Título original: Autumn Laing
Traducción: Borja Folch
1.ª edición: febrero, 2013
© Alex Miller, 2011 para el sello Bruguera
© Ediciones B, S. A., 2012
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito legal: B. 4972.2013
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-109-5
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A Stephanie,
a nuestro hijo Ross y nuestra hija Kate,
y a Erin
Las cosas más encantadoras de la naturaleza y el arte son fruto del engaño.
Vladimir Nabokov, La dádiva
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Cita
PRIMERA PARTE
1
2
3
4
5
6
7
8
SEGUNDA PARTE
9
10
11
12
13
14
TERCERA PARTE
15
16
17
18
Nota a esta edición
Agradecimientos
Cómo llegué a escribir La última tentación de Autumn Laing
Notas
PRIMERA PARTE
1
Año Nuevo de 1991
Todos han muerto, y yo estoy vieja y demacrada como un esqueleto. Aquí es donde comenzó hace cincuenta y tres años. Aquí, donde estoy ahora, a la sombra de la vieja cochera, con las tablas combadas y caídas, en esta sofocante tarde de enero. Yo tenía treinta y dos años. Me he retirado del sol y el humo. El olor a papel humeante me ha seguido. El humo azul flota en las cuchillas de sol que cortan la oscuridad del interior, creando formas que imitan la obra de cierto pintor que hace tiempo admirábamos. Aquí hay cosas ocultas, cosas tapadas. La morada de los muertos, debería llamarlo. En la sombra, que es el lugar que me corresponde. No riais. Es una vieja manía que tengo, este impulso de revolver la basura con la punta de la sandalia, con la esperanza (o el temor) de descubrir algo. Ya no soy una mujer. Ah, entenderéis todo esto enseguida. Anoche se me rompió la hebilla de la sandalia izquierda mientras arrastraba el colchón a la veranda para que me diera la brisa. En lugar de la brisa me di con el pie contra el peldaño. No tengo fuerza en las piernas. ¡Mis piernas! En los tiempos en que tenía la piel tersa lo seduje dejándole entrever la pureza de mis muslos nacarados, viéndolo suspirar por mi contacto, con un nudo en el estómago. Por aquel entonces no había quien nos parara.
Ayer la vi en la calle. Y anoche estuve en vela hasta las tantas, pensando en ella. El aire me quemaba los pulmones a las dos de la madrugada. Se me ocurrió bajar a la orilla del río y tenderme sobre la hierba, debajo de la acacia, para aliviarme un poco. Pero ya no puedo hacerlo. Hace unos quince años que no bajo al río. Si fuese capaz de llegar a la orilla me tendería desnuda tal como hacía con él. Mi cuerpo pálido, quieto y frío a la luz de la luna. Boca arriba (siempre dispuesta, habría dicho Pat), mi vida y sus vidas bullen en mi mente. La de él y la de ella. Actualmente soy poco más que un esqueleto. No, si es divertido. Es lo que hay. Podéis reír cuanto queráis. Nunca me ha molestado la risa de los demás. Bien sabe Dios que se oyen muy pocas.
Hasta que ayer vi a Edith, estaba dispuesta a convertirme en ese cadáver pálido junto a la orilla. De verdad, lo deseaba. Tengo los medios para poner fin a mi vida en el fondo del cajón de la mesilla de noche. Pero anoche, en vez de morir, reparé mi sandalia rota con un trozo de cinta de seda púrpura que envolvía la caja de bombones baratos que me regaló esa tacaña que me visitó ayer. Si es que fue ayer. ¿Fue antes o después de que viera a Edith? No importa. Aparcó el coche —la mujer de los bombones, quiero decir, no Edith— delante de la puerta principal y rodeó la casa, acercándose entre los rodondendros hasta la puerta de atrás como si fuese de nuestro antiguo grupo. Me sorprendió con el camisón recogido y anudado en la cintura a las tres de la tarde, mientras me limaba los callos. Tendría que hacerme con un perro guardián. O con un arma. Se detuvo con un pie en el pretil de ladrillos que bordea el estanque de los peces (sin peces) y me sonrió, tendiéndome su regalo barato. Iba vestida de hilo blanco inmaculado. Sus gruesas facciones brillaban a causa del calor. Su gordura le permitiría rodar colina abajo hasta el río. Es lo que pensé mientras la miraba.
—¿Quién es usted? —pregunté. Ojalá hubiese podido amenazarla, pero no tenía nada a mano. No pude levantarme enseguida, pero cubrí con el camisón mis espantosas espinillas. ¿Por qué las tengo siempre magulladas? La muy bruja no me había dado ocasión de esconderme, de recobrar mi dignidad y altivez. La verdad de mi decadencia, expuesta a su mirada. Mi fealdad. Sus ojos negros devorándolo todo. Escribiendo mi final. Ese fue su ardid, captar mi verdad más descarnada en el primer momento sin tener que esforzarse para ello. Llegar hasta Autumn Laing sin preliminares. Tiene la crueldad de un carroñero, y la misma suerte. Los conozco bien, a los carroñeros. Se alimentan de nuestra carne antes de que hayamos muerto. ¿Qué les importa a ellos la privacidad?
—Soy quien está escribiendo su biografía —dijo, más contenta que unas pascuas, rezumando amor propio. Gorda como una cerda, hubiese dicho Pat.
—Usted busca algo más que mi historia —le contesté. Puedo ser furibunda cuando toca—. No tengo nada que decirle. Váyase de aquí.
Subió el peldaño y me ayudó a ponerme de pie, ofreciéndome su regalo barato. Le saco un palmo de estatura pero no pude zafarme. Se aferró a mí.
—Lo que usted quiere es llevarse uno de sus dibujos en cuanto vea alguno suelto por la casa.
Tuvo el desparpajo de reírse ante mi insulto. Era firme como un noray. Su peculiar olor. La caja de bombones apretándome las costillas.
El lío de papeles y porquerías que tengo aquí. Debe de haber docenas de dibujos de él. Cientos. Antes pensaba que un buen día lo organizaría todo. Que contrataría a un ayudante joven. Poner orden en esta casa. Cuando era joven me enorgullecía de ser una buena ama de casa. Me imaginaba nuestros papeles catalogados y guardados en cajas, listos para ser trasladados al archivo de la Biblioteca Nacional. Luego ya podrían trasladar mi cadáver al cementerio. Veía el final, mi final, así de ordenado y metódico. Siempre dije que me iría cuando estuviera preparada, aunque ahora no estoy tan segura. Conservo mis pastillas, pero en cualquier momento podría acometerme un ramalazo de pánico y verme incapaz de hacerlo. Eso es lo que más temo.
La arpía carroñera de la biógrafa me detuvo en la entrada, sujetándome el brazo. Para atraer mi atención hacia la exquisita sopera azul de Sèvres del perchero, dijo, que en ese instante iluminaba un rayo de sol. Como si yo no fuese a darme cuenta. Era una treta para convencerme de que tiene buen ojo, para hacerme saber que es una mujer cultivada. Pero no sabe lo que es el respeto. Le falta perspicacia. Apostaría a que no se fijó en la rajadura de la sopera. Se la hizo el propio Pat cuando tropezó contra el perchero un día que iba dando tumbos, borracho o desesperado. Tendría que habérsela regalado. ¡Tenga! ¡Llévesela! Un regalo de despedida definitiva.
Todos se han ido. Todos y cada uno de ellos. Excepto Edith, su primera mujer. La risa (por poco escribo masacre)[1] y la pasión se han acabado. Ver a Edith por la calle me impresionó. Saber que todavía vive me dejó anonadada. Tuve que sentarme en un banco delante de la farmacia. La hija del farmacéutico salió a preguntarme si me encontraba bien.
—Si quiere, puedo llevarla a casa en coche, señora Laing.
Le dije que estaba bien. Solo quieren ayudar. No es culpa suya que sean unos estúpidos.
Anoche, tendida insomne al sereno (si es que realmente fue anoche y no hace semanas o meses; ¿o estaba en la veranda?), aguardando el amanecer, la presencia de Edith ante mí como un icono imperecedero. No estoy segura de por qué escribo esto. Salvo que es la verdad. La sensación que me daba. La persistencia de una visión casi religiosa. Una aparición convocada por mi culpa inconfesa. «Dejadme confesar y morir —dijo Tennyson—. Nadie muere inconfeso de buen grado.» Religiosos o no, buscamos la confesión y la absolución como un imperativo moral esencial para la conciencia humana, ¿no es así? Absolver significa liberar, y eso es lo que ansiamos, libertad. Jóvenes o viejos, es con lo que soñamos y por lo que luchamos. En realidad no sabemos qué queremos decir con ello.
Para cuando la autopista (toda una falta de libertad para vosotros) estaba despertando, ya sabía que, después de todo, no iba a disfrutar de una muerte apacible. Me hallaba despreocupada, con una tonta sonrisa en mis facciones tensas cuando la arpía carroñera me encontró. Ver a Edith después de todos estos años me arrebató la perspectiva de tener una muerte ordenada. Si Edith Black no había terminado con su vida, yo no acabaría con la mía. La pregunta que se negaba a dejarme dormir era si aún debía recompensarla con la verdad. Embarcarme en una confesión a la que él y yo nos resistimos tanto tiempo. A la que él se resistió. Sobre todo, la confesión a la que él se resistió. Lo que Pat nos negó, al fin y al cabo, fue su verdad. Y al negárnosla se la negó a sí mismo. Yo fui humillada y me quedé sin nada. Pero la mayor carga de nuestra crueldad sin duda recayó sobre Edith, abandonada y con un hijo. La crueldad de Pat siempre consistió en negar las cosas que lo incomodaban. Incluso en la grandeza de su expansivo arte, que abarcaba todo nuestro continente, se negaba toda verdad, se la relegaba a un lado del cuadro, al silencio. Y era fabuloso. Su arte, quiero decir. No hubo nadie tan grande antes que él ni lo ha habido después, al menos en este país. Mi pobre y triste país. Este inmenso montón de escombros, según lo llamó alguien, al que tenemos en tan alta estima (es lo único que podemos tener en alta estima). Su visión me penetró el alma incluso antes de que él conociera la fuerza de aquella. Se lo di yo. Se lo abrí. Su país y el mío. Y juntos hicimos visible este país. Quiero reclamar mi parte en su arte y redactar el testamento de nuestra verdad. Un testamento sin el que sus cuadros permanecerán incompletos para siempre. Mudos para siempre. Sordomudos en la posteridad que habitan. La posteridad de Edith y su hijo. Sin mi testimonio, la aseveración de Pat de que su arte constituía una visión personal de su país y de su vida no es más que otro embuste en el velo de engaños con que cuidadosamente ocultaba su verdad. Un juego de manos en el que devino tan experto que le sirvió para engañarse a sí mismo hasta el final. ¿Quién puede decir bajo qué cubilete puso Pat Donlon su verdad?
Pat no era profundo. Era intuitivo pero no profundo. La profunda era yo. Yo la que se vio sola en la lucha contra los nudos y enredos de nuestra retorcida telaraña, mientras él navegaba en un aire despejado, sin dudar de sí mismo, pintando sus cuadros como si nadie más pudiera pintarlos. Así pues, en lugar de tomar mis cuatro pastillitas amarillas, escribiré esto. Luego las tomaré.
¿Ya he dicho que actualmente vivo sola? Todavía tengo a Sheridan, por supuesto (mi querido Sherry). Cumplirá dieciocho este año y en la vida de los gatos es incluso más viejo que yo en la vida de los humanos. Barnaby fue nuestro último amigo humano. Un pobre viejo tonto, al final. Su bastón de endrino sigue apoyado en el rincón donde lo dejó, junto a la puerta. Ahora no tengo a quien intimidar. A principios de verano se rindió a su persistente irritación con la vida. ¡Qué rabia! Fue muy egoísta de su parte. ¿Cómo fue capaz? ¿No pensó en mí, sacando la tetera a la veranda de atrás sin nadie con quien cotillear excepto Sheridan? Cuando no hay otros humanos, un gato, incluso uno tan amado como yo amo a mi querido Sherry, no es suficiente compañía. Barnaby se quitó la vida (y me encanta la repetición) como si solo él pudiera quitársela. El puñado de ella que nos quedaba a ambos. Irse de esa manera tan triste, con la cabeza en una bolsa de plástico, como si fuese algo comprado en un supermercado. Un viejo debería haber adquirido más dignidad. Pero ¡qué estoy diciendo, Barnaby nunca fue viejo! Ni digno. Su lema seguramente era: «Para vosotros la dignidad, que yo me divertiré.» Hasta que sus padres murieron y la granja se vendió, cada año nos abandonaba uno o dos meses para volver a visitar su tierra natal y a su amigo de las Central Highlands de Queensland. Su hogar era una granja ganadera con el encantador nombre de Sofía, en lo más remoto de las montañas que llaman el hogar de los ríos.
«Voy a refrescar mi fuente —decía—. No os preocupéis, escribiré.»
Y lo hacía. Siempre nos instaba a visitarlo allí. Cuando por fin fuimos juntos con Pat, la visita cambió nuestras vidas. Pero ya os hablaré de eso más adelante.
Si conocías a Barnaby Green, al amado poeta galardonado de nuestro círculo, conociste a un hombre joven incluso en su decrepitud. Cada vez que se permitía un gesto patricio resultaba risible, pobre hombre. Quienes no lo conocieron ni lo amaron como yo lo conocí y lo amé lo consideraban un creído. Jamás hubiese predicho su suicidio. Me sorprendió. Me consternó. Me enfadó. Su suicidio hizo que me sintiera como si en realidad nunca lo hubiese conocido. Me sentí engañada. Traicionada. Sí, sentí que con su suicidio Barnaby me traicionaba. ¿Me había escondido una parte de su ser? ¿Su fuero interno? El suicidio de Barnaby, casi tanto como ver a Edith en la calle el otro día (o cuando quiera que fuese), debilitaron las certezas que tenía sobre mí misma. Esto es lo que ocurrió. Estas cosas no son fáciles de entender. Y ya nadie se lo espera a mi edad. Me refiero a que la experiencia contradiga tus certidumbres.
Quizás hubiese estado preparada para encajar un gesto heroico de ese tipo por parte de los demás. Sus muertes no fueron sorprendentes sino que confirmaron la vida que habían llevado. Barnaby me dejó asombrada, haciéndome preguntas sobre mí misma. Y entonces aparece Edith. Como si un último sueño hubiese aguardado el momento más espantoso para caer sobre mí con su terrible exigencia.
Desde que el otro día vi a Edith mi memoria se ha convertido en la catedral de mi tormento. Pues bien, consagraré sus viejas piedras a mi verdad. ¿Estoy siendo grandilocuente? ¿Melodramática? Soy anticuada y no voy a intentar ser moderna. ¿Mi verdad, he dicho? También era su verdad. No la de Barnaby, sino la de Pat. ¿Acaso Barnaby tenía siquiera una verdad? ¿Un hombre de ilusiones tan etéreas, de una alegría tan primaria? Dudo que Barnaby cargara con el peso de la verdad el tiempo suficiente para hacerla suya. La verdad de Pat Donlon, quiero decir. La suya. Que quede claro. Es de Pat, nuestro más grande artista, si es el arte lo que renueva la visión que tenemos de nosotros mismos y de nuestro país, de quien quiero hablar aquí. Y de mí. De la tortura que acompaña a las grandes visiones. De eso y de la belleza y del espantoso precio del amor ilícito. La tortura de ver lo que otros todavía no han visto. La tortura de saber qué se ha mantenido oculto, invisible, en el silencio y la oscuridad de una obstinada negación. De todo eso. Del sufrimiento y la dicha sin límites. De acuerdo, sí, estoy siendo grandilocuente, pero ¡me gusta cómo suena!
Me bautizaron Gabrielle Louise Ballard. Desde el principio detesté mi nombre. Me negaba a responder al nombre de Gabrielle y mis hermanos me tomaban el pelo hasta hacerme llorar llamándome Gabby. Cuando mi querido tío Mathew vino de visita y me encontró llorando sola en el jardín, me sentó en su regazo, acarició mis encendidas mejillas con sus labios y me llamó su dulce Autumn dorada. Ese momento no lo olvidaré. Se irá conmigo a la tumba, como el amuleto de una princesa egipcia. Autumn es el nombre por el que se me ha conocido toda la vida. Ningún amigo me ha llamado de otra manera. Freddy me puso el diminutivo de Aught, cómo no, pero yo quería a Freddy y se lo perdoné. Le concedí, en realidad, que diera rienda suelta a sus sueños conmigo. Pero con Freddy siempre fue un juego. Vida. Nada más.
Hoy es 1 de enero de 1991. El primer día de Año Nuevo que estoy sola. Nací en 1906. Así que debo tener ochenta y cinco. ¿Correcto? Hay personas que conservan el vigor a los ochenta y cinco. Barnaby lo aparentaba. De cerca, no obstante, una veía el cielo vacío detrás de sus ventanas. Pero yo he obedecido las leyes bíblicas y me he convertido en una vieja bruja desfigurada. Aunque sigo siendo alta, soy maniática, voy encorvada y estoy flaca como... Bueno, flaca como lo que sea. Ya se os ocurrirá algo. Tengo el cuero cabelludo reseco, con manchas rojizas visibles a través de los pocos mechones de pelo plateado que conservo. Descolorido, en realidad, más que plateado. Esta es mi última oportunidad de decir la verdad. Debo recordarlo. Por eso llevo un pañuelo. Por mi pelo, quiero decir, no porque sea casi imposible ceñirse a la verdad. No es como los pañuelos de la reina, sino más bien un pañuelo del tipo que adoptaron los poetas beat de América y los piratas. Ajustado al cráneo. Tengo un cráneo alargado. Aun cargada de espadas, una vez vestida y en público mi aspecto es el de una mujer alta y altanera. Hoy mi pañuelo es una fina pashmina de cachemira. El verde oscuro de los sueños. El color sagrado. Necesita un lavado pero no me molesta el cálido olor que desprende. Una campesina nunca lavaría su pañuelo. Me he acostumbrado a los olores animales fuertes, viviendo sola con Sherry.
El suicidio es para los fuertes. El suicidio no es para tipos como Barnaby. Barnaby me ha estropeado el suicidio. Me da mucha rabia. Tiemblo y me flaquean las fuerzas. La bandeja del té se sacude en mis manos como si fuera a zafarse y huir corriendo entre risas al jardín, como si uno de mis mortificantes hermanos se levantara de la tumba para burlarse de mí otra vez. Cada una de las siete teteras sin tapa del estante que hay encima de la cocina Rayburn representa una época y una amistad concreta. Me di cuenta el otro día cuando rompí la tapa de esta. No os preocupéis, no os aburriré con un catálogo de efemérides. Mis dos hermanos gritándome Gabby a la cara hasta que rompía a llorar y, hecha una furia, los perseguía inútilmente por el jardín de Elsinore. ¡Elsinore! Como se ve, me instruyeron en la grandiosidad. Se convirtieron en presidentes trajeados de sus grandes empresas. Miembros de la Melbourne and Metropolitan Board of Works. Aterrados por la publicidad. Aterrados por los impuestos. Ambos muertos. Sus esposas muertas. Elsinore cedido al estado. El jardín parcelado para hacer sitio a los bloques de pisos de ladrillo amarillo de los promotores inmobiliarios. Aquella casa enorme convertida en un centro de rehabilitación para los desesperados de esta época que no es mi época. Elsinore, el hogar de mi infancia que nunca fue acogedor. Tendrían que haberlo derribado en lugar de catalogarlo. Me desentendí de la casa y de ellos cuando conocí a Arthur. Cuando mi padre conoció a Arthur me dijo:
—Tu Arthur solo tiene un defecto, cariño.
Le pregunté a qué se refería.
—Arthur no piensa suficientemente en el dinero —dijo mi padre.
—Y tu problema, padre, es que no piensas en otra cosa —le contesté.
No me perdonó. No éramos amigos. ¿Lo habíamos sido alguna vez? Yo los detestaba a todos. Los temía. Todavía les temo. Me hicieron daño. Mi miedo a ellos me volvió histérica. Con ellos me sentía atrapada y lo único que podía hacer era chillar, romper cosas y negarme a comer. Aunque estén muertos, la trampa que entonces me tendieron sigue dentro de mí. Todavía grito, rompo cosas y me niego a comer. No tan a menudo, pero lo hago. Me espanta lo que su frío mundo de culto al dinero aún pueda hacerme en las vívidas pesadillas que han comenzado a perseguirme ahora que soy débil. No daríais crédito a lo convincentes que son las pesadillas de los ancianos. Un asalto aterrador. No hay manera de oponer resistencia.
Mi querido tío Mathew siempre será el salvador de mi infancia. Tenía una vena de poeta y por eso lo despreciaban. Fue el único de ellos que murió pobre. Se negaron a ayudarlo. Me he preguntado si Mathew fue el resultado de que mi abuela tomara un amante. No al lechero, sino a un hombre cultivado, díscolo y de espíritu generoso. Si en verdad tuvo una aventura, su actitud nunca mostró el menor indicio, salvo en la contundente firmeza de su implícita negación. Vivía aislada. Tan tiesa como un pescado seco en sus corsés. La reina viuda Adelaide. Los labios retraídos en su máscara. Severa en su reproche de toda felicidad y alegría. La señora de Elsinore hasta su último día. Las risas de los niños le provocaban migrañas y no las toleraba en su casa. La madre de mi padre. La abuela Ballard. Madre del fundador de nuestras fortunas. Y hubo varias fortunas. Durante un tiempo los hermanos Ballard (excepto Mathew) tuvieron la mayor fortuna de Melbourne. No diré más. No voy a resucitar a esos tipos aquí. No pienso rebajarme a contar lo horrorosos que fueron. La verdad no me lo exige.
Tenía once años cuando el tío Mathew me besó a la sombra del pimentero del jardín de Elsinore. Posó sus labios con tanta suavidad en los míos que fue como si una mariposa se hubiese posado en ellos, un contacto tan exquisito que mi cuerpo floreció para él con una punzada que no he olvidado. Aquella pálida tarde la belleza del consuelo entró en mi vida. Porque Mathew me consolaba, igual que se consolaba a sí mismo, no solo con besos sino con el secreto de que ambos habíamos nacido con un don. Yo apretaba la oreja contra su pecho y escuchaba los fuertes latidos de su corazón. Su voz era dulce y serena, y cuando hablaba, amplias hectáreas de tiempo aguardaban a ser llenadas con las cautivadoras posibilidades que concebía su imaginación. El suyo era un paisaje ajeno a la realidad.
—No todo el mundo usa su don —me dijo aquel día con la mano en mi costado; sus dedos cálidos a través del vestido—. Algunos —prosiguió— ni siquiera se dan cuenta de que han recibido un don. Para ellos el don permanece mudo, latente hasta el final.
Yo sabía que aludía a su madre y sus hermanos.
—¿Quieres decir hasta que mueren?
Deseaba oírselo decir. Sus dedos me apretaron las costillas y me estrechó en su abrazo.
—Sí, cariño, hasta que mueren.
Lo dijo con dureza. Y entonces deseé la muerte de todos ellos. El aroma de la piel de Mathew a través de su camisa de hilo era a hierbas y flores y a desconocidos lugares distantes.
—Otros —dijo— no quieren reconocer el don. Ven la carga que conlleva y se asustan de lo que les exige, pues los retará a superarse o de lo contrario los verá fracasar. Reniegan de su don en favor de la burda realidad del dinero. Desprecian la vida creativa de los demás y se esfuerzan en reprimir la suya a toda costa. Se les da mejor que a nadie la crueldad.
La fiereza de su madre se cernió sobre nosotros y Mathew bajó la voz y susurró:
—En sus pensamientos más secretos creen poseer una cualidad que demostraría ser igual en mérito a la de los más dotados, siempre y cuando se lo propusieran. Este es su desespero secreto, no haber demostrado su valía.
Así es como hablaba Mathew; amante, poeta y filósofo. Era demasiado amable y gentil para este mundo y no logró dejar huella en él. Me hablaba como haciéndome partícipe de secretos recabados en lugares que nunca visitaría. Yo lo amaba y me sentía segura con él. ¿Y acaso no lo reconfortaban mi inocencia y mi fe en él? Ninguno de los demás me hablaba de aquella manera. Si alguna vez me hablaban era para corregirme o darme consejo o burlarse de mí. No sabían hablar de amor ni de poesía. Para ellos la imaginación era una puerta cerrada y la temían. Yo cerraba la boca y hacía oídos sordos. Era el país de Mathew el que estaba resuelta a habitar cuando fuese mayor.
Cuando tenía diecisiete años y fui a pasar las vacaciones de Navidad en casa vi a Mathew por última vez. Y quizás él supiera que sería nuestra última vez, pues volvimos a sentarnos en el banco protegido por el pimentero y le pregunté cuál era mi don. Entonces guardó silencio mucho rato, mirándome con ternura, antes de decir con una íntima pena que me desconcertó:
—Mi querida Autumn, el tuyo es el don del reconocimiento.
Su melancolía me lo hizo entender, no que el mundo sea duro y triste sino que la vida es hermosa y debe terminar. Le pregunté cómo podía estar seguro de que aquel fuese mi don.
—Eres la única de ellos —contestó con lágrimas en los ojos— que no me ha desdeñado ni acusado de ser un fracasado, sino que ha celebrado mi esfuerzo por hacer algo bueno con mi poesía.
Tomé sus manos entre las mías.
—Pero yo te quiero, tío Mathew. Hicieras lo que hubieses hecho te habría querido lo mismo.
Un año después halló la muerte, solo e indigente, en el patio trasero de un pub de un pueblo deprimente en County Kilkenny, Irlanda, donde se había extraviado en búsqueda de las raíces de su don poético. Ojalá hubiese estado allí para consolarlo. Le negué mis labios aquella última vez en el jardín de Elsinore. A los diecisiete me daba vergüenza permitirlo. Y luego lo lamenté. Sigo haciéndolo. Podría haberle permitido tenerlo todo y quizá le hubiese dado esperanza.
Pero tío Mathew tenía razón. Estaba dotada para reconocer las virtudes de los demás, a menudo antes de que las vieran ellos mismos. Era yo quien los juntaba y los hacía brillar con luz propia, gracias a la confianza que les infundía la admiración de sus coetáneos, sin la que muchos de ellos habrían titubeado, quedándose a mitad de camino, igual que el solitario tío Mathew. Él me había enseñado que el país de los talentosos es un lugar donde resulta peligroso estar solo. Juré que siempre estaría en el centro de un grupo de escritores, artistas y pensadores. Y eso es lo que hice, con Arthur a mi lado. Hasta que la envidia, la traición y el desespero lo destrozaron.
Cuando vi a Edith en la calle me impresioné. Fueron sus andares lo que me resultó familiar. La misma contención mesurada que cuando la vi por primera vez me hizo pensar que era una repipi carente de seriedad. Aquellos desenvueltos andares de muchacha en una vieja. La voz de un demonio me susurró al oído: «¡Edith Black! ¿La ves? ¡Ahí la tienes! La del sombrero verde que se aleja de ti.» La única mujer que llevaba sombrero en toda la calle. Fue como si me pegaran un tiro. Se detuvo, dio media vuelta y me miró directamente. Me llevé la mano a la cara. Cuando comenzó a retroceder hacia mí pensé que me había reconocido. Fui incapaz de moverme. Pero pasó de largo y entró en la farmacia donde yo acababa de estar para que me prepararan la receta de las pastillas salvavidas que cada día tomo a puñados. Observando a Edith entrar en la farmacia me di cuenta de que podría haber sido mi más vieja amiga en vez de mi más vieja enemiga. En lugar de quitarle a su hombre podría haberla rodeado con el brazo y haberle dado un beso. Edith no tenía malicia. Se me hizo un nudo en la garganta y lloré. ¿Por qué lloré? No lo sé. Solo sé que lloré. Y algo cambió en mí. Siempre he sido indiferente al porqué de las cosas. Lo importante es lo que nos ocurre, no por qué nos ocurre.
He escrito diarios toda mi vida. Cuadernos. Lo que los alemanes llaman Tagebücher. Notas sobre mis días. Los incidentes que los llenaron o los vacíos que los hicieron resonar con mis gritos de angustia. Ese olor a quemado que flota en el aire estival viene de ellos. Este humo azul en los rayos de sol dentro de la cochera. Tengo que ir a revolver las cenizas. Los libros arden mal. Mi desesperación. Mis esperanzas. Los sueños de mi niñez. Todas esas cosas. Se ponen rancias antes que las coles. Cuando llegué a casa después de ver a Edith salí a la veranda de atrás y me serví un buen vaso de whisky que me bebí de un trago. Media botella de whisky más tarde estaba en el estudio recogiendo mis cuadernos de las estanterías encima del escritorio. Se remontaban a tiempos anteriores a que Mathew me besara bajo el pimentero. Entre las páginas del primero había violetas del jardín de Elsinore. Debía de tener siete años. ¿Qué me hizo empezar a redactar un diario a los siete años? Había otro con la huella de mis labios de niña, de cuando tuve mi primer pintalabios (robado del bolso de mi madre). Cuadernos posteriores con cartas de amor de distintos chicos pegadas a las páginas. Los saqué todos de los estantes y los metí en una caja de vino vacía. Esta tarde he arrastrado la caja de cartón por el callejón hasta el bidón de doscientos litros en el que Stony incinera las ramas que poda de nuestros rosales. He metido el atizador de la biblioteca en el bidón y, al removerlos, trozos de papel salían volando y me hacían entrecerrar los ojos. He observado cómo se retorcían y prendían las páginas, mi antiguo pasado en las titilantes chispas que avanzaban despacio por los bordes del papel viejo. ¿Y qué? Ya era hora de quemarlos. El deleite adicional de verlos arder (sabiendo que la acción del fuego es irreversible) ha sido que lo que más aman los biógrafos son los diarios.
El Pontiac 1934 de Arthur. Heme aquí mirándolo. Fuimos en él a Ocean Grove para ver a Pat y Edith. Está aparcado allí donde lo dejó, sabe Dios cuántos años atrás. La llave sigue puesta en el contacto. Supongo que la batería está seca. Mi pobre Arthur. Un desgraciado robó la cabeza de indio del capó. Mi amado Arthur y aquella tarde de verano de 1935, tres años antes de que conociéramos a Pat y Edith. Aquí, en esta vieja cochera, es donde comenzó todo para nosotros. Estaba tan torcida como ahora. Detenida en su caída. Cuando Arthur y yo vimos este lugar no necesitamos decir palabra. Encajaba con nuestro sueño. Old Farm. Llevaba años en venta. Un terreno más allá de los suburbios. Una vieja casa de madera y este cobertizo ruinoso con un lado abierto. Un terreno cercado de seis hectáreas y el río serpenteando a lo largo de la linde inferior. Un fragante bosque de eucaliptus en la otra orilla. Todo lo que habíamos soñado. Todo maravillosamente abandonado y necesitado del amor que teníamos para dar. Es un gran cobertizo con un altillo, con las tablas medio sueltas, y grisáceo por la edad y la intemperie. Ahora se oye el rugido de la autopista y los suburbios me rodean. Antaño, si te quedabas en un mismo sitio el tiempo suficiente terminabas siendo un lugareño. Ahora, si te quedas en un mismo sitio el tiempo suficiente terminas siendo un desconocido.
Soy un vestigio de otra época. No como es debido. Me fastidia cocinar. Mi aliento es hediondo y me tiro ventosidades sin cesar. Estoy acostumbrada al olor. Mi estómago es una cuba de fermentación. Como col a diario. Soy como un chino pobre. Tengo una caja llena —de coles, no de chinos— detrás de la puerta de la cocina. La casa apesta a mis pedos y a col hervida. No me importa. ¡Sí que me importa! En serio, me importa, pero me falta fuerza de voluntad para hacer algo al respecto. Fui un ama de casa de primera. Stony me trae las coles. Es el último hortelano del mercado. Tiene manos de cantero. Cuando nos instalamos aquí vivíamos rodeados de campos de cerezos y de fresas. Ahora solo hay el huerto de Stony y las casas suburbanas, todas mucho más suntuosas que mi querida y vieja Old Farm. Quizás acabe por quemarla cuando termine esto. La acción del fuego es irreversible. No somos Ananías, Misael y Azarías. ¿Lo somos? Sin oler a fuego. Para empezar, ahora no recuerdo por qué metieron a esos tres jóvenes en el horno. Para demostrar algo, supongo. ¿Su fe heroica, tal vez? ¿O algo más puro? Otra distracción de la realidad. Hoy me envuelve el olor a fuego. Este vestido se impregnará. Es un olor que me acompañará. El olor a fuego y col. Hay destinos peores que ser pasto de las llamas. Los antiguos lo sabían. Hemos olvidado lo más duro. No puede haber sido hoy cuando he metido mis cuadernos en el bidón, ¿verdad? Aún se estarán consumiendo desde anoche. Oh, no lo sé ni me importa. La cronología no lo es todo, ¿verdad?
Arthur y yo vinimos aquí aquel día de verano de 1935 cogidos del brazo. Supimos a la primera que habíamos encontrado el refugio contra nuestras familias. Entonces éramos puros. Sí, lo éramos. Puros de espíritu y en intención. Y él era inocente. Su familia era casi tan rica y bastante más mezquina y retorcida que la mía. Había sucumbido a los nudos del amor de su madre y era abogado en la ciudad. Pero basta de eso. Allí, justo allí, junto a la pared trasera al lado del Pontiac, es donde hicimos el amor aquella primera tarde jubilosa. Donde el ojo caliente del sol está ardiendo en este preciso instante. Entonces había heno apilado. Apilado para nosotros. Éramos jóvenes y estábamos enamorados (aunque no locamente; Arthur era mi refugio). Tuve que instruirlo. Quizá sea mejor que os lo diga ahora: esta historia no tiene un final feliz. Nunca tuve hijos. Propios, no. No era posible. Había un simple y desagradable motivo ginecológico, si es que se deletrea así. Y hablando de deletrear, ¿os habéis fijado en que prenatal solo requiere el desplazamiento de una letra para convertirse en parental? No cuesta nada que una cosa se convierta en otra. Normalmente en lo contrario. Amor en odio. Cielo en infierno. Bien en mal. Risa en masacre. Una letra. Es cuanto hace falta. Ya sabéis el resto. Palabra y herida.
Él —me refiero a Pat, no a mi querido y gentil Arthur— fue mi mayor obra de reconocimiento. Fue la persona en quien volqué mi don sin restricciones. Supe cómo era en cuanto lo vi —bueno, no en ese instante sino al cabo de una hora. Entornaba los ojos ante la cruda luz de su propia ambición. No era como Picasso. No tenía aquellos famosos ojos ávidos. Pat tenía una mirada penetrante. Eso es lo que vi. Nadie más lo veía. Pat Donlon, con su mirada azul celeste que intentaba ocultarnos entornando los ojos. Ocultarnos la aterradora desnudez de su ambición pese a estar inseguro de ella. Hasta que yo se la abrí, estuvo inseguro, ¡que se dice pronto! Estaba casado con Edith cuando Arthur y yo lo conocimos. Ella era una chica guapa, encantadora y triste. Un poco temerosa de él y de lo que ella había hecho. Temerosa de la intensidad de Pat. Temerosa de lo que había hecho al atarse a la vida de aquel hombre. Pero lo amaba. Y era valiente. Ambos nos dimos cuenta. Oh, cuánto lo amaba. Si Dios, que nos hizo a todos (supongo) y nos dio nuestras pasiones, volviera a darme la vida para comenzar de nuevo, sería buena con Edith. La rodearía con mis brazos y cuidaría de ella y la haría sentirse amada y segura. ¿Qué hice, en cambio? Le quité a su hombre. Me llevé a Pat. Fue fácil. El destino me lo ofreció, de modo que lo tomé. Nunca tuve en cuenta a Edith. Pat apeló a mi don de reconocimiento de una manera en la que nunca volvería a ser invocado. Mi destino era apartarlo de ella. Por eso se lo quité. Arthur tembló pero aguantó. Mi querido y encantador Arthur. Tal como hiciera el cruel Nabucodonosor con sus tres muchachos, sometí a Arthur a una prueba de fuego. Sobrevivió pero no salió ileso. Salió quemado hasta los huesos. Blanco como la ceniza. Una gran parte de su gentil inocencia, destruida. Sin recuperación posible. Mi Arthur. Lo que le hice soportar. Cuánto lo amo todavía.
A Edith la olvidamos. De modo que haré un retrato de ella al principio de este testamento. Por una vez, Pat tendrá que ser el segundo. El retrato de una mujer en ese momento de la vida en que necesitamos que pinten nuestro retrato: cuando somos jóvenes y guapas. No cuando olemos a col, a humo y pedos. Honraré a Edith evocando su juventud. Tal vez él (Pat) no os guste, y no puedo contar con que yo os caiga bien, pero es imposible que Edith os desagrade. Fue la primera en ser sacrificada a la violencia y la avidez de la ambición de Pat. Una ambición tan arrebatadora que su severidad lo asustaba incluso a él. Como si fuese una dolencia que padeciera con los cambios de tiempo o con la luna llena. Ella y su hijo, Edith y el bebé. Los primeros en ser arrojados a aquella oscura y extraña bendición, al horno de su arte. Si eso es lo que era. ¿O me estoy poniendo demasiado melodramática otra vez? Ese arte mudo de Pat que hoy cuelga silente en las paredes de nuestros museos. Su arte devino una especie de silencio. Una mortaja. En él hay algo espantoso que aún no puedo afrontar. ¿Por qué lo hicimos? ¿A quién ha servido? Edith ha caído en el olvido. Era prácticamente una chiquilla cuando Arthur y yo la conocimos, todavía obediente a las esperanzas y los valores sagrados de sus padres y su encantador abuelo. Una niña incapaz de rebelarse o traicionar a quienes la habían criado y educado. Esas cosas la dejaban perpleja. La avergonzaban. La confundían. Recuerdo cómo se ruborizaba cuando hablaba en su presencia del odio que yo sentía por mi familia. Aquello le resultaba incomprensible. Mi rebeldía hizo mella en su sentido de la corrección.
Yo fui la acólita de Pat. ¿Qué significa eso? ¿Acólita? Hoy en día es preciso explicar tales palabras. «Ayudante de orden menor que sirve al altar», pone mi diccionario. No solo su cómplice, sino algo sagrado en su ministerio. Esa era yo. Lo saqué fuera, lo alenté y compartí las locas ilusiones que hicieron de él un artista. Y pagué un precio altísimo por ello. Él era creativo en el sentido más convencional del término. Un artista. Pero tendréis que preguntaros, tal como yo he tenido que hacer, si lo que destruimos en favor de sus creaciones tenía más valor que lo que produjimos él y yo. ¿Fuimos tan fríos y despiadados en la lucha por dar forma a su arte como lo fueron mi padre y mis tíos (salvo Mathew) en su lucha por amasar una gran fortuna? A toda costa. Siempre a costa de los demás. Nunca de ellos mismos. No sacrificaron nada. Siempre fueron otros quienes tuvieron que pagar. ¿Acaso la frialdad con que Pat y yo llevamos a cabo nuestra ambición no fue igual o mayor que la frialdad de mi familia, que yo tanto temía y despreciaba? ¿La frialdad de la que hui? El corazón aún me duele ante esta pregunta: ¿no fui la viva estampa de mi padre, pese a todo? ¿Ineludiblemente marcada por su voluntad desde la cuna? Quizá no haya respuesta a preguntas como estas. O quizá sean evidentes. Algo relacionado con los más elementales valores morales de nuestra humanidad. Me atrevería a decir que todos tenemos una respuesta distinta, quienes amamos el arte y hallamos consuelo en él, y quienes viven satisfechos sin él. Pero al plantear la pregunta haríamos bien en no olvidarnos de Edith Black y su hijo. Olvidarlos tal como han sido olvidados, borrados de nuestra memoria, borrados de la historia de Pat, equivale a mentirnos sobre la naturaleza de nuestra cultura. Olvidar a Edith y su hijo es mentirnos sobre la naturaleza del arte y lo que veneramos en él.
Aquí tenéis pues a Edith Black. La describiré tan bien como pueda. Un retrato realista. El realismo, el más difícil de los estilos, siendo como es el más intrincado y contradictorio.
2
Edith Black, 1938
Hacía un buen día. El sol brillaba solo para ella. Un fuerte oleaje agitaba las aguas tras la tormenta de la víspera. El ruido del mar con ella en la habitación. Un rato antes él había bajado en bicicleta a toda mecha por el camino hasta la calle principal sin decirle adónde iba ni cuándo regresaría. Entonces ella se había plantado delante de esta ventana, donde ahora está de pie, para observar cómo se alejaba.
Ya es mediodía. El cartero ha pasado y una carta asoma en el buzón de la verja, un triángulo blanco que refleja el sol, como si un pájaro blanco se hubiese posado allí. La carta será de su madre. Bajará a recogerla después. Ha salido del estudio para reavivar el fuego de la cocina y se ha preparado una taza de té, con una gota de leche de la vaca ruana del vecino y media cucharadita de valiosísimo azúcar. Está delante de la ventana bebiendo a sorbos el té y contempla la colina verde, la taza sostenida por su fina asa con la mano derecha, el platillo con la izquierda. La taza y el platillo son delicadas piezas de porcelana inglesa decoradas con un abigarrado dibujo de flores lilas. Un juego de dos en préstamo provisional de su madre. «La hora lila.» Como todo lo de esta casa, y la casa en sí, provisional y prestado. Y no son del mejor juego de té que tenga su madre sino del segundo mejor, o quizá del tercero. En todo caso, son caras. Una medida de la confianza de su madre. «Hasta que vosotros dos consigáis unas cuantas cosas buenas por vuestros propios medios.»
La alegra ver que el caballo sigue ahí. La verde colina donde está el animal asciende desde los pies del jardín para formar la suave curva de su horizonte más próximo, como el cálido vientre de la tierra. Entorna los ojos, haciendo un poco de sitio a su pensamiento. Por encima del prado, inmaduras nubes blancas se aproximan silenciosas desde el mar turbulento a través del frío azul del cielo que, se da cuenta de pronto, es exactamente el mismo azul blanquecino de los ojos de él. Sí, azul blanquecino. Como los ojos de su héroe, el poeta Rimbaud, cuya poesía nunca se cansa de recitar. Ahora la oye, su propia voz traduciendo para él «Había vislumbrado una conversión al bien y a la felicidad». Emite una breve risa nerviosa al pensar en él, al pensar adónde habrá ido esta mañana. Él y su permanente intuición de los terribles desastres que nos aguardan en la vida, su impaciencia, sus ganas de estar implicado físicamente con el futuro.
La pendiente del prado verde está salpicada de flores amarillas de oxalis. Es un cubrecama tachonado de luceros del alba. Una labor de su madre: un fino bordado de seda, los nombres latinos de las flores en verde bosque en torno al borde, tan fino que se necesita una lupa para ver las puntadas, e incluso así... No hay nada cruel o cínico en la vida de su madre. Todos los malos recuerdos sacrificados, como perros viejos de la familia. Silencio, calma, sensatez. Eso es lo que se respira en su casa, tanto en Brighton como en la granja. Ahí donde preside su madre, todo está como es debido. Ni una margarita en el césped. El pasado descosido y vuelto a coser. El trabajo que sigue adelante. La rutina del ahorro. La iglesia los domingos, con el doctor Aiken presidiendo el oficio en Flood Street, su nariz afilada y sus tristes ojos inteligentes. Un buen hombre, en opinión de sus feligreses. Su ceño fruncido con aire de disculpa, un recordatorio permanente de que queda un terrible problema por resolver para que podamos pasar confiadamente a un pleno disfrute de la vida. San Pablo aconseja a los filipenses: «Regocíjense siempre con el Señor. Regocíjense.» Pero el doctor Aiken no se ha regocijado. No ha logrado entender al Señor. Ha pasado por alto algo esencial, la clave de la felicidad lo elude. Ha vivido sin compañía. Según parece, no ha deseado tener a una mujer a su lado. Su casa de pastor protestante de ladrillo rojo, ensombrecida por gimientes cipreses; las estanterías de su estudio, habitadas por un sinfín de desconcertantes tratados relacionados con algo que anhela, la Verdad Última y el Dios cristiano, el meollo de sus preocupaciones divinas. Ni un detalle floral en tazas o cubrecamas que le alegre la vida. Y es un hombre apuesto, de porte elegante, manos finas y bien formadas, perceptibles cuando toca el violín, y otros rasgos agradables que la naturaleza ha concedido a esta amable persona. Un buen partido. Aunque al parecer, todo en balde. Su soledad desconcierta a su madre, puesto que la asamblea presbiteriana no excluye a sus ministros del sacramento del matrimonio. Mas aun así...
No, el cubrecama floral seguro que será más exótico que eso, decide Edith resueltamente, y deja la taza y el platillo en el fregadero de piedra mate, cuyo vidriado resquebrajado tiene el tono exacto de los huesos viejos; las finas grietas posiblemente sean un alfabeto antiguo. Ding, dice la taza bruscamente a su platillo, y Edith baja la vista y la endereza, murmurando una disculpa. Una vez más se ha visto arrastrada al recuerdo de su viejo hogar y su madre. Su madre. La colina salpicada de flores no es en absoluto un cubrecama decorado sino más bien algo persa, y no pertenece al mundo de su madre. Un bordado persa. El trabajo de silenciosas horas y días en los que una mujer sueña, en su soledad, con acontecimientos remotos que nunca pudieron haber ocurrido, y agacha la cabeza sobre la aguja a la tenue luz de la lámpara y sonríe a las diminutas flores doradas. Fingiendo que sus sueños son recuerdos.
De pie ante la ventana, con los dedos tocando todavía la taza con el dibujo de lilas y el olor a leña de la cocina flotando en el aire, una mezcla de hierro caliente y humo, Edith piensa: Qué tranquilo es este lugar. Qué encantador. Cuán a gusto podría llegar a sentirme en esta casita con él si tan solo... El caballo es una yegua. Una vieja yegua de cría con ancas prominentes; le cuelga el vientre, tiene la espina dorsal arqueada de soportar a muchos potros, el pelaje marrón, seco y apagado. Equus caballus. Edith ha vivido en compañía de caballos desde su infancia en la granja de su padre. La vieja yegua marrón está perpendicular a la pendiente, mostrando a Edith el vientre vacío. Ella, la yegua, parece que aguarde que alguien llegue desde el horizonte; las orejas apuntan adelante, imaginados haces de cebada en las narinas distendidas. Edith se pregunta de dónde ha venido y qué habrá empujado a su dueño a ofrecerle el generoso pasto de su prado. El caballo ya estaba ahí por la mañana, grande y marrón, y volvió la cabeza hacia la casa cuando Edith salió a dar de comer a las gallinas y recoger los huevos, un recién llegado como ellos, curioso, alerta y un poco aprensivo. Después de ocuparse de las gallinas —no había huevos—, Edith fue a buscar una gruesa rebanada de pan a la casa. Tras convencerla con paciencia, la yegua se aproximó a la cerca y lamió la ofrenda de su mano. La tranquila inocencia de los ojos de la yegua. Es un hecho conocido entre quienes tratan con caballos que este animal tiene los ojos más grandes de todos los mamíferos terrestres.
—¿Te sientes sola en el prado del señor Gerner, teniendo como única compañía al lechero?
Al oír su voz, la yegua bajó sus largas pestañas e inclinó la cabeza. Los caballos son muy sensibles alrededor del morro, los ojos y las orejas. Edith le acarició la sedosa nariz.
—Seguro que hace algún tiempo los sementales suspiraban por tu belleza.
El océano Antártico queda detrás del horizonte que forma el promontorio del prado del señor Gerner. El Gran Océano Antártico, como lo llamaba su abuelo, el pintor Thomas Anderson. Circundando el mundo. Sus límites, indeterminados. Cogía la mano de Edith con su manaza nudosa y dirigía el dedo índice de su nieta en un viaje por el viejo atlas Alexander Keith Johnston, F.R.G.S., 1857, on Mercator’s Projection. Un gran libro de la casa solariega de la familia a orillas del Nith, entre los majestuosos montes y los fértiles encinares de Dumfries, la residencia particular más grande del condado. El libro. Sí. Antaño en un estante de la biblioteca de su tatarabuelo, otro Thomas Anderson de un linaje procedente de la frontera entre Escocia e Inglaterra, las grandes páginas del volumen emanaban olores del mundo del otro lado cuando él lo abría en su amplio escritorio de roble, con ella de pie a su lado en su estudio de la casa donde había nacido su madre, una elegante morada victoriana, en la selecta playa de Brighton.
Hablar del otro lado es aludir a la muerte con otro nombre. Edith lo sabía incluso entonces. La chaqueta de su abuelo olía a tabaco Erinmore. El dedo que el abuelo le agarraba por la segunda falange se torcía como un palo de hockey sobre el grueso papel mientras efectuaban juntos su viaje imaginario, cruzando el océano (cuya respiración y suspiros la acompañan en la cocina en este momento), guiándola con firmeza.
—Navegamos hasta la tormentosa punta de Sudamérica, luego hacemos escala en Sudáfrica. Una larga bordada entre Crozet y las islas Kerguelen. ¡Y henos aquí de nuevo! —Se inclina junto a ella, le hace cosquillas con el bigote en la mejilla—. El sur de Australia. Me parece... que nos veo. ¿Nos ves? ¡Sí! ¡Ahí estamos! ¿Nos ves a los dos?
La rodea con el brazo libre, estrechándola, solo ellos dos en el silencio de su cuento, entre los olores a libros viejos y trementina. Lo echa de menos. Hace ya cuatro años que su ama de llaves, la señora Dress, lo encontró tendido boca arriba junto a la larga mesa de la cocina, con los pies juntos, un anciano en pijama y zapatillas, las gafas, la pipa y la petaca de tabaco bien ordenadas a su lado, con la ropa de dormir a rayas recién lavada. Pero, curiosamente, sin su bata de cuadros escoceses. ¿Quizás encontró poco apropiada esa prenda para la ocasión?
—De modo que está aquí —dijo la señora Dress, rodeándolo, y se preparó una taza de té antes de llamar a su hija. Era evidente que había presentido que se acercaba el momento. ¿Acaso fue una luz temblorosa en su visión periférica? ¿Una ligera ansiedad y una presión en el pecho? Nunca lo sabremos. Y se había preparado para causar la menor impresión y molestias a quienes amaba, a los que se iban a quedar en este lado.
Edith se pregunta si lo echará de menos siempre. No tuvo tiempo de despedirse de ella sino que se fue de repente, sin una palabra. Había encontrado a su madre junto al teléfono, sentada en el gran arcón de madera de alcanforero del vestíbulo, llorando. ¿Llevará siempre consigo esa pérdida mientras siga viviendo, se pregunta Edith, hasta que un día también ella sea vieja, abuela, y su abuelo un noble residente de la memoria de su infancia, amado y extrañado? ¿Será siempre así? ¿O con el tiempo nuestros muertos nos abandonan? Él es su inspiración para esta vida que ha elegido, y necesita que apruebe su trabajo. El arte. El padre de su madre. Pero Edith no se considera artista. Está demasiado insegura de sí misma para eso; demasiado condicionada por el hábito de la modestia femenina para reconocer abiertamente la secreta ambición de su corazón. Él, su abuelo materno, cuando hubo que tomar partido, había sido felizmente ignorante o indiferente a las escuelas innovadoras y a los estilos de su época. Los grandes debates y enemistades artísticos nunca lo afectaron. Su paleta fue toda su vida una gama de marrones dorados con su propia luz interior, alcanzada mediante el conocimiento del oficio clásico. No había encontrado motivo para desdeñar la tradición que le había proporcionado su espléndido sustento. No fue un visionario. Consideraba que no era asunto suyo poner en entredicho la autoridad de sus maestros. Sus temas eran bucólicas esce
