Un corazón de rubí en el mar azul

Fragmento

 

Título original: Red Ruby Heart in a Cold Blue Sea

Traducción: Gemma Fernández Parera

1.ª edición: junio 2012

 

© 2010, revised 2011 by Morgan Callan Rogers. By arrangement with the author. All rights reserved

© Ediciones B, S. A., 2012

para el sello Bruguera

Consell de Cent 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal:  B.19311-2012

ISBN EPUB:  978-84-9019-151-4

 

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A mi hermano, John Michael Rogers

y a mi amiga Denise Gaul Stilson.

En otra parte, pero siempre aquí.

 

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

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1

 

Estuvimos a punto de provocar el incendio de una casa de veraneo, y entonces me prohibieron ver a mis amigos el resto de julio y todo agosto. Corría el año 1963 y yo tenía doce años.

Tras el incendio, mis padres decidieron ocuparse de mí, por si acaso acababa en la cárcel. La abuela, que vivía al otro lado de la calle, solía cuidarme mientras trabajaban. Papá se ganaba la vida con la pesca de langostas, lo que lo obligaba a recoger las redes todos los días. Mi madre, Carlie, era camarera de la Casa de la Langosta. Pidió una reducción de jornada para que no me metiese en problemas.

Estar bajo la indulgente mirada de Carlie no era lo peor que podía ocurrirme. Las dos últimas semanas de julio pasé mucho tiempo con ella y cada día hacíamos algo distinto. Al final de la calle estaba la tienda de Ray, donde comprábamos helado, y lo comíamos sentadas en las escaleras delanteras de casa, observando cómo el agua nos saludaba desde el puerto, al final de The Point. Salíamos de pícnic al bosque más cercano de State Park. Pasábamos horas en la Casa de la Langosta, mirábamos los escaparates en Long Reach, el pueblo más cercano a The Point, cantábamos y bailábamos canciones de Elvis, jugábamos a las cartas, tomábamos el sol y holgazaneábamos.

Mi mejor recuerdo es de un día que preparamos un pícnic, nos montamos en Petunia, el Ford coupé modelo 1947 de Carlie, y tomamos la Carretera 100.

Atravesamos Long Reach, cruzamos un puente sobre un ancho río y a lo lejos vimos Mulgully Beach.

Allí conoceríamos a Patty, la amiga de Carlie, con quien trabajaba de camarera. Tenía los cabellos dorados, los ojos azul claro y unos hoyuelos tan grandes que podría haber escondido una canica en cada uno de ellos. Tampoco se dejaba intimidar por nadie: se le caían accidentalmente vasos de agua encima de los clientes más desagradables o les hacía esperar demorando el servicio. Una vez, una mesa de diez no le dio propina y encima se atrevieron a burlarse de ella.

—Se van a enterar —nos dijo Patty.

Entre sonrisas y atenciones, fue al aparcamiento y les reventó una de las ruedas. Mientras ellos se quedaban pasmados sin saber qué hacer, Patty salió, les pidió la propina y se la dieron. Me gustaba su estilo, aunque mi abuela habría dicho que un error no se subsana con otro.

A Carlie siempre le daban propina. Mientras que Patty flirteaba, coqueteaba y hacía saber que tenía carácter y que estaba orgullosa de ello, Carlie no necesitaba alardear. Sabía llevar muy bien el comedor y atraía a la gente. Yo pensaba que el sol y la luna giraban a su alrededor. Y lo mismo pensaba papá.

Siempre la llamaba Carlie, jamás mamá, ni mami, ni mamita, ni ma. Cuando se marchó de Massachusetts con su Petunia tenía dieciocho años. Papá me dijo que cayó rendido a sus pies delante de la tienda de Ray.

—Por la mañana había estado pescando, y luego decidí subir a la tienda de Ray por unas cervezas. El sol daba de lleno en el parachoques de un automóvil que estaba aparcado delante de la tienda y me deslumbró. Entonces, alguien se interpuso. Era esa chica que me sonreía. Tenía unos ojos muy bonitos, era pelirroja y delgada, pero eso no importaba —me explicó papá.

Carlie le dijo a papá que trabajaría durante el verano en la Casa de la Langosta.

—Esa noche cené con mamá, y, aunque me preparó su especialidad, abadejo al horno, ni por un instante pude dejar de pensar en nuestro encuentro en la calle —añadió papá.

Se casaron en agosto de 1950, y yo nací el 18 de mayo de 1951. Me llamaron Florine, en honor a Florence, la madre de mi padre, y a Maxine, la madre de mi madre.

Aquel día, yendo hacia Mulgully Beach, Carlie daba golpecitos al volante con sus uñas pintadas de rosa. El cabello, pelirrojo y ondulado, le caía sobre los hombros. En la radio sonaba Ah Lewie Lewa, Oh Whoa, I Said We Gotta Go.

Mi mejor amiga, Dottie Butts, y yo nos pasamos toda una tarde escuchando Louie, Louie porque nos habían dicho que era indecente. Pero resultaba difícil imaginar qué significaban las palabras. Dottie decía que parecía que al cantante le hubieran cortado la lengua a trozos. Sacamos la letra de la canción: «Todas las noches a las diez me la llevo a la cama y luego la dejo plantada.» Le pregunté a Carlie qué querrían decir esas palabras, y ella, encogiéndose de hombros, contestó:

—No lo sé, las habrán elegido por una cuestión de ritmo.

Cuando llegamos a la playa, Carlie pagó en la taquilla y aparcamos en un descampado. El sol rebotaba contra los coches y tuve que entornar los ojos.

—No hagas eso o antes de que cumplas los veinte te saldrán arrugas y parecerás más vieja —dijo Carlie—. Te voy a comprar unas gafas de sol en la cafetería. —Se miró en el retrovisor mientras se pintaba los labios de color rosa, luego cogimos la cesta del pícnic, una mantel viejo y una toallas y nos fuimos a las duchas. Cuando Carlie se quitó las bragas, el coño le brillaba como el cobre. Coño de fuego. Había oído esas palabras un día mientras esperaba a que mi madre saliera del trabajo. Había dos hombres sentados cerca de mí y uno le dijo al otro:

—Pelirroja. Apuesto a que tiene el coño de fuego.

Y es lo que pensé cuando vi desnuda a Carlie. Se puso el bañador subiéndoselo por las caderas y pasándolo por encima de sus pequeños pechos y de sus pezones del tamaño de una moneda de un centavo; luego se ajustó los tirantes. Yo me puse el bañador por encima de mi cuerpo delgado y sin pelos, deseando que algo aumentara o que me salieran curvas para poder decir que me estaba convirtiendo en una mujer. No mucho antes de que me echase a llorar por mi cuerpo de niña, Carlie me dijo:

—Cariño, dentro de poco serás tan deseable que los chicos se pelearán por ti.

Esas palabras bastaron para que me sintiese esperanzada.

—Vamos —agregó Carlie. Cogimos nuestras cosas y nos fuimos a la cafetería. Carlie me compró unas gafas de sol de montura rosa y saltamos y anduvimos descalzas por los ardientes bordes del paseo marítimo.

—¡Corre! —exclamó Carlie.

Anduvimos deprisa por el paseo hasta llegar al final, cogimos un puñado de arena y desde allí vimos retorcerse las olas de color verde botella.

Más gente de la que podría haber en un año estaba tumbada en las toallas o jugaba con las olas. En mitad del camino de la playa, una señora con bañador negro y toalla amarilla se nos quedó mirando y nos saludó con la mano. Cuando nos acercamos, Patty exclamó:

—¡Eh, Florine! —Y Carlie y yo dejamos nuestra cesta y la bolsa de la playa sobre la toalla.

—Hace calor, voy a darme un baño —anunció Carlie.

Me cogió de una mano y Patty de la otra y echaron a correr hacia las olas. Antes de que atinara a gritar, una pared de agua me hundió, me hizo dar vueltas como la ropa sucia en una lavadora, me arrastró por la arena y me devolvió a la playa, donde Carlie me agarró.

—¿Te has asustado? —preguntó.

Claro que me había asustado, pero aun así repetimos una y otra vez, hasta que acabamos cubiertas de arañazos y agotadas. Nos quitamos como pudimos la arena del bañador aprovechando una ola grande. Regresamos a nuestras toallas, yo siguiendo a las dos mujeres más bellas que conocía. Aunque eran bajitas, tenían un porte orgulloso y presumido. Sacudieron la cabeza a la vez para quitarse el agua salada, y cuando quise imitarlas tropecé y a punto estuve de caer al suelo.

Ya en la toalla, comimos sándwiches de mantequilla de cacahuete con jalea de uva, bebimos zarzaparrilla y nos quedamos contemplando el mar.

—¿Te estás portando bien? No habrás incendiado nada últimamente, ¿verdad? —preguntó Patty.

—No queríamos hacerlo —contesté—. Además, no se quemó del todo.

—Estoy bromeando —me tranquilizó Patty—. Los malditos ricos se merecen un poco de humo de vez en cuando.

—Bueno, cambiemos de tema —dijo Carlie. Respiró hondo y prosiguió—: ¡Esto sí que es bueno! —Se deslizó un tirante por el hombro—. ¿Me he quemado?

—Sí, justo aquí —dijo Patty.

—Me quemo con facilidad. —Carlie empezó a aplicarse en las piernas aceite para niños.

—¿Y yo qué? —preguntó Patty.

Carlie resopló. Hasta donde se podía ver, Patty estaba morena.

—¿Estoy morena? —pregunté.

Carlie se sacó las gafas de sol y me miró los hombros.

—No. Tu padre se pone moreno fácilmente, pero tú tienes mi piel —dijo.

—¿Cómo está el viejo? —quiso saber Patty.

Iba a decirle que no era tan viejo (a pesar de ser doce años mayor que Carlie), pero Patty vio mi mirada y sonrió.

—Es solo un decir, Florine. Tu padre es un semental —añadió Patty.

—¿Qué es un semental? —pregunté.

—Da igual. Está pescando —contestó Carlie.

—La misma historia de siempre —dijo Patty—. Por cierto, alguien te echa de menos —añadió.

—¿Quién? —preguntó Carlie.

—Ya lo sabes. —Patty esbozó una sonrisa irónica.

No pude ver la cara de Carlie, pero seguro que dejó a su amiga helada con la mirada, porque se le borró la sonrisa del rostro. Patty cogió un monedero de hilo con nudos amarillos que había al lado de la toalla y sacó un dólar.

—¿Me vas a comprar un helado, cariño? —me dijo—. ¿De acuerdo? —agregó mirando a Carlie.

—Quiero quedarme —repuse. Deseaba saber quién echaba de menos a Carlie, pero Carlie me dijo que fuese por el helado y regresara enseguida. Y así lo hice. La mayoría de las veces Carlie era poco exigente, pero cuando me ordenaba que hiciese algo, lo hacía.

Corrí por la ardiente arena y subí a la pasarela del paseo marítimo que conducía a la cafetería. Tuve que esperar en la cola lo que me pareció una eternidad, aunque en realidad solo fueron unos minutos. Pedí un helado de chocolate y regresé intentando que no se me cayera. Iba por la mitad del camino cuando vi que había un hombre junto a Carlie y a Patty. Tenía la piel aún más morena que esta y el cabello negro. Se había estirado sobre el mantel, estaba apoyado sobre los codos y hablaba con Carlie, que, sentada con las rodillas recogidas cerca de la barbilla, se abrazaba las piernas.

Me acabé el helado mientras me acercaba a ellos. El hombre se volvió hacia mí, cerrando un ojo para evitar la luz del sol. Cuando me sonrió, vi que le sobresalía un diente por la parte izquierda de la boca.

—Hola, ¿eres Florine? —preguntó. Tenía el cabello engominado hacia atrás y brillante, y los ojos azules. Miró a Carlie y le dijo—: Supongo que se parece al viejo. Tiene tu tono de piel, pero cuando crezca será más grande en todos los sentidos.

Patty rio tontamente. Sentí que me ardían las orejas. Decidí que aquel tipo no me gustaba.

—¿Podemos dar un paseo? —le pregunté a Carlie.

Me miró por encima de las gafas. Se estaba ruborizando.

—Claro —respondió. Se levantó y se peinó. El hombre le miró las piernas..

—¿Quién es ese? —dije mientras nos alejábamos.

—Mike —respondió Carlie—. Es un cliente de la Casa de la Langosta.

—¿Es el que te echa de menos?

—¿Qué quieres decir?

—Patty dijo que alguien te echaba de menos.

Carlie se encogió de hombros.

—No lo sé. Da igual; yo no le echo de menos —repuso. Se detuvo y miró el océano. Luego añadió—: Ven, ponte delante de mí.

Lo hice, se inclinó y señaló la línea que separa el mar del cielo.

—¿Ves el horizonte? —me preguntó.

—Sí.

—Si pudieras caminar por esa línea y pasar al otro lado, estarías en un lugar completamente distinto. ¿No sería genial?

—Supongo que sí —respondí.

Una gaviota se posó a nuestro lado, ladeó la blanca cabeza y nos observó detenidamente. Carlie la espantó con la mano.

Caminamos hacia el cercano espigón y nos sentamos en una roca negra y plana. Contemplamos el horizonte y al cabo de unos minutos Carlie dijo en tono nostálgico:

—Cuando era niña, antes de dormirme me imaginaba que podía volar. Iba a todas partes, aterrizaba y miraba si reconocía a alguien. Después me hice mayor y llegué aquí, y aquí estaba tu padre, caminando hacia mí con el sol pegado a la nuca como un halo. Vi sus ojos azules, su enorme sonrisa, sus anchos hombros, y me dije: «Bueno, Carlie, aquí está y aquí te quedas.» Es un buen hombre, Florine, uno de los mejores que jamás he conocido. —Me miró y añadió—: ¿En qué piensas tú antes de dormirte?

—No lo sé —dije.

—Claro que no lo sabes. Eres la niña de tu padre y no es nada malo —dijo. Me cogió el brazo y yo hice un gesto de dolor—. ¡Vaya! Cariño, te has quemado. Regresemos, recojamos todo y volvamos a casa, ¿de acuerdo?

Patty y Mike, «el dientesalido», estaban jugando con las olas. Cuando nos acercamos, nos saludaron con la mano. Recogimos las toallas.

Patty me salpicó con agua fría y me preguntó:

—¿Quieres bañarte un poco más?

—Nos vamos a casa —dijo Carlie—. Florine se ha quemado.

Mike le bajó un tirante a Carlie y le pasó el dedo por la marca del bañador.

—Tú también te has quemado —dijo.

—¡Para! —le espetó Carlie.

Mike retrocedió.

—Solo tienes que decirme cuáles son las normas, Carlie —dijo—. Solo tengo que saber las normas. —Echó a andar hacia el espigón.

—Hablamos más tarde —le dijo Carlie a Patty, y la dejamos tendida en la toalla, con una pierna doblada y mirando en dirección al espigón.

De regreso a casa, ni hablamos ni pusimos la radio.

A medio camino de Long Reach, vi a un muchacho más o menos de mi edad sujeto a una cuerda gruesa que estaba atada a la rama de un gran árbol. Se balanceaba sobre un estanque. Cuando se detuvo por encima de este, se soltó de la cuerda. Pasamos de largo sin que me diese tiempo a verlo entrar en el agua.

 

 

2

 

Esto es lo que sucedió con el fuego. La cagamos y nos pillaron.

La noche que empezó todo ese follón, papá y Carlie discutían. Yo estaba en mi habitación esperando a que Dottie, Glen y Bud llegaran, y les oía hablar. Nuestra casa era pequeña. Su dormitorio estaba al lado de la cocina y mi habitación hacía esquina con la suya, de modo que lo oía casi todo con facilidad.

El problema era que papá odiaba salir, sin importar a donde fuese, mientras que a Carlie le encantaba viajar. Ella y Patty hacían un viaje al año por la costa, pero Carlie quería que papá llevara a algún sitio a toda la familia.

—¿Por qué quieres que vayamos a otro sitio? La mayoría de la gente desea venir a un lugar como este —argumentaba papá.

—Porque cada día hacemos las mismas malditas cosas. Nos levantamos, comemos, trabajamos, dormimos y volvemos a levantarnos. Hagamos algo que nunca hayamos hecho. Vayamos a algún sitio en el que nunca hayamos estado.

—Yo no hago lo mismo cada día —replicó papá.

—Tienes razón. Los martes y los jueves llevas una camisa diferente. Mira, cariño, no tiene por qué ser caro, y yo he ahorrado las propinas.

—Tengo que pintar la casa. Tengo que pintar la casa de mamá. Tengo que ir al bosque. Es mala época. Lo haremos el verano que viene, te lo prometo. De una manera u otra, lo haremos.

—Vamos, Leeman, nunca será el momento ideal. Hagámoslo y punto, cariño.

El fuerte golpe que oí en la pared de mi habitación me sobresaltó. Esperé unos segundos para comprobar si mis padres también lo habían oído, pero seguían hablando, de modo que salí por la ventana y salté al suelo. Glen, que era el más alto de nosotros, quitó la mosquitera.

—Vamos —dijo Bud.

Echamos a andar por un viejo camino que conducía al bosque cercano a casa. Cuando llegamos al linde, subimos el Cheeks, una enorme roca blanca resquebrajada por la mitad. Bud encendió una linterna y lo seguimos. Yo iba detrás de él, Dottie detrás de mí y Glen al final.

Los cuatro teníamos doce años, aunque Bud cumpliría los trece en noviembre. Nuestras familias habían pescado en The Point durante generaciones. Nos educaron codo con codo en casas construidas encima de salientes de granito y nos conocíamos bien. Pero, en el verano de 1963, los ánimos se enardecieron, la gente se marchaba y se lanzaba miradas asesinas. A Dottie le empezaron a salir los pechos, los bañadores de Glen lucían un bulto entre las piernas y una pelusa oscura brotaba sobre el labio superior de Bud. Parecía que yo no experimentaba ningún cambio, pero me sentía igual de extraña que el resto.

La pandilla variopinta que formamos esa noche andaba sigilosamente detrás de la temblorosa luz de la linterna por los caminos del bosque de State Park. En verano, de día el parque estaba lleno de familias que iban de pícnic o de excursión. Yo nunca había estado allí de noche, y resultaba espeluznante. Los fantasmas de quienes habían frecuentado el lugar me ponían los pelos de punta, y los atravesaba para salir de la oscuridad.

Las zapatillas de deporte de Glen crujían como bisagras oxidadas y uno de mis huesos del tobillo chascó. Bud se detuvo en seco cuando algo más oscuro que la noche pasó por delante de él. Dottie chocó contra mí con tanta fuerza que di contra Bud y lo tiré al suelo. Se retorcía debajo de mí mientras yo intentaba levantarme. Por fin, Glen me cogió y ayudó a incorporarme. Bud se levantó y se sacudió la camisa y el pantalón.

—Sepárate un poco más, ¡por Dios! —exclamó.

—Pues no te pares tan bruscamente —repliqué.

—Que no te acerques tanto.

—Pensaba que estaba luchando contra un puto esqueleto. Tienes que comer más —dije.

Dottie me colocó entre ella y Glen.

—Ahora ya tenemos una almohada —dijo.

Seguimos caminando y, al poco, la linterna de Bud dio con un camino que quedaba escondido por la broza que los guardabosques habían colocado para separarlo del parque. Este camino conducía a las enormes casas de veraneo. Habíamos paseado por ese camino en los días de invierno, cuando el parque estaba tranquilo y las casas valladas, pero esa noche de verano fue toda una primicia para nosotros.

Habíamos planeado una simple traca. Acercarnos a las casas de veraneo, encender los petardos y apretar a correr como locos. La traca había sido idea de Glen. Su padre, Ray Clemmons, era el propietario de la gran tienda de la calle que lleva al pueblo. Atendía clientes de The Point, de los barrios circundantes, turistas y veraneantes. A veces, se ponía furioso con las mercancías que podían no ser legales. Pero el jefe local de policía era Parker Clemmons, el hermano de Ray y tío de Glen, y cada verano tenía la tienda llena de cajas de petardos y de fuegos artificiales. La mayoría del material desaparecía después del Cuatro de Julio, excepto unas pocas cajas que Ray guardaba para alguna ocasión imprevista.

Ese año, una caja de petardos cayó en las sucias manos de Glen.

—Deberíamos hacer una visita a las casas de veraneo. Vayamos a darles un poco de vida —propuso.

—¿Estás loco? ¿Por qué tenemos que molestarles? Ellos son ellos y nosotros somos nosotros. Dejémoslo estar —opinó Bud. Y tenía razón, pero allí estaba, guiándonos por el camino a través del bosque.

El camino estaba escondido entre árboles tan espesos que no dejaban ver el cielo a través del follaje. Sentía escalofríos cada vez que imaginaba que un gato salvaje saltaba de una rama y me clavaba los dientes y las garras en la cabellera. Pero las risas de los adultos ahogaron mi temor. Las luces de las casas penetraban entre los árboles y Bud apagó su linterna.

Jamás entendí por qué la gente llamaba a esos lugares casas de veraneo. Eran mansiones enormes con un césped verde perfectamente cortado que llegaba hasta unos puertos y calas con playas privadas y arena de color azúcar moreno. A veces, veíamos a alguno de los propietarios de esas casas en la tienda de Ray. Cuando hablaban, lo hacían afectadamente. Las mujeres solían llevar faldas de color verde lima y bolsos de mimbre con dibujos de ballenas. Los hombres llevaban ropa antigua y descolorida, siempre planchada. Ligeros mocasines tapaban sus pies morenos de sangre azul. Compraban montañas de langostas y de comida durante el verano y esto hacía felices a las gentes de The Point. Pero tal como dijo Bud, ellos eran ellos y nosotros éramos nosotros, y vivíamos en mundos distintos.

En ese momento nos agazapamos en el camino de entrada a una casa, de piedra y prácticamente en ruinas, cuya torre casi rozaba el cielo nocturno, y nos encontramos en la delicada situación de estar a punto de romper las normas que nos habían impuesto nuestros padres. Por una de las visitas que hicimos en invierno, sabíamos que delante tenía un porche, desde el que nos llegaban las voces de las mujeres. Parecían gaviotas acechando a un barco de pesca. Las voces de los hombres retumbaban como una tormenta lejana. Brindaban con los vasos, y el humo de sus cigarrillos levantaba una niebla bajo la luz.

Los ojos negros de Glen brillaban bajo la luz del porche trasero.

—Perfecto, están todos aquí. Los laterales del porche son suficientemente altos y nos podemos arrastrar por debajo, poner los petardos, encenderlos, regresar aquí y ver cómo estallan.

—Hay demasiada gente. Seguro que nos pillan —dijo Bud.

—Entre el ruido y la borrachera, no nos oirán —dije.

—Esto ha estado bien, Florine —dijo Glen—. Tú y yo nos vamos a entender. Bud y Dottie irán por la izquierda, nos encontraremos bajo del porche.

Las bisagras de la parte trasera chirriaron.

—Viene alguien —dijo Dottie.

Nos agachamos y miramos a través de la maleza.

Un hombre alto, delgado y calvo bajó las escaleras y caminó hacia nosotros.

Bud y yo estábamos agachados delante de Dottie y de Glen. Cuando se echaron hacia atrás para que Glen y yo pudiéramos retroceder, Dottie pisó una rama. El hombre se detuvo.

—¿Quién anda ahí? —inquirió con voz rasposa, arrastrando las palabras.

Era demasiado tarde para salir de nuestro escondite sin que nos viera, así que, agachados, nos emboscamos aún más entre la maleza.

—¿Quién hay ahí? —repitió, evidentemente borracho. Al cabo de unos segundos añadió—: Jamás lo diríais, pero en cierta manera soy un poeta.

Oímos el ruido de una cremallera. Y entonces se puso a orinar, mojándome la cabeza y la espalda. Quise salir de allí como fuera, pero el miedo a que me pillaran era mayor que el asco, de modo que esperé. El chorro de orina se desvió hacia donde estaba Bud, que me cogió la mano y la apretó. Después de lo que pareció una eternidad, el viejo acabó y se subió la cremallera.

—¿Hadley? —llamó una mujer desde algún lugar cercano al porche delantero.

—Cállate —masculló el hombre. Se dirigió hacia la puerta trasera y la abrió y cerró bruscamente haciendo chirriar las bisagras.

Bud se levantó, se quitó la camiseta y los pantalones y se quedó en ropa interior.

—¡Oh, Dios! —exclamó. Escurrió la camiseta y los pantalones y luego, tras vacilar un instante, se los puso de nuevo.

Yo me sequé la cabeza lo mejor que pude con las partes secas de mi camiseta, pero sin quitarme esta.

El tremolar de un árbol acalló las risas incontroladas de Glen y Dottie.

—Callaos y regresemos a casa —dijo Bud.

La puerta se abrió de nuevo, y nos agachamos.

—Sé que estáis allí —susurró la voz de alguien que debía de tener nuestra edad.

—Fantástico —dijo Bud. Se levantó y el resto lo seguimos.

—Os he visto desde la torre. ¿Qué estáis haciendo? ¿Estáis espiando? —preguntó.

—Mirando si hay alguien en casa —repuso Glen.

—Vamos, Glen, eso no es verdad —dijo Bud.

Observé al chico, esbozaba una sonrisa, tenía los ojos oscuros y el cabello claro. Las manos le temblaban.

—En serio, ¿qué pasa? —insistió.

—Habrá que decírselo —intervine.

—A no ser que te demos una buena paliza y te dejemos morir en medio de la carretera. Y no te pienses que no lo haríamos —le dijo Glen al chico.

—Seguramente —dijo el chico—, pero antes de que me mataseis gritaría para que me oyesen.

—¿Y tú crees que te oirían con este ruido? —masculló Glen.

—Sé quién eres —dijo el chico, mirándolo—. Trabajas en la tienda de la Carretera 100. —Se volvió hacia Bud—. Tú pescas langostas. —Después hacia Dottie—. A ti te he visto por aquí. —Me saludó con la cabeza y se presentó—: Soy Andy Barrington.

—Yo soy Florine Gilham —repuse.

—Encantado de conocerte.

—Venga, vamos, ya no tenemos nada que hacer —refunfuñó Bud.

—¿Quieres decir que no vamos a...? —dijo Glen.

—¿Que no vais a qué? ¿Qué ibais a hacer? —preguntó Andy.

—Íbamos a poner unos petardos debajo del porche delantero —explicó Glen.

—¿En serio? ¡Genial! ¡Hagámoslo! —exclamó Andy con los ojos brillantes.

—Yo me apunto —dije.

—Y yo, ya que hemos venido —dijo Dottie.

Todos miramos a Bud. Primero negó con la cabeza y luego, sin avisar, se deslizó por la parte derecha de la casa. Andy y yo lo seguimos, y al cabo de unos momentos estábamos arrastrándonos debajo del porche.

—Si hago a caso a Glen otra vez, disparadme —gruñó Bud mientras se sacaba los petardos de los bolsillos. Los apiló, puso un par de velas de cumpleaños entre el montón y susurró—: Feliz maldito cumpleaños.

Glen y Dottie se metieron en el espacio que había en la otra parte del porche.

—Se suponía que ibais a hacerlo a mi manera —protestó Glen.

—Tu manera se fue a pique cuando este nos encontró. —Bud señaló con la cabeza a Andy, que estaba arrodillado a mi lado—. Ahora acabemos con esto.

Glen apiló sus petardos. Después, él y Bud pusieron más en el centro del porche hasta que tuvieron cuatro montones de petardos bien cargados y dispuestos a estallar. Por encima de nosotros crujían las tablas del suelo y las voces eran cada vez más fuertes.

—¿Necesitáis cerillas? Yo tengo —ofreció Andy.

—Ya tenemos. Florine, Dottie, Bud, a vuestros puestos —ordenó Glen.

Cada uno se ubicó delante de una pila de petardos, Glen contó hasta tres y todos encendimos nuestras velas. Dottie fue la primera en acabar y salió disparada, y Bud y yo detrás de ella. Corrimos hasta el límite del bosque y allí esperamos a Glen. Y esperamos.

—¿Dónde demonios está? —preguntó Dottie.

El primer montón explotó, y el ruido fue más fuerte de lo que esperaba. La gente, desconcertada, empezó a saltar del porche cuando otra pila explotó. Una lengua de fuego salió de debajo del porche y Glen arrancó a correr hacia nosotros tan rápido como pudo y sujetándose una mano.

—¡Allí está! —gritó un hombre que se dirigía hacia nosotros a través del césped.

Tropecé y caí encima de Dottie, que se levantó, me empujó hacia atrás y me dejó sentada en el suelo. Bud me arrastró hasta los setos. Glen estaba con nosotros, y el hombre se abalanzó sobre él.

—¡Coged la manguera del jardín! —vociferó alguien.

Un grupo de hombres cogió una manguera que se encontraba a un lado de la casa y empezó a arrojar agua al fuego que ya mordía la celosía. El humo enturbió el ambiente. Después, la tercera pila de petardos estalló y la gente se apartó de la luz del porche.

El hombre que había pillado a Glen salió del bosque y se dirigió a la casa. Allí encontró a otro hombre, que preguntó:

—¿Sabes quién fue?

—Es el chico de la tienda. Creo que había más. Los niños de los pescadores. Llamaré al sheriff.

Escupió en la hierba. Tenía el pelo rubio, como Andy. Regresaron a la casa.

Cuando la cuarta pila de petardos estalló, Bud y yo salimos corriendo como locos. Seguimos la linterna de Bud hasta el límite del bosque con The Cheeks, donde encontramos a Dottie en el suelo sujetándose el tobillo derecho. Glen se mecía al lado de un árbol, sujetándose la mano y quejándose entre dientes.

—Dios, me he quemado mucho —masculló.

—Déjame ver —le dije. Bud alumbró con la linterna y Glen mostró la mano. Le estaban saliendo ampollas en los nudillos—. Tenemos que buscar ayuda.

—Primero ayudadme a inventarme algo —dijo Glen.

—Saben que has prendido fuego —le dije. <

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