Índice
Portada
Dedicatoria
La historia de estas historias
Que sí, que no, que ni, las provincias ante la Revolución de Mayo
El resucitado de La Florida
Edificio apto para todo servicio
El poder es nuestro. ¿Qué hacemos ahora?
En los brazos de la gloria y la libertad
Los primeros cruces de los Andes, bajo el signo de la hermandad
Historias de heridos y malheridos I. La garganta de Dorrego
La Juana Moro
Hermanos enfrentados I. Manuel y Saturnino Castro
La agitada vida del dueño del poncho celeste
Hermanos enfrentados II. Los hijos del héroe y del traidor
Don Manuel del barranco
Mucho más que números
Historias de heridos y malheridos II. La pierna de Estomba
La guerra del montón
Precariedad sanitaria a bordo
La guerra, nosotros y los otros
Pablo Areguatí, de Misiones a las Malvinas
El ideólogo del cruce de los Andes
“Le dividí la cabeza hasta el pescuezo”
Historias de heridos y malheridos III. La mano de Paz
Revolución sin constitución
Mitos y leyendas sobre el cruce de los Andes I. La maestranza mágica de Fray Luis Beltrán
La guerra del montón II. Lluvia de piedras
Viamonte, un tipo poco solidario
Mitos y leyendas sobre el cruce de los Andes II. En Mendoza no se consiguen
La guerra del montón III. Los gigantes de Jumbate
Un desconocido hombre de confianza de San Martín
La guerra del montón IV. A los garrotazos
Federales y confederales en los orígenes de la patria
Mitos y leyendas sobre el cruce de los Andes III. Las joyas de las damas mendocinas
El espía falso
La guerra del montón V. La victoria incruenta
Mitos y leyendas sobre el cruce de los Andes IV. Con la bodega al hombro
Mitos y leyendas sobre el cruce de los Andes V. Beltrán, sus cañones y Chacabuco
La insólita escuadra fluvial de Peter Campbell
Buenos Aires y la anarquía del año veinte
Un Plan Marshall para Santa Fe
Historias de heridos y malheridos IV. La muerte de Güemes
Calles que te nombran
Agradecimientos
Bibliografía
Biografía
Otros títulos del autor
Créditos
Aguilar
A la memoria de mi padre, que sembró mi infancia
con las historias que me hicieron amar a nuestra patria.
La historia de estas historias
Este libro es el resultado de dos experiencias profesionales independientes —aunque con algunas características en común—, que en algún momento se encontraron en un proyecto que podía adoptar diversas formas y que terminó por convertirse en una propuesta editorial. Eso es Contame una historia, una síntesis de esfuerzos previos, la proyección de sueños inacabados.
En mis cinco libros publicados como historiador recopilé historias que procuraban reconstruir y reinterpretar momentos de nuestro pasado y propiciar de ese modo algunas reflexiones acerca de la forma en que la historiografía ha explicado los principales acontecimientos que forjaron a la Argentina actual. Como suele ocurrir tras cada investigación, siempre quedaron historias en el tintero. Ya fuera por falta de espacio o por exigencias del eje conceptual de aquellos textos, durante años he acumulado relatos inéditos, curiosos algunos, que merecían ser profundizados, desarrollados; numerosas historias, en síntesis, que quería contar.
La segunda experiencia se inició en enero de 2011, cuando junto con unos amigos comenzamos las transmisiones de “Mate Cocido”, un programa de radio que se emitía de 9 a 12 por Radio Más de Posadas, Misiones. Si bien era un típico programa matutino, con mucha carga informativa, nos habíamos impuesto la premisa de no correr detrás de las noticias: frente a la vorágine informativa en la que muchas veces sucumben las mañanas radiales, propusimos hacer una pausa, tomarnos un tiempo para compartir historias con los oyentes. La idea era trabajar a partir de las efemérides para rescatar personajes, anécdotas, grandes y marginales acontecimientos del pasado nacional y misionero. Titulamos “Contame una historia” a esa breve columna que duraba alrededor de cinco minutos, cada día luego del informativo de las 10.30, acompañada por un tema musical vinculado a la historia relatada.
La experiencia fue muy enriquecedora. Por un lado, por la respuesta del público, que esperaba con nosotros la hora de la columna, y que luego se comunicaba con la radio para agradecer por haber recordado tal fecha o tal personaje, aportar algún dato o simplemente para dejar sus comentarios. Por otro lado, porque en la radio descubrí una forma poco acartonada de narrar hechos históricos. Un recurso que volvía más ameno y dinámico el relato del pasado. Creo que entendimos que la riqueza de la historia no radica necesariamente en la complejidad con que se traten los temas, sino en la historia misma. En cierta forma, la experiencia de “Contame una historia” en radio me ayudó a despojarme de las ataduras academicistas y, ya libre, me propuse plasmar esa experiencia en el papel.
Contame una historia recopila cuarenta hechos acaecidos durante la etapa revolucionaria e independentista, cuyos límites temporales se extienden desde 1810 hasta mediados de la década de 1820, si se considera que la guerra de la independencia concluyó, formalmente, en diciembre de 1824 en el campo de Ayacucho. Cuarenta historias que entraman las vidas de personajes —algunos muy conocidos y otros no tanto—, con hechos de una época cargada de transformaciones políticas y sociales, bajo el omnipresente dramatismo de la guerra: la de la independencia de la corona española y su larga secuela de batallas, combates, muerte y heridos; el inicio casi simultáneo de la guerra civil en el espacio litoraleño entre federalismo y centralismo. Inevitablemente, muchas historias de este libro se vinculan con esos dos fenómenos.
En tal sentido, varios capítulos se ocupan del proceso de formación del Ejército de los Andes, para desbaratar algunos mitos y leyendas que se construyeron alrededor de aquella magnífica operación político-militar, el cruce de la cordillera. Otra serie describe las estrategias guerreras del pueblo altoperuano que, con sus tácticas de guerra del montón, las famosas montoneras, enloqueció a los bizarros ejércitos del rey.
Encarnado en las historias de vida contadas en este libro, se puede dimensionar el cimbronazo social que significó la revolución: el vértigo de la corta existencia de José Superí; el inusitado protagonismo de Pablo Areguatí, un guaraní nacido en las Misiones que llegó a gobernar las Malvinas; la parábola de Juan Álvarez de Arenales, un español que se puso al servicio de la revolución y hasta convertirse en un extraordinario general y en caudillo popular; el rol revolucionario de la mujer en la figura de Juana Moro, la heroína del espionaje salteño, por citar algunos casos.
En el plano conceptual, algunos capítulos analizan los principales e intensos debates estructurantes del período revolucionario, por caso, qué hacer con el poder heredado del rey, cómo organizarlo en un texto constitucional o cuál era el techo de las transformaciones sociopolíticas por implementar.
También se reflexiona sobre la crisis del año 1820, fecha de clausura del ciclo histórico de la revolución y la independencia en el ámbito rioplatense: las consecuencias inmediatas de Cepeda y la forma en que la historiografía interpretó y difundió la consecuente anarquía de aquella época.
Siempre en el ámbito de las ideas, se estudia la resolución del conflicto entre Buenos Aires y Santa Fe mediante un interesante mecanismo de inyección productiva financiado por Buenos Aires.
Cierra esta serie de relatos una historia que más que historia es presente. El relevamiento de la recurrencia de personas y hechos del período revolucionario-independentista en los nombres de las principales calles y avenidas de las veintitrés capitales de provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires arroja algunos resultados interesantes. En particular, revela los manejos del discurso historiográfico desde el centro hacia la periferia, la manipulación y apropiación del trazado urbano; en definitiva, que nombrar el espacio público también es una forma de contar la historia.
Que sí, que no, que ni, las provincias
ante la Revolución de Mayo
El estallido revolucionario del 25 de mayo de 1810 no fue otra cosa que una revuelta municipal protagonizada por los vecinos de Buenos Aires e institucionalizada a través de su órgano de gobierno local, el Cabildo. Claro que, como se trataba de la capital del Virreinato del Río de la Plata, el movimiento juntista pretendía que el resto del virreinato aceptara a Buenos Aires como cabeza de un nuevo Estado. Uno de los mayores desafíos políticos de la Primera Junta fue justamente lograr el reconocimiento del resto de las ciudades y provincias. Aquel proceso no fue ni tan sencillo ni tan lineal como suele creerse.
Por cierto, ante la acefalía real, cada una de las ciudades interiores, a través de sus cabildos, se consideraba con el mismo derecho que Buenos Aires para darse gobiernos propios. El principio de la reversión de la soberanía esgrimido por la capital para conformar una junta era igual de válido para el resto de las ciudades, en especial las cabeceras de las gobernaciones intendencias. Lo cierto es que cada provincia o ciudad esgrimió una respuesta específica y particular al anuncio de la conformación de la Primera Junta y al pedido-exigencia de Buenos Aires de ser reconocida como nueva autoridad.
LAS QUE SÍ
Por mera geografía, las primeras ciudades en recibir noticias de los acontecimientos de la Semana de Mayo fueron las más cercanas: Santa Fe, Montevideo, Córdoba. Luego llegaron más al norte, a Tucumán, Salta, a Cuyo y el resto del litoral. Finalmente se difundieron por el Alto Perú, región que ya había experimentado su propio fenómeno juntista un año antes, en Chuquisaca y La Paz. La novedad, como era previsible, sacudió la modorra pueblerina de muchas ciudades, impelidas de pronto a adoptar una decisión política que no tenían del todo clara. Otras la recibieron como una posibilidad cierta de transformar el orden vigente.
Recordemos que en aquella época el territorio se organizaba en intendencias. La de Buenos Aires ocupaba una franja angosta sobre la costa del Río de la Plata y se extendía hacia el norte para incluir en su territorio a las actuales Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes. Córdoba del Tucumán integraba a las actuales Córdoba, La Rioja y Cuyo. Salta del Tucumán reunía a las modernas Tucumán, Jujuy, Salta, Catamarca y Santiago del Estero. El Alto Perú se dividía en cuatro intendencias —Potosí, Charcas, La Paz y Cochabamba— y dos gobernaciones —Moxos y Chiquitos—. Completaban el territorio virreinal la intendencia del Paraguay y las gobernaciones de Misiones y Montevideo.
Hacia el litoral, y con destino final el Paraguay, partió el coronel de milicias José de Espínola, portando las comunicaciones emitidas por la Primera Junta el 27 de mayo, y por el Cabildo el 29. A lo largo del recorrido fue sumando adhesiones, pese a que en varios puntos se registraron algunos conflictos, en especial a la hora de elegir a los diputados que se incorporarían a la Junta.
El primer punto que tocó, el 5 de junio, fue Santa Fe. El teniente de gobernador Prudencio de Gastañaduy reconoció de inmediato al nuevo gobierno, pese a lo cual la reunión, que se desarrollaba en el Cabildo, terminó en escándalo cuando un grupo de vecinos ocupó lugares reservados a las autoridades. Tal actitud, que algunos achacaron a “jóvenes revoltosos”, no era más que la primera muestra de las tensiones que provocó el estallido revolucionario. El propio Mariano Moreno debió mediar y enviar instrucciones para que la votación se realizara “sin distinción de casados o solteros y que la asistencia debe verificarse sin etiqueta ni orden de asientos para evitar toda competencia y dilación”.
El 15 de junio Espíndola entregó los documentos en Corrientes. Una semana más tarde, reunida en el Cabildo, la ciudad decidió adherir a la revolución.
La primera provincia que reconoció a la Junta porteña fue Misiones, cuyo gobernador Tomás de Rocamora envió a Buenos Aires la carta de adhesión el 18 de junio, pese a que aún no había consultado a los cabildos locales, integrados por guaraníes. Recién el 8 de julio se reunieron los capitulares de Candelaria para reconocer al nuevo gobierno.
En la provincia de Salta del Tucumán, Salta adhirió a la revolución antes que el resto, el 19 de junio. No obstante, en las semanas siguientes se registraron fuertes conflictos entre el gobernador Nicolás de Isasmendi y el radicalizado Cabildo. La disputa se zanjó tras la llegada del comisionado de la Junta, Feliciano Chiclana, nombrado gobernador interino. Solo bajo su autoridad la ciudad consiguió elegir el representante que se sumaría a la Primera Junta.
Tucumán convocó a Cabildo el 20 de junio, Santiago del Estero el 29. Ambas adhirieron a lo resuelto por su capital, Salta. Catamarca reconoció al gobierno el 22 de junio. La ciudad más conflictiva de la región fue Jujuy, que había decidido esperar el curso de los acontecimientos. Juró fidelidad a la Primera Junta recién el 4 de septiembre, cuando Chiclana se presentó en aquella ciudad.
LAS QUE NI
En varias regiones primó la prudencia. El caso emblemático fue Cuyo, más específicamente Mendoza. La situación de los mendocinos era compleja: habían recibido los pliegos que desde Buenos Aires anunciaban la formación de un nuevo gobierno en nombre de Fernando VII, pero
