CAPÍTULO 1
Cuando Camila O’Gorman nació, en 1828, Ladislao Gutiérrez tenía cuatro años y Juan Manuel de Rosas ya había pasado los treinta.
Posiblemente ese año comenzó a tejerse la trama de esta historia; por entonces nadie sospechaba que una historia de amor podría dar tanto que hablar aun a aquellas personas que no se interesan por las historias de amor.
Ese año el coronel Juan Lavalle mandó matar a Manuel Dorrego. Rosas confrontó sus fuerzas con los responsables del fusilamiento; él mismo se sorprendió al vencerlos y al comprobar cómo su imagen crecía entre quienes lo elegían para contrarrestar el miedo, y cómo su nombre empezaba a resonar entre los que desde ese momento comenzaron a temerle.
Por entonces, nacer mujer en una familia de la elite de Buenos Aires era considerado una buena noticia. Aunque las mujeres no tenían derechos propios, no administraban sus bienes ni decidían sus destinos y sólo debían prepararse para ser esposas, madres y cristianas, a la hora de programar el futuro, su familia cambiaría linaje por reconocimiento político, o prestigio comercial por prestigio militar. Casi nunca se hablaba de amor sino de matrimonio, y todos sabían de qué estaban hablando.
La decisión de casar a una hija era un tema de toda la familia, ya que casi todos los actos de sus integrantes alcanzaban a los demás, y podían favorecer o perjudicar al resto de los parientes.
Ése era uno de los caminos para pactar la movilidad social de una población que trataba de construir su identidad en un territorio que, desde hacía un tiempo, comenzaba a independizarse de España.
Los habitantes del Río de la Plata habían repelido ya dos invasiones de los ingleses, disputaban la hegemonía de la zona con Brasil y empezaban a descubrir que las heridas producidas por enfrentamientos internos, por discordias entre hermanos, lastiman y desgarran muy profundamente a una sociedad. A la larga, aunque no se tenga muy claro por qué se está en un bando o en el otro, todos saben que deberán matar o morir para defender su lugar.
La historia, que había comenzado con ínfulas independentistas, parecía estar cambiando el rumbo, y lo más paradójico era que la nueva dominación había surgido como un eco inmediato de la liberación criolla frente al colonialismo español; desde ese momento hilos secretos, invisibles, preparaban el sendero por el que se iban a dar los primeros pasos de la “nueva y gloriosa Nación”.
Si bien para los ingleses las invasiones habían sido un fracaso militar, ése fue un momento de la historia mundial en el que la dominación sobre un país no dependía exclusivamente del control armado de un territorio. Las fuerzas económicas, las de la expansión comercial, estaban habilitadas para cumplir los mismos fines.
Adolfo y Juaquina O’Gorman ya habían tenido cuatro hijos: Carlos, Carmen, Enrique y Clara. Todos nacieron en la casa de la calle del Temple, esquina con la calle Maypú, una zona de quintas no muy alejadas del Cabildo.
Allí vivían muchos extranjeros y nativos pudientes; era ése un lugar prestigioso, ya que sus habitantes tenían ventajas y privilegios, pero también obligaciones con el Estado y con la Iglesia. Ambas instituciones ejercían una fuerte influencia sobre la vida privada de las personas. La Iglesia no reglamentaba la vida de los cristianos solamente a través de su dogma, sino también mediante un minucioso control sobre las costumbres de los parroquianos.
Ser buen cristiano, tener un lugar destacado dentro de la parroquia, era también una manera de obtener poder. Ese espacio era ocupado casi exclusivamente por las mujeres, quienes podían, ejerciendo su astucia, conseguir de sus padres o maridos importantes cantidades de dinero para obras de caridad.
Para una mujer que había tenido ya cuatro hijos y que, como buena cristiana, se disponía a recibir todos los que Dios le mandara, un nuevo hijo no significaba mucho más que el cumplimiento de las leyes naturales y de la voluntad del Altísimo. Aunque así habían nacido sus hijos mayores, sin embargo ese embarazo intranquilizó a Juaquina. Desde el quinto mes se despertaba de noche sobresaltada, con la sensación de un sueño evanescente. Soñaba que el bebé no podía nacer, pero cuando quería retener el sueño, las imágenes y los pensamientos se le escapaban de la cabeza antes de que lograra ponerlos en palabras.
Juaquina no podía compartir con nadie esa inquietud. Adolfo nunca había sido muy conversador y, además, cada vez que ella trataba de decirle algo que no fuera informativo y concreto él la hacía callar o la dejaba hablando sola; en ninguno de los casos la escuchaba y mucho menos le contestaba.
En una ocasión, cuando ella lo despertó asustada y le dijo que tenía miedo, él sólo le contestó :
—Son cosas de mujeres —siguió durmiendo.
Esa frase, dicha de mal humor y en la mitad de la noche, no sirvió para aliviar a Juaquina, sino que, por el contrario, aumentó su angustia.
Desde esa noche, ella ya no le pidió a su esposo que acortara sus estadías en la estancia de Matanza. Prefería poder despertarse y no sentirse recriminada.
En noches como ésas recurría a su fiel criada, quien siempre sabía cómo tranquilizar a su amita.
Cuando doña Juaquina estaba nerviosa, Blanquita, que así se llamaba su sirvienta negra, preparaba un té de yuyos y la acompañaba hasta que la futura madre volvía a dormirse.
A partir de entonces Blanquita estuvo muy cerca de la señora y de la niña que nació ese invierno.
Blanquita, en realidad, se llamaba Paula. Su padre, descendiente de africanos de Mozambique, había sido incorporado, como muchos otros esclavos en edad de portar armas, al Ejército que el General San Martín había formado en 1815. Cuando Belisario fue dado de baja luego de cruzar Los Andes, era realmente otra persona; le faltaba una pierna, pero el cambio no estaba puesto en su dificultoso andar sino, paradójicamente, en la seguridad que había en su mirada. Traía la tranquilidad que da el triunfo, la alegría que sólo se consigue descubriendo la fuerza propia, la sabiduría que le había dado ver cómo a su lado morían o sobrevivían por igual negros y blancos, libres, esclavos o libertos.
Cuando el negro regresó, en 1818, su hija ya tenía diez años y empezaba a ocuparse de las tareas domésticas junto a su madre en la mansión de los Ximénez-Pinto.
La casa de altos, como se denominaba a las que tenían piso superior, era grande y tenía un mirador desde el cual podían verse el campanario del Cabildo, la cúpula de la Catedral, la iglesia de la Merced, la de San Nicolás, la del Socorro, la quinta de los Riglos y la de los Otálora. También se distinguían la Plaza de Toros y el río. En las tardes transparentes se adivinaba la otra orilla del río de la Plata, que algunos llamaban mar. Todo esto se veía desde el mirador con sólo girar 360 grados y mantener los ojos bien abiertos; sin embargo, muy pocas veces alguien subía a ese lugar.
En el jardín de la casa había un sauce y en los tres patios varios naranjos.
Su dueño, Enrique Ximénez, andaluz y estanciero, había sido regidor del Cabildo porteño y, como muchos de sus pares, sentía orgullo por su sangre y entusiasmo por los aires renovados que se vivían en la colonia a partir de 1810. Así que recibió orgulloso al soldado de San Martín y, aun sabiendo que no podría contar con él para las tareas pesadas, lo nombró jardinero de la casa.
La hija de Belisario, quien todavía se llamaba Paula, lo ayudaba a elegir las flores del jardín para adornar los jarrones de plata y de porcelana que decoraban la sala y el recibidor.
Jamás pasaban desapercibidos por los que estaban en la casa los martes y los sábados, que era cuando padre e hija acomodaban las flores.
Con la impaciencia de la hija y la pata de palo del padre, era imposible no escucharlos, sobre todo cuando ella le pedía que pusiera flores de naranjo, que eran sus preferidas.
—¡Las blanquitas, no te olvides de las blanquitas! —gritaba siempre la niña negra.
Y así se fue acuñando este apodo para la pequeña criada. Nadie sabe cuándo fue, pero un día dejaron de llamarla Paula y sólo la llamaron Blanquita, aunque, como su madre y su padre, ella era negra.
Cuando Juaquina, la única hija de los Ximénez Pinto, se casó con Adolfo, el menor de los O’Gorman, su padre, el estanciero andaluz, ya había muerto, y la casa pasó entonces a ser la residencia de los O’Gorman-Ximénez.
Al igual que los muebles, la vajilla y los manteles, los sirvientes cambiaron de dueño. Cuando la niña Juaquina pasó a ser “misia”, Blanquita dejó de ser hija para pasar a ser criada.
Allí, en la misma casa, en la misma habitación y hasta en la misma cama que nació Juaquina, nacieron todos sus hijos sin ningún problema.
Esta vez el parto fue largo, demasiado para una madre de cinco hijos; la comadrona, el doctor y las otras sirvientas respiraron aliviados cuando la niña por fin nació, completita y bien despierta. Sólo Blanquita notó que la hembrita no lloraba: eso para la gente de su raza era mal presagio.
La madre se sintió tan agotada y aliviada después del parto, que apenas alcanzó a enterarse de que era una nena; luego, se durmió profundamente. Ni siquiera notó la ausencia de su esposo, quien, aun avisado del nacimiento, no volvió de la chacra sino después de cuatro días.
Cuando por fin conoció a su hija, se acercó un poco como para verla bien.
—¡Es muy chiquita para mi gusto! —dijo, y se negó a alzarla cuando Blanquita se la quiso poner en los brazos.
A los pocos días del alumbramiento, a la casa de la familia O’Gorman llegó Juan Silveira, el deán cura de la iglesia del Socorro. No era común que el cura mostrara tanto interés por los niños, con los otros hijos del matrimonio el mismo cura se limitó a bendecirlos y a establecer los preparativos para el bautismo, pero en esta ocasión el religioso, que estaba al tanto de las preocupaciones de la madre, que conocía sus temores porque la había escuchado en calidad de confesor, cargó a la niña en sus brazos, la miró detenidamente y dijo:
—Esta niña es tan linda y serena que va a ser una gran camila.
Ese día se enteraron de que camilo o camila era la palabra que se usaba en la antigua Roma para nombrar a los niños acólitos que ayudaban al padre cuando oficiaba como sacerdote en los cultos domésticos. Por lo general estos niños eran elegidos por su belleza.
Así que esta quinta hija, para la que nadie había pensado un nombre, fue anotada como Camila O’Gorman.
Mientras tanto, la lucha entre unitarios y federales se volvía cada día más sangrienta. Esa lucha, que había surgido como el enfrentamiento económico de dos grupos de intereses muy similares, fue envolviendo a toda la Confederación, convirtiéndola en un territorio violento, discordante e ingobernable.
A medida que la crisis se agudizaba, Juan Manuel de Rosas aumentaba su consenso y su popularidad, sobre todo en las zonas rurales de la provincia de Buenos Aires, tanto entre los peones como entre los pequeños y medianos hacendados. Este hombre tan particular era, para la gente de la campaña, una deseada ilusión de tranquilidad.
A los patrones, Rosas los sedujo como excelente administrador de sus propios bienes. Él, como uno más, necesitaba que se redujeran los aranceles de la exportación de frutos; él conocía el significado exacto de que se cediera la propiedad de las tierras otorgadas por la ley de enfiteusis, y también conseguiría que se abaratara la importación de sal, tan necesaria para la conservación de la carne.
Para los paisanos, pulperos, peones, reseros, domadores, etc., Rosas era confiable, no abusaba de su posición, conocía las leyes de patronazgo y protección de los más fuertes hacia los más débiles, disfrutaba del trabajo rural, y hasta acostumbraba a bromear y a hablar como ellos, con sus mismas palabras, cuando visitaba su hacienda.
Para los terratenientes, el federalismo no sólo era la garantía para conseguir la protección aduanera que tanto habían prometido Rivadavia y su ya fracasado partido del Orden, sino, y fundamentalmente, la posibilidad de detener la politización de los sectores populares, urbanos y rurales que avanzaban atrás de sus caudillos o en forma aislada, pero igualmente peligrosa para la clase dominante.
Rosas, con temprano talento político para hacerle creer a cada sector que defendería sus intereses, supo percibir que la gente no se sentía segura en el desorden.
Intuyó que una buena manera para afianzar su poder era convertirse en el más capaz y enérgico enemigo del desorden, y que para eso valdría cualquier método. Y también supo mejor que nadie que de ese lugar, el del poder, nadie se retira por su propia voluntad. Cuanto más se tiene, más se necesita. Rosas para eso también usaría cualquier método, pagaría cualquier costo.
La gente quería orden y sumisión, y él sabía cómo conseguirlos. Fue entonces el encargado de restablecer el orden en la provincia de Buenos Aires. Se propuso afianzar la unidad de los sectores dirigentes y también hacer valer la hegemonía porteña.
Adolfo O’Gorman era chacarero y no escapaba a las generales de la ley. Su padre, Tomás O’Gorman, había adquirido unas tierras en Matanza al poco tiempo de llegar a América, ya casado con Ana María Perichon de Vandeuil y Abeille; él, irlandés; ella, francesa de la isla Mauricio, del Océano Índico.
Tomás se llamó también el hijo mayor de este matrimonio y Adolfo el menor; este último fue el padre de Camila.
Los pocos irlandeses que vivían a fines del siglo XVIII en el Río de la Plata estaban dedicados a los negocios en Buenos Aires: los Keen tenían un hotel, Edward O’Neill una escuela, Francis Bradley trataba de desarrollar el negocio del alcohol, su primo Coyle tenía una sastrería y Heppel vendía manteca irlandesa. Tomás O’Gorman padre era un aventurero.
Los irlandeses que dejaron su tierra en esa época, se fueron a partir de una “limpieza religiosa” que los británicos protestantes hicieron en esa parte de Gran Bretaña. La mayoría se dirigió a España, donde encontró afinidad religiosa y comprensión. Con los españoles compartían además el enfrentamiento con los ingleses. Miguel O’Gorman fue uno de ellos, y después de revalidar su título de médico en Madrid, llegó a Buenos Aires en 1777 como médico de la expedición de don Pedro Cevallos. Seguramente no pensó al dejar Ennis, su ciudad natal, que llegaría a tener tanto prestigio por ser el primer promedicato y fundador de la Escuela de Medicina del Virreinato del Río de la Plata.
Cuando su sobrino Tomás llegó a Buenos Aires no le resultó difícil encontrarlo, aunque fue muy poca la relación que tuvieron. Eran tan lejanos entre sí como lo era América de Irlanda.
El espíritu aventurero de Tomás y Ana María los diferenciaba del resto de sus compatriotas. Si bien el hilo de esta historia se pierde varias veces y se contradice otras tantas, de él se asegura que era muy arriesgado y divertido, y se lo recuerda como contrabandista o viajante. Vividor para algunos e infeliz para otros, se lo recuerda como esclavista o soñador, arbitrario, ardoroso o apacible, no era claramente uno más del montón, y así como apareció por estas costas en julio de 1789, desapareció cerca de 1810 dejando en Buenos Aires a dos hijos nativos y una mujer que, como causa o consecuencia de la vida ajetreada de su marido, no reparó en vivir también ella todo tipo de aventuras y licencias.
Tomás y Adolfo, los primeros O’Gorman nacidos en América, tuvieron una infancia peculiar; no eran como todos los hijos de irlandeses, ni como los otros hijos de extranjeros, aunque tampoco se parecían a los hijos de los nativos. Eso los hizo sentir con frecuencia inseguros.
Conocían esa sensación y no les gustaba. Se habían prometido cambiar su destino y ser como todos los demás.
Emparentarse con damas de la sociedad porteña los ayudaría en su propósito. Tomás se casó con Concepción de Riglos y Lezica, descendiente de ingleses, y Adolfo con Juaquina Ximénez-Pinto, descendiente de una antigua familia española.
Cuando O’Gorman se fue rumbo a Chile, de donde nunca más volvió, su familia y el resto de los Perichon, que llegaron al Río de la Plata con ella, se establecieron en Corrientes, pero Ana María se quedó con sus dos hijos en Buenos Aires. Ahí comenzó a fabricarse una verdadera leyenda que hablaba de su belleza descarada y de su natural sensualidad. Ella supo combinar la llamativa elegancia, entre provocativa e ingenua, con una audacia poco conocida entre las otras mujeres. La isleña se enamoraba y se le notaba, hablaba en voz alta y se reía en forma estridente. La atraían los hombres con poder y sabía cómo conquistarlos.
Su padre, Andrés Perichon, marqués de Vandeuil, se fue de Francia cuando la revolución abolió la nobleza y cuando comprobó que la igualdad, la libertad y la fraternidad, banderas de la Revolución Francesa, eran consignas que atentaban contra el lugar de privilegio que él y su familia tenían en este mundo. Los Perichon no estaban dispuestos a cambiar. Mientras hubiera en la Tierra algún lugar donde ellos pudieran seguir siendo superiores, no tendría ningún sentido esforzarse por ser iguales.
Ese lugar fue la isla Mauricio, sobre el Océano Índico. Allí su hija Ana María se crió como una reina; creció viendo el mar, disfrutando de los puestas de sol con la mirada en el horizonte. Eso la acostumbró a mirar siempre un poquito más lejos que los demás, a querer unir el cielo con la tierra, el silencio con el bullicio. Todo eso le daba un aire muy especial, que atraía a los hombres y molestaba a las mujeres, quienes con razón o sin ella, desconfiaban y temían a Ana María “la Perichona”, como la llamaron despectivamente.
El virrey Santiago de Liniers, para ese entonces ya dos veces viudo, y esta dama tan especial se conocieron en los salones de una familia francesa que quiso reunir de este lado del océano a todos los que tuvieran algo de la sangre de su lejana Francia. El virrey y “la Perichona” eran franceses, y a partir de esa noche fueron amantes.
Liniers se enamoró locamente de ella, sobre todo porque ese amor le llegó cuando menos se lo esperaba, cuando su única preocupación era dejar clara su lealtad con la Corona española; cuando su energía estaba únicamente puesta en que las tropas que había dirigido contra de los invasores ingleses no lo juzgaran como a un traidor; cuando había llegado a un recodo de su vida en el que pensaba que nunca más sentiría el vértigo que provoca el amor. Por eso no pudo ni quiso mantener esa relación en secreto y, más allá de los excesos de ella, el propio virrey disfrutó mucho recibiendo los ecos de sus escándalos amorosos. Saberse nombrado como promotor y parte de bacanales eróticas lo atraía tanto o más que los momentos de placer que Anita podía proporcionarle. Era tan importante estar a la altura de ella como parecerlo. Fue una época en la que sólo la virilidad alimentó su vanidad.
Después de los sucesos de mayo, Liniers, que era una figura muy fuerte y de gran arraigo popular, intuyó que los ánimos libertarios no terminarían allí; a su vez la junta de gobierno consideró que no convenía mantenerlo cerca.
Cuando las presiones en su contra fueron tan grandes como creciente el desinterés de la amante, que en la plenitud de su sensualidad buscaba ya otros amores, Liniers la mandó a Río de Janeiro, tal vez pensando que pronto se volverían a encontrar, tal vez para castigarla, tal vez para despegarla de él.
Aunque para algunos no fue fácil tomar la decisión, la junta de gobierno optó por fusilar a Liniers, y fundamentó la sentencia aclarando que lo mataban “para escarmiento y lección de jefes enemigos y de poblaciones indecisas”.
Es imposible saber qué pensó el ex virrey cuando tranquilizó a la que había sido su tropa, y que ahora debía formar el pelotón de su fusilamiento, asegurándole que él estaba preparado para morir.
Es imposible saber si se negó a que le vendaran los ojos como forma de desafiar a los que debían fusilarlo o si simplemente se le hacía más soportable si seguía controlando el movimiento de todos hasta el último momento.
Es imposible saber si pensó en Ana María Perichon en el momento de su muerte.
Cuando ella se enteró del fusilamiento se sintió sola y desprotegida; algunos aseguran que esa noticia la perturbó demasiado y que a partir de entonces ya no fue la misma, aunque siguió enamorando a personajes de fuste sin hacer distinción entre ingleses, españoles o exiliados argentinos que ya hablaban de independencia. Así, tal vez ingenuamente, se vio envuelta en revoluciones y contrarrevoluciones, en amores legales y amores prohibidos hasta que, de tanto intimar con hombres inadecuados, fue expulsada también de Brasil rumbo al Río de la Plata.
En Buenos Aires sólo se le permitió desembarcar cuando la Primera Junta de Gobierno dictó un decreto por el cual se disponía que madame O’Gorman podría bajar a tierra con la condición de que no se estableciera en el centro de la ciudad, sino en la chacra de La Matanza, donde debía guardar circunspección y retiro.
Seguramente esa mujer supo amar a sus hijos, pero posiblemente no logró transmitirles ese amor ni la confianza que da crecer sintiéndose amado. En cambio los vio crecer con la inseguridad que da tener que cuidarse de las mujeres, seres impulsivos, capaces de arruinarlo todo y encima de ponerse a llorar.
La desconfianza no es un buen sentimiento: cuando se enquista en el corazón de un hombre anidará allí para siempre, y luego todo lo medirá a través de ese filtro, de ese temor a ser destruido si no se defiende con uñas y dientes. Eso es lo que Adolfo O’Gorman hizo toda su vida.
En eso se diferenciaba mucho de Rosas: para el Restaurador de las Leyes las mujeres fueron imprescindibles.
No sólo necesitó su obediencia sino también su aprobación para todos los actos de su vida.
Así como Adolfo O’Gorman veía a su madre en cada una de las mujeres que conocía, incluida por supuesto su hija Camila, Rosas también veía a la suya, a Agustina López de Osornio, incluida por supuesto Manuelita, su única hija mujer.
Cuando Juan Manuel era un chico y todavía no había cambiado el Ortiz de Rozas con el que había sido anotado en su nacimiento por el “Rosas” que lo haría popular y temido, su madre era la que en su casa tomaba las decisiones, manejaba el dinero y se ocupaba de la educación de sus hijos. Mientras, su padre, León Ortiz de Rozas, era más comprensivo y mucho menos rígido, sobre todo con Juan Manuel, el mayor de sus hijos.
Agustina, que quedó huérfana y a cargo de dos hermanos menores cuando sólo tenía dieciséis años, se acostumbró a hacer su voluntad al tiempo que crecía su responsabilidad.
Eso marcó su personalidad y seguramente la de su hijo, así como la vida de Ana María Perichon marcó la de Adolfo.
Al poco tiempo de nacer Camila, Carlos, su hermano mayor, se enfermó. No había forma de hacerle bajar la fiebre. Nadie sabía qué tenía, pero el niño no paraba de llorar. Doña Juaquina, que seguía con los malos pensamientos que comenzaron a perturbarla durante el embarazo, descartó la posibilidad de que la desgracia llegara para Camila; la niña comía y dormía a horario y sobre todo, no lloraba nunca. La madre comenzó a pensar entonces que el destinatario del mal presagio sería Carlos.
A partir de ese día la madre se pasó todo el tiempo en el cuarto de los varones, pegada a la cama del enfermo y pendiente de su menor movimiento, consintiendo todos sus deseos.
Ese invierno hizo mucho frío, y aunque el niño transpiraba muchísimo por la fiebre alta, la madre estaba segura de que había que mantenerlo acostado y tapado hasta las orejas, que se le ponían coloradas de tanto calor. Durante diez días no se apagó el brasero de bronce que caldeaba el cuarto y no se ventiló el lugar ni una sola vez.
Una mañana, cuando Blanquita entró en la habitación con la recién nacida para que su madre la alimentara, la niña se puso a berrear enfurecida y no hubo forma de que se prendiera a la teta. Los vapores que desprendía el carbón del brasero eran muy fuertes y estaban muy concentrados, a la bebita se le irritaron los ojos y se le tapó la nariz de inmediato, así que aunque estaba hambrienta cada vez que empezaba a chupar tenía que abrir la boca para respirar y la poca leche que había mamado se le escapaba de la boca.
Lloraba la nena, lloraba el enfermo, y de paso lloraba Clara, la hermana mayor de Camila, porque entre un enfermo y una recién nacida, nadie se ocupaba de ella. Lloraba también Juaquina porque no podía alimentar a su hija. A partir de ese día la madre repitió hasta el cansancio que esa niña le había dado trabajo desde antes de nacer.
Buscaron entonces a una ama de leche; esto era tan habitual por esos días que hasta se ponían avisos en el diario pidiendo u ofreciendo esos servicios. Las nodrizas ocupaban un lugar importante entre el servicio doméstico de las familias criollas.
Juaquina hubiese preferido que alguna amiga suya se ocupara de esto. Siempre había alguna otra que estaba amamantando, y entonces alimentaba también a aquella criatura que por alguna razón no se prendía del pecho de su madre. Esto estrechaba aun más los vínculos entre las madres y los bebés, quienes a partir de ese momento serían “hermanos de leche”.
Este parentesco estrechó también lazos entre las familias principales de la ciudad colonial. Era tan importante el valor que se le daba a este vínculo que Lucio V. Mansilla, sobrino de Rosas, cuenta en Mis Memorias, libro que revela entretelones desconocidos de la familia Rosas, que “Juan Manuel mamó leche sin tachas de esclavos ni siervos”; más adelante recuerda que “...todos los Rosa
