que, aunque la gente del puerto me conoce bien, hace unos pocos años que he vuelto a establecerme en el país. A todo esto agrego que con una guerra en la frontera norte por la que el gobierno muestra una adhesión entusiasta, ¿quién iba a ocuparse de la carta a un desconocido, a un hombre que ni siquiera está en el frente? Elijo esta explicación: demorada en el puerto de Buenos Aires, alguien, azarosamente, reconoce mi nombre y la pone en el correo del sur.

Al anochecer, agobiado por las paredes, salí a la galería dejando que de a poco la oscuridad me envolviera. El pensamiento saltaba del presente al pasado, desbocado y ciego, porque la noticia de la muerte del Capitán que, además, me traía el papel, me sorprendió como un golpe de furor por la espalda; muerte firmada abajo, entre los sellos del Almirantazgo Británico, por usted, míster MacDowell o MacDowness. No alcanzo a descifrar su nombre en el doblez del papel, y esto, presumo, ya significa algo. El sello pomposo y los muchos trajines que ha sufrido la carta me impiden distinguir su firma con claridad. Más insatisfactoriamente aún, del mismo modo que no puedo desembrollar las letras de su nombre, no puedo dar a ese nombre una cara. Una cara desconocida a miles de millas de distancia, en alguna de las innumerables y desabridas oficinas del Almirantazgo. Ese lugar, al menos, puedo recordarlo con detalle. Conocí los corredores de mármol y los techos artesonados bajo los que el Capitán hablaba cautamente con los dueños del Imperio y conocí también las dependencias subalternas donde escribientes sumisos esperan órdenes. Asumo que usted pertenece a las segundas.

Pero si su cara y la mesa en la que se ha escrito la carta se desvanecen en el aire, el papel, en cambio, es real, puedo tocarlo. Las palabras son precisas y me están dirigidas, han venido a buscarme al otro lado del mundo y me arrastran al pasado con la fuerza de un vendaval. El peso, ¿podré escribir el pesar?, lo cargan definitivamente las palabras finales: bajo los sellos y los lacres, estas escuetas palabras sobre el Capitán, que, traduzco: lamentamos comunicarle se quitó la vida, cortándose el cuello con su propia navaja, hace tres días, exactamente el 30 de abril de 1865. Esas frases finales, tan curiosamente precisas en una carta oficial, tal vez deliberadas, al margen de su propósito me conmovieron, porque el Capitán pertenece a esa raza de hombres a quienes no se puede imaginar muertos y menos degollados por su propia mano, pertenece a la raza de mi padre.

La noticia, ocurrida meses atrás, me sucedía a mí ahora, se desarrollaba allí, ante mis ojos, en el presente absoluto de la carta: el Capitán, tal como yo lo recordaba con imborrable nitidez, en su casa cercana a Londres, en el vestidor contiguo al dormitorio, iniciaba frente al espejo el gesto tranquilo de empuñar la navaja; en el mar, lo había visto muchas veces ejercer esa serenidad en momentos desesperados. Una frialdad que en el fondo resultaba ser la autosuficiencia del orgullo extremo. Impotente, asistía desde aquí al movimiento de alzar la navaja, lo veía cruzar el brazo y apoyar el filo bajo la oreja izquierda con precisión maníaca, su otra mano sosteniendo el codo para que el brazo no se niegue; veía el gesto veloz, el salto despavorido de la sangre sobre el espejo, la pesada caída del cuerpo, el cadáver en el piso, seguramente vestido con su traje de marino. O, tal vez, con su traje de marino es lo que me gusta pensar.

El Capitán no era hombre para estar en tierra. Debo anticiparle, míster MacDowell o MacDowness, algo que me incluye. El mar es un exceso y los hombres dados a navegar comparten una clase de locura que los que han permanecido siempre en tierra no alcanzan a comprender. Los días y las noches en el mar no se miden por días y noches sino por el cansancio invencible que sigue a la lucha con la tormenta, por el desolado precipitarse de un cadáver en el océano, por el escorbuto y la fiebre, por el esplendor de las mañanas, por el movimiento de las estrellas entre los mástiles victoriosos.

La carta actúa en mí como una especie de veneno, como aquel brebaje de las Islas Fidji que ponía pasmosamente ante los ojos imágenes de una fijeza alucinatoria de las que no se podía despertar o salir o huir. Ya noche cerrada, entré en la casa, encendí la lámpara y las velas, me serví una copa de vino, dispuse sobre la mesa la pluma y la tinta y escribí lo que copio: Muy señores míos: su carta llega a mis manos cinco meses después de ser fechada en Londres. No sé cuál será el destino de la mía ni en qué forma puedo ayudarlos con los hechos que se me pide les narre. Hechos tan lejanos en el tiempo que no sé si sabré cabalmente referírselos...

Esas líneas, en una hoja aparte, son el único intento formal de contestar su carta, míster MacDowell o MacDowness.

Lo primero que acude es el fuego perforando la noche más oscura del planeta, fuegos devorados por las ráfagas desatadas del viento que dejaban mudo de expectación y temor al que miraba desde la borda.

Entre los 64 y los 70 grados de longitud oeste del meridiano de Greenwich y los paralelos 52 y 56 de latitud sur, se extiende el último fragmento de América del Sur: la Tierra del Fuego, la Terra Incognita Australis, abierta, desgajada en islas y canales interminables de modo tal que si un hombre se plantara en la costa norte del estrecho de Magallanes mirando al sur, tendría ante sí, en línea recta y a unas pocas millas, el punto extremo de este conjunto, las islas más australes del continente, el Cabo de Hornos, donde se juntan furiosamente los océanos; hacia atrás, el hombre cargaría sobre sus espaldas las Américas del Sur, Central y del Norte con sus trópicos, su ecuador, con todos sus ríos, selvas y montañas, hasta Alaska. Pero plantado aquí, en este hemisferio, al borde del estrecho, si el hombre alzara su cara al cielo, podría ver sobre su cabeza la legendaria belleza de la Cruz del Sur, joya inapreciable de los navegantes del norte, y luego, si el hombre abriera los brazos en actitud mimética con la constelación que ha mirado, si los abre en toda su anchura, su mano izquierda señalaría la embocadura del estrecho por el que tanto penaron los asustados y perdidos españoles, las costas a las que Pigaffeta nombró como la tierra de los fuegos, por la cadena rojiza de las fogatas con las que los habitantes del país se avisaban del paso de extraños y enormes seres combados y arbolados que iban por el agua pero que no eran ballenas. A su vez, su mano derecha extendida señalará las montañas del oeste, la cordillera que, bajando desde el norte, se hunde y emerge en la isla grande para recorrerla en sentido oblicuo, como el último tramo de la cola negra y quemada de un dragón cuya punta rocosa sale por última vez en la isla de los Estados, y que subiendo otra vez hacia el norte, erizando su colosal espinazo por distintos climas, hace torsión a la altura de las paletas para avorazarse sobre el mar Caribe en las verdes desembocaduras del Orinoco. Pero aquí, el hombre plantado sobre el estrecho, por encima de la cola del dragón, más al sur de las planicies y los picos magallánicos, más allá de las montañas azules y espectrales donde los hombres venidos del este soñaron el valle encantado de los inmortales, la Ciudad dorada de los Césares, el hombre miraría obstinadamente el Sur, en línea recta, hacia el Cabo de Hornos.

Doscientas millas más abajo, las veladuras de la niebla se abren y cae la lluvia sobre las últimas islas, el viento sin fin levanta olas gigantescas y heladas, la espuma vuela en todas direcciones. El Cabo de Hornos, lugar de barcos naufragados, donde los marinos, agobiados por el triste prestigio de ese punto en el que los océanos convergen como si lucharan, y por la idea obsesiva de perderse en el laberinto de islas y canales envueltos en eterna bruma, creían escuchar el quejido de los ahogados, el susurro de los náufragos muertos hacía siglos que parecían llamar, pedir auxilio desde las costas sombrías. La visión aterradora, una mañana, de una vela rígida, envuelta en hielo, a la que los marinos nos pusimos a golpear como si se tratara de deshacer un mal presagio. Es más, lo que acude no es lo que más tarde supe y vi de aquellos lugares, sus pequeñas y serenas bahías sobre las que se inclinan árboles rojos y en las que los fuegos se reflejaban como estrellas, sino mi primera y engañosa impresión de marino novato. Acude, ante todo, esta escena inmóvil: un grupo de hombres ateridos, en cubierta, bajo la llovizna, y entre ellos el Capitán, atento a los mínimos vestigios de la costa y sus fuegos, sabiendo —como yo lo sé ahora— en el fondo del corazón que ese anhelo inexplicable, mezcla de temor y determinación, nacía de la conciencia, del orgullo o de la culpa de estar bordeando los secretos límites del mundo.

Yo tenía dieciocho años y también estaba allí. En el mismo lugar por donde navegó John Byron, abuelo del célebre poeta, quien fundó el primer asentamiento inglés en las Islas a las que otro inglés había llamado Falkland, sin importarle el tratado secular. Las Islas que Anson, hace más de un siglo, vio como la clave de los mares del sur, las Islas que el Capitán relevó según expresas instrucciones confidenciales del Almirantazgo. Pero, sobre todo para mí, esta noche, las Islas donde treinta años más tarde vería, clandestinamente y por última vez, a Jemmy Button, donde me despedí para siempre de su inescrutable cara yámana.

Una cosa me lleva a la otra. No tengo el hábito de la escritura. El pensamiento va más rápido que la pluma y el orden de los párrafos no es, creo, el preciso. Las palabras son como animales cerriles que salen ciegamente en estampida, juntándose una a otra, siguiéndose una a otra.

No creo que lo que estoy escribiendo sea el tipo de relato que usted me solicita, míster MacDowell o MacDowness. Tengo, de pronto, esa certeza. Faltaría a la verdad si le digo que me importa.

Son las dos de la madrugada. Graciana duerme en el catre. Repongo el cabo de vela para poder continuar. El viento ha cesado y la noche, serena y universal, se adueña de todo. La pampa, que miro a la luz de la luna desde mi ventana, es una inmensidad que provoca primero una nada y más tarde un sosegado pavor. Salvo los bárbaros y algunos gauchos, nadie se aventura en ese silencio. De vez en cuando, tropas de carretas gigantescas, inclinadas hacia la tierra, cruzan el horizonte como barcos perdidos. Si hablo de la llanura es porque sigue siendo para mí algo recuperado. Nací y crecí en ella, me fui cuando empezaba a vivir, y ahora que he vuelto tengo necesidad de nombrarla. Mis compatriotas jamás consideran este lugar, simplemente viven en él.

La carta dice: La Armada Real, en la que usted sirvió con honor a Inglaterra, le estará agradecida por este último servicio que ahora le solicita...

Cómo diablos dio la Armada Real conmigo es una de las preguntas que quedará sin respuesta. Mi desembarco en las Islas pasó, me consta, totalmente inadvertido para las autoridades. Usted no ignora que soy hijo de madre criolla y de padre inglés, y fueron mi aspecto y la lengua inglesa, como muchas otras veces en mi vida, los que me permitieron presenciar el juicio a Button como un marinero norteamericano más.

El desembarco en las Islas, como usted también sabe, míster MacDowell o MacDowness, está prohibido a los habitantes de la Confederación Argentina.

Sin embargo, Gran Bretaña parece saberlo todo. Tal vez su información sobre mi destino provenga de muchos años atrás. Quizá, alguno de mis antiguos compañeros de navegación, interrogado por ustedes, contó, en Londres, mi intención de volver a establecerme en el lugar de mi nacimiento, en este país, al que no titubeo en llamar mi patria. Quizás usted sospeche que no ignoraba los propósitos de aquel primer viaje sobre el que la carta me pide una relación, que conocía las instrucciones confidenciales dadas al Capitán sobre el valor estratégico de la Patagonia argentina y de las Islas...

Están equivocados, míster MacDowell o MacDowness. Lo que sé ahora lo supe mucho después.

Lo escrito puede dar la impresión de que he vivido aislado. No ha sido así. Si bien vivo solo —la presencia de unos peones y de Graciana, la joven criolla que me sirve y vive en la casa no cuenta en lo que digo—, he estado, desde 1858, año en que volví a Lobos para reconstruir esta casa, en contacto esporádico con el mundo a través del puerto de Buenos Aires. Mi último viaje a las Islas y mi asistencia al juicio están en relación directa con mis visitas al puerto y mi conocimiento de barcos y capitanes, entre ellos, el capitán Smyley. No me importa confesar —a quién, me pregunto— que mi contacto con los marinos de barcos foqueros y balleneros que bajan permanentemente al sur ha sido constante. Por ellos supe, sin asombro, de los misioneros ingleses masacrados por los yámanas y de la investigación que el gobernador Moore había instruido en las Islas y a la que debían también presentarse los miembros de la Misión.

Nada más extraño que aquel juicio en las desoladas Islas que a los veinte años yo había conocido con el Capitán y el doctorcito y a las que, ya entonces, muchos llamaban con el nombre derivado de los buenos navegantes franceses de Saint Malo: Malouinas. A trescientas cincuenta millas de la Tierra del Fuego, el viento seguía barriendo las playas desiertas con la misma indiferente ferocidad que casi treinta años atrás. Reviví el mismo agobio. Viene de la soledad, de los árboles penosamente aferrados a la tierra, doblados en la dirección del viento, lo que causa una sensación casi física de martirio. Para poder pensar, me largué a caminar por la playa de piedras. El viento trajo la vaharada fuerte de una colonia de lobos marinos que poblaba la pequeña península a la entrada de la bahía. Desde allí me llegaron los roncos lamentos que los corpulentos machos lanzan hacia lo alto. También de un golpe, recuperé en los huesos el frío cortante de esa latitud. Agradecí el cobijo de las casas que ya formaban una pequeña aldea y que eran novedad para mí.

Por alguna razón, desde que el Kimberley, el ballenero en que me embarqué, puso proa a Sur y volví a ver las costas altas de los acantilados de la Patagonia, el viaje empezó a tomar una cualidad de sueño, como de cosa irreal. Sensación que lejos de atenuarse había aumentado al poner pie en tierra y que sólo concluiría, bruscamente, dos días después al encontrarme a solas, frente a frente, con Button.

Volvía sin apuro hacia las casas y recuerdo el sentimiento de incredulidad que me embargaba ante la inminencia de ver a mi antiguo camarada. Nuestro encuentro en la niebla, cuatro años atrás, no había sido, finalmente, el último. Como en el pasado, volvíamos a ser dos extraños en un mundo que desconfiaba de nosotros. ¿Qué pasaría con Button?; ¿qué haría al verme? Era lo único que ocupaba mi mente desde la salida de Buenos Aires. En Puerto Stanley no se hablaba de otra cosa que de Button, el acusado, y de Alfred Coles, el único sobreviviente de la matanza.

Le confieso que viajé a las Islas con el único propósito, con el secreto designio de ayudarlo, de dar testimonio en su favor, si fuera preciso. No sabía de qué modo o cómo justificaría mi presencia, pero ésta era mi verdadera intención aunque nadie la conocía; ahora la escribo, dejo constancia escrita, míster MacDowell o MacDowness.

Aquella noche en Puerto Stanley, la víspera del juicio, fue una muy larga noche compartida, en parte, con mi viejo conocido el capitán Smyley, comandante de la Nancy, la goleta que había traído al prisionero desde Tierra del Fuego. El viento ululaba incesante en la chimenea de piedra junto a la que me había acomodado, y pesaba sobre mi ánimo. Pensaba en lo relatado por Smyley. Allí estaría “el desdichado indígena”, venido del Cabo de Hornos por propia voluntad a declarar, un hombre de cuarenta y seis años, con su rudimentario y cavernoso inglés haciendo frente a los funcionarios de la Administración. La causa: los hechos de sangre, “la masacre” que su tribu había perpetrado supuestamente a su mando.

Es fácil adivinar, debo corregir: para mí era fácil adivinar aquella noche desvelada, que los yámanas se habían hartado de los ingleses y de sus misiones. Los blancos, los hombres venidos del este, habían invadido sus tierras, violado a sus mujeres y a sus niñas, matado a sus animales; los habían obligado a vestirse y a trabajar, separaban a los chicos de sus padres. También me era fácil adivinar que los ingleses no podían asimilar así nomás el fracaso. La gente se había exaltado, años atrás, ante la misión reservada a Inglaterra: la de evangelizar y educar. El esfuerzo empleado en aquel lugar hostil y remoto, la buena voluntad de la sociedad inglesa, las notas en los periódicos y hasta el interés de la pareja real habían concluido en esto: un acto bárbaro de matanza.

Las esperanzas puestas en un salvaje adiestrado en los hábitos y lenguajes de la civilización dieron como resultado el asesinato. Porque los yámanas los habían matado a todos. Les habían aplastado el cráneo con piedras contra las piedras y más tarde habían subido al barco y habían robado todo. Ni clavos ha

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