
Treinta
Tras la aterradora charla con Cromwell, Dante y Kacy se dirigieron a la feria con un plan en mente. Como muchos otros, se fueron directamente a la carpa de boxeo, aunque por razones distintas a las de la mayoría.
Al cabo de un rato viendo los distintos combates, llegaron a una conclusión evidente: debían apostar su dinero a favor de Cabeza de Martillo. Había ganado cuatro veces sin mostrar signos de fatiga. Pero ellos no iban a apostar dinero, sino sus propias vidas.
Después de sus encuentros con la Dama Mística y el profesor Bertram, Dante estaba convencido de que necesitaban un guardaespaldas. Si iban a vender el Ojo de la Luna, buscarían algún tipo de respaldo. Escoger al tipo más duro en un desafío de boxeo sin guantes parecía la mejor manera de actuar. Aunque Kacy veía que Cabeza de Martillo era el hombre para el trabajo, Dante tenía ciertas dudas. Quería verlo en acción una vez más, ya que sospechaba que todas las peleas estaban amañadas.
No es que el quinto oponente de Cabeza de Martillo causara sensación al subir al cuadrilátero. Era un individuo calvo y bajito, vestido en una pulcra túnica anaranjada de kárate y pantalones negros holgados. Tras una breve discusión con el árbitro (en la cual debió de contarle las pocas reglas del combate), se presentó al monje ante el público. El maestro de ceremonias con sombrero de copa y frac tomó una de las muñecas de Peto, lo condujo al centro del cuadrilátero y gritó en el micrófono:
—¡Damas y caballeros! El retador de nuestro siguiente combate viene de una isla en el Pacífico. ¡Aplaudan a Peto el Inocente!
El segundo del pequeño luchador, vestido con el mismo uniforme, esperaba en una esquina del cuadrilátero, medio desencajado.
Al anuncio le siguió un tremendo abucheo, como si la gente anhelara ver un baño de sangre. Peto era apenas la mitad del tamaño de Cabeza de Martillo y no parecía respaldado por las apuestas.
Dante negó con la cabeza. Sin importar lo convincente que fuera la siguiente victoria de Cabeza de Martillo, todavía no se decidía a poner su vida en manos de aquel matón tatuado. Kacy debía convencerlo de lo contrario. Quería salir de allí lo antes posible. No era un lugar seguro.
—Muy bien. Si Cabeza de Martillo gana ésta, le haremos una oferta —sugirió la chica—. No podemos esperar para siempre.
—De acuerdo. Pero deja que hable yo.
—¿Cuánto le ofrecerás?
—Unos cinco mil dólares.
—¿Cinco de los grandes?
—Crees que es demasiado, ¿no? —preguntó Dante.
—Bueno... pues sí. Pero si piensas que es lo que vale, adelante.
—Por eso te amo, Kacy. —La besó en los labios. Fue suficiente para calentarle el corazón y calmar sus nervios.
Cruzaron a través de la multitud sudorosa hasta acercarse al cuadrilátero. Dante esperaba poder hablar con Cabeza de Martillo antes de que comenzara.
—¡Oye! ¡Grandullón! —gritó entre la multitud.
De inmediato quedó claro que Cabeza de Martillo no podía escucharlo, así que Dante se dirigió a su esquina. El segundo del boxeador sería su siguiente escala. Era un tipo bastante grande y peludo con todo el cuerpo tatuado a base de serpientes, cuchillos y palabras como «Muerte» y «Escogido». Era casi treinta centímetros más alto que el contrincante Cabeza de Martillo... ¡y sólo era el segundo!
—¿Puedo hablar contigo un momento? —gritó Dante al oído del hombre.
—No. Vete a la mierda.
—Entonces, ¿me dejas hablar con Cabeza de Martillo después del combate? Quiero proponerle un negocio.
—¡Lárgate antes de que te meta la cabeza por el trasero!
A Dante le mosqueó el tono del hombre, y estaba listo para pelearse con el segundo. La navajada que había recibido ese día, en la oficina de Cromwell, ya se había curado (aunque no iba a admitirlo ante Kacy), así que sabía que podía dar unos cuantos golpes si la situación lo merecía.
—Vete a tomar por culo —gruñó Dante.
—¿Cómo dices?
—Hijo de puta... Cara de mono...
Kacy temía que algo así sucediera. Dante tenía la mala costumbre de ponerse gallito. De vez en cuando, sentía la necesidad de mantenerse firme cuando alguien lo provocaba.
El segundo de Cabeza de Martillo bajó la escupidera que tenía en las manos y encaró a Dante.
—Dilo de nuevo. —Su tono era casi agradable.
Se produjo una pausa incómoda mientras Dante consideraba su respuesta. Kacy le hizo un favor al interponerse y responder por él.
—¿Qué le parecería a tu amigo ganar cinco mil dólares por unas horas de trabajo? —Esbozó una radiante sonrisa.
El segundo seguía mirando fijamente a Dante, pero había escuchado la oferta de Kacy y lo estaba pensando. Por fin dijo:
—Chicos, esperad a que termine esta pelea y entonces podremos sentarnos a conversar. Luego Cabeza de Martillo tiene un descanso. Podremos discutir vuestra oferta.
—Gracias —dijo Kacy, todavía sonriendo.
Dante y el hombre continuaron mirándose hasta que Kacy logró llevarse a su novio de vuelta a la multitud.
Segundos más tarde, la campana dio inicio al combate. Fue una pelea corta. Dante y Kacy observaron, intimidados, cómo Cabeza de Martillo cargó a través del cuadrilátero para dar un golpe rápido antes de que la campana dejara de sonar. En dos segundos, su contrincante casi saltaba del ring. Sin embargo, Peto recuperó la compostura con sorprendente rapidez, y entonces, para sorpresa de casi todos los presentes (incluyendo a Dante y a Kacy, pero no a Sánchez), le dio a Cabeza de Martillo la peor paliza de su vida.
En primer lugar, con increíble velocidad, el tipo dirigió un golpe sólido a la garganta de Cabeza de Martillo, que lo dejó de rodillas, luchando por respirar. En una fracción de segundo le siguió una patada voladora al lado de la cara y, antes de que Cabeza de Martillo supiera qué sucedía, su tráquea estaba cerrada.
Se apagaron las luces, Cabeza de Martillo...
La pelea terminó en menos de treinta segundos. Al principio, la multitud se quedó aturdida y en silencio. Todos los hombres que habían apostado a que ganaba Cabeza de Martillo (y eran muchos) querían creer que la pelea estaba amañada. Por desgracia, esta vez no era el caso. Cabeza de Martillo nunca dejaría que lo golpeara con tanta facilidad un oponente tan pequeño y lamentable.
Cuando por fin el público comprendió lo que había sucedido, se mezclaron las burlas y los aplausos. Burlas porque casi todos habían perdido dinero, y aplausos porque era sorprendente ver que un oponente con menos posibilidades ganara de manera tan convincente a un tipo tan fornido como Cabeza de Martillo.
Confundidos por el clamor, Peto y Kyle se quedaron en el cuadrilátero mientras se llevaban a Cabeza de Martillo. Peto se había ganado la posición del luchador a vencer. Ahora todos en la carpa deseaban verlo pelear de nuevo. La pregunta era: ¿quién sería su próximo oponente?


Treinta y uno
Sánchez estaba extasiado. Había ganado mil dólares con la victoria de Peto. Tan sólo le había costado la entrada del monje y una apuesta de cincuenta dólares. Si hubiera tenido el valor de poner el dinero a que el monje ganaba en el primer asalto, hubiera recibido mucho más. No le molestaba demasiado. Pero los monjes le debían un favor. Había pagado su entrada; con suerte, podría explotar a esos desgraciados y hacer que Peto peleara de nuevo.
Kyle agradeció que Sánchez le ofreciera cincuenta dólares de sus ganancias. Los monjes habían ganado mil dólares gracias a la rápida caída de Cabeza de Martillo ante Peto, entregados a regañadientes en billetes sucios por el maestro de ceremonias. Pero Kyle había aceptado, feliz, los cincuenta adicionales de Sánchez. Era obvio que le habían pillado el gustillo al dinero, y también a las apuestas, pensó el camarero del Tapioca. Aquellos dos bichos raros podrían llegar a ser amigos suyos.
En menos de veinte minutos, Peto había despachado al nuevo contrincante, llamado Gran Neil, con que habían reemplazado a Cabeza de Martillo. Sánchez, quien ahora actuaba como mánager de los dos monjes, negoció con el maestro de ceremonias de manera que Peto pudiera pelear contra todos los participantes. Muy pronto, Sánchez, los monjes y el maestro de ceremonias escogieron el asalto en que Peto iba a ganar. Un grupo de jóvenes agresivos fueron enviados a hacer apuestas anónimas por ellos, y antes de que lo supieran, Sánchez y los dos monjes de Hubal estaban haciendo un gran negocio a espaldas de los corredores de apuestas.
Durante dos horas, Peto demostró su dominio de las artes marciales. Tras derrotar a su quinto oponente consecutivo, Sánchez ya había recaudado doce mil dólares. Kyle había empezado con apuestas más discretas, pero cuando sus ganancias se sumaron al dinero del premio que Peto estaba acumulando, habían ganado más de cuatro mil dólares. Les quedaban noventa y seis mil dólares para recuperar el dinero que les habían robado.
Ahora el problema era encontrar oponentes. El público suponía que Peto estaba decidiendo cuándo ganar sus peleas; pero al final las ganaba todas con facilidad. Durante sus cinco victorias sólo lo habían golpeado tres veces, lo cual significaba que los hombres duros no podían desperdiciar sus opciones contra un monje invencible. Pero entonces, justo cuando parecía que no se presentarían nuevos candidatos, apareció uno. Y lo hizo de la forma más dramática imaginable.
Mientras Sánchez, los monjes y el maestro de ceremonias discutían la falta de oponentes en el cuadrilátero, se oyó un estruendo de motor desde la parte trasera de la carpa. Fue lo bastante ruidoso para silenciar a la multitud, y todas las caras se volvieron para ver una enorme Harley-Davidson entrando en la carpa. La multitud se abrió como el mar Rojo había hecho para Moisés y los israelitas. Era una moto anticuada, como la que Dennis Hopper y Peter Fonda usaban en Easy Rider. Estaba muy bien cuidada. Era evidente que su dueño la adoraba. La pintura plateada brillaba y el cromo relucía, como si la máquina hubiera venido directamente de un museo. Los motores gemelos en «V» estaban afinados hasta la perfección; ronroneaban como gatos.
Sin embargo, para el público de la carpa, la Harley en sí no era la mitad de emocionante que el hombre que la montaba. Aquél no era un desconocido. El maestro de ceremonias, al reconocerlo de inmediato, subió al ring y empezó a incitar a las masas. Había mucho dinero en juego, era temprano, y el gigante que montaba la Harley ya había arrojado su sombrero al cuadrilátero. Un enorme Stetson voló sobre la multitud y aterrizó a los pies del maestro de ceremonias, quien lo recogió y se lo puso en lugar de su sombrero de copa.
—¡Damas y caballeros! —aulló en el micrófono—. Den la bienvenida al hombre que todos estábamos esperando. El mejor luchador sin guantes del mundo... ¡El singular... el único... Rodeeeeooooooo Rexxxx!
Decir que la multitud se puso frenética sería quedarse corto. Kyle y Peto no estaban seguros de entender el alboroto, pero, como todos los demás, habían quedado muy impresionados por la entrada del hombre. Su Harley avanzó hasta el cuadrilátero (con la llanta trasera escupiendo arena y tierra en un radio de cinco metros) antes de detenerse lentamente. Rodeo Rex aceleró el motor varias veces antes de apagarla y desmontar con calma, para que todos pudieran tomarle fotos.
Era el hombre más grande que Kyle o Peto habían visto. Cada centímetro de su cuerpo era músculo; una enorme estructura sin un gramo de grasa. Lucía una camiseta con motivos de Halloween tremendamente ajustada. ¡Le iba tan apretada que parecía un tatuaje! También llevaba un guante negro en la mano derecha, pero no en la izquierda. Sus pantalones de mezclilla azul estaban rotos en las rodillas y metidos dentro de unas botas negras. Al bajar de la moto y levantarse, quedó claro lo grande que era. Medía un metro ochenta y cinco y tenía el pelo castaño enmarañado a la altura del hombro, sostenido por una cinta que le cruzaba la frente. Parecía un luchador de Pressing Catch, sólo que su apariencia era demasiado aterradora incluso para ser uno de los malos. Los niños (y los adultos) tendrían pesadillas con aquel tipo.
Sólo había una razón para que Rodeo Rex estuviera en la carpa de boxeo, y fue evidente desde el principio. Saltó directamente al cuadrilátero, balanceando su gran cuerpo sobre las cuerdas, y se acercó a saltos al maestro de ceremonias, abrazándolo como a un hermano. Luego se apoderó del micrófono y saludó a su público.
—¿Habéis venido a verme? —bramó.
—¡Sí! —gritó la multitud.
—Entonces, como diría Marvin Gaye... ¡Sigamos adelante! ¡Oh, nena, sigamos adelante! —Agitó los brazos en el aire.
Los corredores de apuestas casi quedaron aplastados por la estampida. La gente se apiñó a su alrededor, gritando y tendiéndoles billetes de veinte dólares. Esta vez pocas personas apostaron a favor de Peto.
Sánchez había visto pelear a Rex antes, e intuyó que ganaría a Peto. Kyle notó la emoción de niño en su cara.
—¿Este hombre es un ídolo? —le preguntó el monje a Sánchez, quien hacía gestos como una colegiala enamorada.
—Es una leyenda. Nunca pierde un combate.
—¿Cuántas veces lo has visto pelear?
—Cientos de veces. Prepara a tu amigo para la derrota.
Peto escuchó que Sánchez hablaba con Kyle y se acercó para unirse a la conversación.
—Lo venceré fácilmente, Sánchez. ¿No me has visto pelear? Todos están borrachos o en malas condiciones físicas, y les falta fe en ellos mismos para derrotarme.
Sánchez sabía que Peto era bueno, pero no creía en sus posibilidades contra el gigantesco boxeador. Además, Rodeo Rex era su héroe. No es que Peto no le gustara, pero si el joven monje lo derrotaba, destrozaría el mito.
—No vencerás a ese tipo porque él es el mejor. Hazte un favor: prepárate para perder en el primer asalto y luego déjate caer con el primer golpe... ¿Entendido?
Peto y Kyle bajaron del cuadrilátero y se alejaron de la multitud, que anhelaba poder acercarse a Rodeo Rex. Encontraron un lugar tranquilo justo bajo la esquina del ring. Por sus miradas, Sánchez adivinó que seguían creyendo que Peto podía ganar. Para ellos, aquélla era una buena oportunidad para ganar dinero en las apuestas, y empezaban a disfrutarlo. Así que discutieron las tácticas, y luego Peto subió al cuadrilátero mientras Kyle desaparecía de la multitud buscando a un corredor de apuestas. Volvió al cabo de dos minutos.
—¿Has logrado hacer la apuesta? —preguntó el novicio.
Sánchez, preocupado, se afanó en encontrar uno de los jóvenes dispuestos a apostar por él.
—Pues claro. —Kyle guiñó un ojo.
Justo antes de que empezara la pelea, Rodeo Rex se acercó dando saltos a su esquina para hablar con su oponente, como habían hecho sus anteriores contrincantes.
—Sois monjes de Hubal, ¿no? —Les sorprendió el tono conciliador de Rex.
—Sí. ¿Cómo lo sabes? —Kyle sonó condescendiente.
¿Cómo era posible que un hombre como él, que parecía pasarse la vida bebiendo y peleando, hubiera oído hablar de los monjes de Hubal?
—He conocido a otros antes. Buenos tipos. ¡Que empiece el espectáculo!
A Peto le desconcertó la buena dicción del gigante.
—Gracias... ¿Y cuándo los conociste? —preguntó con cortesía.
Rex suspiró varias veces.
—Hace años. Supongo que estáis en la ciudad por el mismo motivo.
—¿Cuál? —preguntó Kyle, intrigado por saber hasta dónde sabía Rex.
—El Ojo de la Luna. Apuesto a que lo han robado de nuevo. ¿Es así?
—Tal vez... —dijo Kyle, buscando en Rex alguna señal de que intentaba engañarles—. ¿De qué conoces la historia? —Volvió a sonar condescendiente.
—Digamos que tenemos un interés común. —Rodeo Rex sonrió—. ¿Qué os parece si tomamos algo después de la pelea? Creo que podemos ayudarnos mutuamente.
—Por supuesto —reaccionó Peto—. Nos gustaría echar un trago. ¿Verdad, Kyle?
—Claro, señor Rex.
—Es sólo Rex. O Rodeo Rex. Nunca señor Rex.
Entonces Rex, entre grandes aplausos, volvió dando saltos a su esquina del cuadrilátero y levantó los brazos en un ritual de celebración previo a su próxima victoria.


Treinta y dos
Desde la derrota de Cabeza de Martillo, Dante y Kacy siguieron las peleas con creciente interés. A Kacy le gustaba el estilo del tipo calvo que lo había aplastado primero a él y luego a los otros cinco oponentes. Dante no estaba tan entusiasmado. Quería un guardaespaldas que asustara a la gente con su apariencia. Y aquél, desde luego, no era un buen candidato.
De hecho, le molestaban dos cosas. En primer lugar, todos en la carpa de boxeo parecían conocerse de algo, y en segundo, y mucho más importante, empezaba a entender qué le disgustaba tanto de Peto el Inocente.
—Kacy, mira al tal Peto y a su amigo. ¿Qué notas?
—Que se parecen mucho el uno al otro —dijo Kacy, burlándose de él.
—¿Y qué más? Fíjate en que los dos son pequeñitos, calvos y llevan la misma túnica naranja y los mismos pantalones negros. ¿No te dice nada ese detalle?
—¿Que son daltónicos?
—No, cariño. ¡Son monjes! Así que no nos arriesguemos. Podrían estar aquí para matarnos. La pitonisa dijo que nos liberáramos de esa piedra antes de que nos mataran. Y también lo comentó Cromwell.
Campanas de alarma sonaron en la cabeza de Kacy al comprobar que, por una vez, Dante se mostraba más precavido que ella.
—¡Dios mío! Tienes razón... —Hizo una pausa—. A menos que podamos venderles a ellos el collar...
—Imposible. El profesor pensaba que podíamos obtener varios miles de dólares por él. Ya has visto lo duros que son esos monjes. Si les decimos que tenemos la piedra, nos cortarán la cabeza y nos la quitarán. Escondámonos de momento, y mañana podremos venderla a cualquier joyero o anticuario. Luego huiremos de la ciudad.
—Pero ¿no necesitábamos un guardaespaldas?
—He cambiado de idea... Me parece demasiado arriesgado. Aquí todo el mundo se conoce. Debemos ocultarnos y no confiar en nadie.
—Bien, cariño. Haremos lo que digas.
Se fueron justo cuando empezaba la pelea entre Peto y Rodeo Rex. La paranoia empezó a surtir efecto. Dante estaba convencido de que, en la carpa de boxeo, todos les observaban. Se sentía como si todo el mundo adivinara qué tenían. Todos sabían que, debajo de la camiseta, Kacy llevaba el Ojo de la Luna.
Por fortuna, no era así. Pero les habían advertido que mucha gente estaría dispuesta a matarlos con tal de poner sus manos en la piedra. En el camino de salida de la carpa de boxeo, pasaron junto a un hombre encapuchado que, de haberlo sabido, los habría asesinado al instante.


Treinta y tres
¡La biblioteca de Santa Mondega era enorme! Miles Jensen no se explicaba por qué una ciudad tan espantosa necesitaba, o merecía, semejante dispendio. Tenía tres pisos, y cada planta parecía una pista de atletismo. Los pasillos estaban atestados de libros hasta el techo (de diez metros de alto). Cada piso tenía una agradable área de lectura, con café gratuito y el amable servicio de varias camareras.
Como amante de la palabra escrita, Jensen aprovechó para visitar la biblioteca. Le había tomado casi una hora, pero no le aburrió lo más mínimo. «Si todas las bibliotecas fueran como ésta...», se dijo a sí mismo.
Encontrar un libro sin nombre ni autor iba a ser difícil, más aún cuando no sabía si debía buscarlo en ficción o ensayo. Su única pista era que una tal Annabel de Frugyn lo había pedido prestado. Siempre podía preguntar a la bibliotecaria.
El mostrador de la recepción estaba custodiado por una veinteañera pequeña y rubia. Vestía una blusa blanca y unos anteojos pasados de moda, y llevaba el pelo recogido en un moño. Jensen pensó que era guapa, pero ganaría mucho si fuera más maquillada. Bien mirado, esa rubia tenía potencial de modelo. Quizá lo sabía e intentaba ocultarlo, con el fin de no atraer ese tipo de atención en un lugar tan augusto como una biblioteca. Tal vez la normativa le obligaba a esconder su belleza, o tal vez sólo Jensen la veía guapa. Por desgracia, la chica lo recibió con una mirada glacial. No era la mejor de las bienvenidas.
Estaba sentada en un mostrador de teca parecido a una barra, sólo que, a sus espaldas, en lugar de bebidas tenía libros y ordenadores.
—¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó con voz cansina, como si fuera la enésima vez que repetía la frase ese día.
—Estoy buscando un libro —contestó Jensen.
—¿Ha probado con el carnicero en la esquina de la calle Dunn?
«¡Uf! Maravilloso... Una payasa», pensó el agente.
—Sí, pero no tenían el libro que estoy buscando. Así que, tras preguntar en una tienda de alfombras y una de bromas, decidí intentarlo en la biblioteca.
A la chica (que, según su acreditación, se llamaba Ulrika Price) no le gustó que le devolviera el sarcasmo. Era su única defensa contra los clientes que hacían preguntas estúpidas, y le daba rabia que le contestaran.
—¿Qué título está buscando?
—Me temo que no lo sé.
—Nombre del autor, ¿por favor?
—Ése es el problema. Está clasificado como autor anónimo.
Ulrika Price levantó la ceja izquierda. Estaba claro que no le hacía ninguna gracia, y por unos segundos esperó a que Jensen se retractara. Él observó cómo su expresión pasaba del resentimiento (por una mala broma) a la verdadera frustración (al comprender que él hablaba en serio).
—¡Dios mío! —Suspiró—. ¿Ficción o no ficción?
Jensen sonrió y se encogió de hombros. La señorita Price cerró los ojos y se llevó las manos a la cabeza. Tal vez tenía un día difícil y aquello era la guinda.
—¿Puede revisar sus archivos? Creo que lo tiene una mujer llamada Annabel de Frugyn.
Ulrika Price levantó la vista y se le iluminó la cara.
—¿Así que va de gracioso? —bromeó.
—Dios me libre... —dijo Jensen, esbozando una amplia sonrisa.
Para su sorpresa, la antes agitada señorita Price le devolvió la sonrisa. Incluso sus ojos se relajaron.
«A esta nena le gusto —pensó—. Podría ayudarme.»
La bibliotecaria empezó a escribir en un teclado colocado bajo el mostrador. Tenía la mirada fija en el monitor del ordenador. Jensen no podía ver lo que sucedía en la pantalla, pero esperaba que ella le diera la vuelta y le enseñara los resultados de su búsqueda. ¡Lástima!, porque no lo hizo. Era obvio que todavía no le tenía tanto afecto.
—Tiene razón... —dijo al fin—. Annabel de Frugyn pidió prestado un libro sin título ni autor.
—Me lo imaginaba... —contestó Jensen—. ¿Podría decirme de qué libro se trata? ¿En qué sección podría encontrarlo? ¿Cree que alguien podría ayudarme?
—Yo misma. Pero sólo si es socio de esta biblioteca. He trabajado aquí durante diez años y nunca antes le había visto.
—Le aseguro que soy socio, señorita Price... Me llamo John Creasy. La semana pasada pedí prestados dos libros.
La chica dejó de sonreír. Volvió a escribir en su teclado y frunció el ceño al observar la pantalla. Jensen supuso que estaría comprobando los registros de John W. Creasy, un personaje ficticio que el propio agente había introducido, la noche interior y desde su portátil, en la base de datos de la biblioteca. Había tomado prestado el nombre del personaje que Denzel Washington interpretaba en la película Hombre en llamas. Era uno de los alias que Jensen solía emplear, y tenía toda la identificación necesaria para respaldarlo.
—¿Tiene el carnet de la biblioteca? —preguntó la chica.
—Por supuesto, señorita Price.
Jensen sacó la cartera del bolsillo interior de su chaqueta deportiva. Extrajo el carnet y el permiso de conducir y se los entregó a la bibliotecaria, quien parecía contrariada. Los estudió durante un segundo antes de tirarlos sobre el mostrador.
—Qué curioso... Aparte de ser negro, no se parece en nada a Denzel Washington.
Así que también había visto la película... ¿Por qué una simple bibliotecaria se ponía tan suspicaz cuando él le daba pruebas? Tal vez debía dejar de usar ese nombre. Le daba pena porque le gustaba, pero si una bibliotecaria descubría su identificación falsa, entonces cualquier mente criminal podría hacerlo.
—Resumiendo... ¿Qué sabe de ese libro? —insistió el agente.
—Nada —contestó ella. Ahora sonreía—. Excepto que una mujer llamada Annabel de Frugyn lo sacó prestado hace poco.
—Se supone que conoce a casi todos los socios, ¿verdad? Aparte de mí, claro...
—Sí.
—¿Y puede decirme dónde vive Annabel de Frugyn?
—Su dirección no está en la lista.
—No he preguntado si estaba en la lista. —La voz de Jensen adquirió un tono más autoritario—. Sólo si sabe dónde vive.
—Es una gitana. No vive en un lugar concreto.
—¿Y le presta libros a alguien sin dirección?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque puedo. —Sostuvo su mirada.
Jensen se inclinó hacia delante y acercó su cara a Ulrika Price. Estaba claro que quería intimidarla.
—Intente adivinar dónde puedo encontrarla —le dijo con frialdad—. Su vida está en peligro. Si no la encuentro y la asesinan, le haré a usted responsable.
—Es usted policía, ¿no?
—Sí, lo soy. Y su deber como bibliotecaria de esta mierda de ciudad es ayudarme. Dígame, ¿dónde puedo encontrar a Annabel de Frugyn?
—Vive en un remolque, pero nunca se queda en el mismo sitio dos noches seguidas. Es todo lo que sé.
—¿Es todo lo que sabe? —Jensen sonaba escéptico.
—Bueno..., no del todo. —La señorita Price suspiró—. Tal vez le interese saber algo.
—Continúe.
—Esta mañana vino otro hombre preguntando por ella y por el libro.
—¿Cómo era?
De repente, Ulrika Price se puso a temblar. Su mirada glacial y su aire de rectitud absoluta se habían evaporado.
—Era él. El hombre sin cara.
—¿Qué quiere decir? ¿Llevaba una máscara?
—Él nunca muestra su cara... —le contestó ella, con suavidad.
Se le saltaron las lágrimas. Jensen se sintió culpable por haber tratado de intimidarla y alejó su cabeza para darle más espacio.
—Era el hombre encapuchado —continuó ella—. No lo hemos visto en Santa Mondega desde justo antes del último eclipse. Ahora ha estado aquí dos veces.
—¿Qué hombre encapuchado? ¿Kid Bourbon? Supongo que ha oído hablar de él... —Su emoción era palpable.
—Como todos. Pero ya le he dicho que nunca he visto la cara de ese hombre, así que no sé si era él. Aunque no es que haya visto nunca... la cara del otro hombre.
Jensen empezó a tamborilear sus dedos sobre el mostrador. Lo hacía a menudo cuando reflexionaba; le ayudaba a agudizar su mente. Era el momento de acelerar el interrogatorio.
—Muy bien. ¿Y qué le ha dicho a ese hombre encapuchado? —preguntó con urgencia.
—Hice algo estúpido. —De nuevo un susurro.
—¿Como qué?
«A ver si avanzamos...», pensó el agente.
—Le di la dirección de Annabel de Frugyn.
—Pero acaba de decirme que no tiene dirección.
—Y no la tiene. Le di la dirección de Santino, el capo de una banda criminal.
—No lo entiendo. ¿Por qué hizo eso?
—Porque si ese encapuchado es Kid Bourbon, entonces él mató a mi marido hace cinco años. Pensé que si lo mandaba a la casa de Santino, él lo mataría. Si lo hace, habré vengado la muerte de mi esposo.
Jensen se alejó del mostrador. Esa mujer lo había pillado desprevenido. Ahora debía encontrar a Somers y hacer un plan conjunto. Pero le quedaba una pregunta.
—Me ha dicho que ese hombre encapuchado ha estado aquí dos veces, ¿correcto?
—Sí.
—¿Qué sucedió la vez anterior?
—Fue hace un par de semanas. Hizo que todos los socios se asustaran y se marcharan al instante. Se acercó a mi mostrador y me pidió que le dejara usar mi ordenador.
—Y se lo permitió... ¿verdad?
—¿Qué otra cosa podía hacer? Me quedé petrificada.
—¿Para qué lo usó?
—Fue cosa de un minuto. Escribió una lista de nombres y después se marchó.
—¿Vio la lista?
La bibliotecaria empezó a sollozar.
—No, pero después comprobé que había estado revisando los nombres de todas las personas que habían leído El libro sin nombre.
Las piezas del rompecabezas empezaban a encajar. Kid Bourbon había encontrado los nombres de las personas que habían leído el libro y las había asesinado a todas. Pero eso no explicaba las muertes de los García y de Elvis... Se le ocurrió otra pregunta.
—Señorita Price, ¿conoce a Thomas y Audrey García?
Ulrika asintió y siguió sollozando.
—Sí, Audrey venía a veces. Nunca se llevó ningún libro porque los leía aquí. Creo que hace unos meses leyó El libro sin nombre.
—Ya veo. ¿Se lo dijo al hombre encapuchado?
—No, no le dije nada.
—Muy bien. Gracias por su tiempo, señorita Price —dijo Jensen, recogiendo sus carnets como John Creasy y guardándolos en bolsillo—. ¡Ah! Mi verdadero nombre es Miles Jensen. Agente Jensen. —Le mostró su placa—. Si por alguna razón recuerda algo, por trivial que parezca, llámeme a la comisaría de Santa Mondega. Si no estoy por allí, pregunte por el agente Archibald Somers.
Ulrika Price levantó la ceja de nuevo.
—¿Archie Somers vuelve a estar en la policía?
—Más o menos. ¿Lo conoce?
—Por supuesto que sí. Ese hombre montó un lío descomunal con la investigación de los asesinatos de Kid Bourbon. Es la razón de que nunca encontraran al asesino de mi esposo.
—Yo lo encontraré, señorita Price.
Jensen salió de la biblioteca, absorto en sus pensamientos. Mientras cruzaba la puerta, Ulrika Price hacía una llamada telefónica.
—Hola.
—Soy Ulrika, de la biblioteca... Miles Jensen acaba de estar aquí... Sí, le he dicho exactamente lo que me indicaste... Sí, exactamente.


Treinta y cuatro
—¡Peto! ¡Despierta! Soy yo, Kyle. ¿Estás bien?
—¿Qué ocurre? ¡Ay! Mi cabeza...
¿Dónde diablos estaba? Lo único que veía era la cara de Kyle en medio de un cielo blanco. Se sentía como si estuviera recostado en algo pastoso. ¿Cómo había llegado allí?
—Te golpearon en el primer asalto, justo como planeamos —dijo Kyle, sonriéndole—. Pero te salió mal y no pareció real. Al menos pudiste pegarle un par de veces antes de caer.
—¿Qué?
—Vamos, Peto, no te hagas el tonto. El combate ha terminado. Ahora nadie nos está mirando.
—Kyle, ¿dónde estoy?
—Estamos fuera, con los médicos.
Peto volvió la cabeza a la izquierda. Un médico con un estetoscopio al cuello le sonreía desde la ambulancia estacionada a unos metros. Peto sentía el peso de su cuerpo y no estaba seguro de poder moverse. Podía, pero no se sentía con ánimo de moverse. Además, no recordaba cómo había llegado allí.
—¿Es ésa la carpa de boxeo? —preguntó.
—Sí. Vámonos —apremió Kyle—. Hemos quedado con Rodeo Rex para tomar algo. Es un tipo agradable.
—¿Agradable? ¡Casi me mata!
Hasta ese momento, Kyle no se había dado cuenta de que el novicio podía estar gravemente herido.
—Pero ¿no estabas perdiendo a propósito?
—¡No! ¿Te lo ha parecido? ¡El tío casi me arranca la cabeza de los hombros! —De pronto le preocupó lo siguiente—: ¿Me falta algún diente?
Kyle estaba dispuesto a pasar por alto las maldiciones mientras Peto recuperara la compostura.
—No. Al parecer, Rex suavizó el golpe para no romperte ningún diente. Un detalle de su parte, ¿no crees?
—¡Ah, bueno! Entonces págale una bebida. Joder...
Ahí terminó toda amnistía respecto a las maldiciones. Kyle había aguantado lo justo.
—Peto, ¿puedes dejar de meterte con ese hombre? Es innecesario.
—Muy bien. Deja que Rodeo Rex te golpee a ti en la cabeza. A ver cómo te sienta, inútil...
Peto se sentó y miró, desafiante, al otro monje. Pero la brusquedad del movimiento hizo que se mareara y pasó varios segundos abriendo y cerrando los ojos. Kyle, aunque comprensivo hacia la paliza que acababa de recibir Peto, no estaba impresionado por la agresividad de su amigo.
—¡Cálmate! —le ordenó.
—¿No parezco calmado?
—No.
—Supongamos que lo estoy. ¿De acuerdo?
—Está bien.
Kyle ayudó al novicio a incorporarse. Cuando la cabeza de Peto se aclaró lo suficiente, se dirigieron a una carpa grande donde servían cervezas. Se merecían un vaso de agua.


Treinta y cinco
A Rodeo Rex le encantaba el clamor de las masas. La gente lo amaba, y él a ellos. En esa ocasión, Sánchez se había convertido en su segundo, el mayor honor de su vida.
Conocía a Rex desde hacía muchos años, ya que el boxeador frecuentaba el Tapioca cada vez que visitaba la ciudad. Y siempre contaba cómo se peleaba con quien fuera, en muchos casos para ganarse el corazón de alguna chica.
Acababa de vencer a su cuarta víctima consecutiva después de Peto, y empezaba a parecer que nadie más iba a retarlo. Sánchez intentaba secar el sudor de la frente de Rex mientras esperaban al siguiente voluntario.
—¿Vienes por las peleas o estás aquí por negocios? —preguntó el camarero.
—Negocios. Esto es un calentamiento para la mierda que tengo que hacer más tarde.
—¿Como matar a alguien?
Sánchez no sabía cómo se ganaba la vida, pero suponía que matando a gente. Tal vez fuera un cazador de recompensas, aunque sus historias daban a entender que también mataba por gusto.
—Ni siquiera yo sé a quién voy a cargarme. Es muy divertido. —Hizo una pausa, luego miró al hombre y preguntó—: ¿Alguna novedad reciente en la ciudad?
Rex no mostraba señales de cansancio, a pesar de haber luchado cinco combates en menos de veinte minutos. Pero Sánchez no quería desanimarlo con las últimas noticias de Santa Mondega. Sería un duro golpe... Elvis, su amigo del alma, había muerto.
—Lo siento, Rex, pero tengo que darte malas noticias. Ayer ase
