Contenido
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Ventidós
Veintitrés
Veinticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Treinta y uno
Treinta y dos
Treinta y tres
Treinta y cuatro
Treinta y cinco
Treinta y seis
Treinta y siete
Treinta y ocho
Treinta y nueve
Cuarenta
Cuarenta y uno
Cuarenta y dos
Cuarenta y tres
Cuarenta y cuatro
Cuarenta y cinco
Cuarenta y seis
Cuarenta y siete
Cuarenta y ocho
Cuarenta y nueve
Cincuenta
Cincuenta y uno
Cincuenta y dos
Cincuenta y tres
Cincuenta y cuatro
Cincuenta y cinco
Cincuenta y seis
Cincuenta y siete
Cincuenta y ocho
Cincuenta y nueve
Sesenta
Sesenta y uno
Sesenta y dos
Sesenta y tres
Sesenta y cuatro
Sesenta y cinco

Uno
«¡Mierrr... da! Al final era verdad que no hay nada que sustituya a la cilindrada. El pedazo motor de este trasto es capaz de...»
Por fin Johnny Parks estaba haciendo realidad algo con lo que llevaba soñando toda la vida. Conducir un coche por una carretera del desierto a primera hora de la mañana, a más de ciento sesenta kilómetros por hora, resultaba muy emocionante. Y el hecho de que fuera a bordo de un coche patrulla de la policía, persiguiendo a un infame asesino en serie que huía en un Pontiac Firebird de color negro, no servía sino para que dicha sensación fuera todavía más intensa.
La radio del coche cobró vida con un fuerte crepitar y dejó oír la voz clara y fuerte del jefe, por tercera vez en los dos últimos minutos.
—Repito, a todas las unidades: den media vuelta. ¡No persigan al fugitivo hasta el Cementerio del Diablo! Confirmen... ¡es una maldita orden!
El compañero de Johnny que viajaba en el asiento del copiloto, Neil Silverman, alargó la mano y giró el mando del volumen de la radio hasta que, una por una, fueron apagándose las voces de los demás agentes que iban confirmando el mensaje recibido. Los dos policías intercambiaron una sonrisa y un gesto de asentimiento con la cabeza, al tiempo que pasaban a toda velocidad junto a un letrero gigantesco que decía lo siguiente:
bienvenido al cementerio del diablo
Johnny vio en el espejo retrovisor que los otros siete coches patrulla que llevaba en fila detrás de él se detenían, daban media vuelta y se marchaban. «Cabrones, no tenéis huevos.» Éste era su momento... bueno, el suyo y el de Neil, supuso. Normalmente, ninguno de los dos se habría visto metido en una persecución tan importante, pero es que aquella mañana habían muerto tantos agentes que terminaron llamándolos a ellos para que entraran en acción. Los dos tenían veintipocos años y se habían graduado en la academia hacía apenas seis meses. Neil había sido el mejor en las pruebas de tiro, y no había duda de que ascendería dentro del cuerpo. En cuanto a Johnny, estaba simplemente eufórico por hacer de conductor al tirador número uno de la clase. Ésta era la gran oportunidad que tenía de labrarse un nombre. Si existía alguien capaz de abatir al tipo que conducía el Firebird, era su colega Neil. Por eso estaba tan ansioso de prolongar un poco más la persecución, aunque ello supusiera desafiar la orden que había dado el jefe.
Con la vista cegada por el intenso resplandor del sol del desierto, Johnny se esforzaba por no perder el control del automóvil conforme iba acercándose poco a poco al Firebird. Navegar por aquella carretera salpicada de parches de arena y gravilla, al tiempo que intentaba interceptar a un loco que aquella mañana había sacado de la carretera por lo menos a otros tres vehículos, le exigía hacer uso de todas sus habilidades.
Si bien Neil era el mejor tirador joven del cuerpo de policía, Johnny se consideraba el que mejor conducía. De adolescente había sido un fanático de las carreras de choque, se pasaba horas entrenando en una pista de grava que había construido a tal efecto en la granja de su padre y ganó muchas de las carreras que se organizaban en la localidad. Su habilidad para conducir fue lo que le permitió conocer a su prometida, Carrie-Anne, la jefa de las animadoras de su instituto. Cualquier día de éstos iba a nacer el primer hijo de los dos. De modo que si Johnny lograba conseguir la fama y la fortuna que traería consigo el éxito de capturar a Kid Bourbon, el hijo que estaba a punto de nacer tendría un padre del que sentirse orgulloso.
—¡Acelera, Johnny! ¡Desde aquí no tengo una línea clara de disparo! —chilló Neil apuntando con el revólver por fuera de la ventanilla—. ¡Acércate más!
Johnny pisó el acelerador a fondo e intentó situar el morro del coche patrulla a la altura de la trasera del Firebird.
—¿Piensas apuntar a las ruedas? —gritó por encima del estruendo del motor y del viento que penetraba por la ventanilla abierta.
—No. Al conductor.
—¿No se supone que deberías apuntar a los neumáticos?
Neil apartó la vista del coche negro que tenía delante y miró a su compañero.
—Verás. Si le pego un tiro a ese tipo, los dos nos convertiremos en leyendas. Piénsalo. ¡Podrás contarle a tu hijo que capturaste al asesino en serie más grande de la historia!
Con un ojo puesto en la carretera, Johnny respondió a su compañero sonriendo.
—Sí. Eso sería genial.
—Ya me lo estoy imaginando. Inauguraremos supermercados, haremos anuncios de espumas de afeitar... de todo.
—No me vendría mal una espuma de afeitar nueva.
—Bueno, pues procura mantener firme el coche, porque estoy a punto de hacerlo realidad.
—Pero ¿no podrías herirlo solamente? ¿No serviría con eso? ¿Eh?
Neil negó con un gesto de impaciencia.
—¿Qué coño quieres que haga? ¿Que le arranque la nariz de un disparo? Soy bueno, pero no tanto. Nadie tiene ese nivel. —Sacó el cuerpo un poco más por la ventanilla y agregó—: No se te olvide que esta mañana ese cabrón ha matado por lo menos a diez de los nuestros. A diez tíos estupendos, que tenían familia. ¡Feliz Halloween, ha vuelto el hombre del saco!
A Johnny no se le había pasado por alto que estaban en Halloween. Los habitantes de la localidad —es decir, los pocos que había— jamás de los jamases ponían el pie en el Cementerio del Diablo, y mucho menos en Halloween. Por todos los bares y las cafeterías corría siempre el rumor de lo que sucedía allí cada 31 de octubre. Se decía que todos los años desaparecía un montón de tontos inocentes a los que ya no se volvía a ver más. La mayoría de los vecinos lo creía a pies juntillas. Constituía el oscuro secretillo de la localidad. Johnny ya había dejado atrás el cartel que indicaba que se encontraban en territorio mortal. Ya era una necedad importante estar embarcado en una persecución en coche a toda velocidad con el asesino en serie conocido como Kid Bourbon, pero que además dicha persecución estuviera teniendo lugar en el Cementerio del Diablo y en Halloween... En fin, era una temeridad casi comparable a tirarse desde un puente sin llevar atada una cuerda.
—De acuerdo, Neil. Lo pillo. Pero date prisa en disparar a ese hijo de puta, ¡porque luego nos vamos a largar de aquí cagando leches!
—Descuida, colega.
La carretera se extendía de manera interminable hacia el horizonte, resplandeciente como un espejismo en medio del calor de primeras horas de la mañana. Que ellos pudieran distinguir, no había edificios ni más coches circulando. Neil volvió a sacar el cuerpo por la ventanilla y apuntó con el arma a la luna tintada del lado del conductor del Firebird. El viento le levantaba con violencia el cabello rubio, que normalmente llevaba perfectamente peinado.
—Ven con papá, hijo de puta —susurró.
Pero un milisegundo antes de que Neil disparase, el conductor del Firebird pisó el freno y ambos coches quedaron el uno junto al otro. Neil ya había apretado el gatillo. La bala erró el objetivo y pasó volando por delante del morro del otro coche. Johnny también estaba frenando con fuerza, pero antes de que pudiera asimilar lo que estaba sucediendo, descendió el cristal de la ventanilla del conductor del Firebird y aparecieron los cañones gemelos de una escopeta recortada que les apuntaba a los dos. Johnny abrió la boca para gritarle a Neil que se agachara, pero...
¡BUM!
Ocurrió tan deprisa que Johnny apenas tuvo tiempo de parpadear, y mucho menos de pronunciar las palabras con que pretendía advertir a su compañero. La descomunal descarga de plomo casi arrancó a Neil la cabeza de cuajo y esparció los restos sobre Johnny, por todo un lado de la cara. Por la boca abierta se le metieron sangre, cabellos y fragmentos de cerebro al tiempo que dejaba escapar un graznido de desesperación:
—¡Joder!
La conmoción le hizo perder el control del coche. El Firebird dio un volantazo para arrimarse a él y lo embistió a toda velocidad con la aleta delantera. Johnny volvió a pisar los frenos, pero fue demasiado tarde, ya había perdido el control del volante, que giró desbocado en sus manos. Por el rabillo del ojo vio que el Firebird coleaba tres o cuatro veces y que el conductor intentaba impedir que derrapase, hasta que finalmente se enderezó y se perdió carretera adelante. El coche patrulla, con un chirrido de neumáticos, se salió de la carretera y comenzó a rodar por el terreno yermo del desierto, sembrado de piedras. Al chocar contra una de ellas volcó, dio una voltereta en el aire y arrojó de su asiento el cuerpo sin vida de Neil.
Johnny se encontró colgando boca abajo en el aire. De forma instintiva, se encogió hacia un lado y se agarró a la base del asiento para apretarse contra él. Era lo primero que le habían enseñado a hacer en caso de que su coche volcase durante una carrera. Si el techo del vehículo estaba a punto de aplastarse contra el suelo, él tenía que salvarse del impacto asiéndose al asiento con todas sus fuerzas. Oyó el techo arrugarse cuando se hizo pedazos contra el suelo del desierto. El borde cortante del metal le pasó a escasos centímetros de la cabeza. El coche dio otras tres vueltas de campana, y con cada una de ellas Johnny se sintió más desorientado que antes. Por fin aterrizó de costado dejando a Johnny aprisionado contra la ventanilla, contemplando la arena del suelo. Se tambaleó unas cuantas veces más y por último quedó inmóvil.
Lo que quedaba de Neil le cayó encima. El único ojo de su amigo muerto lo miró con expresión vacía, mientras su sangre le goteaba sobre la cara como si fuera hubiera comenzado a chispear. Oyó el crujido del metal al enfriarse y percibió un penetrante olor a combustible derramado.
Un segundo antes de perder el conocimiento, Johnny tomó la seria decisión de abandonar el cuerpo de policía.


Dos
En el Cementerio del Diablo, la mañana de Halloween no se parecía a ninguna otra. Joe abrió la gasolinera a las ocho en punto como siempre, pero aquel día todo lo demás resultó un poco diferente de lo habitual. Pasó al aire libre menos de diez minutos, soltando los candados de los dos surtidores y conectando la electricidad. Ni siquiera hicieron acto de presencia las lagartijas, las serpientes y la variedad de fauna que solía deslizarse o arrastrarse por aquel territorio seco y polvoriento. Si disponían de algún sitio donde hibernar durante uno o dos días, a buen seguro que era allí donde se encontraban.
El restaurante, denominado Sleepy Joe, era el único lugar donde parar en la desierta carretera que llevaba al hotel Pasadena. También hacía las veces de gasolinera, y dado que no había ninguna más en cien kilómetros a la redonda, la mayoría de la gente que circulaba por dicha ruta se detenía allí a repostar. Y en las jornadas que precedían a Halloween las ventas alcanzaban su nivel más alto.
Joe tenía tantas ganas como pánico de que llegara dicho día. Acudía toda clase de personajes extraños a llenar el depósito de gasolina y el estómago de comida. El noventa por ciento de ellos eran pirados; al otro diez por ciento se los podría describir, cortésmente, como ingenuos. Hasta el momento, durante los doce años que hacía que tenía la gasolinera y el restaurante, en Halloween llegaba exactamente el personal que él esperaba. De modo que lo más probable era que este año las cosas no fueran distintas.
Tras cerciorarse de que los surtidores estaban cebados y a punto, volvió a entrar en el refugio del restaurante. Demasiado bien sabía que la paz y la tranquilidad que se respiraban fuera no eran sino la calma que precede a la tormenta. Sabía por experiencia lo que se le venía encima, y se sentía agradecido por el hecho de que cuando, más avanzado el día, las cosas se torcieran horriblemente —cosa que sin duda sucedería—, contaba con un sótano a prueba de tornados en el que poder esconderse.
Fue a la zona de cocina situada en la trastienda del restaurante y preparó una cafetera para cuando llegara Jacko, en la visita que le hacía todos los años, y seguidamente, mientras el café se iba haciendo, se dedicó a las tareas típicas de todas las mañanas.
A eso de las ocho y media se detuvo fuera una camioneta, como todos los días, para entregar los periódicos. La mayoría de las veces Joe intercambiaba los cumplidos de rigor con Pete, el repartidor, y charlaba un poco acerca de las noticias de la localidad; sin embargo esta mañana Pete ni siquiera se apeó de la camioneta. Se limitó a bajar la ventanilla del lado del conductor y lanzó a través de ella un fajo de periódicos atados con un cordel. El paquete aterrizó en el suelo, a los pies de Joe, levantando una nubecilla de polvo y arena.
—Buenos días, Pete —dijo Joe tocándose la gorra.
—Hola, Joe. Hoy voy con retraso. Tengo que irme ya.
—¿Me dejas que te ofrezca un café? Acabo de poner la cafetera.
—No, gracias de todas formas. Hoy tengo mucho que hacer.
—Bueno, pues voy a arreglar cuentas contigo. Calculo que te debo una semana.
En el interior de la camioneta, Pete empezó a subir de nuevo el cristal de la ventanilla. No resultaba difícil deducir que no tenía intención de entretenerse.
—No importa, Joe, me fío de ti. Ya me pagarás mañana. O más adelante esta semana, no importa.
—¿Estás seguro? Puedo ir a sacar el dinero de la caja registradora. —Pero fue como si no hubiera dicho nada.
—Hasta mañana, Joe. Que tengas un buen día.
La ventanilla de la camioneta se cerró del todo y Pete arrancó de nuevo despidiéndose de Joe con un ademán rápido de la mano. Pronto se perdió de vista, en dirección al hotel Pasadena.
La mayoría de los días, la conversación que intercambiaban ambos duraba como unos cinco minutos. Por lo general Pete se mostraba muy simpático, y también agradecido por poder disfrutar de un poco de charla superficial, pero en la mañana de Halloween siempre estaba ansioso de proseguir con el reparto. En el Cementerio del Diablo había sólo dos sitios en los que detenerse a hacer una entrega: el local de Joe y el hotel Pasadena, así que éste no se ofendió por la prisa que mostró Pete por marcharse enseguida, si bien se sintió un tanto decepcionado.
Para las nueve menos cuarto ya tenía el restaurante preparado y funcionando, listo para el negocio. Relajado y dispuesto a enfrentarse a la jornada, se sirvió la primera taza de café y tomó asiento a una de las mesas redondas de madera que había en el restaurante, cada una de ellas cubierta por un mantel a cuadros blancos y rojos. A cualquier cliente nuevo que entrase en el local por primera vez no le habría parecido obvio que Joe fuera el propietario del mismo; todos los días se ponía los mismos vaqueros azules, y los lavaba sólo una vez por semana. Siempre llevaba el pelo, cada vez más escaso y más gris, oculto bajo una gorra de béisbol roja que tenía quince años, a excepción de unos cuantos mechones que se le escapaban alrededor de las orejas. Su rostro demacrado y hundido se veía salpicado de una incipiente barba de color gris plateado y transmitía la sensación de un ser desgraciado, con independencia de cuál fuera su estado de ánimo. Incluso cuando era joven la gente gastaba bromas diciendo que parecía que hubiera cambiado el viento cuando él estaba en medio de un concurso de muecas faciales.
El titular de la primera plana del primer periódico que cogió decía lo siguiente: «se busca vivo o muerto. recompensa de 100.000 dólares.» Debajo de dicho texto, escrito en negrita y con un cuerpo 72 de letra, aparecía una foto no muy nítida tomada de algún vídeo emitido por la televisión local, en la que se veía a un hombre de pelo largo y grasiento, vestido todo de negro y con unas gafas de sol oscuras. Según decía el artículo que acompañaba al titular, dicho individuo había cometido una serie de robos a mano armada en una localidad rural situada no lejos de allí. En el curso de los mismos había matado a varios agentes de la ley, así como a personas inocentes del público. El número de muertos era superior a treinta, pero la policía esperaba encontrar más cadáveres a lo largo de los próximos días. El artículo también se atrevía a sugerir que el perpetrador podía ser la leyenda urbana conocida como Kid Bourbon. Todo el mundo conocía a Kid Bourbon, pero también se tendía a meterlo en el mismo saco que al Abominable Hombre de las Nieves y al Monstruo del Lago Ness.
Joe, mientras leía el periódico con satisfacción, estudiaba las posibilidades de cobrar la recompensa por la captura de Kid Bourbon. ¿Emplearía el dinero para comprarse un coche nuevo? ¿O tal vez para irse de vacaciones? ¿Para mudarse a una ciudad mejor, incluso? Claro que, ¿tendría siquiera los huevos necesarios para capturar a Kid? La respuesta fue un enfático «no». Pero ¿qué tal dispararle por la espalda cuando se presentase la oportunidad? Sí, aquella opción tenía potencial. Era una cobardía, desde luego, pero servía al interés del público. Y el público estaría eternamente agradecido por ello. Sólo por aquella razón, decidió que si cobraba la recompensa no se trasladaría a ninguna otra parte. No tenía sentido ser una leyenda local si uno no estaba presente para oír los aplausos.
Estaba bebiendo un sorbo de café solo de su taza favorita, una mellada y de color blanco, cuando, en el momento justo, llegó Jacko, su visita de todos los años. Joe dejó a un lado sus sueños de convertirse en un héroe y se recordó a sí mismo que la aparición de Jacko era casi lo más emocionante que iba a vivir en toda su vida.
Cuando el visitante entró en el local empujando la puerta, la campanilla que pendía sobre ésta tintineó suavemente para anunciar su llegada. Era un individuo de raza negra y edad comprendida entre los veinticinco y los treinta. Y todos los años acudía al restaurante disfrazado de Michael Jackson en la época del vídeo Thriller. Vestía una cazadora de cuero rojo, un pantalón a juego y una camiseta negra. Llevaba el cabello corto y rizado en una apretada permanente.
Todos los años Jacko pasaba el día entero en el restaurante charlando con Joe, bebiendo copiosas cantidades de café y abrigando la esperanza de que alguien lo llevara en coche al concurso de cantantes titulado «Regreso de entre los muertos» que se celebraba en el hotel Pasadena. Todos los años fracasaba tristemente en su empeño. Sin embargo, dicho fracaso no parecía disuadirlo, porque, tan seguro como que dos y dos son cuatro, cada Halloween volvía a probar suerte de nuevo.
Joe observó cómo entraba y echaba una ojeada al local. Enseguida cruzaron una mirada y se sonrieron el uno al otro. Jacko fue el primero en hablar.
—¿De modo que seguimos aquí, Joe?
—Aquí seguimos. ¿Quieres lo de siempre?
—Sí, señor. —Jacko calló unos instantes y cambió el peso de un pie al otro con un gesto de incomodidad antes de añadir—: Pero sabes que no tengo dinero, ¿verdad?
—Lo sé.
La desvencijada silla de madera de Joe crujió sonoramente cuando éste se levantó para encaminarse hacia el mostrador que había al fondo del restaurante. Detrás del mostrador, en la pared, había un estante de madera, justo por debajo de la altura de los ojos, y sobre el mismo, una hilera de tazas blancas idénticas a la que había estado usando él. Tomó una de las del centro y la puso encima del mostrador. A continuación cogió la jarra de la cafetera de una encimera situada junto a la puerta de la cocina y comenzó a llenar la taza. Para cuando terminó de servir el café, Jacko ya se había sentado en la silla que había ocupado él. Y además estaba leyendo su periódico. Joe se permitió una sonrisa triste. «Lo mismo de todos los años.»
—¿Qué tal va el negocio? —voceó Jacko sin levantar la vista del periódico.
—Igual que siempre.
—Me alegro.
Joe fue hasta la mesa y depositó la taza de café delante de Jacko, justo a un lado del periódico. Se quedó de pie junto a él observando cómo leía la primera página.
—¿Qué posibilidades calculas que tienes este año? —preguntó.
—Este año sí que tengo un buen pálpito.
—No me digas. Pues te apuesto cinco pavos a que tampoco encuentras a nadie que quiera llevarte.
Al fin Jacko levantó la vista y dejó ver una sonrisa perfecta, una sonrisa rebosante de optimismo y de dientes de un blanco deslumbrante, una sonrisa de la que se habría sentido justamente orgulloso un joven Michael Jackson.
—Qué poca fe tienes, Joe. Este año, Dios va a enviarme a alguien. Lo presiento.
Joe movió la cabeza en un gesto negativo.
—Si a Dios le da por enviar algo aquí, serán problemas, amigo mío. En esta parte del mundo, como te subas con alguien a un coche, seguro que ya no vuelvo a verte el año que viene.
Jacko rio.
—Anoche lo soñé. Tuve la premonición de que Dios va a enviarme a un hombre que me conducirá por esta parte del mundo sin que me ocurra nada malo. Hoy se va a cumplir mi destino.
Joe lanzó un suspiro. Jacko no sabía lo que decía. Y hablaba con un lenguaje que no se parecía en nada al que empleaba la gente por allí. Y sin embargo, precisamente por ello inspiraba una cierta ternura.
—¿Tienes idea de quién va a ser ese tipo que te va a enviar Dios?
—Todavía no.
—¿Tienes alguna pista de cómo es físicamente?
—Ninguna en absoluto.
Joe extendió la mano y revolvió el cabello permanentado de Jacko. Después sonrió.
—Muy bien. El desayuno estará listo dentro de unos cinco minutos.
—Gracias, señor —respondió Jack con una cortesía excesiva para malgastarla en un local como el Sleepy Joe, digno de que se hubiera acuñado en él el término «cutre».
El propietario se metió en la cocina y se puso a preparar el desayuno de Jacko. Se lo sabía de memoria: dos lonchas de tocino, dos salchichas, dos patatas y un huevo con la yema boca arriba. Ya tenía cuatro rebanadas de pan blanco tostado untadas de mantequilla y listas para salir.
Sacó los ingredientes de una nevera vieja y magullada, puso una sartén al fuego y echó encima un buen pedazo de grasa, y seguidamente el tocino y las salchichas. Unos instantes después extrajo una oxidada espátula metálica de un cajón situado debajo del fregadero de enfrente y empezó a dar vueltas a las salchichas. La carne fría crepitaba al contacto con la grasa caliente y desprendía un aroma a comida que fue ascendiendo hasta las fosas nasales de Joe. Al aspirar aquel olor, supo que ya estaba plenamente iniciada la jornada. Experimentando una sensación de emoción por todo lo que seguiría después, dijo en dirección al comedor del local:
—Sabes, por aquí vienen muchos desconocidos. Y según el periódico, uno de ellos podría ser un asesino en serie. ¿Te suena de algo ese tal Kid Bourbon? Si se deja caer por aquí, te recomiendo que no te subas al coche con él.
Jacko le contestó desde la mesa:
—Me subiré al coche de quien sea. No soy quisquilloso.
—Ese tipo es un asesino, Jacko. Dudo mucho que sea un hombre de Dios.
—Los hombres de Dios visten disfraces muy diversos.
—¿Y llevan munición suficiente como para conquistar México?
—Puede ser.
—Ah, pues entonces es posible que sea tu hombre.
Hubo una pausa, tras la cual Jacko volvió a hablar:
—El café está estupendo, Joe.
—Sí, ya lo sé.
Ambos continuaron con aquella charla ociosa durante una hora más o menos, mientras Jacko desayunaba gratis y después se quedaba un rato más para leer los periódicos y Joe lo contemplaba desde una banqueta detrás de la barra. Iba ya por la tercera taza de café quemado cuando por fin apareció un coche fuera. Joe lo había visto pasar un poco antes, a toda velocidad. En el cruce que había casi a un kilómetro había un cartel que indicaba cómo llegar al hotel Pasadena, pero todos los años por Halloween dicho cartel desaparecía, y todos los conductores que pasaban junto al restaurante regresaban invariablemente al cabo de unos minutos para preguntar por dónde se iba.
Joe ya se sabía de memoria lo que tenía que hacer. Tenía que fingir confusión si venía alguien preguntando dónde estaba el hotel Pasadena. De esa forma, Jacko podría ofrecerse como guía a cambio de que lo llevasen, aquello que deseaba con tanta desesperación.
El coche en cuestión era un elegante modelo de color negro, largo de capó. A juzgar por el tamaño del mismo, era fácil deducir que albergaba un motor sumamente grande y potente. Además, aun funcionando al ralentí emitía un ronroneo bastante sonoro. De hecho, rugía de un modo que sugería que el conductor deseaba mantener las revoluciones deliberadamente altas incluso estando en reposo, antes que sugerir que necesitaba una revisión. Se trataba de un coche poderoso, y no cabía duda de que el conductor quería que se supiera. Venía cubierto de arena y polvo y casi con toda seguridad había hecho un largo trayecto por el desierto. Joe, que era un cabrón viejo y de lo más resabiado, no era de los que dejan ver que los ha impresionado tal o cual coche. Él poseía una camioneta antigua y cutre y le entraba envidia de todo el que tuviera cualquier vehículo mejor. Lo cierto era que, si hubiera podido, no se habría fijado en absoluto en aquel coche negro, pero por desgracia para él Jacko quiso saber algunas cosas.
—¿Qué clase de coche es? —le preguntó el joven.
Joe, fingiendo que no se había fijado, dirigió una mirada exagerada por el ventanal cubierto de suciedad. Reconoció el modelo de inmediato.
—Un Pontiac Firebird —gruñó.
—¿Un qué?
—Un Pontiac Firebird. —Esta vez recalcó despacio cada una de las sílabas.
—¿Y qué es un Pontiac Firebird? No me suena de nada.
—Un coche que usan los malos.
—¿Qué quieres...? —Jacko dejó la frase sin terminar al oír el tintineo de la campanilla, que anunciaba que el conductor del coche había entrado en el restaurante.
Joe supo al instante que había acertado en su predicción. Aquél era, en efecto, un tipo de los malos. Resultaba evidente a causa del aura que lo envolvía y de la poderosa presencia que irradiaba. Todo el que se encontrase a la distancia de un grito se habría percatado de ello. Excepto quizá Jacko.
El desconocido vestía un pantalón negro de combate que colgaba por encima de un par de botas muy gastadas, también negras, que le llegaban a la altura del tobillo; y una gruesa cazadora de cuero negro que, como detalle incongruente, tenía una capucha por detrás. Debajo de la cazadora llevaba una camiseta negra y ajustada. Sus ojos quedaban ocultos por unas gafas de sol de cristales oscuros y polarizados y montura metálica, y lucía una cabellera tupida, oscura y lacia... incluso grasienta, que le llegaba casi hasta los hombros, pero sin arreglo ninguno. Daba la impresión de moverse con una actitud de lo más tranquila e indiferente, como si hubiera dormido con la ropa puesta y le importara una mierda.
Cuando se dirigió hacia el mostrador, seguramente con la intención de preguntarle a Joe cómo se iba al hotel, lanzó una mirada a Jacko y lo saludó con un gesto de cabeza. No cabía la menor duda: era el tipo de la foto que aparecía en la primera plana del periódico. Joe sintió que le sudaban las manos. ¿Sería una señal? Muy poco antes había estado reflexionando sobre lo que iba a hacer si alguna vez se tropezaba con el asesino en serie que mencionaba el artículo. Y ahora, como si Dios pretendiera ponerlo a prueba, le había plantado a aquel tipo delante. Pensó en la recompensa de cien mil dólares. ¿Tendría valor suficiente para llevar su plan a la práctica y pegarle un tiro a aquel asesino reclamado por la justicia si se le presentara la ocasión? Sin duda, aquélla era la oportunidad de su vida para ganar dinero de verdad. Mientras estaba en trance, sopesando los riesgos que entrañaba hacer lo que fuera para cobrar aquel dinero, el desconocido habló. Tenía una voz de tono áspero, incluso con un toque desagradable y siniestro.
—¿Es que ustedes, los que viven por aquí, no saben lo que son los letreros de la carretera? —preguntó.
Joe se encogió de hombros como para disculparse.
—Normalmente estamos sólo los de por aquí, señor. No necesitamos letreros.
—¿Y yo le parezco de por aquí?
—No, señor.
Justo en aquel preciso momento, Jacko, que estaba sentado a su mesa, a la izquierda del recién llegado, aprovechó la oportunidad para intervenir:
—Yo puedo indicarle por dónde se va, señor.
El hombre se giró, levantó un dedo para bajarse un poco las gafas de sol y observó a Jacko recorriéndolo de arriba abajo con la mirada.
—Tú no pareces ser de por aquí.
—Así es. Pero no es la primera vez que vengo.
—Y así y todo, ¿sabes adónde me dirijo? —La voz raspó igual que un montón de piedrecillas rodando sobre el lecho de un río seco.
Jacko sonrió de oreja a oreja.
—Imagino que al hotel Pasadena. Si usted quisiera llevarme, podría indicarle la dirección correcta.
—¿Y por qué no me la indicas sin más?
Joe se sintió nervioso por Jacko. ¿Es que no se había dado cuenta de que aquel tipo era un asesino en serie, y por lo tanto no era la persona adecuada para subirse con ella a un coche?
—Porque yo también voy al hotel Pasadena —respondió Jacko en tono jovial—. Así que, a cambio de indicarle por dónde se va, la verdad es que no me vendría mal que me llevase.
—Tú indícame por dónde es.
—Bueno, verá, es que nunca lo sé con seguridad hasta que veo las carreteras. No quisiera equivocarme y mandarle por donde no es, ¿sabe?
—No. Efectivamente, no te conviene hacer tal cosa.
—Entonces, ¿accede a llevarme?
El recién llegado volvió a subirse las gafas de sol un centímetro, y sus ojos quedaron ocultos de nuevo. Dio la impresión de estar estudiando largamente a Jacko con la mirada. En eso, Joe tomó una decisión.
Una recompensa de cien de los grandes era algo demasiado bueno para rechazarlo.
Muy despacio, sin hacer ningún movimiento obvio, alargó la mano en dirección a un pequeño cajón de madera que había bajo el mostrador, a la altura de la cintura. Allí guardaba un revólver niquelado de pequeño tamaño, por si acaso surgía algún problema. Lo único que tenía que hacer era sacarlo y disparar a aquel cliente por la espalda mientras Jacko lo tenía distraído. «Y cien de los grandes en el banco.» Bien hecho, muchas gracias. Con un pulso firme que desmentía la edad que tenía, abrió apenas el cajón e introdujo la mano dentro. Los dedos tocaron el metal frío del revólver. El corazón le retumbaba en el pecho, pero tenía tiempo. El otro aún estaba girado hacia el otro lado, por lo visto estudiando la solicitud de Jacko de que lo llevara hasta el hotel.
Por fin, justo en el momento en que Joe agarraba del todo la culata de la pistola, el desconocido reaccionó a la sugerencia de Jacko.
—De acuerdo, te llevaré. Pero dame dos botellas de bourbon de detrás del mostrador.
Joe observó la mueca que hizo Jacko al tiempo que se levantaba de la silla.
—Esto... es que... En fin, que no tengo dinero.
El otro suspiró, y seguidamente metió la mano en el bolsillo izquierdo de la cazadora de cuero negro, del cual extrajo una pesada pistola de color gris. Se volvió hacia el mostrador, extendió el brazo y apuntó a la garganta de Joe. A éste se le salieron los ojos de las órbitas, pero sacó su propia arma del cajón lo más rápido que pudo y apuntó con ella al tipo de negro.
Lo que tuvo lugar a continuación fue un fuerte estampido que seguramente se oyó varios kilómetros a la redonda. Las tazas blancas que descansaban sobre el estante de la pared, detrás de la cabeza de Joe, de pronto quedaron todas salpicadas del rojo de la sangre que brotó del tremendo agujero que le había aparecido en la nuca.
Ya había una buena ración de asesinatos este día.


Tres
Sánchez odiaba viajar en autobús. A decir verdad, no era muy aficionado a viajar de ninguna manera, pero un trayecto en autobús de los que parecen no acabar nunca ni tener un destino concreto era una de las primeras cosas que no desearía hacer jamás. Lo único que la superaba era beberse su propia orina. En particular, aquel trayecto en autobús había venido después de un vuelo de tres horas. Tampoco era muy aficionado al avión. El hecho era que ni siquiera se encontraría ahora donde se encontraba si no hubiera ganado dos semanas de vacaciones con todos los gastos pagados.
En la ciudad donde vivía, Santa Mondega, todo el mundo sabía que era más tacaño que una rata, así que nadie se sorprendió de que aprovechara el vuelo en primera clase y el alojamiento en un hotel sorpresa de cinco estrellas que lo esperaba en algún punto de Norteamérica. Que él supiera, era posible que su destino fuera Detroit (o algún otro sitio igual de terrorífico), pero le daba igual; ya suponía un alivio que aquel viaje lo sacara de Santa Mondega en Halloween, una noche en la que dicha localidad tendía a volverse más malvada que de costumbre. Lo cual no era decir poco.
Todo aquello se debía a que tiempo atrás había participado en una encuesta de una agencia de contactos por internet, la cual ofrecía aquellas vacaciones como premio al soltero más cotizado de cada ciudad de su región. Sin embargo, para consternación de Sánchez, a la hora de elegir al soltero más deseado de Santa Mondega se produjo un empate. Fue un fastidio tener al otro ganador sentado a su lado en el avión, y tenerlo ahora también en el autobús. Y por si fuera poco, además era una persona que lo sacaba de sus casillas.
Annabel de Frugyn, o la Dama Mística, como ella prefería que la llamasen, era la chiflada del pueblo. Era pitonisa de oficio, y además malísima, por lo menos en opinión de Sánchez. Un minuto después de despegar predijo que se estrellarían contra una montaña. Luego señaló a un par de potenciales terroristas que iban sentados varias filas más adelante. Ambos la oyeron, y a partir de entonces Sánchez tuvo el convencimiento de que la tomaron con él sólo porque iba sentado al lado de la vidente. Lo único que predijo correctamente fue que iban a estar sentados juntos tanto en el avión como en el autobús. Y ahora estaba profetizando un suceso que a Sánchez le resultó más aterrador todavía.
—Los espíritus me están diciendo que tú y yo vamos a terminar pasando mucho tiempo juntos a lo largo de los próximos días —anunció en tono jovial. Sonreía con aquella horrible boca desdentada que tenía y con un guiño en el ojo que lo ponía a uno de los nervios.
«Joder —pensó Sánchez—, debe de tener por lo menos sesenta años. Y es un auténtico cardo.» En efecto, Annabel tenía sesenta años, exactamente el doble que él. No era precisamente la compañía femenina que esperaba tener durante aquellas vacaciones pagadas.
En el autobús no había ni un solo asiento vacío, y un detalle notable era que no había parejas. Por lo visto, todos los que iban a bordo habían ganado aquel viaje participando en la misma encuesta que Sánchez, así que el número de solteros apretados como sardinas en lata era de cincuenta y cinco, y ninguno parecía tener menos de veinticinco años. Pero, sin duda alguna, el más viejo y más feo de todos era la Dama Mística, que iba sentada al lado de Sánchez.
«Tengo que deshacerme de ella lo antes posible», pensó. Si no tenía cuidado, la gente tal vez empezase a creer que su compañera le gustaba, y aquello podía echar a perder cualquier posibilidad que tuviera con las otras mujeres que viajaban en el autobús, a todas la cuales consideraba candidatas a caer rendidas ante sus irresistibles encantos. En particular, en el otro costado del autobús, dos asientos por delante, había una portuguesa muy atractiva. O bien llevaba casi todo el trayecto observándolo fijamente, o bien sufría de estrabismo. Fuera lo que fuese, no se molestó; no cabía duda de que la portuguesa era una opción mejor que la vieja bruja que tenía al lado.
Calculó que había llegado el momento de eliminar posibles malentendidos cuanto antes, y con dicha idea en mente se volvió hacia su compañera.
—Supongo que ya sabes lo que son estos viajes sorpresa, Annabel —dijo con un tono de voz que destilaba falta de sinceridad—. Lo más probable es que nos separen desde el principio y que no volvamos a coincidir hasta el viaje de vuelta. Si acaso.
—Tonterías —rio Annabel dándole una palmadita en el muslo—. Ya que no conocemos a nadie más, debemos permanecer juntos. Cuando se está en un lugar desconocido resulta mucho más agradable estar con una persona a la que se conoce, ¿no? —No retiró la mano del muslo. Sánchez llevaba un pantalón corto de color marrón que le llegaba hasta la rodilla. Era de una fibra sintética barata y llevaba todo el viaje subiéndosele hacia el trasero, de modo que la mano de Annabel estaba peligrosamente cerca de tocar la carne.
En la carta que acompañaba al premio se sugería al ganador que eligiera un vestuario adecuado para clima cálido, así que Sánchez, además del pantalón corto, se había puesto una camisa hawaiana roja y de manga corta. Por si acaso, se había echado encima una cazadora de ante marrón, pero teniendo en cuenta el tiempo que les había hecho hasta el momento seguramente no iba a necesitarla. Aunque lo primero de lo que iba a deshacerse era de Annabel. Obligándose a esbozar una sonrisa educada, respondió al entusiasmo de ella apretando los dientes.
—Oh, sí, claro. Por supuesto. El problema es que yo, cuando estoy fuera de casa, me pierdo muy fácilmente. Lo digo en serio. Estoy en un sitio, y al minuto siguiente te das la vuelta un momento y ya me has perdido de vista.
—Bueno, pues entonces tendré que procurar no perderte de vista, ¿no? No te preocupes, cielo, ya me cuidaré yo de que no te pierdas.
Una vez más, Sánchez notó que ella le apretaba el muslo con la mano, y se estremeció para sus adentros. Annabel, a diferencia de él, no había hecho caso del consejo acerca del vestuario, y se había envuelto en un vestido largo y negro y dos chaquetas de punto. Una de ellas, la de debajo, era de color azul oscuro, y la de encima era verde, horrorosa e infestada de pulgas. Sobre la pechera de estas atractivas prendas colgaba una buena parte de su cabellera larga y gris, la cual sin duda servía de escalera para que las pulgas subieran y bajaran de la cabeza a la ropa. Sánchez hubiera querido apartarle la mano de su pierna, pero sintió repulsión al ver aquellas uñas amarillentas y aquella piel surcada de arrugas; en su opinión, habrían dejado a un leproso a la altura del betún. Por suerte, al cabo de un rato impropiamente prolongado, Annabel misma retiró la mano para señalar algo que había allá delante, junto al borde de la carretera.
—Ah, mira —dijo emocionada—. Hay un cartel. Vamos a ver qué dice.
Llevaban dos horas dentro del autobús. Cuando llegaron a un aeropuerto que se llamaba Goodman’s Field, a Sánchez lo sorprendió descubrir que no había guías turísticas; de hecho, ninguno de los pasajeros sabía adónde se dirigían. Estuvo preguntando por ahí, pero nadie supo decirle nada. Ni siquiera la Dama Mística, con su dudoso talento para predecir el futuro. Y todo el mundo se quejaba de falta de cobertura para los teléfonos móviles. De modo que aquel cartel bien merecía una ojeada.
Desde que salieron del aeropuerto los habían llevado por una carretera solitaria que atravesaba un desierto árido y casi totalmente monótono. El conductor no habló con nadie y se negó a acusar recibo, y menos todavía a dar alguna respuesta, a las preguntas que le formularon en relación con el destino del viaje. Era un tipo ciertamente maleducado, pero tan corpulento que nadie se atrevió a discutirle nada. Y hasta aquel momento del recorrido no se había visto ni un solo letrero que les dijera dónde cojones estaban.
A medida que el cartel fue acercándose, Sánchez miró por la ventanilla para ver qué decía. Sobresalía en medio de kilómetros de territorio desértico, enmarcado por un distante paisaje de cerros y mesetas de color anaranjado. Conforme se aproximaban, se fueron haciendo visibles cinco palabras pintadas de rojo oscuro: bienvenido al cementerio del diablo.
