Operación Sinatra

Diego Mancusi
Sebastián Grandi

Fragmento

Corporativa

SÍGUENOS EN
Megustaleer

Facebook @Ebooks        

Twitter @megustaleerarg  

Instagram @megustaleerarg  

Penguin Random House

A Naty, Fran y Laucha.
Lo mejor está por venir.

DM

A Lucía y Julieta, y para Ana Katz.
Las llevo bajo mi piel.

SG

“Frank Sinatra, con un vasito de bourbon en la mano izquierda, se abrió paso entre la multitud. A diferencia de algunos de sus acompañantes, todavía estaba impecablemente planchado, con el moño del esmoquin en perfecto equilibrio, los zapatos sin mancha. Nunca se le ve perder la compostura, nunca baja la guardia del todo, no importa cuánto haya bebido ni cuánto lleve sin dormir. Nunca hace eses como Dean Martin, ni jamás baila en los pasillos de los teatros ni salta sobre las mesas como Sammy Davis”.

GAY TALESE, Sinatra está resfriado

Prólogo

“Lo mejor está por venir”, cantaba Frank Sinatra, y —como casi siempre— tenía razón. Sin esa idea que se volvió orden, a este libro le habría bastado con contar una historia interesante, pero superficial, una que se relata con mayor o menor detalle desde hace casi cuatro décadas, aunque también —descubrimos— escondía otras historias bastante más intensas. Unas historias que solo se revelaron cuando, haciendo carne aquella letra de La Voz, entendimos que lo bueno era insuficiente porque lo mejor esperaba.

Nuestro primer acercamiento tuvo que ver con el hecho artístico evidente, el hito frívolo del show business. La crónica era la del único paso por Buenos Aires del cantante más influyente del siglo XX, aquel que impuso la figura del ídolo juvenil envidiado por los chicos, endiosado por las chicas e incomprendido por los padres y que luego —reinvención mediante— se convirtió en el mayor tótem del espectáculo estadounidense. Eran cuatro noches a todo lujo en un hotel de cinco estrellas y dos en un estadio cerrado con precios más accesibles, con figuras de la farándula local entre la audiencia, una banda estelar, un escenario en el centro de la arena cual ring de boxeo, un setlist impecable. Como desprendimiento de esto: un festival organizado por la revista más cáustica del momento a modo de protesta por la visita imperialista y ostentosa en tiempos de crisis, con destacados números de la música popular de aquel entonces y el debut en Capital Federal de un grupo de artistas que poco después se integrarían al Olimpo del rock nacional.

Justo por debajo de ese cuento había otro: el de una estrella vernácula —muy querida e igual de discutida— que invirtió (¿y perdió?) una fortuna para traer al ídolo al país y su socio, un empresario con bajo perfil y altas conexiones que se encargó de gestionar su llegada desde las sombras para cumplir un sueño de la infancia. Los vaivenes financieros, tirones con la autoridad, decisiones drásticas, peleas, rumores, vueltos que quedaron en el camino y crisis de nervios: la cocina también merecía un relato.

Pero lo mejor, sabíamos, estaba por venir. La investigación nos reveló una capa todavía más profunda, una que involucraba nada menos que al gobierno de los Estados Unidos y sus organismos de inteligencia, en complot con la Junta Militar que regía de facto la Argentina por aquel entonces. Allá, un presidente conservador recién asumido, amigo íntimo (y de alguna manera, también jefe) del cantante de marras. Acá, un juego de traiciones para congraciarse a toda costa con aquel mandamás del norte y prolongar el terror de aquella era siniestra.

Lo que se planteó como el relevamiento de diez días inolvidables en agosto de 1981 derivó en algo muchísimo más complejo y universal. Del escenario al mundillo financiero, y de allí a los infinitos recovecos (oficiales y de los otros) de la política internacional. Un viaje acorde con la leyenda que lo motiva: Francis Albert Sinatra, un iceberg en sí mismo, una voz y un carisma descomunales emergiendo por sobre varios mantos de misterio y oscuridad. Lo mejor: a continuación.

I. Strangers in the Night

“No te lo voy a decir”. El único protagonista de la historia-dentro-de-la-historia que casi cuarenta años después sigue vivo va a hablar de cualquier cosa, pero de eso no. No le va a pesar contarle al grabador alianzas cruzadas con una y otra facción de la dictadura más horrenda de la historia argentina y describirá puntillosamente bicicletas financieras de legalidad discutible. También, ya con más cuidado, aprovechará el off the record para sugerir affaires entre poderosos y relatar con cierto orgullo escenas dantescas en las que algún famoso, muy famoso, llenó el álbum de figuritas de los vicios. Pero no, sobre eso no piensa abrir la boca, ni en on ni en off.

Lo dice con cara de ogro, como ahuyentando de antemano cualquier posibilidad de insistencia. No deja margen para la curiosidad, para la atropellada de empatía que borre la línea entre fuente y entrevistador: lo que se dijo aquella noche se irá con él a la tumba, un poco por discreción, pero más que nada por lealtad hacia esa estrella que, asegura, lo consideraba “un hijo”.

En la madrugada del 10 de agosto de 1981, Frank Sinatra acababa de dar el primero de sus dos conciertos en el Luna Park y todo había salido a la altura de su leyenda. Para celebrarlo organizó una fiesta en su suite del Sheraton Hotel, la 2301, a la que estuvieron invitados los 59 integrantes de su comitiva y los productores locales con sus respectivas esposas. Haciendo gala de su italianismo, quiso ofrecer como entremés antes de la cena unas porciones de pizza, y se las encargó a Ricardo Finkel, la persona que se cargó al hombro las gestiones para hacer realidad lo que años atrás parecía un delirio: traerlo a Buenos Aires. Un principal de Asuntos Extranjeros salió disparado en un Falcon oficial hacia Angelín, tradicional pizzería de avenida Córdoba al 5200, y se cargó dos fugazzas y quince muzzarellas grandes. La vuelta fue casi suicida: Juan B. Justo y Libertador derecho, en contramano, con el “chupete” de la sirena haciendo escándalo. El viaje entre Villa Crespo y Retiro duró cuatro minutos: la pizza llegó caliente.

Pasó la cena, Sinatra sentenció que la muzzarella era the best y, cerca de las cinco de la mañana, se levantó de la mesa para irse a su habitación a descansar. Apoyado en la barra, Finkel vivía el sueño: su ídolo de la infancia lo llamaba para hablarle en privado y lo convertía así en parte de su círculo de confianza.

Sin que los demás oyeran, La Voz le contó qué tramaba: “Hoy hablé dos veces con mi presidente y me dio un mensaje para el presidente de tu país. Pero yo le dije que me parecía más lógico que siendo mi amigo argentino se lo dieras vos, no yo. Y mi presidente dijo que le parecía bien”. Finkel, incondicional, llamó a Roberto Viola al día siguiente y le transmitió aquel recado cuasi diplomático que —con Frank como intermediario— provenía directamente del recién asumido Ronald Reagan.

En 2018, decíamos, tres de los involucrados ya no están entre nosotros. Sinatra falleció el 14 de mayo de 1998 a los 82 años, víctima de un ataque cardíaco. En la noche de su muerte, el Empire State se iluminó en el azul de sus ojos y los casinos de Las Vegas detuvieron las ruletas durante un minuto a modo de homenaje.

Reagan lo sobrevivió seis años: el 40.° presidente de los Estados Unidos murió el 5 de enero de 2004. Una década antes había revelado que padecía Alzheimer. Tras aquel mandato que recién comenzaba cuando Sinatra visitaba Buenos Aires, fue reelecto para un segundo período en la Casa Blanca en los comicios de 1984. Uno de los lineamientos más significativos de su política exterior fue la lucha contra el comunismo, especialmente en América Latina.

Viola, destinatario final del mensaje de Reagan, era el presidente de facto de la República Argentina por aquellos años. Sucesor de Jorge Rafael Videla en el cargo y parte del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, fue juzgado en 1985 por 152 secuestros, 49 casos de torturas, 17 robos agravados, 105 delitos de falsedad ideológica, 32 reducciones a la servidumbre, una usurpación y una sustracción de niños, y sentenciado a 17 años en prisión, inhabilitación perpetua para el ejercicio de cargos públicos y pérdida de su grado militar de teniente general. Cinco años después fue indultado por el ex presidente Carlos Saúl Menem y falleció en 1994, quince días antes de llegar a su séptima década de vida, por los mismos problemas cardiovasculares que —según él argumentó, aunque no muchos le creyeron— lo obligaron a renunciar a la presidencia apenas nueve meses después de asumir, el 11 de diciembre de 1981.

Queda entonces Ricardo Finkel, el mensajero, aquel empresario que gracias a su amistad con los abogados de Sinatra y a un operativo de seducción que se extendió durante buena parte de los 70 logró la quimera de alimentar al cantante más importante del siglo XX con pizza del boliche en el que paraba los sábados a la noche de camino al centro. Finkel vive y sigue importando artistas a Sudamérica. Y habla sin problemas, muy interesado en que su nombre se mencione como artífice de la llegada de La Voz a Buenos Aires tras años de quedar eclipsado en el imaginario popular por su socio financista más célebre en aquella operación: Ramón Palito Ortega. Habla, sí, con la mejor predisposición, de todo lo que queramos, on y off the record, pero de eso no. Revelar aquel mensaje sería una traición, y uno no traiciona a Frank Sinatra.

II. Un muchacho como yo

Palito puede dar fe de que ser leal a Sinatra no solo es reconfortante en lo moral, sino también muy conveniente. “Yo sé todo lo que te pasó”, le dijo Frank en Buenos Aires, y se ofreció a ayudarlo. Poco después cumpliría con creces.

Ese “todo lo que te pasó” al que se refería el norteamericano era una catástrofe financiera. La visita de Sinatra a la Argentina está inseparablemente ligada a dos ideas: 1) lo trajo Palito; 2) Palito perdió muchísima plata, lo cual es solo una parte de la verdad, pero verdad al fin. “El único que puso el pecho al problema económico en el cual desembocó el contrato de Sinatra, con una hiperinflación galopante que asustaba, fue Chango Producciones, que era yo”, dice Ortega, refiriéndose a la debacle económica que causó el gobierno de Viola y que convirtió la gesta en un pésimo negocio. Al autor de “Sabor a nada”, aquellos diez días de agosto de 1981 le reportaron un rojo en la cuenta bancaria de dos millones de dólares, pero a largo plazo la vinculación con el Chairman of the Board le compensaría cualquier déficit.

Analizado en perspectiva, el vínculo entre Sinatra y Ortega a principios de los 80 parece natural: aun habiendo nacido a 7500 kilómetros de distancia y con 26 años de diferencia, tenían bastante en común.

Para empezar, ambos habían sido ídolos juveniles. Cualquier grito adolescente que pudo haber despertado Palito en El Club del Clan (el programa de televisión que lo disparó a la fama en los 60, el cual llegó a superar los 55 puntos de rating en su pico de popularidad) tuvo su antecedente directo en la sinatramanía, aquel desparrame hormon

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos