Título original: Beauty’s Release
Traducción: Rosa Arruti
1.ª edición: junio 2012
© Anne O’Brien Rice, 1985
© The Stanley Travis Rice Jr. Testamentary Trust
© Ediciones B, S. A., 2012
para el sello B de Bolsillo
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B.15646-2012
ISBN EPUB: 978-84-9019-139-2
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Contenido
Portadilla
Créditos
Resumen de lo acontecido
Cautivos en el mar
Recuerdos del castillo y del pueblo
A través de la ciudad y en el interior de palacio
Examen en el jardín
Misterioso amo
Ritos de purificación
La primera prueba de obediencia
Por el amor del señor
La veladora
Una lección de sumisión
Misteriosas costumbres
El jardín de las delicias varoniles
La gran presencia real
La alcoba real
Nuevas enseñanzas secretas
En los brazos del destino
Una decisión para Lexius
Revelaciones en el mar
El dictamen de la reina
Primer día entre los corceles
Esplendorosa vida cortesana
Vivir entre corceles
El momento de la verdad
RESUMEN DE LO ACONTECIDO
En El despertar de la Bella Durmiente:
Tras cien años de sueño profundo, la Bella Durmiente abrió los ojos al recibir el beso del príncipe.
Se despertó completamente desnuda y sometida en cuerpo y alma a la voluntad de su libertador, el príncipe, quien la reclamó de inmediato como esclava y la trasladó a su reino.
De este modo, con el consentimiento de sus agradecidos padres y ofuscada por el deseo que le inspiraba el joven heredero, Bella fue llevada a la corte de la reina Eleanor, la madre del príncipe, para prestar vasallaje como una más entre los cientos de princesas y príncipes desnudos que servían de juguetes en la corte hasta el momento en que eran premiados con el regreso a sus reinos de origen.
Deslumbrada por los rigores de las salas de adiestramiento y de castigo, la severa prueba del sendero para caballos y también gracias a su creciente voluntad de complacer, Bella se convirtió en la favorita del príncipe y, ocasionalmente, también servía a su ama, lady Juliana.
No obstante, no podía cerrar los ojos al deseo secreto y prohibido que le suscitaba el exquisito esclavo de la reina, el príncipe Alexi, y más tarde el esclavo desobediente, el príncipe Tristán.
Tras vislumbrar por un instante al príncipe Tristán entre los proscritos del castillo, Bella, en un momento de sublevación aparentemente inexplicable, se condenó al mismo castigo destinado para Tristán: la expulsión de la voluptuosa corte y la humillación de los arduos trabajos en el pueblo cercano.
En El castigo de la Bella Durmiente:
Tras ser vendido al amanecer en la plataforma de subastas del pueblo, Tristán se encontró enseguida maniatado y enjaezado al carruaje de Nicolás, el cronista de la reina, su nuevo, apuesto y joven señor. Por su parte, Bella, que fue destinada a trabajar en el mesón de la señora Lockley, se convirtió en el juguete del principal huésped de la posada, el capitán de la guardia.
Poco después de su separación y venta, tanto Bella como Tristán se sintieron seducidos por la férrea disciplina del pueblo. Los gratos horrores del lugar de escarnio público, el establecimiento de castigo, la granja y el establo, el sometimiento a los soldados que visitaban la posada, todo ello enardecía sus pasiones al tiempo que les infundía un gran terror, hasta hacerles olvidar por completo sus antiguas personalidades.
El severo correctivo que padeció el esclavo fugitivo, el príncipe Laurent, cuyo cuerpo fue atado a una cruz de castigo para ser mostrado en público, sólo sirvió para subyugarlos más.
Mientras Bella por fin encontraba en los castigos un motivo de orgullo a la altura de su espíritu, Tristán se había enamorado desesperadamente de su nuevo amo.
No obstante, cuando la pareja apenas se había reencontrado y los dos se habían confiado su desvergonzada felicidad, un grupo de soldados enemigos atacó el pueblo por sorpresa. Bella, Tristán y otros esclavos escogidos, entre los que se hallaba el príncipe Laurent, fueron secuestrados y trasladados por mar hasta la tierra de un nuevo señor, el sultán.
A las pocas horas del ataque, los cautivos se enteraron de que no iban a ser rescatados. Según lo acordado entre sus soberanos, habían sido condenados a servir en el palacio del sultán hasta que llegara el momento de volver sanos y salvos junto a la reina Eleanor para someterse a nuevas penalidades.
Los esclavos, a quienes retienen en jaulas doradas y rectangulares en la bodega del barco del sultán, aceptan su nuevo destino.
Nuestra historia continúa.
Es de noche en el tranquilo buque. El largo viaje llega a su fin.
El príncipe Laurent está a solas con sus pensamientos y reflexiona sobre su esclavitud...
CAUTIVOS EN EL MAR
Laurent:
Es noche cerrada.
Algo había cambiado. En cuanto abrí los ojos supe que nos acercábamos a tierra. Incluso en la lóbrega bodega percibí el olor característico de tierra firme.
Así que el viaje está llegando a su fin, pensé. Finalmente sabremos lo que nos depara esta nueva cautividad en la que estamos destinados a ser inferiores e incluso más abyectos que antes.
Experimenté miedo, pero también cierto alivio. Sentí tanta curiosidad como terror.
A la luz de un farol, vi que Tristán yacía despierto en su jaula, con el rostro alerta y la mirada perdida en la oscuridad. Él también sabía que el viaje casi había concluido.
Sin embargo, las princesas desnudas continuaban durmiendo. Parecían bestias exóticas en sus jaulas doradas. La menuda y cautivadora Bella era como una llama amarilla en la penumbra; el cabello negro y rizado de Rosalynd cubría su blanca espalda, hasta la curva de las pequeñas nalgas redondeadas. Arriba, la grácil y delicada figura de Elena permanecía tumbada de espaldas, con su lisa cabellera de color castaño extendida sobre la almohada.
Qué carne tan apetitosa la de estas tres tiernas compañeras de cautividad: los redondeados bracitos y piernas de Bella pedían a gritos que la pellizcaran, allí acurrucada entre las sábanas; la cabeza de Elena estaba reclinada hacia atrás, abandonada por completo al sueño, con las largas y delgadas piernas muy separadas y una rodilla apoyada contra los barrotes de la jaula; Rosalynd se puso de costado mientras yo la miraba, y sus grandes pechos de rosados, oscuros y erectos pezones cayeron apaciblemente hacia delante.
Más a la derecha, el moreno Dimitri rivalizaba en belleza con el rubio Tristán. El rostro de Dimitri, sumido en un profundo sueño, exhibía una frialdad peculiar pese a que cuando estaba despierto era el más afable y tolerante de nuestro grupo. Probablemente los príncipes, enjaulados con las mismas precauciones que las princesas, no parecíamos más humanos ni menos exóticos que nuestras compañeras.
Todos llevábamos entre las piernas nuestra correspondiente protección de malla dorada, lo que prohibía hasta el más mínimo examen de nuestros ansiosos sexos.
Todos habíamos llegado a conocernos muy bien durante las largas noches en alta mar, cuando los guardias no estaban lo bastante cerca para oír nuestros susurros; y en las largas horas de silencio, que ocupábamos en pensar y soñar, quizá llegamos a conocernos mejor a nosotros mismos.
—¿Os habéis dado cuenta, Laurent? —susurró Tristán—. Estamos cerca de la costa.
Tristán era el más angustiado. Lamentaba la pérdida de su amo, Nicolás, aunque no por eso dejaba de observar todo lo que pasaba a su alrededor.
—Sí —respondí en voz baja, echándole un vistazo. Su mirada azul lanzó un destello—. No puede estar muy lejos.
—Sólo espero que...
—¿Sí? —insistí yo—. ¿Se puede esperar algo, Tristán?
—... que no nos separen.
No respondí. Me recosté y cerré los ojos. ¿Qué sentido tenía hablar si pronto nos revelarían nuestro destino y no podríamos hacer nada para alterarlo?
—Pase lo que pase —dije distraídamente—, me alegro de que el viaje haya finalizado y de que pronto sirvamos para algo.
Tras las pruebas iniciales que nuestras pasiones tuvieron que soportar, los secuestradores no habían vuelto a hacernos caso. Durante toda una quincena nos habíamos sentido torturados por nuestros propios deseos. Los jóvenes criados que nos cuidaban se limitaban a reírse quedamente de nosotros y se apresuraban a atarnos las manos cada vez que nos atrevíamos a tocar los triángulos de malla que aprisionaban nuestras partes íntimas.
Por lo visto, todos habíamos sufrido por igual. No teníamos nada con que distraernos en la bodega del barco aparte de la visión de nuestras desnudeces.
No podía evitar preguntarme si estos jóvenes cuidadores, tan atentos en todos los demás aspectos, se percataban del adiestramiento implacable que habíamos recibido en los apetitos de la carne, si eran conscientes de que nuestros señores y amas nos habían enseñado en la corte de la reina a anhelar hasta el chasquido de la correa para aliviar el fuego interior que nos consumía.
Durante el anterior vasallaje nunca había transcurrido más de medio día sin que hubieran empleado por completo nuestros cuerpos; hasta los más obedientes habíamos recibido castigos constantes, y los que habían sido enviados del castillo a la penitencia del pueblo tampoco habían conocido un descanso mucho mayor.
Eran mundos diferentes. Eso habíamos convenido Tristán y yo durante nuestras susurrantes conversaciones nocturnas. Tanto en el pueblo como en el castillo se esperaba que habláramos, aunque sólo fuera para decir «sí, mi señor» o «sí, mi señora». Nos daban órdenes explícitas y nos enviaban de vez en cuando a hacer recados sin ningún acompañante. Tristán incluso había conversado largo y tendido con su apreciado amo, Nicolás.
Sin embargo, antes de dejar el dominio de nuestra reina nos habían advertido que estos sirvientes del sultán nos tratarían como si fuéramos animales. Aunque aprendiéramos su extraña lengua extrajera, jamás nos hablarían. En la sultanía, cualquier humilde esclavo del placer que intentara hablar se ganaba un castigo inmediato y severo.
Las advertencias se habían confirmado. A lo largo de todo el viaje nos habían premiado con palmaditas y caricias, y nos habían conducido de un lado a otro acompañados por el más tierno y condescendiente de los silencios.
En una ocasión en que la princesa Elena, llevada por la desesperación y el aburrimiento, habló en voz alta para rogar que le permitieran salir de la jaula, los criados la amordazaron de inmediato. Luego le ataron los tobillos y las muñecas a la cintura por la espalda y colgaron su cimbreante cuerpo de una cadena sujeta al techo de la bodega. Así estuvo mientras sus asistentes la miraban con gesto ceñudo, indignados y escandalizados, hasta que sus vanas protestas cesaron.
Después la hicieron descender con extremados cuidados y atenciones. Besaron sus silenciosos labios y untaron con aceite los doloridos tobillos y muñecas hasta que las marcas de los grilletes de cuero desaparecieron.
Los muchachos de las túnicas de seda incluso le cepillaron el liso y brillante cabello castaño y masajearon las nalgas y la espalda con sus sabios dedos, como si las bestias irascibles como nosotros debieran ser amansadas de esta manera. Por supuesto, enseguida se detuvieron al percatarse de que la suave sombra de rizado vello de la entrepierna de Elena estaba húmeda y ella no podía mantener quietas las caderas contra la seda del confortable colchón, de lo excitada que estaba al sentir su contacto.
Con leves gestos de enfado y movimientos de cabeza, la hicieron arrodillarse y la sujetaron otra vez por las muñecas para ajustar a su pequeño sexo la inflexible protección de metal, cuyas cadenas abrocharon firme y rápidamente alrededor de los muslos. Luego la volvieron a introducir en la jaula con los brazos y las piernas atados a las barras mediante resistentes cintas de satén.
Sin embargo, esta demostración de pasión no los había enfurecido. Al contrario, antes de cubrir el húmedo sexo de la princesa lo habían acariciado, sonriéndole como si aprobaran su ardor, su necesidad. Pero ni todos los quejidos del mundo hubieran doblegado a los jóvenes sirvientes.
Nosotros, los demás cautivos, tuvimos que contentarnos con observar sumidos en un silencio lascivo, mientras nuestros propios órganos apetentes palpitaban en vano. Deseé encaramarme hasta el interior de la jaula de Elena, despojarla del pequeño escudo de malla de oro e hincar mi verga en el pequeño y húmedo nido. Quise abrirle la boca con la lengua, apretar sus voluminosos pechos, chupar los pequeños pezones sonrosados y verla sonrojada de palpitante placer mientras la llevaba al éxtasis. Pero no eran más que sueños dolorosos. Elena y yo sólo podíamos mirarnos y esperar en silencio que tarde o temprano nos permitieran alcanzar el éxtasis en brazos del otro.
La delicada Bella era sumamente intrigante, y la rolliza Rosalynd, con sus grandes y apenados ojos, resultaba absolutamente voluptuosa, pero era Elena quien se mostraba más ingeniosa, con un siniestro desdén por lo que nos había sobrevenido. Entre susurros se reía de nuestro destino y, al hablar, sacudía su espesa melena de color castaño por encima del hombro.
—¿Quién puede decir que ha disfrutado de tres opciones tan maravillosas, Laurent: el palacio del sultán, el pueblo, el castillo? —preguntaba—. Os lo aseguro, en cualquiera de esos lugares puedo encontrar deleites de mi agrado.
—Pero, querida, no sabéis cómo van a ser las cosas en el palacio del sultán —objeté—. La reina tenía cientos de esclavos desnudos. En el pueblo había cientos de siervos trabajando. Pero ¿y si el sultán tiene todavía más esclavos de todos los reinos de Oriente y Occidente, tantos que incluso pueda utilizarlos como escabeles?
—¿Creéis que será así? —preguntó, excitada. Su sonrisa adquirió una insolencia encantadora. Aquellos labios húmedos, la exquisita dentadura—. Entonces debemos encontrar alguna manera de hacernos notar, Laurent. —Apoyó la barbilla en la mano—. No quiero ser una más entre un millar de príncipes y princesas dolientes. Debemos asegurarnos de que el sultán se entera de quiénes somos.
—Tenéis ideas peligrosas, mi amor —contesté yo—. No olvidéis que no podemos hacer uso de la palabra y que nos cuidan y castigan como si fuéramos simples bestias.
—Encontraremos la manera, Laurent —replicó ella con un guiño malicioso—. Antes nada os asustaba, ¿no es cierto? Os escapasteis simplemente por saber cómo os capturarían, ¿o no?
—Sois demasiado perspicaz, Elena —dije—. ¿Qué os hace pensar que no huí por miedo?
—Sé que no fue así. Nadie se escapa por miedo del castillo de la reina. Lo que incita a hacerlo es el espíritu de aventura. Yo también lo hice, ya veis. Por eso me sentenciaron al pueblo.
—¿Y mereció la pena, querida mía? —pregunté. Oh, si al menos pudiera besarla, derramar su buen humor en mi boca, pellizcarle los pezones. Era una crueldad enorme que no me hubiera encontrado cerca de ella durante nuestra estancia en el castillo.
—Sí, mereció la pena —contestó con aire meditativo—. Cuando se produjo el ataque sorpresa llevaba un año como esclava en la granja del corregidor. Trabajaba en sus jardines arrancando los hierbajos con los dientes, a cuatro patas, bajo la tutela del jardinero, un hombre corpulento y severo que nunca soltaba la correa.
»Yo estaba dispuesta a vivir algo nuevo —continuó. Se tumbó boca arriba y separó las piernas en un gesto habitual en ella. Yo no podía dejar de observar el espeso vello castaño de su sexo bajo la malla de oro—. Luego, los soldados del sultán llegaron como si los hubiera enviado con mi imaginación. Recordad, Laurent, tenemos que hacer algo para distinguirnos ante la corte del sultán.
Me reí para mis adentros. Me gustaba su osadía. Por otro lado, también me gustaban los demás. Tristán era una mezcla seductora de fuerza y necesidad, que sobrellevaba en silencio su sufrimiento. Dimitri y Rosalynd, ambos arrepentidos, se dedicaban a agradar, como si fueran esclavos desde siempre en lugar de haber nacido en el seno de una familiar real.
Dimitri apenas controlaba su inquietud y su deseo. No podía mantenerse quieto a la hora de recibir un castigo, aunque en su mente sólo hubiera lugar para elevados pensamientos de amor y sumisión. Había pasado su corta condena en el pueblo empicotado en el lugar de castigo público esperando los azotes de la plataforma giratoria. Rosalynd tampoco lograba controlarse a menos que la maniataran firmemente. Ambos habían esperado que el pueblo los purgara de sus temores y les permitiera servir con la delicadeza que admiraban en otros.
En cuanto a Bella... Junto con Elena era la más encantadora, la esclava más excepcional. Parecía fría, pero su dulzura era innegable; una princesa reflexiva y rebelde.
De vez en cuando, durante las oscuras noches en alta mar, vi que me observaba a través de las barras de su jaula con gesto perplejo en su expresiva carita, y cuando la descubría sus labios se abrían dibujando una amplia sonrisa.
Cuando Tristán lloraba, Bella, con su voz suave, decía en su defensa:
—Amaba a su señor. —Y se encogía de hombros como si le pareciera triste pero incomprensible.
—¿Y vos no amabais a nadie? —le pregunté una noche.
—No, en realidad no —respondió—. Sólo a otros esclavos, de vez en cuando... —Entonces me dedicó aquella provocativa mirada que suscitó en mí una inmediata erección. Había en ella algo salvaje e intacto, pese a toda su aparente fragilidad.
Sin embargo, de vez en cuando, parecía cavilar sobre su reticencia.
—¿Qué significaría amarles? —me preguntó en una ocasión, casi como si hablara para sus adentros—. ¿Qué significaría rendir el corazón por completo? Anhelo los castigos, sí, pero amar a uno de los señores o de las amas... —De pronto pareció asustada.
—Os inquieta —dije yo comprensivamente. Las noches en alta mar y el aislamiento nos afectaban a todos nosotros.
—Sí. Anhelo algo que no he tenido antes —susurró—. Aunque no quiera admitirlo, lo anhelo. Quizás aún no he encontrado al amo o a la señora adecuados...
—El príncipe de la Corona fue quien os trajo al reino. Seguro que os pareció un amo verdaderamente magnífico.
—No, en absoluto —respondió tajante—. Apenas me acuerdo de él. Lo cierto es que no me interesaba. ¿Qué sucedería si me rindiera a alguien que me interesara? —Sus ojos adquirieron un extraño brillo, como si por primera vez hubiera descubierto todo un nuevo universo de posibilidades.
—No sabría deciros —le contesté, sintiéndome de repente totalmente perdido. Hasta aquel momento estaba seguro de que había querido a mi ama, lady Elvira. Pero entonces no estaba del todo seguro. Quizá Bella hablaba de un amor más profundo, más perfecto que el que yo había conocido.
El hecho era que Bella me interesaba. Allí arriba, más allá de mi alcance, en su cama de seda, con sus extremidades desnudas tan perfectas como una escultura en la penumbra y los ojos llenos de secretos a medio revelar.
No obstante, todos nosotros, a pesar de nuestras diferencias y nuestras charlas de amor, éramos auténticos esclavos. Eso era innegable.
Nuestra servidumbre nos había hecho accesibles y nos había provocado cambios permanentes. A pesar de los temores y conflictos que nos embargaban, no éramos los mismos seres ruborizados y avergonzados de otros tiempos. Nadábamos, cada uno a su propio ritmo, en la corriente turbadora del tormento erótico.
Mientras permanecía tumbado pensando, me esforcé por comprender las principales diferencias entre la vida del castillo y la del pueblo y por adivinar qué nos depararía esta nueva cautividad en la sultanía.
RECUERDOS DEL CASTILLO Y DEL PUEBLO
Laurent:
Había servido en el castillo todo un año como esclavo de la estricta lady Elvira, quien cada mañana ordenaba que me fustigaran mientras ella tomaba el desayuno. Era una mujer orgullosa y reservada, con el pelo negro como el azabache y ojos de un gris pizarra, que pasaba las horas bordando delicadas labores. Después de los azotes, yo besaba sus pantuflas en señal de agradecimiento, con la esperanza de recibir una mínima migaja de elogio ya fuera por lo bien que había recibido los golpes o porque aún me encontraba de su agrado. Pero en muy contadas ocasiones me dedicaba alguna palabra; raras veces levantaba la vista de la aguja.
Por las tardes se llevaba la labor a los jardines y allí, para su divertimento, yo copulaba con princesas. Primero tenía que atrapar a mi linda presa, para lo cual tenía que emprender una ardua persecución a través de los parterres de flores. Luego había que llevar a la princesita sonrojada hasta donde se encontraba mi señora y dejarla a sus pies para que la inspeccionara. A partir de entonces comenzaba mi verdadero trabajo, que debía ejecutar a la perfección.
Por supuesto, me encantaba disfrutar de esos momentos, cuando vertía mi ardor en el cuerpo tímido y tembloroso que tenía debajo. Incluso la más frívola de las princesas quedaba sobrecogida tras la persecución y captura, y ambos ardíamos bajo la atenta mirada de mi señora que, con todo, continuaba con la costura.
Fue una lástima que durante este tiempo no coincidiera con Bella en ninguna ocasión. Ella había sido la favorita del príncipe de la Corona hasta que cayó en desgracia y la enviaron al pueblo. Sólo lady Juliana tenía permiso para compartirla con él. Yo la había visto fugazmente en el sendero para caballos y anhelaba tenerla jadeando bajo mis embates. Qué esclava tan bien dispuesta había sido incluso en los primeros días; la forma en que marchaba junto al caballo de lady Juliana era absolutamente impecable. Su cabello, dorado como el trigo, caía junto a aquel rostro en forma de corazón, y sus ojos azules centelleaban de encendido orgullo e indisimulada pasión. Hasta la gran reina sentía celos de ella.
Pero, al recordarlo todo otra vez, no dudé ni por un momento de la veracidad de las palabras de Bella cuando dijo que no había amado a quienes habían reclamado sus afectos. De haber podido mirar en el interior de su corazón, habría visto que estaba libre de ataduras.
¿Cuál había sido la característica particular de mi vida en los salones del castillo? Mi corazón sí llevaba cadenas. Pero me preguntaba cuál había sido la esencia de mi cautiverio.
Yo, pese a que estaba obligado a servir, era un príncipe, nacido de ilustre cuna, pero privado temporalmente de todo privilegio y obligado a pasar pruebas únicas en su género que planteaban grandes dificultades al cuerpo y al alma. Sí, ésa era la naturaleza de la humillación: que cuando finalizara y recuperara los privilegios, sería como los que entonces se divertían con mi desnudez y me recriminaban severamente por la menor muestra de voluntad u orgullo.
Lo veía más claramente en las ocasiones en que la corte recibía la visita de príncipes de otras tierras que se maravillaban de esta costumbre de mantener esclavos reales del placer. ¡Cómo me había mortificado que me presentaran ante estas visitas!
—¿Cómo conseguís que sirvan? —preguntaban, medio asombrados, medio encantados. Nunca sabías si lo que anhelaban era servir o dar órdenes. ¿Acaso conviven enfrentadas en todo ser vivo ambas inclinaciones?
La respuesta inevitable a su tímida pregunta consistía en una mera demostración de nuestra esmerada formación: debíamos arrodillarnos ante ellos, mostrar nuestros órganos desnudos para que los examinaran y levantar nuestros traseros para recibir los azotes.
—Es un juego de placer —decía mi señora, sin darle más importancia—. Éste de aquí, Laurent, un príncipe de exquisitos modales, me entretiene especialmente. Un día será el soberano de un próspero reino. —Entonces me pellizcaba lentamente los pezones y luego levantaba su palma abierta bajo el pene y los testículos para mostrarlos a sus embelesados invitados.
—Pero, de todos modos, ¿por qué no lucha, por qué no se resiste? —acaso preguntaba el invitado, posiblemente para disimular sus verdaderos sentimientos.
—Pensad en ello —decía entonces lady Elvira—. Está completamente libre de los ropajes que en el mundo exterior harían de él un hombre, para que pueda exhibir mejor los atributos carnales que hacen de él mi esclavo del placer. Imaginaos a vos mismo tan desnudo, indefenso y completamente rendido. Quizá también decidierais servir, en vez de arriesgaros a recibir una tanda de ignominiosos correctivos.
¿Algún recién llegado había renunciado alguna vez a pedir su propio esclavo antes de que cayera la noche?
En muchas ocasiones me había visto obligado a gatear con el rostro enrojecido y tembloroso para obedecer órdenes expresadas por voces poco familiares e inexpertas. Se trataba de nobles a los que algún día yo recibiría en mi propia corte. ¿Recordaríamos entonces esos momentos? ¿Se atrevería alguien a mencionarlos?
Lo mismo sucedía con todos los príncipes y princesas desnudos del castillo. Se ofrecía la mayor calidad para esta absoluta degradación.
—Creo que Laurent servirá como mínimo otros tres años —explicaba lady Elvira con frivolidad. Qué distante y eternamente atolondrada era—. Pero la reina es quien toma estas decisiones. Cuando se vaya, lo sentiré mucho. Creo que quizá sea su corpulencia lo que más me fascina. Es más alto que los demás, sus huesos son de mayor tamaño, pero aun así su rostro es noble, ¿no os parece?
Entonces chasqueaba los dedos para que me acercara y, luego, me pasaba el pulgar por la mejilla.
—Y su miembro —decía— es extremadamente grueso, aunque no excesivamente largo. Eso es importante. La manera en que las princesas se retuercen debajo de él. Simplemente, debo tener un príncipe fuerte. Decidme, Laurent, ¿cómo podría castigaros de alguna forma original, quizá de alguna manera en la que aún no he pensado?
Sí, un príncipe fuerte sometido a una subyugación temporal; el hijo de un monarca, con todas sus facultades comprometidas, enviado aquí como alumno del placer y del dolor.
Pero, ¿para qué provocar las iras de la corte y acabar condenado al pueblo? Eso era una experiencia enteramente distinta. Una experiencia que, aunque apenas saboreé, llegué a conocer en su mismísima quintaesencia.
Había huido de lady Elvira y del castillo tan sólo dos días antes de ser capturado por los secuestradores del sultán, y aún hoy ignoro por qué lo hice.
La verdad es que adoraba a mi señora. Era cierto. No cabía duda de que admiraba su arrogancia, sus interminables silencios. Sólo me hubiera agradado más si me hubiera azotado con mayor frecuencia con sus propias manos en vez de ordenárselo a otros príncipes.
Incluso cuando me entregaba a sus invitados o a los demás nobles y damas sentía el regocijo especial de volver a su lado, de que me llevara otra vez a su cama y me permitiera lamer el estrecho triángulo de vello que se abría entre sus blancos muslos mientras permanecía recostada contra los almohadones, con el pelo caído y los ojos entornados e indiferentes. Había sido todo un reto fundir su corazón glacial, hacerla gritar echando la cabeza hacia atrás y verla expresando finalmente su placer como la mayoría de princesitas lascivas del jardín.
Sin embargo, me había escapado. Aquel impulso me sobrevino de repente. Tenía que atreverme a hacerlo, levantarme, adentrarme en el bosque y que me buscaran. Claro que iban a encontrarme. Nunca dudé de que fueran a hacerlo. Siempre encontraban a los fugitivos.
Quizás hacía ya demasiado tiempo que temía hacerlo, ser capturado por los soldados y enviado a trabajos forzados al pueblo. De pronto, me tentó la idea, como el impulso de saltar desde un precipicio.
Para entonces ya había enmendado todos los demás defectos; mostraba una perfección bastante aburrida. Nunca me protegía de la correa. Había desarrollado tal necesidad por el látigo que con sólo verlo mi carne temblaba con entusiasmo. Siempre atrapaba con rapidez a las princesitas en las persecuciones del jardín, las alzaba bien arriba cogiéndolas por las muñecas y las transportaba sobre el hombro, con sus calientes pechos contra mi espalda. Había sido un reto interesante dominar a dos e incluso a tres en una sola tarde y con idéntico vigor.
Pero esta cuestión de la huida... ¡Quizá quisiera conocer mejor a mis amos y mis señoras! Porque cuando me convirtiera en el fugitivo capturado sentiría todo su poder en la mismísima médula de los huesos. Sentiría todo lo que ellos eran capaces de hacerme sentir, por completo.
Fuera cual fuese el motivo, esperé hasta que la dama se quedó dormida en la silla del jardín, entonces me levanté, eché a correr hacia el muro y trepé por él para saltar al otro lado. No escatimé esfuerzos para atraer su atención. Aquello se convertía en un intento inequívoco de fuga. Sin volver la mirada atrás, corrí por los campos segados en dirección al bosque.
No obstante, nunca me había sentido tan desnudo, tan completamente esclavo como en esos momentos en los que mostraba mi rebelión.
Todas las hojas, todas las altas briznas de hierba rozaban mi carne desprotegida. Mientras corría errante bajo los oscuros árboles, y cuando me arrastraba en las proximidades de las torretas de vigilancia del pueblo, me sorprendi
