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I
Uno
Como todos los veranos, el parque se convierte en solárium. Llegan los vecinos con sus bártulos y a falta de mar, lago o charco, suelen rociarse con agua mineral. Reina un silencio salpicado por chillidos de horneros y benteveos, y el rumor del tráfico parece asordinarse, chocando contra los viejos troncos.
Los asoleados no se hablan, yacen como lagartos, muchos de ellos prisioneros de sus auriculares. Abundante gafa oscura, alguna revista, algún diario, quizás un libro. Y el ritual de untarse de bronceador, como si estuvieran en la playa.
Una bañista se incorpora, se alza los anteojos sobre la frente, otea el cielo con ansiedad porque avanza una nube, se despereza y en un rapto de percepción de la realidad, divisa a los intrusos y estira una mano lánguida hacia su vecina.
La invasión era discreta y solemne, pero fue ganando la curiosidad de la multitud aletargada, como ese temblor contagioso que anuncia un sismo o el paso de un prójimo célebre.
Entraba una comitiva de gente mayor, que en esa candente mañana parecían llegados del invierno. Como extranjeros, como aparecidos. Traje oscuro los hombres, discretos vestidos las mujeres. A la cabeza del cortejo iba una señora con guantes calados, portadora de un objeto venerable: una caja de bordes dorados sostenida con mucho miramiento.
La dama también llevaba anteojos negros, pero antiguos, a los que se apela no para tomar sol sino para ocultar lágrimas. Andaba indecisa, sus compañeros la sostenían con delicadeza, y todos murmuraban y señalaban puntos del suelo, rastros en el pasto ralo, reseco y profanado por los perros.
Cerca de la esquina de Coronel Díaz, junto a una placa plantada en tierra (Aquí se fusiló a la Patria) y rodeada por un cerco de hierros, la que llamaremos Viuda se detuvo a la sombra de un ciprés.
Acarició la urna, se secó una lágrima, el cortejo se apretujó junto a ella y al rato fue rodeado por algunos curiosos: una chica se levantó desganada de su reposera, con una toalla a la cintura, un lector abandonó su banco a la sombra, cambió de anteojos y se cubrió la calva con el diario. Dos chicos se apearon de sus bicicletas, un mendigo interrumpió su búsqueda de supuestos tesoros olvidados en el yuyal.
Y la Negra, como siempre, curioseando los movimientos del barrio.
Hubo secreteos y gestos contradictorios en el séquito. Por un lado se sentían víctimas de una curiosidad irrespetuosa, pero por otro, los desconocidos aliviaban su soledad de grupo.
Un anciano corpulento, de traje negro y camisa blanca abierta sobre las solapas, acomodó sus mocasines también blancos sobre un exiguo montículo, extrajo papeles del bolsillo e iba a leerlos, cuando la Viuda se lo impidió con un gesto que tenía algo de sublime.
Algunos curiosos se apartaron y a otros los petrificó la curiosidad, porque la escena tenía mucho de rito teatral, y eso es irresistible, sobre todo para los ociosos.
Se hizo un silencio incómodo que los asoleantes aprovecharon para inventariar el peinado antiguo, el vestido de gasa y las modestas pero abundantes joyas de la Viuda, que parecía maquillada para una función nocturna. Y entonces se dirigió a amigos y curiosos, con voz temblorosa pero acostumbrada a imponer.
—Los invito a acompañarnos. Mi finado esposo quiso que esparciéramos sus cenizas en este parque y cumplimos su voluntad. Espero que no se molesten por esto.
Los curiosos negaron con la cabeza, pero estaban indignados y fácilmente podía leerse en sus expresiones: esto no es un cementerio, señora, es un lugar para nuestro exclusivo esparcimiento, estas cosas traen mala suerte. Para esto, hubieran venido de noche ¿no hay policía aquí?
La Viuda y otros deudos peregrinaron de árbol en árbol, hasta que ella se detuvo al pie de una palmera y buscando asentimiento, abrió la tapa y esparció las cenizas en un charco, para que no se volaran.
Se persignó y los demás la imitaron, murmurando una oración, mientras los curiosos vacilaban, menos el vagabundo, que se santiguó generosamente.
Emprendieron la retirada hacia Coronel Díaz, dubitativos entre saludar con un gesto a los vecinos o salir dignamente sin mirar a nadie. El señor del diario sobre la cabeza se acercó y le dio la mano a la Viuda y después se arrepintió pensando que no había necesidad.
La multitud retomó aliviada su imperio sobre el parque, pero se había nublado, los pájaros callaban y sobrevino un clima de rareza, ese rastro que dejan los aguafiestas.
La Negra se apartó sin decir palabra pero con los ojos húmedos, meneando la cabeza.
*
Uno hace lo que puede con sus muertos, pero siempre pesa cargar con fantasmas, nos pasamos la vida buscando dónde ponerlos. La ilusión de que están en el cementerio y nos escuchan. Sus visitas a los sueños, de donde siempre tienen que regresar a alguna casa apenas reconocible.
Dos
El parque Las Heras, solárium poco festivo, ocupado por una muchedumbre que se borró el pasado y no percibe los fantasmas. Toman sol con una seriedad burocrática, quieren tomárselo todo y que el bronceado no se les borre, como los abundantes tatuajes de moda.
No entender, una de las desgracias de la vejez, y algo de lo que se quejaron los viejos de todos los tiempos. Una de las tantas pruebas a las que los humanos somos sometidos.
El hombre del diario en la cabeza se descubre, lo guarda bajo el brazo y se presenta Mario de Elisalde pero con ese y dice que ahora hay que tener en cuenta que la Edad Media vuelve con todas sus plagas y ninguna de sus catedrales.
Este parque, mejor dicho plaza, un terraplén elevado con pocos, viejos y bellos árboles empeñados en sobrevivir, construcciones a la bartola, escuela, iglesia, etc., fue la Penitenciaría, enorme edificio ocre, sólido, destruido en una noche como por un sismo, caído en ruinas para borrar algunos oprobios y congojas, sin salvar un solo cascote como recuerdo. Y ya nadie sabe lo que fue, ni para qué, ni por qué lo arrasaron.
Pudo haber sido conservado y transformado, como se hace con los edificios europeos que admiramos tanto. Pero no, esta pasión por la destrucción es gemela de la pasión por el crimen, que no ceja y en definitiva detesta el futuro y a las gentes que lo vivirán.
Escenografía pública de ayeres: durante diez años, en todas las paredes de la ciudad, estampas siempre repetidas, decorado cansador, irritante: Perón y Evita, los brazos alzados al cielo, de donde hacían llover pan. Evita y Perón, sonrisas congeladas, tecnicolor de los barrios grises.
Las tipas y el refugio central del bulevar, igual que la Penitenciaría, fueron arrasados en menos que canta un gallo, según la estúpida celeridad de los gobiernos municipales.
Este barrio de Palermo fue muy mentado por Borges y Bioy Casares, por aquí sucedió la Guerra del Cerdo; cuando el binomio se escudó en el seudónimo de H. Bustos Domecq, inventaron a don Isidro Parodi, un astuto detective sedentario, alojado en la celda 273, donde escuchaba los casos y los resolvía, cebando eternamente en un jarrito celeste.
—Borges a esta avenida la llamaba Coronel, a secas.
—Es que así figura en muchos documentos —me informa Elisalde, el hombre del diario en la cabeza, que está a punto de darme una morosa clase de historia, cuando lo interrumpen una frenada, bocinazos e insultos.
Sucede que está cruzando en diagonal un flaco absorto, que mira al suelo como midiéndolo con sus pasos. Esquiva el choque y recala en esta esquina del parque y parece solo en el mundo, al menos no mira a nadie. Juraría que es Eduardo Mignona, un artista del barrio, pero no quiero distraerlo con un saludo.
Elisalde sigue contándome de una famosa fuga de presos allá por 1923, imagínese que construyeron un túnel de 24 metros, que atravesaba la calle Juncal y salía a una carbonería. Imagínese a los pobres tipos de la carbonería cuando de pronto se les abrió el piso y apareció el primer forajido. El túnel era muy angosto, se daban aire con un aparato fumigador, y como en el Martín Pescador, pasaron todos pero el último se quedó, era gordo y salió con las patas para adelante, se atascó. Sí, vi la película de Eduardo Mignona, filmada allá en Ushuaia.
Con un minuto de silencio homenajeamos al pobre tipo que no pudo salir y murió asfixiado. En esta vida uno tiende a respetar todos los intentos de fuga.
*
En Babilonia sacan los enfermos a la plaza, pues no tienen médicos. Se acercan los transeúntes al enfermo y lo aconsejan sobre su enfermedad, si alguno ha sufrido un mal como el que tiene el enfermo o ha visto a alguien que lo sufriese; se acercan y le aconsejan todo cuanto hizo él mismo para escapar de semejante enfermedad, o cuanto vio hacer a otro que escapó de ella. No les está permitido pasar de largo sin preguntar al enfermo qué mal tiene. (Heródoto)
*
A Borges le fascinaba que al barrio de Palermo donde se levantó la Penitenciaría, le dijeran la Tierra del Fuego.
Y allá en la real Tierra del Fuego, vi el Penal de Ushuaia, miniatura ocre del porteño, pero que milagrosamente sigue en pie. Oculta leyendas y vergüenzas, como el famoso Petiso Orejudo, asesino de menores, linchado por sus compañeros por matarles el gato.
En la ciudad del Fin del Mundo, fue construido, como todo en ese tan tenebroso como bello páramo original, por los mismos presos, engrillados y cubiertos con un pobre capote de fajina en medio de las nieves.
Intentaron destruir esta cárcel, claro está, pero al parecer no pudieron con la solidez de la piedra granítica de la zona. Hoy está reconstruido por dentro, y habitado por muñecos que representan a algunos célebres moradores y también a los guardias.
Corre cercano un río que según la leyenda lleva el nombre de un penado que escapó y se ahogó en sus aguas: el río Pipo.
Ahora el Penal es lugar de peregrinación turística, un pequeño museo naval, una biblioteca, en lo que fue refectorio o pulpería, una tarima donde se representan escenas de la vida carcelaria. Las celdas eran diminutas, con un catre infantil, ahora en ellas se exhiben fotografías, cartas, figuras falsas.
Del primer piso, junto al guardia corpóreo de yeso pintado, se aprecia aquel recurso arquitectónico llamado el panóptico. El invento de Bentham fue importado tempranamente. Desde allí se vigila todo, pero en el ámbito siniestro y deshabitado, la imaginación titubea en el vacío, la piedad retroactiva se transforma en melancolía banal.
En la calle principal de Ushuaia hay una tienda que se llama Jimmy Button, el niño indígena que Fitz Roy se llevó a Londres junto con la pequeña Fuegia Basket. Allá los exhibió como fenómenos, los vistió a la moda, los “civilizó”, los educó en inglés y al fin fueron dignos de visitar a la reina Victoria. Hay varias crónicas de este experimento, pero ninguna rescata la inteligencia y la vivacidad de los pequeños salvajes que fueron capaces de sobrellevar semejante transformación.
*
Elisalde se quita el diario de la cabeza y señala a la multitud que se asolea en el parque, y a las pequeñas tertulias con radios y termos de agua para el mate.
—Hace años, cuando esto no se podía hacer, esto de reunirse, si hasta habían prohibido las mesas de café en las veredas, pues bien, cuando Buenos Aires tembló, sí tembló, fue en 1978, a la noche muchos acampamos aquí, vinimos con mantas y almohadones. Fuimos pioneros y arrostramos la represión de la dictadura. Permítanme, nadie lo recuerda porque no tembló en todas partes, sólo aquí en Palermo, en Caballito, creo que en Villa Crespo. El asunto fue así, miren lo recuerdo y se me eriza el vello. Muy temprano me desperté raro y oí ruidos en la casa, un espejo se golpeaba contra la pared, creí que era corriente, cerré las ventanas y peor, vi que las paredes y los cuadros bailaban. Mareado, me asomé al balcón y vi a un tipo en calzoncillos parado en un techo vecino.
¿Qué pasa? Es un terremoto, dijo. Era una época en que muchos edificios se venían abajo por la mala construcción. Claro, éste es muy ordinario, me dije y fui a despertar a mi señora que abrió los ojos y vio que el empapelado se ondulaba. Me puse el sobretodo sobre el pijama y agarré el documento. En ese entonces uno iba con documento hasta a la playa. Mi señora se echó encima un batón y agarró la cartera. Entonces la estantería con libros y chucherías se ladeó toda y algunas cosas se cayeron. Era el décimo piso, imaginense, mi señora bajó como una deportista, yo también y me dio no sé qué ver cómo nos adelantamos a una vecina que iba solita bajando a duras penas, pero qué se le iba a hacer.
En la vereda había una asamblea de vecinos, una chica había salvado a su gatito envuelto en papel de diario. Otro abrazaba la escritura del departamento. Algunos en pijama, otras en bata y ruleros. Cuando todo pareció calmarse dijimos bueno ya pasó. Y subimos. A la tardecita volvió a sacudirse tanto que casi me caigo de la silla. Y por eso vinimos a acampar en esta plaza, que entonces era un primor, con pasto fresco, flores y sin perros. Y así fue nomás.
AGENDA
Era un ruido como de bazar con objetos que se entrechocaban. Primero pensé que el ventilador se estaba deshaciendo, corrí a apagarlo. El ruido aumentaba, parecía temblar el mundo, venía de afuera. Me asomé al balcón y vi todas las ventanas pobladas de gente que hacía sonar cacerolas. Encendí la tele y vi que el sismo ocurría por toda la ciudad, por las calles avanzaban procesiones hacia la Plaza de Mayo. Lo mismo sucedía en las ciudades de provincia. Fue un maravilloso concierto unánime, la crecida de un río humano indignado que sólo atinaba a percutir lo que tuviera a mano. Resonó la noche entera, soy feliz de haberlo presenciado, aunque poco después, igual que al terremoto, se haya procurado borrarlo de la historia, porque el escandalete fue solamente la protesta (burguesa) por una confiscación de ahorros.
Dice Stephan Zweig, un sabio que supo mucho de la vida, los números y los desastres: Nada envenenó al pueblo alemán —conviene tenerlo presente en la memoria—, nada encendió todo su odio y lo maduró tanto para el advenimiento de Hitler como la inflación. Añado que la inflación famosa fue seguida por una confiscación de los dineros públicos por la banca alemana, para financiar gastos de guerra.
Después, durante muchos meses, vivimos la inocente fiesta de la revancha. Ningún político, ningún juez, ningún funcionario podía sentarse tranquilo en los cafés y restoranes que solían frecuentar. Un concierto de cubiertos contra copas se organizaba espontáneamente, a veces con gritos e insultos, de modo que tenían que escapar avergonzados. Fue una de nuestras pocas felicidades públicas.
*
Amadas ausencias humanas: árida vegeta la ciudad, árida la multitud. Han destruido, talado y sembrado miseria. El milagro de que sobrevivan algunos viejos árboles, que florezcan, el milagro de que hayamos cuerpeado tiroteos, tráfico, enfermedades, aflicciones que parecían terminales. El milagro de poder seguir pese a tantas ausencias. Somos gentes agujereadas, personajes de cuadro surrealista.
*
Sin embargo, por una vereda, los pasantes nos detenemos de pronto: la cruza un caracol. Pausa y espera. Se desliza seguro y orondo, como pasaría un lento peatón por la cebra de una bocacalle... en alguna ciudad europea. Seguimos andando, brilla al sol la línea de baba.
SILVINA. ENERO, 1981
Toda conversación telefónica con Silvina tenía su magia, su temblor... y su tiempo. La lenta impertinencia de las preguntas podía prolongarse indefinidamente. ¿Dónde vas, con quién, para qué, cómo se llama, a qué hora sale el avión? ¿Cómo te vestiste hoy? Todo muy espaciado, con pausas y aquel vibrato que tantos imitábamos, recitando pastiches de sus versos pareados y rimados.
Me llama a una clínica:
—¿Cómo estás?
—Ay Silvina, supongo que en las últimas porque me llamó Sabato para saber cómo estaba.
—No creas… Una vez también se interesó por mi salud. Pero ¿cómo te sentís?
—Como si tuviera cien años.
—¿Se lo dijiste a Sabato? Porque él estaría encantado de ser menor que vos.
—No se me ocurrió. Por suerte pronto me van a dar de alta.
—Ay, eso es lo peor. No sabés lo mal que te sentís después en tu casa.
—Quizá, pero mientras tanto leo la Odisea.
—¿No la habías leído?
—Nunca.
—Qué suerte tenés, descubrirla ahora. A mí me encantaría no haberla leído.
Meses después la llamo a
