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Una cierta justicia (Adam Dalgliesh 10)

P.D. James

Fragmento

 

Título original: A Certain Justice

Traducción: M.ª Eugenia Ciocchini

1.ª edición: marzo 2007

© P. D. James, 1997

© Ediciones B, S. A., 2007

Bailén, 84 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

 

Diseño de portada: Estudio Ediciones B

Fotografía de portada: Getty Images

Diseño de colección: Ignacio Ballesteros

 

Depósito Legal:  B.19313-2012

ISBN EPUB:  978-84-9019-153-8

 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

 

Con cariño, a mis nietos,

Katherine, Thomas, Eleanor, James y Beatrice

 

 

 

Nota de la autora

 

 

 

 

 

Me siento muy agradecida a los amigos médicos y abogados que han dedicado una parte de su valioso tiempo a ayudarme a escribir este libro, en particular a la doctora Caroline Finlayson y sus colegas, así como a Alderman Gavin Arthur, cuyo oportuno asesoramiento sobre los procedimientos del Tribunal Central de lo Criminal en Londres me ha salvado de algunos errores involuntarios. Si quedara alguno, la responsabilidad es enteramente mía.

En una ingrata compensación por esta amabilidad, he tenido el atrevimiento de derribar parte de Fountain Court, en Middle Temple, para erigir mi imaginaria Pawlet Court, que he poblado de abogados sin escrúpulos. Algunos de los lugares de la novela, incluida la bella e histórica iglesia del Temple, son auténticos; todos los personajes son ficticios y no se han inspirado en seres reales. En efecto, sólo la febril imaginación de una escritora de novela negra es capaz de concebir que un miembro de la Honorable Sociedad de Middle Temple albergue sentimientos tan poco caritativos hacia un colega.

Estoy informada de que esta habitual declinación de responsabilidades ofrece poca protección ante la ley; aun así la incluyo porque es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

P. D. JAMES, 1997

 

 

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Nota de la autora

 

LIBRO PRIMERO. ABOGADA DE LA DEFENSA

1

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9

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LIBRO SEGUNDO. MUERTE EN LAS CÁMARAS

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LIBRO TERCERO. UNA CARTA DESDE EL MUNDO DE LOS MUERTOS

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LIBRO CUARTO. EL CAÑAVERAL

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LIBRO PRIMERO

ABOGADA DE LA DEFENSA

 
 

1

 

Los asesinos no suelen avisar a sus víctimas. Esta muerte en particular, por terrible que fuera el último segundo de pasmosa comprensión, llegó misericordiosamente libre de terror anticipado. Cuando en la tarde del miércoles 11 de septiembre Venetia Aldridge se puso en pie para repreguntar al principal testigo del fiscal en el caso del Estado contra Ashe, sólo le quedaban cuatro semanas, cuatro horas y cincuenta minutos de vida. Después de su fallecimiento, las numerosas personas que la habían admirado y las pocas que la habían apreciado, al tratar de ofrecer unas palabras más personales que los trillados adjetivos de ira y horror, afirmaron que Venetia se habría alegrado de saber que su último caso de asesinato se había juzgado en el Tribunal Central de lo Criminal de Londres, escenario de sus victorias más sonadas; en concreto, en su sala favorita.

De hecho había algo de cierto en esa necedad.

La Sala Primera había fascinado a Venetia desde que había entrado en ella por primera vez, en su época de estudiante. Siempre había procurado disciplinar esa parte de su mente que sospechaba seducible por la tradición o la historia; sin embargo, la satisfacción estética y el bienestar que le inspiraba este elegante anfiteatro con las paredes de madera constituían uno de los mayores placeres de su vida profesional. El tamaño y las proporciones de la sala eran perfectos; sobre el tribunal, el escudo de armas labrado con suma exquisitez poseía la debida dignidad, y la resplandeciente Espada de la Justicia colgada debajo producía un asombroso contraste entre la tribuna de los testigos, endoselada como un púlpito en miniatura, y el cómodo banquillo donde el acusado se sentaba frente al juez. Como todos los sitios perfectamente diseñados para su propósito, sin nada innecesario ni superfluo, infundía una paz infinita, e incluso creaba el espejismo de que era posible ordenar o controlar las pasiones humanas. En una ocasión, la curiosidad había empujado a Venetia a ocupar durante unos minutos las gradas del público para observar el recinto vacío, y entonces le había asaltado la idea de que sólo allí, donde solían apiñarse los espectadores, el aire estaba cargado de terror, esperanza y desesperación. Ahora se encontraba una vez más en el sitio que le correspondía. No había previsto que aquel caso se presentaría en la sala más famosa del tribunal ni que lo juzgaría un magistrado del Tribunal Superior, pero tras la anulación de un juicio anterior le habían reasignado juez y sala. Lo consideraba un buen presagio. Si bien había perdido algún caso en la Sala Primera, no recordaba sus derrotas con amargura. Las victorias las superaban con creces.

Ese día, como de costumbre, reservó sus miradas para el juez, el jurado y los testigos. Rara vez consultaba con su ayudante, conversaba con el abogado de Ashe, que estaba sentado frente a ella, o se demoraba buscando una nota entre sus papeles. Ningún defensor acudía a una vista tan bien preparado como ella. Apenas si dirigía la mirada a su cliente y, cuando lo hacía, evitaba en la medida de lo posible que fuera demasiado evidente. Con todo, la presencia silenciosa del procesado acaparaba sus pensamientos y, como bien sabía Venetia, los de todos los presentes. Garry Ashe, de veintiún años y tres meses de edad, había sido acusado de degollar a su tía, Rita O’Keefe, con una única y limpia incisión en el cuello que había seccionado los vasos sanguíneos. Luego el presunto asesino había asestado varias puñaladas frenéticas al cuerpo medio desnudo. Como de costumbre, el encausado tenía un aspecto vulgar, patéticamente impropio de la brutalidad de su crimen; un aire de penosa incompetencia que parecía en franca contradicción con el violento ensañamiento del acto. A pesar de ello, este acusado no tenía nada de vulgar. Venetia no necesitaba volverse para recordar cada detalle de su rostro.

Era moreno, de ojos sombríos bajo las cejas rectas y pobladas, nariz fina y puntiaguda, boca ancha, con labios finos de gesto impasible. Su cuello largo y delgado concedía a la cabeza la hierática apariencia de un ave de rapiña. No se inquietaba; es más, apenas si se movía y permanecía sentado muy erguido en el centro del banquillo, flanqueado por los auxiliares de sala. Rara vez miraba al jurado, situado a su izquierda. Sólo en una ocasión, durante el discurso inicial del fiscal, Venetia lo había visto dirigir la mirada hacia la tribuna del público, pasearla por las distintas filas con una ligera expresión de repugnancia, como si lamentara la clase de auditorio que había atraído, antes de volver a fijarla en el juez. Su inmovilidad no reflejaba ansiedad ni tensión. Más bien parecía un hombre acostumbrado a exhibirse en público; un pequeño príncipe escoltado por sus súbditos durante una ceremonia oficial que, lejos de disfrutar, soportaba con resignación. Venetia veía al jurado, la habitual miscelánea de mujeres y hombres reunidos para juzgarlo, como un curioso grupo de bellacos congregados para dictar sentencia. Cuatro de ellos, con jerseys y camisas con el cuello desabrochado, lucían un atuendo más adecuado para lavar el coche.

El acusado, por el contrario, vestía un impecable traje azul marino a rayas y una camisa tan inmaculada que parecía salida de un anuncio de detergente. El traje, aunque bien planchado, tenía un corte vulgar, con exageradas hombreras que conferían al cuerpo joven y fuerte la desgarbada esbeltez de un adolescente; una elección acertada, pues sugería una mezcla de confianza en sí mismo y vulnerabilidad que Venetia esperaba explotar.

Respetaba a Rufus Matthews, el fiscal, aunque no acababa de simpatizar con él. Los días de ostentosa oratoria en los tribunales habían pasado a la historia, y en cualquier caso las arengas nunca habían sido el punto fuerte de la acusación, pero a Rufus le gustaba ganar. La obligaría a pelear a brazo partido por cada tanto que se apuntara. En su discurso inicial Rufus había reseñado los hechos con lacónica pero enfática claridad, con lo que había dado la impresión de que no se necesitaba un alarde de elocuencia para probar una culpabilidad tan palmaria.

Garry Ashe había residido con su tía materna, la señora Rita O’Keefe, en el número 397 de Westway durante un año y ocho meses antes del crimen. Había pasado su infancia bajo la tutela de los servicios sociales y, entre los diversos períodos en orfanatos, había vivido con ocho familias de acogida. Antes de mudarse con su tía, se había alojado en dos casas de «okupas» de Londres y trabajado una temporada en un bar en Ibiza. La relación entre tía y sobrino no podía en modo alguno considerarse normal. La señora O’Keefe tenía la costumbre de recibir a hombres en su casa y Garry, ya fuera por obligación o por voluntad propia, solía fotografiarlos mientras mantenían relaciones sexuales con ella. Algunas de estas instantáneas se presentarían como pruebas durante el juicio.

La noche del asesinato, el viernes 12 de enero, la señora O’Keefe y Garry habían sido vistos en el pub Duke of Clarence —situado en Cosgrove Gardens, a aproximadamente dos kilómetros de Westway—, entre las 18.00 y las 21.00. Al parecer, tía y sobrino habían reñido, y Garry se había marchado poco después de las 21.00 para regresar a casa, según había afirmado. Su tía, que estaba bebiendo en exceso, había permanecido en el local. A las 22.30, el propietario se había negado a servirle otra copa, y dos amigos la habían acompañado a un taxi. Pese a su ebriedad, era capaz de valerse por sí misma, razón por la cual los citados amigos consideraron que podía viajar sola. El taxista la había dejado en el número 397 de Westway y la había visto entrar en su domicilio a las 22.45.

A las 00.10, Garry Ashe había telefoneado a la policía desde la casa de su tía para comunicar que había hallado el cadáver al regresar de un paseo. A las 00.20, cuando la policía llegó al lugar, encontró a la señora O’Keefe tendida en un diván de su salita dormitorio, medio desnuda. La habían degollado, y su cuerpo presentaba un total de nueve puñaladas. En opinión del forense que examinó el cadáver a las 00.40, la señora O’Keefe había muerto poco después de regresar a casa. No había indicios de que hubieran forzado la puerta ni de que la mujer hubiera recibido o esperara una visita.

Encima de la bañera, en la alcachofa de la ducha, la policía había encontrado una mancha de sangre, que más tarde se identificaría como perteneciente a la señora O’Keefe, y dos más en la alfombra de la escalera. Asimismo había descubierto un cuchillo grande de cocina en el seto de ligustro de un jardín, a menos de cien metros del 397 de Westway. Tanto el acusado como la asistenta habían reconocido que el cuchillo, que tenía una característica desportilladura triangular en el mango, procedía del cajón de los cubiertos de la cocina de la señora O’Keefe. El asesino había limpiado el arma con sumo cuidado para borrar sus huellas dactilares.

El procesado había declarado a la policía que al salir del pub no se había dirigido a su domicilio, sino que había paseado por las calles del sur de Westway hasta Shepherd’s Bush, antes de regresar a casa a medianoche y hallar el cadáver de su tía. Sin embargo, la sala oiría el testimonio de la vecina del inmueble contiguo, que afirmaba haber visto a Garry Ashe salir del 397 de Westway a las 23.15 de la noche de autos. En efecto, la acusación sostenía que al salir del pub Garry Ashe había ido a su casa, donde había esperado a que su tía regresara y la había asesinado con el cuchillo de cocina. Probablemente estaba desnudo, luego se había duchado, vestido y abandonado el escenario del crimen alrededor de las 23.15 con el fin de dar un paseo que le sirviera de coartada.

Rufus Matthews terminó su discurso con las palabras de rigor. Si el jurado consideraba convincentes las pruebas que apuntaban a que Ashe había matado a su tía, era su obligación pronunciar el veredicto de culpabilidad. Si por el contrario al final del juicio albergaban dudas razonables al respecto, el acusado tenía derecho a ser absuelto de los cargos que se le imputaban.

Durante el tercer día de la vista, el interrogatorio del testigo de cargo Stephen Wright, propietario del pub Duke of Clarence, había planteado pocas dificultades a Venetia, que en realidad no esperaba ninguna. El tabernero había subido al estrado con la jactancia propia de un hombre resuelto a demostrar que no lo intimidaban ni las pelucas ni las túnicas carmesíes, y había prestado juramento con una indiferencia que dejaba muy clara su opinión sobre este arcaico rito. Venetia había respondido a su sonrisa ligeramente lasciva con una mirada larga y fría. La acusación lo había llamado a declarar para confirmar su teoría de que mientras Ashe y su tía se encontraban en el pub la hostilidad existente entre ambos había ido en aumento y que ésta tenía miedo de su sobrino. Sin embargo, el propietario del pub había ofrecido un testimonio parcial y poco convincente que no había conseguido refutar el de otros testigos, según los cuales el procesado había hablado poco y bebido aún menos.

—Solía sentarse y permanecer muy tranquilo —explicó Wright pasando de la altanería a la estupidez mientras se volvía hacia el jurado—. En mi opinión, peligrosamente tranquilo. Y la miraba con esa expresión tan suya. No necesitaba beber para ser peligroso.

Venetia había disfrutado con el interrogatorio de Stephen Wright y, cuando éste hubo terminado, no pudo evitar dirigir una mirada de conmiseración a Rufus, que se ponía en pie para tratar de reparar parte de los daños. Ambos sabían que en los últimos minutos se había perdido algo más que la fiabilidad de un testimonio. Cada vez que un testigo de la acusación quedaba desacreditado, la causa de la Corona perdía credibilidad. Venetia era consciente de que, desde el principio, jugaba con una gran ventaja: la víctima no inspiraba compasión alguna. Cuando el jurado ve fotografías del cuerpo violado de una criatura tierna como un pajarillo, una voz atávica en su interior susurra: «Alguien debe pagar por esto.» El deseo de venganza, tan fácil de confundir con los imperativos de la justicia, siempre beneficia a la acusación. El jurado no quiere condenar a un inocente, pero necesita condenar a alguien; de modo que se empeña en creer en las pruebas del fiscal. Sin embargo, en este caso las crudas fotografías policiales de la víctima, con el vientre prominente, los pechos flácidos e incluso las venas seccionadas que recordaban a un cerdo colgado de un gancho en la carnicería provocaban más asco que piedad. Su reputación había sido destruida con eficacia, lo que no resultaba difícil en un caso de asesinato; al fin y al cabo, la víctima no estaba allí para defenderse. A sus cincuenta y siete años, Rita O’Keefe había sido una mujer de escaso atractivo, borracha y pendenciera, con una insaciable sed de sexo y ginebra. Cuatro de los miembros del jurado eran jóvenes (de hecho, dos de ellos apenas si tenían la edad necesaria para cumplir su función), y los jóvenes no suelen mostrarse indulgentes con la vejez y la fealdad. Sin duda, su voz interior les susurraba un mensaje muy diferente: «La mujer se lo había buscado.»

En la segunda semana y séptimo día del juicio, por fin compareció un testigo de la acusación cuyo testimonio, en opinión de Venetia, era crucial. Se trataba de la señora Dorothy Scully, vecina de la víctima, una viuda de sesenta y nueve años que había declarado a la policía, y ahora a la sala, que la noche del crimen había visto a Garry Ashe salir de su casa a las 23.15.

Venetia la había observado durante el interrogatorio del fiscal con la intención de detectar sus puntos fuertes y débiles. Había tomado la precaución de informarse de todo cuanto necesitaba saber sobre la señora Scully. La mujer era pobre, aunque no indigente; una viuda que a duras penas conseguía sobrevivir con su pensión. Al fin y al cabo, Westway había sido un barrio relativamente próspero y confortable, habitado por la clase media baja, respetable y respetuosa de la ley; modestos propietarios orgullosos de sus impecables cortinas de encaje y sus cuidados jardines, que representaban un pequeño triunfo del esfuerzo individual sobre la tediosa conformidad de su clase. Sin embargo en los últimos tiempos el mundo de estas personas se estaba desmoronando junto con sus viviendas, deshaciéndose en inmensas nubes de polvo ocre. Sólo unos pocos inmuebles se mantenían en pie mientras las obras para ampliar la carretera avanzaban de forma inexorable. Hasta las pintadas de protesta en las tapias que separaban los solares de la calle comenzaban a decolorarse. Pronto no quedaría nada más que asfalto y el incesante rugido del vertiginoso tráfico que salía de Londres en dirección oeste. Con el tiempo, ni siquiera la memoria conseguiría evocar la pretérita prosperidad del barrio. La señora Scully sería una de las últimas en marcharse. Sus recuerdos se erigirían en el aire. Esta mujer había llevado consigo al estrado, junto con su respetabilidad y su honradez, un pasado a punto de desaparecer y un futuro incierto; sin duda un arsenal insuficiente para enfrentarse a una de las letradas más astutas del país.

Venetia advirtió que la señora Scully no se había comprado un abrigo nuevo para el juicio: constituía un gasto extraordinario que sólo justificaría un invierno particularmente frío o el mal estado del que tenía. Sin embargo, era evidente que la ocasión había merecido la adquisición de un sombrero de fieltro azul claro de ala estrecha, adornado con una gran flor blanca que añadía un toque de incoherente frivolidad al humilde abrigo de tweed.

La señora Scully había prestado juramento con nerviosismo y voz casi inaudible, hasta el punto de que el juez le había rogado en dos ocasiones que la alzara. Sin embargo, en el curso del interrogatorio la mujer había ido adquiriendo confianza. Rufus le había repetido las preguntas con el fin de ayudarla, lo que en opinión de Venetia había contribuido de hecho a confundir a la mujer. Además, sospechaba que a la señora Scully no le gustaba la voz atronadora y un tanto intimidante del fiscal, con su acento aristocrático y su costumbre de lanzar sus comentarios al aire, a unos pocos palmos por encima de las cabezas de los miembros del jurado. Rufus solía crecerse en las repreguntas de testigos hostiles, y la señora Scully, vieja, patética y algo dura de oído, desenterraba al pequeño matón que había en él. No obstante, había sido una buena testigo, que había ofrecido respuestas concisas y convincentes.

La señora Scully había cenado a las siete y luego se había reunido con la señora Pierce, que residía a cinco casas de la suya, para ver Sonrisas y lágrimas. Ella no tenía vídeo, pero su amiga alquilaba uno todas las semanas y solía invitarla a ver una película. La señora Scully no acostumbraba salir de noche, pero como su amiga vivía tan cerca y la calle estaba bien iluminada no le importaba recorrer la corta distancia que la separaba de su domicilio. Estaba segura de la hora, pues al acabar el filme ambas habían comentado que había durado más de lo que suponían. El reloj de la chimenea marcaba las 23.10, y la señora Scully había consultado el suyo, sorprendida por la rapidez con que había pasado el tiempo. Conocía a Garry Ashe desde que éste había ido a vivir con su tía. No le cabía duda de que era el mismo hombre que había visto abandonar el número 397 de Westway. Éste había recorrido el corto sendero del jardín y doblado a la izquierda de Westway alejándose con paso raudo. La señora Scully, asombrada al verlo marchar tan tarde, lo había observado hasta perderlo de vista. Luego había entrado en su hogar, situado en el número 396. No recordaba haber visto luces en el inmueble contiguo. Más bien creía que estaba a oscuras.

Hacia el final del interrogatorio de Rufus, Venetia recibió una nota. Ashe debía de haber hecho una seña a su abogado consultor, que se acercó al banquillo para entregar el recado a Venetia. El mensaje —escrito en bolígrafo negro, con letra firme, pequeña y recta— no tenía nada de impulsivo o confuso: «Pregúntele qué gafas llevaba puestas el día del asesinato.»

Venetia evitó mirar al banquillo del acusado. Sabía que aquél era un momento crucial que podía determinar el resultado del juicio y que exigía respetar la primera regla del turno de repreguntas, aprendida en sus tiempos de estudiante: nunca formules una cuestión a menos que conozcas la respuesta. Disponía de cinco segundos para tomar una decisión antes de comenzar a interrogar a la testigo. Si planteaba esa pregunta y la respuesta no era la adecuada, Ashe se hundiría. No obstante dos hechos le infundían la confianza necesaria para actuar. En primer lugar, ya conocía la respuesta, pues Ashe no habría escrito la nota si no hubiera estado seguro. En segundo lugar cobraba gran importancia; debía hacer todo lo posible para desacreditar a la señora Scully, ya que su testimonio, sincero y seguro, había perjudicado sobremanera a su cliente.

Guardó la nota entre sus papeles, como si se tratara de un asunto sin relevancia que podría atender más adelante, y se tomó su tiempo antes de incorporarse.

—¿Me oye bien, señora Scully?

La mujer asintió con un gesto y murmuró:

—Sí.

Venetia sonrió. Era suficiente. La pregunta, la sonrisa alentadora, la calidez de su voz daban a entender: «Soy una mujer; estamos en el mismo bando. No nos dejaremos intimidar por estos hombres pomposos. No tiene nada que temer de mí.»

Venetia repasó el testimonio de la testigo con serenidad, de modo que cuando llegó el momento de entrar a matar la víctima ya estaba entregada. Había oído peleas en la casa contigua; una voz masculina y otra con marcado acento irlandés, que sin lugar a dudas pertenecía a la señora O’Keefe. La señora Scully creía que la voz masculina era siempre la misma, pero la señora O’Keefe solía recibir a hombres en su casa, o quizás hubiera sido más correcto decir «clientes». ¿Estaba segura de que se trataba de la voz de Garry? No; la señora Scully no podía asegurarlo. Venetia sembró con astucia la semilla de la duda de que la natural animosidad de la testigo contra la tía podría haberse extendido a su sobrino. La señora Scully no estaba acostumbrada a esa clase de vecinos.

—Ahora bien, señora Scully, usted ha identificado al acusado como el hombre que vio salir del número 397 de Westway la noche del crimen. ¿Acaso veía a Garry salir a menudo por la puerta delantera de la casa?

—No. Solía usar la trasera y la verja del jardín, porque allí dejaba su moto.

—De modo que en más de una ocasión lo vio cruzar con la moto la verja del jardín trasero.

—Sí. A veces lo veía por la ventana de mi habitación, que está al fondo.

—Y puesto que estacionaba la moto en el jardín trasero, ¿solía salir por allí?

—Supongo que sí.

—¿Alguna vez lo vio alejarse por el jardín trasero, aunque no condujera la moto?

—Sí; un par de veces.

—¿Un par de veces en total? ¿O un par de veces a la semana? No se preocupe si no puede contestar con precisión. Después de todo, no tenía por qué fijarse en ese detalle.

—Yo diría que lo veía salir por la puerta posterior dos o tres veces a la semana, no siempre con la moto.

—¿Con qué frecuencia lo veía salir por la puerta principal?

—No lo recuerdo. En una ocasión llamó a un taxi, y entonces se marchó por la puerta principal.

—Es lógico. Pero ¿lo veía usar la entrada principal a menudo? Verá, intento averiguar, porque creo que podría ayudar al jurado, si Garry solía usar la puerta principal o la trasera.

—Creo que los dos utilizaban más la puerta trasera.

—Ya veo. Utilizaban más la puerta trasera. —A continuación, siempre con voz serena, y tono que reflejaba interés y comprensión, añadió—: ¿Son nuevas las gafas que lleva, señora Scully?

La mujer se tocó la montura, como si hubiera olvidado que se las había puesto.

—Casi. Me las compré para mi cumpleaños.

—¿Y cuándo fue su cumpleaños?

—El 16 de febrero. Por eso lo recuerdo.

—¿Está muy segura de la fecha?

—Sí, claro. —Se volvió hacia el juez, ansiosa por explicarse—. Fui a tomar el té con mi hermana y las recogí cuando me dirigía a su casa. Quería que me diera su opinión sobre la montura nueva.

—Y está muy segura de la fecha; el 16 de febrero, cinco semanas después del asesinato de la señora O’Keefe.

—Sí; estoy completamente segura.

—¿Su hermana pensó que las gafas nuevas le favorecían?

—Las encontró un poco extravagantes, pero yo quería un cambio de estilo. Estaba cansada de llevar siempre las mismas, me apetecía probar algo diferente.

Había llegado el momento de la pregunta más arriesgada, cuya respuesta ya conocía Venetia. Una mujer con problemas económicos no paga para que le gradúen innecesariamente la vista ni considera sus gafas un accesorio de moda.

—¿Por eso cambió de gafas, señora Scully? ¿Porque deseaba probar una montura diferente?

—No. Con las viejas no veía bien. Por eso acudí al oculista.

—¿Qué es, en concreto, lo que no veía bien?

—Bueno, sobre todo la televisión. Casi no distinguía las caras.

—¿Y dónde ve la televisión, señora Scully?

—En la sala.

—¿Que es del mismo tamaño que la de la casa contigua?

—Seguramente. Las casas son todas iguales.

—Entonces no es demasiado grande. El jurado ha visto fotografías de la sala de la señora O’Keefe. Tendrá unos cuatro metros cuadrados, ¿no es cierto?

—Sí, supongo que sí.

—¿Y a qué distancia de la pantalla se sienta usted?

La señora Scully mostró la primera señal de inquietud —una mirada de angustia al juez— antes de contestar:

—Me siento junto a la estufa de gas, y el televisor está en el rincón opuesto, junto a la puerta.

—No conviene situarse demasiado cerca de la pantalla, ¿verdad? En cualquier caso procuremos precisar más la distancia. —Miró al juez—. Con la venia de su Señoría... —El magistrado asintió con una seña y Venetia se inclinó hacia el asesor de Ashe, Neville Saunders—. Pediré a este caballero que avance despacio hacia su Señoría, y usted le indicará que se detenga cuando se halle a una distancia similar a la que existe entre usted y el televisor.

Neville Saunders se mostró un tanto sorprendido, pero adoptó una expresión seria, acorde con el papel decisivo que había adquirido en el procedimiento, se puso en pie y comenzó a caminar con lentitud. Cuando llegó a unos tres metros del juez, la señora Scully asintió con la cabeza.

—Más o menos ahí.

—Algo menos de tres metros. —Venetia volvió a mirar a la testigo—. Señora Scully, me consta que es usted sincera. Desea decir la verdad para colaborar en el juicio y es consciente de la importancia de esa verdad, pues de ella depende la libertad, el futuro de un hombre joven. Ahora bien, ha afirmado ante el jurado que no veía con claridad la televisión a tres metros de distancia. Sin embargo, ha asegurado bajo juramento que reconoció al acusado cuando se hallaba a seis metros en una noche oscura, con la única luz de la farola de la calle. ¿Está segura de que no se equivoca? ¿Podría aseverar sin sombra de duda que el hombre que vio salir de la casa aquella noche no pudo ser un individuo de aproximadamente la misma edad y estatura que el acusado? Tómese su tiempo, señora Scully. Trate de recordar. No hay ninguna prisa.

La testigo sólo necesitaba pronunciar ocho palabras: «Era Garry Ashe. Lo vi con absoluta claridad.» Un delincuente profesional las habría pronunciado, consciente de que durante el turno de repreguntas es preciso ceñirse de forma obstinada al primer testimonio, sin alterar o añadir nada, pero los delincuentes profesionales conocen el sistema, mientras que la señora Scully tenía como desventaja la honradez, el nerviosismo y el deseo de complacer. Tras un breve silencio declaró:

—Me pareció que era Garry.

¿Lo dejaba ahí o avanzaría otro paso? Ése constituía uno de los mayores dilemas del interrogatorio a los testigos de cargo.

—Puesto que Garry vivía allí, es lógico que usted supusiera que era él. Pero ¿lo vio con claridad, señora Scully? ¿Tiene la certeza de que era él?

La mujer la miró con fijeza.

—Supongo que pudo ser alguien que se le pareciera —respondió por fin—, pero en su momento pensé que era Garry.

—En su momento pensó que era Garry, pero pudo haber sido alguien que se le pareciera. Un error lógico, señora Scully, y sospecho que fue sólo eso; un error. Muchas gracias.

Por supuesto, Rufus no podía dejar las cosas así, y puesto que tenía derecho a repreguntar sobre cualquier punto que exigiera aclaración, se puso en pie, se recogió la toga e inspeccionó el aire por encima del estrado con la expresión entre ceñuda y perpleja de un hombre que espera un súbito cambio de clima. La señora Scully lo observó con el nerviosismo propio de una criatura culpable que sabe ha defraudado a sus mayores. Rufus intentó suavizar su tono y casi lo consiguió.

—Señora Scully, lamento entretenerla, pero intuyo que el jurado está confundido sobre un punto de su testimonio. Durante mi interrogatorio, usted aseguró que estaba convencida de haber visto a Garry Ashe salir de la casa de su tía a las once y cuarto de la noche de autos. Sin embargo, durante el interrogatorio de mi célebre colega, usted ha dicho literalmente: «Supongo que pudo haber sido alguien que se le pareciera, pero en su momento pensé que era Garry.» Sin duda sabrá que ambos testimonios se contradicen, y es muy probable que al jurado le cueste comprender qué ha querido decir exactamente. Admito que yo también estoy confundido. Por lo tanto le ruego que me responda, ¿quién cree que era el hombre que vio salir del número 397 de Westway la noche del crimen?

A estas alturas la señora Scully sólo quería bajar del estrado, escapar al acoso de dos personas que le exigían una respuesta clara, pero diferente en cada caso. Miró al juez como si esperara que contestara por ella o al menos la ayudara a tomar una decisión, y por fin la respuesta surgió con la desesperación característica de la verdad.

—Me parece que era Garry Ashe.

Venetia sabía que Rufus no tenía más remedio que citar a la siguiente testigo, la señora Rose Pierce, para confirmar la hora en que la señora Scully se había marchado de su casa. Era un dato fundamental. Si la señora O’Keefe había sido asesinada inmediatamente o poco después de llegar a casa del pub, Ashe habría dispuesto de treinta minutos para matarla, ducharse, vestirse y salir de paseo.

La señora Pierce, una mujer rechoncha de mejillas rubicundas y ojos brillantes, vestida con un abrigo negro de lana y un sombrero achatado, se sentó con absoluta confianza en el banquillo de los testigos, como si fuera la esposa de Noé en el arca de su marido. Venetia pensó que, aunque sin duda habría sitios donde aquella mujer se sentiría intimidada, la sala principal del Tribunal de lo Criminal no era uno de ellos. Cuando se le preguntó por su profesión, afirmó ser niñera retirada.

—Una tata, señor —añadió, y dio la impresión de que era capaz de lidiar con las felonías de los adultos del sexo masculino tan bien como había hecho con las travesuras de sus pupilos.

Hasta Rufus, situado delante de ella, pareció invadido por desagradables recuerdos de disciplina infantil. Las preguntas fueron breves y las respuestas seguras. La señora Scully había salido de su casa poco antes de que el reloj de pared que le había regalado uno de sus patrones marcara las once y cuarto.

Venetia se puso en pie de inmediato para formular una sola pregunta:

—Señora Pierce, ¿recuerda si aquella noche la señora Scully se quejó de que no veía bien la pantalla?

Sorprendida, la señora Pierce demostró una inesperada locuacidad.

—Es curioso que lo pregunte, respetable letrada. Ese día Dorothy se quejó de que la imagen no era clara. Claro que entonces llevaba las gafas viejas. Hacía tiempo que decía que debía graduarse la vista, y yo le había aconsejado que cuanto antes lo hiciera, mejor; incluso discutimos si debía conservar la montura o probar una diferente. «Cómprate otras —le dije—. Arriésgate. Sólo se vive una vez.» En fin, se compró las gafas nuevas para su cumpleaños, y desde entonces no ha tenido más problemas con la vista.

Venetia le dio las gracias y se sentó. Rufus le inspiraba un poco de pena. Al fin y al cabo, la señora Scully podría no haberse quejado de su mala vista precisamente la noche del crimen. Sin embargo, sólo los incautos creen que el azar no desempeña ningún papel en el sistema de justicia.

Al día siguiente, jueves 12 de septiembre, Venetia se puso en pie para iniciar el turno de preguntas de la defensa. Ya había demostrado de sobra su posición durante el turno de repreguntas. Ahora, a primera hora de la tarde, sólo le faltaba llamar a un testigo: el acusado.

Sabía que Ashe debía subir al estrado. Él había insistido en ello. Desde el principio de su relación profesional, Venetia se había percatado de la vanidad del hombre, de la mezcla de desprecio y arrogancia que, incluso a esas alturas, podría echar por la borda los buenos resultados de los interrogatorios a los testigos de la acusación. Sin embargo, él jamás permitiría que lo privaran de la oportunidad de realizar una última aparición pública. Las horas pasadas pacientemente sentado en el banquillo constituían sólo el preludio del momento en que por fin podría hablar y decidir su victoria o su derrota. Venetia lo conocía lo suficiente para adivinar que lo que más había detestado del proceso era la obligación de permanecer callado mientras los demás trataban de su caso. Ashe era la persona más importante de la sala. Por él el magistrado de la Corte Superior, con su toga escarlata, estaba sentado a la derecha del escudo de armas; por él doce hombres y mujeres habían permanecido innumerables horas allí, escuchando testimonios; por él los distinguidos miembros del Colegio de Abogados, con sus togas y pelucas, preguntaban, repreguntaban y discutían. Venetia comprendía que era fácil que el acusado se sintiera objeto vano de las preocupaciones de otros, que tuviera la impresión de que el sistema lo había acorralado, que no era más que una excusa para que otros demostraran su astucia y su pericia. Por fin Ashe tendría su oportunidad. Era un riesgo; si el desdén y la arrogancia del acusado vencían a su autodominio, se plantearían dificultades.

No obstante, pocos minutos después de iniciar el interrogatorio Venetia comprendió que sus temores eran infundados. La representación de Ashe —a la abogada no le cabía duda de que no era más que eso, una actuación— estaba planeada a la perfección. Era evidente que estaba preparado para la primera pregunta, aunque Venetia no estaba preparada para la respuesta.

—¿Amaba usted a su tía, Garry?

Tras un breve silencio, el joven contestó:

—Le tenía cariño y me inspiraba compasión, pero nunca he entendido a qué se refiere la gente cuando habla de amor.

Eran las primeras palabras que pronunciaba en el juicio desde la inicial declaración de inocencia, efectuada en voz baja y firme. Las palabras resonaron en el silencio de la sala, cargado de expectación. Venetia intuyó la reacción del jurado. Era natural que ignorara qué era el amor, ¿cómo iba a conocerlo? Un niño que nunca había conocido a su padre, que había sido abandonado por su madre antes de cumplir los ocho años, y educado bajo la tutela de los servicios sociales; un niño que había pasado de familia en familia y de orfanato en orfanato, que había sido considerado una carga desde su nacimiento. Nunca había recibido ternura, seguridad o afecto desinteresado. ¿Cómo había de conocer el significado de la palabra amor?

Durante el interrogatorio, Venetia experimentó la curiosa sensación de que ella y su cliente trabajaban en equipo, como dos actores que habían coprotagonizado una obra durante años, capaces de reconocer las señales del otro, de realizar las pausas precisas para crear dramatismo, procurando no frustrar el momento culminante de la actuación del compañero, no por afecto o respeto mutuo, sino porque se trataba de una interpretación conjunta cuyo éxito dependía de ese entendimiento intuitivo con el que ambos contribuían al resultado deseado. La historia de Ashe poseía el mérito de la coherencia y la sencillez. Se limitó a repetir ante el jurado lo que antes había contado a la policía, sin alteraciones ni comentarios superfluos.

En efecto, su tía y él habían reñido en el pub Duke of Clarence. Había sido un episodio más de una vieja disputa: ella pretendía que él continuara fotografiándola mientras mantenía relaciones sexuales con sus clientes; él quería dejar de hacerlo. Más que una pelea había sido una discusión, pero dado que ella estaba ebria, él había juzgado prudente marcharse, dar un paseo para decidir si había llegado la hora de mudarse.

—¿Deseaba dejar a su tía?

—No estaba del todo convencido. Le tenía cariño. Creo que me necesitaba, y por otro lado me había dado un hogar.

De modo que había deambulado por el sur de Westway hasta Shepherd’s Bush antes de regresar. No había mucha gente en la calle. No se había fijado en nadie en particular, ni siquiera recordaba bien qué camino había seguido. Poco después de medianoche había llegado a casa, donde había encontrado el cadáver de su tía tendido en el diván de la sala, y había llamado a la policía. Tan pronto como entró en la habitación se había percatado de que la mujer estaba muerta.

Durante el turno de repreguntas se mantuvo impasible y admitió sin vacilar que no estaba seguro de algunas cuestiones o no las recordaba. En ningún momento miró al jurado, aunque sus miembros no apartaban la vista de él. Cuando por fin bajó del estrado, Venetia se preguntó por qué había dudado de él.

En el alegato final de la defensa, la abogada recapituló los argumentos de la acusación y los rebatió uno tras otro de forma persuasiva. Se dirigió a los miembros del jurado como si les confiara la verdad de un asunto que, con motivo, había preocupado a todos y que por fin podía observarse desde una perspectiva sensata y lúcida que despejaba cualquier duda sobre la inocencia del acusado. ¿Cuál había sido el móvil? Se había sugerido que Ashe esperaba cobrar la herencia de su tía; sin embargo, ésta sólo habría podido legarle el dinero procedente de la venta forzosa de la casa, cuando se llevara a cabo, y esa suma no bastaba para cubrir las deudas de la señora O’Keefe. Su sobrino sabía que la mujer gastaba en exceso, sobre todo en bebida, que los acreedores la apremiaban y que los cobradores acudían a diario a su domicilio. ¿Qué clase de herencia cabía esperar? La muerte de su tía no le había reportado ningún beneficio y lo había dejado sin hogar. Por otra parte, estaban la mancha de sangre en la ducha y las dos salpicaduras en la escalera. Se había conjeturado que Ashe había matado a su tía estando desnudo y que se había duchado antes de salir de la vivienda para dar un paseo que le serviría de coartada. No obstante, cualquier visitante, sobre todo si se trataba de un cliente habitual, conocería la casa, sabría que del grifo de la pila del lavabo salía poca agua. ¿No era natural, en consecuencia, que usara la ducha para lavarse las manos?

La acusación había basado su argumentación fundamentalmente en el testimonio de la señora Scully, vecina del procesado, que en un principio había declarado haber visto a Garry salir de casa por la puerta principal a las once y cuarto de la noche. El jurado había tenido ocasión de escuchar a la testigo y sin duda, como todos los presentes en la sala, la habían considerado una persona honrada, dispuesta a decir toda la verdad. Sin embargo, esta mujer sólo había atisbado de forma fugaz una figura masculina en la oscuridad, a la luz de unas farolas que habían sido diseñadas para iluminar la transitada calle, pero que podían arrojar engañosas sombras sobre las fachadas de las casas. Por aquel entonces llevaba unas gafas que ni siquiera le permitían distinguir con claridad las caras en la pantalla de un televisor situado a menos de tres metros. Durante el turno de repreguntas la señora Scully había afirmado: «En su momento pensé que era Garry, pero pudo haber sido alguien que se le pareciera.» Por consiguiente, el jurado dudaría de la identificación de la señora Scully, fundamental para los argumentos de la acusación.

Venetia concluyó:

—Garry Ashe ha declarado que esa noche salió a dar un paseo porque no se atrevía a enfrentarse con su tía cuando ésta regresara del pub Duke of Clarence. Necesitaba tiempo para pensar en la convivencia con ella, en su propio futuro y en si había llegado la hora de marcharse. En sus propias palabras: «Debía decidir qué hacer con mi vida.» Es muy probable que al recordar esas fotografías obscenas, que lamento haberles obligado a ver, ustedes se pregunten por qué el acusado no se marchó antes. El señor Ashe ya ha explicado sus motivos. Su tía era su única pariente viva. La casa que le ofreció era el único hogar que había tenido. Él pensaba que ella lo necesitaba. Distinguidos miembros del jurado, han de reconocer que es difícil abandonar a alguien que nos necesita, por incómoda o perversa que sea esa necesidad.

»De modo que el acusado dio un paseo en plena noche, sin ver a nadie y sin ser visto, y cuando regresó se encontró con la pavorosa escena de una sala cubierta de sangre. No existen pruebas forenses que lo incriminen. La policía no encontró sangre en sus ropas ni en su persona. No se detectaron sus huellas digitales en el cuchillo. Y esa noche la víctima podría haber recibido a cualquiera de sus numerosos clientes.

»Señores del jurado, ninguna persona merece que la asesinen. Una vida humana es una vida humana, independientemente de si la víctima es una prostituta o un santo. Todos somos iguales ante la ley, tanto en la vida como en la muerte. La señora O’Keefe no merecía morir. Sin embargo, esta señora, como todas las prostitutas... porque ésa era su profesión, miembros del jurado... corría un riesgo especial debido a su particular oficio. Están ustedes al tanto de la clase de vida que llevaba. Han visto las fotografías que animó u obligó a tomar a su sobrino. Era una mujer promiscua, capaz de ciertos gestos de generosidad y afecto, pero agresiva y violenta cuando se encontraba embriagada. Ignoramos a quién dejó entrar aquella noche y qué ocurrió entre ellos. No hay pruebas médicas de que tuviera relaciones sexuales poco antes de morir, pero es muy posible, señores del jurado, que fuera asesinada por uno de sus clientes. ¿Acaso por celos, ira, frustración, odio o por el simple placer de matar? Fue un crimen brutal. La señora O’Keefe, en estado de ebriedad, abrió la puerta a su asesino. Ése fue su gran error y su tragedia, pero también es una tragedia para el hombre que hoy se sienta en el banquillo de los acusados.

»En su discurso inicial, mi brillante colega expuso el caso con cristalina claridad. Si están ustedes convencidos, más allá de cualquier duda razonable, de que mi cliente asesinó a su tía, es su deber declararlo culpable, pero si después de considerar las pruebas les queda alguna duda de que la mano del señor Ashe empuñara el arma asesina, entonces es su obligación dar un veredicto de no culpabilidad.

Todos los jueces son actores. El papel que solía representar el juez Moorcroft, papel que había interpretado durante tantos años que se había vuelto instintivo, se caracterizaba por una amable sensatez de vez en cuando animada por arrebatos de ingenio mordaz. Durante la recapitulación de las pruebas acostumbraba inclinarse hacia los miembros del jurado, con un lápiz sujeto con delicadeza entre los índices, para hablarles de igual a igual, como a unos colegas que habían tenido la bondad de perder su valioso tiempo con el fin de ayudarlo a resolver un problema que entrañaba ciertas dificultades pero que, como cualquier asunto humano, podía someterse al arbitrio de la razón. Como era habitual en este magistrado, la recapitulación de las pruebas constituyó un ejemplo de mesura y justicia. Las apelaciones debidas a fallos de instrucción eran inadmisibles en cualquier juicio y este juez nunca había merecido ninguna.

Los miembros del jurado lo escucharon impasibles. Al mirarlos, Venetia pensó —como tantas veces— que aquél era un sistema curioso, pero que funcionaba asombrosamente bien siempre y cuando se antepusiera la protección de la inocencia a la condena de los culpables. El sistema no se había creado —¿cómo iba a ser de otro modo?— con el propósito de sacar a relucir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Ni siquiera el sistema inquisitorial del continente conseguía tal objetivo. De haber sido ésa la meta, su cliente habría tenido todas las de perder.

Su misión había concluido. El jurado recibió las instrucciones pertinentes y se retiró para deliberar. El juez se puso en pie, el público lo imitó y aguardó en silencio a que abandonara la sala. Venetia oyó los murmullos y los pasos de la gente que salía de la tribuna. Ahora sólo le quedaba esperar el veredicto.

 

2

 

En Pawlet Court, situado en el límite oeste de Middle Temple, las farolas de gas empezaban a encenderse. Como cada tarde desde hacía cuarenta años, cuando había comenzado a trabajar en las cámaras, que ahora presidía, Hubert St. John Langton contemplaba desde la ventana su momento favorito del día. La pequeña plazoleta, una de las más bonitas de Middle Temple, adquiría el suave y refulgente resplandor de un atardecer otoñal, las ramas del grandioso castaño de Indias parecían solidificarse mientras las miraba, los rectángulos de luz en las ventanas georgianas realzaban el clima de una paz dieciochesca armoniosa, casi doméstica. A sus pies, los adoquines situados entre las aceras de piedra de York brillaban como si los hubieran encerado. Drysdale Laud se paseaba por el despacho. De repente se detuvo y permanecieron unos instantes en silencio. Al cabo Langton dio media vuelta.

—Esto es lo que más echaré de menos —declaró—; las luces de las farolas, aunque ahora que son automáticas ya no es lo mismo. Me gustaba esperar la llegada del farolero. Cuando desaparecieron, tuve la impresión de que había acabado una era.

Así pues, se marchaba; por fin se había decidido. Laud se esforzó por disimular cualquier vestigio de sorpresa o pena en su voz cuando replicó:

—Y este lugar te echará de menos a ti.

Laud pensó que no podrían haber mantenido un diálogo más banal sobre una decisión que aguardaba con impaciencia desde hacía más de un año. Aunque Langton todavía no era viejo —no había cumplido los setenta y tres—, en los últimos meses los ojos críticos y expectantes de Laud habían advertido un gradual e inexorable deterioro de sus facultades físicas y mentales. Ahora observó cómo Langton se dejaba caer pesadamente ante su escritorio, que había pertenecido a su abuelo y hubiera deseado legar a su hijo, pero esa esperanza, junto con tantas otras, la había aplastado una avalancha en los Klosters.

—Supongo que con el tiempo también derribarán el árbol —comentó—. La gente se queja de que quita luz en verano. Por fortuna no estaré aquí cuando empuñen el hacha.

Laud sintió un amago de crispación. El sentimentalismo no era propio de Langton.

—En todo caso no lo talarían con un hacha, sino con una sierra eléctrica. De todas formas dudo de que lo derriben. Ese árbol es un monumento histórico protegido. —Tras una breve pausa preguntó con fingida indiferencia:

»¿Y cuándo piensas marcharte?

—A fin de año. Cuando se toma una decisión como ésta, carece de sentido posponer su ejecución. Te lo he anunciado ahora porque tenemos que buscar un sucesor. Celebraremos una reunión en octubre y he pensado que podríamos discutirlo entonces.

¿Discutirlo? ¿Qué había que discutir? Él y Langton habían dirigido las cámaras juntos durante la última década. ¿Acaso no los llamaban los dos arzobispos? Aunque ese mote lo empleaban sus colegas con ligero rencor, incluso con desprecio, reflejaba una realidad. Laud resolvió ser sincero. Langton se mostraba cada vez más ambiguo e indeciso, pero no debía andarse con medias tintas en este tema. Necesitaba saber cuál era su posición. Si se avecinaban disputas, debía estar preparado.

—Yo creía que deseabas que te sustituyera yo —repuso—. Supongo que los miembros de las cámaras lo dan por sentado.

—¿Que eres el príncipe heredero? Sí; sospecho que no dudan de ello, pero quizás el relevo no sea tan automático como yo esperaba. Venetia también está interesada.

—¿Venetia? Es la primera noticia que tengo. Nunca ha demostrado el menor interés por presidir las cámaras.

—No hasta ahora, pero se rumorea que ha cambiado de opinión, y como ya sabes tiene más antigüedad, aunque no mucha más; fue nombrada un período de sesiones antes que tú.

—Venetia dejó bien clara su posición hace cuatro años —replicó Laud—, cuando tú estuviste dos meses de baja debido a la fiebre glandular y se celebró una reunión de las cámaras. Entonces le pregunté si deseaba asumir tu puesto y ella respondió: «No tengo intención de ocupar ese escaño temporalmente, y tampoco cuando Hubert decida dejarlo.» ¿Cuándo ha participado ella en la organización, en las tareas más monótonas o en las finanzas? No negaré que acude a las sesiones y critica las propuestas de los demás, pero ¿qué hace en concreto? Siempre ha considerado prioritaria su carrera de abogado.

—Tal vez esta decisión guarde relación con su carrera. Quizás ambicione convertirse en juez. Está satisfecha con su trabajo de asesora de la magistratura. En tal caso, reemplazarme como presidenta de las cámaras constituiría un paso importante para ella.

—Y para mí. Por el amor de Dios, Hubert, no puedes permitir que se interponga en mi camino porque sufrí una apendicitis en el momento menos oportuno. Tan sólo la nombraron antes porque por aquel entonces yo estaba en el quirófano. Gracias a eso goza de cierta ventaja sobre mí. Con todo, no creo que la elijan porque entró en la temporada de San Miguel y yo me vi forzado a esperar hasta la de Cuaresma.

—Aun así te aventaja en antigüedad. Si quiere el puesto, resultará embarazoso negárselo.

—¿Porque es una mujer? Debí suponer que se trataba de eso. Bueno, es probable que ese detalle amilane a los miembros más aprensivos de las cámaras, pero presumo que sabrán anteponer la idea de justicia a la de la corrección política.

—No se trata de que sea políticamente correcto o no —repuso Langton con suavidad—. Tenemos unas normas, un código tácito sobre la discriminación sexual. Si no la nombramos, se considerará un acto discriminatorio.

Laud se esforzó por contener su creciente ira antes de preguntar:

—¿Ha hablado contigo? ¿Te ha dicho que quiere el puesto?

—A mí no, pero alguien, creo que Simon, me comentó que se lo había insinuado.

Tenía que ser Simon Costello, pensó Laud. Pawlet Court, la sala número 8, como todas las cámaras, era un nido de cotillas, y Simon se destacaba por propagar rumores infundados. Quien quisiera información fiable no debía pedírsela a Simon Costello.

—Simples conjeturas —dijo Laud—. Si Venetia hubiera pretendido iniciar una campaña a su favor, no habría recurrido a Simon, que es una de sus bêtes noires. Debemos evitar en la medida de lo posible que esto se convierta en una lucha. Sería terrible que nos rebajáramos a una contienda entre personalidades. Las cámaras se transformarían en un circo.

—No lo creo —replicó Langton con el entrecejo fruncido—. Si hemos de votar, lo haremos, y se aceptará la decisión de la mayoría.

«A ti te trae sin cuidado porque ya no estarás aquí —pensó Laud con amargura—. Después de diez años de trabajar a tu lado, de encubrir tus indecisiones, de aconsejarte sin que se notara, te niegas a ayudarme. ¿No te das cuenta de que no podría soportar la humillación de una derrota?»

—Dudo de que Venetia cuente con apoyos —declaró.

—Yo no estaría tan seguro. Es nuestra abogada más distinguida.

—¡Por favor, Hubert! Desmond Ulrick es nuestro abogado más distinguido, sin lugar a dudas.

Langton señaló lo obvio:

—Sin embargo Desmond no querrá mi puesto cuando llegue el momento. Hasta dudo de que se percate del cambio.

Laud conjeturaba en silencio.

—El personal del anexo de Salisbury y quienes colaboran desde casa quizá se interesen menos que los que trabajan en las cámaras, pero estoy convencido de que Venetia sólo contará con el apoyo de una minoría. No es una mujer conciliadora, que digamos.

—¿Acaso necesitamos eso? Se avecinan cambios, Drysdale. Me alegro de no estar aquí cuando se produzcan, pero sé que llegarán. Se habla de la necesidad de gestionar el cambio. Habrá gente nueva, sistemas nuevos.

—«Gestionar el cambio», la consigna de moda. Es probable que Venetia realice bien esa tarea, pero ¿serán los cambios que desean los miembros de las cámaras? Es capaz de dirigir un sistema, pero bien podría ser un desastre dirigiendo a la gente.

—Creía que te caía bien. Siempre os había considerado... bueno, amigos.

—Y me cae bien. De hecho, si tiene algún amigo en las cámaras, ése soy yo. Compartimos la afición por el arte de mediados de siglo, de tanto en tanto vamos juntos al teatro y salimos a cenar una vez cada dos meses. Disfruto con su compañía y creo que ella con la mía, pero eso no significa que pueda ser una buena presidenta de las cámaras. Además, ¿para qué queremos una abogada criminalista? Nunca habíamos pensado en un criminalista como presidente de las cámaras.

Langton replicó a la objeción tácita en ese comentario:

—¿No te parece una postura esnob? Creía que habíamos superado esas actitudes. Si la ley tiene que ver con la justicia, con los derechos y las libertades de las personas, ¿no es más importante la labor de Venetia que las preocupaciones de Desmond por las minucias del código marítimo internacional?

—Tal vez sí, pero no se trata de discutir su importancia en términos relativos, sino de escoger a un presidente de las cámaras. Venetia sería un desastre. Y podría convertirse en un obstáculo en un par de cuestiones pendientes de resolución. Por ejemplo, en lo referente a los estudiantes que nombraremos meritorios. No aceptará a Catherine Beddington.

—Ella misma la ha apadrinado.

—Precisamente por eso planteará objeciones, pero hay algo más. Si pensabas prorrogar el contrato de Harry, olvídalo. Quiere deshacerse del secretario general para nombrar a un administrador. Ése el es menor de los cambios que introducirá si consigue salirse con la suya.

Se produjo un silencio, durante el cual Langton permaneció sentado a su escritorio, con aspecto cansado.

—En las últimas semanas la he notado distinta. No es la de siempre. ¿Sabes si le ocurre algo?

Conque se había percatado. Ése era el problema de la senilidad prematura; uno nunca sabía cuándo los engranajes de la mente volverían a ponerse en marcha para permitir que se impusiera el Langton de siempre.

—Su hija ha vuelto a casa —respondió Laud—. Octavia dejó en julio el internado donde estudiaba, y creo que no ha hecho nada desde entonces. Venetia le ha cedido el apartamento del sótano para evitar conflictos de convivencia, pero no basta con eso. Su hija todavía no ha cumplido los dieciocho y necesita que la controlen, que la guíen. La educación en un convento no es la preparación ideal para vivir sola en Londres. Venetia está demasiado ocupada y no tiene tiempo para vigilarla. Además, nunca se han entendido. Venetia no es una mujer maternal. Sería una madre estupenda para una hija bonita, brillante y ambiciosa, pero la suya carece de esas virtudes.

—¿Qué fue de su marido después del divorcio? ¿Sigue en contacto con él?

—¿Con Luke Cummins? Tengo entendido que hace años que no se ven. Ni siquiera sé si él ve a Octavia. Ha vuelto a casarse y vive en algún lugar del oeste. Contrajo matrimonio con una ceramista o una tejedora; en fin, una artesana. Tengo la impresión de que no nadan en la abundancia. Venetia nunca lo menciona. Siempre se le ha dado muy bien negar sus fracasos.

—Entonces ¿se trata sólo de eso? ¿Que está preocupada por su hija?

—Me parece suficiente, pero no es más que una conjetura. No suele hablarme del tema. En nuestra amistad nunca ha habido lugar para las confidencias personales. El hecho de que de vez en cuando visitemos juntos una exposición no implica que la entienda... ni a ella ni a ninguna a otra mujer, dicho sea de paso. Sin embargo, me sorprende el poder que posee en las cámaras. ¿Te has planteado alguna vez que una mujer, cuando es poderosa, es más poderosa que un hombre?

—Quizás en un sentido diferente.

—Es un poder basado en parte en el miedo —señaló Laud—, quizás en un miedo atávico, relacionado con los recuerdos de la infancia. Las mujeres nos cambian los pañales, nos dan el pecho o nos lo niegan.

—Al parecer ya no es así —replicó Langton con una sonrisa—. Ahora los padres también cambian pañales, y los niños suelen tomar biberón.

—Aun así estoy en lo cierto en lo referente al poder y al miedo, Hubert. Nunca lo reconocería fuera de estas paredes, pero la vida en las cámaras resultaría mucho más sencilla si Venetia encajara en esa conveniente imagen de la mujer tradicional. —Tras una breve pausa, formuló la pregunta que le inquietaba—: ¿Cuento con tu apoyo? ¿Puedo dar por sentado que me respaldarás como tu sucesor?

Langton lo miró con expresión de agobio y pareció encogerse en la silla, como si se preparara para recibir un golpe. Cuando por fin habló, Laud advirtió el tono titubeante y malhumorado de su voz.

—Si ésa es la voluntad de las cámaras, contarás con mi apoyo, desde luego, pero si Venetia quiere el puesto, no encuentro ninguna razón sensata para negárselo. La antigüedad manda, y Venetia tiene más que tú.

«Eso no basta —pensó Laud con amargura—. Por Dios, eso no basta.»

Observó al hombre a quien consideraba su amigo, y por primera vez en su larga relación su mirada fue más crítica que afectuosa. Contemplaba a Langton con los ojos objetivos e imparciales de un extraño, notando con distante interés los primeros estragos del implacable paso del tiempo. Sus rasgos fuertes y armoniosos se tornaban más indefinidos, la nariz parecía más puntiaguda que antes, y un par de concavidades habían aparecido bajo los pómulos prominentes. Los ojos hundidos eran menos claros y comenzaban a reflejar la perpleja resignación de la vejez. La boca, otrora firme e imperturbable, se aflojaba en ocasionales y húmedos temblores. En un tiempo aquella cabeza había parecido creada para llevar la peluca de juez, y sin duda ésa había sido la ambición de Langton. A pesar de su éxito, de la satisfacción de suceder a su abuelo como presidente de las cámaras, siempre había pendido sobre él la incómoda sombra de esperanzas incumplidas, de un talento que había prometido más de lo que había logrado. Al igual que su abuelo, había tardado demasiado en retirarse.

Ambos tenían también en común la mala suerte con sus únicos hijos. El padre de Hubert había regresado de la Primera Guerra Mundial con los pulmones destrozados por los gases y la mente atormentada por horrores que nunca había conseguido expresar con palabras. Había tenido fuerza suficiente para hacerse cargo de su hijo, pero no había vuelto a trabajar y había fallecido en 1925. El único hijo de Hubert, Matthew, un joven tan inteligente y ambicioso como su padre, con quien compartía su pasión por las leyes, había perecido bajo una avalancha de nieve durante una excursión de esquí, dos años antes de terminar sus estudios de derecho. Después de esa tragedia, la última chispa de ambición de Langton se había consumido.

«En cambio la mía no se ha consumido —pensó Laud—. Lo he apoyado durante los últimos diez años, he ocultado sus errores, lo he aliviado del peso de las tareas más tediosas. Es evidente que desea sacudirse las responsabilidades, pero por Dios que no se sacudirá ésta.»

Sin embargo, con todo el dolor de su corazón, sabía que aquella actitud era sólo una pose. No tenía modo de ganar. Si forzaba una elección en las cámaras, sus miembros se embarcarían en una acre disputa que podría provocar un escándalo público y prolongarse durante décadas. Y si ganaba por un pequeño margen, ¿qué legitimidad le otorgaría eso? En cualquier caso nunca se lo perdonarían. Con todo, si se abstenía de luchar, Venetia Aldridge se convertiría en la siguiente presidenta de las cámaras.

 

3

 

Resultaba imposible predecir cuánto tardaría en deliberar el jurado. A veces, en un caso que parecía demasiado claro para plantear dudas sobre la culpabilidad del acusado, se producía una espera de horas, mientras que en otro, incierto y en apariencia complejo, el veredicto se decidía con sorprendente rapidez. Los abogados tenían diversas formas de entretenerse durante ese lapso; unos hacían apuestas sobre el tiempo que emplearía el jurado en emitir un fallo, algunos jugaban al ajedrez o al Scrabble, otros bajaban a las celdas para compartir la expectación con su cliente, para alentarlo, apoyarlo o incluso prepararlo para lo peor, y unos pocos se dedicaban a repasar las pruebas con los colegas y planear posibles causas de apelación en caso de una sentencia desfavorable. Venetia prefería pasar ese período sola.

Al inicio de su carrera profesional solía deambular por los pasillos del Tribunal de lo Criminal, pasando del barroco eduardiano del viejo edificio a la simplicidad del anexo nuevo, y por fin bajaba al Great Hall, con su lujoso esplendor de mármol, para caminar bajo los lunetos y los mosaicos azules de la bóveda, y contemplar una vez más los familiares monumentos mientras procuraba olvidar tanto lo que podría haber hecho mejor como lo que podría haber hecho peor y se preparaba para el veredicto.

Ahora estos paseos se le antojaban una defensa demasiado obvia contra la ansiedad. Prefería sentarse en la biblioteca, donde, dada su insistencia en permanecer sola casi siempre la dejaban en paz. Cogió un libro al azar de un estante y se lo llevó a una mesa sin intención de leerlo.

«¿Amaba usted a su tía, Garry?» Esa pregunta le recordó otra semejante formulada... ¿cuándo?... quizás ochenta y cuatro años antes, en marzo de 1912, cuando se había declarado a Frederick Henry Seddon culpable de la muerte de su inquilina, Eliza Barrow. «¿Apreciaba usted a la señorita Barrow, Seddon?» ¿Cómo responder de forma convincente a esa cuestión, referida a la mujer a quien había despojado de su fortuna y enterrado en una fosa común? Aquel caso había fascinado al Sapo, que había usado esa pregunta como paradigma del efecto devastador que podía ejercer una si

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