Título original: The Viking
Traducción: Irene Saslavsky
1.ª edición: octubre 2011
© 1995 by Bobbi Smith
© Ediciones B, S. A., 2011
para el sello Vergara
Consell de Cent 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Printed in Spain
ISBN: 978-84-666-4798-4
Depósito legal: B. 24.508-2011
Impreso por NOVAGRÀFIK, S.L.
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Este libro está dedicado a cuatro damas cuyos conocimientos acerca de la industria editorial son fenomenales. Trabajar con ellas es estupendo y resulta excitante verlas en acción: se llaman Lynn Brown, Kathryn Falk, Laura Shatzkin y Joan Schulhafer.
También quisiera agradecer a la pandilla de Pinnacle Lake por su apoyo constante: a Marilee Poulter, Paul Poulter y Louis Reuther.
Y muy especialmente al señor Tom Pearson, bibliotecario de Historia de la Biblioteca Pública de Saint Louis.
Contenido
Prólogo
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Epílogo
Prólogo
Noruega, año 838
Un rayo iluminó el cielo y un trueno profundo y amenazador resonó en la comarca.
De pie en el umbral de la pequeña casa, la anciana mantenía la vista clavada en la oscuridad, aguardando. Como siempre, él no tardaría en llegar. Estaba segura de ello.
Entonces empezó a llover, las gotas golpearon la tierra por la violencia de la tormenta y ella fue a refugiarse junto al hogar en el centro de la habitación. Aunque la noche no era fría, se sentía aterida y el frío le helaba el alma. Sus manos nudosas aferraron el chal que la envolvía. Cerró los ojos y procuró olvidar la tormenta exterior y también la interior, generada por el don de la clarividencia.
—He venido. —Su voz era profunda.
La anciana abrió los ojos y contempló al guerrero alto de cabellos oscuros, sin revelar sorpresa alguna ante su presencia.
—¿Deseas que lea las runas para ti? —inquirió.
—Zarpo con la luna nueva.
Ella asintió con la cabeza, luego se puso de pie lentamente y se dirigió hacia una pequeña mesa flanqueada por dos bancos. Tomó asiento en uno y le indicó que ocupara el que estaba enfrente. Después se detuvo durante un momento para observarlo. Era apuesto, aquel vikingo cuyos cabellos negros —un rasgo heredado de su madre irlandesa que murió al darle a luz— lo diferenciaban de los demás; a ellos debía su apodo: Halcón Negro. Sus ojos eran azules, de un azul pálido como los de su padre, un hombre del norte. Tenía los rasgos finamente cincelados, los hombros anchos y fuertes. Era un magnífico guerrero, nadie igualaba la fama que le habían proporcionado su valor y su honor..., a excepción de su padre.
Después de un momento, la anciana dedicó su atención a las runas. Tendió un paño blanco en la mesa y sacó las piedras proféticas. Las sostuvo en la mano y entonó dos estrofas del Runatál para invocar los poderes.
Sé que pendí de un árbol agitado por el viento,
Sus raíces ignoradas por los sabios;
Atravesado por las lanzas, durante nueve largas noches,
Prometido a Odín, mi ser ofrecido al suyo.
No me dieron pan, ni un cuerno del cual beber;
Contemplé las profundidades:
Grité y recogí las runas,
Y por fin, caí.
Al pronunciar las últimas palabras arrojó las runas sobre el paño tendido en la mesa. Eligió tres con mucho cuidado y después examinó sus inscripciones.
—¿Qué dicen, anciana? —preguntó el Halcón Negro, desconcertado ante su prolongado silencio—. ¿Tendrá éxito el ataque? ¿Obtendré el premio deseado?
Cuando ella alzó la mirada, los secretos ancestrales hacían resplandecer sus ojos azules. Miró fijamente al guerrero, reflexionando y sopesando, y volvió a contemplar las piedras que sostenía en la mano, hasta que por fin contestó:
—Obtendrás mucho más de lo esperado, mi apuesto caballero. Oh, sí, mucho más...
—Bien —dijo él, con expresión aliviada—. ¿Y qué será de mis hombres? La lucha, ¿será encarnizada?
—Habrá peligro. Se derramará sangre. Se dirán palabras engañosas. Pero al final de tu travesía te aguarda un tesoro de gran valor.
Cuando pronunció las últimas palabras, un rayo volvió a iluminar el cielo. Un temblor agitó la tierra, seguido del estruendo del trueno.
Tras escuchar aquello, la inquietud que había embargado al guerrero disminuyó.
—Así que tendremos éxito. —Sonrió y se puso de pie—. ¿Y el premio será precioso?
—Más precioso que todos los que has obtenido en el pasado. Él asintió con expresión satisfecha, pagó a la anciana y se marchó.
Ella observó su partida, a sabiendas de que el peligro lo acechaba y preguntándose si sobreviviría a la traición. No le había dicho todo lo que había visto: había un sendero que debía recorrer, y también un peligro al que debía enfrentarse a solas.
Cuando su criado lo despertó, el sueño interrumpido contrarió a lord Alfrick. Se incorporó y le lanzó una mirada furibunda.
—¿Qué es tan importante como para que me despiertes en medio de la noche? —preguntó.
—Lamento molestaros, milord, pero un forastero de la tierra de los vikingos ha llegado a la torre solicitando audiencia.
—¿Un vikingo? —Ahora lord Alfrick estaba completamente despierto.
—Sí, milord. Insiste en que ha de hablar con vos y con ningún otro. Afirma que se trata de un asunto de vida o muerte.
—¿De la vida de quién? ¿De la muerte de quién? —preguntó—. No me fío de ningún hombre del norte.
—De la vuestra.
—¿De la mía? —Alfrick frunció el ceño, presa de la ira—. ¿Quién es ese mensajero que osa acercarse a mi torre y amenazar mi vida?
—No pretende amenazarla, milord. Dice que ha venido para advertiros de un peligro futuro.
Lord Alfrick reflexionó con el entrecejo fruncido.
—Despierta a sir Thomas —dijo luego—. Dile que se reúna conmigo abajo junto con varios guardias, en mi cámara privada a un lado de la Gran Sala. Hablaré con ese misterioso hombre del norte, pero haré que le den muerte en un instante si esto resulta ser alguna clase de truco diabólico.
Lord Alfrick se levantó de la cama y se preparó para recibir al extraño. Se vistió con rapidez y se colgó la espada del cinto. Ahora estaba de un humor cauteloso. Había gobernado aquellas tierras durante más de veinticinco años y perdido la cuenta de las veces que lo habían atacado. Era la primera vez que un vikingo pretendía hablar con él y se preguntó qué querría. Una vez dispuesto a encontrarse con su visitante nocturno, abandonó la habitación.
Poco después, lord Alfrick se enfrentaba al hombre misterioso, flanqueado por sir Thomas y diversos guardias armados. Sir Thomas era un hombre de unos treinta años, alto y avezado en la lucha. Su fidelidad a Alfrick era conocida en toda la comarca y la confianza depositada en él era absoluta. Cuando debía tomar una decisión importante, Alfrick recurría al consejo de sir Thomas, puesto que sabía juzgar a los demás y a menudo le proporcionaba ideas pasadas por alto por sus otros consejeros. Alfrick se alegraba de que estuviera presente.
—Dime por qué no habría de matarte ahora mismo, vikingo —dijo lord Alfrick. Los hombres del norte eran sus enemigos acérrimos y no los apreciaba en absoluto.
—Porque traigo noticias que podrían salvarte la vida.
—¿Por qué habría de creerte? —preguntó el lord, escudriñando en medio de la penumbra y procurando distinguir los rasgos del vikingo, pero sin éxito.
El extraño retrocedió entre las sombras sin levantar la capucha de su manto oscuro, ocultando aún más su identidad frente a la mirada inquisitoria del lord sajón.
—Puedes aceptar mi advertencia, o no. Tú eliges —contestó el vikingo encogiéndose de hombros—. He acudido para decirte lo que ocurrirá. El Halcón Negro y sus hombres atacarán tus tierras poco después de la luna nueva.
Como para corroborar sus palabras, un rayo resplandeció y resonó un trueno.
—¡El Halcón Negro! —Lord Alfrick se puso tenso ante semejante información. Intercambió una rápida mirada con sir Thomas, en cuyos ojos oscuros se reflejaba la misma incredulidad. El vikingo conocido como el Halcón Negro era un poderoso guerrero que saqueaba ciudades a voluntad, se apoderaba de sus riquezas y convertía en cautivos a hombres y mujeres—. ¿Por qué habrías de decírmelo? ¿Por qué traicionarías a uno de los tuyos?
—¡Porque lo quiero muerto! —siseó el traidor en tono malévolo—. No puedo alzar la mano contra alguien de mi misma estirpe, pero puedo proporcionarte la espada para hacerlo.
—¿Qué exiges en pago por esta información que acabas de proporcionarme?
—Sólo que te encargues de que el Halcón Negro muera.
—Si el ataque ocurrirá en tan poco tiempo como afirmas, ¿cómo identificaremos al hombre conocido como el Halcón Negro?
—La vela de su embarcación es de color rojo sangre y ostenta la divisa de un halcón negro en el centro, al igual que su escudo y su casco.
Sin embargo, como conocía la astucia de los vikingos, lord Alfrick albergaba dudas.
—¿Acaso se trata de un truco, de una estratagema para distraernos, mientras vuestros guerreros nos atacan desde otra dirección? —preguntó.
—Si hubiera querido atacarte, podría haberlo hecho esta noche. Tú y tus hombres hubierais muerto en vuestras camas —dijo el conspirador—. Has oído mi advertencia. Te he dado tiempo para prepararte. Si no tomas alguna medida, esta torre y todos sus tesoros pertenecerán al Halcón Negro.
—¿Y si me preparo?
—Podrás derrotar al más poderoso de los saqueadores vikingos y salvaros, a ti y a tus súbditos.
—¿Cuántos vendrán?
—Él zarpará con al menos tres naves de guerreros. Debes reunir un ejército poderoso para vencerlos. Entre todos los guerreros, sus hombres son los más feroces.
—¿Navegarás con él? —preguntó lord Alfrick en tono desdeñoso. Que aquel hombre traicionara a uno de los suyos le causaba un profundo desprecio y se preguntó si el muy traidor se consideraba a sí mismo un excelente guerrero.
—Estaré al corriente de todos los acontecimientos —contestó el vikingo—. Pero te advierto de que no será fácil detener al Halcón Negro. Hasta ahora ningún hombre lo ha igualado en fuerza, coraje y valor. Has de ser astuto, o lo perderás todo.
—No te preocupes, estaremos preparados —respondió lord Alfrick—. Acabaré con la vida del Halcón Negro y hacerlo supondrá una bendición para todas las comarcas, que quedarán a salvo de sus saqueos.
El traidor asintió con la cabeza y se dispuso a marchar. Uno de los guardas lo acompañó hasta el exterior de la torre.
Lord Alfrick los observó hasta que desaparecieron y después se dirigió a sir Thomas mientras remontaban las escaleras.
—¿Qué os parece, sir Thomas? ¿Hemos de creer en la advertencia de ese hombre? —preguntó con expresión lúgubre y aguardó la respuesta de su amigo.
—Me gustaría creer que sus palabras eran mentirosas, pero dudar de ellas sería de tontos. Es mejor prepararse para un ataque que no se produzca, a que el Halcón Negro y sus hombres nos encuentren desarmados.
—Estoy de acuerdo. Debemos prepararnos. Enviaré un mensaje a los reinos vecinos; si unimos nuestras fuerzas, podremos montar un ejército lo bastante grande para rechazar a los atacantes.
—¿Deseáis que cabalgue por la mañana, milord, y lleve la noticia?
—Sí. Cuanto antes empecemos a planearla, tanto mejor será nuestra defensa.
Lord Alfrick se dirigió a su habitación y sir Thomas se retiró a la suya. Ambos sabían que aquella noche ya no volverían a dormir.
Mientras tanto, afuera, en el patio, una solitaria figura surgió de su oscuro escondite y siguió al guarda y al traidor en silencio.
1
El viento hinchaba las velas de los tres drakkar vikingos y los impulsaba a través de las aguas, encabezados por la nave que llevaba el emblema del Halcón Negro, pilotada certeramente por su capitán en dirección al suroeste. Habían zarpado de su patria hacía sólo tres días y ahora se aproximaban a su meta: la costa sajona.
—¿Cuánto falta para que avistemos tierra? —preguntó Seger, un guerrero fornido que navegaba en la nave capitana, sin despegar la vista del mar.
—Si el viento no deja de hinchar las velas, deberíamos avistar la costa dentro de dos días —respondió Neils.
—Bien —dijo Seger con una sonrisa lobuna, pensando en la inminente batalla. Echaba de menos las incursiones—. ¡Hace demasiado tiempo que no entro en acción, y el brazo con el que manejo la espada necesita práctica!
—Creo que el Halcón Negro comparte tus sentimientos —comentó Neils y soltó una carcajada, indicando con la cabeza a Brage Nordwald, su jefe, también conocido como el Halcón Negro. El vikingo alto y de complexión fuerte estaba de pie en la pequeña cubierta delantera del barco, espada en mano—. Quizá sea el motivo por el cual zarpamos dos semanas antes que los demás.
—Siempre procura contar con el factor sorpresa. Nadie nos estará esperando. Es un gran guerrero y servir bajo su mando es un privilegio.
—Es un hombre listo. Hace tres años acepté el compromiso de luchar junto a él, y jamás lo he lamentado. Mi parte del botín ha aumentado con cada temporada.
—Nadie lo iguala cuando se trata del pillaje. Golpea sin avisar, cobra su botín y desaparece con rapidez.
—Mi padre seguía a Anslak, el padre de Brage, y ahora yo lo seguiré a él adonde quiera que me conduzca.
—Y si lo que he oído es verdad, nos está conduciendo a uno de los reinos más ricos de la costa.
Ambos sonrieron al pensar en los tesoros que pronto serían suyos. Volvieron a echar un vistazo a su jefe de pie ante ellos, valiente y orgulloso. Se sentían invencibles al saber que sería él quien los conduciría en la batalla.
—Nadie puede derrotar al Halcón Negro.
Brage había planeado aquel ataque con mucho cuidado, y no veía la hora de entrar en combate. Escudriñaba el horizonte y pensaba en la batalla futura aferrando la empuñadura dorada de su espada. Lord Alfrick no sería un adversario fácil. Por eso había zarpado antes: quería coger desprevenidos a los sajones. Hacía tiempo que había aprendido a aprovechar todas las armas posibles, y la sorpresa era la herramienta más eficaz cuando se trataba de un ataque.
—Bien, hermano mío, ¿estás preparado para añadir aún más riquezas a tus arcas ya repletas? —preguntó Ulf, acercándose a Brage.
—Como siempre —contestó éste con una sonrisa y volvió a envainar la espada.
Ulf era el hermanastro mayor de Brage, hijo de la amante del padre de ambos. Pero aparte de su estatura y sus ojos azules, no guardaban un gran parecido físico. Ulf era rubio y grande como un oso, fornido y de músculos muy desarrollados. Muchos enemigos lo habían creído lento debido a su tamaño y ello había supuesto un error fatal. Por otra parte, Brage era delgado pero musculoso. A diferencia de Ulf, sus cabellos eran oscuros. De niños habían sido rivales fogosos; siempre trataban de superarse mutuamente para demostrarle su valor a su padre guerrero. Sin embargo, cuando se convirtieron en hombres, habían dejado de lado su rivalidad y empezado a participar juntos en las incursiones, obteniendo elogios por su valentía de cuantos luchaban junto a ellos.
—Ten cuidado —le advirtió Ulf—. No te excedas en la confianza.
—Confío en mis hombres y en el hecho de que lord Alfrick no nos está esperando. Aunque su torre es sólida, no debería suponer un gran desafío para nosotros, puesto que no ha tenido tiempo de prepararse. Una vez lleguemos a tierra, en pocos días lograremos apoderarnos de un tesoro considerable. El factor sorpresa nos ayudará.
—Por el bien de todos, esperemos que las cosas se desarrollen como dices.
—Asegurarme de que sea así es mi responsabilidad. Lo he planeado muy cuidadosamente.
—Si no fuera por un juramento a los dioses, sería yo quien encabezaría este ataque. En vez de eso, he sido relegado por nuestro padre para cubrirte las espaldas —comentó Ulf, riendo y sacudiendo la cabeza con aire atribulado, como si aceptara su destino.
—Y realizas una tarea magnífica. —Brage palmeó el hombro de su hermano—. Si no fuera por ti, hace tiempo que estaría muerto. Llevas las cicatrices que atestiguan tu lealtad.
Una larga cicatriz surcaba la mejilla derecha de Ulf y acababa justo debajo del ojo, un trofeo de una batalla especialmente dura librada hacía años, la primera vez que ambos navegaron juntos.
—Por eso te lo advierto —repuso—. No necesito más cicatrices que estropeen mi apostura.
—No temas. Las runas han profetizado que tras este ataque cobraríamos un gran tesoro.
—Las piedras nunca mienten.
—Además, ningún sajón está a la altura de mis hombres. Cuando empiece el ataque, la victoria será nuestra. —Brage contempló a sus guerreros, que sólo en la nave capitana formaban un grupo de cincuenta hombres. La mejor fuerza jamás reunida, y nunca habían sufrido una derrota.
—Comprobarán todo el poderío del Halcón Negro —asintió Ulf.
Sonriendo, Brage dirigió la vista al horizonte. Resultaba agradable volver a navegar. El futuro parecía prometedor.
Lady Dynna recorría su habitación con pasos inquietos. Desde la muerte de sir Warren, su marido, acaecida en un trágico accidente de caza hacía unos seis meses, y cuyas circunstancias aún la perturbaban, había optado por comer en sus aposentos aduciendo la necesidad de estar sola mientras llevaba el luto, y la familia de su marido había respetado su deseo. Pero desde el día anterior, todo había cambiado.
Dynna echó un rápido vistazo al gran espejo de bronce colgado de la pared y examinó su imagen reflejada. Una melena de cabello azabache enmarcaba su rostro. Estaba un poco pálida, pero eso era de esperar puesto que, tras la prematura muerte de Warren, había permanecido encerrada en su habitación casi todo el tiempo. Las cejas oscuras formaban un delicado arco por encima de los grandes ojos grises que la contemplaban con expresión angustiada y desesperada. Sus labios no sonreían, y eso la preocupaba, porque antaño había amado reír y disfrutar de la vida. Pero ya no. Ahora no había casi nada que la alegrara, sobre todo desde que el día antes lord Alfrick, su suegro, había reclamado su presencia para darle una noticia.
El recuerdo de lord Alfrick ordenándole que se casara con sir Edmund, el hermano menor de su marido fallecido, le provocó un estremecimiento de repugnancia. Procuró reprimir la reacción y trató de controlar sus emociones desbocadas. Puede que lord Alfrick insistiera en que se casara con sir Edmund, pero la boda aún no se había celebrado. Todavía había tiempo para aferrarse a la esperanza de encontrar un modo de evitar ese destino funesto...
Dynna se dispuso a bajar y cenar con la familia, decidida a mantener una actitud distante, majestuosamente distante. No quería que nadie sospechara que estaba desesperada por huir del horrendo sino que los hombres poderosos de su vida querían imponerle.
Consciente de que no podía prolongar la demora, lady Dynna abandonó la habitación y se dirigió a la escalera de piedra que conducía a la Gran Sala. Cuando alcanzó la parte superior de la escalera se topó con sir Edmund, que subía en ese preciso instante. Tuvo que esforzarse por no entrar en pánico.
Dynna sabía que muchas de las mujeres de la torre consideraban que Edmund era muy apuesto gracias a sus cabellos rubios y sus ojos oscuros, pero Dynna no se dejaba engañar por su apostura. Había examinado su alma y conocía la maldad de su corazón. Mientras que Warren había sido un hombre bueno y gentil, Edmund disfrutaba causando dolor. Mientras que Warren había dado prioridad a las necesidades de los demás, Edmund satisfacía sus propios deseos y lo único que le importaba era él mismo. Era un hombre egoísta, de poco carácter y fe aún más escasa. Dynna detestaba admitir que la asustaba, pero no cabía duda de que era verdad.
Edmund le lanzó una sonrisa sesgada que expresaba victoria y, en última instancia, posesión.
—Buenas noches, milady —dijo en un tono que rebosaba intimidad y deseo.
—No soy «vuestra» lady ni nada que se le parezca —contestó Dynna en el tono más altanero del que fue capaz, recurriendo a la ira para defenderse del temor que él le inspiraba. La mirada lasciva de Edmund insinuaba que conocía el aspecto de su cuerpo desnudo y la idea la turbó.
—Ah, pero pronto seréis mía —dijo en voz baja, dio un paso hacia ella y le rozó la mejilla—. Padre ha manifestado sus deseos al respecto, así que está decidido. No pasará mucho tiempo antes de que os tome por esposa.
—Aún llevo luto por vuestro hermano.
—Mi hermano ya no está, mi dulce Dynna, pero yo estoy aquí.
—¿Acaso no supone una deslealtad y un agravio que habléis de vuestro hermano de esa guisa? ¿Es que su muerte no os deja el corazón dolorido?
Pese a sus protestas y al hecho de que hablara de Warren, Edmund estaba convencido de que lo deseaba tanto como él a ella. Ninguna mujer lo había rechazado jamás.
—Hace demasiado tiempo que estáis sola. Necesitáis un hombre de verdad, que os caliente la sangre y para siempre borre el recuerdo de alguien que ahora está muerto.
Dynna sintió que el rubor le cubría el rostro, causado por las palabras osadas del hombre. Retrocedió un paso, alejándose de él.
—Es impropio que me digáis eso.
La sonrisa de sir Edmund se volvió más amplia.
—Tened cuidado, estimada Dynna. No soy un hombre que se desanima con facilidad.
La había deseado desde la primera vez que la vio, hacía dos años, cuando llegó a su reino para casarse con Warren. Había sido muy paciente antes de pretenderla, pero la espera estaba a punto de llegar a su fin. Su padre había decretado que fuera suya... junto con su abundante dote.
—Soy la esposa de Warren. —Dynna mantuvo una pose rígida y habló en tono despectivo. Pero incluso al pronunciar esas palabras, su corazón latía aceleradamente. Edmund tenía poder sobre ella, y ambos lo sabían. Ahora que era el único hijo de su padre, lord Alfrick le concedería todos sus deseos.
—Sois la viuda de Warren —gruñó Edmund, frunciendo el ceño e irritado por la crítica—. Sois una mujer sin protección. —No tenía derecho a reprenderlo; a fin de cuentas, sólo era una mujer, una mera pertenencia por la que los hombres regateaban según su voluntad—. Mi hermano está muerto y enterrado. A partir de ahora, vuestro luto ha llegado a su fin.
El rubor que hacía un instante había teñido su rostro se desvaneció ante el frío dictamen. Dynna se sentía intimidada e indefensa, pero sabía que no debía demostrar temor ni debilidad y le devolvió una mirada tan acerada como la de él.
Sir Edmund vio la chispa de desafío en sus ojos y también su porte altivo. El reto que le presentaba lo excitó. Sin desviar la vista le acarició el antebrazo.
—Una vez que estemos casados, Dynna mía, me dedicaré a explorar hasta dónde llega vuestro orgullo; dominaros supondrá un gran placer.
—Jamás me someteré a vos.
—Ah, pero lo haréis. No os equivoquéis. Y ahora permitidme que os acompañe a la sala. Mi padre aguarda vuestra agradable presencia.
Dynna se esforzó por no apartarse cuando Edmund la cogió del brazo, y a regañadientes murmuró unas palabras de agradecimiento.
Quería decirle que prefería morir antes que someterse a él, pero guardó silencio. Sin la protección de un marido, se limitaba a ser un peón en una partida jugada por hombres poderosos. A lord Alfrick y sir Edmund sus deseos le importaban poco. Lo único que ella quería era regresar al hogar de sus padres y pasar el resto de su vida en paz y soledad. No obstante, lord Alfrick quería apoderarse de su excelente dote, que consistía en el alquiler de algunas de las granjas que arrendaba su padre. Alfrick nunca permitiría que ese dinero se le escapara. La mantendría a ella y a su dote bajo su control casándola con sir Edmund.
Al bajar las escaleras, sir Edmund la cogió del brazo y la atrajo hacia sí. Le resultaba menuda y muy femenina, y poder tocarla así por fin le proporcionaba una increíble sensación de poder. Cuando alcanzaron un pequeño descansillo, la arrastró hasta las sombras.
—¿Qué hacéis, Edmund...?
Dynna no pudo proseguir porque él interrumpió sus palabras con un beso ardiente y presionó su cuerpo contra el de ella.
Se sintió aturdida, pero sólo un instante. Luego reaccionó indignada ante semejante violación y lo golpeó con todas sus fuerzas. Su gruñido de dolor la complació, pero sólo un momento. Edmund no la soltó, sino que la cogió con más fuerza y la besó más profundamente. Dynna lo empujó para apartarlo.
—¡So villano! ¿Cómo osáis tocarme?
Sir Edmund vio las llamas de ira en su mirada y consideró que nunca había estado más bella.
—Osaría muchas cosas con vos, Dynna —dijo, con una sonrisa significativa.
Atemorizada por su lujuria manifiesta, Dynna procuró alejarse, escapar de su repugnante proximidad, pero él se lo impidió cogiéndola del brazo. Clavó los dedos en sus suaves carnes, soltó una carcajada y la atrajo hacia sí.
—Bajaremos juntos.
Dynna apretó las mandíbulas y asintió con la cabeza.
En la Gran Sala atestada de hombres reinaba el bullicio. Habían llegado fuerzas suplementarias de dos reinos vecinos, con el fin de incrementar las defensas de la torre en caso de una posible incursión vikinga; ahora se reunían para compartir la cena. Sentados ante las mesas, los hombres acompañaban la comida con abundantes tragos de cerveza e hidromiel. Hablaban en voz alta y estrepitosa, y alardeaban de su disposición para enfrentarse a los temibles hombres del norte.
Sir Edmund acompañó a Dynna hasta su asiento junto a lord Alfrick, en la mesa elevada que había en la parte delantera de la sala. Ella tomó asiento y, aunque logró sonreír amablemente a todos, se sentía como un pajarillo atrapado.
—Me alegro de que hayáis decidido reuniros con nosotros, Dynna —la saludó lord Alfrick—. Hemos echado de menos vuestra bonita presencia en nuestra mesa.
—Me temo que hasta ahora
