Perón tenía un tigre. Nadie recuerda hoy cómo llegó hasta la Residencia Presidencial, ni dónde terminó sus días ese ejemplar majestuoso. Fascinaba a las hijas pequeñas del administrador del lugar —y secretario privado de Evita—, Atilio Renzi, que vivían allí, en la casa reservada para el intendente. Dicen que algunas noches su rugido se escuchaba a lo lejos.
El tigre no se paseaba libremente por el parque, pero sí tenía cuarto propio, una jaula espaciosa, en algún rincón de la barranca, camino al río. Perón solía visitarlo. No solo a él: también al pavo, a los tucanes, al pavo real. El General iba a veces en compañía de Eva, a veces solo; otras, escoltado fielmente por los líderes de la rama canina del partido, los súper famosos caniches toy Tinolita y Monito. Si no estaba en rol de anfitrión, se interesaba por la salud de todos los pensionistas no humanos. Las gallinas le interesaban bastante menos, pero como recoger los huevos para la comida familiar era una fiesta de la que las niñas Renzi no se privaban ningún día, el gallinero siempre estaba en orden.
Décadas después de muerta Evita, derrocado el gobierno peronista por la Revolución Libertadora y atravesado el exilio que marcó la segunda parte del siglo XX argentino, Perón volvió. Con él, llegaron también Puchi y Canela, los caniches descendientes de aquellos que habían sido tan míticos para la iconografía justicialista como el caballo pinto. En la Quinta, al General ya no lo esperaba ningún tigre; apenas los caballos del Regimiento de Granaderos.
Los animales tuvieron un hogar en la Residencia Presidencial de Olivos mucho antes de que el predio fuera pisado por primeros mandatarios. Antes de que el último Olaguer Feliú, un dandy solterón, resolviera que la única manera de perpetuar su memoria era donando esas tierras al Estado nacional, en el lugar crecían el pasto y los animales con valor para el mercado agropecuario. A mediados del siglo XIX, Manuela Paula Martina Azcuénaga Basavilbaso y Basavilbaso y su hermano, Miguel José, tenían a su cargo dos propiedades dedicadas al agro, la “Chacra vieja”1 y la “Chacra nueva”; la segunda estaba en los terrenos de la actual Quinta. Entre fines del siglo XIX y principios del XX, Carlos Villatte Olaguer Feliú, el soltero conocido por sus farras en Europa y su afición al flirteo, el heredero de las tierras de su madre María Olaguer Feliú y Azcuénaga y su padre Carlos Villatte Ulmer, pero también de las de su tío ciego (sin esposa ni hijos y conocido por su altruismo) Antonio Justo Olaguer Feliú y Azcuénaga, continuó y profundizó esa tradición. Las hectáreas se repartían entre varios negocios, casi todos vinculados con animales:2 el dueño criaba vacas y caballos de raza en el sector bautizado hacía décadas como “Cabaña Azcuénaga”; alquilaba a la casa de remates Bullrich y Cía. —por 24.000 pesos moneda nacional— los galpones para que criara ponis de polo; y alquilaba otro sector a descendientes de Prilidiano Pueyrredón, que lo usaban como quinta familiar —décadas después, uno de los niños de esa familia volvería al lugar como funcionario de gobierno de Raúl Alfonsín—.3
Muchos de esos animales y los que les siguieron fueron anónimos. Algunos dejaron huella, como la boxer Catalina, una de las mascotas a las que Cristina Fernández de Kirchner mostró alguna vez por Twitter.4 Esa boxer habitó Olivos junto con la familia que llegó de la Patagonia cuando Néstor Kirchner asumió la presidencia. Vivió allí unos años y allí murió, en la casa principal. A esa boxer, manos comedidas le procuraron una tumba a metros del chalet presidencial. Está bajo un árbol en cuyo tronco la eterniza una inscripción, tallada con más amor artesanal que técnica, e inconclusa por el recambio natural de la corteza: “Catalina, compañera fiel de tu madre”.
Hoy nadie recuerda los nombres de las llamas a las que acariciaba Hilda “Chiche” Duhalde en 2002, cuando, como Primera Dama de un gobierno que aterrizó en pleno incendio económico y social, se resistió a mudarse a Olivos. Tampoco hay memorias que rescaten cómo se llamaban los dos caballos que se turnaban para los paseos matutinos que Silvia Martorell de Illia, con el traje de amazona que le había valido el apodo “la Coronela”, hacía por el parque cada mañana. Algunos pocos tienen presente a Jacinto, el petiso pinto del tradicional criadero San Jacinto —que el duque de Luynes tenía en Mercedes—, que Martorell y su hija Emma entregaron en plena Quinta al presidente francés Charles De Gaulle un día radiante, “con la magnífica decoración de los jardines de la mansión en primavera, flores, pájaros”,5 como regalo para su nieta Carole, amante de la hípica.
Tampoco la inmortalidad de la memoria los acompañó a todos.
***
Se iba la tarde y llegaban las estrellas. En lo alto de la barranca, el presidente Arturo Illia notaba el nerviosismo de su hija Emma Silvia. La muchacha tenía 25 años y sentía desesperación porque empezaba a oscurecer y fray José de Jesús Arroyo, el franciscano que había elegido para oficiar su boda, no llegaba. Decidida a que no la casara el arzobispo de Buenos Aires, Antonio Caggiano —anticomunista declarado, sospechado de proteger a militares nazis, escapados de la justicia europea, y con simpatías por el peronismo—, había elegido a un cura pobre. Era un religioso tan humilde (y excéntrico) que se trasladaba en una motito. Y claro, demoraba en llegar.
Illia, el presidente que había asumido el cargo vistiendo traje, a sabiendas de que así quebraba la tradición elitista de hacerlo de frac, estaba enfundado en un jacquet impecable. Quizá fuera la primera vez en su vida que usaba algo así. Su hija había sido explícita: solo podría ser padrino de la boda si vestía eso. Como él se había negado, ella había anunciado que lo reemplazaría su hermano Martín, un joven buenmozo que no tenía ningún inconveniente con la etiqueta. Pero días después del ultimátum, a la Quinta llegó el sastre calabrés Jorge Trimarchi —que también vestía al músico Aníbal Troilo—, para tomar medidas al presidente y confeccionarle lo necesario para la boda. Por amor, ese 2 de abril de 1965, mientras las estrellas asomaban sobre la barranca, sobre el Río de la Plata, sobre la multitud de invitados, Illia vestía el frac que su hija había exigido.
—Papá, se está poniendo ya oscuro —dijo Emma, al borde de la desesperación, porque a ciegas no iban a poder bajar el camino de alfombra roja hasta el bosque de casuarinas, donde esperaban el altar, los 1111 invitados rigurosamente aprobados por el director nacional de Ceremonial, y lo más importante, su novio desde hacía años, el abogado y poeta Gustavo Soler Caminos.
Illia miró al cielo. Señaló una luz que titilaba a la distancia. Dijo:
—Mirá, salió Venus. Y salió porque hoy te vas a casar vos.
Minutos después, músicos de la orquesta estable del Teatro Colón comenzaron a tocar un Coral de Bach. El coro de la parroquia del Socorro, guiado por el padre Jesús Gabriel Segade —uno de los curas melómanos que, un año antes, había creado los arreglos de la ya célebre “Misa criolla”—, comenzó a entonar su parte. Era la señal. Emma y su padre bajaron cadenciosamente la barranca; los seguía Odradek, el galgo ocre de rayas negras y ojos amarillos que los novios amaban con locura.
Bajo la bóveda de casuarinas yacían piedras del Fuerte de Buenos Aires. El arquitecto Guillermo Linares, entonces a cargo de la Dirección de Festejos y Ornamentación de la municipalidad porteña pero sobre todo amigo de Emma, las había encontrado en un galpón perdido, justo cuando estaba a la búsqueda de una explanada sobre la cual montar el altar. “¿Sabe qué? Encontré esto”, había dicho a la joven en plena faena de preparativos. A ambos les parecieron ideales, iban a servir para dar pie al sagrario de plata, la mesa del siglo XV, las cuatro columnas coloniales talladas, todas las piezas históricas del Museo Isaac Fernández Blanco que su director, Luis Isabelino Aquino —también amigo de la novia—, seleccionó y prestó para armar el altar, junto con el Cristo de las misiones jesuíticas que presidía la escena. Cuando Emma llegó ante el altar y se paró al lado de Soler Caminos, fray de Jesús Arroyo y dos colegas que lo iban a auxiliar en la ceremonia, dieron comienzo a la celebración litúrgica.
La soprano Amalia Bazán cantó el Ave María de Tomás Luis de Victoria. Fray de Jesús Arroyo se expresó “en perfecto castellano”, de acuerdo con los lineamientos del entonces muy reciente y revolucionario Concilio Vaticano II, como subrayó la prensa del momento.6 Al terminar la ceremonia, el cura transmitió a los novios la bendición autógrafa enviada por el mismísimo papa Pablo VI. El coro entonó el Gloria de Vivaldi. Emma y Soler ya eran marido y mujer ante los ojos de Dios.
Aunque en el lugar no había periodistas, días después todos los detalles trascendieron. Las rutinas de la familia Illia eran tan severas, tan poco dadas a la publicidad, que el anuncio del casamiento de la Primera Hija había generado revuelo, pero ninguno de los involucrados tenía pensando responder a las demandas de la prensa. “Los periodistas mentían tanto y eran tan canallas con papá que yo prohibí que fueran. Dije ‘no, me caso sin periodistas. No van a entrar’”, recuerda Emma Illia cuando ya han pasado más de 50 años de aquel atardecer. Por eso los periodistas no pudieron estar adentro de la Quinta esa tarde. Sin embargo, nada impidió que estuvieran afuera. Las fotos testimonian las guardias que la prensa de distintos medios montó en torno a la Residencia, en épocas en las que, todavía, en lugar del muro de ladrillos que se levanta hoy, solo un cerco vivo y un alambrado casi hogareño separaban el territorio presidencial de aquel en el que circulaba el resto de la ciudadanía. Los cronistas asediaban los autos de los invitados cuando entraban, cuando salían; los fotógrafos habían logrado treparse a algún árbol, encaramarse al balcón de alguno de los vecinos, y tomar fotos de lo que se veía: efectivos militares velando por los ingresos al lugar; personal de la Residencia acomodando bajo los árboles la sillería de la iglesia del Socorro, gentilmente prestados por Segade. Y, sin embargo, al mes siguiente, la tapa de la revista Atlántida se servía de la boda de Emma para hacer eje en la intimidad de la familia presidencial y las fantasías populares que despertaba la reticencia a compartir cuanto pasaba puertas adentro de Olivos. La publicación se explayaba acerca de “la realidad sobre el casamiento”, sobre el cual “la reserva —la reserva que rige los actos de la familia Illia— había, como siempre, dado alas al invento y la distorsión”.
Mientras Illia estuvo en el poder, se rumoreó y mucho. Todavía hoy la hija del presidente que fue derrocado entre burlas por su presunta lentitud y que con los años resultó reivindicado por su devoción al servicio público y su honradez, menciona con rencor una entrevista que Tomás Eloy Martínez hizo a su madre, Silvia, para la revista Primera Plana.7 “Mamá siempre tuvo muy mala prensa aquí. El señor este le hizo un reportaje en el que la llamaba ‘la señora presidenta’. Él no tenía idea de quién era mamá, dijo cualquier cosa, dijo que era una señora ama de casa, y mamá había estudiado bellas artes con Ides Kihlen”, dice hoy Emma Illia, en referencia al número cuya nota de tapa fue el perfil en el que Martorell de Illia, tras una entrevista de poco más de una hora realizada en la Quinta, fue retratada como una mujer ansiosa e ignorante en su candor provinciano.8 “La arbitraria imagen del clan surge más que de una realidad, de un distorsionante contraste sociológico. Una familia provinciana es una organización extravagante dentro de una gran ciudad. Sin quererlo, produce desconcierto. Averiguar qué hacen, cómo y por qué, qué quieren, es una reacción natural. Pero esta suspicacia espontánea se convierte en rumor y en rechazo si no es alimentada por respuestas satisfactorias”, había teorizado la revista Atlántida, a la hora de explicar por qué “la modestia —aparentemente agresiva— de los Ilia” acerca de vida cotidiana en la Residencia los exponía “al confuso hervidero de la opinión pública”.
Como fuera, más tarde que temprano, también los detalles de la boda Illia-Soler Caminos trascendieron.
Sin embargo, durante semanas fue un secreto compartido con un millar de personas que, tras el sí de los novios —que fue “en ambos casos, seco y seguro”—, barrancas arriba empezó la celebración. Un cuarteto interpretaba piezas de música clásica. No hubo torta ni baile, porque a Emma siempre le parecieron “tonterías”. Alrededor del estanque de los sapos, ese espejo de agua que extiende la perspectiva de la galería de columnas del chalet, unos toldos iluminados protegían las mesas. Por allí deambulaban Juan Carlos Onganía en uniforme de gala, el titular de la Fuerza Aérea, Carlos Armanini, el líder radical Ricardo Balbín —a quien, según las crónicas, Illia saludó sin entusiasmo—, el entonces senador Juan Ramón Aguirre Lanari.
Sobre las mesas, había jarras de jugo de naranja y gaseosa. Entre las 7 y las 7 y media de la tarde, los bocaditos y sándwiches circulaban en bandejas, al igual que las copas de champagne nacional. Alrededor de las 9 de la noche, fue turno del whisky, también rigurosamente nacional. Recién a medianoche, una vez retirados los invitados de compromiso, y cuando solo quedaban cuarenta íntimos, llegó el turno del buffet froid. Los 180.000 pesos dispuestos para el festejo por Illia, de su bolsillo, habían sido aprovechados al detalle. Lo mismo había hecho Emma a la hora de decidirse por su vestido, confeccionado por Carola —la modista del momento para un sector de la vanguardia ilustrada— con géneros importados de Francia y en base a un modelo de Balenciaga, que la propia novia pidió financiar y pagar en cuotas. La recién casada también había pagado al coro y otros gastos que generó la boda y le parecían necesarios, porque, dice hoy, “¿qué es un casamiento, sino una puesta en escena?”.
De noche, las luces titilantes daban un aire irreal al estanque de los sapos, en cuyas aguas nadaba una veintena de cisnes llegados del Zoológico porteño para la ocasión. Ante esa imagen, nadie podía imaginar la tragedia del reino animal que había precedido al evento.
Horas antes, poco después de que los cisnes llegaran a Olivos en un transporte especial, un cuidador de la Residencia acudió alarmadísimo a Emma. “Mandinga está matando a los cisnes”, le advirtió, en referencia al perro que, junto con el pacífico Odradek, acompañaba los días de la familia. Divertido vaya a saber si por la forma del cuello de las aves, la resistencia leve que ofrecían, o el modo en que caían, el galgo estaba arruinando no solo parte de la ambientación de la boda, sino también del patrimonio municipal porteño.
—Átenlo —ordenó Emma.
Pero el animal escapó antes de ser privado de su libertad, y se perdió en algún lugar del parque el resto de la velada. Los cisnes muertos pasaron pronto al olvido.
***
—Te dejo porque acaba de entrar un caballo —dijo María Lorenza Barreneche a la amiga con la que estaba hablando por teléfono.
—¿Entró solo?
—Pero, no; con Raúl.
Alfonsín y su familia todavía no se habían mudado a la Quinta, pero los regalos ya arreciaban. Entre el mar de obsequios que inundaba la suite del Hotel Panamericano, donde vivió los primeros tiempos, apareció un ejemplar de Falabella, la raza de caballos más pequeños del mundo, que tienen menos de un metro de altura. En la Argentina, el mundo diplomático y político tenía por tradición regalar esos ejemplares entre exóticos, localísimos y distinguidos. Entonces, ¿qué mejor regalo para un presidente flamante, en la cima de la recuperación democrática?
Sin embargo, ni Alfonsín ni la Primera Dama estaban dispuestos a hacerse cargo de él, menos cuando ni siquiera se habían instalado en la Residencia. Alfonsín llamó a su secretaria, Margarita Ronco, le extendió la rienda y dijo “es para Juan”, en referencia al hijo de ella, un niño jovial que era parte de la pandilla infantil formada por hijos de funcionarios y nietos presidenciales, que siempre rondaba como nube bulliciosa la mesa chica del gobierno. Al cabo de un par de horas, el Falabella estaba en la camioneta del periodista Mario Monteverde —que dirigió la agencia de noticias Télam en los 80—, rumbo a Mar del Plata, donde el niño pasaba el verano con los padres de Ronco. Tal vez influido por el mundo alrededor, tan repleto de adultos exaltados por lo que venía, el chiquito bautizó “Esperanza” al Falabella.
Algunos meses después, cuando el niño debía regresar a Buenos Aires porque iban a comenzar las clases, el caballito fue trasladado otra vez: así llegó Esperanza a la Residencia Presidencial.
En Olivos reinaba con mano firme Ricardo “Chinín” Foulkes, el intendente y tío del presidente, que aceptó sin chistar el ingreso del animalito. Hacía rato que en la Quinta había caballerizas, pero solo tenían espacio para los caballos de dimensiones regulares, cuidados y usados por el Regimiento de Granaderos. Por eso, cuando llegó, Esperanza no tenía casa propia. Manso y acostumbrado al trato con las personas, vagaba suelto por el parque. Podía cruzarse con los soldados que hacían las recorridas de sus guardias, con el jardinero, con los funcionarios que entraban y salían para distintas reuniones, con algún periodista. Se adaptaba. Sin embargo, para Foulkes el césped era sagrado; de tanto mordisquearlo, el caballito lo estaba arruinando. Fue el fin de su libertad irrestricta. El intendente lo mandó atar a un árbol. En el apuro, en lugar de usar para eso los arneses y la rienda que eran parte del ajuar del animal, alguien echó mano de lo primero que encontró, una especie de soga de nylon. Luego, lo olvidó.
Horas después una tormenta azotó la Residencia; hubo rayos, viento, muchísima agua; el animal se desesperó, intentó escapar del árbol que se había convertido en cárcel. De tanto tironear, Esperanza murió ahorcado.
***
En los 90 no existió un zoológico en la Quinta. Hubo, sí, cerca de veinte perros, un par de caballos, un poni, un mirlo, gallinas, carpas, cuatro patos belgas, y ocasional y brevemente, hasta un papagayo y una mandrila. Quizá la versión de que había un zoo haya nacido de alguna confusión por la cantidad de ejemplares y la variedad de especies, o quizá se haya debido a que el menemismo había extendido hasta el infinito los límites de lo imaginable como excentricidad presidencial. Tal vez, la leyenda se sustente en que no hay un registro oficial de las mascotas que pasan por allí.9 Nadie más que los dueños de esos animales, los empleados de la Quinta y algún que otro testimonio periodístico —generalmente al paso, como nota graciosa, marginal— dan cuenta de los seres no humanos que vivieron allí y acompañaron presidencias.
Cuando llegó a Olivos, Carlos Menem se instaló con sus dos viejos pastores ingleses y los dos gran daneses de su hijo, Carlitos Junior. En cierto modo, era un hombre de campo que necesitaba el trato con los animales en su vida cotidiana. Le gustaba cabalgar por el parque, y procuraba que los perros más pequeños, como el sharpei, el maltés, el pug que fueron llegando a su vida como regalos (“cada vez que alguien quiere quedar bien con un presidente, chan, cae un animal”, sentencia hoy un empleado que lleva décadas allí), permanecieran sueltos y cerca suyo, en la casa. Los perros más grandes, en cambio, pasaban gran parte del tiempo en caniles de los que una persona encargada de su cuidado los sacaba para pasearlos y cuidarlos. Dejarlos sueltos era arriesgarse a que se convirtieran en jauría o se salieran de control, como sucedió con los gran daneses el día que, fugados por un rato, llegaron al establo y atacaron a un poni hasta matarlo. Pero, por lo general, reinaba la armonía.
En la Quinta, la magia de los regalos hacía convivir, aunque fuera por poco tiempo, a seres enviados por presidentes con otros obsequiados por celebridades y artistas, con quienes Menem sabía mantener buenas relaciones. Para todos había lugar.
En esa época, por primera vez, la salud de las mascotas presidenciales estuvo sistemáticamente a cargo de un profesional de la veterinaria. Juan Enrique Romero brillaba como columnista televisivo cada domingo en el programa de Gerardo Sofovich y cumplía el sueño propio de dirigir el Zoo porteño, pero también mantenía con mano firme el funcionamiento de su consultorio, ubicado a pocas cuadras de Villate y Maipú. Justamente esa práctica cotidiana y cercana le había permitido ingresar a la Quinta, en los últimos tiempos de la presidencia de Alfonsín, para atender a un perro, que quizá haya sido el pastor alemán que la hija de Alicia Moreau de Justo, criadora de esa raza, regaló al radical. Romero estaba decidido a trabajar en Olivos durante un gobierno peronista, y devolver al Estado —bajo cuyo amparo se había educado toda su vida— algo de lo que le había dado, así que, una vez iniciada la presidencia de Menem, se presentó a la licitación que elegiría prestador de servicios veterinarios de las Primeras Mascotas. Realizó una oferta imbatible: pedía 1$ por todo honorario. El doctor, claro, ganó la convocatoria.
Romero y su mujer, Alicia, también veterinaria, concurrían a la Residencia al menos una vez por semana. Con tantos ejemplares de distintas especies que cuidar, siempre alguno necesitaba atención. La práctica era peculiar. Podían convertir algún rincón del parque en consultorio al paso, a veces hasta alguna cochera, mientras alrededor seguía adelante la rutina del lugar. Si escuchaban el aire surcado por las aspas de un helicóptero, sabían que en breve seguía la pequeña escena de cortesía:
—Hasta luego, doctor.
—Hasta luego, presidente.
Menem respetaba la tarea veterinaria, básicamente porque se preocupaba por los animales con los que compartía el día a día. En casos especiales, pedía a algún asistente que se asegurara de que los Romero, antes de irse, pasaran por el chalet para conversar con él: necesitaba saber de primera mano en qué estado se encontraba el paciente de la fecha. Por cumplir con el presidente, los empleados de la Quinta también sabían que, en su ausencia, era preciso redoblar la atención y advertir al intendente, Eduardo Meiriño, acerca de cualquier percance.
Ese jueves santo, Menem estaba en El Messidor, la residencia de Villa La Angostura, propiedad del gobierno neuquino en la que, más de una década atrás, Isabel Perón había permanecido recluida luego de derrocado su gobierno. Meiriño llamó al veterinario; en su voz se notaba la urgencia:
—El mirlo del presidente está enfermo.
El Negro, un pájaro pícaro y hablador, era uno de los favoritos del momento. No solo cantaba la Marcha peronista y silbaba; también sabía decir, con una voz muy parecida a la de un humano, como todo mirlo, dos frases clave: “hola, morocha” y “chau, rubia”. Solía ser vivaracho y, sin embargo, esa noche estaba en silencio, apabullado y decaído por alguna infección que el veterinario combatió con antibióticos. Para el domingo a la noche, había vuelto el alma al pequeño cuerpo emplumado. Meiriño llamó otra vez a Romero:
—El presidente quiere que usted esté mañana cuando él regrese. Lo quiere felicitar. ¿Puede venir a las 9 de la mañana?
A esa hora Romero estuvo al pie del helipuerto. Nomás aterrizar, Menem le entregó una corbata de seda, le agradeció la atención al ave y agregó: “Qué tranquilidad me dio, yo al Negro lo quiero mucho, ¿sabe?”. El veterinario se sintió satisfecho por la gratitud, pero se retiró inquieto de la Residencia. Tanto que, minutos después, al llegar a su casa, lo comentó con preocupación a su esposa Alicia.
—¿Sabés que este hombre se tiene que haber pegado un golpe fuerte? Está muy hinchado —describió.
Con el correr de los días, comprendió que el golpe había sido, en realidad, la “picadura de avispa”, el eufemismo presidencial que en aquella época se impuso para referir las operacio
