Título original: Den sidste gode mand
Traducción: Gunilla Nilsson y Susana Vega
1.ª edición: noviembre 2011
© by A. J. Kazinski 2010
© Ediciones B, S. A., 2011
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
ISBN EPUB: 978-84-666-5065-6
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Dos notas informativas para el lector
La tradición de «los hombres justos de Dios» mencionada en la novela se deriva del Talmud judío, una colección de escritos religiosos que fueron redactados en Israel y Babilonia y que, según la fe, constituyen una narración directa de lo que Dios le dijo a Moisés. Dios dijo, entre otras cosas, que siempre existirían 36 hombres justos en la Tierra. Los 36 nos protegen a todos. Sin ellos, la humanidad perecerá.
Los 36 no saben que son los elegidos.
* * *
El 11 de septiembre de 2008 tuvo lugar la mayor conferencia científica del mundo sobre experiencias cercanas a la muerte, en la sede de la ONU en Nueva York, bajo la dirección del doctor Sam Parnia. El tema de discusión era el número creciente de estas experiencias y cómo son recogidas cada año en todo el mundo. Se trata de informes de personas que han vuelto a la vida y han descrito los fenómenos más asombrosos, cosas que la ciencia no puede explicar.
PRIMERA PARTE
EL LIBRO DE LOS MUERTOS
¡Oh tierra, no cubras mi sangre!
y que nada detenga mi lamento.
LIBRO DE JOB, 16
La gente muere todo el tiempo, muy a menudo en los hospitales. Por eso el proyecto era ingenioso, simple, casi banal. Comprobarían todas las experiencias cercanas a la muerte cuyo relato los médicos solían escuchar. ¿Dónde? En los servicios de urgencias, por supuesto. Era habitual que las personas lo contasen. La gente declarada clínicamente muerta, las personas cuya respiración se había detenido o su corazón había dejado de latir, flotaban hacia arriba. Colgadas allí, contra el techo, se veían a sí mismas. Con frecuencia, eran capaces de describir los detalles de su muerte con una precisión que al cerebro le habría resultado imposible imaginar en el último momento: cómo un médico había volcado un vaso, lo que él o ella habían gritado a los enfermeros, cuándo y quién entraba o salía de la sala. Algunas personas incluso podían describir lo que pasaba en la habitación contigua.
Sin embargo, nadie podía certificar que estas experiencias fueran algo científico. Bien, ahora podríamos remediarlo. Las salas de urgencias, las unidades de cuidados intensivos y los centros de traumatología, donde a menudo se revive a la gente, se utilizarían como parte de una investigación a escala mundial. Se colocarían pequeños soportes a mayor altura que la de cualquier persona, sujetados desde el techo. En los soportes se pondrían imágenes, ilustraciones que se mostrarían hacia arriba, imposibles de ver desde abajo. Sólo se podrían ver si uno se colgaba del techo. Agnes Davidsen era parte del equipo danés. Los médicos habían sonreído con cierto escepticismo ante el proyecto, pero no se habían opuesto ya que los propios científicos partícipes se costearían los gastos. Agnes estaba allí el día que colocaron el soporte en una habitación del Hospital General de Copenhague. Incluso ella misma sujetó la escalera mientras el celador se encaramaba con el sobre sellado en sus manos. Y ella fue la que apagó las luces antes de que el sello se rompiera y la imagen fuera colocada en el soporte. Sólo en la sede central sabían lo que había en ese dibujo. Nadie más tenía la menor idea. La televisión estaba encendida al fondo. Estaban emitiendo los preparativos para la Cumbre sobre el Cambio climático, a celebrarse en Copenhague. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, declaraba que Europa no aceptaría que la temperatura de la Tierra aumentara en más del dos por ciento. Agnes negó con la cabeza y ayudó a plegar la escalerilla. Para decir algo así había que estar bastante loco, pensó. «No aceptaría.» Como si nosotros los humanos pudiésemos regular arriba o abajo la temperatura de la Tierra con una especie de termostato. Dio las gracias al celador mirando el soporte bajo el techo. Ahora sólo le quedaba esperar a que el hospital la llamara para comunicarle que se había producido algún fallecimiento en esa habitación.
Entonces ella acudiría.
1
Templo Yonghegong, Pekín, China
No era la tierra temblando lo que le había despertado. Ya estaba acostumbrado a eso, el metro pasaba justo por debajo del templo Yonghegong, circulando constantemente y amenazando aquel edificio sagrado de 350 años de antigüedad en plena capital china. Se había despertado porque alguien o algo se había inclinado sobre él mientras dormía, para observarlo. Estaba seguro.
El monje Ling se sentó en la cama y miró alrededor. El sol se estaba poniendo; el dolor le había obligado a retirarse a la cama temprano.
—¿Hay alguien ahí? —El dolor empezó a extenderse tanto que no pudo determinar si era en la espalda, en el estómago o el pecho donde algo no iba bien. Oía a los jóvenes monjes hablando en el patio del templo, y a los últimos turistas occidentales saliendo.
Ling desafió el dolor y se levantó. Tenía la fuerte impresión de que había alguien en la habitación. Pero aparentemente no era así. No logró encontrar sus sandalias y avanzó con los pies descalzos por el suelo de piedra. Hacía frío. «Tal vez sea una trombosis», pensó. Le resultaba difícil respirar. Su lengua se había hinchado y comenzaba a tambalearse. En cierto momento estuvo a punto de perder el equilibrio, pero sabía que debía mantenerse en pie. Si se caía ahora, ya no se levantaría. Respiró hondo, con lo que envió una sensación de ardor a la garganta y los pulmones.
—Ayuda —trató de gritar, pero su voz era muy débil y nadie lo escuchó—. Ayuda.
Salió a un pasillo estrecho y húmedo y fue a otra habitación. La luz del sol anaranjada parpadeaba delicadamente a través de la claraboya. Ling se examinó el cuerpo. No tenía nada. Nada en los brazos, el estómago o el pecho. Un fuerte estremecimiento lo mareó. Cerró los ojos un momento. Renunció a resistirse y se sumió en una oscuridad de sufrimiento. Y así encontró por fin un momento de paz. El dolor se producía en pequeñas punzadas, cada una más aguda que la anterior. De pronto le dieron un respiro.
Abrió una caja con manos temblorosas y la tanteó con torpes movimientos. Al fin encontró lo que buscaba: un pequeño espejo rayado. Se miró en él: un rostro lleno de temor. Ling se bajó un poco su bata y movió el espejo para verse la zona lumbar. Luego contuvo la respiración.
—Mi buen Dios —susurró y dejó caer el espejo—. ¿Qué me está pasando?
La única respuesta fue el sonido del espejo haciéndose añicos contra el suelo.
En la pared había un antiguo teléfono de monedas que no tenía aspecto de ángel de la guarda, pero era su única opción. Empezó a arrastrarse hacia allí. Una nueva oleada de dolor lo hizo detenerse. Era interminable. Abrió los ojos y miró el teléfono; él siempre se había opuesto a tenerlo en la pared. Había sido una exigencia de las autoridades para los turistas, por si alguno resultaba herido y había que solicitar ayuda. Por esa razón, el número de urgencias estaba escrito en números grandes en la pared, y al lado había un bote de monedas para llamar. Ling alargó la mano tratando de alcanzar el bote y se agarró bruscamente al borde del estante, pero perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse contra la pared. El bote se tambaleó por la vibración y cayó al suelo, desparramando las monedas. Ling esperó. La idea de agacharse se le hacía insoportable. Y más aún que uno de sus últimos actos en este mundo fuera inclinarse en busca de monedas, a las que había renunciado toda su vida. Pero no quería morir todavía, así que cogió una moneda con mano temblorosa, consiguió insertarla en el teléfono y marcó los tres números escritos en la pared. Luego esperó.
—Vamos, vamos —susurró con ansiedad. Por fin oyó una voz femenina.
—Urgencias.
—¡Necesito ayuda!
—¿Desde dónde llama? —La voz hablaba con tranquilidad. Sonaba casi mecánica.
—Yo me quemo. Yo... —Ling se volvió de golpe. Había alguien allí, estaba seguro. Alguien lo estaba observando. Se frotó los ojos, pero no, no vio a nadie. ¿Quién lo espiaba?
—Para poder ayudarlo he de saber dónde se encuentra —insistió la mujer.
—Ayúdeme... —Con cada palabra que decía una punzada de dolor le recorría la espalda, a través de la garganta, hacia la boca y la lengua hinchada.
Ella le interrumpió educadamente pero con firmeza:
—Dígame su nombre.
—Ling. Ling Cedong. Yo... ¡Ayúdeme! Mi piel... ¡se quema!
—Señor Cedong... —La mujer pareció impacientarse—. ¿Dónde está ahora?
Él se quedó paralizado. De repente era como si algo en su interior se derrumbara. Como si el mundo alrededor de él diera un paso atrás y le dejase en un estado de irrealidad. Los sonidos habían desaparecido. Las risas se habían dispersado por el patio, y también la voz en el auricular. El tiempo se detuvo. Estaba en un mundo nuevo. O en el umbral del otro mundo. La sangre fluía por su nariz.
—¿Qué está pasando? —susurró—. Todo está muy silencioso.
En ese momento se le cayó el auricular, que quedó colgando.
—Oiga, ¿sigue ahí? —se oyó la voz de la mujer en el auricular—. ¿Señor Cedong?
Ling no la escuchaba. Se tambaleó unos pasos hacia la ventana. Observó los tres vasos en el alféizar. Había agua en uno, tal vez le sería útil. Alargó el brazo y lo tocó, pero no pudo cogerlo. El vaso cayó por la ventana abierta y se estrelló contra el suelo de piedra del patio.
Los monjes que estaban fuera miraron hacia la ventana. Ling trató de hacerles señas. Vio cómo movían los labios, pero no oía nada.
Ling, al mismo tiempo, podía sentir el sabor de su sangre y cómo fluía por su nariz.
—Mi buen Dios —se lamentó—. ¿Qué me está pasando?
Sintió que estaba a punto de desvanecerse, como si sólo fuera una parte del sueño de otra persona, una persona que estaba despertando. Y no podía luchar contra eso. Los sonidos de alrededor empezaron a desaparecer. Se derrumbó. Cayó de espaldas y mirando hacia arriba. Todo estaba en silencio. Luego sonrió y elevó una mano hacia donde el techo estaba hacía un momento. Ya podía ver claramente las primeras estrellas en el oscuro cielo nocturno.
—Está tan silencioso... —murmuró—. Venus. Y la Vía Láctea.
Los otros monjes corrieron a su habitación y se inclinaron sobre él. Pero Ling no los vio. Su mano extendida cayó fláccida. Tenía una sonrisa en el rostro.
—Trató de llamar. —Uno de los monjes cogió el auricular—. A Urgencias.
—¡Ling! —Un monje joven, un muchacho alto, trató de reanimarlo—. Ling, ¿puedes oírme?
—No hubo respuesta. El joven miró a los demás—. Ha muerto.
Todos se callaron e inclinaron la cabeza. Muchos tenían lágrimas en los ojos. Un monje anciano rompió el silencio:
—Trae a Lopon. No nos queda mucho tiempo.
—Uno de los monjes quiso enviar al muchacho, pero el anciano lo detuvo—. No; ve tú. El niño nunca lo ha visto antes. No debe experimentarlo.
El monje salió corriendo y el muchacho miró al monje más anciano.
—¿Qué pasará? —preguntó con ansiedad.
—Phowa. Redirigiremos el alma. En unos momentos Lopon vendrá.
—¿Phowa?
—Phowa ayuda al alma a reconducirse a través del cuerpo y a salir por la cabeza. Démonos prisa, sólo disponemos de unos minutos.
—¿Qué pasará si no lo logramos?
—Lo lograremos. Lopon es rápido. Por favor, ayúdame. El cuerpo no puede seguir tendido aquí.
Nadie se movió.
—Agárrale.
El muchacho y los otros dos monjes sujetaron las piernas de Ling.
Lo levantaron y lo colocaron en la cama, un poco de lado. Cuando el monje más anciano lo volvió sobre su espalda, se dio cuenta de algo.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Los otros se acercaron y miraron.
—Mirad. Aquí, en la espalda.
Todos se inclinaron sobre el cadáver.
—¿Qué es? —preguntó el muchacho.
Nadie respondió. Sólo permanecieron en silencio mirando fijamente la extraña marca que había aparecido en la espalda del monje Ling. Se extendía desde el hombro hasta la mitad de la espalda, como un tatuaje o una cicatriz. O como si la espalda hubiera sido quemada.
2
Hospital Suvarna, Bombay, India
Giuseppe Locatelli había recibido el e-mail hacía tres días. Se le pedía que localizara a un economista recientemente fallecido en la India. A Giuseppe el encargo no le entusiasmaba, pero deseaba marcharse de la India y esperaba que esforzándose en cumplir con el pedido lograra dar un gran paso hacia un puesto mejor en otra embajada de Italia. Tal vez en Estados Unidos. Soñaba con esto. Washington o el consulado en Nueva York que maneja los asuntos relacionados con las Naciones Unidas. Algo muy diferente de las fétidas calles indias. Por lo tanto, rápidamente contestó que lo intentaría por todos los medios.
El viaje fue largo y difícil. Aunque era temprano por la mañana, el taxi se movía lentamente por los barrios marginales. Giuseppe ya había aprendido la primera semana en la India que uno no debe mirar a los pobres. No se les mira a los ojos. Es precisamente por eso que los que visitan el país por primera vez tienen una cola de niños mendigando detrás. En cambio, si uno mira al frente con expresión indiferente, le dejan en paz. En la India hay que ignorar la pobreza cuando vas por la calle y llorar cuando llegas a casa, si antes no te han desplumado.
El taxi se detuvo.
—Hospital Suvarna, señor.
Giuseppe pagó al conductor y bajó. Había una cola delante del hospital. Ese país era un infierno de colas en todas partes. Cola para la playa, cola en la comisaría, cola en cada pequeña clínica, incluso para comprar una diminuta gasa o un esparadrapo. Giuseppe se adelantó en la cola sin mirar a los ojos a nadie, al menos a los que tenía cerca.
Habló en inglés con la recepcionista.
—Giuseppe Locatelli. De la embajada de Italia. Me espera el doctor Kahey.
El doctor Kahey no se dejaba afectar por el estrés laboral. Parecía tranquilo y sereno mientras hablaba de Italia, de Cerdeña, donde nunca había estado Giuseppe, mientras bajaban por las escaleras hacia el depósito de cadáveres. Giuseppe no podía dejar de sentir admiración por un médico que trabajaba tan duro.
—Pero, y todas esas personas ahí fuera... ¿Cómo tiene tiempo para ellas?
—No han venido a recibir tratamiento —sonrió Kahey con indulgencia—. No se preocupe.
—¿Cómo?
—Han venido para mostrarle sus respetos a él.
—¿Él?
El doctor miró asombrado a Giuseppe Locatelli.
—El hombre que ha visto hace un momento. Raj Bairoliya. ¿No se ha dado cuenta que le llevaba flores?
Giuseppe se ruborizó. No había visto a nadie. Él había estado mirando al frente por temor a encontrarse con los ojos de algún mendigo. Kahey continuó en inglés con su típico y melodioso acento indio:
—Bairoliya fue uno de los asesores más cercanos al señor Muhamad Yunus, el inventor de los microcréditos. ¿Conoce al señor Yunus?
Giuseppe negó con la cabeza. Pero sí había oído hablar de los microcréditos, que habían hecho posible la creación de pequeñas empresas innovadoras por parte de miles y miles de personas.
—Yunus recibió el Premio Nobel en 2006 —dijo el doctor Kahey y sacó la caja con el cadáver del economista—. Pero bien podrían habérselo dado a Bairoliya.
Giuseppe asintió con la cabeza. El doctor quitó la sábana. El cadáver tenía una expresión apacible. Piel gris cenicienta. Giuseppe conocía muy bien ese tono desde el velatorio de su abuela. Entonces, le dijo a Kahey que llamaría a la policía italiana, que eran los que le habían enviado allí.
—Claro, adelante.
Llamó y obtuvo respuesta inmediata.
—¿Tommaso di Barbara?
—Sí.
—Giuseppe Locatelli. Llamo de la embajada en Bombay —dijo en italiano.
—Sí. ¡Sí!
—Como me ha pedido usted, he localizado el cadáver de Raj Bairoliya.
Su interlocutor parecía constipado y emocionado:
—Su espalda. ¿Puede verle la espalda?
Giuseppe se volvió hacia el médico, que se había apartado para fumar.
—Las autoridades italianas preguntan por su espalda —le dijo.
—¡Ah! Quieren ver la marca. —Kahey enderezó los hombros y colocó el cigarrillo en el marco de la ventana con la brasa fuera del quicio—. Tal vez usted pueda decirme qué es. —Miró esperanzado a Giuseppe—. Acérquese.
Giuseppe se quedó con el auricular en la mano sin saber qué hacer.
—Tengo que volver junto al cadáver —dijo a su interlocutor.
—Llámeme de nuevo —fue la orden en italiano, y colgaron.
—Vamos —lo animó el doctor—. No tenga miedo. Él no va a hacerle daño. ¡A la de tres! ¿Preparado? —añadió en inglés. El doctor Kahey sonrió cuando Guiseppe agarró el cuerpo—. ¡Uno, dos, tres!
Pusieron el cadáver de lado con un sonido chapoteante, un brazo entumecido cayó por el borde de la litera. Giuseppe Locatelli miró con asombro la espalda del muerto. Tenía una marca que iba de hombro a hombro.
—¿Qué es?
3
Polizia di Stato, Venecia
Tommaso di Barbara había estado esperando la llamada todo el día. Se había quedado mirando el teléfono mientras sentía los síntomas de una gripe incipiente. Y entonces se produjo la llamada en el peor momento. Tommaso miró el teléfono, mientras su jefe lo observaba con aire acusatorio.
—¿No lo sabes? —preguntó el jefe, inquisitivo—. ¿Un paquete enviado por valija diplomática a esta comisaría, enviado desde China?
Tommaso no respondió. Se preguntaba qué tenía que hacer su jefe, el comisario Morante, en la comisaría a esas horas. El jefe normalmente sólo aparecía cuando había visitas importantes. Tommaso tenía una sensación de inquietud en el cuerpo. Una sensación de que sus días en la policía estaban contados.
El jefe continuó:
—¿Estás seguro? Alguien ha utilizado los canales oficiales para que las autoridades chinas envíen un paquete con una cinta. A través de la Interpol. Sin mi conocimiento. —Su aliento olía a ajo y Chianti.
—Mi turno acaba de empezar —dijo Tommaso, elusivo.
Se levantó y salió de la comisaría, bajo la lluvia.
El puente que conectaba la comisaría con la motora de la policía era lo primero que todo ilustre invitado de la ciudad veía de Venecia. Se les llevaba hasta allí desde tierra firme. El comisario Morante los recibía personalmente y les conducía a través del edificio policial, un antiguo convento de monjes, hacia el Gran Canal a lo largo del puente. Esa noche no había visitantes distinguidos. Sólo la lluvia. Tommaso saltó a la motora y telefoneó de nuevo.
—¿Sí?
—Soy Tommaso. ¿Sigue ahí?
—Sí, sigo aquí. —Giuseppe Locatelli parecía angustiado.
Tommaso maldijo su suerte. La dichosa lluvia. Era imposible oír nada. Se tapó el otro oído con la mano libre. Escuchó.
—Todavía estoy en el depósito de cadáveres.
—¿Le ha visto la espalda?
—Sí. Es que...
—¡Hable más alto! —gritó Tommaso—. ¡No le escucho con claridad!
—Tiene una marca. Esto es de locos, la verdad. Como...
Tommaso lo animó:
—¿Como un tatuaje?
—Sí.
Flavio y el novato de la Puglia llegaron corriendo bajo la lluvia. Compartían el turno de noche con Tommaso.
—¿Se pueden tomar fotografías con su teléfono? —preguntó Tommaso.
—Sí. Pero también tengo una cámara. Como usted me pidió en el e-mail —añadió Giuseppe.
Tommaso estaba pensando rápidamente. Si él había interpretado correctamente el estado de ánimo de su jefe, no disponía de mucho tiempo. Apenas para esperar a que llegasen por correo esas fotografías de la India.
—Tome fotos de su espalda con el teléfono. ¿Me oye? La situación es urgente. Tome fotos de toda la espalda e imágenes de cerca. Tan cerca como sea posible, pero recuerde que sin nitidez no nos serán útiles.
Flavio y el nuevo entraron en la cabina de la motora. Saludaron a Tommaso, que asintió con la cabeza y preguntó:
—¿Me ha entendido?
—Sí, perfectamente —dijo Giuseppe.
—Y me las envía de inmediato a través de MMS.
Tommaso colgó. Sacó un tubo de pastillas del bolsillo y se tragó dos sin otro líquido que su propia saliva, mientras pensaba quién demonios lo había contagiado. Tal vez alguien del hospicio. Las enfermeras y monjas que cuidaban de su madre estaban en contacto con toda clase de enfermedades. El recuerdo de su madre moribunda le provocó una punzada de remordimiento.
Santa Lucía, estación de ferrocarril, Venecia
Su pasaporte demostraba que era de Guatemala. El pasaporte más pequeño que Tommaso había visto nunca: sólo un papel doblado por la mitad. No había sitio para sellos o visados. Simplemente una sucia fotografía del titular, que se parecía a un indio, y algunos dudosos sellos de una autoridad igualmente dudosa del otro lado del Atlántico.
—Poco, poco —respondió el dueño del pasaporte cuando Tommaso le preguntó si hablaba italiano.
—¿Francés?
—Tampoco.
El hombre sólo chapurreaba un poco el inglés, pero ése no era el fuerte de Tommaso. Y él no era el único en Italia. Ni siquiera su profesora de inglés en el instituto sabía hablar inglés. En su lugar, habían machacado el francés en su cabeza. Tommaso hubiese preferido aprender inglés, pero ahora pensaba que era demasiado tarde. El padre de Tommaso, que nunca había abandonado Cannaregio en Venecia, murió porque se negó a buscar ayuda de los médicos cuando tenía problemas de pulmón. Tommaso lo sabía. Su padre no debería haber fumado tanto. Pero también sabía que él era en muchos aspectos una mala copia de su padre.
Se enderezó y vio su propio reflejo en la ventanilla del tren estacionado. Por lo general, se habría enfrentado a un rostro anguloso, afeitado, con mirada firme, de pelo canoso y mandíbula afilada. Pero esa noche se parecía más a una pobre criatura que debería estar en casa, arrebujado en su cama. Tommaso era el primero en admitir que su atractivo le había impedido mantener una relación estable. Sólo se había traducido en demasiadas tentaciones. Pero no en los últimos años, después de haber superado los cuarenta. Su aspecto no había cambiado significativamente, pero la gente de su entorno sí. Se habían casado y disfrutaban de las alegrías de la vida conyugal. Tommaso se convencía, casi a diario, de que debía encontrar una esposa. Pero no sería esa noche, se dijo, y una vez más miró la imagen pensativa de sí mismo.
—Grazie. —Tommaso asintió con la cabeza al guatemalteco y abandonó el andén.
Comprobó su teléfono. No había mensajes nuevos. Ni archivos de imagen. Miró el reloj de la estación: «Martes 15/12/2009 – 1.18 h.» Sabía que podían pasar unos minutos, a veces horas, antes de que un mensaje llegara al móvil cuando era enviado desde Asia. Los servicios de inteligencia retrasaban la señal para controlar lo que se recibía y se enviaba fuera. Tenían un estricto control sobre las conversaciones de la gente.
—Flavio. —Tommaso llamó a su colega—. ¡Flavio!
No eran más de tres agentes del turno de noche los que habían comenzado, bajo la lluvia, hacía diecisiete minutos. La comisaría estaba al lado de la estación de ferrocarril. Sabían que el tren de Trieste llegaba a la una y media y que traía a menudo inmigrantes ilegales de Europa del Este. Buscaban su suerte en el Oeste trabajando por un pequeño salario en cualquier cocina de mala muerte.
Flavio corrió bajo la lluvia y descendió al andén cubierto por un techo de metal. Tuvo que gritar a Tommaso para sobreponerse al ruido:
—¿Los dejamos pasar?
—¿Por qué?
—Debemos ocuparnos de un suicidio en Murano.
—¿Suicidio?
—O asesinato. En esas islas nunca se sabe. —Flavio se sonó tres veces con fuerza y metió el pañuelo en el bolsillo.
Tommaso miró una vez más el teléfono. Todavía nada de la India. ¿Temía la respuesta?, se preguntó de camino a la motora policial. El resto de las ocasiones no había fallado. Hacía unos meses habían encontrado uno en Hanoi, muerto de la misma forma. La misma marca. Además, también era un benefactor.
Antes de que Flavio diera la vuelta con la embarcación en el Canal, Tommaso descubrió que aún había luz en el despacho del jefe. Sabía muy bien lo que significaba: el comisario Morante estaba removiendo cielo y tierra para averiguar quién había pedido a las autoridades chinas el paquete con la cinta. Pronto iba a saber quién lo había hecho. El comisario era un hombre meticuloso. También descubriría que Tommaso había utilizado a la Interpol para enviar advertencias a muchas policías europeas. Entre otras la danesa.
4
Copenhague, martes 15 de diciembre de 2009
Horas de frío en Nordvest.
La lluvia golpeteaba el techo del coche policial con un ritmo tranquilo, monótono. Las gotas se hacían cada vez más gruesas. Pronto la lluvia sobre la ciudad se cristalizaría en forma de aguanieve, pensó Niels Bentzon mientras, con dedos temblorosos, trataba de despegar el penúltimo cigarrillo del paquete.
A través de los cristales empañados, el mundo de alrededor era un impenetrable velo de agua. El tráfico hacía que la luz y la oscuridad fuesen intermitentes. Se reclinó contra el respaldo, mirando al vacío. Tenía dolor de cabeza y agradeció al Todopoderoso que el coordinador de operaciones le hubiera pedido que se quedase en el coche y esperara. A Niels no le gustaba la calle Dorthea, tal vez por su don especial para atraer desgracias. No le sorprendería que esa noche no estuviera lloviendo en el resto de Copenhague.
Trató de recordar qué hubo allí primero: la Comunidad de la Fe Islámica o la Casa de la Juventud. Dos organizaciones que funcionaban como una invitación para los alborotadores. Todos los policías lo sabían: una notificación por radio para prestar asistencia en la calle Dorthea en Nordvest significaba amenaza de bomba, manifestaciones, incendios o agresiones.
Niels había participado en el desalojo de la Casa de la Juventud; casi todos los policías del país habían sido convocados. Fue un asunto turbio, muy desagradable. Niels estuvo en la calle, donde trató de desarmar a dos chicos que esgrimían bates. Lo golpearon en el brazo izquierdo y en las costillas. Aquellos jóvenes irradiaban odio, una supernova de frustraciones dirigida contra Niels. Cuando finalmente logró derribar a uno y esposarlo, el joven se le encaró gritándole algo muy feo. No cabía duda del dialecto: Nordsjælland, Rungsted. La progenie de la clase alta.
Pero la noche anterior no habían sido jóvenes iracundos o islamistas los que habían disparado la alarma, sino un soldado repatriado que estaba utilizando las balas que le sobraban con su familia.
—¡Niels!
Niels oyó los golpes en la ventanilla. Todavía le quedaban tres cuartos de pitillo.
—Niels. Vamos, éste es el momento.
Dio dos profundas caladas antes de salir bajo la lluvia.
El policía, un chico muy joven, lo miró y comentó:
—Qué tiempo tan malo.
—¿Qué sabemos? —Niels tiró la colilla y traspuso la valla policial.
—Ha disparado tres o cuatro veces y ha cogido rehenes.
—¿Qué sabemos acerca de los rehenes?
—Nada.
—¿Hay niños?
—No sabemos nada, Niels. Leon está en la escalera. —Señaló con el dedo.
«¡Vete a la mierda!», había pintado un espíritu honesto en la pared, por encima de los rótulos con los nombres. El vestíbulo era tanto una ruina como un testimonio de las decisiones políticas de los últimos años. «¡Salvad Christiania!», «¡A la mierda Israel!» y «¡Muerte a los maderos!», pudo leer Niels antes de que el portal oxidado se cerrara tras él. Se había empapado en un instante.
—¿Llueve?
Niels no pudo determinar cuál de los tres policías en la escalera era el gracioso.
—¿Es en el segundo piso?
—Sí, señor.
Tal vez estarían sonriendo a sus espaldas mientras él subía por la escalera. Por el camino se cruzó con un par de jóvenes policías con chalecos antibalas y armas automáticas. El mundo no había mejorado desde que Niels fuera aceptado en la Academia de Policía, hacía más de veinte veranos. Al contrario. Se podía ver en los ojos de los policías jóvenes: duros, fríos, distantes.
—Tranquilos, muchachos, todos volveremos a casa vivos —susurró mientras los adelantaba.
—¿Leon? —gritó uno de los policías—. El negociador está subiendo.
Niels sabía exactamente lo que representaba Leon. Si él se viera obligado a elegir un lema, sería: la operación fue un éxito pero el paciente murió.
—¿Es mi amigo Damsbo? —gritó Leon desde el descansillo, antes de que Niels diera la vuelta al recodo.
—No sabía que tuvieras amigos, Leon.
Leon, con ambas manos alrededor de la pequeña metralleta Heckler & Koch, bajó dos escalones y miró sorprendido a Niels.
—¿Bentzon? ¿De dónde demonios te han desenterrado?
Niels lo miró a los ojos: los tenía muertos, grises. Un reflejo del clima de noviembre.
Hacía mucho tiempo que Niels no veía a Leon. Niels había estado de baja por enfermedad seis meses. La barba de dos días de Leon había encanecido, y el nacimiento de su pelo se había retirado, dejando tras de sí un aparcamiento para las arrugas.
—Pensé que enviarían a Damsbo.
—Damsbo está enfermo. Y Munkholm de vacaciones —dijo Niels y apartó el cañón de la metralleta.
—¿Podrás hacerlo, Bentzon? Hace mucho tiempo desde la última vez, ¿verdad? ¿Sigues con la medicación? —Una sonrisa condescendiente se formó en los labios de Leon antes de añadir—: ¿Qué haces aquí? Creía que ahora te dedicabas a poner multas de tráfico por exceso de velocidad y cosas así.
Niels negó con la cabeza y trató de disimular que estaba sin aliento. Así que simuló una inhalación profunda con una expresión de seriedad.
—¿Es grave? —preguntó.
—Peter Jansson, veintisiete años. Armado. Veterano de Irak. Al parecer ha recibido una medalla. Ahora amenaza con matar a toda su familia. Un colega de las fuerzas armadas está de camino. Tal vez pueda llegar para liberar a los niños antes de que se mate a sí mismo.
—A lo mejor incluso podemos convencerlo de que no se mate. —Niels lo miró fijamente—. ¿Qué dices, Leon?
—Mierda, ¿cuándo vas a entenderlo, Bentzon? Hay tipos a los que no les importa el dinero, las penas de prisión o la jubilación por enfermedad. No les importa nada.
Niels se negó a unirse al cinismo de Leon, así que escuchó el resto de su andanada.
—Les va a costar a los contribuyentes una fortuna considerable.
—¿Algo más, Leon? ¿Qué sabemos sobre el apartamento?
—Dos habitaciones. Entras directamente en la primera, no hay recibidor. Creemos que está en la habitación de la izquierda o en el dormitorio, al fondo. Oímos disparos y sabemos que hay dos chicas y una esposa, o ex esposa. Tal vez sólo una hija y una menor de acogida.
Niels miró inquisitivamente a Leon.
—Sí, la historia varía un poco dependiendo de quién vengan las respuestas.
—¿Entras?
Niels asintió con la cabeza.
—Por desgracia no es del todo estúpido.
—¿Qué quieres decir?
—Él sabe que sólo hay una manera de asegurarse de que el negociador no oculta un arma y un transmisor.
—¿Quieres decir que él pretende que me quite la ropa? —Suspiró profundamente.
Leon lo miró con compasión y asintió con la cabeza.
—Lo entendería si te niegas. En ese caso podríamos irrumpir por la fuerza en la vivienda.
—No, no te preocupes. Lo he hecho antes. —Niels se desabrochó el cinturón.
Niels Bentzon cumpliría quince años en el Departamento de Homicidios el próximo verano. Los últimos diez años como negociador. Lo enviaban a solucionar secuestros con rehenes, o cuando la gente amenazaba con suicidarse. Siempre eran hombres. Cuando las acciones se desplomaron y los economistas se dieron cuenta de la crisis financiera, aparecieron las armas. A Niels siempre le ha sorprendido cuántas armas hay por ahí, en las casas. Armas ligeras de la Segunda Guerra Mundial, escopetas de caza y rifles sin licencia.
—Niels Bentzon, soy oficial de policía. No llevo ropa encima, como has pedido. No tengo armas ni transmisor. —Empujó suavemente la puerta entreabierta—. ¿Puedes oírme? Mi nombre es Niels. Soy policía y estoy desarmado. Sé que eres soldado, Peter. Sé que es difícil quitar la vida a alguien. Sólo quiero hablar contigo.
Niels se detuvo ante la puerta, escuchando. Ninguna respuesta, sólo el hedor de una vida decadente. Poco a poco sus ojos se acostumbraron a la penumbra.
A lo lejos ladraba un perro callejero de Nordvest. En unos segundos se activó al máximo su sentido del olfato y rápidamente pudo detectar el olor a pólvora. Su pie encontró cartuchos. Recogió uno, todavía caliente. Niels leyó el grabado en la base: 9 mm. Este calibre lo conocía muy bien. Había tenido el honor de recibir un proyectil alemán en el muslo, de casi el mismo calibre, hacía tres años. En algún lugar, en el cajón superior de la cómoda de Kathrine, él había guardado la bala que el cirujano había extraído. Una 9 mm Parabellum, el calibre más popular del mundo. El nombre Parabellum descendía del latín. Niels lo había encontrado en Google: «Si vis pacem, para bellum; Si quieres paz, prepárate para la guerra.» Era el lema de la fábrica alemana de esas armas. Deutsche Waffen und Munitionsfabriken. Habían suministrado las municiones para el ejército alemán en las dos guerras. Qué paz les había dado.
Niels dejó el cartucho en el suelo, donde lo había encontrado. Se detuvo un momento y se tranquilizó a sí mismo. Las sensaciones desagradables tenían que desaparecer antes de continuar. Si no, la angustia vencería. La más leve vibración de su voz pondría al secuestrador nervioso. Kathrine. Pensó en Kathrine. No debería hacer eso, de lo contrario no podría continuar.
—¿Estás bien, Bentzon? —susurró Leon detrás de él.
—Cierra la puerta —ordenó Niels.
Leon obedeció. Los destellos del tráfico de la calle arrojaban luz a través de las ventanas, y Niels se vio en un cristal. Pálido, asustado, desnudo e indefenso. Tenía frío.
—Estoy en tu sala de estar, Peter. Mi nombre es Niels. Estoy esperando que hables conmigo.
Niels estaba sereno, ya totalmente tranquilo. Podría pasar casi toda la noche negociando, él lo sabía. Pero a menudo no tenía mucho tiempo. Lo más importante de una situación con rehenes era que aprendía mucho sobre secuestradores en muy poco tiempo. ¡Lo que uno llega a saber sobre la persona que está detrás de una amenaza! Sólo cuando lograba conectar con la persona había esperanza. Leon era un idiota. Él sólo veía la amenaza, y por tanto siempre terminaba disparando.
Niels buscaba huellas de un hombre llamado Peter en el apartamento. Los detalles cruciales. Miró las fotografías pegadas a la puerta del refrigerador: Peter con su esposa y sus dos hijas. Bajo las imágenes de las niñas se leía «Clara» y «Sofie». Al lado, «Peter» y «Alexandra». Clara, la mayor, era una niña grande, tal vez una adolescente. Aparato para los dientes y espinillas. Había diferencia de edad entre las dos niñas. Sofie no aparentaba más de seis. Bastante dulce y agradable. Se parecía a su padre. Clara no se parecía ni a la madre ni al padre. Tal vez fuera de un matrimonio anterior. Niels respiró hondo y volvió a la sala de estar.
—¿Peter? ¿Están Clara y Sofie contigo? ¿Y Alexandra?
—¡Largo, cabrón! —se oyó un grito enérgico desde el fondo de la vivienda.
El frío ya empezaba a hacerle mella y comenzó a temblar. Peter no estaba desesperado, sino determinado. Con la desesperación uno puede negociar, la determinación es peor. Otro suspiro profundo. La batalla no se había perdido todavía. «Descubra lo que quiere el secuestrador.» Ésa era la máxima para un negociador. «Si no quiere nada, ayúdele a encontrar un deseo, sólo uno, u otra cosa.» Se trata de hacer que el cerebro del secuestrador sienta expectación por algo. Justo ahora el cerebro de Peter se encontraba en las antípodas, Niels lo había notado en su voz.
—¿Has dicho algo? —preguntó para darse tiempo.
No hubo respuesta.
Niels miró alrededor. Todavía no tenía la clave para resolver la situación. La habitación estaba empapelada de girasoles, girasoles grandes del suelo al techo. Algo interfería en el olor a pis de perro y humedad. Sangre fresca. La mirada de Niels encontró la fuente del olor en una esquina, acurrucada de una manera que nunca se lo habría imaginado.
Alexandra había recibido dos balas directamente en el corazón. Era en las películas donde se tomaba el pulso, en la realidad sólo se veía un enorme agujero en el pecho y una vida definitivamente perdida. Ella lo miraba con los ojos bien abiertos. Fue entonces cuando Niels oyó el suave llanto de una niña.
—¿Peter? Todavía estoy aquí. Mi nombre es Niels...
Una voz le interrumpió:
—Tu nombre es Niels y eres policía. ¡Ya lo has dicho! Y yo te he dicho que te largues, cabronazo.
Una voz sombría, firme. ¿De dónde venía? ¿Del cuarto de baño? ¿Por qué demonios Leon no le había conseguido un plano?
—¿Quieres que me vaya?
—Diablos, por fin lo entiendes, capullo.
—Pero no puedo, por desgracia. Mi trabajo es estar aquí hasta que se acabe. Pase lo que pase. Sé que puedes entenderlo. Tú y yo, Peter, los dos tenemos trabajos que nos obligan a permanecer en nuestro puesto, aunque sea difícil.
Niels escuchó. Se acercó al cadáver de Alexandra. En su mano tenía unos papeles. Los músculos no estaban rígidos aún y no fue difícil quitarle el papel. Niels se puso de pie junto a la ventana, para servirse del alumbrado público de la calle Dorthea. La carta era del Ministerio de Defensa. Un despido. Demasiadas palabras, tres páginas. Niels hojeó rápidamente. «Problemas personales... Inestable... Circunstancias desafortunadas... Informes de asistencia y reciclaje profesional.» Entonces se sintió atrapado en una especie de túnel del tiempo, contemplando la última foto familiar. Era como si estuviese viendo lo ocurrido.
Alexandra encuentra la carta. Peter ha sido licenciado. El único ingreso de la familia. Licenciado al mismo tiempo que luchaba para digerir toda la mierda que había visto y protagonizado sirviendo a su patria. Niels sabía que nunca hablaban de ello. Los soldados que volvían de Irak y Afganistán no respondían a las preguntas más obvias. ¿Has disparado? ¿Mataste a alguien? Sus respuestas eran evasivas. Quizá porque era demasiado frecuente que las armas que disparaban y que destrozaban al enemigo, extremidades y órganos que saltaban en pedazos, hicieran casi tanto daño al alma del verdugo como al cuerpo de la víctima.
Peter había sido licenciado, el ejército le había dado la patada. Él se había marchado de casa como un hombre real y volvía hecho una piltrafa. Y Alexandra no lograba asimilarlo. Ella pensaba en primer lugar en las niñas, es lo que hace una madre. Un soldado dispara y una madre piensa en sus hijos. Tal vez ella le gritó que era un incompetente, que le había fallado a la familia. Y entonces Peter hizo lo que había aprendido: cuando los conflictos no pueden resolverse por medios pacíficos, se dispara al enemigo. Y Alexandra se había convertido en el enemigo.
Finalmente Niels tenía una clave: le hablaría a Peter como un soldado. Le hablaría con su honor, con su hombría.
5
Murano, Venecia
Inicio del invierno, temporada alta de suicidios en la Europa continental. Pero esto no era un suicidio. Era venganza. Si no, no habría utilizado alambre para ahorcarse. En realidad no era tan difícil encontrar una cuerda en esa isla, con todos sus astilleros.
Flavio estaba fuera vomitando en el canal. La viuda del soplador de vidrio muerto había buscado el consuelo de sus vecinos. Tommaso podía oír sus gritos de vez en cuando. Fuera de la casa se había congregado una representación de la población de la isla. El supervisor de la fábrica de cristal, un monje del monasterio de San Lázaro, un vecino y un comerciante. ¿Qué querría el comerciante?, se preguntó Tommaso. ¿Tal vez cobrar la última factura impagada antes de que fuera demasiado tarde?
Increíble lo que la crisis financiera hacía a los hombres y a su percepción de sí mismos. Y era aún más arriesgado siendo habitante de las islas, el aislamiento en una sociedad cerrada, la falta de progreso vital. No era de extrañar que Venecia hubiera ascendido inadvertidamente en las estadísticas de suicidio de Italia.
La casa: húmeda, techos bajos y mal iluminada. Tommaso miró por una ventana y vio el rostro de una mujer. Estaba comiendo un bocadillo. Lo miró con aire de culpabilidad, sonrió y se encogió de hombros. Podía tener hambre, por supuesto, aunque el soplador de vidrio estuviese muerto. Tommaso oía voces fuera. En particular, del supervisor. Hablaba de las imitaciones baratas de cristal procedentes de Asia, vendidas a los turistas. Habían arruinado el trabajo local, el que se había producido y desarrollado como una forma de arte a través de los siglos. ¡Era un escándalo!
Tommaso miró de nuevo el teléfono. ¿Dónde demonios estaban las fotos de la India? El soplador de vidrio se balanceaba. A Tommaso empezaba a preocuparle cuánto tiempo le sostendría el alambre. Si las vértebras del cuello estaban rotas, el alambre avanzaría a través de la carne y lesionaría el cuerpo.
—¡Flavio! —llamó Tommaso.
Flavio apareció en la puerta.
—Escribe el informe.
—No puedo.
—Cállate. Escribe lo que te digo. Puedes sentarte de espaldas a la habitación.
Flavio tomó una silla, se volvió hacia la pared húmeda y se sentó. Olía a hollín. Como si alguien hubiera apagado el fuego de la estufa con un cubo de agua.
—¿Listo?
Flavio estaba sentado con su cuaderno, mirando a la pared.
Tommaso comenzó con la parte oficial:
—Llegamos justo antes de las dos. Llamada de emergencia de la viuda del soplador de vidrio Antonella Bucati. ¿Escribes?
—Sí.
La sirena. Por fin. Tommaso la oía. La ambulancia apagó la sirena cuando encontró el camino de la laguna hacia ese deteriorado canal. El motor rugía. Los intentos de las olas de romper los pilotes medio podridos anunciaron la llegada de la ambulancia, unos segundos antes de que los sanitarios desembarcaran. La luz azul parpadeante iluminaba la habitación a destellos y Tommaso recordó lo oscura que era Venecia en invierno. Era como si la humedad robara los restos dispersos de luz de las pocas casas donde aún vivía alguna persona. El resto de Venecia estaba sumido en la oscuridad. La mayor parte de la ciudad era propiedad de estadounidenses y saudíes, que se encontraban allí un máximo de dos semanas al año.
Entonces Tommaso vio los tacones y en ese momento el teléfono empezó a tintinear. El ahorcado tenía los tacones de sus zapatos negros manchados de blanco. Tommaso raspó un tacón y la suciedad blanca se desprendió.
—¿Podemos bajarlo? —Fue Lorenzo, conductor de la ambulancia, el que lo pidió. Tommaso había ido a la escuela con él. Sólo habían discutido una vez. Lorenzo ganó.
—Todavía no.
—¿Estás tratando de decirme que es un asesinato? —Lorenzo se preparaba para cortar el alambre del soplador de vidrio.
—¡Flavio! —llamó Tommaso—. Si toca el cadáver, que le esposen.
Lorenzo puso un pie en el suelo con rabia.
—Linterna. —Tommaso tendió la mano.
Flavio se llevó la mano a la boca y bajó los ojos cuando le dio la linterna. No había huellas en el suelo. La cocina también estaba convenientemente limpia, donde el soplador de cristal colgaba de la viga del techo. En contraste con la sala, donde el suelo estaba sucio. El teléfono sonó de nuevo. Tommaso abrió la puerta de atrás. La huerta estaba cubierta. Había un pequeño emparrado. Hacía mucho tiempo, alguien había intentado guiar la parra alrededor de la terraza, pero había desistido y el sol la llevaba ahora a su antojo. La parra cubría todo el techo libremente. Una luz brillaba en el taller. Tommaso caminó unos pasos por el jardín de la cocina y abrió la puerta. A diferencia del resto de la casa, el taller estaba ordenado. Meticulosamente ordenado.
Otro mensaje se anunciaba en la pantalla. Llegaban en emocionantes oleadas. No se atrevió a abrirlos en ese momento.
El suelo del taller era de hormigón blanco. Tommaso se puso a raspar, la superficie era porosa, casi como tiza. Lo mismo que aparecía en los tacones del ahorcado. Se sentó en una silla. Flavio gritó, pero Tommaso fingió no oírlo. Su primera suposición era correcta. No era un suicidio. Era una venganza.
La venganza de la esposa. El soplador de vidrio había muerto ahí y había sido arrastrado por el taller, así se habían manchado de blanco los tacones de los zapatos.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Tommaso miró a Flavio, que estaba en la puerta—. ¿Estás bien? Joder, tienes mal aspecto.
Tommaso ignoró el diagnóstico:
—Debemos llamar al médico forense. Y a los técnicos de la Véneto.
—¿Por qué?
Tommaso deslizó su dedo por el suelo y lo levantó hacia arriba para que Flavio viese qué blanco estaba.
—Lo mismo que tiene en los tacones. Si miras, puedes ver que es lo mismo.
Flavio cayó en la cuenta.
—¿Vamos a detener a la viuda?
—Probablemente sería un buen comienzo.
Flavio meneó la cabeza, parecía triste. Tommaso sabía exactamente lo que le pasaba en ese momento: el desánimo ante la historia que escucharía de la viuda en las próximas horas sobre la pobreza, la embriaguez y la pérdida de puestos de trabajo, los maltratos de esposa y el aislamiento de un isleño. Era la historia de Venecia ahora. En algún lugar había seguramente un seguro de vida, ¿o quizá la viuda del soplador de vidrio simplemente ya había tenido suficiente? Flavio llamó por teléfono a la comisaría y se lo tomó con calma para hacer las detenciones necesarias. Tommaso respiró hondo. «Esta noche será el fin del mundo para todos ellos», pensó. Tenía dificultades para leer los mensajes en el teléfono. Giuseppe Locatelli le había enviado cuatro fotos desde la India. Tommaso sacó las gafas de leer y estudió la primera imagen: la marca de la espalda del hombre muerto. Lo mismo que las demás. Y entonces vio los primeros planos de la marca de atrás.
«Treinta y cuatro —se dijo—. Nos quedan dos.»
6
Calle Dorthea, Copenhague
«Maníaco-depresivo», susurraba Leon a los otros policías al otro lado de la puerta.
Niels sabía muy bien que ésa era la palabra que usaban cuando hablaban de él. Y también sabía lo que significaba ese apelativo en su diccionario: loco de atar. Pero Niels no era maníaco-depresivo. Sólo que a veces estaba un poco excitado y otras veces completamente hundido. El último viaje a las profundidades había durado un par de meses.
Niels miró sus piernas desnudas mientras avanzaba por el suelo. Le temblaban todo el tiempo y el frío hacía difícil lograr el deseado autocontrol. En un segundo tendría que decidir si escapaba y dejaba a Leon resolver la situación sin miramientos. Niels nunca había disparado un arma. Y nunca lo haría. Eso lo sabía. No podría. Tal vez por eso era un negociador, el único trabajo de la policía en el que nunca se llevaban armas.
Niels se aclaró la garganta y gritó:
—¡Peter! ¿Crees que soy idiota? —Se acercó dos pasos más a la habitación—. ¿Crees que no sé lo que se siente al tener un trabajo como el tuyo o el mío.
Él sabía que Peter escuchaba. Podía oír su respiración. Ahora se trataba de ganar su confianza para que pudiera persuadirle de liberar a las niñas.
—La gente no sabe lo que se siente cuando se le quita la vida a alguien. La sensación es como si te quitaras la tuya propia. —Niels hizo una pausa de unos segundos—. ¡Háblame, Peter! —gritó imperiosamente. El tono áspero le sorprendió incluso a él mismo. Pero Peter era un soldado, tenía que recibir una orden—. ¡He dicho que me hable, soldado raso!
—¿Qué quieres? —gritó Peter desde el dormitorio—. ¿Qué demonios quieres?
—¡No! ¿Qué quieres tú, Peter? ¿Qué quieres? ¿Quieres salir fuera de aquí? Lo puedo entender, maldita sea. Es un mundo cruel.
No hubo respuesta.
—Estoy contigo ahora mismo. Estoy desarmado y desnudo, tal como habías pedido. Abriré lentamente la puerta para que puedas verme.
Niels dio tres pasos hasta la puerta.
—Abro la puerta ahora.
Esperó unos segundos. Era fundamental dominar su respiración. No podía mostrar ningún atisbo de nerviosismo. Cerró los ojos un segundo. Luego los abrió y empujó la puerta. Se detuvo en el quicio. Una niña yacía en la cama. De unos quince años. Clara. La mayor. Yacía sin vida. Sangre en las sábanas. Peter estaba sentado en la esquina de la habitación y miraba sorprendido al hombre desnudo de la puerta. El soldado llevaba puesto su uniforme y parpadeaba. Era un animal herido. Tenía un rifle de caza en la mano y apuntaba a Niels, y una botella vacía de alcohol entre las piernas.
—No puedes decidir nada sobre mí —susurró Peter, que ya no parecía tan confiado en sí mismo.
—¿Dónde está Sofie?
Peter no respondió, pero oyó un leve ruido debajo de la cama. Bajó el rifle para encañonar a Sofie, la pequeña, que estaba acurrucada debajo de la cama.
—Vamos a irnos de aquí —dijo el soldado, y miró a Niels a los ojos por primera vez.
Niels le sostuvo la mirada. Se negó a mostrar debilidad.
—Sí, nos vamos de aquí. Pero no Sofie.
—Bueno, toda mi familia.
—Ahora me voy a sentar —anunció Niels, y lo hizo.
La sangre de la chica muerta que goteaba del somier al suelo le llegaba a los pies desnudos. Se percibía un intenso olor a colchones viejos y alcohol. Niels dejó al secuestrador a su aire durante un rato. Peter no estaba listo para disparar a su hija más pequeña, Niels ya lo había notado. Hay muchas maneras de negociar con un secuestrador, muchas técnicas. Tantas, que Niels se había quedado atrás cuando sus dos colegas habían estado en un curso del FBI en Estados Unidos. Niels también habría ido, pero su fobia a viajar le obligó a quedarse en casa. Sólo la idea de subirse a una estructura de hierro de muchas toneladas y flotar sobre el Atlántico a unos doce kilómetros de altura le resultó algo imposible. El resultado fue bastante predecible: los jefes nunca más le llamaron. Sólo si había una enfermedad o una ausencia, como esta tarde.
El manual decía que el siguiente paso era iniciar las negociaciones con Peter. Para conseguir que él estableciera las peticiones o demandas, lo que fuera, pero sólo una, lo que haría que pasase el tiempo y que su cerebro se relajase. Podría ser algo muy trivial. Más whisky o tabaco. Pero Niels había tirado el manual hacía mucho tiempo.
—Sofie —llamó Niels—. ¡Sofie!
—Sí. —La niña salió de debajo de la cama.
—Ahora tu padre y yo hablaremos un poco. Es una charla de adultos y preferimos estar solos. —Niels habló en tono duro, muy duro, y no dejó de mirar a Peter ni un segundo. Niels ya era el oficial, el superior, el aliado de Peter—. Ahora harás lo que tu padre y yo te decimos. Sal ahora. ¡Y ve a la escalera!
Finalmente Niels escuchó cómo se movía debajo de la cama.
—¡No debes mirarnos! Vete fuera, ahora —ordenó.
Oyó los pequeños pasos por la sala y luego cómo la niña abría y luego cerraba la puerta del piso. Ahora sólo quedaban Niels, Peter y el cadáver de una adolescente.
El negociador examinó al soldado. Peter Jansson, veintisiete años. Licenciado forzoso del ejército. Un héroe danés de pura cepa. Peter movió el rifle y se puso el cañón bajo la barbilla. El soldado cerró los ojos. Niels casi podía escuchar el susurro de Leon desde la escalera: «¡Que lo haga, Niels! Deja que ese loco se vuele el cerebro.»
—¿Dónde prefieres ser enterrado? —Niels estaba totalmente tranquilo y habló como si fueran amigos íntimos.
Peter abrió mucho los ojos, pero sin mirar a Niels. Miró hacia arriba, tal vez era religioso. Niels sabía que muchos soldados buscaban al capellán con más frecuencia de lo que querrían admitir.
—¿Quieres ser incinerado?
El soldado agarró con más fuerza el rifle.
—¿Hay algo que quieras decir a alguien? Yo soy la última persona que te va a ver con vida.
No hubo reacción en Peter. Respiraba lentamente. Este último acto, quitarse la vida, exigía más coraje que matar a su esposa o a sus hijas.
—Peter, ¿hay alguien con quien pueda contactar de tu parte? ¿Una persona a la que desees dejar un mensaje final? —Niels le habló como si Peter tuviera un pie en el paraíso, como si estuviera en la puerta de entrada al otro mundo—. Lo que experimentaste en Irak no lo debería experimentar nadie.
—No.
—Y ahora deseas seguir adelante.
—Sí.
—Entiendo, está muy bien. ¿Hay algo por lo que quieras ser recordado? Algo bueno.
Peter hizo memoria y Niels vio que había ganado algo. Por primera vez, el secuestrador pensaba en otra cosa diferente a pegarse un tiro, pegárselo a su familia o a este maldito mundo. Así que Niels continuó:
—¡Peter! ¡Respóndeme! ¿Has hecho algo bueno? ¿Qué fue?
—Era una familia... Un pueblo a las afueras de Basora sometido a un fuego intenso —comenzó titubeante.
—¿Era una familia iraquí? —lo animó Niels—. ¿Tú la salvaste?
—Sí.
—O sea que has salvado vidas. No sólo las has quitado. Eso se recordará.
Peter inclinó el rifle y por un momento bajó la guardia como un boxeador derrotado.
Niels reaccionó con rapidez. Se acercó rápidamente y agarró el cañón del arma. Peter lo miró sorprendido, pero no soltó el rifle. Decidido, Niels le golpeó en la cabeza con la palma de la mano.
—¡Suelta! —le ordenó.
Niels esperaba que Peter se volviera y gimotease, pero él se quedó sentado allí, con gesto derrotado. Niels le quitó el rifle con cuidado y se dio la vuelta. La chica en la cama se movió.
—¡Leon! —llamó Niels.
Los policías irrumpieron en el piso. Leon entró primero, siempre era el primero. Se abalanzaron sobre el soldado, aunque éste no se resistió. Los auxiliares se apresuraron ruidosamente por las escaleras.
—¡La niña vive! —exclamó Niels y salió de la habitación.
Un agente estaba preparado con una manta y se la arrojó para que se cubriese. Niels lo hizo en el pasillo y miró hacia atrás. Peter estaba llorando, destrozado. Llorar era bueno, Niels lo sabía bien. Cuando había lágrimas, había esperanza. Ya habían puesto a la niña en una camilla y se la llevaban.
Niels fue a la cocina, cubierto por la gruesa manta que olía a perros policía, y dejó a los demás haciendo lo necesario. La familia había comido albóndigas para cenar. Salsa bearnesa de sobre.
Fuera llovía aún. ¿O era la primera nevada del año? La ventana estaba cubierta de condensación.
—Bentzon.
Leon se acercó a él.
—Hay una cosa que me gustaría preguntarte.
El negociador esperó. Leon tenía mal aliento.
—¿Qué demonios piensas realmente?
—¿Estás seguro de querer saberlo?
—Sí.
Niels respiró hondo y reflexionó. Leon aprovechó su indecisión para zamparse la última albóndiga de la familia. La rebozó en la salsa y se la metió en la boca.
—Pienso en algo que escuché en la radio sobre Abraham e Isaac.
—Me temía que ibas a decir algo así.
—Tú me has preguntado.
Sin dejar de masticar, Leon preguntó:
—¿Qué pasa con ellos? No estoy muy familiarizado con esas cosas.
—Había un sacerdote en la radio que decía que no deberían difundir esta historia. ¿Te acuerdas de eso? Dios le dice a Abraham que debe sacrificar a su hijo para probar su fe.
—Estoy de acuerdo con el sacerdote. Suena como una historia demencial. Mejor que se prohíba esa basura.
—¿No es lo mismo que hacemos nosotros? Enviar a un joven a un desierto lejano y pedirle que se sacrifique por una creencia.
Leon lo miró durante unos segundos. Una pequeña sonrisa, una sacudida teatral con la cabeza, y ya se había ido.
7
Aeropuerto de Charleroi, Bruselas, Bélgica
«Mi venganza será redentora.»
La idea sonó brillante en la mente de Abdul Hadi mientras miraba con desprecio a los guardias de seguridad. «Si quisiera de verdad secuestrar un avión, vuestra ridícula seguridad no podría detenerme.»
Sin embargo, no era tan simple. No iba a secuestrar un avión y volar a la sede de la Unión Europea. No habría imágenes en la televisión de los parientes de los pasajeros gritando y llorando cuando la compañía aérea diera a conocer las listas con los nombres de las víctimas. Esta venganza sería diferente, sería una venganza justa.
El guardia de seguridad lo miró irritado. Abdul Hadi había comprendido, por supuesto, su primera pregunta, pero mientras le obligaba a repetir sus injustas exigencias, encontró las fuerzas para seguir.
—¿Puede quitarse los zapatos, señor? —El guardia levantó la voz.
Abdul Hadi miró a los occidentales que acababan de pasar por el puesto de control del aeropuerto sin tener que quitarse los zapatos. Sacudió la cabeza y volvió a pasar a través de aquel extraño marco de puerta que emitía un pitido si tenías monedas en el bolsillo. Se quitó los zapatos con calma y confianza y los puso en una bolsa de plástico. «Tal vez piensen que escondo un cuchillo en el zapato, como hizo Mohamed Atta», pensó antes de pasar de nuevo. Un segundo guardia de seguridad lo llamó. Esta vez era su equipaje de mano, que debía ser tratado de manera diferente al del resto de pasajeros. Con mayor desconfianza. Abdul Hadi miró alrededor en el aeropuerto mientras husmeaban en su neceser. Tintín y chocolates rellenos. No sabía mucho acerca de Bélgica, pero había aprendido que era famosa por dos cosas. Recordó que dos mujeres belgas de mediana edad habían sido asesinadas en Wadi Dawan el año anterior. Algunos guerreros de Alá habían atacado un convoy de occidentales y las dos mujeres habían muerto. Abdul Hadi movió la cabeza. Nunca volvería a conducir a través del desierto de Wadi Dawan sin protección.
Por encima de la tienda duty-free colgaba un mapa del mundo. Lo miró mientras ellos abrían los bolsillos de su bolsa y sacaban las pilas de la máquina de afeitar. El terror había rehecho el mapamundi, pensó. Nueva York era la capital. «Bombay también ha tenido un significado completamente nuevo, así como el metro de Madrid y de Londres. Sharm el Sheik, Tel Aviv y Jerusalén.» Su gente había sacado un pincel gigante y había comenzado a pintar el mundo de rojo. Estaban creando un nuevo mapa del mundo donde la gente ya no pensaba en castañuelas cuando hablaban sobre Madrid, o en la estatua de la Libertad cuando la charla fuera sobre Nueva York. En su lugar, pensaban en el horror.
Un nuevo guardia de seguridad se unió a los dos que ya estaban inclinados sobre su bolsa. Tal vez una especie de superior. Sin levantar la vista del contenido de la bolsa, le preguntó en inglés:
—¿Ha hecho usted mismo su equipaje, señor?
—Sí, por supuesto. Es mi bolsa.
—¿Adónde viaja?
—A Estocolmo.
—¿Trabaja allí?
—No. Voy a visitar a mi familia. Tengo un visado. ¿Hay algún problema?
—¿De dónde es, señor?
—De Yemen. ¿Hay algún problema?
El guardia le devolvió la bolsa sin un atisbo de disculpa.
Abdul Hadi se colocó en el centro de la zona de salida: tiendas, publicidad de películas y una promoción de estilos de vida rimbombantes. Sentía desprecio. Occidente y la extraña relación de los occidentales con la seguridad. «Es pura ficción —pensó—, al igual que la fantasía sobre todo lo que pueden hacer sus productos por ellos. Ahora los pasajeros piensan que todo está bien, que están a salvo. ¡Pero ustedes no tienen verdadera seguridad!» Abdul Hadi ni siquiera podría soñar en llevar un arma al aeropuerto. ¿Para qué buscarse complicaciones? En cambio, todo estaba preparado para él cuando llegara a su destino. Sabía adónde ir. Sabía que iba a morir, y cómo lo haría.
Estocolmo, Retrasado
Miró
