Agradecimientos
Vengo de una familia de universitarios. Mi madre y mi padre, Leny Durán y Roberto Markarian, fueron los primeros en sus casas en soñar con estudiar más allá del liceo (y en hacer ese sueño realidad). De ellos aprendí muy temprano que a nuestra Universidad se la quiere sin parar de criticarla (y viceversa). A esas conversaciones se sumó hace tiempo Ana María Ferrari. Y me gustaría creer que mi hija, Juana Delgado, querrá seguir entendiendo de qué hablamos en las sobremesas.
Vengo de una familia de migrantes: de Sarandí del Yi a Montevideo, de la Anatolia Central a estas playas. Para ellos, lo que cuentan estas páginas es una historia de enorme privilegio, que hago mío. Por eso están dedicadas a la memoria de mi abuela, Susana Abrahamian (1929-2015), que nos abrió el camino a todos y murió sin poder contarme otra vez su historia. Para ella, amor y agradecimiento infinitos.
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Agrego una somera lista de mis reconocimientos y mis deudas en este libro:
El proyecto tuvo su origen en un Proyecto Clemente Estable de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII) sobre los procesos de institucionalización de la actividad científica en la Universidad de la República (UdelaR) que llevamos adelante con María Eugenia Jung e Isabel Wschebor en el Archivo General de la Universidad de la República (AGU) entre 2011 y 2013. A ellas agradezco las primeras discusiones de muchas de las ideas de este texto, siempre en diálogo con sus respectivas preocupaciones.
Esas charlas continuaron en las oficinas, los comedores y las cocinas del Área de Investigación Histórica del AGU con el equipo de hoy (Mariel Balás, Julio Cabrio, Rafael Casares, Alana Constenla, Lucas D’Avenia, Lucía Díaz, María Eugenia Jung, Micaela Lima, Nacho Seimanas, Lucía Secco, Jaime Vázquez, Paolo Venosa e Isabel Wschebor) y de siempre (Ana Laura Cirio, María Noel Noria, Evangelina Ucha y Nancy Uriarte).
Repito los apellidos de Jung y D’Avenia por las lecturas y comentarios de largas versiones de este libro, así como por el trasiego de fuentes primarias y secundarias para beneficio colectivo. Magdalena Broquetas fue también generosa con su archivo de prensa.
Recíbí las observaciones atentas de Isabella Cosse, Aldo Marchesi y especialmente José Rilla en más de una oportunidad. Y las de Lorena García Mourelle, Gabriela González Vaillant, María Laura Martínez y Juan Queijo al menos en una. Gerardo Caetano fue también entusiasta lector de estas páginas.
Rafael Guarga me leyó y aportó datos e interpretaciones sobre los hechos que lo tuvieron como protagonista. Gerónimo de Sierra me acercó su trabajo y compartió sus recuerdos. Raúl Jacob se acordó de los temas que podían interesarme. Gustavo Pereira me contó varios episodios que guardaba en su memoria. Y seguro me estoy olvidando de otros universitarios que fueron dadivosos en sentidos similares.
Karina Janello me dio las primeras generosas pistas del tesoro que se guarda en el Archivo del Congreso por la Libertad de la Cultura en la Regenstein Library de la Universidad de Chicago. Allí me beneficié también de la buena disposición de sus funcionarios.
En 2016 presenté los primeros avances de mi trabajo en el Instituto Mora de México y en las Jornadas de Historia de la Izquierda en la UdelaR. Volví a explayarme sobre estos temas en 2017 en los eventos organizados en torno a los cincuenta años del Plan Maggiolo, también en la UdelaR, y en el congreso de la Asociación Uruguaya de Historiadores. Me reiteré en un entretenidísimo coloquio sobre las experiencias europeas y latinoamericanas de 1968 en Notre Dame University en 2018. Hablé de nuevo de estos asuntos en las conmemoraciones de los cien años del movimiento reformista nacido en la ciudad de Córdoba en 1918 en la Universidad de Rosario, en la Universidad Nacional de San Martín y en la Universidad Diego Portales. En 2019 derivé hacia otras aguas en las Segundas Jornadas de Archivos Privados que convocó el Cedinci en Buenos Aires y en el X Seminario Nacional de Sociología y Política en la Universidad Federal de Paraná, en Curitiba. En mayo de 2020 hice la primera presentación general del argumento de este libro por Zoom en el Seminario de Historia Política del Centro de Estudios de Historia Política (CEHIP) de la Universidad Adolfo Ibáñez, invitada por Andrés Estefane y Marcelo Cassals. A todos los que participaron en esas ocasiones agradezco sus comentarios.
Publiqué algunos apuntes aledaños al tema central de este libro en un dosier de Prismas (con A. Marchesi) que coordinaron Ximena Espeche y Laura Ehrlich en 2019, en un dosier de Tempo Social al que me invitó Rodrigo Czajka en 2020 y en un volumen dirigido por James Mc Adams para Notre Dame University Press que saldrá en 2021.
La vieja amistad con Ale Ferreiro y su renovado entusiasmo aparecieron cuando menos los esperaba. Gabriel Pereyra también confió en que este texto encontraría lectores en la colección que ambos dirigen.
No hubiera podido escribir nada sin el enorme beneficio de contar con el régimen de dedicación total de la UdelaR, verdadero sustento de la producción de conocimiento en nuestro país (y de todos modos me llevó años).
Desde el fondo de los tiempos, agradezco a Blanca París de Oddone, pionera de los estudios sobre la Universidad de la República, madrina de sus archivos y modestísima organizadora de tantas otras cosas.
También estoy eternamente en deuda con Alicia Casas de Barrán, que siempre supo que iba a terminar este libro y me contagió esa confianza todas las veces que dudé. Le debo eso y mucho más que no registro porque me consta que ella no querría.
Por último, Álvaro Pemper ha sabido soportar mis obsesiones y guiarme a ciegas al cauce del argumento cuando me ganaba el entusiasmo.
Introducción
Universidad, izquierda y Guerra Fría
Cada tanto, una comunidad científica pequeña y con poco presupuesto, como la uruguaya, se destaca en los medios de comunicación. Desde el inicio de esta pandemia, los científicos de la Universidad de la República (UdelaR) se unieron con sus pares de otras instituciones públicas para dar soluciones y avanzar en el conocimiento del desarrollo de la COVID-19 en nuestra sociedad. Con tono altruista, las autoridades universitarias enfatizaron que no era el momento de pedir el aumento de los siempre necesarios recursos, sino de poner el hombro para paliar la crisis. Diferentes voceros de la comunidad científica agregaron que se estaba cosechando el fruto de unos pocos lustros de mayor inversión y preocupación por consolidar un sistema integrado de ciencia y tecnología. Se oyeron al mismo tiempo los reclamos de quienes señalaron que esos mismos académicos, muchos de ellos jóvenes en estadios intermedios de formación, ganaban poco, trabajaban en condiciones que distaban de ser ideales y, sobre todo, podrían ser pronto reclutados por centros académicos de países con más dinero y mejores ofertas. Esta breve descripción de una coyuntura en que la ciencia y sus mecanismos de sustento estuvieron en la discusión pública busca mostrar la relevancia de este libro para entender en perspectiva histórica esos asuntos.
Marquemos primero la distancia entre presente y pasado. Aunque a veces nos parezca una prehistoria inverosímil, hubo un tiempo no tan lejano en el que los académicos expresaron serias prevenciones sobre la pertinencia de aceptar financiación extranjera para llevar adelante sus investigaciones. Es cierto que el tono de sus debates se volvió con frecuencia paranoide y por momentos persecutorio, pero también es verdad que en general se preocuparon por analizar minuciosamente los condicionamientos que podían venir asociados a esas ofertas. Algunas veces, incluso, terminaron rechazando los tentadores auspicios de organizaciones internacionales y gobiernos extranjeros. Nada de esto tendría demasiado interés si sólo los hubiera dejado más pobres y aislados. Lo fascinante del caso es que esas consideraciones y contiendas llevaron a muchos a pensar a contrapelo de lo que esas organizaciones y gobiernos aconsejaban y a proyectar alternativas sobre qué debían hacer las instituciones del conocimiento de un país pequeño y poco poderoso para cumplir mejor con sus funciones sociales. Lo inquietante es que no lograron llevar adelante casi nada de lo que planificaron y tuvieron que esperar muchos años para volver siquiera a mencionar esa posibilidad. Todo eso ocurrió también en Uruguay hace poco más de medio siglo y de todo eso trata este libro.
Efectivamente, a mediados de los años sesenta del siglo pasado florecieron en la Universidad de la República, por entonces la única universidad del país, las polémicas en torno a la recepción de fondos externos para proyectos científicos. Una y otra vez, casi sin descanso, los universitarios uruguayos cruzaron argumentos a favor y en contra de recibir ayuda financiera del exterior para sus actividades de investigación y docencia. Esos cruces catalizaron posiciones sobre la orientación general que debía darse a la casa de estudios en el marco de discusiones similares en América Latina y el mundo acerca del papel social de las instituciones de educación superior. Las páginas que siguen reconstruyen esas intersecciones y clivajes en dos extensas polémicas que traspasaron los espacios estrictamente institucionales hacia el debate público en tertulias, foros y medios de prensa nacionales. En ellas intervinieron muchos de los más famosos hombres de las ciencias y las letras de entonces (pero casi ninguna de las mujeres), así como sus jóvenes discípulos, un puñado de editores, periodistas y gestores culturales, varios militantes y dirigentes políticos y algunos itinerantes funcionarios internacionales.
El intercambio que abre el libro tuvo como foco un programa de formación en ciencias básicas con fondos de la Organización de Estados Americanos (OEA) en el local de la Facultad de Ingeniería y Agrimensura en 1965. A través de su análisis veremos cómo la asociación de un enérgico grupo estudiantil de encendida retórica antiimperialista con el sector docente más crítico de las autoridades de esa facultad logró desafiar la hasta entonces preponderante orientación profesionalista de la UdelaR. Los debates sobre las modalidades de financiación de la actividad científica fueron centrales en esa dirección, porque plantearon de modo palmario la necesidad de definir autónomamente las prioridades de la institución. Hacia mediados de la década, esta unión de capacidades e intereses logró, primero, imponerse en el gobierno central universitario y, casi enseguida, iniciar la renovación de las formas de enseñanza, investigación y práctica profesional de la ingeniería en el país. Aunque esta provechosa alianza pronto naufragó bajo el fuego cruzado de diferentes demandas políticas, la acumulación de luchas compartidas fue un espacio de aprendizaje para las dos generaciones y sustentó el programa de reforma integral de la UdelaR más ambicioso hasta el momento, el llamado “Plan Maggiolo”.
La segunda polémica comenzó con un seminario sobre “elites latinoamericanas” auspiciado por el Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC), también en 1965, y atravesó los esfuerzos de profesionalización de las incipientes ciencias sociales. La colaboración con algunos de los más reconocidos cultores de esas disciplinas en el continente pareció augurar la diligente profesionalización de sus prácticas en el país. Sin embargo, la denuncia de la CIA como principal financiadora del CLC vino a cuestionar las formas de trabajo y los propósitos de unos campos disciplinares que, desde las tradiciones anglosajonas, proclamaban su superioridad frente a otras formas de conocimiento de lo social. Estas pujas estuvieron enmarcadas, a su vez, en una serie de escándalos regionales sobre la afluencia de dinero de agencias del gobierno de Estados Unidos para estudiar los vínculos del desarrollo social y económico de los países dependientes con el estallido de experiencias revolucionarias. La polémica que nos ocupa contribuyó a la erosión del “tercerismo” de muchos intelectuales uruguayos que terminaron entonces de abandonar esa altiva posición de equidistancia de los poderes dominantes de la Guerra Fría para decantarse por la opción revolucionaria que ofrecía Cuba o embarcarse en los proyectos modernizadores de Estados Unidos. Este fue uno de los propósitos declarados del desembarco del CLC en Montevideo y sus alianzas con sociólogos y promotores culturales de peso en nuestro medio. Cuando la trama quedó al descubierto, una novel generación de cientistas sociales trató de tomar la posta para generar una “sociología nacional” que combinara los nuevos métodos científicos con el compromiso con el cambio social. También este proyecto se vio frustrado en medio de la polarización política de esos años.
Los ejemplos podrían haber sido otros y, de hecho, algún otro incidente contemporáneo se retoma en las conclusiones para ofrecer un panorama más amplio y contundente de la importancia de estas polémicas universitarias en la conformación de identidades políticas e intelectuales en el Uruguay de esa época. En todos los casos, el análisis trata de sustentar dos afirmaciones que se pretenden audaces. En primer lugar, este libro postula que, de modo algo paradójico, la aguda politización de los debates sobre esos temas, fundamentalmente en andas del fervor antiimperialista de ciertos grupos estudiantiles, coadyuvó a la definición de políticas científicas, la institucionalización de diferentes disciplinas y la articulación de proyectos globales de reforma universitaria, seguramente los más audaces que conoció la institución en la segunda mitad del siglo veinte. Se afirma, en segundo lugar, que esos acalorados intercambios concurrieron a la trabajosa cimentación de un programa más o menos articulado de cambio social gracias al acercamiento de diversas tradiciones y generaciones de militantes. Da un paso más y aventura que esos encuentros fueron, en última instancia y no sin vaivenes y múltiples mediaciones, conducentes a la unificación de los sectores de izquierda en la coalición Frente Amplio de cara a las elecciones nacionales de 1971. En ambos casos, se trata de recrear la contingencia de un tiempo histórico que ha quedado signado por el golpe de Estado de 1973, es decir, por la pronta cancelación autoritaria de los diferentes proyectos de transformación social que proliferaron entonces. Sin incurrir en el extremo de arriesgar un condicional contrafáctico (del tipo “qué hubiera pasado si...”), se busca aquí abrir un espacio para pensar las posibilidades académicas y políticas de un conjunto de debates que no pudo llegar a desplegarse en toda su plenitud y de cuya cancelación es tributario nuestro presente.
En pos de desarrollar las herramientas analíticas pertinentes para lidiar con este haz de problemas y temas, este texto se rehúsa a inscribirse en un único campo de estudios o, quizás más precisamente, elige posicionarse en la intersección de dos frondosas tradiciones de análisis de la historia cultural y política en América Latina en el siglo veinte. Por un lado, es claro que abreva en la historia de la educación superior en las múltiples versiones y enfoques que se han desarrollado en Uruguay y en la región: desde sus viejas líneas afines a la filosofía y a la historia de las ideas hasta los más recientes esfuerzos de comprensión de las instituciones del conocimiento desde una renovada historia intelectual. Por otro, es ineludible ubicarlo en el más rico y por tanto más inaprensible campo de los estudios del “pasado reciente”, el que desde nuestro presente parece más traumático y que en nuestros países del Cono Sur de América Latina es ya casi sinónimo del marco conceptual y temporal de la Guerra Fría a nivel global. En el cruce de esas dos acumulaciones se va dibujando un enfoque original que reconoce como fundantes las contribuciones que a continuación enumero de modo más que somero para no aburrir a los lectores.
En relación al terreno fértil de la historia de la educación superior (que en estos parajes ha sido generalmente de las universidades), los antecedentes más afines temáticamente han estado casi siempre centrados en rastreos de trayectorias institucionales, concepciones pedagógicas, escuelas científicas y corrientes de pensamiento, muchas veces desde una perspectiva colindante con las viejas modalidades de la historia de las ideas en sus búsquedas de orígenes, genealogías, grandes nombres, obras e hitos.1 En el seno de ese noble linaje, este trabajo reconoce sus lejanas raíces en la producción del filósofo Arturo Ardao y dialoga animadamente con la obra que Blanca París y Juan Antonio Oddone produjeron hace más de medio siglo tras las huellas de ese maestro.2 Pero, a diferencia de esos señeros mojones, este libro no aspira a presentarse como una historia de la Universidad de la República. Por el contrario, se trata acá deliberadamente de seguir un camino alternativo al recorte de objeto y enfoque de esos historiadores. Se busca, especialmente, tomar distancia de su concepción de la institución como un actor unificado que, de modo fundamentalmente teleológico, habría encarnado, casi que desde su fundación a mediados del siglo diecinueve, los principios de la generación que consagró el cogobierno y la autonomía en los años cincuenta del siglo veinte, en episódica y épica confrontación con los poderes políticos de turno (promoción a la que, no está de más recordar, pertenecieron esos destacados autores).3
No ha sido fácil articular una crítica verosímil a esa forma de pensar a la que era entonces la única institución de educación superior del país, tanto por la erudición de esas obras fundantes como por su carácter pionero y hasta hace muy poco exclusivo en el abordaje de su objeto. A su vez, esos aportes deben entenderse, precisamente, desde el lugar monopólico y central que ocupó la Universidad de la República en nuestra historia intelectual, tal como sugirió Tulio Halperín Donghi al reconocer la primacía de los antecedentes uruguayos en su también precursora historia de la Universidad de Buenos Aires.4 A más de treinta años de que nuestra Universidad perdiera esa exclusividad con la fundación de la Universidad Católica del Uruguay en 1984 y a largos cincuenta de que París y Oddone produjeran esa primera exploración de su historia, parecía hora de intentar trascender el cerco del enfoque institucional y frecuentemente monolítico de su análisis.
Tal ha sido en los últimos tres lustros la osada empresa del equipo de investigadores del Archivo General de la Universidad de la República, donde nació y se desarrolló este proyecto. La primera meta fue ampliar sustancialmente la base documental que en su momento ordenaron esos mismos autores para poder escribir sus copiosos volúmenes. La recopilación de dos decenas de archivos privados de docentes destacados, profusamente citados en este libro, da fe de ese esfuerzo.5 Tratamos, en seguida, de asentar nuestras investigaciones en una lectura atenta de la acumulación existente pero también en diálogo con un campo más interdisciplinar y más interconectado con otros aportes de la historiografía social, política y cultural del país y la región. Hemos intentado, sobre todo, indagar en los conflictos internos de la institución, las superposiciones de intereses y las contradicciones en las formas de entender sus funciones, no como perversiones puntuales de un camino conducente a la realización de algunos principios colocados fuera de su historia sino como parte integral de una trayectoria contingente que sólo puede entenderse a partir de esas tensiones. Reconociendo que una nueva obra de síntesis no es posible desde esas preocupaciones, este libro es, con sus aciertos y errores, el fruto meditado de ese atrevido y respetuoso empeño por ir más allá de las piezas fundantes de nuestra historia institucional.
En esa búsqueda y sus hallazgos ha sido central el encuentro con trabajos producidos en la región con el propósito de inscribir a las instituciones del conocimiento en los cuadros más abarcadores de una nueva historia intelectual, preocupada tanto por la producción y circulación de las ideas, por sus redes materiales y formas de sustentación, como por las interconexiones entre los campos del saber y del poder en diferentes contextos históricos. Luego de mencionar los estudios ya ineludibles de Silvia Sigal y Oscar Terán, ubico este libro bajo el paraguas que abrió Carlos Altamirano desde el programa de historia intelectual de la Universidad Nacional de Quilmes, porque allí se articularon algunas preocupaciones antes dispersas sobre la importancia de los intelectuales en la historia social y política del continente.6 Ese espacio de intercambio me ayudó a pensar críticamente un asunto, el de las formas de financiación y organización de la actividad intelectual, que interpela directamente las prácticas historiográficas que dan sustento a este texto y compele a develar sus lugares de enunciación. Mi enfoque se ha nutrido particularmente de la disposición cuestionadora hacia las universidades y los universitarios latinoamericanos de quienes enfrentaron con valentía el caudaloso cauce del llamado “reformismo universitario” de legendario origen en Córdoba en 1918 y rápida difusión por el subcontinente. Reafirmé así mi voluntad de pensar críticamente esa tradición típicamente latinoamericana y sus derivas en Uruguay, así como de reinterpretar la literatura ya clásica sobre esos asuntos, producida desde un inicio por quienes se proclamaban sus herederos.7
En todos los casos, el esfuerzo más grande al escribir este libro ha sido explicitar los velos que las inserciones institucionales y herencias culturales del presente interponen al estudiar las de otros universitarios en el pasado. Por supuesto que la inspiración obligada de este ahínco es el proverbial Homo academicus, donde Pierre Bourdieu dirigió toda su agudeza analítica y su capacidad interpretativa a su propio grupo, el de los profesores universitarios franceses, para recordarnos que el poder académico y el prestigio intelectual son a la vez armas y objetos de pugna dentro de las universidades. El sociólogo demostró así que el campo de la Universidad, definido como un conjunto de relaciones entre las varias posiciones y disciplinas resultantes de la distribución de esas formas de capital y poder, es el lugar de una batalla constante destinada a alterar su misma estructura.8 Desde esa perspectiva se percibe con más claridad que las tensiones entre politización y autonomía académica han sido constitutivas de los procesos de institucionalización disciplinar, no sólo en las ciencias sociales pero en estas de modo particularmente evidente. Los estudiosos de esos procesos en nuestras costas han enfatizado suficientemente hasta qué punto las prácticas académicas y las construcciones institucionales de la sociología y los sociólogos latinoamericanos deben entenderse en la urdimbre de las mismas sociedades que intentaron explicar y también en las tramas transnacionales de unos saberes que fueron ganando preponderancia a nivel global y otorgando legitimidad a sus cultores frente a otras formas de pensar lo social en los años que nos ocupan.9
Este trabajo asume ese desafío al tratar de pensar las condiciones de posibilidad de los diferentes espacios disciplinares, la naturaleza de sus formas de producir conocimiento y sus siempre complejas relaciones con las políticas públicas y los aspectos más oscuros del poder político, especialmente, en este caso, las políticas imperiales de Estados Unidos.10 Trata de no perder de vista, a su vez, que los procesos de modernización académica pueden llevarse a cabo bajo diferentes signos político-ideológicos y en ambiguas relaciones con aspiraciones de reforma institucional de muy variado sustento doctrinario.11 Esto nos remite nuevamente a Pierre Bourdieu y su “teoría de los campos”. Para este autor, un “campo” es un espacio social de acción, es decir, una configuración de relaciones sociales o, en sus palabras, “un estado de la relación de fuerzas entre los agentes o las instituciones que intervienen en la lucha”.12 Queda claro de esta forma que los campos culturales, intelectuales o académicos se constituyen como espacios sociales relativamente autónomos pero atravesados por relaciones de poder que los trascienden. En el período considerado en este trabajo, se los concebía simultáneamente como arena de lucha, herramientas de cambio y terrenos de experimentación de la nueva conciencia que habría de acompañar las transformaciones sociales que se creían inminentes. El desafío es entonces percibir las múltiples tensiones entre las propuestas innovadoras que iban apareciendo en esos campos y algunos de los proyectos de cambio que signaron esa etapa en América Latina, marcada tanto por la conciencia de vivir una era revolucionaria en el orden social y económico como por “la percepción compartida de la transformación inevitable y deseada del universo de las instituciones, la subjetividad, el arte y la cultura”, en palabras de Claudia Gilman.13
Por último, es necesario mencionar en esta presentación otras formas de comprensión de los intelectuales y las instituciones del conocimiento en Uruguay que han sido más marginales en la construcción de mi enfoque. Tanto las vertientes contemporáneas de la sociología de la educación como los varios estudios que han apuntado a reconstruir la trabajosa creación de sistemas integrados de ciencia y tecnología o a examinar la relación de estas con el sector productivo y las políticas públicas fueron insumos para el análisis de aspectos puntuales que aparecerán explicitados a lo largo del texto.14 Cabe mencionar también como aportes a este trabajo algunas monografías sobre centros, disciplinas y coyunturas muchas veces realizadas con la intención de subrayar trayectorias y logros. En esa categoría se enmarcan los esfuerzos de algunos servicios académicos por reconstruir su historia y recuperar su memoria institucional y las obras dedicadas a ensalzar los aportes de personalidades científicas.15
Con respecto al campo más aluvional y frondoso de la historia reciente latinoamericana, este texto tiene una relación tan estrecha como deliberadamente crítica y por momentos exasperada. Trata de distanciarse, en particular, de un modo de explicación demasiado apegado a los avatares políticos que determinaron las crisis de los modelos democráticos de la segunda posguerra, la resultante polarización y la final frustración de todo programa de cambios en las dictaduras y la brutal represión de las décadas siguientes. Estos énfasis no son caprichosos. Se entienden porque el campo de estudios de lo que en el Cono Sur seguimos denominando “pasado reciente” se desarrolló en sus comienzos para dar cuenta de la instalación de los “nuevos autoritarismos” de los años sesenta y setenta y mantuvo esa disposición al menos hasta las recuperaciones democráticas de los ochenta y noventa, por encima de la sucesiva predominancia de las diferentes disciplinas y enfoques temáticos.16 En relación a las izquierdas, esa literatura, inicialmente escrita por los propios protagonistas, ha estado excesivamente centrada en las disensiones sobre la lucha armada y el tema de las “vías” revolucionarias con extensas disquisiciones sobre las divisiones entre “viejas” y “nuevas” izquierdas, una fastidiosa atención a las trayectorias institucionales, los cismas y reagrupamientos, un exhaustivo balance de ideologías y doctrinas y una suerte de obsesión con la influencia de la Revolución cubana y el papel de su dirigencia en esos procesos a escala continental.17 De alguna manera, esa literatura funcionaba como una justificación (en ocasiones una disculpa) meditada y muchas veces documentada de su papel en esos acontecimientos, generalmente enfocada en los aspectos más traumáticos o espectaculares. Otra vez, los acentos no son antojadizos sino que expresan las inquietudes de una memoria militante que ha buscado hilar en el presente las razones de tantas derrotas y reconversiones. Pero, de nuevo, a más de medio siglo de todo eso, salta a la vista que esta restricción del abanico de asuntos en disputa ha terminado por empobrecer nuestra comprensión de la diversidad de formas de entender y promover las transformaciones sociales que estuvieron en juego en esa época.
Claro que estas inquietudes e insatisfacciones con esas primeras explicaciones no me son exclusivas ni resultan a esta altura tan novedosas. Hace ya más de una década que se vienen expresando en una nueva línea de análisis de la historia de las izquierdas latinoamericanas de la segunda mitad del siglo veinte, con copiosos ejemplos en todo el continente, que busca ampliar las intersecciones entre cultura y política para entender la variedad de modos posibles de cuestionar el orden establecido y enfrentar críticamente la expansión del capitalismo estadounidense en las sociedades de la posguerra.18 Los estudios sobre movimientos juveniles, especialmente los universitarios, son una rama arborescente de esta regeneración. En trabajos anteriores me inspiré en la abundante bibliografía que, sobre todo desde Estados Unidos, ha relacionado con éxito los cambios en las costumbres y los modos de sociabilidad de los jóvenes nacidos luego de la Segunda Guerra Mundial –en medio de profundas modificaciones de la estructura y los valores familiares– con la irrupción de movimientos de protesta en torno a demandas políticas y la masificación de algunas formas de resistencia contracultural.19 Esa perspectiva volvió a influirme en esta oportunidad para pensar las particulares formas de acción de los estudiantes uruguayos en las polémicas sobre financiación y organización de la actividad científica.
En su conjunto, esta producción renovada sobre las izquierdas y los movimientos de protesta tiene amplias zonas de contagio con los nuevos estudios de la Guerra Fría en América Latina.20 Uno de los rasgos más interesantes de esos estudios es la ampliación del marco cronológico que permite integrar la radicalización política y la instalación de autoritarismos de nuevo tipo dentro del despliegue más largo y lento de la Guerra Fría y aún recuperar sus fundamentos en tiempos y rivalidades anteriores. Otra de sus características es un movimiento de escalas que permite enfocarse en las rearticulaciones a nivel local de ese conflicto global y en las circulaciones transnacionales de personas e ideas en esos contextos, con cierto margen de autonomía de sus motivaciones con respecto a los designios directos de Estados Unidos y la Unión Soviética, los dos poderes dominantes del momento. Esa ampliación de los espacios y tiempos ha ido acompañada por la incorporación de nuevas dimensiones y actores, en un enfrentamiento antes restringido con frecuencia a las estrategias globales de esas dos grandes potencias.
Los estudios sobre lo que se ha denominado “Guerra Fría cultural” han sido particularmente sugerentes en ese sentido.21 Una serie de enfoques centrados en episodios y organizaciones me ha permitido insertar mis conclusiones sobre las formas de financiación de la actividad universitaria uruguaya en un relato documentado y matizado acerca de las formas de actuación de los diversos centros de poder involucrados en ese conflicto y de sus intersecciones con los intelectuales y artistas latinoamericanos.22 De todas estas aproximaciones me interesa destacar una visión que trasciende concepciones mecanicistas sobre el “imperialismo cultural” para entender los intereses imperiales, sobre todo de Estados Unidos, en sus profundas imbricaciones y vínculos de mutua conveniencia con diversos actores de la sociedad y la cultura a nivel local.23
Ubicándose entonces en la intersección entre una historia de las instituciones educativas renovada por la historia intelectual y unos estudios del pasado reciente insertos en el campo más amplio de la Guerra Fría, este trabajo aborda las relaciones entre las izquierdas y la reforma de la educación superior en el Uruguay de los sesenta a partir del análisis detallado de las polémicas sobre financiación externa de programas académicos. Al entrar en tema, comencemos por decir que el nivel de beligerancia que expresaron esos debates fue la principal señal de alerta que nos llevó a tratar de desentrañar su importancia en el campo intelectual de la época. El tono resultaba todavía más sorpresivo al constatar que no estábamos frente a la irrupción de una temática nueva para los universitarios y otras personas interesadas en los temas educativos. Por el contrario, esos asuntos habían sido parte integral de la construcción de un nuevo orden internacional en la segunda posguerra y, por ende, de la formulación de políticas públicas de los Estados nacionales de todo el globo. De la mano de los desarrollismos y las teorías de la modernización en boga en Estados Unidos, muchos intelectuales y políticos involucrados en estos procesos adhirieron entonces a la idea de que las instituciones del conocimiento eran factores esenciales para el desarrollo económico y social de sus países.24 De acuerdo a esta lógica, la reforma de las universidades para promover el cultivo de la ciencia y la tecnología en base a estándares internacionales constituía la piedra de toque del cambio social también en las regiones más pobres del planeta. Esta línea de razonamiento, con sus matices y declinaciones ideológicas, políticas y culturales, atravesó la creación de organizaciones como la UNESCO y la convocatoria a numerosas conferencias sobre educación, ciencia y tecnología, fundamentó extensos programas de apoyo internacional a programas de investigación llevados adelante por diversas fundaciones y estuvo presente incluso en las plataformas de varios movimientos nacionalistas y anticoloniales de los años cincuenta y sesenta.
Efectivamente, las fuentes primarias de esas décadas evidencian la creciente importancia de esos asuntos en el debate público de los diferentes países. En nuestro medio, sin embargo, se ha prestado escasa atención a su impacto en la conformación de un campo intelectual casi siempre asimilado a las letras, las artes y las humanidades en sentido lato, en desmedro de sus vínculos con otras áreas de la creación cultural. En Uruguay, de hecho, los hitos y periodizaciones de esa época han sido determinados en base a la actividad literaria de la llamada “generación del 45”, “generación crítica” o “generación de las revistas”, con sus derivas políticas, sin atender específicamente a sus conexiones con otras disciplinas, sus instituciones y espacios de socialización y producción de conocimiento. En su señero estudio de esa etapa, Ángel Rama, integrante y exégeta de esa generación, enumera algunos aportes de las áreas sociales y humanas (sociología, economía, historia) y sus contemporáneos procesos de renovación, pero no menciona siquiera otros campos científicos.25 El papel de la Universidad de la República también es referido de modo ocasional pero escapa al análisis sistemático, por más que en ella revistaron como docentes muchos de los mismos intelectuales en un período en que esa calidad se definía en tensas relaciones con las de “académico” y “técnico”, dos rótulos que los “científicos” también podían disputar.26
Una mirada atenta a esos temas permite descubrir un panorama diferente. Detecta, por ejemplo, que el prestigioso semanario Marcha, que nucleaba desde 1939 a los intelectuales y críticos más importantes de la generación recién referida, fue dedicando cada vez más espacio a cubrir el desarrollo de la investigación en el país y en el mundo, abriendo una sección que, bajo el nombre “Científicas”, presentaba análisis y también novedades más o menos curiosas sobre esos asuntos. Un cierto entusiasmo sobre el impacto de la ciencia en la vida cotidiana y las posibilidades a futuro permeaba estas notas, de ascendente regularidad hasta los sesenta, junto con visiones críticas sobre lo que debía hacerse para mejorar la situación nacional.27 En un sentido similar, cabe señalar que tanto Marcha como otros periódicos de circulación nacional mantuvieron en esta etapa una cobertura permanente de la interna universitaria, generalmente relacionada con temas políticos más amplios, pero también como espacio clave de producción de conocimiento y cultura en el país.
Recordemos una vez más que la UdelaR era entonces la única institución de educación superior en Uruguay, lo cual la ponía en un lugar central de todas las controversias educativas. En la década que nos ocupa, triplicó su población estudiantil y duplicó su oferta curricular al tiempo que se consolidaba en su dirección el sector que había propulsado la Ley Orgánica de 1958, logrando democratizar los modos de funcionamiento mediante la consolidación del cogobierno, consagrando la autonomía administrativa, académica y presupuestal del poder político e incrementando el rango de acciones sociales de la institución.28 El ascenso de esos sectores, que podríamos llamar “reformistas” por sus apelaciones más o menos directas al legado de Córdoba, encontró múltiples resistencias internas y externas. Por un lado, quienes habían respaldado esos cambios no constituían un grupo homogéneo y, haciendo aún acuerdo en los principios básicos de la carta orgánica, diferían sobre su significado preciso para la orientación de la institución en el futuro inmediato. Permanecían abiertos, por ejemplo, los debates sobre la reformulación de la estructura, especialmente en lo concerniente al lugar de la investigación en una Universidad que siguió estando organizada federativamente en facultades de marcada orientación profesionalista. El ataque a ese viejo modelo activó, además, a los sectores que derivaban su prestigio académico y su poder político de esa misma forma de organización que los más comprometidos con la idea de una institución dedicada primordialmente a la investigación trataban ahora de modificar.
Por otra parte, el acceso directo de los estudiantes a los órganos máximos de gobierno, tanto en las facultades como a nivel central, coincidió con una reorientación de sus gremiales, nucleadas desde 1929 en la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU), hacia la izquierda de predominancia marxista y rápidamente pro cubana.29 Esto ocasionó el temor y el rechazo de muchos universitarios en principio favorables a la participación estudiantil y desató una campaña encarnizada por parte de sectores políticos vinculados a las alas más conservadoras de los partidos tradicionales, que veían disminuir sus posibilidades de mantener el modelo de la institución como formadora de profesionales y cuadros dirigentes de empresas públicas y privadas. Surgieron, a su vez, propuestas de modernización de la educación superior en el país que cuestionaban el lugar monopólico de la UdelaR y apuntaban a reestructurar el sistema educativo en base a criterios de eficiencia de corto plazo definidos por las necesidades del mercado.30 Las tensiones con esos sectores, de creciente influencia en el gobierno nacional con los ejecutivos colegiados de mayoría blanca entre 1959 y 1967, se expresaron muchas veces en recortes y atrasos presupuestales que dificultaron el funcionamiento de la institución, redoblaron el ánimo de enfrentamiento de sus integrantes y terminaron reforzando la imagen de caos, ineficiencia, masificación y extrema politización que esos mismos grupos difundían.31
Estos debates, por otra parte muy similares a los que se procesaban en la región, no condujeron en Uruguay, como lo hicieron en varios de esos países, a la efectiva diversificación del sistema terciario ni en lo que hace a su cobertura geográfica ni en lo relativo a la participación privada.32 La UdelaR siguió siendo la única institución de su tipo en todo el período que nos ocupa y sobre ella recayeron, una y otra vez, todas las quejas y esperanzas entonces depositadas en el papel de la educación superior en el desarrollo nacional. Ese contexto ayuda a entender algunas de las ramificaciones de las polémicas sobre financiamiento externo que veremos en este libro, especialmente porque en ellas se desplegó el abanico de críticas, por izquierda y por derecha, al persistente modelo federativo y profesionalista de la Universidad nacional.
Efectivamente, las controversias de la comunidad universitaria sobre las implicancias de aceptar ayuda económica extranjera para mejorar el desempeño de su casa de estudios se sumaron a ese trasfondo contencioso. Las que trascendieron las paredes de la institución hacia espacios de debate público, como las que analizaremos a continuación, abarcaron disciplinas tan diferentes como la matemática, la obstetricia y la sociología, y pusieron en entredicho la recepción de fondos de organizaciones internacionales, fundaciones de asistencia y diferentes gobiernos que en la década anterior habían apoyado proyectos en diferentes áreas del conocimiento sin mayores problemas. Las ofertas de estas fuentes de financiamiento habían crecido exponencialmente en esa etapa, primero en base a la filantropía de los últimos años de la política de “buena vecindad” y luego de la mano de las nuevas políticas de Estados Unidos de prevención de los estallidos revolucionarios en base a programas de asistencia, tal como terminó de articular la Alianza para el Progreso (AFP, por su sigla en inglés).33 En Uruguay, como en otros países latinoamericanos que atravesaban tiempos de crisis económica y recortes presupuestales del gobierno nacional, fue creciendo la avidez por estos recursos, aunque el pequeño país sudamericano nunca estuvo entre las prioridades de esas agencias por diferentes razones de importancia geopolítica y desarrollo institucional.34
De todos modos, en un medio estrecho y empobrecido, aumentaron también entonces los cuestionamientos a las condiciones explícitas o implícitas en este moderado flujo de dinero. La actitud de alerta tenía bases en el acendrado antiimperialismo de amplios sectores intelectuales y estudiantiles que, habiendo partido en muchos casos del “tercerismo”, una posición meditada y doctrinariamente equidistante frente a los poderes de la naciente Guerra Fría, habían consolidado su rechazo a las políticas de Estados Unidos en la región con sus intervenciones en Guatemala (1954), Cuba (1961) y República Dominicana (1965).35 Esa desconfianza fue alimentada al promediar los sesenta con el estallido de sucesivos escándalos por las intenciones de proyectos de investigación social auspiciados por agencias del gobierno del coloso del norte, como el Plan Camelot en Chile, o por fundaciones de ese mismo origen, como la Ford en el caso del Proyecto Marginalidad, primero en Chile y luego en Argentina, así como ante las repetidas denuncias de los propósitos normalizadores del peripatético asesor y consultor Rudolph Atcon con respecto a las universidades latinoamericanas.
De todo eso hablaremos in extenso más adelante. Lo que importa puntualizar ahora, como mapa del trayecto que recorren las dos próximas secciones, es que para ese entonces la asociación entre educación y desarrollo había entrado en crisis incluso dentro de las instituciones educativas. He aquí la principal razón de la acentuada beligerancia que encontramos en los debates sobre financiación externa de mediados de los sesenta en Uruguay. Mientras desde el gobierno se atacaba a la Universidad pública y proliferaban las propuestas de reestructurar el sistema educativo en base a criterios de eficiencia de corto plazo, como las inspiradas por Atcon, crecientes sectores de universitarios comenzaron a propugnar con fuerza, dependentismo mediante, que sólo una transformación radical de sus sociedades permitiría modificar verdaderamente el papel de sus instituciones como reproductoras del orden establecido. No se trataba de una singularidad uruguaya o latinoamericana. Por el contrario, los cuestionamientos a las finalidades y modalidades de los sistemas educativos fueron centrales en los explosivos ciclos de movilización juvenil que caracterizaron a las universidades de Europa y Estados Unidos en los “largos sesenta”, especialmente en el llamado “momento 68”. Aunque las reformas institucionales y académicas estuvieron en el centro de todos estos eventos, los analistas las suelen mencionar sólo como los detonantes rápidamente superados de las movilizaciones o como condiciones estructurales que hicieron posible la congregación de personas con disposición a la protesta.36
En el caso latinoamericano, la relevancia de los asuntos que podríamos llamar “académicos” o “educativos” en los movimientos de protesta ha quedado todavía más opacada, como señalamos anteriormente, por una literatura que se ha enfocado en la rápida proliferación de discusiones sobre estrategias revolucionarias, la adopción de métodos violentos y las respuestas cada vez más represivas de los gobiernos hasta llegar a la instalación de los regímenes que conocemos como “nuevos autoritarismos”. En este estudio sobre el caso uruguayo postulo que el análisis de esos procesos (es decir, de la polarización política a nivel local) debe tener en cuenta las dinámicas de reforma institucional que fueron centrales para las cambiantes definiciones políticas e ideológicas de todos los actores universitarios y sus interacciones con otros sectores movilizados. Esto es clave para entender la evolución de esas protestas, porque los universitarios fueron piezas vitales en la orquestación de esos movimientos tanto por su militancia concreta como por sus aportes a la formulación programática de sus demandas. Más en particular, me gustaría plantear que la inclusión de las consideraciones sobre las funciones y las formas de organización de los sistemas de educación superior permite percibir intercambios y sistemas coyunturales de alianzas que muchas veces cruzaron las líneas divisorias de las coaliciones y conglomerados políticos de las diferentes izquierdas de la región y les permitieron actuar en conjunto.
En principio, la constatación de ese fenómeno no debería sorprendernos. En gran medida, la deriva de grandes contingentes de universitarios hacia posiciones cada vez más radicales fue similar a la de otros grupos, en especial artistas y escritores, que pasaron de posturas de “compromiso” con diferentes proyectos políticos a un paradójico anti-intelectualismo que profesaba la subordinación de sus prácticas culturales a las necesidades del programa revolucionario, a tono con los lineamientos que emanaban de la dirigencia cubana de la época. Mucho se ha escrito sobre esos procesos de radicalización política que apartaron a los intelectuales y académicos de las redes y espacios tradicionales de producción cultural y los acercaron a diferentes agrupaciones militantes.37 Mucho menos se sabe, en cambio, del papel específico que esos mismos procesos jugaron inicialmente en la formulación de planes de reforma universitaria que, apartándose de los postulados optimistas del desarrollismo y los proyectos modernizadores, trataron empero de ubicar a la investigación científica en el centro de sus intereses, reafirmando el papel específico de las instituciones del conocimiento en los procesos de cambio social.
En las discusiones universitarias, como es obvio, pesaban de modo determinante los sistemas de prestigio de base académica o intelectual en sentido laxo, de modo que ciertas voces se amplificaban y ganaban en convocatoria con independencia de su respaldo político dentro y fuera de los ámbitos de gobierno de la institución. Este elemento es esencial para entender el recorrido que cuentan estas páginas, porque permitió la concurrencia en materia de política universitaria de muchos actores que no tenían necesariamente las mismas filiaciones político-ideológicas. Así, iremos detectando entre los protagonistas de estos debates a varios desencantados del desarrollismo de raíces en el progresismo batllista junto con comunistas y socialistas de larga tradición en el cogobierno y nuevas generaciones de posiciones más radicales que no dejaron de comprometerse con el diseño de las políticas científicas de la institución.38 Encontraremos también, por izquierda y por derecha, a los desilusionados del tercerismo, ese orgulloso posicionamiento a distancia de los dos poderes de la Guerra Fría que, con sus derivas, había sido tan influyente en los medios estudiantiles e intelectuales en décadas anteriores. Las posiciones de todos ellos frente a la pertinencia de aceptar dinero extranjero fueron cambiando a lo largo de la década, mediante discusiones de casos concretos que en un primer momento los ayudaron a elaborar un pensamiento sistemático sobre la necesidad de reformar la institución.
Sin anticipar las conclusiones de los dos estudios que desplegaremos a continuación, podemos adelantar que, al final del ciclo que nos ocupa, varios de ellos se decantaron por la idea de que sólo una embestida revolucionaria permitiría transformar las funciones y estructura de sus instituciones. Pero hubo también muchos que, con matices con respecto a las posiciones optimistas de la posguerra, siguieron apostando a la educación superior como motor del cambio social y trabajaron para promover el desarrollo independiente de la ciencia y la tecnología frente al embate de Estados Unidos y diferentes organizaciones internacionales por influir en esas materias. Y hubo aun otros que, en un contexto cada vez más polarizado, decidieron que estas preocupaciones políticas los distraían de sus verdaderas vocaciones y se abocaron al cultivo de sus especialidades disciplinares, para lo cual debieron, antes o después, apartarse del cauce del debate universitario, recurrir a otros espacios o esperar a que pasara el temblor. En todos los casos, la intervención de la única Universidad del país por parte del gobierno autoritario instalado en 1973 vino a cancelar la posibilidad de continuar una serie de debates que, en términos de los lentos tiempos de los tr
