El esclavo de la Al-Hamrá

Blas Malo

Fragmento

<meta name="viewport" content="width=device-width, initial-scale=1, maximum-scale=1"> <body> <style> html * {padding:0px;font:1em/1.4em Georgia, "Times New Roman", Times, serif;padding:0 0.6em 1.2em 0.6em;color:#000"} img {max-width:100%;height:auto;display:block;margin:0 auto;} </style> <div id="toc"> <h1 /> <div> <p> Portadilla <br /> </p> <p> Créditos <br /> </p> <p> Dedicatoria <br /> </p> <p> Introducción histórica <br /> </p> <p> PRIMERA PARTE. 717-737 (1339-1359) <br /> </p> <p> 1. La promesa de un niño </p> <p> 2. El libro del jattat </p> <p> 3. Bajo el sol de Fez </p> <p> 4. Camellos y arena </p> <p> 5. Un regalo envenenado </p> <p> SEGUNDA PARTE. 747-748 (1369-1370) <br /> </p> <p> 6. El hakkak </p> <p> 7. El regreso del heredero </p> <p> 8. Un deseo </p> <p> 9. Una idea peligrosa </p> <p> 10. Lazos de sangre </p> <p> 11. Un aviso </p> <p> 12. Preparando una traición </p> <p> 13. El ángel </p> <p> 14. El soldado de Alá </p> <p> 15. La confabulación </p> <p> 16. Un último grito </p> <p> 17. Tiempo de cólera </p> <p> 18. El color de la guerra </p> <p> 19. El vaticinio del hakkak </p> <p> 20. Prisionero </p> <p> 21. El despertar de la rosa </p> <p> 22. El peso de la ley </p> <p> TERCERA PARTE. 748-755 (1370-1377) <br /> </p> <p> 23. El lobo </p> <p> 24. El heredero de Ibn Nasrí </p> <p> 25. En nombre de Alá </p> <p> 26. La cantera del halcón </p> <p> 27. El comerciante de mármol </p> <p> 28. La decisión de Ibn Taled </p> <p> 29. La historia de la rosa </p> <p> 30. El aprendiz </p> <p> 31. El cautivo </p> <p> 32. El regreso </p> <p> 33. Un nuevo nombre </p> <p> 34. Almaluki </p> <p> 35. El aprendizaje de la rosa </p> <p> 36. Tierra de hintatas </p> <p> 37. El zoco de Taza </p> <p> 38. El arquitecto </p> <p> 39. La rosa se abre </p> <p> 40. Nuevas noticias </p> <p> 41. Las palmeras de mármol </p> <p> 42. En memoria del farmacéutico </p> <p> 43. La rosa de los meriníes </p> <p> 44. Doce leones y una fuente </p> <p> 45. La flor de Garnata </p> <p> 46. La conspiración </p> <p> 47. Una última esperanza </p> <p> 48. La liberación </p> <p> EPÍLOGO <br /> </p> <p> APÉNDICES <br /> </p> <p> Glosario <br /> </p> <p> Bibliografía <br /> </p> <p> Agradecimientos <br /> </p> </div> </div> <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8" /> <!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.1//EN" "http://www.w3.org/TR/xhtml11/DTD/xhtml11.dtd"> <html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"><head><title> 

Introducción histórica

 

¿Qué fue de Abd al-Rahmán, el último de los omeyas y constructor de la Gran Mezquita de Qurtuba? ¿Dónde están las palomas blancas que los cordobeses lanzaron al aire para gloria de su nombre cuando, entre aclamaciones, entró por primera vez en la ciudad? ¿Qué fue de los campos de naranjos y azahar de Isbilya; del ímpetu del general Al-Mansur, azote de los cristianos, y de sus jinetes victoriosos, el terror de las mesetas castellanas? Polvo; ya sólo polvo y ceniza.

Corre el año 711 de la Hégira (1333 de la era cristiana) y, desvanecido el sueño del califato cordobés de un imperio universal en nombre de Alá, Al-Ándalus agoniza. Las tropas castellanas y aragonesas, animadas por su credo de cruz y espada, avanzan imparables hacia el sur de la península Ibérica contra el reino nazarí de Granada. Desde el otro lado del mar, la lucha entre el reino de los meriníes y Castilla y Aragón por el control del estrecho de Gibraltar implicará al reino nazarí en una guerra trágica. El Estrecho es el nexo de Granada con el resto del Islam, y también la arteria que nutre de hombres vigorosos y sangre nueva al único reino musulmán de Occidente. Hermanos de religión pero enfrentados en la interpretación de la fe y en sus raíces raciales, el reino meriní[*] de Fez —bereber y defensor de la ortodoxia— y el reino nazarí de Granada[*] —de raza árabe y seguidor de Malik Ibn Anas pero partidario de la paz— conviven en una vecindad mal avenida, que los cristianos aprovechan en su favor.

En el año 718 (1340), tiene lugar la batalla del Salado: meriníes y nazaríes se enzarzan en una terrible lucha contra los cristianos portugueses y castellanos por el control del Estrecho. Tras la derrota, el reino de Granada, vencido y suplicante, se arrodilla ante Castilla. Para Yúsuf I, sultán de Granada, sólo queda una premisa: sobrevivir a cualquier precio.

Debilitados los meriníes y una vez firmada una paz vigilante con los cristianos, Yúsuf I dedica su tiempo a afianzar su pequeño reino entre las montañas y el mar con una convicción: sólo la diplomacia, y no las armas, evitará el ocaso del último resto de Al-Ándalus. Y como prueba del triunfo de su política inicia la construcción de nuevos palacios sobre la colina donde sus antepasados ziríes habían erigido la fortaleza de la Al-Qasaba Al-Hamr¯a, La Roja. Su hijo Muhammad V seguirá sus pasos, evitando la guerra y propiciando la paz. Pero lo que para algunos es sabiduría, para otros es debilidad, y los meriníes no están dispuestos a rendirse fácilmente; el deber de un buen musulmán es expulsar al infiel de las tierras del Islam. ¡Alá así lo pide! ¿Y qué heredero a un trono no luchará por su ascensión si cuenta con aliados dispuestos a todo?

En el año 737 (1359) un golpe de Estado por parte de su hermanastro Ismail, alentado por los mandos meriníes del ejército nazarí, obliga a Muhammad a huir a Fez, a tierras meriníes, a suplicar ayuda y refugio. Es tiempo de desesperación. Los usurpadores provocan una guerra con Castilla, y ésta responde venciendo una y otra vez al maltrecho ejército nazarí. En virtud de sus estrechas y ambiguas alianzas con varios de los príncipes meriníes y con el propio Pedro I, rey de Castilla, Muhammad consigue recuperar el trono tres años más tarde y restaurar los tratados de tregua, a cambio de una onerosa paz comprada. Pero el sultán sabe que todo lo que nace muere algún día, y que para el último resto del Imperio islámico de Occidente la suerte está echada.

La diplomacia marcó desde aquel momento la diferencia entre la muerte y la vida. Pero quiso Alá que, próximos a Muhammad V, dos hombres excepcionales, hábiles de palabra, soportaran sobre sus hombros la pesada carga del destino de Granada. Uno de ellos fue Ibn al-Jatib, su visir y hombre de confianza, literato, místico, historiador y poeta. El otro se llamaba Ibn Zamrak, secretario y discípulo del visir, y su poesía, como su ambición, no conoció límites.

 

* El reino meriní correspondería, aproximadamente, al norte del actual Marruecos. Su origen está en la tribu bereber de los Banu Marin, que en 1248, bajo el mando de su jefe, Abu Yahya, se apoderó de Fez y sometió a las demás tribus, tras derrotar a los almohades. Los cristianos los llamaron «benimerines».

 

* El reino nazarí es el reino de Granada, llamado «nazarí» en honor de su auténtico fundador, Ibn Nasrí. Por ello, uno de los sobrenombres del sultán de Granada es «el heredero de Ibn Nasrí».

 

PRIMERA PARTE

717-737 (1339-1359)

 
 

1

La promesa de un niño

 

Una gran alegría envolvía la ciudad de Garnata, la primera alegría en mucho tiempo. Los mensajeros cruzaron a matacaballo las fértiles tierras de la Vega, extramuros, y atravesaron el perímetro amurallado. Entre los gritos de júbilo de los garnatíes, ascendieron a través de calles empedradas y zocos bulliciosos hasta los palacios reales, rodeados por los espesos bosques de la Sabika, la colina roja de la Al-Hamr¯a. Las mujeres exclamaban alegres desde detrás de las celosías y los hombres aclamaban a Alá y al sultán, dispuestos a unirse a la guerra. Había nacido el primogénito de Yúsuf I y los almuédanos anunciaban la buena nueva desde alminares y mezquitas, desde plazas y zocos, para gloria del sultán y de Alá en el año 717 de la Hégira.

 

 

En el séptimo día de su nacimiento, el embajador meriní ofreció como presente al nuevo descendiente de la dinastía de Ibn Nasrí ricos brocados de oro sobre seda. El rabino Ibrahim, representante de la comunidad judía, había felicitado al sultán y había predicho un futuro próspero y venturoso al niño según la cábala.

—¿Tiene nombre? —quiso saber el rabino mientras pellizcaba al recién nacido, atento a sus reacciones. El niño se sorprendió, moviendo la cabeza y las manos, pero no lloró. La seda cubría la mesa y los cojines donde estaba recostado. La familia estaba alrededor de él. Su madre y sus tías observaban desde detrás de los hombres. Un sirviente tenía preparadas toallas limpias y una palangana de plata con agua caliente aromatizada con aceites.

—Se llamará Muhammad; él será el libertador del Islam —dijo el sultán Yúsuf I, con emoción. Iba armado para la guerra, con la cota de malla y la espada al cinto. Sus caballeros lo esperaban fuera.

—Todo está escrito, y sus esferas de la cábala están en un orden propicio. Muy propicio. La Torá no miente —dijo por último el rabino.

El gran cadí había examinado al recién nacido, sano y robusto, celebrándolo como un excelente augurio, antes de proceder a su circuncisión.

—Procedamos —dijo el cadí acercando la hoja de la navaja, afilada y fría, al diminuto prepucio del bebé, mientras aclamaba a Alá.

El sultán había conseguido el apoyo de los meriníes para enfrentarse a la amenaza castellana. Desde la fortaleza meriní de Algeciras, las tropas enviadas a través del Estrecho desde el reino de Fez y los ejércitos nazaríes se preparaban para el enfrentamiento decisivo contra los castellanos. Si triunfaban, Al-Ándalus resurgiría. El sultán no podía pensar en el fracaso.

El bebé lloró desconsolado. Dos mujeres limpiaron su sangre. Los hombres se felicitaron entre ellos. Yúsuf I puso su áspera mano sobre la frente de su hijo. Uno de sus sobrinos, de siete años y pelo rojo, también llamado Muhammad, escuchó atentamente y con envidia las palabras del sultán a su primogénito.

—Me voy dejándote un reino. Cuando regrese, hijo, espero traerte un imperio —dijo con la voz emocionada, y luego lo besó antes de partir a la guerra. Los anillos de la cota tintinearon con sus pasos. Sorprendido con el sonido, el bebé se sobresaltó. El sobrino pelirrojo siguió al sultán con la mirada.

 

 

Pasaron los días, las semanas, los meses. Los habitantes de Madinat Garnata seguían con impaciencia el desarrollo de la campaña. Por tierra y mar, los hijos del Islam hostigaban a los cristianos, poniendo a sus soldados en fuga y hundiendo sus escuadras navales. Castellanos y aragoneses habían tenido que unir sus fuerzas. Nadie era capaz de resistir a los hijos del desierto y a los herederos de Ibn Nasrí.

Abu, el hijo del herrero, empezó a contar, pero en vez de llegar hasta diez se giró antes de tiempo, alcanzando a ver fugazmente unos pies descalzos que se escondían tras una esquina de la bóveda de ladrillo de un aljibe, que sobresalía visible por encima del nivel de la calle. Esquivó a los vendedores de palomas y a los arrieros, a las mujeres con las cántaras de agua sobre la cabeza y a un perro, que ladró furioso a su paso por delante de una cacharrería. El dueño, sentado sobre un taburete, dio una larga calada a su pipa de cerámica para aspirar el humo narcótico, mientras el animal se esforzaba por romper la cuerda de esparto que lo sujetaba.

Abu dobló la esquina del aljibe, esperando cogerlos desprevenidos. Los dos niños miraban en dirección contraria, hacia las estrechas calles flanqueadas por casas irregulares y blancas. En las sombras, entre la gente, entre aquella vendedora de apio y el zapatero gordo y sudoroso, podía estar Abdel. Abu se aproximó confiadamente, pisando con suavidad el empedrado, acercándose a sus espaldas paso a paso. Respiró profundamente, sintiendo que perdía el aliento.

Una gata se aproximó a él, más sigilosa aún, y maulló, esperando recibir una caricia o un mendrugo de pan. Y los dos niños volvieron la cabeza. Uno salió corriendo gritando entre risas, pero Abu se abalanzó sobre el otro, quien se defendió bravamente sobre la tierra desnuda bajo los dos olmos de la pequeña plaza. Una vieja los miró airada por el ruido que causaban.

—¡Te he pillado! ¡Te atrapé! —gritó Abu, el hijo del herrero. El otro niño intentó escaparse de entre sus manos, pero fue inútil.

—¡Has hecho trampa! ¡No has contado hasta diez! ¡Así no vale, asqueroso cristiano! —dijo Abdel, el hijo del arriero. Estaba con la espalda contra el suelo, incapaz de liberarse.

—¡Cristiano yo! ¡Yo soy un adalid del Islam, un campeón de la fe! Y te he vencido. La guerra es así, ¿o es que no lo sabías? Ríndete. ¡Ríndete!

Abdel suspiró, podría ser peor.

Se habían escabullido de la maktab, la escuela coránica, para jugar entre los callejones del Albayzín, donde vivían; podían esconderse detrás de los mulos, tras los macetones de tomillo y los puestos de los halconeros, de los vendedores de cuero y los trenzadores de esparto. Por encima de ellos podía ver las viejas murallas de la fortaleza Qadima de los reyes ziríes, los fundadores de Madinat Garnata. La vieja fortaleza, otrora orgullosa, había perdido su supremacía a favor de la reforzada Al-Qasaba Al-Hamr¯a, frente a ella, encima de la colina Sabika. Las dos fortalezas se observaban la una a la otra sobre los montes opuestos. Separándolas en su silenciosa contienda discurría el cauce caprichoso, estrecho y lleno de higueras del Wadi-Hadarro, el río de oro, que debía su nombre a las pepitas de oro que de cuando en cuando se encontraban en su lecho. En la Sabika, el sultán estaba construyendo palacios nuevos, cerca de la alcazaba. Madinat al-Hamr¯a sería el reflejo del triunfo de su política de alianzas y el centro de un nuevo orden de paz y prosperidad.

Podría ser peor, suspiró Abdel por segunda vez. Podría estar en la Vega, río abajo, deslomándose como su padre entre los caballones de tierra negra y fértil y las acequias, que llevaban la milagrosa agua desde los ríos de las faldas nevadas del Yabal al-Taly, el monte de la nieve, también llamado Yabal Sulayr, el monte del sol, porque tras él, de repente, se levantaba el astro rey, iluminando toda la Vega, hasta las almunias y los molinos.

—Me rindo —refunfuñó Abdel, y Abu, con sus ojos negros como carbones, rio de satisfacción. Tenían seis años, y eran felices en su joven mundo lleno de prodigios y maravillas.

Los soldados reían bravucones y orgullosos, erguidos, con sus armas destellantes, y cuando desenvainaban las espadas entre aclamaciones a Alá, las hojas relucían, vibrantes. Los halconeros entrenaban a sus rapaces, que derribaban a las blancas palomas en un frenesí de plumas perdidas entre gritos de admiración de los hombres. La sierra refulgía, nívea, recortada contra el cielo azul, y por la noche las estrellas giraban sobre la Al-Hamr¯a alumbrada por los fuegos de las antorchas de los centinelas. ¿Quién no desearía así ser joven para siempre? La gata los observó sin interés, se lamió la pata delantera con parsimonia, maulló otra vez y cruzó la calle, desde el aljibe hasta la sombra de las casas encaladas.

 

 

Un jinete atravesó la calle como un vendaval; era un emisario, un correo militar que procedía de la fortaleza Qadima. Las gentes se apartaron alarmadas, las mujeres chillaron temiendo que sus cántaras de agua acabaran hechas añicos en el suelo. Una madre recogió a toda prisa a su niño, que jugaba absorto con un caballito de madera en miniatura junto a los escalones de la entrada de su casa, a la sombra.

—¡Apartaos! —gritó el jinete, alzándose sobre los estribos y evitando a hábil golpe de riendas a los transeúntes y sus mercancías—. ¡Apartaos, os digo! ¡Abrid paso!

La gata volvió la cabeza, asustada y paralizada, un segundo demasiado tarde.

Abu se olvidó de su amigo de juegos y anduvo hasta el centro de la empinada cuesta, que a través de los callejones descendía en zigzag hasta el río Hadarro. El jinete se alejaba, vestido de ocre y negro y con un turbante blanco. Llevaba dos grandes bolsas de cuero a ambos lados de la silla. Su voz y su figura, su tez tostada, su barba negrísima y su arrogancia impresionaron al niño. ¡El Islam, el Islam! Le encantaba esa hombría que destilaban los soldados de Garnata y la sumisión que les mostraba la gente. Irradiaban poder.

Abdel miró hacia el centro de la calle. El caballo había arrollado al felino, que se debatía entre las piedras y el polvo intentando arrastrarse hasta la sombra. Tenía el espinazo torcido en un ángulo extraño. Las patas traseras habían quedado machacadas. La tierra pisoteada absorbía la sangre. El hijo del arriero se acercó a la gata, que maulló lastimosamente al recibir sus caricias en la cabeza.

—Pobrecita. Pobrecita. —Abdel miró al frente. Nadie le prestaba atención. Los vecinos murmuraban contra el imprudente jinete y retomaban sus rutinas. Abu aún miraba a donde el jinete había desaparecido. Abdel llevó a la gata a la sombra, junto a unos escalones, sobre un lecho de hojas secas y briznas de paja. Un mulo que rumiaba paja sujeto con su ronzal a una anilla en la pared lo observó. Abu se aproximó a él.

—Espera un momento. Voy a refrescarla —dijo Abdel acercándose al aljibe y recogiendo agua desde el cubo del mismo, para tomarla luego entre sus manos. La gata bebió sedienta con su fina y rosada lengua, y empezó a maullar débilmente. Abu puso un dedo sobre el espinazo partido. El felino maulló de dolor, indefenso—. ¡No hagas eso! —le reprochó Abdel—. ¡Pobrecita!

—Vayámonos. ¡No puedes ayudarla! —Abdel no le hizo caso y fue a por más agua. Abu se entretuvo sondeando dónde le dolía más al animal, si en las patas destrozadas o en la espalda rota, apretando en distintos lugares y con distinta intensidad. Sonrió al encontrar el punto más sensible. La yema de su dedo índice se llenó de sangre. La gata maulló desesperada e intentó arañarlo. Abu retiró la mano y dejó de sonreír. La miró fijamente y tomó del suelo una piedra redonda y pesada. Levantó la piedra. El mulo se revolvió inquieto sin dejar de rumiar su condumio y volvió la cabeza a otro lado.

Abdel se entristeció al regresar con el agua entre las manos. Vio una piedra manchada junto a los escalones.

—Ha muerto. ¿Qué podrías haber hecho por ella? —se justificó Abu.

El agua terminó por derramarse de entre las manos del hijo del arriero. Se agachó mirando al animal con piedad y a su amigo con resentimiento.

—Eres malvado.

—¿Y qué? —Se apoyó contra la pared, repentinamente cansado y respirando con fatiga. Su pecho emitió un silbido—. Habría muerto de todas formas.

El hijo del herrero estaba pálido, casi lívido. Cerró los ojos, intentando calmarse y llenar sus pulmones de aire. Una súbita debilidad se adueñó de él. Abdel olvidó al momento su enfado y le puso la mano fresca sobre la frente.

—¿Te acompaño a tu casa? —Abu asintió, sin poder articular una palabra.

Los dos niños llegaron hasta el callejón que limitaba con el lienzo de muralla que protegía el rico barrio de Ajš¯ariš. A la sombra de la muralla zirí que separaba las viviendas palaciegas de los ricos de las casas de tapial de los humildes, en una de las casas bajas, vivía el padre de Abu, el herrero. Hombre delgado pero fibroso, trabajaba sobre el yunque incansablemente preparando herraduras, clavos, cuchillos y cerrojos, aperos de labranza y también, para quien pudiera permitírselo, armas. El olor del carbón vegetal de olivo y encina se unía al sudor rancio de aquel hombre de brazos entumecidos y callosos, pelo recogido tras la nuca y torso desnudo bajo un mandil de cuero gastado y ennegrecido. Los niños entraron en la pequeña herrería. El padre de Abu dejó el martillo sobre el yunque al ver la palidez de su hijo y le refrescó la cara con el agua fría de la forja, antes de que el pequeño se desmayara.

—¡Otra vez! ¡Le dije que no corriera, que no se cansara! ¡Alá bendito! ¡Abdel, que venga tu padre! ¡Rápido! —pidió Yúsuf el herrero. El hijo del arriero asintió y salió corriendo calle abajo, hacia la Vega.

Abdel corrió y corrió, atravesando el barrio del Sened, el de la ladera, acortando por las callejuelas encharcadas, en dirección a la Puerta de las Cuatro Fuentes, el camino natural que tomaba su padre hasta la finca de la Vega en la que trabajaba. Tuvo suerte. Antes de llegar a la puerta de la muralla exterior vio a su padre, Abdalá, y su burro cargado de cebollas y lechugas, que el arriero llevaba al zoco. Al principio, Abdalá pensó que Abdel merecía un castigo severo, por haberse escapado de la escuela y no haber ido al campo. Abdalá suspiró, tan cansado como el burro mientras ascendía con él la cuesta de entrada a la ciudad, cubierto de sudor y suciedad de la tierra. Cuando vio la expresión del rostro de su hijo olvidó su cansancio y se alarmó, temiendo que hubiera ocurrido alguna desgracia.

—¡Padre, padre! ¡El hijo del herrero! ¡Tienes que venir inmediatamente!

—¿El mal del pecho? ¿Se ha desvanecido otra vez? —Abdel asintió—. ¡Vamos!

Alá disculparía si entraba en el zoco más tarde de lo habitual. Subieron las callejuelas y llegaron a la herrería. La madre de Abu les hizo pasar, sollozando y ocultando el rostro tras un pañuelo. En la habitación trasera, junto a un pequeño patio con un brocal, estaban el herrero y su hijo, consciente, pero lívido y asustado.

—¡Bienhallado seas, curandero! ¡Es el mismo mal que le afectó hace varias semanas! ¡Se ahoga!

—Déjame examinarlo —pidió Abdalá después de lavarse las manos en una palangana. Palpó su cuello, sus axilas, sus brazos y sus piernas. Examinó su lengua y su garganta. Posó su oreja sobre el pecho del niño.

—Abdel, corre a casa y trae mi bolsa de hierbas. Yúsuf, poned inmediatamente agua a calentar.

Cuando Abdel regresó, seleccionó con cuidado de entre los distintos compartimentos un manojo de hojas de malva, verdes y grandes, que habían sido dobladas con cuidado.

—Los humores le cierran la garganta otra vez. Debe expulsarlos o morirá. En mi casa sabemos cómo. Observa bien y aprende, Abdel. Herrero, recogí estas hojas hace tres días. Observa que no tienen las puntas manchadas, ni están cortadas, para que no se pierdan sus propiedades. Pequeño Abu, debes incorporarte y colocarte esta manta sobre la cabeza. Debes respirar los vapores calientes que emanarán del cuenco.

Pusieron en el fondo del recipiente las hojas y vertieron el agua hirviendo. Abu se inclinó sobre él, y su madre le puso la manta encima.

—¡Está muy caliente!

—Debes soportarlo. Aspira bien, por la nariz, por la boca. Así —se aseguró Abdalá. Generaciones de vida campesina habían dado sabiduría a la familia del arriero. El contacto con el campo y con las plantas les había hecho dueños de un conocimiento práctico que los habitantes de la ciudad ya no poseían. Ambas familias procedían de las tierras de Levante. No sólo los unía su origen mediterráneo, también la pobreza.

Muchos acudían a Abdalá cuando no podían permitirse recurrir a un médico auténtico, y el arriero entendía que era voluntad de Alá que él fuera allí donde otros no acudirían sin dírhams de plata por delante. Su hijo también aprendería sus secretos. Abdel tenía el don familiar, pero Garnata era ciudad de oportunidades. Debía ir más allá, si era voluntad de Alá. Abdalá rezaba todos los días con intensidad para que así fuera.Abu empezó a expectorar un moco espeso, que escupió sobre el suelo.

—¡Sigue así! —exclamó Abdalá, tan aliviado como Abdel y el herrero. Si algo le resultaba insoportable era la muerte de aquellos a quienes trataba. Por eso, si comprendía que no podría hacer nada, no intervenía sin antes decírselo al paciente. Aun así, la carga que soportaba era pesada. Demasiado pesada como para añadir el peso de la muerte de aquel niño sobre su alma.

Bajo la manta la respiración del niño pareció normalizarse. El agua dejó de hervir, y quitaron el cobertor. Abu tenía la cara enrojecida y sudorosa por el vapor y la transpiración.

—Inspira profundamente. —Abu lo hizo. El silbido había desaparecido. Su madre le limpió la boca mientras Abdel lo miraba aliviado.

Yúsuf le cogió el brazo al arriero, emocionado.

—¿Qué puedo decir que no haya dicho ya? ¡Que Alá te dé riqueza y vida para disfrutarla! No puedo pagarte por el momento, pero mi casa es tu casa.

Abdalá levantó la mano, negando con la cabeza y diciendo que no merecía tanto.

—Alá juzgará con benevolencia las buenas acciones. Tu hijo..., bien, aún es joven, pero seguirá sufriendo esos ahogos. Lo he visto más veces. En ocasiones no puede hacerse nada. Pero en otras hay esperanzas. No debe fatigarse. Debe portarse con moderación y ahorrar sus fuerzas. Debe aprender a calmarse, a dominar su respiración. Si vuelves a notar ese ahogo, Abu, díselo a Abdel y vendré de nuevo.

Fue a salir, pero se detuvo pensativo y tomó de las alforjas varias lechugas y algunas cebollas, y se las dio a la mujer del herrero, que las recibió con alegría.

—Es un niño intranquilo, pero nos hará caso. ¡Alá te guarde por muchos años! —exclamaron Yúsuf y su mujer agradecidos.

—¿Nos vemos mañana? —preguntó Abdel a su amigo antes de marcharse con su padre para acompañarlo hasta el zoco.

—No lo dudes. ¡Volveré a atraparte como si fueras un conejo!

 

 

Abu era hijo único. Poseía una viva inteligencia y su padre tenía grandes esperanzas puestas en él, aunque no pudiera ayudarlo en la fragua con el fuelle o forjando los clavos para las vigas y puertas. El negocio era pequeño, pero prometía ir mejor con la llegada de la paz. Al día siguiente dejó que su hijo se quedara allí con él en vez de ir a la escuela coránica. Así, Abu pudo observar cómo su padre introducía más carbón de leña en la fragua; sobre el fuego vivo sostuvo una barra de hierro con ayuda de las tenazas. Abu miró fijamente cómo, entre golpe y golpe de martillo, aquella barra se puso al rojo; entonces, su padre, con habilidad, le dio forma cuadrada y luego la aplanó, obteniendo una hoja de bordes rectos y extremo puntiagudo, lista para encajar en un mango de asta o de cuerno con unos clavos pasadores.

—¿Ves, hijo? Pero aún no hemos terminado, hay que refinarla y templarla. —Volvió a introducirla en la fragua, junto al carbón vegetal—. Cuando vuelva a estar al rojo la forjaremos de nuevo y la introduciremos en agua helada. Y luego la afilaremos a mano, antes de colocarle el mango.

—¿Tienes uno terminado?

—Lo tengo. Míralo.

El herrero tomó un objeto envuelto en piel de uno de los estantes y lo desenvolvió. Dentro de una vaina de cobre repujado había un puñal de orejas terminado, con mango de hueso blanco y filigrana de plata. La azulada hoja refulgía brillante con un ligero baño de aceite.

—¡Es precioso!

—Tócalo. Equilibrado, afilado, mortal. ¿Ves la filigrana? Es una idea mía nueva, la llevé a un platero para que vertiera con cuidado finos hilos de plata líquida en surcos que tallé en torno al mango de hueso. ¡Una obra maestra! Hoy deben recogerlo. Cobraremos un buen precio, y puede ser el inicio de más encargos de artesanía fina. Con ello, hijo, saldaremos muchas deudas. Recuerda, ¡no sigas mi camino! ¡Busca la riqueza! —Yúsuf guardó la daga en su vaina poco antes de que un hombre entrara por la puerta de la herrería.

—Que Alá te guarde, herrero. Veo entre tus manos una daga. ¿Es la mía?

El hombre vestía camisa y pantalones blancos, con calzado de cuero, turbante blanco y capa verde claro. Portaba una espada estilizada de pomo redondo. Era robusto, aunque su barriga delataba una tendencia a los excesos de la comida. Se mesó la barba entrecana. Dos guardias con cota de malla y capa verde oliva entraron tras él, situándose a ambos lados.

Yúsuf se inclinó sumiso y le mostró la daga. Abu se sentó junto a la fragua, observándolo todo con curiosidad mientras se hurgaba en la nariz. El hombre parecía importante, y no hizo caso de su presencia.

—Muy noble señor, es vuestra daga, Alá os guarde. Tal como acordamos.

El noble militar la observó con aprobación, sacándola de su vaina de cobre. Pasó un dedo por la hoja. Probó su equilibrio.

—Me complace en todo, herrero. Pero el último de mis caballos que herraste resbaló ayer camino a mi casa en Aynadamar y se quebró una pata. He tenido que sacrificarlo. ¡Por tu culpa! —Y le señaló con la daga desenvainada como señal de amenaza. Abu se sobresaltó.

El herrero se quedó petrificado mirando a los dos soldados, que habían colocado sus manos sobre los pomos de sus espadas.

—Mi señor, Alá así lo habrá querido. No será culpa de mis herraduras. Nadie se ha quejado nunca de ellas.

—¡Me quejo yo! —le replicó el noble, y añadió con voz burlona—: Así que he de resarcirme. Tomaré este puñal como reparación por tus malas artes, y da gracias de que no te denuncie al almotacén. No querrás que tu herrería sea clausurada. ¿Has pensado qué sería de tu hijo?

El herrero dio un paso al frente, sin importarle los soldados.

—¡Pero, señor, eso es injusto! ¡Ese puñal bien vale un dinar de oro! ¡Prometisteis pagarme esa suma, más una gratificación si os lo entregaba hoy!

—¡Aparta, desdichado, y confórmate con esto! —Le arrojó a la cara un cuarto de dírham de plata y se dio la vuelta. El herrero lo cogió del suelo y lo miró, estupefacto. Y se lanzó tras él, cogiéndole de la capa para que no saliera de la tienda.

—¡No es justo! —repitió Yúsuf—. ¡Alá lo sabe y también vos! ¡Debéis pagarme lo que me debéis! ¡Sois un mentiroso y un ladrón y no dejaré que me robéis!

El noble se volvió irritado por su impertinencia y tiró de su capa mientras intentaba herirlo con la daga. El herrero lo esquivó y le dio una bofetada. Los dos guardias intervinieron de inmediato, golpeándolo hasta derribarlo. Abu dio un grito y se quedó allí temblando.

—¡Dejadlo! No quiero sangre. No tientes tu suerte, herrero, ¡y reza a Alá para que yo olvide tu afrenta! —Y salió de la herrería seguido de sus guardaespaldas.

—Miserables —rumió Yúsuf desde el suelo, y escupió sangre a las botas de los soldados. Uno de ellos se volvió y le dio una patada en la cabeza, saliendo con una sonrisa maliciosa. El herrero se quedó quieto.

—Que no volvamos a encontrarnos —amenazó el soldado antes de irse.

Temblando, Abu se acercó a la inmóvil figura de su padre. No se movía. ¿Estaría muerto? Le habían roto un labio y sangraba por la boca. Tenía un pómulo abierto. Le tocó la herida sólo para ver qué sucedía. Su padre no se movió.

—¿Padre? —Con el corazón en un puño volvió a tocarle el pómulo, más fuerte.

Yúsuf dio un respingo, tosiendo sangre y gimiendo por las magulladuras.

—¡Padre! ¡Padre! ¡Alá, estás vivo!

—Mal diablo los lleve. ¡Mal diablo los lleve a todos! —gritó el herrero, impotente.

La madre de Abu entró en la herrería desde la casa al escuchar su voz quejosa y reprimió un grito al encontrarlo en el suelo, con sangre en el mandil.

—¡Estoy bien, estoy bien! Sólo dadme agua, que me pueda refrescar. —Se llevó la mano a la cabeza, palpándose con dolor el sitio del golpe.

Abdel entró en ese momento sonriendo desde la calle, y su rostro se demudó al ver la sangre y la cara del herrero. Abu temblaba.

—Mi cabeza. ¡Estoy bien, mujer! ¡Suéltame! Se me pasará enseguida. ¡La hoja! ¡Hay que sacarla de la fragua o se arruinará!

Cogió las tenazas y dio tres pasos vacilantes antes de caer al suelo detrás del yunque, fulminado. Su esposa se arrodilló junto a él, asustada. Él respiraba muy débilmente. Tenía sangre en la nuca.

—¡Abu! ¡Abdel, trae a tu padre, rápido! —rogó la madre de Abu entre sollozos desconsolados. Los dos niños salieron corriendo en busca de Abdalá.

 

 

Cuando el arriero llegó ya era de noche. El herrero estaba inconsciente sobre su camastro, respirando levemente y con dificultad. En cuanto Abdalá miró aquel rostro ceniciento supo que no tenía nada que hacer. Le cogió la muñeca y comprobó el pulso. Le palpó la cabeza con cuidado, desenrollando la venda que le había colocado su mujer.

—Le he limpiado la sangre —sollozó la mujer, pasando la mano por la frente de su esposo— y le he puesto compresas de agua fría para calmarle el calor de la piel. Es como si tuviera fiebre, como si estuviera durmiendo.

Abu se acercó a su padre y le cogió del brazo. Le tiró un pellizco desesperado por ver si reaccionaba. Yúsuf siguió inerte.

—Luego pregunté a los vecinos si conocían a un médico —continuó la mujer, conteniendo las lágrimas—, y uno dijo que conocía a uno judío que vendría enseguida, pero que necesitaría que le adelantara cuatro dírhams de plata. Se los di a mediodía y aún no sé nada de él. Creo... que no vendrá.

Se ocultó el rostro avergonzada de haber sido vilmente engañada y abrazó a su hijo.

—¿Puede hacerse algo, padre? —preguntó Abdel, sintiéndose inútil y desesperadamente ignorante.

Abdalá negó con la cabeza. La sangrante herida mostraba una hinchazón producto del golpe. El hueso del cráneo estaba roto. Su herida era mortal. Yúsuf dejó de respirar. Abdalá cogió un cuchillo.

—Voy a abrirle la cabeza. El hueso está presionando el cerebro. Quizá si lo pongo en su lugar, tu padre despierte, Abu. Sujetadlo bien.

—¿Has hecho esto más veces?

—Nunca —confesó el arriero—, pero es hacer esto o no hacer nada.

Le cortó el cuero cabelludo y apartó la piel. El hueso estaba incrustado en los sesos. Con sumo cuidado apartó los dos trozos que presionaban el tejido gris y volvió a colocar la piel en su lugar, cosiéndola con aguja e hilo. La herida había dejado de sangrar. Colocó un vendaje nuevo y limpio.

—¿Y ahora? —preguntó Abu.

—Podemos rezar a Alá, hijo.

De nada sirvió aquel último intento desesperado. Yúsuf no volvió a respirar. Su mujer se echó sobre su pecho exangüe, inconsolable.

Abu no podía creérselo. Su padre había muerto.

Abdalá recogió su bolsa con sus pequeños instrumentos mientras Abdel lloraba por Abu, y Abu y su madre, por el herrero. Descargó su conciencia escudándose en sus mínimos conocimientos de medicina.

—Quizás un médico habría podido hacer más. Lo lamento. Lo lamento muchísimo.

—Lo siento, Abu —comenzó a decir Abdel, pero se apartó al observar la mirada resentida del hijo del herrero. Abu miró al arriero y luego a su hijo, con sus ropas sencillas y limpias, y las comparó con las suyas, remendadas decenas de veces. Su mirada era extraña y agresiva. Abdel, confuso, se marchó con su padre en silencio. Y los dos niños se apartaron desde entonces.

Abu se juró que no viviría ni moriría como su padre. Sus manos se crisparon sobre la sábana con la que Abdalá había cubierto el cuerpo del herrero. Abrazado a su madre, varias lágrimas surcaron su rostro, y se sintió invadido por la indignación, la injusticia y el odio. ¿Era una prueba a la que los sometía Alá? ¿Por qué eran siempre los humildes los que debían ser probados en su paciencia? ¿Siempre tenía que ser así? Abu lo tenía claro. A su padre lo había matado aquel noble arrogante y prepotente, pero también, a partes iguales, la pobreza.

 

 

Pasaron los días, se celebró el entierro, terminó la primavera y Abu tuvo que ayudar a su madre a deshacerse una por una de las herramientas de su padre, para poder sobrevivir. Tenía un tío abuelo en algún lugar de Basta, pero aunque enviaron cartas no supieron nada de él. Sobrevivían de la caridad de sus vecinos, y si antes eran pobres, Abu conoció entonces la auténtica necesidad. Dejó de ir a la escuela para ayudar en el campo, pero se fatigaba y no podía seguir el ritmo que imponían los capataces. Intentó ser aprendiz del zapatero, del alfarero, del cordelero, pero todos preferían aprendices que fueran más obedientes y sumisos y menos orgullosos. ¡Servir! ¡Él no seguiría el camino de pobreza de su padre! ¡No sería esclavo ni estaría sometido a la servidumbre de nadie! Le vino a la cabeza la imagen de los soldados de la fortaleza Qadima. Sí, eran imponentes, pero a pesar de su fuerza estaban sometidos a sus superiores. La carrera en el ejército podía proporcionar influencia y poder, pero ¿cómo iba a ser soldado si se ahogaba al correr? Tenía que haber otra manera. Se acordó del asesino de su padre. Incluso los capitanes debían obediencia a los nobles, a los políticos. Si quería ser rico, si quería ser alguien, tenía que entrar en la corte. Debía acercarse al sultán.

 

 

Un día regresó a la escuela. Estaba harto de las miradas piadosas, de la caridad ajena, a la que no podía corresponder. Se sentó y se concentró en el Corán, en continuar el aprendizaje de los hadices del Profeta donde lo había dejado, y no perdió el tiempo. El maestro se fijó en él. No distraía la vista del libro. Su voz recitaba los suras con firmeza y seguridad, y cuando miraba, ¡qué intensidad destilaban sus ojos!

—Y tú ¿qué quieres ser de mayor? —preguntó un día el maestro a cada uno de sus pupilos.

—Me gustaría ayudar a las personas. Me gustaría ser médico, o farmacéutico —respondió Abdel Ibn Shalam. Miró a su amigo.

—¿Y tú, pequeño Abu?

—Yo quiero estar en palacio. Quiero servir al Islam. Quiero ser visir —respondió sin titubear.

—El orgullo te ciega. Alá dice que el hombre debe ser humilde.

—¡El sultán necesita gente decidida! ¡Quédate con tu humildad y con tu pobreza! —Todos los demás alumnos callaron de repente, y la sala de la mezquita quedó silenciosa. El maestro le cruzó la cara con el dorso de la mano por su impertinencia. Abu encajó el golpe en silencio, y con el labio partido le dirigió una mirada de resentimiento, pero no lloró.

—Que tu padre haya muerto no te da derecho a despreciarnos. ¡Reflexiona sobre lo que has dicho!

 

 

Desde las fronteras orientales llegaron noticias de que la guerra se recrudecía. Los castellanos y aragoneses se batían a muerte por recuperar las plazas de Algeciras y de Gibraltar de las manos islámicas. Sólo Tarifa, aún en manos cristianas, resistía desesperada la avalancha de los musulmanes. Pero era en el mar donde se decidiría todo. Hundida la flota aragonesa, Alfonso XI de Castilla recurrió desesperado a su última baza, y su súplica surtió efecto. Alfonso IV de Portugal accedió a enviar una flota contra los infieles, y así, en el último momento, todos los reinos cristianos peninsulares unieron sus esfuerzos contra la amenaza de los hijos del desierto, que no ocultaban su intención de cruzar el Estrecho, restaurar el esplendor de Al-Ándalus y desbordarse más allá de los Pirineos.

Tarifa fue cercada por las tropas de Abu al-Hasan, sultán de los meriníes, y rodeada de ingenios de asedio. Cuando los espías cristianos informaron de que no se dirigirían a tomar Sevilla, Alfonso XI de Castilla decidió presentar batalla rompiendo el cerco de la ciudad costera, justo cuando la aparición de la armada portuguesa había desalentado a los meriníes, llenándolos de negros presagios. Y el ímpetu de los guerreros del desierto quedó sobrepasado por la ambición de los soldados cristianos, fijos los ojos en el botín del inmenso campamento del sultán de los meriníes, por la caballería pesada cristiana, que aplastó a la vanguardia ligera bereber, y por el sorpresivo contraataque desde la retaguardia por parte de los asediados de Tarifa, que no hicieron prisioneros.

Yúsuf I huyó, viendo que todo estaba perdido y que Alá había castigado su soberbia. Mientras la batalla del arroyo Salado, por la sangre que envenenó sus aguas, era celebrada con fanfarrias de trompetas en Pamplona, en Barcelona, en Burgos y en Lisboa, capitales cristianas, Yúsuf I, herido en cuerpo y alma, se apresuró a refugiarse en Madinat Garnata y a enviar a sus embajadores para comprar la paz, al precio que fuera, antes de que los vencedores decidieran dirigirse hacia el este, hacia la Al-Hamr¯a. Era el final del año 718 de la Hégira (1340).

Los dinares de oro nazaríes apaciguaron las exigencias castellanas, vaciando las arcas del Estado islámico. Se sometieron a su vasallaje, conservando a cambio la independencia. Yúsuf I meditó sobre el lema de su dinastía, «Sólo Alá es vencedor», y comprendió en su alma que la última oportunidad de Al-Ándalus se había perdido para siempre.

 

 

La paz comprada había devuelto la esperanza a la capital nazarí. Abu crecía, estimulado por sus propios deseos y su ambición. No le importaba estar solo. Abdel había dejado de estar a su lado, y el hijo del herrero evitaba al arriero Abdalá porque no quería despertar la compasión de nadie, aunque se ahogara por su dolencia. Y un día del año 719 de la Hégira (1341) ocurrió un acontecimiento sorprendente. Ibn al-Jatib, el katib, el secretario de la Cancillería, visitó la escuela. Venía vestido de verde, en seda con bordados de plata, y una amplia escolta lo protegía. Lo que más impactó al joven Abu fue que era sorprendentemente joven y había logrado situarse casi a la par del sultán.

—¡Dejad paso, dejad paso! —ordenaron los soldados, apartando a los curiosos de la calle. El maestro Rashid recibió al katib con docilidad, orgulloso de su presencia. Era famoso por su prosa y su poesía en todo el reino, y cuando comenzó a hablar, aunque no lo conocía, Abu supo por qué quería ser como él.

Los alumnos se pusieron en pie.

—Buen día tengáis, hijos de la esperanza, en nombre de Alá. Sentaos. —Los niños se sentaron, escuchándolo en silencio—. Sí, de la esperanza; en un futuro mejor. Vosotros sois la sangre de esta tierra. Y la ciudad os necesita. La paz llena ahora las calles, cada plaza, y en vuestras manos estará mantenerla o perderla. Aprended. Haceos fuertes. Alá os llamará a todos llegado el momento. Alá tiene un destino para todos. ¿Cómo te llamas, hijo?

—Alí, señor.

—¿Y tú? —Señaló a otro niño.

—Said, señor.

—¿Querríais ver ondear la enseña cristiana de Castilla sobre la Al-Hamr¯a o verteríais vuestra sangre en la Vega para defender esta tierra? ¿Dudaréis, llegado el momento?

—¡No, señor! —respondieron todos al unísono.

—Bien, bien. —El katib anduvo entre los alumnos sentados—. Pero ¡atención! ¡Despertad vuestra alma! La guerra no se hace sólo con espadas. También se batalla con las palabras. Manejar una espada... cualquiera puede aprender a hacerlo. Luchar con las palabras, hacer que se claven como estiletes con una fuerza mortal mientras sonríes al contrincante, no lo puede hacer cualquiera. Se necesita esto —se señaló el corazón—, pero más aún esto —y se tocó la frente. El maestro le ofreció una silla frente a todos los niños, que lo escuchaban embelesados. Se sentó, se puso cómodo y sonrió levemente—. Mostradme qué habéis aprendido aquí.

Abu miraba al katib con gran intensidad. Era joven, inteligente y poderoso, próximo al sultán y hábil con las palabras. Abu ardía en deseos de participar también, de hablar con él. Pero el maestro le había situado en el fondo de la sala, como castigo por la soberbia con la que respondía cada vez que el maestro le preguntaba. Los muchachos respondían con entusiasmo y educación a cuanto preguntaba el secretario, interesándose por sus habilidades con la caligrafía, la aritmética, el conocimiento de la vida del Profeta y de la sunna, la ley islámica. Todos procuraron dejar en buen lugar a su maestro, que recibió la felicitación y el halago del katib. Todos fueron preguntados, menos él. Ibn al-Jatib lo señaló, pero el maestro Rashid le hizo escoger a otro compañero.

—No, katib, Abu Ibn Zamrak está castigado. Debe aprender moderación y disciplina. No se ha ganado el honor de dirigirte la palabra.

Abu no pudo soportarlo, y cuando Ibn al-Jatib se disponía a marcharse rodeado por todos los compañeros, se abrió paso casi a la fuerza, llamándolo por su nombre, hasta llegar a él. Se aferró a su túnica verde. El maestro se puso rojo de indignación, pero Ibn al-Jatib quiso escuchar lo que tenía que decirle.

—¡Oh, katib, llévame contigo! ¡Si no me llevas, esperaré a los pies de tu puerta hasta que oigas mis súplicas día y noche y te convenza para que me des una oportunidad!

—¿Por qué debiera? —le preguntó el katib, sonriendo por su atrevimiento y por su mirada viva y llena de inteligencia.

—Porque pronto sabré el Corán y podré estudiar la interpretación de los hadices. Porque sabes distinguir a los hombres de valía si es cierto lo que dicen. Porque quiero conocer, como tú conoces, la magia de las palabras, ese don para convencer a los hombres y guiarlos para gloria de Alá. Porque aquí no encontrarás más que ovejas sumisas, pero yo quiero ser un lobo, astuto y rápido, inteligente e invencible. Como tú, oh katib.

El maestro no pudo aguantar más y levantó su vara lleno de vergüenza ajena, dispuesto a pegarle, pero el katib alzó la mano indicándole que se detuviera. Y para sorpresa de Abu, siguió sonriendo.

 

2

El libro del jattat

 

A partir de aquella afortunada visita transcurrieron años llenos de acontecimientos extraordinarios. A pesar de su enorme éxito político y de la popularidad entre un pueblo que lo amaba, el sultán Yúsuf I no pudo disfrutar de los frutos de sus desvelos. En el año 732 de la Hégira (1354), el día de la ruptura del ayuno de ramadán, un esclavo negro enloquecido se abalanzó sobre él mientras estaba postrado orando en la Gran Mezquita, acuchillándolo. La muchedumbre enfurecida se abalanzó sobre el esclavo, desmembrándolo vivo y lanzando luego sus partes palpitantes al fuego mientras la guardia y los médicos llevaban urgentemente al sultán a su lecho en el palacio, donde murió aquella misma tarde. Y esa misma noche su segundo hijo fue nombrado heredero y sultán. Muhammad V contaba con quince años. Entre los que le besaron el rostro celebrando su nombramiento estaban su medio hermano el príncipe Ismail, un año menor que él, y su primo Muhammad, al que apodaban el Bermejo por ser pelirrojo. Con veintidós años, ya era un hombre, más que el heredero; y también corría sangre real por sus venas. Ocultando su ambición pensó que el trono nazarí merecía a alguien mejor; a él mismo.

 

 

Con Muhammad V, Ibn al-Jatib obtuvo el cargo de primer ministro, por debajo sólo del visir Ridwan. Siguiendo su estela, Abu Ibn Zamrak, el hijo del herrero, fue ganando reconocimiento y poder. La presión de los reinos cristianos creció aprovechando el periodo de confusión, y el sultán pidió ayuda una vez más al reino de los meriníes del otro lado del Estrecho, quienes intervinieron mandando un contingente de soldados elegidos y decididos, firmes valedores del Islam, dirigidos por uno de sus príncipes. El reino meriní de Fez no estaba dispuesto a dejar escapar la oportunidad que se le ofrecía para aferrarse al último territorio de Al-Ándalus. Muhammad el Bermejo quería el poder del trono nazarí a toda costa, incluso aunque fuera traicionando a su propia sangre. Y el príncipe Ismail, débil de carácter, estaba en sus manos. Él sería su llave para acceder al trono.

—¿No eres tú también un príncipe? ¿Y no deberías ser tú el legítimo sultán, el único?, porque ¿no es cierto que no tolerarías trato alguno con cristianos? ¿No deberías ser tú por eso el que estuviera sentado en la torre de Comares, bajo el techo celestial? —le murmuraba el Bermejo, envenenando el alma de Ismail—. Los meriníes nos apoyarán; concédeme el control del ejército y los cristianos conocerán de nuevo el terror para gloria tuya y del Islam. ¿Acaso un buen musulmán aceptaría la deshonra de vivir bajo un yugo castellano?

—Sea —accedió por fin un día Ismail, atormentado por el odio de su primo contra su hermanastro y sin embargo favorito de su padre. Y el Bermejo reía para sí, porque él tenía otros planes diferentes para el reino.

 

 

El día 12 del mes de hiyya del año 737 de la Hégira (1359) cien hombres treparon por los altos muros de la Al-Hamr¯a y asesinaron al visir Ridwan mientras dormía. La alarma se desató en toda la medina palaciega, y mientras los sediciosos buscaban al sultán para matarlo, éste pudo escapar a galope hacia Wadi Ash junto con un puñado de seguidores. Había salvado la vida milagrosamente porque aquella noche había decidido permanecer en las frescas estancias de los recintos de verano, en las huertas y terrazas de labranza situadas al norte, frente a Madinat al-Hamr¯a. Ibn al-Jatib e Ibn Zamrak, ya secretario de la Cancillería, se unieron al sultán depuesto y a su guardia en su huida primero a Wadi Ash y luego al otro lado del mar Mediterráneo, hacia Fez.

 

 

Y mientras en tierras nazaríes los nuevos señores se disponían a tomar posesión de los aposentos palaciegos y los fugitivos buscaban refugio donde salvar su honor y sus vidas, Abdel Ibn Shalam, estudiante de farmacopea, soñaba despierto con la ocasión dorada que le habían ofrecido y que cambiaría toda su existencia. Se aferró a las jarcias del barco en el que cruzaba el Estrecho, mientras la nave le alejaba de M¯alaqa en medio de un oleaje bravío.

El tiempo no acompañó durante la travesía. Desde que salieron del puerto de M¯alaqa, los vientos del Estrecho habían zarandeado el barco de un lado a otro. Era la primera vez que el hijo del arriero navegaba en alta mar, y se sentía fatal, mareado, con náuseas constantes; le dolía la tez, tanto por el sol de mediodía, que quemaba abrasador, como por el aire salado que traía la brisa. Los marineros se reían de él cada vez que asomaba la cabeza por la borda. Pero Abdel, dolorido, soportaba todo con paciencia. Ya no era un niño indefenso en el Albayzín, sino un hombre con un objetivo: la ciudad imperial de Fez, en el reino de los meriníes.

¡Fez! Después de nueve años de esfuerzo y estudios, Abdel Ibn Shalam había logrado el sueño de su padre, Abdalá. Había estudiado farmacopea en la madraza malaquí, próxima a la mezquita principal de la ciudad y al mercado, donde los sabios enseñaban la ortodoxia a todos sus alumnos y las doctrinas de los eremitas sufíes sólo a unos elegidos. Su maestro Al-Moariz había quedado altamente satisfecho con él, con su dedicación y con su don con las plantas. Tenía pulso y paciencia, ojo clínico y buena memoria y una gran curiosidad por el mundo que lo rodeaba. Era joven y con sus venturosos veintiséis años se disponía a cruzar el Estrecho desde M¯alaqa hacia Fez. ¡Hacia Fez! Su maestro había obtenido para él un pase imperial para estudiar en la capital meriní y ampliar su formación. ¡Qué grandiosa oportunidad! Y qué enorme responsabilidad. Recordó los últimos consejos de su padre, que se había endeudado para permitir que su vástago primogénito recibiera el regalo de un porvenir mejor.

—Acuérdate de cuánto esfuerzo ha supuesto que llegara este momento. Y no olvides que, en tierras extrañas, encontrarse con un compatriota es una bendición de Alá. ¡Auxilia a quien te lo pida! ¡Sé un buen musulmán! —se despidió Abdalá, besándolo en la frente. Luego Abdel besó a su madre. Por último, se acercó a sus dos hermanos. Asma le dio un cálido abrazo.

—Abdel, ten cuidado. Vuelve pronto —le pidió su hermana, con los ojos húmedos.

—Lo haré, pequeña.

Malik no dijo nada hasta después de abrazarlo.

—Tráeme un puñal o una daga cuando regreses, hermano. —Su padre lo oyó y lo miró con recriminación. Malik se retiró con la mirada desafiante—. ¡No te fíes de nadie!

Habría tenido que hacerle caso.

Rememoró también los ojos de aquella joven que había conocido junto a la fuente de Aynadamar. Abdel había alabado sus ojos, y ella se había burlado de él y de su fortaleza cuando al intentar llevar su cántaro de agua al joven Abdel se le había escurrido y se le había caído al suelo, estallando en miríadas de fragmentos. Ella había montado en cólera, pero después volvieron a encontrarse, más veces, en aquella fuente. Un día, ella le sonrió. Se llamaba Fátima. ¡Fátima! ¡Qué ojos, qué labios, qué sonrisa! Su ensoñación y su nostalgia terminaron bruscamente con un golpe de mar.

Cuando al fin el mercante recaló en Afrag y Abdel pudo desembarcar, lo primero que hizo fue postrarse al pie de la pasarela en el muelle, por debilidad y por piedad, para dar gracias a Alá por sentir de nuevo tierra firme bajo sus pies. Agradeció el viaje al capitán genovés con varios dírhams de plata; éste rio y con unas palmadas generosas le deseó suerte en el reino de los meriníes. Ibn Shalam agradeció la fortuna de haber encontrado a aquel comerciante cuando más lo necesitaba. Recogió su hatillo de ropa y su pequeña caja de farmacopea y echó a andar hacia la mezquita que había junto al puerto en busca de cobijo. No era más que el primer tramo de su viaje a Fez, la capital. Se sentía solo pero muy afortunado por la invitación recibida. La autorización meriní para entrar en la madraza de la mezquita Qaraouiyyin valdría cualquier malestar por el viaje y cualquier sacrificio. Ardía en deseos de explorar la maravillosa biblioteca.

«Abdel, estimado discípulo —le había dicho su maestro malaquí Al-Moariz, mirando por la ventana de su gabinete varias gaviotas que volaban desde el puerto hacia las atarazanas nazaríes, dos días antes de que Ibn Shalam embarcara—, hay pocas bibliotecas como la de la mezquita de Fez, legendaria y llena de secretos. En los anaqueles del subsuelo subsisten auténticas joyas procedentes de la mítica Alejandría, del lejano reino de Xin, del superviviente reino de Bizancio. ¡Bienaventurado aquel que pueda deambular por los pasillos de sus subterráneos, donde se custodia lo mejor de lo mejor! ¡Haz que me sienta orgulloso por estar tú allí!»

El olor a mar que lo rodeaba, la tarde crepuscular que declinaba junto a los pescadores y sus redes, y los cantos tristes de las gaviotas dejaron paso más allá del caravasar, lugar de reposo de camellos, carretas y mercaderes, a los destellos de verdor de la vegetación africana. Tardaron diez días en recorrer sobre testarudas y sucias mulas el camino hasta Fez, siguiendo las antiguas rutas romanas. Entabló amistad con un viajero, un poeta que se dirigía a Siyilmasa, más al sur de la ciudad imperial, y se enteró el andalusí de la importancia de la capital, cruce de caminos tanto de los territorios del norte y del oeste como de las rutas a Tánger y al mar y de las rutas del sur, cruzando el desierto hacia el Níger y más allá. Los mosquitos los persiguieron en todo el camino y tuvo que preocuparse por no caer víctima del paludismo. ¿Dónde estaba el desierto tan mencionado por los escritores y poetas? La llanura del Sais estaba surcada por arroyos que nacían de las montañas del Rif y del Atlas, montañas llenas de bosques y arboledas de encinas, tuyas, cedros y enebros rojos. Oyó que en los picos más altos podían contemplarse manchas blancas, que no eran otra cosa que nieves perpetuas.

Según se acercaron a la capital los caminos se fueron llenando de comerciantes y recuas de pollinos cargados de calderos y cucharones, otros con alfombras de lana y algodón de intrincados dibujos geométricos, amontonadas sobre paupérrimos carros arrastrados por bueyes de yugos gastados por el roce. Orfebres, hojalateros, talabarteros y curtidores, labriegos y hortelanos y sus mujeres, ocultas por velos salvo sus miradas de ojos negros almendrados maquillados con kohl, con los que atravesaban a los incautos, todos se dirigían a la capital del poder meriní, encajonada en la parte más angosta de la garganta del Wadi-Fas, afluente del río Sebú, llena la parte antigua de calles estrechas y tortuosas, dominadas por el bastión de origen almohade.

Desde el oeste atravesaron las murallas y entraron en la medina vieja, llamada Fez el-Bali, un soberbio amasijo de terrazas, zocos, cúpulas, minaretes y patios, apenas ordenados por las calles Talaa Seguira y Talaa Kebira, la Pequeña y la Gran Cuesta. Se mezclaban en el aire los olores y sabores, con los perros corriendo por los callejones perseguidos por niños que chillaban y gritaban. Los colores de la lana teñida, el té caliente a las puertas de las tiendas, los aromas intensos a especias y miel empapaban los sentidos, entremezclándose con los sonidos metálicos de los golpes de las herramientas de los herreros, los corros de los hombres que conversaban y las voces de los vendedores. En la alhóndiga se despidió de su amigo el poeta y, siguiendo las indicaciones de un viejo judío, se internó por el casco antiguo, tortuoso y laberíntico, hasta encontrar con la mirada un brillante tejado esmaltado de color esmeralda.

La mezquita Qaraouiyyin se le presentó en todo su esplendor, enorme, inmensa con sus puertas de bronce llenas de inscripciones que glorificaban al Único, y se dejó llevar por la multitud que entraba por sus accesos para atender la llamada del almuédano a la oración del viernes. Ibn Shalam lloró al postrarse sobre la alfombra en el interior, lleno de agradecimiento a Alá por haberle permitido llegar tan lejos sano y salvo y contemplar tanta maravilla.

Y en verdad la mezquita merecía las alabanzas que recibía. Como la mayoría de las mezquitas, estaba organizada alrededor de un patio rodeado de pórticos, en cuyo centro se situaba el estanque para las abluciones, el ritual de purificación, con tres grandes pilas de mármol labrado; la del centro era una pieza que los almohades habían llevado allí desde Algeciras en su retirada de Al-Ándalus, ciento cincuenta años atrás. El gran alminar dominaba el edificio. Catorce puertas de bronce conducían al oratorio, la inmensa sala de rezos, con sus bosques de columnas, sus cúpulas, sus mocárabes, sus arcos de herradura. A la luz de las lámparas, el viajero y el peregrino encontraban paz y sosiego bajo los atauriques cincelados en el enlucido de estuco de los arcos, bajo las inscripciones cúficas y la semipalmeta, omnipresente destello vegetal del mundo almohade. La nave central, exquisitamente decorada, conducía hacia el muro de la qibla, y más allá de la gran cúpula nervada, llena de mocárabes y reflejos dorados y esmaltados, estaba el nicho del mihrab, orientado como guía de la oración hacia La Meca, realizado en Qurtuba por los artesanos andalusíes antes de que la media luna musulmana empezara a declinar. La gran lámpara almohade frente al mihrab, orgullo de la destreza de los cinceladores y grabadores de cobre, era el recuerdo omnipresente de otras victorias, de otras esperanzas y otros hombres, olvidados ya en las arenas del tiempo.

Tras la oración, Ibn Shalam buscó al imán, y se presentó como discípulo de Al-Moariz. Le entregó la autorización imperial, junto a una nota firmada y sellada por su maestro con un lacre de cera roja. El imán, un hombre lustroso entrado en carnes, de tez curtida por el sol del sur del país, tomó los dos documentos entre sus manos regordetas, leyéndolos mientras se encaminaban a una antesala de la mezquita. Dos guardias reales meriníes custodiaban la puerta. Más allá estaba la biblioteca, y el aroma a incienso que perfumaba la mezquita se desvanecía ante otro más sutil y antiguo, el olor de la tinta y de los libros manuscritos cubiertos de polvo y de años, rodeado por el levísimo crepitar de las achacosas páginas de los volúmenes más antiguos, el eco de los pasos de las babuchas entre los estantes, el aroma a albahaca y menta de la salita de té, y la ominosa sensación de la insignificancia de sus conocimientos frente a la sabiduría inabarcable que ofrecían aquellas fuentes.

Leída la nota, y sin apenas levantar el imán la vista de la autorización, se sentaron. A un gesto del imán unos sirvientes les ofrecieron un té de limón y menta endulzado con miel. Ibn Shalam estudió al imán intentando disimular a la vez su nerviosismo. Sin duda, la situación de la madraza era próspera. En sus dedos regordetes el imán lucía varios anillos de oro, algunos gruesos, otros finos y delicados. Uno de ellos tenía engarzada una imponente esmeralda. Sus ropas, aunque de diseño austero, mostraban detalles ostentosos, como el ribete inferior púrpura que decoraba su chilaba, o los reflejos de oro entretejido con el lino de su camisa, llena de bordados de plata. Sus babuchas eran de excelente calidad, y la manicura de sus manos y el cuidado de su barba y bigote, pulcramente recortados, establecían un acusado contraste entre el imán y él, de ropas humildes y cansado por el largo camino.

Unas volutas de sándalo llegaron a su nariz. Cerró los ojos a pesar de su nerviosismo y por un momento se halló en una de las teterías del Albayzín, oculta tras la cuesta de los tinajeros. Cuando volvió a la realidad cinco minutos después, el imán lo estaba contemplando fijamente con sus ojillos porcinos, considerando sus palabras.

—La autorización es correcta —comenzó el imán, quien se había presentado como Alí Ibn al-Hazziz. Tenía una voz rica y poderosa que salía de las profundidades de su cuerpo de tonel—. Y tu maestro Al-Moariz es conocido mío; si sigue siendo tan estricto como solía es que ha visto algo en ti. Sin embargo, llegas en una mala época.

Ibn Shalam se alarmó inmediatamente.

—Este pase —continuó Al-Hazziz— te da derecho a asistir y participar en nuestras clases, pero, aunque también te lo garantizaba, no podemos proporcionarte ni alojamiento ni comida. Nuestra residencia está llena de estudiantes y maestros de todo el Islam, deseosos de ampliar sus conocimientos o escarbar en las profundidades de nuestras galerías en busca de libros y datos olvidados de las más diversas ciencias.

—Acabo de llegar. No conozco a nadie y mi presupuesto es escaso. ¿No habría forma de solucionarlo?

Al-Hazziz frunció el ceño, inspeccionándolo con una mirada.

—Somos exigentes con nuestros estudiantes. Muchos llegan como tú, sin apenas medios. Los más abandonan Fez a los pocos días. Otros aceptan desempeñar variados trabajos para subsistir, no siempre agradables. Eso no significa que les exijamos menos en las clases.

—Haré lo que sea —replicó decidido Ibn Shalam.

—¿Tienes algunas cualidades que hablen a tu favor? ¿Alguna habilidad que puedas utilizar aquí?

—Tengo buena caligrafía.

—Demuéstramelo. —Le pasó papel, pluma y tinta. Ibn Shalam respiró profundamente y se centró en escribir los primeros versículos del Corán:

 

¡En el nombre de Alá, el Compasivo, el Misericordioso!

Alabado sea Alá, Señor del universo,

el Compasivo, el Misericordioso.

Dueño del día del juicio.

A Ti sólo servimos y a Ti sólo imploramos ayuda.

Dirígenos por la vía recta,

la vía de los que Tú has agraciado,

no de los que han incurrido en la ira, ni de los extraviados.[*]

 

Las letras al estilo nasji, fluidas y alargadas, llenaron con gracia las líneas del papel. El imán lo observó todo con atención.

—Tienes buen pulso. Podrías ser un calígrafo, un buen jattat. ¿Dominas bien el estilo thuluth, de trazos largos y punteados; el cúfico, de ángulos pronunciados; y el de Fez, de trazos ágiles y grosor uniforme?

—El último no lo conozco. Los demás los he practicado en M¯alaqa.

El rostro del imán vo

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