Se ha calumniado a la mosca, suponiéndola más tonta que la abeja. Un famoso escritor dice que si se meten en una botella con el fondo hacia la luz y la boca abierta en opuesto sentido, las abejas, buscando la luz siempre, no hacen sino agitarse contra el cristal del fondo, sin poder convencerse de aquel invisible obstáculo, mientras que las atolondradas moscas, revoloteando de una a otra parte, hallan cuando menos lo esperan la salida. Lo cual es decir que la abeja es más lógica, es decir, más estúpida que la mosca, y esta más estética, es decir, más espiritual que aquella. La imbécil de la abeja se está rasca que te rasca contra el cristal y hacia la luz, sin convencerse, mientras que la alegre mosca, convencida desde luego de que ha caído en una prisión, o más bien convencida de que es prisión todo o que nada lo es, la explora por todas partes, se pasea para divertirse sin importarle volar de trasero a la luz, y así por volver a la luz el trasero logra, jugando, la libertad.
MIGUEL DE UNAMUNO

Prólogo
Cuando pienso en Belén Varela, la verdad es que lo último que me viene a la mente es una mosca. Si me viera obligada a asociarla con algún artrópodo, lo único que se me ocurre sería, hmm... una mariposa.
Leer este libro es como hablar con Belén. Desde el inicio comparte con nosotros una anécdota de su infancia y nos invita así a entrar en su mundo y entablar una charla cómoda y divertida en la que compartir sus experiencias profesionales como gestora de personas y consultora de recursos humanos y, sobre todo, su postura ante la vida. Belén entreteje con aparente facilidad desde los hallazgos de investigación más importantes de la psicología positiva, hasta los grandes filósofos españoles como Miguel de Unamuno, pasando por las caricaturas de Calimero y Piolín.
Hay varias cosas que me gustan especialmente de este libro: la primera es que, como los académicos serios de este campo, propone un optimismo sensato. No se trata de ir por el mundo con unos lentes color de rosa; pero, tampoco, usando la metáfora de Belén, de ir con una brocha pintando todo de gris. La autora señala que el optimismo muchas veces es visto con sospechas (parece que hoy en día no es «cool» ser optimista) y nos brinda argumentos sólidos para reivindicarlo como una verdadera fortaleza humana.
La creatividad de Belén se ve en sus DGI o Diarios de Gestación de Ideas: me hicieron pensar en los cuadernos de campo que usan los investigadores, como los antropólogos y biólogos en sus expediciones, para documentar sus observaciones día a día. Belén comparte generosamente su bitácora de campo con nosotros y nos abre una ventana a sus procesos de pensamiento para ver cómo se le fueron ocurriendo algunas de las ideas que presenta en el libro. La mayoría de los autores le presentan al público su obra terminada, ella comparte además escenas de la gestación del libro «tras bambalinas».
Por último, Belén nos ofrece ideas prácticas y aplicables. Al presentar los ejemplos de empresas españolas e internacionales que han hecho realidad un clima de positividad, que han superado obstáculos con confianza e ingenio y que realmente promueven el bienestar de sus empleados, nos demuestra que sí se pueden construir organizaciones optimistas.
Una de las definiciones de la psicología positiva es «el estudio del florecimiento humano». Este se refiere al vivir de manera óptima, usar nuestras fortalezas y talentos, tener buenas relaciones con los demás, ser creativos y fuertes. La Dra. Barbara Fredrickson, una de las investigadoras más importantes sobre el tema, muchas veces usa la imagen de una mariposa para representar este «florecimiento»: por un lado, las gráficas de los datos de las investigaciones sobre el funcionamiento óptimo crean una imagen que parece una mariposa (gráficas de dinámicas no lineales). Por otra parte, las mariposas son un símbolo de transformación y belleza. Tal vez por eso, para mí, al leer este libro y pensar en Belén Varela, además de las moscas y las abejas, rondaba por ahí también una mariposa.
MARGARITA TARRAGONA
Doctora en Psicología por la Universidad de Chicago
I
Introducción
Este libro habla de organizaciones y de optimismo.
De cualquier tipo de organización, porque, aunque la idea que inspira este libro se generó en un entorno empresarial, lo cierto es que cualquier organización nace y se nutre de optimismo o, al menos, de la perspectiva de alcanzar alguna meta. Sea cual sea la razón que une a un grupo —formar una familia, ayudar al prójimo, ganarse la vida o conseguir algún fin más o menos trascendente— es la expectativa la que une las voluntades y define los contenidos y las normas que regulan su funcionamiento.
Pero no habla, sin embargo, de cualquier tipo de optimismo. Tan solo de aquel que es consciente, medido, y que no debe ser confundido con el mero exceso de confianza irreflexivo que ha provocado el desprestigio de una cualidad que, desde siempre, ha sido compañera inseparable de nuestra evolución.
La cita de Unamuno refleja, con eterna actualidad, la opinión de la sociedad, que por lo general es crítica con ese modelo «espiritual» o intuitivo de la mosca. No se puede negar que en la principal virtud del optimismo radica también su riesgo más importante, puesto que la ilusión que despliega nuestro cerebro está, a veces, basada en cierto engaño inteligente a los sentidos; una especie de atajo mental que ha servido al ser humano para asumir retos difíciles, pero necesarios, para la supervivencia de la especie. Cuando esta ilusión se pasa de rosca, se convierte en temeridad, insensatez o, en el mejor de los casos, inocencia.
El lector encontrará una invitación a rascar, como en las tarjetas de rasca y gana, para levantar esa capa gris que cubre el verdadero talento.
Siendo lejano a mi intención el deseo de incitar a la simpleza, o a la imprudencia, he tratado de desgranar en este libro las características de un optimismo tan útil como necesario para el desarrollo de cualquier organización, muy especialmente de las empresas e instituciones.
A lo largo de estas páginas el lector encontrará una invitación a rascar. Pero no sobre el cristal de la botella, sino sobre las normas, las personas, los recursos y el sistema en general. A rascar, como en las tarjetas de rasca y gana, para levantar esa capa de pintura gris que tan a menudo cubre el verdadero talento, para que este se vuelque en buscar nuevas salidas o nuevos retos. Eso sí, tendremos que rediseñarnos un poco y aprender a ver en positivo.
El libro está estructurado en seis partes.
Me ha parecido necesario dedicar la primera parte a descubrir y analizar al «enemigo», ese velo gris que cubre nuestra información y tiñe nuestros pensamientos y nuestros sistemas de gestión.
Las dos siguientes contienen unas primeras reflexiones sobre el optimismo inspiradas en las teorías de la psicología positiva y en las propias ideas y experiencias a las que he recurrido para transferir este concepto al ámbito de las organizaciones.
La cuarta está dedicada a desgranar los elementos que se hacen indispensables para que cualquier institución pueda beber de la esperanza.
Aunque ya todo el libro tiene un cierto enfoque sistémico —en la medida en que hablamos de pautas para un comportamiento colectivo—, la quinta parte se centra en analizar el papel que cada uno de los componentes de una organización debe ejercer para promover el optimismo, desde las normas internas que deben ser establecidas por directivos hasta la conducta individual de cada uno de los integrantes, pasando por la responsabilidad de quienes representan la voluntad colectiva.
Finalmente, la última parte está dedicada a repasar y proponer diferentes prácticas para mejorar el optimismo de nuestras empresas y, cómo no, de las personas. De la mayoría de las herramientas que se proponen ya he visto, afortunadamente, resultados.
Una aclaración final: he querido distinguir las conclusiones a las que he llegado después de documentarlas con investigaciones y estudios académicos de lo que han sido meros hechos inspiradores, vividos, conocidos o presenciados por mí. A este conjunto de experiencias personales que han ido formando la argumentación, lo he llamado «diario de gestación de una idea» y me referiré a él como DGI para remarcar su carácter de experiencia personal.
1. Antes de empezar
... debo hacer unas aclaraciones. En primer lugar, la infravaloración actual del optimismo y su recurrente asociación a actitudes superficiales me obligan a indicar que el optimismo al que me voy a referir ha sido fruto de un estudio orientado a desgranar sus características, sus elementos constructores y, sobre todo, el modo en que podía transfundirse en las organizaciones. Y he llegado a la conclusión de que esta menospreciada conducta constituye uno de los ingredientes esenciales en la piedra filosofal de las organizaciones que triunfan y que mantienen izado su ánimo tanto en las situaciones prósperas como en las adversas. Aunque de inicio pueda parecer un planteamiento quijotesco, te propongo recordar la evolución de Sancho y que vayamos juntos a ver de cerca esos molinos.
La mayor sorpresa que me he encontrado es que no estamos solos en este anhelo por buscar el lado positivo de la vida. Durante estos últimos años de búsqueda y aprendizaje he podido conocer a decenas de personas que dirigen su trabajo hacia el espacio de la existencia y no hacia la incertidumbre de la carencia. No solo en el entorno de la psicología positiva, que dedica sus esfuerzos al estudio de los comportamientos y emociones positivos y las consecuencias de estos, sino también a muchos otros ámbitos de investigación científica, como la neurociencia, la biología o la socioeconomía.
Al empezar a pensar en la necesidad de cambiar nuestra forma de enfocar las organizaciones en particular y la humanidad en general, jamás habría imaginado la fuerza que estaba tomando esta idea en todo el mundo. La ciencia del bienestar subjetivo ha derramado ríos de tinta en los últimos años y los libros de autoayuda sobre la felicidad aparecen en los estantes de las librerías como setas en otoño. Aunque debo reconocer la pequeña desilusión que me produjo el descubrir que la idea no era innovadora, me resultó sumamente enriquecedor el hallazgo de una ingente cantidad de investigaciones a las que he podido tener acceso. Es verdad que Estados Unidos nos lleva la delantera en el estudio del optimismo —competencia de la que los americanos hacen gala—, pero también en Europa, concretamente en España, han cundido las investigaciones y publicaciones científicas que, aunque menos divulgadas por su estilo técnico y sobrio, son inmensamente ilustrativas.
También quiero aclarar que la idea de este libro nada ha tenido que ver con los nubarrones actualmente instalados sobre la economía y, consiguientemente, sobre nuestras empresas y organizaciones. Aunque tengo mi propia opinión sobre la situación actual de la economía y creo intuir algunas de sus causas, no voy a tratar de analizarla ni tengo la osadía de predicar sobre las claves para salir airosos de ella. Simplemente me gustaría observar que, cuando empecé a labrar este trabajo, las cosas no podían ir mejor en España, Europa o Norteamérica. La economía entonces era boyante. Todos los indicadores de bienestar señalaban que nos iba muy bien. Con solo ojear nuestro pasado más inmediato observaremos que la mayor parte de los ciudadanos en España vivía —y vive— muy por encima de los mejores sueños de nuestros padres sin necesidad de entrar en las comodidades derivadas de los avances tecnológicos.
El IDH (Índice de Desarrollo Humano) elaborado anualmente por las Naciones Unidas desde 1990, que mide los avances promedio en tres dimensiones básicas (la esperanza de vida, el nivel de conocimientos y el producto interior bruto), sitúa a España entre los países con mayor nivel de desarrollo. Esto, a priori, indicaría que nuestro bienestar es alto, medido de una forma objetiva.
Si añadimos un indicador más subjetivo, podemos acudir a las encuestas que elabora la Universidad Complutense de Madrid para el Instituto de la Felicidad Coca-Cola. Utilizando un cuestionario de felicidad subjetiva, es decir, percibida por los encuestados, estas encuestan decían, en 2008, que un 67,9% de los españoles se consideraba feliz y, aunque este dato disminuyó ligeramente en 2009, más de la mitad de los encuestados (58,5%) decían estar satisfechos con su vida y un 54% veía su futuro con optimismo.
A pesar de estas objetivas o subjetivas mediciones, una excesiva focalización en los acontecimientos negativos ha dominado la economía y la sociedad en general. Hasta tal punto llega esta carga negativa, que estamos interiorizando un pésimo concepto sobre la naturaleza humana. Hemos adoptado una visión de nuestro mundo, en general, muy poco esperanzadora.
2. Armagedón
En ocasiones realizo un ejercicio que me parece especialmente ilustrativo, que consiste en tomar un periódico y anotar en un papel las noticias positivas y las negativas. Es interesante, sirviéndose de las hemerotecas, hacer también este análisis con años de bonanza económica. Hay días y secciones que no dan ninguna noticia esperanzadora, alegre o positiva. Parece que lo bueno no es noticia. Y, ciertamente, puede que así sea: los matrimonios normalmente se respetan, se quieren y resuelven sus diferencias sin violencia; los niños no pegan a los profesores y, en general, no vamos por la vida matando o apropiándonos de lo ajeno. Por eso la bondad no es noticia. Lo cotidiano, lo común, lo que nos rodea habitualmente no es noticia. Si entendemos que los informativos son un medio para contar lo excepcional, podemos admitir su «predilección» por lo trágico de la vida.
Lo inquietante llega cuando cargamos de negatividad cualquier acontecimiento para convertirlo en objeto de comunicación, o sencillamente para atraer la atención del lector. Los ejemplos darían para llenar una enciclopedia —habrá que planteárselo— pero son especialmente significativos aquellos que advierten de las terribles amenazas y riesgos derivados de acontecimientos aparentemente buenos. Si un órgano de gobierno llega a un acuerdo para realizar una mejora, o se produce una fusión de empresas, o un pacto laboral, no se pone el énfasis en el acuerdo, sino en el conflicto previo.
Parece, por tanto, que el problema no está en que se cuente lo negativo por ser excepcional, sino en que negativicemos cualquier suceso con fines tales como obtener beneficio político, cuota sindical o, sencillamente, captar la atención de las audiencias.
Por otra parte, la política y determinados deportes se han convertido en espectáculos deleznables de conflictividad y violencia. De este modo, cuando un niño, un adolescente o casi cualquier adulto lee la prensa o escucha los informativos percibe la siguiente lección: «los políticos —léase adultos supuestamente inteligentes y preparados— y los deportistas —especialmente en algún deporte de cuyo nombre no quiero acordarme— resuelven sus diferencias a través del insulto, la descalificación, el egoísmo y la búsqueda de la debilidad ajena». Y si nos consideramos del colectivo de adultos no modelables, cuando cerramos el periódico o finalizamos la escucha de un informativo simplemente pensamos: «¡cómo está el mundo!».
En fin, si lo que se avecina es el Armagedón, celebremos la gran fiesta final y disfrutemos lo poco que nos queda.
En una ocasión cayó en mis manos un artículo titulado «Motivos para el pesimismo»,[*] donde el autor analizaba la situación socioeconómica española y la contextualizaba en el resto del mundo. Lo encabezaba afirmando que la única receta para España es ponerse a trabajar, y terminaba anunciando que un día a la humanidad le llegará de verdad el Armagedón. Menos mal que el artículo fue publicado en el mes de agosto y que el solaz veraniego amortiguó su efecto. De otro modo, podríamos imaginar algo parecido al cuento de la gallina que, al recibir el impacto de una bellota, alerta a toda la granja porque cree que el cielo se está cayendo, y el zorro, aprovechando el alboroto, se zampa a los asustados animalitos. En fin, si lo que se avecina es el Armagedón, celebremos la gran fiesta final y disfrutemos lo poco que nos queda, que no vale la pena esforzarse. Eso o, como propone Martin Luther King, aunque sepamos que el mundo se acabará mañana, plantemos nuestro manzano.[*] Personalmente, creo que es una opción mejor.
Y si la situación no es realmente tan apocalíptica, ¿por qué nos empeñamos en pintarla así?
En esta era en que la «información» nos desborda desde nuestros móviles, ordenadores, televisores y periódicos, nuestra memoria consciente, pero sobre todo la inconsciente, van almacenando información. Una información que, acumulada y escondida en los más recónditos lugares de nuestra mente, va conformando los sólidos paradigmas con los que dirigimos nuestro foco de atención.
Cuando nuestro juicio ha construido una visión pesimista de la naturaleza humana, también ha programado nuestra mente para registrar estímulos negativos y relegar las múltiples oportunidades que a diario tenemos para apreciar la vida.
Escuchamos, vemos, olemos, saboreamos y tocamos aquello que corrobore lo que ya hemos registrado en nuestro cerebro, y poco a poco nuestras creencias engordan y van ganando solidez. Esto que a priori puede parecer irrelevante, es decisivo en la medida en que no somos seres tan racionales como creemos. Nuestras actuaciones, nuestro enfoque ante la vida, nuestras decisiones,� poco tienen que ver con la razón, puesto que nuestros juicios tienen lugar antes que nuestro pensamiento lógico. Al menos, eso dice la neurobiología. Percibimos lo que queremos percibir, actuamos conforme a ese impulso y luego, solo luego, justificamos nuestras acciones. En definitiva, nuestros condicionamientos inconscientes son el esqueleto sobre el que, poco a poco, se construye nuestra realidad. La realidad que percibimos y, sobre todo, la realidad sobre la que actuamos. Si nuestro juicio ha construido una visión pesimista de la naturaleza humana, también ha programado nuestra mente para registrar estímulos negativos y relegar las múltiples oportunidades que a diario tenemos para apreciar la vida.
Es por ello que tendremos que aprender a tomar más conciencia del entorno que produce nuestros condicionamientos y de las emociones que conforman nuestros juicios y, de este modo, podremos eliminar esta capa gris que lentamente se está posando sobre nuestros niños que mañana serán adultos, sobre nuestra fuerza laboral, sobre nuestra sociedad, debilitándola.
Con este libro he tratado de forjar una esperanza, facilitar esa moneda con la que se rasca la tarjeta, eliminar este polvillo que cubre nuestras infinitas posibilidades de desarrollo y convertir las empresas en entornos para desarrollar nuestro talento, para hacer lo que sabemos, podemos y queremos hacer; en definitiva, para enriquecernos como personas. Mentiría si no reconociese que ese es el primer y fundamental fin al que aspiro, pero no el único. También creo firmemente que desde el optimismo obtendremos mejores resultados organizativos. Por eso, además de exponer conceptos teóricos, trataré de exponer las técnicas más útiles que he conocido tanto en mi experiencia profesional como en la de aquellos que me han permitido entrar a husmear en sus neveras y sacar de ellas lo más fresco, lo que genera mejor disposición en las personas.
* ABC, Tribuna abierta, 14 de agosto de 2010. Ignacio Gómez Acebo, «Motivos para el Pesimismo».
* Martin Luter King: «Even if I knew that tomorrow the world would go to pieces, I would still plant my apple tree».
